La luz se apaga en cuanto ponemos un pie dentro de la fábrica. Leo, el vigilante encargado de la seguridad de la misma, asegura no entender el motivo de tal apagón. Lleva aquí desde las once de la noche y, al menos, la luz se mantuvo sin problemas hasta este momento…
—¡Estamos hartos! —comenta Leo, mientras se acerca al cuadro de luces. —Esta asquerosa fábrica nos va a matar a sustos. Los compañeros se dan de baja para no venir a trabajar aquí. ¡Hacen bien! Eso tendríamos que hacer todos…
—Esta fábrica era una antigua harinera, ¿no? —pregunto con la intención de empezar a reunir datos. Me gusta conocer de boca de un testigo qué es lo que sucede en el lugar antes de embarcarme de lleno en el caso.
Leo siempre tiene turno de noche. Salvo los martes, su día libre, durante el resto de la semana pasa entre estas cuatro paredes desde las 23 horas hasta las 7.
—¡Mira! ¡Ya hay luz de nuevo! Había saltado el general. Volviendo al tema y en mi opinión, toda la culpa de esto la tiene un niñato loco y sus dos amigotes. Como a esta empresa le vale cualquiera…, pues luego pasa lo que pasa. Cogieron a un chaval muy jovencillo y nos lo mandaron a este servicio que tiene lo suyo: un edificio tan antiguo, tan lejos de todo y con tantas horas de soledad. Según le explicabas las rondas a realizar, cuándo se abren y cierran las puertas, contraventanas y demás, ya notabas su poco interés. A él solo le importaba si la historia del accidente mortal de una de las trabajadoras fue o no verdad; solo quería hablar de ese tema. Cuanto más le enseñaba el turno, yo más convencido estaba de que ese chaval saldría corriendo de aquí al escuchar el primer ruidito.
—Me comentaron en la oficina de tu empresa que vosotros, los vigilantes, afirmáis ver a una muchacha muerta aparecerse aquí.
—Mira. Eso empezó siendo una leyenda que ya existía desde hacía mucho tiempo. Pero sí, es cierto, pasan cosas.
—¿Te refieres a apariciones extrañas?
—Bueno…, yo no he dicho eso. Mira, llevo en este servicio cuatro años y sí, nunca había pasado nada hasta que llegó el tonto ese. Organizó una de narices porque, antes de venir él, este servicio era la mar de tranquilo. Al estar tan apartado de Madrid, por aquí no aparecía ni el inspector de la empresa.
—Y luego cambió la cosa.
—Eso es. Pero cambia por un motivo. El niño preguntaba tanto por la chica muerta, no por miedo, sino porque resulta que le gusta eso de las ciencias ocultas. Y fíjate si será tonto, que un viernes dejó entrar en la fábrica a unos colegas para hacer una ouija —según contó después— para ayudar a la chica fallecida a marcharse en paz. Y el tío, con toda su cara, hoy no viene a trabajar porque le da ansiedad. Ahora nos toca al otro compañero y a mí doblar turnos y quedarnos sin librar, porque se ha corrido la voz y este servicio ya no lo quiere nadie.
—Entonces, a partir de ahí, empezáis a ver a la muchacha.
—Y entonces empezamos a ver a Sofía, sí.
—Se cuenta que esta harinera tuvo un final un poco convulso.
—Yo desconozco el motivo; no tengo ni idea. Pero de esta fábrica la gente salió echando leches de un día para otro. Es imposible no darse cuenta.
—¿Y eso por qué lo sabes?
—¿Ves aquella puerta? Conduce al almacén y a los vestuarios. En el almacén aún hay cajas llenas de género sin abrir. En las perchas de los vestuarios todavía están los seis monos de trabajo y los delantales de las empleadas. Salvo seis hombres, el resto de la última plantilla eran mujeres.
¿Ves aquella otra puerta de ahí arriba? Allí, justo al final de la escalera. La ves, ¿no? Son los despachos. Dentro hay tres mesas llenas de material de oficina y papeles. Luego también hay cuatro estanterías con libros de cuentas, de pedidos y otros donde se apuntaba al personal y cuánto ocurría en la fábrica. En este último se puede leer justo al lado de una trabajadora llamada Sofía Blázquez Calahorra: “20 de enero de 1917. Muere en accidente laboral”. Por si no lo sabes, esta fábrica se cerró en mayo de ese mismo año, pocos meses después de la muerte de la tal Sofía.
—En verdad hubo una muerte entonces.
—Sí, la hubo. De ella nace la leyenda. Una historia en la cual se cuenta que todos los viernes una de las máquinas se pone en marcha sola; en concreto, aquella, una de las deschinadoras. Se enciende así, sin que nadie la toque; yo mismo te doy fe de ello. Además, cuando se pone en marcha, se comporta como si alguien la estuviera manejando. Esto ocurre siempre a eso de las cuatro de la tarde y permanece encendida hasta pasada la media tarde, coincidiendo con la hora del final de la jornada en aquellos años. Yo lo veo cuando doblo turno y, por mucho que intentemos apagarla, es imposible; no hay manera.
—¿Y esto solo ocurre los viernes?
—Solo los viernes. Bueno, esto de la máquina solo ocurre los viernes. Pero también ocurren otras cosas que antes no pasaban y cada día con más frecuencia.
—¿Qué otras cosas han ocurrido y desde cuándo?
—Desde enero de este año.
—¿Desde enero? ¿Tanto tiempo?
—No fue fácil convencer a la empresa. A esto se le está intentando dar solución ahora gracias a que un inspector, hijo de uno de los jefes, pasó al baño a lavarse las manos y, en lugar de la toalla, agarró a la muerta. Si no… Aquí seguiríamos sin que nadie nos hiciera caso.
—¿La habéis visto entonces?
—¿A la chica? Sí. Sí que la vemos. Mi compañero Paco y yo nos la encontramos a menudo. Pero, por favor, de esto no comentes nada. Él tiene cincuenta y nueve años y yo sesenta y dos; si la empresa se entera de que vamos aireando esto, nos despiden. No dudarían en ponernos de patitas en la calle y con esta edad, ¿dónde vas? ¿A otra empresa? Si alguna nos cogiera, sería para mandarnos a una obra perdida de la mano de Dios, en plena intemperie. Así que, mira, para eso, me quedo aquí con ella.
—¿Resignación o le has perdido ya el miedo?
—Resignación, sin duda. Aunque, si te digo la verdad, cuando la veo, te juro que trato de hablarle. Pero, chico… me atasco. ¡No sé qué decir! Paco y yo tenemos una cosa clara: nosotros dos le damos igual. No somos el motivo de que se regrese a la fábrica. Si lo fuésemos, aquí, a solas, en este pedazo de nave, ¡tú me contarás qué problemas tendría! Esta muchacha no sabe que está muerta y la pobrecilla viene a cumplir con su jornada laboral. Yo la he visto entrar por esa pu…
¡Una de las máquinas se pone en marcha! Precisamente, la antes señalada por Leo. El ruido que produce acalla nuestras voces, en tanto la luz, apenas compuesta por unas cuantas bombillas viejas y sucias, pierde intensidad. Parte de la harinera se queda en penumbra y el resto a oscuras. Por delante de nosotros se abren un par de pasillos, separados uno de otro por la maquinaria. La deschinadora encendida se encuentra casi al final de uno de ellos, a cuatro o cinco pasos de la zona oscura.
—¡Qué raro! Si hoy es martes y solo se enciende los viernes —comenta extrañado el vigilante.
Despacio, nos adentramos pasillo adelante y no, no hay nadie. La madera del suelo cruje a cada paso y el polvo existente es tanto que dificulta respirar. Según avanzamos, una capa blanca envuelve nuestro calzado. La corriente de aire frío, entrando a través de unos ventanales rotos cercanos al techo, revuelve el ambiente. Desde luego, Leo tenía toda la razón cuando antes me decía que esta fábrica se abandonó deprisa y corriendo. Todo parece seguir dispuesto tal cual se dejó el último día. Herramientas colocadas en sus respectivas escarpias, la maquinaria preparada, carretillas a la espera de ser cargadas, grandes sacos con el nombre de la fábrica llenos de harina, guantes, trapos y delantales colgados en perchas, además de papeles, lapiceros y utensilios de uso personal, se hallan por encima de las mesas.
Un taburete de madera, situado delante de la máquina encendida, acaba de cambiar de lugar. Al mismo tiempo, un fuerte y continuado estruendo surge de improviso. Nos detenemos. Suena lo mismo que si se volcara gran cantidad de material dentro de un depósito. Alguien está trabajando ahí mismo, invisible para nosotros, pero sin importarle dejarse oír. Un alguien que arrima el taburete a la deschinadora de nuevo.
En medio del escándalo, varias cosas diminutas saltan una y otra vez contra mis pies. Leo se agacha y recoge unos cuantos de ellos: son granos de trigo mezclados con piedrecillas de forma redondeada. ¿Cómo es posible? ¿En serio alguien ha llenado el depósito de la máquina con granos de trigo?
—¡Cuidado! ¡Cuidado con esa carretilla! ¡Viene hacia aquí! —advierte Leo a gritos—. ¡Mira, mira! ¡Se ha encendido el triarvejón! **
Aparte de haberse encendido otra de las máquinas, por un segundo podemos ver cómo una vieja carretilla se desplaza veloz por el pasillo. Por suerte, se detiene a poca distancia de nosotros. Pero, sin darnos tiempo para reaccionar, distinguimos pequeñas partes del cuerpo de una persona apareciéndose fugazmente. Surgen y se esfuman en un suspiro. Son imágenes apenas formadas por unos marcados trazos negros de una cabeza, de un brazo, de parte de la cara y de la espalda de un muchacho joven que recorre este mismo pasillo rumbo a la entrada.
¡Se oye un silbido! Alguien acaba de silbar a modo de indicación y otra máquina se pone en marcha de inmediato. A las imágenes fugaces se suman ahora otras articulaciones, caras e incluso objetos. Se ven por todos lados, revelando a diferentes personas entregadas a distintas labores.
Leo me llama a gritos. Insiste en que mire hacia un despacho situado al final de la escalera. Ya no está a oscuras: ahora aparece vagamente alumbrado por la débil luz de una vela. No, no es una vela… ¡Es un candil! Un candil sostenido por la mano de un hombre, con la frente pegada a la cristalera desde donde nos mira y gesticula para llamar nuestra atención. Su figura aparece y desaparece hasta que, por fin, me doy cuenta: ¡Es un Espíritu!, y Leo lo confirma porque… ¡Sabe quién es!
—Ese tío es Jaime Casal. ¡La madre que me parió! Fue el último dueño de la harinera. ¿Cómo puede estar ahí? Hay un cuadro colgado en ese despacho con una foto suya junto al personal de la fábrica hecha en 1916.
Ambos asistimos atónitos a una experiencia inexplicable. Pienso y no entiendo nada. ¿Este caso no se trataba de un chico que con unos amigos hicieron una ouija? ¿De unos chavales que invocaron a una mujer aquí fallecida? Todo esto empieza a dejar entrever otra cosa y voy a comprobarlo ya mismo.
Obviando de momento al Espíritu, le pido al vigilante que me acompañe y retrocedemos por el pasillo hasta casi la mitad de lo andado. Sobrecogen las repentinas imágenes de hombres y mujeres apareciendo, sumadas al ruidoso y continuo bullicio de palabras y frases entrecortadas que se han empezado a escuchar. Las risas, las máquinas funcionando a todo gas, el olor a trigo, el aceite goteando sobre el suelo y algún cable chisporroteando, junto a los muchos objetos que surgen de improviso —tan nítidos que casi se llega a tropezar con ellos— convierten el recorrido en un verdadero trago de estupor y miedo.
Cuando por fin lo encontramos, no dudo en pasar a un estrecho y pequeño cuarto, situado entre dos máquinas. Cuesta entrar: está repleto de sacos blancos de arpillera, con el nombre de la fábrica cosido en una de sus caras y, supuestamente, llenos de harina.
