LA FÁBRICA (completa)

La luz se apaga en cuanto ponemos un pie dentro de la fábrica. Leo, el vigilante encargado de la seguridad de la misma, asegura no entender el motivo de tal apagón. Lleva aquí desde las once de la noche y, al menos, la luz se mantuvo sin problemas hasta este momento…

—¡Estamos hartos! —comenta Leo, mientras se acerca al cuadro de luces. —Esta asquerosa fábrica nos va a matar a sustos. Los compañeros se dan de baja para no venir a trabajar aquí. ¡Hacen bien! Eso tendríamos que hacer todos…

—Esta fábrica era una antigua harinera, ¿no? —pregunto con la intención de romper el hielo con el vigilante. Me gusta conocer de boca de un testigo qué es lo que sucede en el lugar antes de embarcarme a intentar solucionar un caso nuevo.

Leo siempre tiene turno de noche y, salvo el día libre, los martes, si es que se puede librar, pasa el resto de la semana desde las 23 horas hasta las 7 horas entre estas cuatro paredes.

¡Mira! ¡Ya hay luz de nuevo! Había saltado el general. Volviendo al tema y en mi opinión, toda la culpa de esto la tiene un niñato loco. Como a esta empresa le vale cualquiera…, pues luego pasa lo que pasa. Cogieron a un chaval muy jovencillo y nos lo mandaron a este servicio que tiene lo suyo: un edificio tan antiguo, tan lejos de todo y con tantas horas de soledad. Según le explicaba el turno, las rondas a realizar, cuándo se abren y cierran las puertas, contraventanas y demás, ya veía como que mucho interés no ponía. A él solo le interesaba si la historia del accidente mortal de una de las trabajadoras fue o no verdad; solo quería hablar de ese tema. Cuanto más le enseñaba el turno, yo más convencido estaba de que ese chaval saldría corriendo de aquí al escuchar el primer ruidito. El edificio es viejo y todo cruje. Luego estamos en pleno campo, y cuando sopla el viento o llueve, pues más ruidos hay.

—Me comentaron en la oficina de tu empresa que los vigilantes afirmáis ver a una muchacha muerta aparecerse aquí?

—Mira. Eso empezó siendo una leyenda que ya existía desde hacía mucho tiempo. Luego, después, por culpa de ese idiota de crío, sí, es cierto, pasan cosas.

Sin ninguna aparición extraña.

—Bueno…, yo no he dicho eso. Mira, yo llevo en este servicio cuatro años y sí, nunca había pasado nada hasta que llegó el tonto ese. Organizó una de narices porque, antes de venir él, este servicio era la mar de tranquilo. Al estar tan apartado de Madrid, aquí no venía ni el inspector de la empresa. En cuatro años vino en dos o tres ocasiones y al principio del turno, cuando yo aún no había ni cenado.

—Y luego cambió la cosa.

Eso es. Pero cambia por un motivo. El niño preguntaba tanto por la chica muerta, no por miedo, sino porque resulta que ¡le gusta eso de las ciencias ocultas! Y fíjate, si es tonto, que un viernes dejó entrar a unos colegas para hacer una ouija, según contó después, para ayudar a la chica fallecida a marcharse de la fábrica. ¡Y el tío con toda su cara hoy no viene a trabajar porque le da ansiedad! Ahora nos toca al otro compañero y a mí doblar turnos y quedarnos sin librar, porque este servicio no lo quiere ya nadie.

—Y entonces, a partir de ahí, empezáis a ver a la muchacha.

Y entonces, a partir de ahí, empezamos a ver a Sofía, efectivamente, como así vimos que se llamaba.

—¿Dónde lo visteis?

Yo desconozco el motivo; no tengo ni idea. Pero de esta fábrica la gente salió echando leches de un día para otro. Es imposible no darse cuenta.

—¿Y eso por qué lo sabes?

¿Ves aquella puerta? Pues conduce al almacén y a los vestuarios. En el almacén todavía hay cajas llenas de género sin abrir, y en las perchas de los vestuarios están los seis monos de trabajo y los delantales de las empleadas. Menos seis hombres, el resto de la última plantilla eran mujeres. ¿Ves aquella puerta de ahí arriba? Allí, justo al final de la escalera. La ves, ¿no? Conduce a la oficina. En ella hay tres mesas llenas de cosas y papeles. Luego también hay cuatro estanterías con libros. Los libros de cuentas, pedidos y otros donde se apuntaban el personal y cuanto ocurría en la fábrica. Al lado de una trabajadora llamada Sofía Blázquez Calahorra, vi que alguien apuntó: “20 de enero de 1917, muere en accidente laboral”. Por si no lo sabes, esta fábrica se cierra en mayo de 1917, el mismo año de la muerte de la tal Sofía.

—En verdad hubo una muerte entonces.

Sí, la hubo, sí. Y de ella nace la leyenda. Una historia en la cual se cuenta que todos los viernes una de las máquinas se pone en marcha sola. En particular, aquella, una de las deschinadoras. Se enciende ella sola, así, sin tocarla nadie, y empieza a comportarse como si alguien la trabajara. Esto comienza a eso de las 16 horas y está encendida hasta pasada la media tarde, coincidiendo con la hora de la finalización de jornada en aquellos años. Por mucho que lo intentemos, es imposible apagarla. No hay manera.

—¿Y esto solo ocurre los viernes?

Solo los viernes. Bueno, esto de la máquina sí, es cierto, solo ocurre los viernes. Ahora bien, luego ocurren otras cosas que antes no pasaban. Y sí, al principio hasta yo mismo pensé que me estaba obsesionando, pero, ¡qué leches! ¡Nada de eso! Pasan cosas y cada día con más frecuencia.

—¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo esto?

Desde enero de este año.

—¿Desde enero? ¿Tanto tiempo?

No fue fácil convencer a la empresa. Y gracias a que uno de los inspectores pasó al baño a lavarse las manos y cuando se giró agarró a la muerta en lugar de la toalla. Ahí estaba ella, tan contenta detrás de él, como esperando su turno en un baño público. Con el susto, el hombre se agarró tanto al lavabo que un poco más y se lo lleva puesto. ¡No había forma de que el tío soltase el dichoso lavabo!

—¿La habéis visto entonces?

¿A la muchacha? Sí. Sí la vemos. Tanto Paco, mi compañero, como yo la vemos a menudo. Pero, por favor, de esto no comentes nada. Él tiene 59 años y yo 62; si comentamos que la vemos y se entera la empresa de que lo aireamos, nos echan de inmediato. Ellos no dudarán en ponernos de patitas en la calle y con esta edad, ¿dónde vas? ¿A otra empresa? Si nos coge alguna, es para mandarnos a una obra perdida de la mano de Dios en plena intemperie y, mira, para eso, me quedo aquí con ella.

—¿Resignación o le has perdido ya el miedo?

Resignación. Resignación, sin duda. Aunque, si te digo la verdad, cuando la veo, que tampoco son todos los días, ya trato de hablarle, de decirle algo. Pero me atasco. ¡No sé qué decir! Paco y yo tenemos una cosa clara: nosotros dos le damos igual, no viene a por nosotros. Como comprenderás, si viniera a por nosotros, aquí, a solas, en este pedazo de nave, ¡tú me contarás qué problemas tendría! Para mí que esa muchacha no sabe que está muerta y viene a cumplir con su jornada laboral. Yo la he visto entrar por esa pu…

De repente, una de las máquinas se pone en marcha. Precisamente, la antes señalada por Leo. El ruido que produce acalla cualquier otro sonido, en tanto la luz, apenas compuesta por unas cuantas bombillas viejas y sucias, pierde intensidad. Parte de la nave se ha quedado en penumbra y el resto a oscuras. Por delante de nosotros se abren un par de pasillos, separados uno de otro por la maquinaria. La deschinadora encendida se encuentra casi al final de uno de esos pasillos, a cuatro o cinco pasos de la zona oscura.

—¡Qué raro! Si hoy es martes y solo se enciende los viernes. —Comenta el vigilante extrañado.

Despacio, nos adentramos pasillo adelante y no, no hay nadie. La madera del suelo cruje a cada paso y el polvo existente es tanto que dificulta respirar. Según avanzamos, una capa blanca envuelve nuestro calzado. La corriente de aire frío, entrando a través de unos ventanales rotos cercanos al techo, revuelve el ambiente, complicando aún más las cosas. Desde luego, Leo tenía toda la razón cuando antes me decía que esta fábrica se abandonó deprisa y corriendo. Todo parece continuar dispuesto tal cual se dejó el último día. Herramientas colocadas en sus respectivas escarpias, la maquinaria preparada, carretillas a la espera de ser cargadas, grandes sacos con el nombre de la fábrica cosido en una de sus caras llenos de harina, guantes, trapos y delantales colgados en perchas, además de papeles, lapiceros y utensilios de uso personal, se hallan por encima de las mesas.

De pronto, un taburete se mueve. Es un taburete de madera situado delante de la máquina que acaba de cambiar de lugar, al tiempo que un fuerte y continuado estruendo surge de improviso. Leo y yo nos detenemos. Suena como si se volcara gran cantidad de material dentro de algún depósito. Alguien la está manejando, un alguien a quien no vemos está ahí mismo, invisible a nosotros, pero sin importarle dejarse oír, y un alguien que, ahora, arrima de nuevo el taburete a la deschinadora. En medio del escándalo, algo diminuto salta e impacta contra mis pies. Primero fue un pequeño objeto, después otro y así sucesivamente. Leo se agacha y recoge unos cuantos de ellos: son granos, granos de trigo junto a unas piedrecitas de forma redondeada. ¿Cómo es posible? ¿En serio ese alguien ha llenado el depósito de la máquina con granos de trigo? ¿De dónde demonios los ha sacado?

—¡Cuidado! ¡Cuidado con esa carretilla! ¡Viene hacia aquí! —advierte Leo a gritos—. ¡Mira, mira! ¡Se ha encendido el triarvejón! ** —

Aparte de haberse encendido otra de las máquinas, por un segundo pudimos ver a una vieja carretilla desplazarse veloz por el pasillo. Por suerte, se detuvo a poca distancia de nosotros y, sin darnos tiempo para reaccionar, vemos cómo, alejándose de ella, aparecen fugazmente pequeñas partes del cuerpo de una persona. Imágenes apenas formadas por unos marcados trazos negros de una cabeza, de un brazo, de parte de la cara y de la espalda de un muchacho joven, aparecen y se esfuman en un suspiro. Un muchacho joven recorriendo ese mismo pasillo rumbo a la entrada. ¡Se oye un silbido! Alguien acaba de silbar a modo de indicación y otra máquina se pone en marcha de inmediato. Las imágenes fugaces con partes de articulaciones y caras e incluso de objetos pasan a verse por todos lados. Imágenes que descubren a diferentes personas realizando distintas labores.

Leo me llama a gritos. Insiste en que mire hacia la oficina dispuesta al final de la escalera. Ha dejado de estar a oscuras para estar vagamente alumbrada por la escasa y débil luz de una vela. No, no es una vela, ¡es un candil! Un candil sujetado por la mano de un hombre con la frente pegada a la cristalera desde la cual nos mira y gesticula con la mano como si quisiera llamar nuestra atención. De la misma forma, su imagen aparece y desaparece de forma efímera hasta que, por fin, consigo darme cuenta: ¡Es un Espíritu! Por supuesto que es un Espíritu y Leo lo confirma porque… ¡Sabe quién es!

Ese tío es Jaime Casal. ¡La madre que me parió! Fue el último dueño de la harinera. ¿Cómo puede estar ahí? Hay un cuadro colgado en ese despacho con una foto suya hecha en 1916. Se la hizo junto al personal de la fábrica.

