CÓDIGO DE REGISTRO: EXP-003
FECHA DEL ESCRITO: 21 de julio de 2026
FECHA DE LA EXPERIENCIA: 23 de enero de 1998
Después de la experiencia acaecida con Damiana y tras unos días de asueto obligado por una indisposición física que ocupó toda mi atención e imposibilitó cualquier intento de explorar de nuevo el Punto Cero, regreso a la tarea. Han sido días de preparativos para esta nueva sesión, durante los cuales me he debatido entre la idea de dejarme sorprender por una nueva Alma que todavía perdure por aquí o la de ser yo quien intentara averiguar si alguna de las Almas de aquellos conocidos que tiempo atrás habitaron esta casa permanece en ella.
Decidido a dejarme llevar por lo que pueda acontecer durante la sesión, sin preguntar por nadie, me entrego a la meditación y a la compleja disciplina de acallar los pensamientos. Sin embargo, pronto tengo la impresión de que el tiempo pasa y nada ocurre. Ningún susurro, ninguna sensación, ninguna voz se deja oír, y tanto sosiego amenaza con desconectarme totalmente de cuanto me rodea.
Noto frío. Es raro, nunca he percibido variación alguna en la temperatura de la casa durante una sesión, ni tampoco me ha costado tanto mantener los ojos cerrados. Sin entender el motivo, pues nada más lejos de mi intención, mantengo una lucha constante por abrirlos, a sabiendas de que este conflicto también pone en peligro mi permanencia en este estado mental. Es como si algo, desde mi propio interior, quisiera que lo hiciera, y es tal la presión que ejerce que no tengo más remedio que ceder a sus deseos.
El cuarto está distinto. A duras penas distingo los muebles, la ventana, el suelo, mis cosas. Un gran velo de un blanco inmaculado, como jamás había visto antes, se extiende de extremo a extremo, difuminándolo todo. No sé qué ocurre. Descubro una presencia. Tranquila e inmóvil, me observa sentada en la silla situada detrás de la mesa de trabajo. Es igual de resplandeciente que el velo que nos separa y, por su forma, complexión y postura, se parece mucho a mí. Mis ojos buscan ahora el espejo situado en la pared. Al verme reflejado en él, no entiendo nada: me veo sentado en este mismo butacón, pero con los ojos cerrados y sumido en el estado de meditación que creía haber perdido al abrirlos.
Aunque lo intento, no puedo reaccionar. Mi cuerpo no responde, ni tan siquiera mi cerebro procesa el deseo de salir cuanto antes de este trance. No es que sienta miedo, porque apenas noto sensaciones. Creo que las ganas de huir resultan propias de la situación extraordinaria que ahora mismo vivo, aun cuando no sé si vivir es el verbo apropiado para definir esto. La verdad es que estoy a gusto. Desconcertado, sí, y mucho, pero la relajación es total. Mi mente continúa sin procesar ningún pensamiento y, por mucho que la presencia siga observándome sin moverse, noto que no solo no me asusta, sino que tampoco me inquieta. Quizá incluso sea todo lo contrario, que yo esté seguro de que junto a ella puedo estar tranquilo. Me encantaría que hablase y no lo digo por la curiosidad de que me explicase qué es todo esto. Estoy convencido de que esa cuestión ya la he superado y no me preocupa. Ahora lo que realmente deseo es escucharla hablar sobre un tema que, pese a tenerlo en la punta de la lengua, no consigo descifrar cuál es.
La presencia se pone en pie, deteniendo de golpe la intención de materializar con palabras ese deseo que no soy capaz de identificar. Con paso ágil se desplaza hasta un lateral del espejo, donde se detiene y, antes de que su figura invada el cristal, se gira y me mira. Percibo que algo interesante está a punto de ocurrir, envuelto en un cierto halo humorístico. Como si estuviese completamente segura de que lo que está a punto de suceder va a dejarme atónito y con cara de tonto.
Despacio, muy despacio, como queriendo generar una sensación de suspense con tintes cómicos, la presencia va dejando que su imagen se refleje en el espejo. La perplejidad me invade. La cara de tonto debe de ser una vaga definición de lo que realmente refleja mi expresión. Soy yo. O, por lo menos, esta presencia tiene mi mismo aspecto. Sin embargo, eso no es todo, sino que, mojándose un dedo con saliva y justo antes de que yo abandone el Punto Cero y retome el contacto con la realidad, escribe una frase sobre el cristal: “Bienvenido, soy tu castillo de diamante”.
«Clave de Ánimas: El Método. Todos los derechos reservados. Este marco metodológico, su estructura sistemática y su nomenclatura específica se encuentran bajo la protección del Registro de la Propiedad Intelectual. Código de Expediente: [59/452524.9/26]».