Ayudado por la pequeña navaja que siempre llevo conmigo cuando trabajo, abro uno de esos sacos y dejo caer parte de su contenido al suelo y… ¿Cómo puede ser posible? Es impresionante. Si esta harina, derramada ahora sobre el suelo, es de mil novecientos y pico, ¿por qué no desprende olor, mantiene el mismo color y no muestra grumos ni insectos? Todos estos signos deberían estar presentes; serían las lógicas evidencias de que se ha echado a perder con el paso de los años. Pero no lo están. ¿Cómo no se ha estropeado? La harina parece recién hecha. Leo también se da cuenta del detalle y me mira con la misma cara de asombro que, supongo, también tendré yo. Dejando esto de lado por el momento, regresamos al mismo punto de antes, donde todavía nos espera el Espíritu.
Según subimos al despacho, voy tratando de encajar las piezas de este complicado rompecabezas. En mi opinión, no podemos descartar que aquí, en esta fábrica de harina abandonada hace más de un siglo, se esté produciendo algo que a todos los que nos dedicamos a este mundo de las Ánimas nos encantaría experimentar al menos una vez. Aquí se da, se palpa y se vive una realidad paralela. En este mismo instante —en esta hora, minuto y segundo nuestro— hay otra vida transcurriendo al mismo tiempo, con sus gentes, sus cosas, sus problemas y sus alegrías.
Empiezo a dudar si de veras este caso va a tener una sola protagonista. Mientras Leo y yo tratamos de contactar con el Alma de Sofía, la muchacha aquí fallecida, otras como ella la acompañan realizando las tareas habituales de una jornada laboral cualquiera. Podemos verlos, oírlos y hasta rozarnos con ellos.
El Espíritu continúa en la oficina, sigue mirándonos con atención a través del cristal, nos hace señas para que nos acerquemos y tiene…
¡Tiene una ouija en la mano que sujeta con fuerza contra el cristal…!
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* Deschinadora: Máquina que separa la tierra del grano.
** Triarvejón: Máquina con forma cilíndrica que separa el trigo de otras semillas.
A medida que descontamos escalones, el Alma de Jaime Casal se inquieta. Se muestra ansioso, desplazándose con rapidez desde la cristalera a la puerta y de la puerta, de nuevo, al cristal.
—¿Tú estás seguro de que esto es buena idea? ¿No nos estaremos metiendo en la boca del lobo, verdad? —pregunta Leo con voz titubeante.
—Si queremos enterarnos de lo que ocurre aquí, ¿quién mejor que el dueño de todo esto?
—Bueno, dirás lo que queda del dueño…
Nada más pisar el rellano de la escalera previo a la entrada de la oficina, el Espíritu se sitúa detrás de un sobrio escritorio. De pie y con las manos cerradas y apoyadas sobre la misma mesa, nos espera paciente con la tabla de ouija también ante él. Da la sensación de que nos está esperando para abrir una sesión de espiritismo con ella.
De acuerdo con su Alma, don Jaime fue un hombre alto, de apariencia agradable y elegante al vestir. Su figura oscila con el vaivén común en la mayoría de los Espectros, en tanto la ausencia de los también peculiares puntitos de luz indica que al menos su regreso tras la muerte viene de lejos; no es un Ánima recién aparecida y esto es un dato a tener en cuenta. Cabello pelirrojo perfectamente peinado, barba poblada y mirada triste; la estampa de don Jaime a primera vista transmite de todo menos miedo. Con un gesto prolongado de su mano nos invita a sentarnos. Aceptando el ofrecimiento, Leo y yo nos acercamos despacio al escritorio.
Siento cómo el vigilante se agarra con suavidad a mi abrigo sin rehuir el paso. Se nota que esta no es su primera experiencia y no mentía cuando afirmaba haber visto el Alma de Sofía. A pesar del polvo, de la suciedad y de las manchas de humedad visibles allá donde mires, la oficina resulta acogedora. Lejos de la sensación de abandono, se percibe un aura de confort bastante especial. El único malestar existente surge de mi interior, de mi torpeza por seguir sin entender nada de este caso.
Dos cochambrosas butacas se encuentran justo delante del escritorio. Resignados, nos sentamos sobre ellas, temiendo la llegada del batacazo en cualquier momento. Sin embargo, una vez acomodados, todo cambia de repente. El despacho deja de ser un cuarto sucio y polvoriento y se transforma en una oficina de aspecto diferente. Mantiene la misma mala calidad del aire a respirar, incluso algo peor, debido a un fuerte olor a tabaco que la enrarece más. Las manchas de humedad y mugre han disminuido de forma considerable. Se muestran a modo de un primer aviso del futuro deterioro que años después colmará toda la fábrica. En los muebles ya no se aprecian las marcas del inevitable paso del tiempo presentes antes de sentarnos y a don Jaime, libre ahora del típico balanceo de su imagen, se le ha borrado la expresión de tristeza.
La luz escasea. Algo lógico cuando los dos tubos fluorescentes fueron sustituidos por tres bombillas sin que nos hayamos enterado de nada. Don Jaime habla, pero no le oímos; un inesperado escollo del cual él también se da cuenta. Insiste y el resultado es el mismo. Todos sus esfuerzos resultan en vano y en su rostro surge un gesto de desolación. Pruebo a ser yo quien hable y, a continuación, en vista del nulo resultado obtenido, lo intenta el vigilante preguntando varias veces si le oye. No nos escuchamos. Se me ocurre golpear la mesa con pequeños toques largos y cortos, tratando de que el antiguo código gaditano, en su versión moderna, nos saque del apuro y nada. Resulta increíble e inexplicable al mismo tiempo, pero, ¿qué no lo es en este caso?
De improviso, ¡otro Espíritu irrumpe en el despacho! Es el Alma de una mujer que a primera vista no revela ninguna característica que confirme su condición de difunta. Decidida, se acerca con el fin de dejar unos sobres sobre una repisa para luego encaminarse a la salida con la misma celeridad, no sin antes dirigirnos una rápida mirada disimulada tras una sonrisa.
¡Es fantástico! Es el Alma de una mujer, cercana a la treintena, cuyos rasgos son enteramente normales. Miro a Leo. Sentado a mi lado, se encoge de hombros. Tampoco entiende nada. Pero de pronto, cuando ya he dejado de mirarle, me llama la atención agitando mi brazo sin el menor reparo en ser visto. Pálido y nervioso, señala un espejo. Un espejo de cuerpo entero, con marco de madera, situado en una esquina detrás del escritorio, que refleja los muebles, las mesas, la espalda de don Jaime, nuestras sillas y, en definitiva, toda la oficina, menos a nosotros.
A primera vista, el espejo confunde. Da la impresión de que cuanto aparece en su reflejo está colocado de igual forma en la oficina. Sin embargo, no es así. Aparte de que nosotros no figuramos en él, en las estanterías, sobre la mesa e inclusive por el suelo, el cristal muestra una serie de objetos que ahora mismo no están aquí. Un nuevo dato desconcertante, pues creía estar viviendo la realidad tal y como fue en la vida de don Jaime. Entonces. ¿Hay otra realidad escondida dentro de esta realidad? ¿Por qué unas cosas aparecen y otras no? ¿Es una forma de decirnos que esos objetos —los que se reflejan en el espejo y que en verdad no existen— son herramientas, pistas o detalles para resolver este caso? Y lo más inquietante para mí: ¿quién demonios maneja el reflejo del espejo?
Don Jaime abre un cajón y saca una libreta de tapas verdes y un lapicero de gran grosor. La abre por una hoja al azar y escribe un par de frases que enseguida nos muestra:
¿Qué ocurre? ¿Por qué ese cambio de expresión en sus caras?
Dispuesto a contestarle, hago por coger la libreta y el lapicero… ¡Imposible, no puedo! Mi mano la atraviesa como si en realidad no estuviese ahí. ¡Tampoco puedo coger el lapicero! No lo entiendo; si antes pude golpear la mesa y escuchábamos el ruido producido por los impactos, ¿qué ha cambiado para que ahora no pueda coger estos objetos? Sin darle más vueltas, saco la libretita que siempre llevo conmigo, junto con un bolígrafo que llama mucho la atención de don Jaime. Sin omitir ningún detalle, le explico lo anómalo que resulta para nosotros el reflejo del espejo, en el cual no aparecemos.
Al leer mis respuestas, el Espíritu no entiende varias de las palabras. Al escribirlas, no tuve en cuenta que nuestra jerga actual no es, ni por asomo, la suya. Pese a ello, lo importante es que puede leerlas; no podemos tocar los objetos de la otra dimensión, pero sí verlos. Una vez reformuladas las dos preguntas, el Alma del último dueño de esta harinera las entiende sin dificultad y, de inmediato, se dirige hacia el espejo. Se mantiene unos segundos mirándolo. Al igual que Leo y yo, también debe de notar algo extraño: sin apartar la vista del cristal, se acerca a él despacio. El reflejo devuelve su cara de preocupación. Observa con detenimiento el cristal y enseguida mira hacia una parte del despacho; vuelve a mirarlo y, acto seguido, se fija en el lado opuesto de la oficina. Visiblemente nervioso, se aproxima con rapidez a una de las estanterías y, a toda prisa, revuelve sus cuatro baldas, tirando al suelo todo cuanto le estorba.
Por fin, el Alma de don Jaime encuentra lo que con tanta ansia buscaba. Se trata de una caja que con premura acerca al escritorio. Una pequeña caja de madera de nogal, que muestra, plasmada en la tapa, la imagen de un anciano con barba, ataviado con una túnica y cargando con una guadaña en una mano y un reloj de arena sobre la palma de la otra. Una talla que, creo, representa a la figura mitológica del Padre Tiempo.
Don Jaime abre la caja y extrae de su interior un reloj de arena de apariencia similar a aquellos que se convirtieron en un instrumento esencial de los antiguos galeones. Una herramienta cien por cien fiable para calcular la longitud durante la navegación.
El Espíritu frunce el ceño al tiempo que una apreciable inquietud, nada disimulada, le embarga de repente. Apurado, vuelve a escribir en la libreta:
El reloj…” “¡El reloj está parado! —Escribe don Jaime, con gesto de espanto.
Colocado encima de la mesa, Leo y yo lo observamos con detenimiento. En efecto, la amarillenta arena que prácticamente llena el globo de vidrio superior, no cae al inferior sin ninguna razón aparente. Sí, no cabe duda de que es raro, pues el cuello de vidrio encargado de unir ambos contenedores se ve limpio; nada lo bloquea. De manos de don Jaime, una nueva y más extensa nota aparece escrita en su libreta:
Si el reloj permanece detenido, también lo está nuestro destino. Y aunque todos hayamos de atravesar la muerte del cuerpo, nuestras almas jamás avanzarán. Cuantos aquí nos hallamos, tenemos la vida inmortal varada en esta fábrica de harinas. Aquella tarde, nuestras almas —virtuosas y temerosas de Dios— quedaron encalladas para siempre en este veinte de enero de mil novecientos diecisiete. De un modo u otro, todos fuimos sentenciados a regresar aquí. Aquí nos dejó la muerte el día en que vino a reclamarnos.
Antes de que podamos preguntarle otra vez, el Espíritu vuelve a escribir deprisa y corriendo:
Poco antes de la llegada de ustedes, el reloj de arena se hallaba dispuesto sobre el marco de ese espejo. Es cierto que lo hacía con extrema lentitud, pero algunos granos alcanzaban a descender hasta la ampolla inferior. Nuestro destino —estamos plenamente convencidos de ello— se halla ligado a esos granos de arena. Y mientras no caigan todos, mientras el reloj no complete su curso, nos veremos obligados a permanecer aquí, atrapados.
Por una razón que me es del todo ajena, el reloj ha vuelto a ocultarse por sí solo en el lugar donde lo hallamos cuando tomamos conciencia del problema.
