La tarde cae lenta e interminable. Es el segundo día que paso en casa a causa de esta gripe, de la cual, ningún año consigo escapar. El paracetamol y las décimas de fiebre quitan las ganas de hacer nada, aunque en cartera haya dos o tres casos demandando atención. Se acerca el verano y los hoteles, museos y demás tiemblan ante la posibilidad de que una presencia espectral pueda arruinarles la temporada.
Sentado en el sillón, con la manta hasta los hombros y un dolor de cabeza importante, trato de relajarme. Aburrido y en silencio, poco a poco, caigo en el proceso habitual que sigo cuando practico algo tan imprescindible en este trabajo mío como es la meditación. Mi mente se piensa que quiero apartarla. Considera descansar y que sea el Alma quien coja el control. Lo entiendo, a esta hora suelo meditar y es normal que lentamente se deje caer, relajando todo el cuerpo. Bien, hagámoslo.
Sobran todos los pensamientos si lo que se quiere es escuchar al Alma y yo, sin ninguna prisa, voy dejando de pensar. Es una pena que este estado mental, denominado punto cero, sea solo una condición transitoria de duración limitada.
Con la mente en un segundo plano, pongo atención a lo que sucede dentro de mí. Ahora ya es mi Alma quien rige mi cuerpo. Siendo fiel a su modo de actuar, no tardará en dejarse oír. Espero concentrado en el silencio. Tarde o temprano se romperá, porque a ningún Alma le agrada el silencio. Ahora le escucho. Le oigo hablar y, atento, pongo todos mis sentidos en cuanto dice. Sin embargo, una vez ha conseguido centrar toda mi atención, sorprendentemente cede la palabra…
Contrario a lo habitual, mi Alma no plantea un tema, un problema o un dilema sobre el cual debatir. ¡Acaba de permitir la entrada de un Espíritu a este salón! Ha dejado pasar a una Entidad desconocida. Una Entidad cuya frialdad se propaga despacio y firme. Tan fuerte que ahoga la luz hasta dejarme en penumbras. Hunde la temperatura, pone el vello de punta y tranquila, muy tranquila, acerca despacio una silla hacia mí.
Toca no moverse. No la veo. Noto cómo se sienta. Huelo su fragancia de mujer. Siento por mi cara el débil roce de sus dedos recorriéndola con cuidado: debo de ser la primera persona que ve en mucho tiempo. Junto a mí hay un Espíritu que curioso me roza, me mira, me estudia, sin yo saber quién fue, de dónde viene, por qué está aquí y, lo peor, cuáles son sus intenciones. Todavía no habla y los segundos de espera se hacen eternos.
El áspero contacto de sus manos se detiene. Sigue ahí, cerca, muy cerca, pero sigo sin verla. Quizá por propia decisión suya o porque mostrarse, aparecerse tal y como fue en vida, aún no lo tenga permitido. Sin el menor reparo, aproxima su rostro al mío. Su aroma se acentúa; en él reconozco el fresco y afrutado tono de la bergamota. El sudor me resbala por la sien y las piernas tiemblan ligeramente. Mis ojos arden, seguramente fruto del intenso calor de su mirada que descansa tranquila en ellos como una intrusa.
Cada vez me noto más inquieto y más cuando, ahora, una profunda pena surge dentro de mí. Es una aflicción grande e intensa. Jamás había sentido una tristeza parecida en anteriores contactos con otros Espíritus; es una angustia extraña. Tampoco ninguno me hizo llorar tan pronto, y cuando lo hice conocía el motivo.
El Espíritu retrocede deprisa. Aleja su cara de mí, mientras se recuesta de un golpe sobre el respaldo de la silla. Percibo cierto aire de resignación en ese movimiento e, incluso, juraría haber escuchado un leve susurro. A duras penas, consigo encender la grabadora del móvil: no es el mejor grabador de audio para estos casos, pero es el que tengo cerca. El susurro surge de nuevo. Esta vez fue más largo, mejor entonado, pero todavía ininteligible.
