La inesperada llamada de un sacerdote amigo acaba de terminar con lo que prometía ser un tranquilo atardecer, amenizado por un buen partido de baloncesto en la televisión. Bernardo es un sacerdote asignado a labores administrativas dentro de uno de los arzobispados. De mente abierta a este mundo de las Ánimas, ya hemos trabajado juntos en varias ocasiones. Siempre cuenta conmigo cuando algún otro religioso, preocupado por la reiteración de sucesos extraños o por misteriosas presencias dentro de sus iglesias o conventos, busca ayuda. Nos conocemos desde hace bastantes años y enseguida lo noto distinto, algo no marcha bien: su voz no transmite la tranquilidad acostumbrada y respira deprisa, como si estuviera sofocado después de una larga carrera. Además, sus palabras reclaman una inusual urgencia por vernos, algo llamativo en alguien tan poco asustadizo y de carácter tan sereno.
Inquieto por saber qué le ocurre a Bernardo, no tardo en ponerme en marcha. Es habitual que cueste Dios y ayuda dar con un taxi libre cuando se tiene prisa y esta vez tampoco iba a ser distinto. Un trayecto de no más de cuarenta minutos en coche se convierte en hora y media, entre encontrar el medio de transporte y sortear el tradicional atasco de estas horas.
Al bajar del taxi ya es de noche y la iluminación de la calle se reduce a la luz de dos escaparates. Curiosamente, ninguna de las cuatro farolas dispuestas a lo largo de la acera funciona. La fachada del convento impone: sobria, de piedra gastada, presenta un pórtico de dos puertas presidido por el deteriorado escudo de una orden eclesiástica. La reja que precede a la entrada se mueve con solo tocarla y, para mi sorpresa, la puerta principal tampoco está cerrada. ¿Un convento abierto de par en par a estas horas? Esto no es normal.
La puerta principal conduce directamente a una iglesia. A primera vista parece vacía e impone. Varios velones encendidos atenúan la oscuridad. La sensación de frío es considerable. El silencio es tal que podría escuchar mis propios pensamientos, mientras el característico olor —mezcla de cera ardiente e incienso— campea a sus anchas.
Linterna en mano y grabadora encendida, avanzo despacio por el pasillo central. La iglesia, con forma de cruz latina, consta de una sola nave. Por delante se abren tres pasillos, separados por dos pequeños grupos de bancos. Impresiona cómo resuenan los pasos en la mudez del templo, un mutismo que de repente se apaga con un portazo y tres giros de llave que me congelan la sangre. Alguien, sin dar señales de vida, acaba de cerrar la puerta principal. ¡Estoy encerrado en un convento casi a oscuras! Oigo una voz; juraría haber escuchado susurrar a un hombre. Procede del pasillo derecho, cerca ya del altar. Con el susto todavía sin digerir, trago saliva y, alumbrando con la linterna, intento llamar a Bernardo. Mi voz se ahoga: no responde como yo quisiera y casi no se me oye. Al mismo tiempo, la luz de los velones descubre un confesionario…, ¡y la figura de una persona levantándose del suelo!
—¡Antonio! ¿Sois el señor Antonio? Acuda con premura, os lo ruego; el reverendo padre Bernardo se desmayó —exclama la voz.
Sorprendido, tardo en reaccionar. Es un hombre vestido con hábito de monje, algo que, en semejantes circunstancias, resulta impactante. Pero la preocupación por Bernardo me espabila y corro hacia él por el pasillo. Enseguida lo veo: ¡ahí está mi amigo sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el confesionario! De rodillas a su lado, compruebo que no está consciente. Tiene los ojos cerrados, la tez pálida y, lo peor, no responde a mis preguntas. Esto pinta mal y, sin perder más tiempo, llamo a urgencias.
A base de insistir, consigo que Bernardo medio vuelva en sí. Trata de decirme algo, pero la debilidad no se lo permite. Su mano agarra la mía con fuerza al tiempo que me clava la mirada y sus ojos, intensos a más no poder, parecen que fueran a salirse de las órbitas. Intento calmarlo. Está muy inquieto: se revuelve y agita la cabeza con gestos bruscos.