Leo y yo, hombro con hombro, asistimos atónitos a una experiencia inexplicable. Pienso y no entiendo nada. ¿Este caso no se trataba de un chico que con unos amigos hicieron una ouija? ¿De unos chavales que invocaron a una mujer aquí fallecida? Todo esto empieza a dejar entrever otra cosa y voy a comprobarlo ya mismo.

Pidiendo a Leo que me siga, retrocedemos por el pasillo hasta casi la mitad de lo andado. Las repentinas imágenes de hombres y mujeres apareciendo de repente. El ruidoso y continuo bullicio de palabras y frases entrecortadas. Las risas, las máquinas funcionando a todo gas, el olor a trigo, el aceite goteando sobre el suelo y algún cable chisporroteando, junto a los muchos objetos que surgen de improviso, tan claros que casi se llega a tropezar con ellos, hacen del recorrido un verdadero infierno. Cuando por fin llegamos a donde yo quería llegar, no dudo en pasar a un estrecho y pequeño cuarto situado entre dos máquinas. Apenas se puede entrar. Está repleto de sacos blancos de arpillera con el nombre de la fábrica cosido en una de sus caras y, supuestamente, llenos de harina.

Ayudándome de la pequeña navaja que siempre llevo conmigo cuando trabajo, abro uno de esos sacos dejando caer parte de su contenido al suelo y… ¿Cómo puede ser posible? Es impresionante: si esta harina derramada ahora sobre el suelo es de mil novecientos y pico, ¿cómo es que no huele, mantiene su mismo color y no muestra grumos ni insectos en ella? Todos estos signos, o por lo menos alguno de ellos, debían estar presentes. Serían lógicas evidencias de que se ha echado a perder con el paso de los años. ¿Por qué no están? ¿Cómo no se ha estropeado? La harina parece recién hecha. Leo también se da cuenta del detalle y me mira con la misma cara de asombro que supongo tendré yo. Pero dejando esto de lado por el momento, volvemos a recorrer el pasillo con la intención de subir a la oficina donde todavía nos espera el Espíritu.

Según caminamos hacia ese despacho, voy tratando de juntar las piezas de este complicado rompecabezas. En mi opinión, no podemos descartar que aquí, en esta fábrica de harina abandonada hace más de un siglo, se esté produciendo algo de lo cual nos encantaría disfrutar al menos una vez a todos los que nos dedicamos a estas cosas. Aquí se da, se palpa y se vive una realidad paralela. En este mismo instante, en esta hora, minuto y segundo nuestro, hay otra vida con su realidad, con sus gentes, sus cosas, sus problemas y sus alegrías, transcurriendo al mismo tiempo.

Empiezo a dudar si de veras este caso va a tener un solo Espíritu de protagonista. Quizá, mientras Leo y yo tratamos de contactar con el Alma de Sofía, la muchacha aquí fallecida, otros Espíritus como ella la acompañan realizando sus tareas habituales de una jornada laboral cualquiera. Podemos ver, oír y hasta rozarnos con esas Almas.

¿Qué es eso? El Espíritu continúa en la oficina, sigue mirándonos con atención a través del cristal, nos hace señas para que nos acerquemos y tiene…

¡Tiene una ouija en la mano que sujeta con fuerza contra el cristal…!

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* Deschinadora: Máquina que separa la tierra del grano.

** Triarvejón: Máquina con forma cilíndrica que separa el trigo de otras semillas.

Leo y yo avanzamos en dirección a la escalera sin apenas apartar la vista del Espíritu. A medida que descontamos escalones, el Alma de Jaime Casal, último dueño de esta harinera antes de su cierre allá en 1917, se inquieta. Se muestra ansioso, desplazándose deprisa desde la cristalera a la puerta y de la puerta de nuevo al cristal.

¿Tú estás seguro de que esto es buena idea? ¿No nos estaremos metiendo en la boca del lobo, verdad? —pregunta Leo con voz titubeante.

—Seguro en este mundo no hay nada, pero si queremos enterarnos de lo que ocurre aquí, ¿quién mejor que el dueño de todo esto?

Bueno, dirás lo que queda del dueño…

Nada más pisar el rellano de la escalera previo a la entrada de la oficina, el Espíritu se sitúa detrás de un sobrio escritorio. De pie y con las manos cerradas y apoyadas sobre la misma mesa, nos espera paciente con la tabla de ouija también encima del escritorio. Da la sensación de que nos está esperando para abrir una sesión con ella.

Sin duda, don Jaime fue un hombre alto, de apariencia agradable y elegante al vestir. Su figura oscila con el vaivén común en la mayoría de los Espectros, en tanto la ausencia de los también peculiares puntitos de luz indica que al menos su regreso tras la muerte viene de lejos; no es un Ánima recién aparecida y esto desconcierta todavía más. Es una aparición clara, de las que no hace falta estar en posesión del carnet de médium para poder observarla con todo lujo de detalles; cualquier persona la vería como Leo y yo la vemos ahora. Aunque reconozco que, después de treinta años de oficio, apetece que un Espíritu me solicitara en alguna ocasión esa estúpida y nada cierta acreditación de vidente antes de dejarse ver.

Cabello pelirrojo perfectamente peinado, barba poblada y mirada triste; la estampa de don Jaime a primera vista transmite de todo menos miedo. Con un gesto prolongado de su mano nos invita a sentarnos. Aceptando el ofrecimiento, Leo y yo nos acercamos despacio al escritorio.

Siento cómo el vigilante se agarra con suavidad a mi abrigo sin rehuir el paso. Se nota que esta no es su primera experiencia y no mentía cuando afirmaba haber visto el Alma de Sofía, la trabajadora aquí fallecida en accidente laboral. A pesar del polvo, de la suciedad y de las manchas de humedad visibles allá donde mires, la oficina resulta acogedora. Lejos de la sensación de abandono, se percibe un aura de confort bastante especial. El único malestar existente surge de mi interior, de mi torpeza por seguir sin entender nada de este caso.

Dos cochambrosas butacas se encuentran justo delante del escritorio. Resignados, el vigilante y yo nos sentamos sobre ellas, temiendo la llegada del batacazo en cualquier momento. Aun así, una vez acomodados, todo cambia de repente. La oficina deja de ser un cuarto sucio y polvoriento para convertirse en un despacho de aspecto diferente. Mantiene la misma mala calidad del aire a respirar, incluso algo peor, puesto que un fuerte olor a tabaco lo enrarece más. Las manchas de humedad y mugre han disminuido de forma considerable. Se muestran como una primera señal, como un primer aviso del futuro deterioro que años después colmará toda la fábrica. En los muebles ya no se aprecian las marcas del inevitable paso del tiempo presentes antes de sentarnos y a don Jaime, libre ahora del típico balanceo de su imagen, se le ha borrado la expresión de tristeza.

La luz escasea. Algo lógico cuando los dos tubos fluorescentes, colgados en el techo, han sido sustituidos por tres bombillas sin que nos hayamos enterado de nada. Don Jaime habla, pero no le oímos; un inesperado escollo del cual él también se da cuenta. Insiste y el resultado es el mismo. Todos sus esfuerzos resultan en vano y en su rostro surge un gesto de desolación. Pruebo a ser yo quien hable, y enseguida, en vista del nulo resultado obtenido, lo intenta el vigilante preguntando varias veces si le oye. El silencio es la única respuesta. Se me ocurre golpear la mesa con pequeños toques largos y cortos, tratando de que el antiguo código gaditano, en su versión útil, nos saque del apuro y nada. No nos escuchamos. Resulta increíble e inexplicable al mismo tiempo, pero, ¿qué no lo está siendo en este caso?

De improviso, ¡otro Espíritu irrumpe en el despacho! Es el Alma de una mujer que a primera vista cuesta identificar su condición de difunta. Decidida, se acerca con el fin de dejar una carpeta encima de la mesa para luego encaminarse a la salida con la misma celeridad, no sin antes dirigirnos una rápida mirada disimulada tras una marcada sonrisa.

¡Es fantástico! En ese Espíritu no se apreciaba nada que lo delatara como tal. Es el Alma de una mujer joven, cercana a la treintena, cuyos rasgos son enteramente normales. Miro a Leo. Sentado a mi lado, contesta encogiendo los hombros. Tampoco entiende nada, pero de pronto, cuando ya he dejado de mirarle, me llama agitando mi brazo sin el menor reparo a ser visto. Pálido y nervioso, señala un espejo. Un espejo de cuerpo entero y marco de madera que, situado en una esquina detrás del escritorio, refleja muebles, mesas, butacas, la espalda de don Jaime y, en definitiva, todo, todo, todo, ¡menos a nosotros!

A primera vista, el espejo confunde. Da la impresión de que cuanto aparece en su reflejo, así está colocado en el despacho. Sin embargo, ¡no es así! Aparte de no estar nosotros incluidos en ese reflejo, en las estanterías, sobre la mesa e inclusive por el suelo, el cristal muestra una serie de objetos que ahora mismo no están en esta oficina. Un nuevo dato desconcertante, pues pensaba que teníamos la suerte de estar viviendo la realidad tal y como era en la vida de don Jaime. ¿Entonces? ¿Hay otra realidad escondida dentro de esta realidad? ¿Por qué unas cosas sí y otras no? ¿Es una forma de decirnos que esos objetos, las cosas reflejadas en el espejo y que en verdad no están aquí, son herramientas, pistas o detalles para resolver este caso? Y lo más inquietante para mí, ¿quién maneja el reflejo del espejo?

Don Jaime abre un cajón y saca una libreta de tapas verdes y un lapicero de gran grosor. Abriéndola por una hoja al azar, escribe un par de frases que enseguida nos muestra:

“¿Qué ocurre?” “¿Por qué ese cambio de expresión en sus caras?”

Dispuesto a contestarle, hago por coger la libreta y el lapicero, pero…, ¡no puedo! Mi mano la atraviesa como si en realidad no estuviese ahí. ¡Tampoco puedo coger el lapicero! No lo entiendo; si antes pude golpear la mesa y escuchábamos el ruido producido por los impactos, ¿cómo es que ahora no puedo coger estos objetos? Esto es nuevo para mí. Este caso no se trata de una simple aparición sin más. Todo cuanto aquí ocurre viene a confirmar lo poco que realmente sabemos acerca del llamado “Más Allá”. Sin darle más vueltas, hago uso de la libretita que siempre llevo conmigo, junto a un bolígrafo que llama mucho la atención de don Jaime. Sin omitir ningún detalle, le explico lo anómalo que resulta para nosotros el reflejo del espejo, más cuando ni Leo ni yo aparecemos en él.

Al leer mis respuestas, el Espíritu no entiende varias de las palabras escritas en ellas. Al escribirlas, no tuve en cuenta que nuestra jerga actual no es ni por asomo la suya. Una vez contestadas de otra manera sus dos preguntas, el Alma del último dueño de esta harinera las entiende ahora sin problemas y, de inmediato, se gira raudo hacia el espejo. Se mantiene unos segundos mirándolo. Al igual que nosotros, también debe de notar algo extraño, pues, sin apartar la vista del cristal, se acerca a él despacio. A través del reflejo podemos ver su cara de preocupación. Observa con detenimiento el cristal y enseguida mira hacia una parte del despacho. Vuelve a mirarlo y de nuevo gira la cabeza hacia el otro lado de la oficina. Visiblemente nervioso, se aproxima rápido a una de las estanterías y a toda prisa revuelve cada una de sus cuatro baldas, tirando al suelo algunos de los objetos depositados sobre ellas a causa del ímpetu desplegado.