Incansable y sin dejarnos participar, don Jaime escribe y escribe, arrancando hojas de su libreta que coloca frente a nosotros, a la vez que comienza a garabatear otra nueva.
Comprenderán ustedes que aquello de lo que hoy hablamos —esa toma de conciencia— para ustedes pertenece al pasado; para nosotros, en cambio, no se remonta más allá de unas pocas horas. Y ahora… ahora el reloj ha dejado de andar. Se ha detenido. Y con él, toda esperanza de salida.
¿Cómo… cómo pudieron unos muchachos, apenas unos críos, condenar nuestras almas a semejante infortunio valiéndose de una triste tabla de ouija? ¿Qué tocaron? ¿Qué llamaron o qué arrancaron de este mundo, para que este veinte de enero de mil novecientos diecisiete quede atrapado en una eternidad sin término?
Necesito tomarme unos segundos; no sé qué contestar. Desconozco o, mejor dicho, no tengo ni idea de lo que esos muchachos pudieron abrir, dejar o traer durante esa sesión de ouija. Ni por lo más remoto jamás hubiera supuesto que el destino de un Alma pudiera ser comprometido a través de una ouija. Pero es así, está en lo cierto: son muchas cuestiones a resolver. Lo que no puedo negar es que este caso esconde toda una fuente de conocimiento del mundo de las Ánimas que, a decir verdad, apasiona.
La pieza que observan… sí, esta misma… es la ouija que los muchachos emplearon aquella tarde funesta.
No ignoro lo temerario de la sugerencia, créanme, pero me pregunto —y no sin desasosiego— si no sería necesario intentar una segunda partida para deshacer el caos en que nos hallamos —propone don Jaime en una última nota.
Pues sí, caballero, ¿por qué no? Quizá jugar, como usted dice, una segunda partida de ouija nos permita ordenar el caos ocasionado en la partida anterior. Pero lo preocupante no es jugar o no jugar. Lo preocupante es… ¿Con quién demonios jugaremos? ¿A quién estaremos abriendo la puerta?
Han sido varios minutos intercambiando mensajes con el Espíritu de don Jaime. Al confirmarle que abriremos una nueva sesión de ouija se ha esfumado, deseándonos la mejor de las suertes. No sé si continuará dentro de este despacho. Aparentemente, estamos solos y noto a Leo preocupado, creo que ya no tanto por el temor a que nuestro insólito acompañante pudiera hacerle algo malo, sino por la situación en sí. Le apena que todos aquellos antiguos trabajadores de esta fábrica se encuentren atrapados en un tiempo que ya no les corresponde. Ha llegado el momento de explicarle la estrategia que acabo de pensar para intentar revertir la situación de las Almas aquí encerradas. No estoy del todo convencido de ella, pero no nos queda más remedio: tendremos que iniciar otra sesión de ouija. Leo consiente. Asegura estar dispuesto, a pesar de que la repentina palidez de su rostro indique lo contrario.
Detesto abrir una sesión. Tanto con este método como con cualquier otro, odio ser yo quien llame, invoque o moleste porque nunca sabes quién te responde. Trabajando en otros casos, conocí gente que se metió en gravísimos problemas por culpa de invocar a un difunto; complicaciones, cuya solución costó Dios y ayuda, aparte de sufrir algún revolcón de esos que ponen los pelos de punta. En mi opinión, una cosa es que un Espíritu venga a ti por algún motivo y otra muy distinta es que seas tú quien vayas a buscar algo en ese “otro lado”.
Creo que lo mejor será tratar de enlazar con la sesión abierta por los chavales. Encontrarla y navegar por ella hasta el momento en el cual estas Almas retornaron de nuevo a la harinera. Don Jaime mismo lo dijo: «Fuimos sentenciados a regresar aquí. Aquí nos dejó la muerte el día en que vino a reclamarnos.» Supongo que la reacción de los muchachos fue echar a correr cuando percibieron la presencia de tantos Fantasmas a su alrededor. Cometieron el grave error de dejar la sesión abierta, perdiendo la oportunidad de revertir el daño causado.
Suena irrisorio estar buscando un vaso, pues no quiero usar objetos punzantes para hacer una ouija en un despacho donde, hace apenas unos minutos, se presentó y convivimos con todo un Espíritu. Durante la sesión, más nos vale estar atentos a los acontecimientos que surjan en la tabla. Es preciso averiguar qué se hizo o qué se dijo durante aquella sesión aún abierta y darle la vuelta. Para ello será necesario tratar con la misma Entidad, buena o mala, que respondió a la invocación de los chicos.
Leo es el primero en sentarse. Sin renegar, ni preguntar, ni cambiar siquiera el gesto, toma asiento, quedándole al revés las letras, los números y las palabras “sí” y “no” dibujadas en la ouija. A mí me toca verlo al derecho, algo que otorga tanto el compromiso de llevar la voz cantante como la certeza de que, en caso de problemas, cualquier objeto, arrojado con mayor o menor violencia, vendrá directo hacia mí. Esto por ley es así. Para la tabla, el primer responsable de todo cuanto la moleste es quien se siente frente a ella, pero es una posición ineludible para la puesta en marcha y el correcto desarrollo de la sesión.
Sin mediar palabra, apoyamos un dedo en el borde del vaso situado ya en el centro de la tabla. Dejo pasar varios minutos por si “alguien” quiere intervenir antes de empezar la invocación. Toda una ilusión que, de llegar a ocurrir, sin duda nos facilitaría mucho las cosas. Por desgracia, se queda en una propuesta rehusada por “todos”. Al menos, la espera me concede tiempo para recitar mentalmente todas las oraciones de protección que recuerdo, partes de las que no termino de acordarme y alguna inventada; algo hará. Pasados esos minutos, todo sigue tan en calma que tardamos en darnos cuenta del chirriar de la puerta. Es un sonido tan suave que apenas se percibe.
Sin habernos dado cuenta, la oficina acaba de variar su aspecto. Se transforma sin ruidos ni sobresaltos. En apenas un instante, ya no se trata solo del cambio de fluorescentes a bombillas, ni de que parte del mobiliario —antes viejo y polvoriento— lo percibamos ahora moderno, cuidado y limpio; no, no es solo eso. El aire es distinto: enrarecido y espeso. El suelo brilla. Cierta humedad se palpa en el ambiente, avivando la sensación un frío molesto e intenso, que hace tiritar, entorpece el habla y dificulta estar parado. Huele a óxido, a aceite industrial, a trigo recién molido, a sudor, a tabaco y a puro. Y pese a todo esto, lo más difícil de soportar es esta persistente sensación de sentirse observado.
¡La puerta se cierra!
Se mueve sin la menor brusquedad. La luz se apaga. Percibo un movimiento ligero y continuo del vaso. ¿Tal vez fruto del temblor de nuestros dedos? Un sonido similar al ruido de un bastón se acerca a nosotros. Enseguida, enciendo la linterna del móvil y enfoco hacia el lugar de donde procede el traqueteo. No veo a nadie. Está ahí, sí; estoy seguro de que está ahí, pero por el momento es “alguien” invisible a nuestros ojos.
—¿Quién eres? —pregunto enseguida con el tono más serio capaz de articular y atento a una posible respuesta que no termina de llegar. Durante unos segundos, el sonido del bastón se detiene para, después de esa breve interrupción, de nuevo avanzar despacio hacia nosotros.
—¿Cómo lo llevas, Leo? —le susurro ahora al vigilante, por si hiciera falta posponer la sesión.
—Luego te lo cuento. Sigue, estoy bien.
El bastón se deja oír junto al extremo de la mesa. El Espíritu que lo empuña ya está aquí; ahora, cualquier cosa puede pasar… ¡El bastón golpea la ouija! El susto provoca que nos separemos del escritorio.
El corazón se desboca. ¡Lo he visto! El báculo con cabeza de marfil surgió fugaz de entre la oscuridad, impactó con fuerza sobre la tabla y desapareció; apenas fue un segundo. De inmediato indico a Leo que volvamos a colocar el dedo sobre el borde del vaso, mientras noto al recién llegado dejar el bastón sobre la mesa y sentarse a mi lado. Le tengo tan cerca que nos rozamos. Tranquilo, golpea débilmente la mesa con los nudillos una y otra vez; parece estar pensando qué hacer con nosotros.
—¿Puedes aclararnos qué ocurrió en la anterior sesión de ouija? ¿Por qué debido a ella las Almas de los antiguos trabajadores de esta harinera quedaron aquí atrapadas? —vuelvo a preguntar, consciente de que no es el momento más adecuado. Habría preferido valorar más la actitud del Espíritu aquí presente antes de abordar el problema.
No contesta. Solo se levanta y camina por la oficina. No lo vemos. Sabemos que está ahí, sentimos su presencia, su olor y la fría sensación de su aura. Escucho su bastón; tras tocar una vez más el suelo, se detiene cerca de mi espalda. La situación impone. El tiempo parece no transcurrir y la tensión ante la incertidumbre hace mella. Inquieto, me vuelvo hacia él y, de repente, ¡un hombre aparece reflejado en el espejo! El mismo espejo donde no nos veíamos nosotros reflejados, ahora nos muestra la figura de un señor mayor.
Situado frente al espejo, un hombre entrado en años, de baja estatura, cabello repeinado y gesto serio, se observa de arriba abajo, aprovechando la ocasión para acicalarse el atuendo. Viste con ropa de alguien de posibles: camisa de cuello levantado, pañuelo blanco anudado al cuello, abrigo corto por delante y largo por detrás, zapatos atados con un pequeño lazo y sombrero de copa. En definitiva, tal vestimenta revela una diferencia de época evidente, no solo con respecto a nosotros, sino también con don Jaime.
Es la primera vez que veo una aparición reflejada en un espejo e imperceptible a simple vista. Pero ahí está, consultando la hora en un reloj de bolsillo, al tiempo que, haciéndose el despistado, se vuelve hacia nosotros borrando su reflejo del cristal. ¡El vaso se mueve! Se desplaza deprisa por la ouija deteniéndose un instante en las letras para formar dos espantosas frases:
¿Acaso deseáis perder la vida? ¿O preferís permanecer aquí, condenados para siempre en tan lugar inmundo y poco digno?
—En absoluto. No queremos molestarte, solo hablar un ratito.
No entiendo qué razón puede empujaros a semejante despropósito.
Sin darnos tiempo a contestar, el vaso sigue recorriendo la ouija formando palabras tan deprisa que apenas nos da tiempo de apuntar las letras. Haciendo caso omiso de nuestra petición de continuar algo más despacio, las siguientes frases por fin construyen una primera y vaga explicación relacionada con lo que ocurre en esta harinera:
Ignoro qué motivo puede llevaros a un despropósito así. Si se me ofrece el paso, no veo razón alguna para rechazarlo.
—Los chicos que hicieron la ouija te abrieron la puerta para venir, ¿no?
Era sencillo: tres bastardos ansiosos por hurgar en lo que no les incumbía.
—¿Y qué pasó?
Accedí.
—¿De qué manera?
Les abrí el camino.
—¿Al pasado?
Después, claro… Lo estropearon todo.
La velocidad a la que se mueve el vaso parece aumentar. Incluso en ocasiones se eleva unos milímetros para dejarse caer con fuerza contra la ouija. Para mí que “alguien” se está enfadando. Leo apunta y apunta letras sin atreverse a levantar la cabeza.
—Pero tú puedes acabar con esto y devolverlos a su tiempo. —Creo que es el momento de ir evaluando nuestras posibilidades.
¿Por qué habría yo de hacerlo?
—Para que todos regreséis al lugar que os corresponde.
¿Regresar voluntariamente al caos?
—Debes hacerlo.
No alcanzo a ver motivo alguno.
—Es tu sitio.
¿No es, acaso, una necedad regresar al lugar del que uno ha logrado escapar?
—¿Pretendes quedarte?
Yes, of course. (Sí, por supuesto.)
—¿Y estas Almas? ¿Por qué las trajiste contigo?