—Perdona, no te he entendido. Dime, ¿quién eres? —¿Qué motivo te trae? —le pregunto, tratando de romper el inquietante silencio.
El Espíritu se revuelve sobre la silla y me manda callar de inmediato. Al mismo tiempo, surge el metálico sonido de alguna pieza de hierro, o algo similar. Tras ello, por fin escucho una voz murmurándome al oído.
—¿Qué hace usted ahí? ¡Váyase! Nadie puede ya hablar conmigo. Estoy condenada a morir en este patíbulo a garrote vil. ¡Márchese! Mi ejecución va a empezar. ¿Quién eres para estar aquí conmigo…?
Su contestación me deja sin palabras. ¿De veras ha dicho que está en un patíbulo, a punto de ser ejecutada? ¿Y me ve a mí ahí, con ella? El asunto parece estar bastante claro: estoy al lado de un Espíritu que no sabe que está muerto. Por algún motivo, cuando su ejecución se llevó a cabo, esta Alma no fue consciente de que su vida se había terminado. Aún espera a que el verdugo gire el tornillo del garrote. Todavía debe de sentir el collar de hierro alrededor de su cuello…
—¡Señor! ¡Usted no puede estar aquí! Estos honorables sacerdotes están presentes porque me acompañaron desde el calabozo. Don Pedro, el mayor de todos, no se ha separado de mí desde ayer tarde. El resto se turnó durante los días pasados. Aquel otro hombre grueso y fuerte es el verdugo.
—¿El verdugo?
—Sí. Esta mañana me visitó estando yo en la capilla, a poco de acabar la misa. Es un buen hombre. Se presentó y se disculpó por ser él quien me ajusticiara. Él mismo me puso esta sotana tan negra y tan acorde con el momento. De buen corazón, también solicitó el indulto para mí. Él también se lo pidió al presidente del gobierno, al igual que muchos otros. Pero, bueno…, el presidente no me lo concede, no quiere perdonarme y, en fin… ¡Dios así lo querrá! Considera el señor presidente que mi muerte ha de servir de ejemplo
—¿Cómo te llamas?
—¿Acaso importa ya? Mirad a vuestro alrededor, ¿no veis a los sacerdotes extender sus capas? Lo hacen para ocultarme tras ellas e impedir a la gente el horror de verme cuando se ejecute la sentencia. Ya es tarde para presentaciones, ¿no os parece?
Su voz suena algo más entrecortada. El Alma de esta mujer revive sus últimos segundos de vida con entereza, sin llorar y resignada a lo inevitable. Mientras tanto, una suave corriente recorre el salón, trayendo consigo un olor familiar. Huele a ese mismo aroma, mezcla de carbón e incienso ardiendo, esparcido por los incensarios durante la misa de los domingos.
Noto el cojín duro y mi espalda no encuentra en qué apoyarse. No lo entiendo, pero ahora mismo no estoy sentado en el sillón; de hecho, ni siquiera está. Palpo y toco madera. Esto…, ¡esto es un taburete! ¿Y esas voces? Escucho un murmullo constante, llegado desde todos los puntos del cuarto. Recitan oraciones y súplicas para que el mismísimo Dios acoja en su seno a una tal Josefa. Supongo que este nombre corresponde al Alma que me acompaña.
—¿Conocéis acaso la razón de esta espera? Hace ya que el verdugo puso la mano en mi hombro y, tras un espantoso “vamos, mujer, es la hora”, me indicó sentarme en este taburete. Yo estaba de rodillas, abrazada al crucifijo de San Antolín. Me sentía agotada, sin fuerzas para seguir besándolo. Al sentarme, el bueno del verdugo ni apretó el nudo de la soga en mis pies; ¡hizo un paripé con ella! Luego sonó el redoble de los tambores y…, aquí sigo. Desconozco el motivo de tanta espera.
—Bueno. Yo creo saber qué ocurre.