Por fin, el Espíritu encuentra lo que con tanta ansia buscaba por la repisa. Se trata de una caja que con premura acerca a la mesa. Una pequeña caja de madera de nogal, tallada con la imagen de un anciano con barba, ataviado con una túnica y cargando con una guadaña en una mano y un reloj de arena sobre la palma de la otra; talla con un parecido bastante sospechoso a la figura mitológica del Padre Tiempo. Olvidándose de nosotros, el Alma de don Jaime abre la caja extrayendo de ella un reloj de arena. Un reloj de arena de apariencia similar a aquellos que se convirtieron en un instrumento esencial de los galeones antiguos, pues, si bien la latitud se averiguaba durante la navegación con el astrolabio o el sextante, el reloj de arena podía calcular de manera fiable la longitud en la cual se encontraba la nave.

El Espíritu frunce el ceño al tiempo que una apreciable inquietud, nada disimulada, le embarga de repente. Apurado, vuelve a escribir en la libreta:

“El reloj…” “¡El reloj está parado!”

Colocado encima de la mesa, Leo y yo lo observamos con detenimiento. En efecto, la amarillenta y extraña arena que prácticamente llena el globo de vidrio superior, no cae al globo inferior sin ninguna razón aparente. Sí, no cabe duda de que es raro, pues el cuello de vidrio encargado de unir ambos contenedores se muestra limpio; nada lo bloquea. De manos de don Jaime, una nueva y más extensa nota aparece escrita en su libreta:

“Si el reloj está parado, nuestro destino está parado y, aunque todos experimentamos la muerte corpórea, nuestras Almas jamás avanzarán. Todos cuantos aquí estamos tenemos la vida inmortal varada dentro de esta fábrica. En aquella tarde nuestras almas virtuosas y temerosas de Dios quedaron encalladas en este veinte de enero de 1917. Todos nosotros de alguna manera fuimos sentenciados a regresar aquí, y aquí nos dejó la muerte el día que vino a buscarnos.”

Antes de poder contestarle con las que serían unas nuevas preguntas a fin de conocer más detalles sobre lo sucedido durante esa sesión de ouija mencionada, el Espíritu vuelve a escribir deprisa y corriendo en la libreta:

“Apenas un rato antes de la llegada de ustedes, el reloj de arena estaba colocado sobre el marco de ese espejo. Cierto es que muy despacio, pero algún grano de arena caía a la bombilla inferior. Nuestro destino está ligado de alguna manera a esos granos de arena; de esto, somos del todo conscientes. Y mientras no caigan todos y el reloj culmine su ciclo, permaneceremos aquí atrapados. Por algún motivo que desconozco, el reloj ha vuelto por sí solo a esconderse en el lugar donde lo encontramos cuando tomamos conciencia del problema.

Esta toma de conciencia para ustedes ocurrió años atrás, para nosotros hace escasamente unas horas. Ahora, como ven, el reloj está parado y esto nos condena a no salir nunca de aquí. ¿Cómo puede ser que unos simples muchachos condenaran nuestras Almas a semejante infortunio con una triste tabla de la ouija? ¿Qué tocaron con ella? ¿Qué trajeron o qué se llevaron para que este veinte de enero de 1917 jamás termine?”

Necesito tomarme unos segundos; no sé qué contestar. Desconozco o, mejor dicho, no tengo ni idea de lo que esos muchachos pudieron abrir, dejar o traer durante esa sesión de ouija. Ni por lo más remoto jamás hubiera supuesto que el destino de un Alma pudiera ser comprometido a través de una ouija. Pero es así, don Jaime está en lo cierto: son muchas cuestiones a resolver, demasiadas nuevas cosas de las cuales carezco del conocimiento necesario para entenderlas y tratar de darles solución.

Este caso, aunque me encanta, va a llevar más tiempo del estimado en un principio. Es una fuente de conocimientos que, a decir verdad, apasiona. Además, un próximo viaje a un lugar asolado por la tragedia obliga a un cambio de aires que me alejará de aquí durante unos días. Días que dedicaré a indagar, a estudiar y a terminar de elaborar una estrategia. Una estrategia tal, que ya sin comentar nada sobre ella, veo cómo coincide con la que el Alma de don Jaime propone en una última nota:

“Esta que tienen aquí es precisamente la ouija usada aquella tarde por los muchachos. ¿Deberían jugar ustedes una segunda partida de ouija para arreglar este desconcierto?”

Pues sí, caballero, ¿por qué no? Quizá jugar, como usted dice, una segunda partida de ouija nos permita ordenar el caos ocasionado en la partida anterior. Pero lo preocupante no es jugar o no jugar. Lo preocupante es… ¿Con quién demonios jugaremos? ¿A quién estaremos invitando a venir a jugar con nosotros?  

Decidido a posponer el caso a dentro de dos o tres semanas, me despido de Leo abandonando la harinera. Estoy seguro de que cuando vuelva a ella, y tras un pequeño proceso, retomaremos el caso en el mismo punto en el cual hoy lo dejamos. Volveremos a la realidad existente en el interior de esta fábrica un veinte de enero de 1917.

Han pasado tres semanas desde aquel día que dejé la fábrica con Leo, el vigilante de la misma, visiblemente preocupado, no por si el Espíritu de don Jaime pudiera hacerle algo malo, sino por todo lo contrario. Le apenaba que tanto esa Alma, el Espíritu del último regente de la harinera, así como varios de los trabajadores de la misma, se encontraran atrapados en un tiempo, en una dimensión ajena, la cual no les corresponde para nada. Una horrible situación ocasionada por la poca cabeza de unos muchachos jugando con algo tan difícil y peligroso de manejar como es una ouija. Aquel día, antes de marcharme a mi viaje, pactado ya desde principios del mes de noviembre, Leo y yo nos despedimos de don Jaime prometiéndole que no los olvidaríamos y aquí estamos.

Después de un alegre saludo y de un tiempo para ponernos al día el vigilante y yo con una buena taza de café en las manos, paso a explicarle cuál es la estrategia que traigo pensada para intentar revertir la situación de las Almas aquí encerradas. No estoy convencido, pero tendremos que empezar una sesión de ouija tal y como hicieron equivocadamente los muchachos, algo a lo cual Leo asegura estar dispuesto. Cuanto más le conozco, más me agrada y me sorprende la actitud de este hombre: dispuesto a todo, sin mostrar un ápice de temor ni de desconfianza y sin necesitar millones de explicaciones para lanzarse al toro.

Desde luego, qué difícil es hoy en día encontrar una mente sin adulterar, virgen y deseosa de descubrir este mundo de los Espíritus, no sentada en una silla escuchando a algún “iluminado”, sino bajando al charco y dejando que sea la propia experiencia quien enseñe y aclare dudas. En definitiva, alguien interesante a tener en cuenta.

Aunque este Leo algo vio durante estos días pasados, no quiso interactuar con ellos:

Yo no sé cómo consolarlos. Pensé que era mejor esperarte.

Cerca de una hora más tarde, nos dirigimos al antiguo despacho de don Jaime. Ahí le dejamos el último día y, si acaso su Alma no vuelve a presentarse, espero que al menos nos haya dejado la tabla de ouija. Por suerte, esta permanece encima de la mesa. Es del todo necesario realizar nuestra invocación con la tabla utilizada la vez anterior.

Detesto abrir una sesión. Tanto con este método como con cualquier otro, odio ser yo quien llame, invoque o moleste porque nunca sabes quién te responde. Trabajando en otros casos, conocí gente que se metió en gravísimos problemas por culpa de invocar a un difunto; problemas, cuya solución costó Dios y ayuda, aparte de sufrir algún revolcón de esos que ponen los pelos de punta. En mi opinión, una cosa es que un Alma venga a ti por algún motivo, y otra muy distinta es ser tú quien vayas a buscar algo en ese “otro lado”.

Sin embargo, para resolver este caso, lo mejor será enlazar con la sesión abierta por los chavales. Encontrarla y navegar por ella hasta el momento en el cual estas Almas retornaron de nuevo a la harinera. Don Jaime mismo lo dijo: “Les obligaron a regresar y seguramente, sin que los culpables de ello fueran conscientes de la alteración provocada”. Supongo que cuando los muchachos vieron o notaron la presencia de tanto Espíritu rodeándoles, su reacción fue echar a correr, dejando la sesión abierta y sin la posibilidad de revertir el daño causado.

A poco de entrar en el despacho, ambos notamos una extraña transformación. La oficina acaba de variar su aspecto sin ruidos ni sobresaltos. En un instante, ya no es solo el repentino cambio de fluorescentes a bombillas, o que parte del mobiliario, viejo y polvoriento cuando entramos, lo percibamos ahora moderno, cuidado y limpio; no, no es solo eso, hay más, bastante más. El aire es distinto, enrarecido y espeso; se podría masticar. El suelo, que antes cubría los zapatos de una molesta capa blanquecina, brilla como recién fregado. Cierta humedad se palpa en el ambiente, avivando la sensación de frío. Un frío molesto e intenso que hace tiritar, estorba al hablar y dificulta el hecho de estar parado. Huele a óxido, a aceite industrial, a trigo recién molido, a sudor, tabaco y a puro, pero lo peor, lo más difícil de soportar, es esta sensación desmesurada de sentirte observado de manera constante.

Suena irrisorio estar buscando un vaso, pues no quiero usar objetos punzantes para hacer una sesión de ouija en un despacho donde, hace apenas tres semanas, se presentó y convivimos durante unos minutos con todo un Espíritu. Pese a ello, aunque el Alma de don Jaime vuelva a presentarse, también es cierto que poco caso podremos hacerle; más nos vale estar atentos a los acontecimientos que surjan en la tabla. Es preciso llegar a averiguar qué se hizo o qué se dijo durante la sesión abierta por los muchachos y darle la vuelta. Para ello será necesario tratar con la misma Entidad, buena o mala, que respondió a la invocación de los chicos.

Leo es el primero en sentarse. Sin renegar, ni preguntar, ni cambiar siquiera el gesto, toma asiento, quedándole al revés las letras, los números y las palabras “sí” y “no” dibujadas en la ouija. A mí me toca verlo al derecho, algo que otorga tanto el compromiso de llevar la voz cantante como la certeza de que, en caso de problemas, cualquier objeto, arrojado con mayor o menor violencia, vendrá directo hacia mí. Esto por ley es así. Para la tabla, el primer responsable de todo cuanto la moleste es quien se siente frente a ella, pero es una posición ineludible para la puesta en marcha y el correcto desarrollo de la sesión.

Sin decirnos palabra, apoyamos un dedo en el borde del vaso situado ya en el centro de la tabla. Dejo pasar varios minutos por si “alguien” quiere intervenir antes de empezar la invocación. Toda una ilusión que, de llegar a ocurrir, sin duda nos facilitaría mucho las cosas. Por desgracia, se queda en una propuesta rehusada por “todos”. Al menos, la espera me concede tiempo para recitar mentalmente todas las oraciones de protección que recuerdo, partes de las que no termino de acordarme y alguna inventada; algo hará. Pasados esos minutos, todo sigue tan en calma que tardamos en darnos cuenta del chirriar de la puerta. Es un sonido tan suave que apenas se percibe, no obstante:

¡La puerta se cierra!

Sin la menor brusquedad, se mueve despacio; en tanto, ¡también nos quedamos a oscuras! Percibo un ligero y continuo movimiento del vaso fruto del temblor de nuestros dedos, cuando un sonido similar al ruido de un bastón al golpear el suelo se acerca a nosotros. Tan rápido como puedo, enciendo la linterna del móvil, enfocando hacia el lugar de donde procede el leve e intermitente traqueteo. No veo a nadie. Está ahí, sí, pero por el momento es “alguien” invisible a nuestros ojos.