No fui yo.
—¿Fueron los chicos?
Curioso, ¿no os parece? Puercos…
Cada respuesta genera una nueva duda. Además, cuesta mucho pensar estando junto a un Espíritu cuya identidad e intenciones desconocemos.
—Vamos a ver… —Vuelvo a la carga de nuevo. —¿Dices que fueron los chicos quienes trajeron a todas estas Almas? Eso es imposible. Si te fijas, no solo las trajeron ellas, sino toda una jornada laboral de la vida de cada uno de ellos.
¡Equilicuá! Tú lo has dicho.
—¡No puede ser!
Daos un paseo por ahí y lo comprobaréis por vosotros mismos.
—No. Me refiero a que no puede ser. No puedes dejarlos aquí, este no es su lugar.
Sí… la verdad es que… pobres desgraciados.
—Estas Almas sufren.
Trabajar, trabajar y volver a trabajar… qué fastidio interminable. ¡Algo hemos de hacer!
—Tenemos que devolverlos al mismo lugar de donde vinieron.
Yo había pensado en traer a unos cuantos más y organizar turnos…
—Vale. Pongamos que te creo. ¿Qué hicieron los chicos para organizar este follón?
Utilizar el gusano.
—¿Gusano? ¿Qué gusano?
Ay, muchacho… qué torpeza. Gusanos, puertas astrales, portales dimensionales… distintos nombres para una misma insensatez.
—¿Aquí hay un portal?
Hermano pequeño de Ñaupa Iglesia.
—¿Ñaupa Iglesia? Si Ñaupa Iglesia es un santuario construido por los incas en su Valle Sagrado del Perú, con el fin de realizar ceremonias religiosas y…
Y tres horas después… Os extendéis en exceso. Perdonadme si no os he comprendido bien, pero decidme: ¿pretendéis sacar de aquí a estas almas… o a sus bisnietos?
—Entonces, según tú, en esta fábrica hay un portal que comunica con el pasado.
Qué sagacidad la suya. Exactamente igual que Ñaupa Iglesia.
—Se dice que Ñaupa Iglesia es un lugar de meditación y oración.
Y que Blancanieves se encontró con siete enanos.
—Sí, vale. Es cierto. También la leyenda habla de la existencia de un portal entre esas rocas; lo escuché en alguna ocasión o lo leí. Una puerta tridimensional que lleva hasta Egipto.
Al Valle de los Reyes, más en concreto.
—¿Al valle de los Reyes?
Que sí. al Valle de los Reyes, hacia el año mil quinientos antes de Cristo. Desde allí se inicia el gusano, recorriendo el pasado hasta desembocar en el periodo incaico, en los siglos XV y XVI.
—Espera, espera. Yo tengo entendido que el problema de esta fábrica se origina porque tres chicos hacen una sesión de ouija. Una sesión de ouija para invocar a una muchacha fallecida aquí dentro.
Cierto. ¡Tarados!
—Pero ahora estamos hablando de una relación de esa ouija con gusanos, egipcios e incas del siglo XV.
Y XVI.
—Bien. Vayamos por partes. ¿Qué ocurrió? ¿Qué hicieron esos chavales para provocar todo este follón?
Recorrer el gusano.
—¿Atravesaron el portal?
Que sí.
—¿Y a qué fecha del pasado?
20 de enero de 1917.
—La fecha en que muere Sofía, la trabajadora de esta harinera.
—¡Lince!
—Que murió aquí dentro.
Pasillo derecho, en la tercera máquina en concreto.
—Es el mismo día que esas Almas reviven una y otra vez desde su regreso.
Estás que te sales.
—Entonces, ¿este regreso está relacionado con la muerte de Sofía?
Sí, hijo. Miss Sofí importuna incluso después de muerta.
—¿Y dónde está escondida la entrada al gusano?
¿Escondida, dices?
—¿No está escondida?
Tal vez, si os dignáis a observar con un poco más de atención el cristal de ese espejo…
Ni Leo ni yo somos capaces de salir del asombro que nos ha supuesto leer las palabras del Espíritu. Quién hubiese imaginado encontrar algo así dentro de una harinera cerrada hace años. Este hallazgo también me da que pensar acerca del porqué de la presencia de una seguridad privada en una fábrica sin actividad, abandonada y perdida en mitad del campo.
Tras unos breves segundos junto al vigilante, observando atentos el cristal del espejo sin apreciar nada extraño, el Espíritu contrataca:
Espejito, espejito, dime tú, ¿a dónde llevas…?
—¿Sabes, Leo? Empiezo a creer que los chicos provocaron todo este sinsentido al intentar sacar algo del gusano. Algo vieron. De algo se enteraron y quisieron traerse una prueba para enseñársela a quien fuera.
¡No me digas! ¡Qué interesante! —escribe deprisa el Espíritu.
—Solo es una teoría, pero…
¿Queréis cercioraros por vuestra cuenta? ¿O acaso teméis ver lo mismo que vieron ellos?
—¿Te refieres a entrar en el gusano?
Tengo la clave.
—Sí, claro. Todo portal tiene su clave de acceso.
La diseñó el propio Ahmes. Y la ocultó en su célebre papiro matemático. (*) Adelante, pasen ustedes, el 20 de enero de 1917 les espera. ¿Se atreven…?
Sentados frente a la mesa, el vigilante y yo nos miramos, seguramente esperando escuchar de labios del otro alguna contestación. Para mí no es nada fácil aventurarme a entrar en ese gusano, en ese misterioso conducto a un tiempo pasado. Esto es lo que por medio de la ouija se nos ha dicho, pero ¿será así en realidad? ¿Será una puerta segura a 1917, por la cual se pueda acceder, observar e incluso interactuar por unos minutos en aquel año y luego regresar a nuestros días sin el menor problema?
Solo tenemos la palabra de quien demonios mueva el vaso por la tabla. Un alguien de quien, por no conocer, no sabemos ni su nombre. Se nos ha contado que tres chavales se atrevieron a cruzar esa puerta y ahora, después de ese extraordinario “viaje”, se niegan a volver a pisar esta harinera. Tampoco sería mala idea parar de nuevo la sesión en este punto, buscarlos y escuchar cómo fue la realidad de su experiencia.
Sin embargo, el Espíritu insiste. Vuelve a mover el vaso alrededor de las letras hasta completar tres extrañas palabras que no vienen a cuento. Se trata de la clave. La contraseña que, una vez pronunciada, abrirá el espejo y nos permitirá presenciar allí mismo aquel 20 de enero de 1917, con la misma claridad que vemos y sentimos este día de hoy. Para quienes hemos dedicado algo de tiempo al papiro de Ahmes, esta clave resulta sencilla; el escriba no se rompió mucho la cabeza ideando una contraseña segura y difícil de adivinar. Tres palíndromos, resultantes de una sencilla conversión de números a letras con el cifrado de Vigenére como matriz principal, esconden, luego de su pronunciación, la oportunidad de adentrarse en un túnel del tiempo.
Toca acercarse al espejo y, desde luego, nuestras dudas saltarían a la vista de cualquiera solo con ver con qué pocas ganas nos levantamos de la silla. Unas dudas acrecentadas de inmediato cuando el vaso, utilizado en la sesión a modo de puntero, se vuelca de repente y, tras rodar unos instantes sobre la ouija, llega a detenerse justo encima de la palabra “No”. ¿Casualidad? No existe en el mundo de las Ánimas. ¿Aviso? Me convence más. De cualquier modo, decidimos continuar y acercarnos al espejo. Quisiera poder observarlo de cerca y esperar algunos minutos haciendo algo de paripé, pues me extraña mucho la ausencia de don Jaime. Espero y deseo que vuelva a presentarse. Le considero una figura relevante de este caso y alguien que puede jugar un papel fundamental.
Ya situados delante del espejo, la historia se repite: podemos ver todo el mobiliario situado a nuestra espalda, las bombillas, el suelo, la puerta, todo menos a nosotros. Leo y yo seguimos sin aparecer en el reflejo de ese espejo al cual sí, es verdad, se le nota algo raro en cuanto le miras a esta distancia con algo más de atención. Ya de por sí, el cristal… ¡Se mueve! Se balancea con un suave y apreciable vaivén que no afecta a la imagen. Es extraño que ocurra semejante oscilación cuando todavía no hemos pronunciado la contraseña que supuestamente lo convierte en todo un portal del tiempo.
La cara de Leo lo dice todo. Sin saber su opinión, apostaría que esto de la puerta del tiempo tampoco le hace ninguna gracia. Por muy sugerente que suene la idea de vivir en primera persona un momento de un año tan lejano, yo veo demasiados riesgos. No puede ser que resolver este caso conlleve experimentar a la fuerza algo tan arriesgado. Entre una cosa y otra nos estamos desviando de la verdadera misión: nosotros estamos aquí únicamente para socorrer a unas Almas encerradas en esta fábrica en contra de su voluntad y de las que, por cierto, no hemos vuelto a saber nada.
El vaso se estrella contra la pared. Se ha roto en mil pedazos. El escritorio se eleva y, suspendido en el aire a ras del suelo, se nos acerca deprisa hasta dejarse caer a pocos centímetros de nuestros pies. Estamos acorralados entre el espejo y la mesa. Aquí hay “alguien” a quien le enfadan nuestras dudas. Precavidos, tratamos de salir del despacho, pero a cada intento de alejarnos del espejo, la mesa reacciona bloqueándonos el paso. No solo se pone en medio, sino que, además, por mucho que intentamos apartarla, ofrece resistencia y no podemos moverla. Supongo que toda esta intimidación vendrá de mano del Espíritu que mueve la ouija y con el único propósito de vernos traspasar el portal, pero… ¿Con qué intenciones?
De momento, ha conseguido el efecto contrario: ahora para nada nos planteamos adentrarnos en ningún sitio, sino en cómo liberarnos de esta encerrona. Leo y yo tratamos de sujetar la mesa. Poco a poco nos empuja hacia el espejo. A base de embestidas nos obliga a retroceder. Ya noto el cristal rozar mi espalda, el talón de los zapatos golpear el marco de madera y la sensación de estar atrapado se dispara. ¿De veras van a conseguir enviarnos a principios del siglo XX? ¡La contraseña! Separando las manos del escritorio, le digo a Leo que también la suelte. La mesa cede y cambia de atacarnos constantemente a empujar de forma menos impetuosa en cada nuevo arreón. La agresividad disminuye y se ralentiza hasta desaparecer.
El Espíritu de la ouija sabe que nunca atravesaremos el espejo ni nos adentraremos en ese túnel del tiempo sin antes pronunciar la contraseña. En cambio, cuando por fin parecía llegar nuestra primera victoria, todo cuanto daba por entendido se desmorona con el repentino sonido de un llanto. Alguien a quien no vemos llora en el otro extremo de la mesa. Llora tímidamente. Juraría que trata de no ser escuchado o, mejor dicho, escuchada, pues ese lamento parece provenir de una mujer. El incesante llanto emerge del suelo. En un nuevo intento conseguimos separar algo la mesa. Una mirada en silencio nos basta para ponernos de acuerdo y acercarnos a ella.
Pero es ir a mover un pie y la mesa impacta de lleno contra el espejo. La tabla de ouija, aun sobre ella, se desplaza de golpe al otro extremo de la mesa, donde se ha situado el Espíritu. Por un instante, creo haber visto dos manos pequeñas, de finos dedos y ostensibles manchas de grasa, asomarse por la esquina de la mesa de donde procede el llanto. Al mismo tiempo, una espesa nubecilla, similar al vaho, surgía por encima.
Tras unos segundos de inquietante calma, los cajones de la mesa se abren uno detrás de otro. Lo hacen de golpe, llevándolos hasta su tope de un solo y rápido tirón, para pasar al siguiente en cuanto todo su contenido es arrojado al suelo. Llegado al penúltimo de ellos, el Espíritu lo revuelve con ansiedad, emitiendo unos quejidos y chillidos que denotan desesperación. ¡Se enrabieta tanto que hace temblar el escritorio! ¡Quiere coger algo y no puede! El vigilante, sin encomendarse a nadie, se aproxima y:
—¡Son unas tijeras! ¡Quiere coger unas tijeras! ¿Qué hago? —grita Leo alarmado.
