ENCUENTROS EN EL PUNTO CERO

Ocho y media de la tarde. Un par de circunstancias personales han propiciado que, esta tarde, aquí en casa se haya creado un escenario de soledad y silencio perfecto para desarrollar una nueva práctica. Otra oportunidad para investigar ese estado de conciencia al que denomino Punto Cero: un plano mental desde el cual se puede establecer un contacto prolongado tanto con mi parte más espiritual como con cualquier Entidad inmaterial cuya frecuencia irrumpa durante el aislamiento de lo mundano.

Sentado en el suelo con las piernas recogidas, cierro los ojos. El tiempo transcurre y pierdo la noción de él. Siento cómo mi respiración, aunque algo acelerada, se entrega sin reparo al ritmo impuesto por la tranquilidad del ambiente. Los ruidos se diluyen hasta desaparecer, junto con el peso de mis extremidades, que también pierden contacto con la rugosidad del suelo; la percepción espacial de mi propio cuerpo se desvanece lentamente: mi conciencia acaba de cruzar el umbral y se ancla en el Punto Cero.

No llegan sensaciones ni tampoco salen. En semejante estado, todo mi ser permanece rendido al sosiego que aporta la nada más profunda. Aislado de lo mundano, hago uso de una de las herramientas más efectivas para este momento: la paciencia. Espero algo que no sé qué es ni qué puede ser. Exploro el abandono en la quietud de la absoluta nada. ¿A dónde me llevará? ¿Qué puede esconder un plano de conciencia vacío de toda actividad? Sin embargo, el regreso a lo mundano acecha de repente bajo una forma extraña, y cualquier concesión que le otorgue me devolverá a lo terrenal. Lo tengo tan claro que, cuando sentí ese peligro, supe que la vibración no procedía de mí. Ningún pensamiento, ni ninguna otra percepción sensorial interna, intentaba abrirse paso. Hay una irrupción externa dejándose notar.

La percibo. Es una sensación extraña; ni siquiera sé si puede llamarse así. Entra y sale de mi conciencia una y otra vez, como una señal tratando de sintonizarse conmigo. Sea lo que sea, parece sorprendida. Yo, en cambio, ahora solo noto esa presencia adentrándose y ocupando toda mi conciencia. No me inquieta. Saber qué o quién es ya no depende de mí: solo me dejo empapar por la naturaleza de este momento, siempre dentro de este marco de pasividad consciente.

Todo mi ser queda absorbido por ella. Ahora soy esa presencia que se ha superpuesto a mi consciencia, trasladándome sus registros, sus sentidos, sus pensamientos e incluso su preocupación más inmediata. Un asunto inquietante acaecido años atrás, que debe resolverse con premura, pues afecta a toda una línea sanguínea de la peor manera posible. Unos versos dedicados a quien no se debe, cuya consecuencia alcanza a uno de cada siete nacidos dentro de una misma estirpe, condenándolos a una condición física de debilidad extrema.

Percibo sufrimiento, frustración e ira: sensaciones que no son mías, sino suyas. Yo no sufro así, ni tengo motivo para sentirme desolado, ni mucho menos tan furioso y arrepentido a causa de una mala decisión. Tampoco debo asustarme, aunque semejante percepción crezca de manera tan desmesurada que dé la impresión de que va a estallar dentro de mi cabeza, y solo una pequeña gota de sudor, resbalando por mi frente, me recuerde que quien siente y padece ahora no soy yo. 

¿No soy yo? He notado el sudor y un leve picor en el codo… Entonces, ¿cuándo se ha ido la presencia? ¿En que segundo ha liberado mi consciencia del anterior acoplamiento —por lo que veo— con el único fin de darme a conocer un problema del cual, sí, es cierto, intuyo la manera de acabar con él?

La práctica ha concluido, pero deja tareas pendientes. Ahora, mi siguiente paso como investigador es estudiar esta información y comenzar un proceso de verificación de datos. Vuelvo al trabajo de campo: a investigar, a dar con esas personas, a buscar el eslabón más accesible que, al menos, me otorgue el beneficio de la duda y me escuche. Vuelvo a enfrentarme al eterno mal rato de tener que explicar —en este caso, a una familia entera— que un grave problema les acecha desde antaño y que yo creo saber cómo solucionarlo.

Ya les contaré…