—¿Quién eres? —pregunto enseguida con el tono más serio capaz de articular y atento a una posible respuesta que no termina de llegar. Durante unos segundos, el supuesto sonido del bastón se detiene para, después de esa breve interrupción, de nuevo avanzar despacio hacia la mesa donde el vigilante y yo permanecemos sentados.

—¿Cómo lo llevas, Leo? —pregunto al vigilante, por si hiciera falta posponer la sesión.

Luego te lo cuento. Sigue, estoy bien.

El bastón ya se deja oír junto al extremo de la mesa. El Espíritu que lo mueve ya está aquí y con ello, cualquier cosa puede pasar y, de pronto, ¡el bastón golpea la ouija! El susto provoca que nos separemos con rapidez del escritorio y perdamos el contacto con el vaso.

¡Lo he visto! El báculo con cabeza de marfil surgió fugaz de entre la oscuridad, impactó con fuerza sobre la tabla y desapareció; apenas fue un segundo. Enseguida indico a Leo que volvamos a colocar el dedo sobre el borde del vaso, mientras noto al recién llegado sentarse en la esquina del escritorio. Le tengo tan cerca que nos rozamos. Tranquilo, levanta y deja caer una y otra vez el bastón sobre el suelo, como si se estuviese pensando qué hacer con nosotros.

—¿Puedes explicarnos qué ocurrió y ocurre aquí? —vuelvo a preguntar, consciente de que esta cuestión no toca ahora. Prefiero valorar más la reacción y la actitud del Espíritu aquí presente que conocer la propia respuesta en sí.

Obviando contestarme, el Espíritu se levanta y camina despacio por la oficina, pasando por detrás de mí. No lo vemos. Sabemos que está ahí, sentimos su presencia, su olor, su fría sensación y, aun así, no le vemos. Escucho cómo su bastón, tras tocar una vez más el suelo, se detiene cerca de mi espalda. La situación impone. El tiempo parece no transcurrir y la tensión ante la incertidumbre hace mella. Inquieto, me giro hacia él. Sigo sin verlo, y por sus gestos, Leo tampoco. De repente, ¡un hombre aparece reflejado en el espejo! El mismo espejo donde no nos veíamos nosotros reflejados, ahora nos muestra la figura de un hombre.

Como si realmente estuviese situado frente al espejo, un hombre de baja estatura, cabello desordenado adrede y gesto serio, se mira de arriba abajo, aprovechando la ocasión para acicalarse el atuendo. Una vestimenta elegante. Por supuesto, de alguien de posibles, cuya camisa de cuello levantado y pañuelo blanco con nudo de lazada, chaleco, pantalones ajustados, abrigo corto por delante y largo por detrás, zapatos atados con un pequeño lazo y sombrero de copa, revelan la diferencia de época de este hombre no solo con respecto a nosotros, sino también con don Jaime. Creo que tendríamos que remontarnos a finales del siglo XVIII o principios del XIX si quisiéramos ubicar sus días de vida.

Es la primera vez que veo una aparición reflejada en un espejo e imperceptible a simple vista, pero ahí está, consultando la hora en un reloj de bolsillo, al tiempo que, haciéndose el despistado, se vuelve hacia nosotros borrando su reflejo del cristal. ¡El vaso se mueve! Se desplaza deprisa, muy deprisa por la ouija deteniéndose un instante en las letras para formar dos espantosas frases:

¿Acaso deseáis perder la vida? ¿Quedaos eternamente en tan inmundo lugar?

En absoluto. No queremos molestarte, solo hablar un ratito.

No entiendo qué razón puede empujaros a semejante despropósito.

Sin darnos tiempo a contestar, el vaso sigue recorriendo la ouija formando palabras tan deprisa que apenas nos da tiempo de apuntar las letras. Haciendo caso omiso de nuestra petición de continuar algo más despacio, las siguientes frases por fin construyen una primera y vaga explicación relacionada con cuanto ocurre en esta harinera:

Si la puerta se me abre, ¿por qué habría de quedarme fuera?

Los chicos que hicieron la ouija te abrieron la puerta para venir, ¿no?

Obvio. Tres bastardos deseosos de saber del pasado.

¿Y qué pasó?

Los complací.

¿De qué manera?

Les enseñé el camino de llegar.

¿Al pasado?

Sí. Luego… Metieron la pata.

La velocidad a la que se mueve el vaso arrastrándose por la ouija es impresionante. Yo no alcanzo a ver el desplazamiento en sí, solo observo el vaso dispuesto cada vez delante de una letra distinta. Unas letras que, dictadas por Leo, apunto en la libreta que habitualmente llevo conmigo.

—Pero tú puedes acabar con esto y devolver a su momento a todas estas Almas. —Pregunto de nuevo.

¿Por qué habría de hacerlo?

Para que todos regreséis al lugar que os corresponde.

¿Yo regresar al caos?

Debes hacerlo.

No veo motivo.

Es tu sitio.

¿No es de tontos regresar de donde se consiguió escapar?

—¿Pretendes quedarte?

Yes, of course. (Sí, por supuesto.)

—¿Y estas Almas? ¿Por qué las trajiste contigo?

Yo no fui.

—¿Fueron los chicos?

¡Fíjate tú! Puercos…

Cada respuesta genera una nueva duda. Sin embargo, cuesta mucho pensar estando junto a un Espíritu cuya identidad e intenciones desconocemos. Siempre que he creído estar ante una Entidad de las denominadas “malas”, no pierdo tiempo en cotillear quién es, ni de dónde viene. Estas cuestiones suelen ser mis últimas preguntas cuando el caso queda resuelto, la situación lo permite y con la única intención de tratar de ayudar y seguir aprendiendo.

—Vamos a ver… —Vuelvo a dirigirme al Espíritu. —¿Dices que fueron los chicos quienes trajeron a todas estas Almas? Eso es imposible. Si te fijas, no solo trajeron Almas, sino toda una jornada laboral de la vida de cada uno de ellos.

¡Equilicuá! Tú lo has dicho.

—¡No puede ser!

Pues date un paseo y verás…

—No. Me refiero a que no puede ser. No puedes dejarlos aquí, este no es su lugar.

Sí. La verdad… ¡Pobrecillos!

Estas Almas sufren.

Trabajar, trabajar y trabajar. ¡Qué agobio! ¡Algo hemos de hacer!

—Tenemos que devolverlos al mismo lugar de donde vinieron.

Yo había pensado traer otros cuantos y hacer turnos…

—Vale. Pongamos que te creo. ¿Qué hicieron los chicos para traerlos hasta esta fábrica?

Usar el gusano.

—¿Gusano? ¿Qué gusano?

¡Ay, chico! ¡Qué torpe! Gusanos, puertas astrales, portales dimensionales.

—¿Aquí hay un portal?

Hermano pequeño de Ñaupa Iglesia.

—¿Ñaupa Iglesia? Si Ñaupa Iglesia es un santuario construido por los Incas en su Valle Sagrado del Perú, con el fin de realizar ceremonias religiosas y…

Y tres horas después… ¡Cómo te enrollas! Perdona, quizá no te entendí bien, ¿pretendes sacar de aquí a estas Almas o a sus bisnietos?

—Entonces, según tú, en esta fábrica hay un portal que comunica con el pasado.

¡Qué lince! Sí, igualito que Ñaupa Iglesia.

—Se dice que Ñaupa Iglesia es un lugar de meditación y oración.

Y que Blancanieves se encontró con siete enanos.

—Sí, vale. Es cierto. También la leyenda habla de la existencia de un portal entre esas rocas; lo escuché en alguna ocasión o lo leí, no sé ahora. Una puerta tridimensional que lleva hasta Egipto.

Al Valle de los Reyes, en concreto.

—¿Al valle de los Reyes?

Oui, mon ami. (Sí, amigo mío.) Al Valle de los Reyes del año 1500 a. C. De ahí parte el gusano y recorre el pasado hasta el periodo Inca, siglos XV y XVI, donde acaba.

—Espera, espera, espera. Yo tengo entendido que el problema de esta fábrica se origina porque tres chicos hacen una sesión de ouija. Una sesión de ouija para invocar a una muchacha fallecida aquí dentro.

Cierto. ¡Tarados!

—Pero ahora estamos hablando de una relación de esa ouija con gusanos, egipcios e incas del siglo XV.

Y XVI.

—Bien. Vayamos por partes. ¿Qué ocurrió? ¿Qué hicieron esos chavales para provocar todo este follón?

Recorrer el gusano.

—¿Atravesaron el portal?

Que sí.

—¿Y a qué fecha del pasado?

20 de enero de 1917.

—La fecha en que muere Sofía, la trabajadora de esta harinera.

¡Lince!

—Que murió aquí dentro.

Pasillo derecho, en la tercera máquina en concreto.

—Además, es el mismo día que esas Ánimas reviven continuamente desde que regresaron.

Estás que te sales.

—Entonces, este regreso está relacionado con la muerte de Sofía.

Sí, hijo. Miss Sofí es pesada hasta después de muerta.

—¿Y dónde está escondida la entrada al gusano?

¿Escondida?

—¿No está escondida?

Tal vez si miras con atención el cristal de ese espejo…

Tanto Leo como yo no somos capaces de salir del asombro que nos ha supuesto leer las palabras del Espíritu. Quién hubiese imaginado encontrar algo así dentro de una harinera cerrada hace años. Este hallazgo también me da que pensar acerca del porqué de la presencia de una seguridad privada en una fábrica sin actividad, abandonada y perdida en mitad del campo.

Las dudas se agolpan, cierto es. Pero no puedo olvidar la razón por la cual estoy aquí. Una causa relacionada con la muerte de una muchacha, al parecer, vinculada de algún modo al sorprendente regreso de las Almas de cuantas personas trabajaron aquí y directamente involucrada con un día en concreto. El 20 de enero de 1917, fecha del fallecimiento dentro de esta harinera de esa misma muchacha.

Tras unos breves segundos junto al vigilante, observando atentos el cristal del espejo sin apreciar nada extraño, el Espíritu vuelve a la carga:

Espejito, espejito, dime tú, ¿a dónde llevas…?

—¿Sabes, Leo? Empiezo a creer que los chicos provocaron todo este sinsentido al intentar sacar algo del gusano. Algo vieron. De algo se enteraron y quisieron traerse una prueba para enseñársela a quien fuera. Un dato, una foto, un video ligado a ese 20 de enero de 1917.

¡No me digas! ¡Qué interesante! —escribe deprisa el Espíritu.

—Solo es una teoría, pero…

¿Queréis comprobarlo? ¿Queréis ver lo que vieron ellos?

—¿Te refieres a entrar en el gusano?

Tengo la clave.

—Sí, claro. Todo portal tiene su clave de acceso.

La diseñó el mismo Ahmes. Y en su famoso papiro matemático (*) la escondió. Venga, pasen ustedes, el 20 de enero de 1917 les espera. ¿Se atreven…?

(*) El Papiro de Ahmes. También conocido como el papiro de Rhind, es un documento redactado en escritura hierática, por el escriba egipcio Ahmes durante el reinado del faraón Apofis I (1583 a 1522 a. C.). Es un papiro de unos 6 metros de largo por 35 de ancho, dividido en 14 láminas, que contiene 87 problemas matemáticos de aritmética básica, fracciones, cálculos de áreas, volúmenes, progresiones, repartos proporcionales, reglas de tres, ecuaciones lineales y trigonometría básica. Al parecer, es una copia de otro papiro aún más antiguo escrito en el siglo XIX a. C.