—Tranquilo. Estoy segura de que nuestro Padre, en su infinita y divina misericordia, atendió mis súplicas y me ha perdonado. Me reconfortó. ¡Ni siquiera precisé de ayuda para levantarme del suelo cuando ya me sentaron en el garrote! Y ahora, ahora convencida estoy de que la salvación me aguarda. Deseo poner fin cuanto antes a esta equivocada vida mía, pues otra mejor ya me espera. Cuando llegue a ella, he de recordar los errores cometidos en estos últimos años o todo esto carecerá de sentido.
—Yo no entiendo cómo puedo estar escuchándote, y mucho menos la razón de acompañarte. No sé qué debo hacer o decirte y te prometo que me encantaría saberlo. Mi oficio trata de convivir con personas que, por alguna razón, tienen contacto con un Espíritu. Trabajo con Almas ya sin cuerpo físico, necesitadas de regresar a la vida por alguna circunstancia. También entre mis obligaciones está la de atender, como considero que es tu caso, Almas sin la conciencia de haber fallecido.
—Perdone, caballero. No alcanzo a entender qué me quiere decir.
Josefa, yo vivo en el año 2025. Apenas hace un par de meses que lo empezamos y, hoy en día, al menos en este país, ya no existen las ejecuciones. Voy a necesitar conocer más detalles de ti si queremos saber por qué se está dando esta situación. Ya sé tu nombre; se escucha sin cesar en el bullicio. Ahora, por favor, ¿en qué día, mes y año está tu vida ahora mismo?
—¿Qué oigo, por Dios? Le veo y le escucho a usted con toda claridad. ¿De qué me habla? ¿Es acaso consecuencia de una locura que no percibo? Soy un reo de muerte sentada en el patíbulo; no es extraño haber perdido la cordura. Pero no comprendo cómo puedo ver y hablar con alguien de un año tan lejano.
—Por favor, Josefa. ¿Qué día es hoy?
—29 de octubre de 1896, caballero.
—El mío es el 19 de marzo de 2025. Mi nombre es Antonio y, por favor, tutéame; lo prefiero. Aunque se te haga difícil de creer, yo estoy en mi casa. No entiendo cómo mi Alma ha llegado junto a ti, 129 años atrás. Ya de por sí será un logro si llegamos a vernos las caras; algo que te prometo, deseo que ocurra. Estaba tranquilamente sentado, curándome un enfriamiento, cuando llegaste. Bueno, la verdad, no sé si llegaste tú, fui yo allí o si nos encontramos en un punto entre tu época y la mía.
—A mí me gustaría entenderte, también te doy mi palabra.
Algo nos ha hecho coincidir y no te quepa duda de que con un propósito. No me preguntes cómo es posible, porque no lo sé. Estos pliegues del tiempo entre dos fechas tan remotas ocurren y punto.
—Pero, mírame. Mira mi situación. ¿Por qué ahora? Ya no hay razón. Voy a morir, y no entiendo qué sentido tiene…
—¿Qué te trajo al patíbulo, Josefa?
—17 duros.
—¿Solo?
—Pagarnos esos 17 duros era la excusa perfecta de ese malnacido para dejarse caer día tras día por la pensión.
—¿Pagaros a quién?
—A mi marido y a mí. Teníamos una pensión y este señorito, de buena planta y modales de entendido, nos cogió una habitación. Vicente, Vicente decía llamarse. Maldito sea, le bastaron unas horas para empezar a tratar de seducirme, y yo me negué, a pesar de que los señores jueces piensen lo contrario. El muy condenado tenía labia para dar y tomar. Insistía y aparecía por todos los rincones. Tomás, mi marido, se pensó lo que no era, discutieron, y yo misma le eché a la calle con una deuda de 17 duros. 17 malditos duros. Mejor hubiera sido olvidarse de ellos. Les servían de excusa para venir a verme a escondidas. Un día él me acorraló en una habitación. Estaba fuera de sí, y loco perdido, cerró la puerta, la trabó con la silla, me empujó con fuerza contra la pared y colocó una pistola en mi garganta: juró matarme si no me fugaba con él. Gracias a los gritos de una criada; si no, ese día habría acabado conmigo. ¡Qué pena que no lo hiciera! Total, el resultado va a ser el mismo. Por él voy a ser ajusticiada.