Sin perder de vista a mi amigo, observo al monje: nos vendría muy bien algo más de ayuda por su parte. Permanece de pie, junto a nosotros, pero no interviene. Un hábito blanco cubre todo su cuerpo, ocultando por completo su piel. A la altura del pecho se distingue una cruz gastada por el paso del tiempo, una cruz llamativa, pues tiene el palo horizontal de color azul y el vertical en rojo. Un escapulario cuelga de su cuello y su brazo izquierdo, con la mano enguantada, descansa en un cabestrillo. Ni su mirada ni su barbilla hacen por dejar de mirar al suelo. Sus manos se ocultan en la manga contraria y no salen de ahí. ¡Nada en él se mueve! No gesticula, no habla, ni realiza el menor movimiento; parece una estatua.
—Vi yo entrarlo en este sagrado lugar y, al llamarlo, presto cayó al suelo —comenta el fraile al notar mi mirada con una voz grave y ronca.
Su comentario llama mi atención. Sin embargo, no es la primera vez que un fraile o monje me habla así. Conozco hombres y mujeres que nunca han salido de los muros de un convento. Fueron abandonados en sus puertas siendo apenas bebés y no conocen otro mundo. De ahí que su vocabulario incluya numerosas palabras aprendidas en antiguos textos religiosos, redactados en castellano antiguo.
—¿Es usted amigo suyo?
—¡Ah, no! No, no, de ninguna manera. Quise yo entonces preguntarle si pertenece a la orden que tan bien gobierna este sagrado templo. Guárdoles yo en alta estima a sus miembros, pues les debo la vida.
—¿Le cuidaron estando enfermo?
—Estando yo cautivo, ellos reunieron los recaudos necesarios para satisfacer mi rescate.
Mis ojos recorren al monje de arriba abajo. Cada una de sus respuestas me sorprende más. El hábito cubre también sus pies. Pero…, ¡no puede ser…! ¡Lleva grilletes! Dos grilletes, unidos por una cadena, rodean sus tobillos, como si aún tuviese que redimirse más para alcanzar el perdón.
Pero…, ¿quién demonios es este hombre?
—Si ya fue usted liberado, ¿cómo es que no le quitaron los grilletes? —vuelvo a preguntar, mientras Bernardo aprieta de nuevo mi mano con inquietud.
Soltando una breve y tímida carcajada, el monje ahora sí que por fin se mueve. Se aproxima, colocándose en cuclillas a nuestro lado…
—Mis actos, señor, mis actos. ¿Qué hay peor que los propios actos? Los agravios que tan indignamente inferí contra la persona del excelentísimo y reverendo padre Blanco son carga que esta Alma quisiera purgar antes de su definitiva partida. Y ya, de seguro, es de vuestro conocimiento que poco o ningún mérito alberga o de poco vale aquella ofrenda tibia o floja de empeño.
¿Qué dice? ¿Y quién demonios es ese tal padre Blanco? Me pregunto en silencio, sorprendido por cuánto le gusta hablar.
—Perdone si me equivoco. Aparte de esos agravios que comenta contra ese tal reverendo padre Blanco, ¿qué otro asunto le retiene en este mundo después de muerto? Porque…, ¿hablo con un Alma? ¿No es así?
Lo he sospechado desde el primer momento y ahora, tras su última respuesta, no me queda ninguna duda: este monje es un difunto todavía presente dentro de este convento.
Bernardo no parece muy de acuerdo con la pregunta y la afirmación que acabo de hacer: deprisa, se revuelve hasta acomodarse mejor sobre el confesionario…
—Pero Antonio, ¿no sabes quién es él? —pregunta nervioso Bernardo, bastante mejorado Sancho, Parnaso, Persiles, Segismunda… —comenta con voz fatigosa.
—En verdad, dispuesto estaba a mencionaros eso mismo —vuelve a comentar el fraile—. El porqué de mi continuada presencia entre estos sagrados muros. Sencillo es, pues al igual que ansío expiar las afrentas contra mi propia fe, también ardo en deseos de otorgarle el conocimiento de que Arnaldo no fue el último de mis personajes. Dentro de mi ataúd, que os advierto, sepultado aquí sigue todavía, ha de encontrarse la última de mis obras. Algún necio ordenó enterrarla conmigo. Abra mi ataúd, reverendo Padre, que, por cierto, ninguna inicial porta. Tales iniciales tan cacareadas a los vientos no han de ser las mías, sino las de Manuel Cabestany, íntimo amigo y compañero de fe de mi amado y salvador padre Juan. Dentro, hallará un poema a la vida dedicado y escrito con la sangre, el pulso y el sufrimiento de uno a quien el más dulce de los males dictó su último suspiro.