Sentados frente a la mesa, el vigilante y yo nos miramos, seguramente esperando escuchar de labios del otro alguna contestación. Para mí no es nada fácil aventurarme a entrar en ese gusano, en ese misterioso conducto a un tiempo pasado. Esto es lo que por medio de la ouija se nos ha dicho, pero ¿será así en realidad? ¿Será una puerta segura a 1917, por la cual se pueda acceder, observar e incluso interactuar por unos minutos en aquel año y luego regresar a nuestros días sin el menor problema?

Solo tenemos la palabra de quien demonios mueva el vaso por la tabla. Un alguien de quien, por no conocer, no sabemos ni su nombre. Se nos ha contado que tres chavales se atrevieron a cruzar esa puerta y ahora, después de ese extraordinario “viaje”, se niegan a volver a pisar esta harinera. Tampoco sería mala idea parar de nuevo la sesión en este punto, buscarlos y escuchar cómo fue la realidad de su experiencia.

Sin embargo, el Espíritu insiste. Vuelve a mover el vaso alrededor de las letras hasta completar tres extrañas palabras que no vienen a cuento. Se trata de la clave. La contraseña que, una vez pronunciada, abrirá el espejo y nos permitirá presenciar allí mismo aquel 20 de enero de 1917, con la misma claridad que vemos y sentimos este día de hoy. Para quienes hemos dedicado algo de tiempo al papiro de Ahmes, esta clave resulta sencilla; el escriba no se rompió mucho la cabeza ideando una contraseña segura y difícil de adivinar para abrir estos insólitos portales. Tres palíndromos, resultantes de una sencilla conversión de números a letras con el cifrado de Vigenére como matriz principal, esconden, luego de su pronunciación, la oportunidad de adentrarse en un túnel del tiempo.

Toca acercarse al espejo y, desde luego, nuestras dudas saltarían a la vista de cualquiera solo con ver con qué pocas ganas nos levantamos de la silla. Unas dudas acrecentadas de inmediato cuando el vaso, utilizado en la partida a modo de puntero, se vuelca de repente y, tras rodar unos instantes sobre la ouija, llega a detenerse justo encima de la palabra “No”. ¿Casualidad? No existe en el mundo de las Ánimas. ¿Aviso? Me convence más. De cualquier modo, decidimos continuar y acercarnos al espejo. Quisiera poder observarlo de cerca y esperar algunos minutos haciendo algo de paripé, pues me extraña mucho la ausencia de don Jaime. Espero y deseo que vuelva a presentarse. Le considero una figura relevante de este caso y alguien que puede jugar un papel fundamental.

Ya situados delante del espejo, la historia se repite: podemos ver todo el mobiliario situado a nuestra espalda, las bombillas, el suelo, la puerta, todo menos a nosotros. Leo y yo seguimos sin aparecer en el reflejo de ese espejo al cual sí, es verdad, se le nota algo raro en cuanto le miras a esta distancia con algo más de atención, y es que el cristal… ¡Se mueve! Ese cristal se balancea con un suave y apreciable vaivén que no afecta a la imagen. Es extraño, y más cuando todavía no hemos pronunciado la contraseña que supuestamente lo convierte en todo un portal del tiempo.

La cara de Leo lo dice todo. Sin saber su opinión, apostaría que esto de la puerta del tiempo no le hace ninguna gracia y a mí, menos aún. Por muy sugerente que suene esto de poder vivir en primera persona un momento del año 1917, yo veo demasiados riesgos. No puede ser que resolver este caso conlleve experimentar a la fuerza algo tan arriesgado. Otra vez estamos cayendo en el influjo del espejo, cuando nosotros estamos aquí únicamente para socorrer a unas Almas encerradas en esta fábrica en contra de su voluntad. Unas Almas de las cuales tampoco hemos vuelto a saber nada.

De repente, el vaso sale despedido. Algo lo acaba de arrojar al suelo con violencia, mientras la mesa se levanta y, suspendida en el aire a ras del suelo, se acerca deprisa hasta dejarse caer a pocos centímetros de nuestros pies. El inesperado sonido del vidrio al hacerse pedazos contra el piso nos asusta. Estamos acorralados entre el espejo y la mesa; en este despacho hay “alguien” a quien parece no gustarle mucho que yo no vea esto de viajar al pasado como una buena idea. A cada intento de alejarnos del espejo, la mesa reacciona bloqueándonos el paso y, aunque la empujamos, no podemos moverla. Supongo que toda esta intimidación vendrá de mano del Ánima de la ouija y con un único propósito: vernos traspasar el portal. Pero la pregunta es, ¿con qué intenciones?

Por lo pronto, ha conseguido el efecto contrario. Ahora mismo, para nada nos planteamos adentrarnos en ningún sitio, sino en cómo liberarnos de esta encerrona. Leo y yo tratamos de sujetar la mesa que poco a poco nos arrincona más. A base de empujones con ella, nos obliga a retroceder. Ya noto el cristal rozar mi espalda, el talón de los zapatos golpear el marco de madera y la sensación de estar atrapado. ¿De veras van a conseguir enviarnos a principios del siglo XX? ¡La contraseña! Soltando las manos del escritorio, le digo a Leo que también haga lo mismo. Sorprendido al vernos desistir, el Espíritu cede y cambia de atacarnos constantemente a empujar la mesa de forma menos impetuosa en cada nuevo arreón. La agresividad disminuye, y la frecuencia con la cual se repetían los arreones se ralentiza hasta desaparecer.

Al igual que nosotros, el Ánima de la ouija también se da cuenta: nunca atravesaremos el espejo ni nos adentraremos en ese túnel del tiempo si antes no pronunciamos la contraseña. La clave antes revelada es algo que yo no estoy dispuesto a pronunciar. En cambio, cuando por fin parecía llegar nuestra primera victoria, todo cuanto daba por entendido se desmorona con el repentino sonido de un llanto. Alguien a quien no vemos llora en el otro extremo de la mesa. Llora tímidamente, tratando de no ser escuchado o, mejor dicho, escuchada, pues ese lamento parece provenir de una mujer, del Alma de una mujer. Con cuidado para no hacer ruido, conseguimos separar algo la mesa. Una mirada en silencio nos basta para ponernos de acuerdo y acercarnos al apesadumbrado Espíritu.  

¿Será esta Alma la misma con la que antes hablamos a través de la ouija? Cuesta creerlo. Durante esa sesión, en ningún momento dio señales de estar tan desesperado, tan a punto de rendirse, sino todo lo contrario. Pero el llanto no cesa e incluso emerge del suelo, como si el Alma de la supuesta mujer estuviese sentada o tumbada. De pronto, se produce un revuelo. La mesa impacta contra el espejo, al tiempo que la tabla de ouija, aún presente encima de ella, se acerca a gran velocidad al borde más cercano al Espíritu. Por un instante, juraría haber visto dos manos pequeñas, de finos dedos y ostensibles manchas de grasa, coger la tabla y arrimarla al extremo de la mesa de donde procede el llanto, mientras una espesa nubecilla de vaho surge por encima de ese mismo borde. Algo muy extraño esto último, cuando nuestra invisible acompañante ya dejó de respirar hace años.

Tras unos segundos de inquietante calma, los cajones de la mesa se abren uno detrás de otro. Se abren de golpe, llevándolos a su tope de un solo y rápido tirón, y pasando al siguiente en cuanto todo su contenido es arrojado al suelo. Llegado al penúltimo, el Espíritu ansioso revuelve su interior con una angustia acompañada de quejidos y chillidos que denotan desesperación. ¡Se enrabieta tanto que hace temblar el escritorio! ¡Quiere coger algo y no puede! El vigilante, sin encomendarse a nadie, se aproxima al cajón:

¡Son unas tijeras! ¡Quiere coger unas tijeras! ¿Qué hago? —grita Leo alarmado.

Antes de poder contestarle, un par de tijeras salen volando del cajón, cayendo cerca del centro de la mesa. En efecto, son unas tijeras de hierro de gran tamaño. Rápidamente, y antes de que podamos reaccionar, aparecen de nuevo las dos insólitas manos empujando esas tijeras en un doloroso esfuerzo, a tenor de los chillidos que emite según las va arrastrando por encima del escritorio. ¡Quiere llevárselas a su lado y le cuesta un mundo! El vigilante pretende impedirlo y, en un imprudente acto sin sentido, se estira sobre el centro de la mesa con el propósito de alcanzarlas. Asustado, corro hacia él; esta puede ser una decisión de la cual se arrepienta toda su vida. Sufriendo en mis carnes el revuelo de gritos y golpes, consigo alejar a mi compañero del alcance del Espíritu. Leo se tapa una de sus manos y muestra gestos de dolor. ¡Está sangrando! ¡Tiene varios arañazos en la mano!

Usando un pañuelo a modo de venda improvisada, tapo los arañazos de la mano de Leo; son surcos profundos y me temo que la sangre dará algo de guerra. En tanto, el Espíritu es dueño y señor de las tijeras. Junto a la ouija es lo único que vemos: dos objetos que ahora mismo avanzan despacio por la mesa, avivando temores. Las tijeras viajan colocadas encima de la tabla, justo en el centro de ella y con la punta en dirección a nosotros. Cada vez están más cerca y yo…, ¡odio ver objetos punzantes cuando estoy trabajando! En un espacio tan reducido como es este despacho y, aunque tan solo quiera esas tijeras para usarlas a modo de puntero, su reacción ante cualquier acto o comentario que hagamos será impredecible.

Llegada la tabla a la altura del centro de la mesa, se detiene cerca del borde izquierdo según nuestra posición. Noto al vigilante molesto: la mano le duele y esto puede ser un hándicap importante. De repente, junto con un nuevo revuelo de invisibles chillidos y golpes sonando sin tregua, la ouija sale despedida y cae al suelo cruzando la mesa a lo ancho. El espanto se dispara. Los gritos no callan y el escritorio va y viene hasta el punto de arrollarnos. ¡Estamos atrapados contra el espejo y este golpetazo en las piernas duele! ¡Tenemos la espalda apenas a un milímetro del espejo! El cristal abrasa. Transmite un bochorno que marea, envuelve y genera la sensación de arrastrarnos al interior del espejo. Subiéndonos deprisa en el tablero de la mesa, el vigilante y yo conseguimos escapar, eso sí, originando un nuevo y serio problema: cada uno está a un lado del escritorio y Leo, en la parte, y a muy pocos pasos, de donde surge todo el griterío.  

No entiendo nada; la ouija está en el suelo, las tijeras encima de la mesa y en torno a ellas, un tremendo jaleo se repite sin visos de terminar. Siendo sincero, no sé qué hacer. Ahí delante se está dando una pelea entre Ánimas y, ¿cómo se actúa ante eso? Estamos encerrados con unos espectros capaces de causar daño físico, y que de seguro no dudarán en arremeter también contra nosotros si se sienten amenazados. Por si fuera poco, las bombillas se funden, supongo que a consecuencia del brutal cariz alcanzado en la contienda. El despacho se queda a oscuras y dos figuras de luz aparecen al instante. Dos figuras de luz de colores apagados y forma humana, entre las cuales una de ellas, de apariencia masculina y de rodillas, agarra con fuerza las muñecas de un Alma femenina. Sujeta con rabia el Espíritu de una mujer joven, quien, sometida contra el suelo, inútilmente pelea por zafarse de su agresor.