—¿Y cómo acabaste tú siendo la acusada? —pregunto de nuevo justo en el momento en que ¡surge un estruendo enorme! Innumerables voces se oyen al unísono. Retumban de forma atronadora en el salón. A puro grito expresan el horror de haber presenciado algo a todas luces espantoso. Detallan el estado del cuello, de la boca, de la lengua torcida e incluso de los ojos de Josefa, con comentarios nada agradables. Pero, ¿cómo puede ser que ella me escuche a mí y no oiga este griterío?
—Si te soy franca, ni lo sé. No sé cómo acabé yo acusada. Es todo tan absurdo, tan increíble, que todavía me parece estar viviendo una pesadilla. Ahora, también te digo que mejor así. —contesta Josefa, mientras yo, todavía confundido, espero en silencio.
—Me pasé la vida trabajando día y noche. Y todo, para que un día aparezca un hombre, se encapriche de ti y eso, ese asqueroso detalle, te lleve a la muerte. Todo por el simple hecho de negarme a yacer con él y querer ser fiel a mi marido. Toda la vida trabajando para que ahora solo pueda dejar a mis hijos Fernando y Fuensanta 1402 pesetas de herencia. ¡Con lo pequeñitos que son, por el amor de Dios! ¿Eso es lo que valgo para la Junta de Beneficencia, 1402 pesetas?
—Nombras a Tomás, ¿quién es? —vuelvo a preguntar, al tiempo que por un instante veo a mi lado la imagen de una mujer joven, sentada, vestida de negro, y las manos atadas, sujetando entre ellas una estampa del Sagrado Corazón de Jesús.
—Tomás, que en paz descanse, era mi marido; la víctima mortal de este asunto.
—¿Ellos son toda tu familia?
—Tengo dos hermanas más y a mis padres, que aún viven en Jorquera, un pueblo de Albacete. Pobrecillos. Cuando se enteren de que su hija fue sentenciada a morir a garrote en medio de una plaza…
Siento frío, mucho frío. Se me agarrotan las manos y los pies. No siento los dedos. Oye… ¡Qué bien huele! ¿Lo notas?
—Sí, sí lo huelo.
Taparon mi cabeza y no puedo ver nada; todo está a oscuras. Desconozco quién puede haber subido a este patíbulo con ese perfume. ¡Cuánto daría por verlo! ¿Ves tú algo?
Bueno, al menos estoy a gusto. Qué alivio no sentir el hierro apretándome el cuello y las cuerdas abriendo surco en mis muñecas. Aunque también asusta mucho la gente gritando y los sacerdotes venga a cuchichear sobre cuándo llega mi ataúd.
—Tenemos que darnos prisa. Antes me has dicho que los jueces no te creyeron. ¿De qué te acusaron?
—De parricidio, de asesinato y de delito contra las leyes sanitarias ocasionando la muerte de dos personas…
—¿Dos personas murieron? ¿Quiénes fueron?
—Mi Tomás y Paquita, una sirvienta muy jovencilla.
La voz de Josefa se hunde en la pena y rompe en sollozos. Es la primera vez que la oigo llorar. Su llanto es débil, sin apenas fuerza. Es una angustia que se eleva en el aire como una desesperada súplica, rogando porque este calvario acabe cuanto antes. Enternece, pone la carne de gallina, al tiempo que mi clásica torpeza para reaccionar no encuentra palabras de consuelo. Siento su mano. Busca la mía y se agarra a ella con fuerza en cuanto la encuentra.
—¡Tengo miedo! ¿Me va a doler mucho?