Antes de poder contestarle, un objeto sale volando del cajón y cae justo en el centro de la mesa. En efecto, se trata de unas tijeras de hierro de gran tamaño. Las dos insólitas manos, que juraría haber visto, aparecen de nuevo con intención de cogerlas en un titánico esfuerzo, a tenor de sus quejidos de dolor. ¡Quiere llevárselas! El vigilante pretende impedirlo y, en un imprudente acto sin sentido, se estira sobre el centro de la mesa con el propósito de agarrarlas. Asustado, corro hacia él; esta puede ser una decisión de la cual se arrepienta toda su vida. Sufriendo en mis carnes el revuelo de gritos y golpes, consigo alejar a mi compañero del alcance de las manos. Sin embargo, Leo está herido y sangra por la muñeca, bajo la atenta mirada de un sonriente Espíritu, quien, sin duda, disfruta de la escena mientras exhibe las tijeras como un trofeo recién conquistado.
Usando un pañuelo a modo de venda improvisada, tapo los arañazos de la muñeca de Leo; son surcos profundos y me temo que la sangre dará algo de guerra. Mientras tanto, el Espíritu es dueño y señor de las tijeras. ¿Habremos hecho bien al apartarlas de las manos de la mujer que continúa llorando? Lo único que hemos sacado en claro es que las manos aparecidas son de ella y ella resulta que es otra Alma más que se suma a la lista de apariciones dentro de esta harinera.
No me gusta nada esta situación: aunque tan solo quiera esas tijeras para utilizarlas a modo de puntero, cualquier acto o comentario que hagamos podría provocar que las use de otro modo.
Noto al vigilante molesto: la muñeca le duele y esto puede ser un hándicap importante. La ouija se desliza sola por la mesa hacia nosotros. Pero nada más detenerse, sale despedida y cae al suelo, acompañada de un nuevo revuelo de chillidos y golpes. El espanto se dispara. El escritorio va y viene y nos arrolla. ¡Ahora sí que estamos atrapados contra el espejo! El cristal abrasa. Transmite un bochorno que aturde. La única forma de librarnos de escapar es subirnos a la mesa, una decisión que nos sitúa muy cerca del griterío.
No entiendo nada; la ouija está en el suelo, las tijeras encima de la mesa y, a su alrededor, un tremendo jaleo se repite sin visos de terminar. No sé qué hacer. Por si fuera poco, vemos cómo el Espíritu sujeta con fuerza las muñecas de un Alma femenina. La retiene contra el suelo, haciendo inútiles sus esfuerzos por zafarse de él. ¡Por fin vamos sabiendo quiénes son los buenos y quiénes los malos de este caso!
Tenemos que ir a socorrerla, pero, de pronto, la mesa se mueve. Sorprendidos, nos agarramos en los bordes. Continúa moviéndose. ¡Una pequeña parte de ella está dentro del espejo! No es que el cristal se haya roto, no; permanece intacto y, aun así, un fragmento de la mesa desaparece en su interior. Nos conduce a un túnel del tiempo del cual desconocemos si existe viaje de regreso.
Sin pensarlo más, me bajo de la mesa. ¿Cómo es posible que el portal esté abierto si nadie pronunció la contraseña? ¿Cómo puede seguir engullendo la mesa? ¿Y por qué demonios Leo no se baja de ella? ¡El vigilante no reacciona! Tengo que tirar de él para bajarlo. El jaleo esta vez le superó. Entretanto, la mesa sigue desapareciendo tras el cristal.
Harto de ver tanta cosa rara, soy yo ahora quien pego un golpe con todas mis fuerzas contra el escritorio. Todo este despropósito tiene que detenerse. Necesitamos al menos un minuto para respirar. Sorprendido por el golpe, el Espíritu se vuelve hacia nosotros y ambos dejan de pelear para mirarnos. Él se muestra impresionado; seguramente no esperaba ninguna reacción. Ella suplica con la mirada. Es el Alma de una muchacha delgada, de largos cabellos rubios recogidos en lo que alguna vez fue una trenza. Llama la atención su vestimenta: un mono de trabajo que luce limpio.
El Espíritu suelta a la mujer y se levanta del suelo. En su gesto se adivina cuánto le desagrada nuestra intromisión. Sus ojos, teñidos de rojo sangre, transmiten odio. Sus puños, apretados a más no poder, delatan una rabia a punto de explotar.
Sin embargo, con aire soberbio y un pronunciado desplante, se gira y abandona el despacho, abriéndose camino entre un barullo de Almas que, expectantes, se encuentran fuera. Todas ellas bajan la cabeza y guardan silencio en cuanto ven salir al Espíritu; entre ellas, el propio don Jaime. ¿Qué poder ejerce sobre ellas? ¿Tanto respeto le tienen que hasta don Jaime baja la mirada?
Con cuidado, nos acercamos al Alma de la muchacha. Sigue tumbada y temblorosa, pero enseguida se incorpora y trata de hablarnos. El problema con el sonido reaparece: no escuchamos nada de lo que dice. Consciente de ello, se levanta, busca la ouija y la coloca derecha a base de pequeños puntapiés. Agarrar las tijeras ya sí que le supone una misión imposible, por lo que va a ser a mí a quien le toque sufrir el contacto de sus manos sobre las mías mientras las tijeras se deslizan por la tabla.
Las primeras palabras que la mujer forma estremecen.
Mi nombre es Sofía, y los tres chicos son mis asesinos.
—¿Te refieres a los tres chicos que hicieron una ouija aquí dentro? —le pregunta Leo, sorprendido.
Sí. Son demonios…
—¿Demonios? ¿Qué quieres decir con eso?
Las tijeras vuelven a moverse deprisa por la ouija, buscando y marcando las letras necesarias para escribir…
Son mis asesinos.
Sin desviar la atención de la ouija, el Espíritu espera en silencio la siguiente pregunta. Siento su mano temblorosa y eso me provoca aún más dolor. Al menos, consigo que nos sentemos en el suelo, apoyando la tabla en mis piernas. Leo también toma asiento junto a mí. Ella no se inmuta. El frío es intenso; frío o quizás la tensión o, más probablemente, el miedo.
¿Cómo no mirar a Sofía? ¿Cómo no observar cada movimiento, cada expresión? Con mover un par de centímetros la otra mano, tocaría a un ser que ahora mismo vive esa otra vida más allá de la vida; simplemente, me resulta algo maravilloso. Yo pasaría horas y horas aquí con ella. ¡Cuánto me podría enseñar! ¡De cuántas de las habituales preguntas acerca de todo este mundo de las Almas tendrá respuesta!
En lo que alguna vez fue la piel de Sofía, se adivinan pequeños puntitos de colores naranja, amarillo y verde que, a veces, tras volverse transparentes, desvelan un entramado de finas líneas moradas. Sus labios mantienen el color rosado. Los cabellos, de un dorado sin precedentes para mí, resaltan gracias al tono rojizo del mono de trabajo. Una indumentaria laboral limpia como una patena, en claro contraste con las manchas de grasa visibles en sus manos y mejillas.
Un tímido gesto de su barbilla me genera la ilusión de poder ver su cara de cerca; pero no, no se atreve a levantarla. ¿Qué pasará por su cabeza? Desde luego, si su intención real es la de causar daño, nos está engañando muy bien. A esta distancia no habría tiempo de reacción y, por muy fascinante que resulte el momento, no podemos olvidarlo: ahora mismo somos nosotros quienes estamos en sus manos.
El sonido metálico de las tijeras vuelve a dejarse oír. Estas se desplazan por la ouija señalando con mayor énfasis cada una de las letras elegidas para formar todo un inquietante aviso.
“Quieren vuestra Alma.”
Leo y yo nos miramos y, aunque la siguiente pregunta sin duda debería ser otra, me decanto por seguir conociendo a este Espíritu de Sofía y su historia.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto con la esperanza de que me devuelva la mirada.
—Primero me arrebató el Alma y luego la vida. —Contesta de nuevo Sofía a través de la ouija.
—¿Quién?
—Abezi-Thibod. —Contesta, al tiempo que un pronunciado escalofrío recorre su inerte figura.
El vigilante me mira preocupado. Sabe cuánto me ha impactado la respuesta de Sofía. Es cierto: estoy impresionado y temo que estemos metidos en un buen lío. Sé quién es Abezi-Thibod. Se trata de un demonio que ya se menciona en el manuscrito conocido como el Testamento de Salomón, considerado el primer tratado de demonología de la historia. De él se dice que acompañó al mismo Belcebú en el momento de su destierro de los cielos. Esto da una idea clara del mal al que nos estamos enfrentando.
—¿Cómo estás tan segura de que es él?
—Somos parte de su plan.
—¿Quiénes sois parte de ese plan?
—Quien haya puesto un pie en esta fábrica.
—¿Todos los que trabajabais aquí?
—Quien la pise.
—¿Cómo es posible?
—Está maldita. Leed ese cuaderno marrón.
Efectivamente, tirado en el suelo, hay una especie de cuaderno con tapas lisas de color marrón. Lleva ahí desde que el Espíritu volcó el contenido de los cajones. El polvo y sus hojas amarillentas hablan de su antigüedad. Es un diario. La fecha, escrita y subrayada en la parte superior de cada página, da fe de ello. En las primeras hojas se detallan de manera clara y fácil de leer los acontecimientos, alegrías y penas ocurridas en la harinera desde mediados del año 1916. Al ir avanzando y llegar a las últimas páginas, la caligrafía cambia bruscamente: es un galimatías de letras sueltas de diferente tamaño, palabras, borrones y frases torcidas e inacabadas imposibles de entender. Por lo que veo, algunas de ellas están escritas en arameo y en hebreo antiguo.
Leo y yo lo vamos ojeando. Tenemos que encontrar la razón por la que el Alma de Sofía nos aconseja leerlo. Es obvio que el paso de una presentación cuidada y coherente al caos de las últimas hojas tendrá una explicación. En el diario se menciona cuánto le gustaba a su redactor quedarse escribiéndolo por la noche, cuando ya no había nadie en la fábrica. Habla sobre todo de personas y recoge conversaciones, quejas, méritos y errores de quienes suponemos serían personal, compradores o vendedores relacionados con la harinera. Quien lo redactara se vaciaba al escribirlo. Elogiaba o criticaba a un determinado trabajador en concreto, anotando su nombre y apellidos a raíz de algún hecho acontecido durante la jornada.
La página correspondiente al domingo nueve de enero de 1916 llama mi atención: durante aquella mañana se renueva todo el mobiliario de este despacho donde ahora nos encontramos. Procedente de una serrería recién cerrada, los seis muebles que antes vestían su oficina principal—entre ellos la mesa, el espejo y la repisa aún aquí presentes—pasan a vestir este despacho de la harinera. Seis muebles que, a juicio del autor del diario, vienen marcados por la tragedia: al parecer y sin una razón aparente, el director y fundador del aserradero se quitó la vida ahorcándose, lo que provocó el cierre del negocio más boyante de toda la comarca.
A partir de esta fecha, el diario empieza a ser otro. Días más adelante, en un párrafo enmarcado, el autor menciona sentirse observado. Lo viene notando desde noches atrás y cuando se queda solo en el despacho: alguien, situado detrás de él, mira lo que escribe por encima de su hombro y, con una voz grave que escucha con claridad, le susurra que anote fuertes insultos e imponga castigos inhumanos a las personas aludidas en sus escritos.