Sin demora, pido al vigilante que se venga conmigo a este otro lado más alejado del conflicto. Pero, cuando se dispone a saltar por encima de la mesa, algo sorprendente nos llama la atención: ¡una pequeña parte de esa mesa está dentro del espejo! No es que el cristal se haya roto, no; está intacto y, aun así, un fragmento de la mesa desaparece en su interior. ¡Es cierto! ¡Este espejo oculta algo! De todos modos, ¿cómo es posible que el portal esté abierto si nadie pronunció la contraseña? ¿Cómo la puede seguir engullendo? ¿Y por qué demonios Leo no se baja de ella antes de que se lo trague? ¡El vigilante no reacciona! Le tengo que agarrar y tirar de él para bajarle. Está en shock, bueno, la verdad, ambos lo estamos. Entretanto, la mesa sigue desapareciendo tras el cristal a causa de los empujones de la pelea. La impulsan hacia ese oculto precipicio escondido en este espejo, con final en un tiempo pasado; en concreto, en 1917.

Harto de ver tanta cosa rara, y a cuál más impactante, soy yo ahora quien da un golpe con todas sus fuerzas. Todo este despropósito tiene que detenerse. Necesitamos un minuto para digerir cuánto ocurre aquí, en este despacho, donde ya cuesta respirar. Sorprendido por el golpe, la figura con forma masculina se vuelve hacia nosotros. ¡Es increíble! En un segundo, ese Espíritu…, mejor dicho, ambos Espíritus recobran su aspecto físico de cuando eran personas, al tiempo que dejan de pelear para mirarnos. Él, quien retenía a la muchacha contra el suelo, se muestra impresionado; seguramente porque no esperaba que pudiéramos verle. Es un Ente con apariencia de hombre mayor, de tez pálida repleta de arrugas y un aura negra bordeando su figura, que resulta preocupante. Ella, en cambio, es una muchacha delgada, ataviada con un mono de trabajo bastante deteriorado, y de largos cabellos rubios recogidos en lo que alguna vez fue una trenza.

El Espíritu con forma de hombre se levanta del suelo. No es muy alto y, por su ropa, sus días de vida debieron de quedar muy atrás en el tiempo. En su gesto se adivina cuánto le desagrada nuestra intromisión. Su mirada teñida de rojo sangre transmite odio, mientras sus dientes y puños, apretados a más no poder, revelan una rabia a punto de explotar.

Sin embargo, con aire soberbio y un pronunciado desplante, se gira y abandona el despacho pegando un fuerte portazo al salir y abriéndose camino entre un montón de Almas que, expectantes, esperan fuera del despacho; entre ellas, entre aquellos que fueron los trabajadores de esta harinera, he podido ver al propio don Jaime. Con cuidado, nos acercamos al Alma de la muchacha. Sigue tumbada y temblorosa, pero enseguida se incorpora y trata de hablarnos. En cambio, apenas escuchamos pequeños sonidos sin ningún sentido; nada parecido a una palabra. Consciente de ello, se levanta, busca la ouija deprisa y la coloca derecha a base de pequeños puntapiés. Agarrar las tijeras ya sí que le supone una misión imposible, conseguida gracias a la intervención de Leo, quien las coloca encima de la tabla.

Las palabras formadas por el Alma de la muchacha estremecen:

Mi nombre es Sofía, y los tres chicos son mis asesinos.

—¿Te refieres a los tres chicos que hicieron una ouija aquí dentro? —le pregunto sorprendido.

Sí. Son demonios…  

El Espíritu, con forma de hombre, se levanta del suelo. No es muy alto y, por su ropa, sus días de vida debieron de quedar muy atrás en el tiempo. En su gesto se adivina cuánto le desagrada nuestra intromisión. Su mirada teñida de rojo sangre transmite odio, mientras sus dientes y puños, apretados a más no poder, revelan una rabia a punto de explotar.

Sin embargo, con aire soberbio y un pronunciado desplante, se gira y abandona el despacho pegando un fuerte portazo al salir y abriéndose camino entre un montón de Almas que, expectantes, esperan fuera del despacho; entre ellas, entre aquellos que fueron los trabajadores de esta harinera, he podido ver al propio don Jaime. Con cuidado, nos acercamos al alma de la muchacha. Sigue tumbada y temblorosa, pero enseguida se incorpora y trata de hablarnos. En cambio, apenas escuchamos pequeños sonidos sin ningún sentido; nada parecido a una palabra. Consciente de ello, se levanta, busca la ouija deprisa y la coloca derecha a base de pequeños puntapiés. Agarrar las tijeras ya sí que le supone una misión imposible, conseguida gracias a la intervención de Leo, quien las coloca encima de la tabla.

Las palabras formadas estremecen.

Mi nombre es Sofía, y los tres chicos son mis asesinos.

—¿Te refieres a los tres chicos que hicieron una ouija aquí dentro? —pregunto sorprendido.

Sí. Son demonios…

—¿Demonios? ¿Qué quieres decir con eso? 

Las tijeras vuelven a moverse deprisa por la ouija, buscando y marcando las letras necesarias para repetir…

Son mis asesinos. —afirma, sentándose delante de la tabla.

Atenta, sin levantar la cabeza de la ouija, el Espíritu espera en silencio la siguiente pregunta. Su mano temblorosa descansa sobre las tijeras. Despacio, me siento enfrente de él, dejando la tabla en medio de ambos. Leo también toma asiento junto a mí, y ella no se inmuta. El frío es intenso, el frío o quizás la tensión o, lo más probable, el miedo. La separación con ella es mínima y esto exige dedicarle atención total a esta Alma de Sofía, imposible de rehuir.

¿Cómo no mirarla? ¿Cómo no observar cada movimiento, cada expresión? Si estirara el brazo, tocaría a un ser que ahora mismo vive esa otra vida más allá de la vida; simplemente, algo maravilloso. Yo pasaría horas y horas aquí con ella, pues ¡cuánto debe de saber! ¡De cuántas de las habituales preguntas acerca de todo este mundo de las Almas tendrá respuesta! Como dicen, daría todo mi reino por enterarme de todo lo que ella vio y conoció una vez fallecida. ¿Dónde fuiste? ¿Os llegan noticias de nosotros, de los que aún seguimos aquí? ¿Te encontraste con los que se fueron antes?

En lo que alguna vez fue la piel de Sofía, se adivinan colores naranjas, amarillos e incluso negros que, a veces, volviéndose transparentes, desvelan un verdadero entramado de finas líneas moradas. Sus labios mantienen el color rosado. Los cabellos, de un dorado sin precedentes para mí, resaltan gracias al tono rojizo del mono de trabajo. Una indumentaria laboral limpia como una patena, que difiere de las manchas de grasa visibles en sus manos y mejillas. Un tímido gesto de su barbilla me genera la ilusión de poder ver su cara de cerca; pero no, no se atreve. ¿Qué pasará por su cabeza? Desde luego, si su intención real es la de causar daño, nos está engañando muy bien. A esta distancia no habría tiempo de reacción y, por muy maravilloso que esté resultando el momento, no podemos olvidarlo: ahora mismo, somos nosotros quienes estamos en sus manos.

El sonido metálico de las tijeras vuelve a dejarse oír con algo más de calma que las veces anteriores. Se desplaza por la ouija sonando más fuerte en cada una de las letras elegidas para formar todo un inquietante aviso.

“Quieren vuestra Alma.”

Leo y yo nos miramos y, aunque la siguiente pregunta sin duda debería ser otra, me decanto por seguir conociendo a este Espíritu de Sofía y su historia.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto con la esperanza de que me devuelva la mirada.

Primero me arrebató el Alma y luego la vida. —Contesta de nuevo Sofía a través de la ouija.

—¿Quién?

 Abezi-Thibod. —Contesta, al tiempo que un pronunciado escalofrío recorre su inerte figura.  

El vigilante enseguida nota cuánto me ha impactado la respuesta de Sofía, y me mira preocupado. Es cierto, estoy impresionado y temo que estemos metidos en un buen lío del cual será muy difícil escapar. Abezi-Thibod es un demonio de cuya existencia ya se menciona en el manuscrito denominado Testamento de Salomón, primer tratado de demonología de la historia, y de quien se dice que acompañó al mismo Belcebú en el momento de su destierro de los cielos. ¿Contra qué nivel del mal nos enfrentamos?

—¿Cómo estás tan segura de que es él?

Somos parte de su plan.

—¿Quiénes sois parte de ese plan?

Quien haya puesto un pie en esta fábrica.

—¿Todos los que trabajabais aquí?

Quien la pise.

—¿Cómo es posible?

Está maldita. Leed ese cuaderno marrón.

Efectivamente, tirado en el suelo, hay una especie de bloc encuadernado con tapas lisas de color marrón. Lleva ahí desde cuando ella volcó el contenido de los cajones, buscando algo que le sirviera de puntero para la ouija. Al cogerlo, el polvo y las hojas amarillentas hablan de su antigüedad. Es un diario. La fecha, escrita y subrayada en la parte superior de cada página, da fe de ello. En las primeras hojas se detallan de manera clara y fácil de leer los acontecimientos, alegrías y penas ocurridas en la harinera desde mediados del año 1916. Sin embargo, en las últimas páginas, la caligrafía cambia bruscamente: muestra un galimatías de letras sueltas de diferente tamaño, palabras, borrones y frases torcidas e inacabadas imposibles de entender, algunas de ellas, incluso, escritas en arameo y en hebreo antiguo.

Leo y yo vamos pasando las páginas tratando de encontrar la razón por la cual el Alma de Sofía nos aconseja leerlo. Es obvio que el cambio de una presentación cuidada y coherente al caos de sus páginas finales estará relacionado con ella y los motivos que la retienen aquí. Pero es al llegar a la página correspondiente al domingo nueve de enero de 1916 cuando algo llama mi atención: durante esa mañana se renueva todo el mobiliario de este despacho donde ahora estamos. Procedente de las oficinas de una serrería recién cerrada, los seis muebles que antes vestían su oficina principal, entre ellos la mesa, el espejo y la repisa aún aquí presentes, pasan a ocupar esta nueva ubicación. Seis muebles que, a comentario del escritor del diario, vienen marcados por la tragedia: al parecer, el director y fundador del aserradero se quitó la vida ahorcándose, sin una razón aparente y provocando con ello el cierre del negocio más boyante de toda la comarca.

En el diario se menciona cuánto le gustaba a su redactor quedarse escribiendo este cuaderno por la noche cuando ya no había nadie en la fábrica. Un cuaderno en donde se habla sobre todo de personas y en el que se recogían conversaciones, quejas, méritos y errores de quienes suponemos serían personal, compradores o vendedores relacionados con la harinera. Quien lo redactara se vaciaba al escribirlo. Elogiaba o criticaba de manera sincera a una determinada persona, apuntando su nombre y apellidos a raíz de un hecho acontecido durante la jornada. Todo entendible hasta que en un párrafo enmarcado menciona sentirse observado. Lo viene notando desde días atrás y solamente de noche y cuando se queda solo en el despacho: alguien, situado detrás de él, parece mirar por encima de su hombro y con una voz grave que escucha perfectamente, le susurra anotar fuertes insultos e imponer castigos inhumanos a las personas aludidas en sus escritos.

¿De quién es esa voz? Se preguntaba, temeroso, el escritor en cada página tras oírla de nuevo. No era una voz normal; esas palabras tan aterradoras no podían ser ciertas; tenían que ser una broma. Pero estaba harto de comprobarlo, y en su despacho no había nadie más. Nadie se escondía con ánimo de bromas. Nadie, salvo una sombra. Una extraña sombra con forma de hombre que apareció reflejada un día de pronto en el espejo situado a su espalda. Una sombra que tomó por rutina dejarse ver en cuanto él se quedaba solo a última hora en el despacho. Cansado de tanto susto, una noche quiso poner el cristal mirando a la pared para así evitar verla. Pero justo cuando ya estaba a punto de girarlo por completo, un terrible dolor de cabeza le sobrevino de repente. Una sensación horrible, similar a como si su frente y sus sienes le palpitaran cada vez más deprisa, le obligó a desistir y a volver a colocar el espejo tal y como estaba antes.