—No, Josefa. No te va a doler, porque ya ha pasado. Ya fue cumplida la sentencia, y en este momento tú hablas con un vivo y yo hablo con un Alma.
—¿Disculpa?
—Pero, ¿en realidad, Josefa, tú mataste a esas dos personas?
—¿Dices que la sentencia ya fue cumplida? Entonces, ¿soy una difunta?
—Eso me temo. Pero todavía debe de quedar alguna cuestión por solucionar para hacer valer ese perdón concedido. Estás estancada en este mundo, cuando deberías haber continuado hacia tu próximo destino.
—¿Insinúas que hasta el propio Dios podría dudar de mi inocencia? ¡Yo no he matado a nadie!
—No, no digo eso. Digo que tú ya no deberías estar reviviendo este momento de tu ejecución. Estás atrapada en él y eso no puede ser. ¿Cómo murieron esas dos personas? ¿Estás completamente segura de que tú no lo hiciste? ¿No hay ni una pequeña posibilidad de que, a lo peor, por un desafortunado accidente…
—No, no. Recuerdo muy bien aquel día: eran las dos y media pasadas. Tomás, que el Señor le tenga en gloria, estaba en la salita de estar y yo le ofrecí una taza de café recién hecho por nuestro cocinero. Le dio un sorbo y se quejó de su sabor demasiado amargo. Sugirió que cambiásemos de marca. Siempre protestaba y luego, siempre traía el mismo del mercado. Así que se levantó y se fue a la despensa de la cocina a por la botella de ron; le gustaba mezclar unas gotas en el café. ¡Yo no aproveché ese momento para verter nada en su taza!
Esto fue lo que declararon en contra mía durante el juicio. Cierto es que el malaje de Vicente, un día, me dio un frasquito con un líquido. Sabía de mi preocupación por el gusto al juego de mi marido y que el problema empeoraba. Tomás cada vez se gastaba más perras jugando. Aunque… bueno, para colmo de desgracias, perdí el frasquito con la cura. ¡Cómo lo oyes! Juraría haberlo escondido en el cajón de la mesita del pasillo donde dejamos el correo de los huéspedes y cuando fui a buscarlo, no estaba.
Lo que Vicente trajo a la pensión era un remedio curativo que él mismo tomaba, ¡no era ningún veneno! También es del todo cierto que yo me ausenté de la salita cuando Tomás ya estaba en la cocina. Fueron unos minutos y solo para cambiarme el vestido; era nuevo y no quería mancharlo. Pero, ¿cuánto tardaría mi marido en regresar a la sala de estar? ¿Dos, tres minutos? Durante ese tiempo, yo no sentí a nadie entrar o salir de ella. Solo estaba la niña jugando en el pasillo.
—¿Y cuál fue el problema?
—Alguien envenenó el café. Al parecer, vertieron en él una cosa que se llama estricnina. En unos minutos, Tomás murió envenenado, retorciéndose de dolores. Pero es que la sirvienta, que tenía la fea costumbre de rebañar los platos de comida, las copas de vino y las tazas de café, también falleció envenenada. ¡Fue terrible!
—¿Quién más había en la pensión?
—Los niños. Fernando estaba malito del estómago y dormía la siesta en su cuarto. María Fuensanta jugaba en el pasillo. Yo solo vertí el café de la cafetera a la taza de Tomás. Yo no quise tomar nada, aunque de saber esto…, quizás hubiese sido mejor haber tomado un buen tazón. Sí, alguien lo haría. No me cabe duda de que alguien envenenaría el café; si las autoridades así lo estiman, no seré yo quien diga lo contrario.
¡Josefa aparece sentada a mi lado! La veo perfectamente dentro de un halo de luz y nada interfiere entre ella y yo. No siento ni frío ni calor, no huele a nada, solo noto una sensación de bienestar y confianza en ella que no deja lugar a dudas ni a miedos. Ella me mira sonriente, con una expresión de ternura ilógica en alguien condenado a muerte de manera injusta. Ya no viste de negro, sino con un vestido de color hueso y un bolso a juego. Sus cabellos rubios son mecidos por una suave brisa que acaricia mi cara.