¿De quién es esa voz? Se preguntaba el autor en cada página tras escucharla. No era una voz normal; palabras tan aterradoras no podían ser más que una broma. Pero estaba harto de comprobarlo y, en su despacho, solo estaba él. Nadie se escondía con ánimo de bromas. Nadie, salvo una sombra, una extraña silueta con forma de hombre que apareció reflejada en el espejo situado a su espalda. Una silueta que tomó por rutina dejarse ver noche tras noche. Cansado de tanto susto, quiso poner el cristal mirando a la pared para evitar verla. Cuando ya estaba a punto de girarlo por completo, un terrible dolor de cabeza le sobrevino de repente. Una sensación horrible le invadió la mente; la frente y las sienes le palpitaban cada vez más deprisa. ¡Era imposible! Tuvo que desistir y, aunque un rato más tarde, una noche después y otras sucesivas, volvió a intentar mover el condenado espejo, la respuesta —a modo de dolor y turbación insoportable— le surgió de nuevo. No le quedó otro remedio que dejarlo como estaba.
La página del sábado 20 de enero de 1917 comienza así: “Antes de sentarme a dejar constancia de estas líneas, fui testigo de un hecho que aún me estremece al recordarlo. La misma sombra que desde hace tiempo acude a visitarme, envuelta en una pestilencia del todo insoportable, emergió del espejo, tomó asiento en mi silla y, ante mis ojos, adquirió forma humana. ¿Por qué, Señor? ¿Qué falta he cometido para que retires de mí tu amparo y me abandones de este modo?”
Las letras bailan sobre los renglones. Revelan la tensión y el miedo de quien las escribió, pues en la frase siguiente, asegura que la sombra le habla. Déspota y prepotente, el espectro recién aparecido ordena al autor permanecer de pie mientras él ocupa su silla. Como si todo cuanto hay a su alrededor fuese suyo, abre un cajón y, tras sacar una lata de tabaco y una cerilla, se enciende un cigarro.
El diario describe el pavor que le sobrevino en ese instante: el tiritar de sus piernas, las gotas de un sudor ardiente resbalando por sus sienes y el completo vacío de su mente. No podía reaccionar. No pensaba, ni recordaba nada. Había perdido toda facultad de actuar y decidir. Se sentía a merced de ese ser de pequeña estatura, cara empolvada, uñas largas y vestimenta antigua. Luego, después de recrearse un momento jugando con el humo del cigarro, el engendro le entregó un cuchillo y le exigió su Alma.
“Si os lo introdujérais en la garganta, todo concluiría con la prontitud de un suspiro. Si, por el contrario, optárais por abrir vuestras venas, me temo que el trance se prolongaría de manera lamentable para vos… y de forma insoportablemente tediosa para mí…”
Estas fueron las indicaciones con respecto al cuchillo. El autor relata su incredulidad con oraciones mal construidas y graves errores ortográficos. Deseaba que todo aquello hubiese sido un mal sueño. Que ese afán por que se quitara la vida fuese una simple pesadilla. Pero no, no se trataba de un sueño. Cuando le preguntó la razón por la cual debía quitarse la vida, la respuesta llegó antes de acabar la consulta: aquel demonio necesitaba poseer su cuerpo y poder manejarlo a su antojo. Siendo él y sirviéndose de la reputación que le precede, resultaría fácil implicar a todo bicho viviente en un malévolo plan. Un plan basado en el engaño, cuyo objetivo consistía en arrebatar Almas: los cuerpos de todos los trabajadores de la fábrica serían poseídos por demonios del averno.
¡Nadie habrá de notar el cambio! —le juró el diabólico ser, antes de que la presencia de una empleada que trabajaba a deshoras forzara su instantánea desaparición.
Este fue el último texto legible del diario. A partir de esta hoja, el odio, la rabia y el asco hacia toda persona y cosa existente en esta harinera se plasman en cada página de forma escalofriante.
—Yo… yo era la muchacha que estaba allí, señor. —comenta Sofía, señalando con la punta de las tijeras las letras en la ouija.
—¿Y si eras tú… cómo es que se encontró tu cadáver? ¿Por qué tu cuerpo no fue ocupado por otra Alma? —pregunta Leo.
—Colocaron un cuchillo en mis manos, sugiriendo que pusiera fin a mi existencia y… y que me entregara a ellos. Me negué.
—¿Entonces…? ¿Te quitaste la vida?… —Continúo yo ahora interrogando.
Me dijeron que si no aceptaba cumplir con lo que exigían, no habría… Yo… yo no pude hacerlo y preferí matarme.
—Jamás había escuchado algo así y creo que tampoco lo habría creído de haberlo oído antes.
—Los seres poseídos serán aquellos que, en un momento de desesperación, aceptaban cometer contra ellos mismos un acto impensable. Decían que bastaba con que lo consideraran, con que su pensamiento aceptara matarse, para que las sombras se aprovecharan de ellos y… y los despojaran de su alma.
—¿Ahí se hacen dueños de ti?
—Basta el menor roce del cuchillo… y entonces una ya no manda sobre su cuerpo, porque las sombras se adueñan de él y expulsan el alma.
—Entonces, ¿no llegan a matar a nadie?
—No. Un cuerpo muerto no les sirve.
—¿Don Jaime fue poseído? —pregunta de nuevo el vigilante.
—Esa noche, poco después de que aquel mal Espíritu se marchara, regresaron buscándole. Lo encontraron en su mesa, escribiendo. Fue el primero de todos nosotros en sucumbir.
—Por lo tanto, don Jaime fue quien escribió el diario, y quien se le apareció en el espejo era Abezi-Thibod. Luego, un esbirro suyo poseyó su cuerpo.
—Así fue. Emplean ese espejo maldito para subir desde el infierno.
—¿Pero el espejo no conduce a esta misma harinera en 1917?
—¿Y qué es ahora la fábrica, si no un infierno también? Todo vuelve al pasado… a un pasado dominado por ellos. Antes de condenar al siguiente de mis compañeros, una nueva criatura subía por el espejo para adueñarse de su cuerpo. Le seguían a casa, le aguardaban a la salida, estaban al acecho… esperando el instante oportuno y… y entonces todo ocurría sin que nadie lo notase.
Nadie sospechó jamás que aquellos compañeros ya no eran quienes habían sido, sino seres infernales fingiendo.
—Ya, pero mira. Nosotros vinimos aquí porque Leo y el resto de los vigilantes creían verte merodear por los pasillos de la fábrica. Incluso yo mismo fui testigo de cómo la máquina, la deschinadora con la que tú trabajabas, se encendía sola. Aquel día no era viernes y, aun así, se puso en marcha. ¿Eras tú quien la encendía para avisarnos de todo esto?
Antes de acabar de formular la pregunta, las tijeras se desplazan rápidamente al “Sí” de la tabla de ouija.
—¿Solo la encendías los viernes? ¿Tiene algún significado ese día?
—Cuando fallecí… y también porque es el día más propicio para poner fin a estas terribles criaturas —responde Sofía, moviendo las tijeras de forma mucho más lenta y dubitativa.
—¿Qué hacías aquí aquella noche a esas horas?
—Trabajar… eso hacía. Tenía tanto que sacar adelante y me afligía pensar que el encargado pudiera reprenderme por el retraso.
—Los chicos a los que acusas de haberte matado… ¿Es cierto que se atrevieron a usar el espejo?
—Sí… viajaron. Fueron ellos… y después llegaron otros más.
—Perdóname. No lo entiendo. Antes nos dijiste que ellos te mataron. Sin embargo, los chicos hicieron la ouija y usaron el espejo tan solo hace unos meses. Si tú mueres el 20 de enero de 1917… ¿Cómo puede ser? ¿No estarás equivocada?
Usaron el espejo para engañar a los muchachos, prometiéndoles un viaje maravilloso a tiempos pasados. Ellos aceptaron y así llegaron a esta harinera, en el año diecisiete. Aquí dejaron de ser quienes eran. Sus cuerpos quedaron vacíos, dispuestos a ser tomados. Nada más que carne sin amparo. Los abandonaron aquí y encerraron las almas de tres personas en este lugar maldito, junto a nosotros. Presos en un penal de ánimas, bajo el mando del cruel Abezi‑Thibod. Mientras tanto, sus cuerpos, sus nombres, lo que fueron, caminan libres ahí fuera, cometiendo horrores.
—¿Y los tres demonios que te…
—Los demonios que me quitaron la vida habitan ahora los cuerpos de esos chicos —contesta Sofía enrabietada, tirando la ouija con ira lejos de nosotros y al tiempo que esconde la cabeza entre sus piernas flexionadas, rodeándolas con los brazos temblorosos.
El silencio invade el despacho. Un tiempo muerto que me permite reflexionar y comprender por fin el caso: nos enfrentamos a todo un penal de Ánimas. Siempre hemos oído hablar de la existencia de un infierno. A modo de leyenda, desde hace siglos, se cuenta que este averno ha conseguido con el paso de los siglos hacer suyos algunos lugares de la Tierra. Lugares en donde secuestra y encierra Almas para, valiéndose de sus cuerpos y posición social, construir un ejército capaz de reconquistar el mundo. Había leído acerca de ello, pero siempre pensé que este tipo de cárceles eran pura fantasía. Estaba equivocado. Nunca indagué lo suficiente como para descartarlo y ahora me arrepiento porque… ¿Cómo se termina con un penal de Ánimas? O, por lo menos, ¿cómo se escapa de ellos si el asunto se pone muy feo?
—Perdóname —rompe Leo el silencio en tanto recoge la ouija del suelo y la coloca sobre las rodillas de Sofía—. A ver si lo he entendido bien: ¿ahora resulta que todo eso de que el espejo es un portal como el de Ñaupa Iglesia no es más que un rollo? ¿Qué no te lleva al Valle de los Reyes? ¿Qué es una trampa del diablo en la cual hemos estado a punto de caer?
—Todo fue un engaño… saben atraer a quienes sienten curiosidad por tales asuntos —vuelve a responder el Alma de la muchacha, mostrando de nuevo su enojo a través de los rápidos e intensos movimientos de las tijeras.
—Una trampa de la que tú nos has salvado, señalando el “NO” de la ouija. ¿Verdad, Sofía? —admito, tratando de animarla.
No contesta. La rabia de hace unos segundos es ahora desolación. Sabe mejor que nadie lo mal que pinta la realidad: el demonio es un diablo de primer orden y mucho me temo que mis básicos recursos de exorcismo se queden muy cortos. Resignado, me dispongo a quitarle las tijeras con sumo cuidado. Es un buen momento para descansar. Lo necesitamos. Ella, para tranquilizarse y mitigar el pronunciado temblor que domina sus manos. Nosotros, para asimilar toda la información, pensar qué hacer o llamar a gritos a mamá.
Sofía no consiente que le quite las tijeras y las coloca sobre la ouija. Sumamente nerviosa, las mueve por toda la tabla. Una a una, busca las letras a toda prisa.
—Aquí no estáis a salvo. Os mentirá… Querrá conduciros al otro lado del espejo —nos advierte Sofía, segura de lo que va a ocurrir en breve.
—Sí. ¿Pero cómo te liberamos a ti y a todos los demás? —le pregunto alarmado.
—Cuando él esté dentro del espejo, romped el cristal. Escondeos. ¡Por Dios, ya viene!
El ruido del bastón surge en el pasillo. Se acerca despacio hacia este despacho, cuya única salida es la puerta que está a punto de alcanzar. Nos llama; su voz se escucha cerca. El estruendo de objetos al estrellarse contra el suelo anuncia que nada parece resistir la violencia de los bastonazos. El cara a cara es inminente y ya nada puede evitarlo.
Primero nos asustará, algo que ya tiene conseguido. Luego, a base de artimañas, querrá persuadirnos para que entremos en el espejo como dos corderitos. Lo malo es que ya sabe que somos reacios a eso de viajar en el tiempo. ¿Cuál será su reacción entonces? No tengo nada preparado con algo de garantías para enfrentarnos a él.
El bastón golpea la puerta y el mundo se para. No se escucha ni ocurre nada más durante unos interminables segundos. El despacho parece ahora una nevera a la que alguien bajase de poco en poco la temperatura. De pronto, una voz suave y tranquila surge desde el pasillo.