La página del sábado 20 de enero de 1917 comienza así: “Antes de sentarme a escribir estas líneas, vi cómo la misma sombra que a diario me visita desde fechas atrás, impregnada de una pestilencia del todo insoportable, salió del espejo, tomó asiento en mi silla y se volvió persona. ¿Por qué, Señor? ¿Qué hice para soltarme de tu mano?”

Las letras bailan sobre los renglones. Ya no es la letra tan legible, derecha y limpia de las hojas anteriores. En ellas se nota la tensión y el miedo de quien las escribió, más aún cuando, en la siguiente frase, asegura que la sombra le habla. Déspota y prepotente, el espectro recién aparecido ordena al escritor permanecer de pie, mientras abre un cajón y, sacando la lata de tabaco y una cerilla, se enciende un cigarro como si todo cuanto hubiera en la mesa le perteneciera. Ni siquiera le ofreció uno.

El redactor del diario habla de su miedo, del pánico que le sobrevino en ese instante: describe el tiritar de sus piernas, las gotas de un sudor ardiente resbalando por sus sienes y el completo vacío de su mente. No podía reaccionar. Tampoco tenía ningún pensamiento ni recuerdo en el cual apoyarse. Había perdido su facultad de recordar, de pensar, de decidir y actuar. Se sentía a merced de ese ser de pequeña estatura, cara empolvada, uñas largas y vestimenta antigua, quien, añadiendo más tensión y entregándole un cuchillo, le exigió su Alma.

Si te lo clavas en la garganta, terminamos en un santiamén. Si, en cambio, prefieres cortarte las venas, mucho me temo que esto se alargará y entraremos en una dinámica muy dolorosa para ti y tremendamente aburrida para mí…”

Fueron las siguientes palabras pronunciadas por el espectro. El escritor relata su incredulidad con oraciones mal construidas y errores ortográficos tan evidentes que delatan la tensión del momento. Deseaba que todo aquello hubiese sido un mal sueño. Que ese interés por que se quitara la vida fuese una simple pesadilla. Sin embargo, no se trataba de un sueño. Ese ser quería poseer su cuerpo y manejarlo a su antojo, como si fuese él, el redactor de este diario, quien siguiera viviendo. Necesitaba su imagen y su reputación para apropiarse de otras Almas, con el fin de implicarlas en un malévolo plan. Un plan cuyo objetivo consistía en hacerle al resto del personal de la harinera lo mismo que a él: su cuerpo y los cuerpos de todos los trabajadores serían poseídos por otras Ánimas de muy mala condición.

¡Nadie notará el cambio! —le juró el diabólico ser, antes de que la presencia de una de las empleadas, todavía trabajando a esas horas, provocase su instantánea desaparición durante unos minutos.

Este fue el último texto legible del diario. A partir de esta hoja, el odio, la rabia y el asco por toda persona y cosa habida en esta harinera se manifiestan en cada página de manera escalofriante.

Yo era la chica que estaba allí —comenta Sofía, señalando con la punta de las tijeras las letras en la ouija.

—¿Y si eras tú… cómo es que se encontró tu cadáver? ¿Por qué tu cuerpo no fue ocupado por otra Alma? —pregunta Leo.

Me ofrecieron el cuchillo. Me propusieron quitarme la vida y entregarles mi cuerpo, pero no acepté y me mataron ellos.

—¿Entonces…? Al no suicidarte… —Continúo yo ahora interrogando.

Si no aceptas suicidarte, no hay posesión.

—Jamás había escuchado esto y te aseguro que tampoco lo habría creído de haberlo oído.

Los cuerpos poseídos son aquellos que no llegan a hacerlo por muy decididos que estén a quitarse la vida. No llegas a matarte porque esos mismos demonios no te dejan; se consideran suficientes y les vale la intención de que aceptes el suicidio y vayas a terminar con tu vida. ¡Ahí es donde expulsan tu Alma y te poseen!

—¿Ahí se hacen dueños de ti?

Con el primer rasguño del cuchillo y la primera gota de sangre vale: tu cuerpo pasa a ser suyo y tu Alma queda desterrada.

—Entonces, si tú no te quitaste la vida, ¿quién te mató?  

Ellos.

—¿Don Jaime fue poseído? —pregunta de nuevo el vigilante.

Esa misma noche. Un rato después de que Abezi-Thibod se fuera, regresaron a por él. Lo sorprendieron en su mesa escribiendo. Fue el primero en caer de todos mis compañeros.

—Por lo tanto, don Jaime fue quien escribió el diario, y quien se le apareció en el espejo era Abezi-Thibod. Más tarde, un Ente poseyó su cuerpo, y ayudados por otros dos más, te matan porque tú te niegas al suicidio. Ocurrió así, ¿no? —trato de recapitular y comprender.

Así fue. Usan ese maldito espejo para subir del infierno.

¿Pero el espejo no conduce a esta misma harinera en 1917?

¿Y qué es la fábrica ahora, si no un infierno? Regresa al pasado, sí, a un lugar del pasado dominado por ellos. Antes de obligar a suicidarse al siguiente compañero, subía un demonio nuevo por el espejo para ocupar su cuerpo. Le seguían a casa, le esperaban fuera, buscaban el momento y… Y luego nadie notaba nada. Nadie sospechó nunca que esos compañeros ya no eran ellos, sino demonios, haciéndose pasar por ellos.

—Ya. Pero, mira, nosotros vinimos aquí porque Leo y el resto de los vigilantes creían verte merodear por los pasillos de la fábrica. Incluso yo mismo fui testigo de cómo la máquina, la deschinadora a tu cargo, se encendía sola. Aquel día no era viernes y, pese a ello, se puso en marcha. ¿Eras tú quien la encendía para hacerte notar y avisarnos de todo esto?

Antes de acabar de formular la pregunta, las tijeras se desplazan rápidamente al “Sí” de la tabla de ouija.

—¿Por qué antes de llegar yo solo la encendías los viernes? ¿Tiene algún significado ese día?

Cuando morí, y también porque es el mejor día para acabar con estos malditos —responde Sofía, moviendo las tijeras de forma mucho más lenta y dubitativa.

—¿Qué hacías aquí aquella noche a esas horas?

Trabajar. Tenía mucho trabajo atrasado y temía que me fuera a llamar la atención el encargado.

—Los chicos, a quienes acusas de matarte, se dice que se atrevieron a usar el espejo. ¿Es cierto?

Sí, viajaron. Fueron ellos, y vinieron otros.

—Perdóname. No lo entiendo. Antes nos dijiste que te mataron ellos. Sin embargo, los chicos hicieron la ouija y usaron el espejo tan solo hace unos meses, y tu muerte ocurrió el 20 de enero de 1917. ¿Cómo puede ser? ¿No estarás equivocada?

Utilizaron el espejo para seducir a los chicos e invitarlos a un estupendo viaje al pasado. Viaje al cual accedieron y llegaron a esta harinera en 1917. Aquí se convirtieron en tres nuevos cuerpos con vida listos para ser ocupados. Pura carnaza. ¡Los dejaron aquí! Encarcelaron el Alma de tres personas en este maldito lugar, junto a nosotros. Cautivos de un penal de Ánimas que tiene al despiadado Abezi-Thibod de alcaide. Y mientras tanto, sus cuerpos, su nombre, su identidad están ahí fuera, causando todo tipo de atrocidades

—¿Y los tres demonios que te…

¡Los demonios que me mataron ocupan ahora el cuerpo de esos chicos! —contesta enrabietada el Espíritu de la muchacha, tirando la ouija con ira lejos de nosotros y al tiempo que esconde su cabeza entre las rodillas flexionadas y sus brazos temblorosos.

Por unos segundos, el silencio invade el despacho y, con ello, nuestras mentes aprovechan la ocasión para tomar conciencia del caso: el vigilante y yo nos enfrentamos a todo un penal de Ánimas. Se cuenta, casi a modo de leyenda, la existencia de un averno, compuesto de numerosos lugares escondidos por toda la faz de la Tierra. Lugares en donde el mal encierra Almas para, con sus cuerpos, mentes y posición social, construir un ejército capaz de reconquistar el mundo. Había leído acerca de ello, pero siempre pensé que este tipo de cárceles eran pura fantasía. Estaba equivocado. Nunca indagué lo suficiente como para descartarlo y, ahora, me arrepiento porque, ¿cómo se termina con un penal de Ánimas? O, por lo menos, ¿cómo se escapa de ellos si el asunto se pone muy feo?

—Perdóname —rompe Leo el silencio en tanto recoge la ouija del suelo y la coloca sobre las rodillas de Sofía—. A ver si lo he entendido bien: ¿ahora resulta que todo eso de que el espejo es un portal como el de Ñaupa Iglesia es solo un rollo? ¿Que eso de que te lleva al Valle de los Reyes de Egipto es un cuento chino? ¿Qué no es más que una trampa del diablo en la cual hemos estado a punto de caer?

Pura seducción. Sabe de vuestro gusto por esos temas —vuelve a responder el Espíritu de la muchacha, mostrando de nuevo su enojo a través de los rápidos e intensos movimientos de las tijeras.

—Una trampa de la que tú nos has salvado, señalando el “NO” de la ouija. ¿Verdad, Sofía? —admito en voz alta.

La muchacha no contesta. La rabia de hace unos segundos pasa a ser una clara desolación. Quizá, al igual que yo, se está dando cuenta de la realidad. Esto no pinta nada bien: el demonio es un diablo de primer orden. Nada más y nada menos que quien acompañó a Belcebú en su destierro. Mucho me temo que mis básicos recursos de exorcismo no sirvan de mucho en este caso. Resignado, me dispongo a quitarle las tijeras con sumo cuidado. Es un buen momento para descansar. Lo necesitamos. Sofía para tranquilizarse y relajar el pronunciado temblor que ahora domina sus manos. Nosotros, para asimilar toda la información, pensar qué hacer o llamar a gritos a mamá.

De pronto, Sofía me arrebata de nuevo las tijeras y las arroja contra la ouija. Deprisa y sumamente nerviosa, las mueve por toda la tabla. Una a una, busca las letras a toda prisa cuando, por primera vez, nos muestra su cara.

En este lado del espejo tampoco estáis a salvo. Os engañará. Quiere llevaros al otro lado. Allí se hará con vuestros cuerpos. Tiene mucho poder —nos advierte Sofía.

—Sí. ¿Pero cómo te liberamos a ti y a todos los demás? —pregunto alarmado.

Cuando él esté dentro del espejo, romped el cristal. ¡Escondeos! ¡Ya viene!

Leo y yo salimos del despacho a la carrera. Sin pensarlo, nos escondemos en el almacén donde anteriormente habíamos comprobado que la harina, ensacada en 1917, continuaba todavía en perfecto estado. Sentados tras los sacos, escucho la alterada respiración de Leo; también la mía. Hemos dejado la puerta cerrada y bloqueada con los propios sacos. Fuera, todo permanece en silencio. La luz entra por la rendija de la puerta y la calma es rota tan solo por un ratón que, valiente, husmea el suelo ajeno a nuestra presencia. 

De pronto, el ruido del bastón surge en el pasillo, acercándose lentamente. Es el mismo traqueteo que oímos cuando Abezi-Thibod se nos apareció en el despacho. Se acerca, nos busca, y su voz se escucha ya muy próxima. En breve, pasará frente a este almacén. Viene golpeando con el bastón todo cuanto encuentra a su paso, y apuesto a que nuestra puerta no resistirá la violencia de tales bastonazos. Este pedazo de madera casi podrida, y descolgada de una de las bisagras, es lo único que nos separa de vivir una experiencia aterradora.