Con un gesto, la mujer me indica que la siga mientras comienza a caminar. De alguna inexplicable manera, el interior del halo de luz se ilumina y cobra vida: al mirarlo se contempla una calle con su gente paseando, sus farolas, sus escaparates y el típico atasco. Es como mirar a través de una ventana. El interior del halo revela una calle en la que Josefa ocupa el centro de la escena.
Empezamos a pasear uno al lado del otro. Camino a su lado, pese a que yo no me vea dentro de la imagen; esto es como jugar a un videojuego. Avanzo por la acera, supongo que sin moverme del sillón de casa. La vista muestra lo mismo que vería si de veras estuviese allí. Reconozco esa calle. Es más, estuve ahí hace poco.
A cada poco, Josefa gira la cabeza hacia mí. Sonríe, y su sonrisa delata cuánto está disfrutando. De pronto, caigo en la cuenta: ¡esta mujer vive en un año cercano a nuestro 2025! Todo a su alrededor, los comercios, los edificios, los semáforos, ¡todo es moderno! Paso tras paso, dejamos atrás casas, tiendas e incluso los coches aparcados a ambos lados. ¡En ese mismo bar desayuné yo!
Han pasado unos cinco minutos y Josefa sigue andando. Cambia de acera, cruza calles esperando a que el semáforo se ponga en verde para los peatones y dobla esquinas. Quienquiera que sea esta Josefa, no es el Alma de antes. Está viva y vive este momento de igual forma que yo existo. Incluso puede ser que, ahora mismo, ambos estemos en el mismo día y en el mismo minuto. Pero, si su Alma se reencarnó en esta nueva mujer y actualmente vive, ¿para qué me necesita a mí? No lo entiendo.
Josefa entra en un portal. Decidida, parece tener claro lo que busca y lo que sea debe encontrarse en este edificio. El portal es antiguo, de aquellos con dos grandes portones de madera abiertos de par en par. Un ancho y largo hall de entrada conduce a la portería, flanqueada por dos escaleras situadas a derecha e izquierda. Josefa levanta la mano con intención de llamar la atención de alguien. En efecto, dos o tres pasos más adelante, un hombre de aspecto serio sale a su encuentro. Afirmando con la cabeza, el hombre le señala un rincón del portal, al cual enseguida nos dirigimos.
Varias filas de buzones ocupan gran parte de la pared indicada. Tras encontrar un buzón en concreto, saca de su bolso una libreta y un bolígrafo y escribe algo durante unos segundos que me entrega:
“Paloma XXXXX XXXXX. Escalera derecha. Piso 2, letra B.
Llévaselo a ella. Me tomo el atrevimiento de solicitarte el favor de que le entregues en mano la página del periódico y el sobre que, con toda confianza, dejo a tu cargo. Sabrá qué hacer con ello y yo, si Dios quiere, quizá tenga otra oportunidad. Hasta aquí llego. Tengo la obligación de regresar al lugar de donde vengo, pues mi tiempo contigo, con ella, llegó a su fin. Ruego disculpes tanta osadía.”
Pasados unos segundos, el salón de casa vuelve a estar igual que siempre. Sigo sentado en el sillón, tapado con la manta y con la misma sensación de malestar a causa de la gripe. A mi alrededor, tampoco hay nada revuelto. Ni siquiera la silla que movió Josefa cuando llegó está fuera de su sitio habitual. Mi primer pensamiento al regresar la calma no puede ser otro: me quedé dormido y ¡vaya sueño! ¿No? Porque, en principio, todo este caso de Josefa no parece ser más que un sueño muy preciso.