—¿De veras os creéis superiores a los tres últimos miserables que pusieron un pie en este lugar? Ellos también decían venir a ayudar a Sofía… a la pobre Sofí, cuya Alma aún vaga sin descanso por esta fábrica. ¡Pobrecilla! —oh, sí—. ¡Qué compasión tan conmovedora! Corramos, corramos, se dijeron. Tomemos nuestra supertabla y salvémosla. ¿Una tablita? ¿De verdad? ¿Creíais acaso que un pedazo de madera bastaría para engañar a lo que habita aquí? —repite el demonio a puro grito, histérico a más no poder, mientras las astillas de madera saltan hacia todos lados a cada nuevo bastonazo contra la puerta.
La tensión aterra y, antes de verme paralizado por ella, me levanto del suelo y abro la puerta, estrellándola contra la pared. Estoy dispuesto a comprobar si de veras puede arrearnos con el bastón o no.
—¡Eso es! ¡Así me gusta! Directos al grano —comenta el demonio al verme, mientras entra sonriendo.
Resulta increíble cuánto cambia el despacho con este Espíritu maligno dentro. Todo parece advertir su presencia y adopta un tono oscuro y tenebroso. Intento aferrarme a la duda de que, quizás, este demonio no sea en realidad aquel que acompañó en su destierro al mismísimo Belcebú. Puede ser que Sofía esté equivocada. Se nos viene encima todo un ataque duro y desagradable contra nuestras convicciones: una ofensiva destinada a derrumbar nuestra personalidad y que se resultará más y más insoportable a cada minuto que pasemos sin claudicar. Necesitamos creer en cualquier detalle que rebaje, aunque sea un poco, tanta tensión.
Sentados a un lado del escritorio, esperamos un primer movimiento suyo. Tengo ganas de terminar con esta situación. He conseguido poner la mente en ese llamado punto cero. Confío en que las fuerzas estén algo más igualadas y pueda soportar mejor sus arreones de palabra. Por lo menos esos…
Sin embargo, el demonio no actúa. Apoyado sobre la pared, con una mano en el bolsillo, la otra en el bastón y una pierna cruzada sobre la otra, permanece callado. Nos mira con atención. Nos lee la mente: analiza en qué pensamos, cómo lo hacemos, cuáles son nuestros miedos y defectos. Conocerá aquello que más daño nos hace y luego lo repetirá una y otra vez. Se burlará de nuestros defectos, restregándonos cada error, cada mala acción cometida a lo largo de nuestras vidas. Revivirá los hechos y días más dolorosos; esos que hemos sido incapaces de olvidar. Toda la vida de Leo —y la mía— debe de estar pasando ante sus ojos a placer. Hemos de prepararnos para cualquier barbaridad, toda clase de ofensas y el juicio más cruel de cualquier acto que hayamos cometido. Pero… ¿Por qué no empieza? ¿A qué espera?
—Esto… —comento en voz alta—. Perdona nuestra ignorancia, pero… ¿Hay que darte cuerda, cambiarte las pilas o enchufarte un ratito a la red?
De nuevo ríe y todo en el despacho tiembla. Mirando al suelo y apoyándose en el bastón, el demonio comienza a caminar. Recorre de un lado a otro todo el ancho de la oficina. Va y viene y, en cada vuelta, su rostro adopta una evidente expresión alegre, que acompaña con repentinos giros de ballet y acrobáticos juegos de bastón. Cuando se detiene, nos mira con gesto sorprendido, como si acabara de vernos por primera vez. Su tez pálida y empolvada trata de sostener una sonrisa a todas luces forzada. Sus ojos intimidan, pues en ellos se adivina una rabia interior imposible de esconder. Y ya, sin más demora, recibimos la primera en la frente:
—Decidme una cosa… ¿De verdad consideráis sensato entregar la vida por esclarecer un asunto que —permitidme la franqueza— ni os será agradecido ni os reportará beneficio alguno?
A partir de ese momento, es una máquina hablando. No para, no necesita coger aire y no hace pausas, ni siquiera cuando acaba una frase. Una tras otra, enumera una interminable serie de razones por las que tendríamos que olvidarnos de este caso y regresar a nuestras insignificantes vidas de mortales. En esa lista de razones no faltan pequeños menosprecios y leves amenazas. Reconozco que alguna me ha hecho pensar y preguntarme qué demonios hago aquí, metido en este jaleo. Tal cual esperaba, sabe dónde tocar y, sobre todo, se ensaña con Leo, recordándole su falta de logros a consecuencia de su incapacidad para conseguir algo por sí mismo.
Leo contesta enfadado, haciendo ademán de levantarse de la silla, pero enseguida lo sujeto. De ninguna manera podemos caer en sus provocaciones y menos aún tan pronto. Nuestras posibilidades de resolver este caso siguiendo las instrucciones de Sofía —si en verdad existen— pasan por transmitir indiferencia. No hay por qué disimular el miedo; él ya sabe que lo tenemos. Lo mejor es dejarle hablar sin interrumpir. Si conseguimos mantenernos firmes, se irá enfadando más y más y, con ello, su propia ira le hará cometer errores. Nada irrita más al mal que ver que el tiempo pasa y no consigue sus objetivos cuando trata con humanos. Sabemos sus intenciones y conocemos sus pretensiones; pues ahora, toca tener paciencia.
Ni se inmuta; sigue actuando igual. Ajeno por completo a la reacción de Leo, el demonio habla sin parar. Sarcasmo tras sarcasmo, acapara toda nuestra atención hasta que, por fin, deja caer la verdadera intención de tanta palabrería.
—… Claro que… ¿Tal vez si vierais el problema in situ…? ¿Si fuerais testigos presenciales de lo ocurrido aquí en aquel 1917…?
Su tono se suaviza. Seguimos sin poder intervenir, pero ahora de forma más respetuosa, sin menosprecios ni amenazas. Trata de embaucarnos, sugiriendo la posibilidad de que Sofía nos haya hecho creer unos hechos inciertos.
—Aunque, claro… quizá vuestra opinión cambiaría si contemplaseis la escena in situ. Si hubierais sido testigos de lo ocurrido aquí… Tal vez entonces descubriríais que los llamados virtuosos no lo son tanto y que los condenados no siempre merecen tal nombre —argumenta el demonio, llevándose los dedos a las sienes y apremiándonos a pensar.
Riéndose, alardea de que, si él hubiese querido expulsar el Alma de la muchacha con el fin de poseer su cuerpo, lo habría conseguido en un abrir y cerrar de ojos.
—Ah, la persuasión jamás fue un arte que se me resistiera. Creedme: no fuimos nosotros quienes la obligamos a nada.
Tranquilizaos. Nosotros no la forzamos a nada. Lo hizo ella solita: Se clavó el cuchillo sin más ceremonia. ¿Acaso le propusimos algo un poco rarito? Tal vez… no lo negaré. Pero, francamente, no era razón para semejante dramatismo. Tan solo deseábamos tomar prestado su cuerpo por un breve tiempo. Nada más. Pero no… la petarda de la Sofi prefirió el sacrificio antes que cederlo. “Antes morir que entregártelo”, vino a decir. Una reacción algo extrema, ¿no os parece?
Estas últimas palabras suyas confirman que este demonio conoce cada uno de nuestros pensamientos. Yo no he comentado en voz alta mi temor ante la posibilidad de que Sofía nos hubiese mentido y, sin embargo, él sabe que he llegado a planteármelo. Está claro: no podemos ni siquiera idear una estrategia, porque es consciente de todo. La única forma de resolver este caso depende de que surja una oportunidad casual, algo inesperado que le haga cruzar al otro lado del espejo, dejándonos a nosotros dentro del despacho.
—Volviendo al tema, ¿de verdad no queréis ver lo que sucedió aquel día? Así sabríais quién miente. —Vuelve a la carga Abezi-Thibod.
—No. No nos hace falta ir a ver nada. Queremos ver cómo dejas libres a todas estas Almas; eso sí lo queremos ver —le contesto enseguida sin mirarle.
—¡Ah! Y decidme… ¿Por qué habría yo de hacerlo?
—No sé. ¿Quizá porque no eres quién para retenerlas?
—Ah… ya veo. ¿Sois realmente conscientes de lo que estáis diciendo? ¿Os habéis detenido siquiera un instante a reflexionar sobre el origen de todo esto? ¿Desde cuándo existe este penal, por ejemplo? ¿Cuántos años —cuántas voluntades— creéis que han sido necesarios para levantar algo así?
—¿Desde 1917? ¿No?
—¡Ah, que esto comienza en 1917!
—Me da igual cuándo empezara; queremos que os vayáis de aquí.
—¿Marcharnos de aquí? Vamos, muchacho… Habláis sin medir el alcance de vuestras palabras.
—Explícamelo.
—¿Yo? No, no… el profesional sois vos. Yo tan solo observo cómo ejercéis vuestra supuesta pericia.
—Se dice que cuando os echaron de la Gloria, jurasteis regresar y presentar batalla con un gran ejército de Almas. ¿Es aquí donde las agrupáis?
—Tonterías.
—¿Entonces? ¿Por qué todo esto?
—Entrad en el espejo y lo comprenderéis.
—No. Nosotros no nos movemos de aquí.
—Sois consciente, imagino, de que incluso mi paciencia —que es amplia— tiene un límite. ¿No? —nos pregunta Abezi-Thibod, mientras, mirándonos fijamente, arrastra una silla hacia él con intención de apoyar sus manos sobre el respaldo.
—Olvídate de vernos ahí dentro. No nos vas a engañar.
—Oh… qué contrariedad. No voy a poder engañaros… ¿Y si…? ¿Y si ya lo hubiera hecho?Decidme… ¿Estáis completamente seguros de dónde os encontráis?
—Por supuesto, en la harinera.
—En la de antes o en la de ahora —sonríe el demonio.
—Solo hay una; lo demás son paranoias que tú mismo generas.
—Cierto; solo existe una. Esa de la que nadie ha salido jamás portando la misma Alma con la que entró. En eso, debo concedéroslo… Tenéis toda la razón.
¡Tocado! Lo reconozco. Este comentario me ha impactado. No sé qué contestar. Efectivamente, el despacho muestra un aspecto antiguo, con muebles, luces y olores propios de aquella época. También debe ser cierto que nadie salió de esta fábrica con su misma Alma. ¡Todos fueron poseídos! Y lo peor: el rostro, el aspecto, el gesto de este demonio ya es completamente el de un ser diabólico decidido a terminar ahora mismo con esta conversación y, quién sabe, si no también con nosotros. Tampoco veo a Leo capaz de aguantar mucho más. Lleva un buen rato en silencio y salta a la vista cuánto le impone la presencia de Abezi-Thibod, sobre todo ahora, cuando de un fuerte empujón arroja la silla contra la pared y se acerca a nosotros.
Tras bordear la mesa, se sienta sobre ella y me roza. ¡Quema! Cualquier contacto con él, por muy pequeño que sea, abrasa.
—¿Sabéis una cosita? Empiezo a perder la paciencia con ambos… y creedme, no es algo que ocurra con frecuencia —comenta, apartando la vista de nosotros y suspirando profundamente.
Su mirada se torna amenazante. Sus ojos se agrandan y sus labios son dos franjas deformes en una boca negra como el tizón. Despacio y tembloroso, acerca y aleja su puño hasta rozar mis labios. Aprieta la mandíbula hasta hacerla temblar. Tensa su figura dejándola rígida como el hierro, llegando incluso a ponerse de puntillas, al tiempo que pequeñas gotas amarillas se escapan de su boca. ¿Bilis, quizá? Su rostro se endurece a medida que se acerca peligrosamente al mío. Para nada disimula su intención de pegarme.