Sorprendido por el estridente sonido de una ambulancia, el fraile se pone en pie y, visiblemente alarmado, se aleja de nosotros. En décimas de segundo desaparece en la oscuridad. En su lugar solo queda un trozo de papel, parte de aquellos elaborados con fibras de lino y cáñamo, cuyo origen se remonta a los siglos XVI y XVII. Unas palabras ininteligibles, escritas a tinta, alternando el grosor de los trazos y apiñadas unas con otras como si su escribiente, apremiado por las prisas, no quisiera separar la pluma del papel ni un momento, recorren de extremo a extremo el ancho del antiguo documento.
Las paredes se tiñen del reflejo rojo y azul de la sirena que entra por las ventanas. La cerradura vuelve a sonar. No podemos ver quién la manipula, pero esta vez facilita la entrada a tres sanitarios que irrumpen de inmediato. Nos llaman a gritos y no dudan en correr hacia nosotros en cuanto nos localizan. Momentos después, tras una primera y rápida exploración, Bernardo sale del convento en camilla para ser trasladado de urgencia al hospital.
Nada queda del Alma que nos hablaba. Antes de marcharme al hospital para acompañar al sacerdote, prefiero permanecer unos minutos en el interior de este convento. La iglesia está vacía y el silencio vuelve a ser total. En cuanto los sanitarios abrieron la puerta buscándonos, el Espíritu vestido de monje desapareció. Creo, incluso, que se marchó unos segundos antes; de algún modo, supo de su llegada. Esperanzado porque regrese, me siento en uno de los bancos y espero. Los minutos pasan y nada de cuanto intento consigue traerlo de nuevo. Está claro: o no soy yo con quien quiere hablar, o bien ya ha dicho todo cuanto quería decir.
Entiendo gran parte de lo que ese Espíritu dijo, aunque, como es lógico, aún surgen algunas dudas. Sus palabras me resultaron fascinantes y me entristece que no haya regresado. El tiempo que estuvo con nosotros fue increíble. ¡Qué pena que la impresión de encontrarse de bruces con este Espíritu privara a Bernardo de vivir una experiencia extraordinaria: un Alma le estaba esperando; ¡quería hablar con él! A pesar de todo, le dejó un mensaje, una revelación apasionante que no dudaré en contarle en cuanto se recupere. Hay una obra literaria bastante legendaria todavía oculta dentro de un ataúd, que deberíamos tratar de encontrar. El último poema, el trabajo inédito de algún escritor de mayor o menor relieve, descansa bajo el suelo que ahora piso, a la espera de ver la luz. ¿Quién era él? Si es quien pienso… ¿De veras su Alma continúa vagando entre los muros de este convento?
No puedo negar que tengo mucha suerte. ¡Qué gran historia de Fantasmas acabo de vivir! Resulta increíble que a su lado —al lado de un Espíritu ataviado con el hábito de un monje negado a mostrar su rostro y a revelar su identidad—, se pueda llegar a soportar el miedo. Es cierto que la preocupación por Bernardo jugó su papel y ayudó mucho. Tan cierto como que ahora, al recordar lo sucedido, no consigo que mis piernas dejen de temblar.
Sin embargo, ¡cuántas dudas quedan en el aire! ¿Alguna vez encontraremos la tumba del cuerpo que habitó este Espíritu? ¿Nos dejarán buscarla? Yo, desde luego, haré todo cuanto pueda por conseguir leer ese poema.
Otra pregunta: ¿Con esta conversación habrá finalizado por fin su deambular por este mundo o su errar y el hallazgo del poema van de la mano? No lo sé, ojalá podamos salir de dudas. Ahora, vámonos al hospital. Si Dios quiere, pronto volveremos a este convento en busca del cadáver de un escritor enterrado hace siglos y de su última e inédita obra.
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