Sin embargo, al ir a ponerme en pie, surge el sonido de un papel. Basta rebuscar un poco para descubrir un sobre situado entre mi pierna y el sillón. Es un sobre mediano, de color beige, y lleva el membrete de una pensión de Murcia. En principio me asusta: ¿Quién ha dejado este sobre ahí? ¿Acaso el sueño de Josefa va a resultar ser algo más que un simple sueño?
Inquieto, lo abro sin más esperas. ¡No es posible…! En su interior, encuentro la misma nota que la mujer me enseñó al terminar de escribirla en el portal. Otras dos hojas escritas a mano y una página de un periódico acompañan a la nota. La hoja del periódico corresponde al Diario de Murcia, del jueves 29 de octubre de 1896.
Desconcertado y con las pulsaciones a cien, repaso la página del diario. En ella, se lee un artículo que llama mi atención:
EL CRIMEN DE…
El cumplimiento de la sentencia.
Todo inútil.
El artículo, firmado por el periodista don Martínez Tornel, detalla con todo lujo de detalles las últimas horas de vida de una reclusa sentenciada a muerte de nombre Josefa. Junto a la hoja del periódico, el sobre incluye una carta dirigida a la misma mujer que el Alma de Josefa me indica en su nota. Está escrita en dos hojas tipo cuartilla con los bordes grabados, pero, por respeto, prefiero no leerlas.
En plena madrugada del día siguiente, pongo rumbo a la ciudad donde se encuentra la casa de esta tal Paloma. Es un día entre semana y el tráfico es casi inexistente; aun así, y a pesar de que voy acompañado, el viaje se hará largo. La gripe también parece remitir, y los síntomas ya no me impiden volver a mi rutina diaria. Durante el trayecto, pienso en mil maneras de explicar a Paloma lo acontecido en el salón de casa. Sinceramente, ninguna hasta ahora me convence; no es fácil explicar algo así a un desconocido. Al menos, gracias al contenido del sobre, resultará menos complicado.
Al entrar en el portal, me doy cuenta de que, efectivamente, es el mismo vestíbulo al que entró Josefa en aquella especie de sueño o revelación. Los nervios afloran. A partir de aquí todo puede ir bien, regular o puede terminar conmigo en comisaría. No es fácil afrontar ese primer momento cuando le dices a una persona que la razón de tu visita es traerle un mensaje de un fallecido.
Después de llegar al piso en cuestión, apenas transcurren unos segundos desde que toco el timbre y la puerta de la casa se abre. ¡No puede ser! Incluso esa voz… La voz de la muchacha que me acaba de abrir la puerta coincide con la voz del Alma de Josefa. Además, los rasgos de su cara y su figura son idénticos a los de la mujer que vi dentro del halo de luz. ¿Qué demonios es esto? Pero… ¡Si es la misma mujer!
Sorprendida, Paloma me pregunta si me encuentro bien; dice preocuparle la palidez de mi cara. Sin poder articular palabra y consciente de que he de reaccionar ya mismo, le entrego el sobre sin decir nada. En cuanto lo abre, observa y lee su contenido, la muchacha me invita a pasar y a sentarme en un sofá, mientras se dirige a buscar un vaso de agua fría. Tras beberlo casi de un sorbo, su primera pregunta no se hace esperar: quiere saber de dónde he conseguido la información que le traigo. Ella tiene en su poder otros documentos escritos por Josefa y, a falta de la opinión de un grafólogo, la letra de la carta coincide. Durante el tiempo que regentaba la pensión, comenta Paloma, Josefa redactaba todo aquello que necesitase quedar escrito. Posee facturas, permisos, carteles con avisos y varias cosas más que no duda en enseñarme.
Yo no salgo de mi asombro. Su imagen y su voz lo dicen todo: esta muchacha es la misma reencarnación de una mujer sentenciada en 1896 a morir a garrote vil en el patíbulo. Pero el asunto no termina aquí: Paloma me cuenta que ella está basando una tesis en el caso y posterior juicio de aquel crimen que condenó a Josefa. Desde antes de comenzar su estudio, ella ya tenía indicios de que el veredicto final del juicio fue erróneo. Lo que la traigo puede terminar de confirmarlo.