Su hedor corta la respiración y provoca náuseas. No me golpea, pero no es por falta de ganas; algo desconocido se lo impide. Titubea. No es capaz de hablar y tanto intento en vano acaba por desesperarlo. Encolerizado, vuelve a amenazar con golpearme y, de nuevo, detiene el puño a escasos centímetros de mi cara y lo desvía hacia la mesa, alcanzándola con fuerza. La intensidad del impacto arranca un pequeño trozo de la esquina, que cae sobre mi pie. Aprovechando la casualidad, pisa el trozo de madera y lo aprieta con saña hasta que un crujido de mis huesos y mi grito de dolor lo hacen desistir.
—Bien, volvamos al asunto que nos ocupa —indica el demonio con tono jocoso y mientras se aleja de la mesa.
De espaldas a nosotros, Abezi-Thibod parece relajarse, mientras una gélida sensación nos invade. Los muebles crujen, la luz pierde fuelle y el suelo cambia de aspecto.
—¡Ostras, mira! ¡El suelo no es el mismo de antes! —exclama Leo.
—Sí, tío; es idéntico al que teníamos en mi casa cuando era un niño.
—Sí, sí. ¡Eso es! Es el mismo tipo de baldosa y ¡mira, mira! Tiene el mismo raspón que le hice yo a una de ellas jugando.
—¿Baldosas? En mi casa teníamos parqué. ¡Yo veo parqué!
—Yo te juro que veo baldosas. Baldosas marrones. Y… ¿Esa voz? Esa voz parece la de mi madre.
—A mí me parece la voz de la mía. Mi madre, en una de las muchas regañinas merecidas que me echó por no hacerle caso. Incluso, ¡escucha! ¡Lo ves! Dice que ahora también la obedezca. Quiere que entre en el espejo. Que le haga caso porque será lo mejor para mí.
—La mía también dice lo mismo… Tenemos que entrar. ¿No? Si lo dicen nuestras madres desde el más allá… Nos querrán ayudar… Tampoco tenemos muy claro si es Sofía quien miente o dice la verdad.
—Espera. Esto no puede ser; no es real. Este bicho está jugando con nosotros…
—Pero… ¡No, no! Mira, huele el aire. Huele idéntico a como olía mi casa. Un olor que no he vuelto a percibir en ningún sitio.
Leo tiene razón: en el despacho hay un aroma, un ambiente y una decoración que evoca el primer hogar.
—¡Mi cochecito! ¡Mi juguete preferido! —grita el vigilante al ver un cochecito de juguete rodar por el suelo, adentrándose en el espejo. —¡Míralo! Se ha metido dentro del espejo. ¡Voy a cogerlo, es el mío!
Antes de que pueda reaccionar, Leo corre hacia él. Está convencido de que esa falsa visión en forma de cochecito es aquel juguete con el que jugaba de niño y no va a dudar en atravesar el cristal. Debo impedirlo: todo esto no es más que una simple ilusión generada por la Abezi-Thibod.
No puedo. ¡Acabo de caerme al suelo! No voy a llegar a tiempo. El dolor al apoyar el pie es intenso; el pisotón del demonio todavía se nota. Ahora tampoco puedo moverme. Algo sujeta mis piernas.
—¡No! ¡Quieto, apartaos de ahí! —grita Sofía, apareciendo de pronto.
Sin encomendarse a nada ni a nadie, el Alma de la muchacha agarra la cazadora del vigilante y tira de él con fuerza. A consecuencia del contacto con un Espíritu, el cuerpo de Leo convulsiona violentamente, hasta desmayarse y caer al suelo…, ¡con una mano cerca del espejo! Intento llegar a él para arrastrarlo hacia mí. ¡Imposible! Abezi-Thibod se acerca a ellos y, tras alejar a la muchacha con una fuerte bofetada, se arrodilla junto al vigilante. Sin dejar de mirarme, le susurra algo al oído. La respuesta es inmediata y Leo se encamina deprisa al cristal, avanzando de rodillas. El demonio sonríe. Colocándose junto a mí y, entre carcajadas, anima a Leo para que llegue cuanto antes al maldito espejo.
—¿Ves? Así es como se doblega una voluntad. Humillante, sin duda. Acostumbraos… porque luego os tocará a vos —me anuncia el demonio, contemplándome con desprecio.
Sin que nos percatemos de sus movimientos, el Alma de Sofía vuelve a la carga y consigue interponerse en el camino del vigilante. El demonio se enfurece. Aprovechando el desconcierto, que incluso me libera, avanzo a la pata coja hacia Leo. Está aturdido, pero al menos me reconoce y responde a mis intentos de alejarlo del espejo. Tras propinarle otro bofetón a la muchacha y de un solo empujón, el demonio sitúa la mesa delante de nosotros. Estamos acorralados entre ella y la supuesta puerta al siglo pasado. Abezi-Thibod, mucho más fuerte, la arrastra una y otra vez contra nuestros muslos y rodillas sin compasión.
—Entrad en el espejo. ¡Que entréis! No me obliguéis a perder la poca cortesía que aún conservo. —exclama con un grito aterrador.
Pero… ¿Qué está ocurriendo? No estamos solos: un montón de otras Almas se sitúan a nuestro lado, dejando libre únicamente la parte donde se encuentra el demonio. Unas se dejan ver, otras apenas son un puñado de débiles luces intermitentes. Creo que son todos los reos de este penal de Ánimas. Todas nos ayudan a empujar la mesa contra el cuerpo de un Abezi-Thibod, al borde de estallar y desbordado por la ira. Poco a poco, el movimiento cambia de dirección. Él es fuerte, sí, muy fuerte y, aun así, no puede con ellas. La mesa se arrima a sus piernas, obligándolo a retroceder, a variar su posición, siendo él quien tiene ahora la espalda cerca del espejo. ¡El interior del cristal se ha llenado de sombras negras que tratan de salir! Este engendro del mal va a recibir ayuda en pocos segundos. Si eso ocurre, estaremos perdidos.
—No os va a dar tieeempooooo —chilla el demonio con ironía.
El caso se complica, pero, gracias al valiente gesto de una de las Almas, todo cambia. Saliendo de junto a mí, llega deprisa hasta nuestro enemigo y se enzarza con él en una pelea que tiene perdida de antemano. El resto de las Almas se implica en la contienda; algunas salen despedidas y visiblemente heridas. El griterío es infernal. ¡Jamás había escuchado un sonido tan espantoso! Abezi-Thibod sufre: ahora ellas resultan demasiado fuertes y, aunque está consiguiendo vender cara su derrota, pasito a pasito, retrocede.
La espalda del demonio toca el espejo. Las Almas quieren echarlo de la fábrica y, pese a tenerlo casi derrotado, no pueden empujarlo más… ¡Tiene a una de ellas retenida y tratan de evitar que la arrastre al abismo! El demonio se agarra con uñas y dientes a la atrevida Alma, obligándola a retroceder con él. Sabe que sus compañeras no permitirán que ninguna vuelva a entrar en el espejo. Esto va a doler…
Leo y yo nos abalanzamos sobre ella con el propósito de liberarla de los brazos de Abezi-Thibod. El dolor es enorme y ¡quema! Además, la contienda genera un hedor insoportable: es el olor de la putrefacción absoluta. ¡Es don Jaime! El Alma que se ha lanzado a tumba abierta contra todo un demonio es don Jaime.
Me mira. Sus ojos, horrorizados, ven nuestros cuerpos temblar. Nos está machacando. ¡No podemos soltarlo! El demonio se aferra a don Jaime, sabedor de que es su última esperanza. Su propio cuerpo tapona la entrada a las figuras negras del espejo. Se sabe perdido. El último dueño de esta harinera intenta decirme algo en el fragor de la pelea. El ruido es tan ensordecedor que me obliga a pegar el oído a sus labios.
—¡Empujadme! Empujadme al espejo. La culpa fue solo mía. No privéis a los demás de alcanzar la gloria. ¡Empujadme ya! Meternos en el espejo, despedazar el cristal y voltear el reloj de arena —ordena desesperado don Jaime, con apenas un hilo de voz.
—¿Estás loco? ¿Y tú qué…? —contesto desorientado, con todas mis articulaciones temblando, la fatiga abriéndose paso y las dudas a punto de rendirme.
—¡Hacedlo! Acabad con esto ya —suplica resignado don Jaime.
Leo y yo nos miramos. Tengo el reloj de arena cerca y…
Ahora, tiempo después de aquella historia de fantasmas, dura e interminable como ella sola, todavía me estremezco al recordarla. Fue algo increíble; tan increíble, que incluso a mí mismo, aún me cuesta creer que todo lo ocurrido fuese real y no una pesadilla.
Pocos meses después de terminar el caso, regresé a aquella harinera. Leo ya no trabajaba allí; consiguió jubilarse y ahora vive bastante lejos de aquí. Desde el coche, todo se veía igual. Poco había cambiado. Sin embargo, al descubrir mi presencia, varios vigilantes de seguridad corrieron hacia la puerta donde me encontraba. En un principio me asusté; casi todos estaban armados y se acercaban con un gesto demasiado serio. Bajo ningún concepto podían permitirme el paso: tengo terminantemente vetada la entrada a la fábrica.
Me quedé de piedra. Enseguida pregunté cuál era la razón de semejante tontería. No entendía cómo, si la harinera ahora estaba convertida en un museo, en un lugar abierto al público, yo no podía entrar. Momentos después, un hombre que rondaría los setenta años, de presencia intachable, reloj de oro en la muñeca y enorme puro en la boca, me mostró un documento judicial. En él aparecía mi nombre completo junto a la orden de prohibirme el paso a cualquier dependencia de la fábrica. El hombre, esbozando una sonrisa irónica, se acercó a mí.
—¡Ah, mi viejo amigo! ¿Lo ves ahora? Resultó de lo más sencillo regresar al origen. Este lugar llevaba funcionando durante más siglos de los que tu pobre imaginación es capaz de concebir.
Cuando aquel mísero vigilante y tú empujasteis al maldito Jaime y a mí dentro del espejo, quebrasteis el cristal y obligasteis al reloj a retroceder… sí, desde luego, liberasteis a todas las Almas que aquí permanecían cautivas.
Te felicito. De veras. Una hazaña digna de aplauso. Un trabajo… espléndido.
Pero esto… esto, permíteme que te lo aclare con calma.
¿Sabes? Con todo ese esfuerzo, con todos vuestros sacrificios, con el precio que pagasteis —que no fue pequeño—, en realidad… no lograsteis nada.
Mira a tu alrededor. Observa bien. Aquí estamos otra vez, exactamente donde siempre hemos estado, recogiendo nuevas Almas, almacenándolas con la misma diligencia con la que lo hacíamos entonces.
¿De verdad pensaste que todo terminaría así? ¿Tan fácilmente?
No, muchacho. No.
Tú no lo comprendes —y quizá nunca lo hagas—, pero poner fin a algo que hunde sus raíces en la misma madrugada de la Crucifixión no es una empresa que se resuelva con un espejo roto y un reloj forzado.
Por cierto… confío en recibir de vuelta, y no demasiado tarde, aquel cuaderno de tapas marrones. Corre el rumor —ya sabes cómo es la gente— de que fuiste tú quien tuvo a bien apropiárselo.
—Dicho esto, el hombre se alejó de mí sin despedirse, sin mirarme tan siquiera y emitiendo una sonora carcajada, que, helándome los huesos, me resultó del todo familiar…
(*) El Papiro de Ahmes. También conocido como el papiro de Rhind, es un documento redactado en escritura hierática, por el escriba egipcio Ahmes durante el reinado del faraón Apofis I (1583 a 1522 a. C.). Es un papiro de unos 6 metros de largo por 35 de ancho, dividido en 14 láminas, que contiene 87 problemas matemáticos de aritmética básica, fracciones, cálculos de áreas, volúmenes, progresiones, repartos proporcionales, reglas de tres, ecuaciones lineales y trigonometría básica. Al parecer, es una copia de otro papiro aún más antiguo escrito en el siglo XIX a. C.
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