—¡Esta carta indica quién mató a Tomás! Leyéndola, cualquier tribunal la exculparía. Aparte, también deja claro por qué cargó ella con la culpa. —comenta la muchacha.
Pasamos horas charlando. Fraguamos una amistad que apunta a ser de las que se afianzan con los años. Ella tampoco daba crédito a mis palabras cuando le expliqué cómo conseguí la carta de Josefa. Bueno, no podía creerse ni que mi profesión existiera. Pensaba que estos temas eran cosa de charlatanes y de embusteros que a voces proclaman tener línea directa con el más allá.
Una vez terminé de explicarle lo ocurrido con Josefa en casa, Paloma se sinceró de la misma manera. La elección de este asesinato como tema de su tesis escondía una razón: sufre de pesadillas y sueños extraños desde pequeña. Soñaba que estaba sentada en un taburete de madera situado en lo alto de un patíbulo, a la espera de que acabaran con su vida. En la pesadilla se veía atada de pies y manos, rodeada de sacerdotes y el hierro del garrote ya rodeando su cuello, en tanto ella se aferraba a una estampa del Sagrado Corazón de Jesús que sostenía entre sus dedos.
—En el sueño estaba segura de que era yo quien debía estar en el patíbulo, aun sin haber cometido ningún crimen. —señala Paloma, visiblemente emocionada de repente.
Durante años, la ciudad de Murcia parecía llamarla a gritos. Cuando ya por fin llegó a ella durante un viaje en solitario, le fue imposible negarse a buscar una calle y una casa en concreto. Soñaba con esa calle. Aparecía la primera siempre que abría el mapa, escuchaba a la gente nombrarla, la veía en anuncios de oficinas o comercios que para nada necesitaba visitar. Lo tuvo claro: la tenía que encontrar.
—No paré hasta que no me vi dentro de esa casa. Y de ella salí con el tema de mi tesis decidido. ¡Fue espectacular! Ahora el mundo entero tiene que saber de la inocencia de Josefa. Se condenó a una inocente. —Explica la muchacha como si tuviera que convencerme a mí de su interés por el crimen.
Al día siguiente, pienso en todo lo sucedido sentado en el mismo sillón de casa. No fue la primera vez que un Espíritu me honraba con contar conmigo, para hacer llegar una información o para hacerle un pequeño favor antes de que se marchara para siempre. Reconozco haber estado muy torpe. Me molesta lo mal que actué con Josefa: yo pensaba que ella buscaba la manera de seguir adelante, rumbo a donde uno vaya después de la muerte. Josefa y Paloma comparten la misma Alma; son un caso vivo de reencarnación. Josefa consiguió encontrar una rendija por la cual hacer llegar sus recuerdos a la conciencia de Paloma. Ciento y pico de años después, una parte de su Alma todavía lucha por limpiar su nombre. ¿No les parece impresionante?
Este caso resultó fabuloso. Ojalá casos así me sucedan más a menudo. Es bonito pensar que Josefa descansa en paz y que uno contribuyó un poquito a ello. Tengo entendido que Paloma planea organizar un homenaje en memoria de Josefa y revelar en él quién de veras mató a Tomás. Leyendo este texto, creo que se llega a intuir quién lo hizo. De todas formas, queda claro que el supuesto crimen fue una fatalidad.
Yo guardaré con cariño la nota que me entregó Josefa. Por aquí seguiremos trabajando. Atento por si en otra meditación, mi Alma de nuevo abre las puertas y permite el paso a otro Espíritu necesitado de ayuda. Quién sabe si este caso no es el principio de una serie de otros destinados a esclarecer asuntos turbios del pasado. Quién sabe si en breve no aparece en este salón otra nueva Entidad, capaz de hacerme vivir otra impresionante historia de Fantasmas que aclare un injusto final como fue el de Josefa.
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