Siempre defendí la idea de que cualquier ser venido del mal no puede causar a los vivos ningún daño físico. Pero, ¿cómo no dudar ahora? Tratará de engañarnos, eso es seguro. Primero nos asustará, algo ya conseguido. Luego, a base de artimañas, querrá persuadirnos para que entremos en el espejo como dos corderitos. Por otro lado, ya sabe que no queremos ni oír hablar de viajes en el tiempo. ¿Cuál será su reacción entonces cuando eche la puerta abajo? ¡No podemos escapar por ningún otro lado! ¡Dios! ¡Me he equivocado! Haciendo caso de las palabras de Sofía, ¿por qué nos marchamos corriendo del despacho? Me dejé impresionar. Es ahí donde hemos de estar para acabar con esto.

De repente, el bastón golpea la puerta y tras ello, el mundo se para. No se escucha ni ocurre nada más durante unos interminables segundos. El almacén parece ahora una nevera cuya temperatura alguien bajase poco a poco. De pronto, una voz suave, tranquila y totalmente familiar surge desde el pasillo.

—¿Os creéis mejores que los tres últimos puercos que vinieron aquí? Ellos también querían ayudar a Sofi. A la pobrecita Sofi, que su Alma todavía está errando por la fábrica… ¡Pobrecita ella! ¡Oooh! Corramos, corramos, se dijeron. Vayamos con nuestra supertabla de ouija y salvemos su Alma. ¿Con una tabla de ouija? ¿En serio? ¿Con una mierda de tablita de ouija? —Repite una y otra vez el demonio a puro grito, ya con su propia voz e histérico a más no poder, mientras las astillas de madera saltan hacia todos lados a cada nuevo bastonazo contra la puerta.

La tensión aterra y, antes de verme paralizado por ella, me levanto del suelo y pidiendo a Leo que me acompañe, abro la puerta de golpe. Estoy dispuesto a comprobar si eso de que los seres del mal no pueden causarnos daño físico, sea cual sea su rango, es cierto o es pura fantasía.

—Perdone usted. Las visitas se reciben en el despacho —comento mirando al tendido, aparentando estar tranquilo y con mi mejor tono despectivo, al tiempo que me encamino con paso lento hacia el despacho junto al vigilante.

La carcajada nos estremece a los dos.

—Le has hecho reír. Eso es bueno, ¿no? Reírse es sano, relaja y quita las arrugas de la cara —tartamudea Leo.

Nuestro paso tan lento camino del despacho es a consecuencia de los nervios, quizá también del miedo, que agarrotan las piernas. Estoy deseando llegar, aunque no tengo nada claro cómo nos las vamos a apañar una vez que nos encerremos cara a cara con este demonio. Aún no tengo nada pensado, pero es justo ahí donde podremos encontrar el modo de acabar con este caso.

El recorrido se hace interminable: andamos y andamos y el despacho no aparece. Abezi-Thibod se acerca deprisa. Tan deprisa que ya caminamos en grupo. Viene detrás de nosotros y, entre risita y risita, nos pone la zancadilla, nos insulta y empuja en tono de broma. Él sí tendrá calculado cada movimiento, cada palabra, cada gesto para hacernos sucumbir a su propósito. De hecho, al pasar por delante de las máquinas de la harinera, por sus mesas y sillas, trata de amedrentarnos todavía más. Orgulloso, relata quién ocupaba esa mesa, esa máquina y la espantosa estratagema utilizada para expulsar su Alma y poseer su cuerpo, sin obviar ningún detalle.

¡Eso es! ¡Así me gusta! Directos adonde las palabras confluyen con los hechos —comenta el demonio según llegamos a nuestro destino.

Resulta increíble cuánto cambia el despacho cuando este espíritu maligno entra después de nosotros. Todo parece notar su presencia. Todo: suelo, paredes, los muebles y, por supuesto, las luces. Todo adopta un tono tenebroso y feo, convirtiendo el cuarto en un lugar incómodo. Asimismo, sientes cómo algo dentro de ti insiste en sugerir la opción de que, quizás, este demonio no sea de veras aquel que acompañó en su destierro al mismísimo Belcebú. Suscita la posibilidad de que Sofía nos engañara al contarnos su versión de los hechos aquí ocurridos, tanto en 1917 como cuando los tres chavales hicieron la ouija. Una opción y una posibilidad del todo engañosas y, desde luego, generadas por las malvadas intenciones de este demonio. Enseguida lo comento con Leo. Tenemos que ser fuertes; se nos viene encima todo un ataque duro y desagradable contra nuestras convicciones. Una ofensiva cuyo objetivo es derrumbar la personalidad de ambos y que irá aumentando la tensión a cada minuto que pasemos sin claudicar.

Sentados en un lado del escritorio, esperamos el primer movimiento de Abezi-Thibod. Tengo ganas de terminar con esta situación. He conseguido poner la mente en ese llamado punto cero, adquirido a base de muchas horas durante muchos días dedicados a la meditación y, ahora, confío en que las fuerzas estén algo más igualadas.

Sin embargo, el demonio no actúa. Apoyado con el hombro sobre la pared, una mano en el bolsillo, otra en el bastón y una pierna cruzada sobre la otra, permanece callado y mirándonos fijamente. Nos lee la mente. Analiza en qué pensamos, cómo lo hacemos, cuáles son nuestros miedos y defectos. Conocerá aquello que más daño nos hace y luego lo repetirá una y otra vez. Se burlará de nuestros defectos, restregándonos cada error, cada mala acción cometida a lo largo de nuestras vidas. Revivirá los hechos y días más dolorosos; esos que hemos sido incapaces de olvidar. Toda la vida de Leo y la totalidad de la mía deben de estar pasando ante sus ojos a placer. Hemos de esperar cualquier barbaridad, toda clase de ofensas y el juicio más inhumano y cruel de cualquier acto que hayamos cometido. Pero… ¿Por qué no empieza? ¿A qué espera?

—Esto… —comento en voz alta—. Perdona nuestra ignorancia, pero… ¿Tenemos que darte cuerda, cambiarte las pilas o enchufarte un ratito a la red?

De nuevo ríe y todo en el despacho tiembla, no sé si por el fuerte sonido emitido por la carcajada o por el pánico ante lo que se viene encima. Mirando al suelo y apoyándose en el bastón, el demonio comienza a caminar. Recorre de un lado a otro el ancho de la oficina. Va y viene, y en cada vuelta su rostro se torna de una evidente expresión alegre, que acompaña con repentinos giros de ballet y acrobáticos juegos de bastón. De pronto, se detiene y nos mira con gesto sorprendido, como si ahora se percatara de que estamos aquí. Su tez pálida y empolvada trata de mantener una entusiasta sonrisa a todas luces forzada. Sus ojos intimidan, ya que en ellos se adivina una rabia interior imposible de esconder. Y ya, sin más demora, la primera la recibimos en la frente:

—Y digo yo. ¿Realmente os merece la pena perder la vida por resolver un caso que, bueno, entendedme, ni agradecido ni pagado?

A partir de ese momento, es una máquina hablando. No para, no necesita coger aire y no hace pausas ni siquiera cuando acaba una frase. Una tras otra, enumera una interminable serie de razones por las cuales tendríamos que olvidarnos de todo esto y volver a nuestras vidas de insignificantes mortales. En esa lista de razones no faltan pequeños menosprecios y leves amenazas. Lo reconozco, alguna me ha hecho pensar y preguntarme qué demonios hago aquí, metido en este jaleo. Tal cual esperaba, sabe dónde tocar. Sobre todo, se ensaña con Leo: le recuerda su falta de logros a consecuencia de su incapacidad para conseguir algo por sí solo. Le ve débil, algo lejos de la realidad, pues yo a este vigilante le veo muy capaz de ir a cualquier guerra, sea cual sea, y alguien a quien tampoco debe de ser fácil intimidar.  

Leo contesta enfadado, haciendo ademán de levantarse de la silla, pero enseguida le sujeto. De ninguna manera podemos caer en sus provocaciones y menos tan pronto. Nuestras posibilidades de resolver este caso siguiendo las instrucciones de Sofía, si en verdad existen, pasan por tener paciencia y transmitir indiferencia. No hay por qué disimular el miedo; él ya sabe que lo tenemos. Es mejor dejarle hablar sin interrumpir. Si conseguimos mantenernos firmes, se irá enfadando más y más y, con ello, la misma ira le hará cometer errores. Nada irrita más al mal que ver que el tiempo pasa y no consigue sus logros cuando trata con humanos. Sabemos sus intenciones. Conocemos sus pretensiones: quiere hacernos entrar en el espejo y así entregarle nuestros cuerpos para que puedan ser poseídos. También puede ser que se conforme con vernos salir corriendo de esta harinera, zanjando así el problema que le hemos originado con las Almas aquí encerradas.

Ni se inmuta; sigue actuando igual. Ajeno por completo a la reacción de Leo, el demonio habla sin parar. Repite de forma distinta las razones por las cuales deberíamos dejar de molestarle, hasta que, por fin, deja caer el verdadero objetivo de tanta palabrería.

—… Claro que… ¿Tal vez si vierais el problema in situ…? ¿Si fuerais testigos presenciales de lo ocurrido aquí en aquel 1917…?

Su tono se suaviza. Continúa hablando sin dejarnos intervenir, pero ahora de forma más respetuosa: sin menosprecios ni amenazas. Trata de embaucarnos, sugiriendo de nuevo la posibilidad de que Sofía nos haya hecho creer unos hechos inciertos.

—Quizás los denominados buenos no sean tan buenos, y los malos no lo seamos tanto… —Argumenta el demonio, llevándose los dedos a las sienes, apurándonos a pensar.

Riéndose, alardea diciendo que, si él hubiese querido expulsar el Alma de Sofía con el fin de poseer su cuerpo, lo hubiese conseguido en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Joder! ¡Eso lo aprendí yo en primero! La persuasión nunca tuvo secretos para mí. ¡No la matamos nosotros!

¡Cielos! Acabo de darme cuenta de un error garrafal: lo que nos contó Sofía supone todo un desastre. Si de veras fueron los demonios quienes acabaron con su vida, toda mi teoría se derrumba. Mi trabajo estaba equivocado. Si ellos fueron quienes la acuchillaron, significa que… ¡El mal sí puede causarnos daño físico! ¿Cómo no lo vi en ese momento? ¿Cómo no caí en la cuenta cuando dijo que los demonios la habían matado? De golpe, sudo y tiemblo. La teoría en la que estaba más convencido puede ser errónea. Es un grave error de concentración que ha puesto en riesgo, en peligro de muerte, la vida de Leo y la mía. Por muy paradójico que suene, ahora mismo rezo porque sea Abezi-Thibod quien diga la verdad. Por lo más sagrado… ¡Que no fueran ellos quienes mataron a Sofía!

—Tranquilo, hombre, tranquilo. Que no… Que no te has equivocado. Ni vuestra querida Sofi ni yo os hemos engañado. Nosotros no la matamos. ¡Te lo juro! Lo hizo ella solita. Se clavó el cuchillo, así, sin más. ¿Qué oye, que a lo peor le achuchamos un poquito de más? Pues puede ser…, no te lo voy a negar, pero ¡tampoco era para tomárselo tan a la tremenda! Solo queríamos su cuerpo un ratito, nada más. Pero, nada, hijo, ella prefirió matarse antes de dejármelo. “Como no te lo quiero dar, hala, venga, me mato.” Un poquito drástica la niña, ¿no os parece?

Sin poder evitarlo, emito un sonoro suspiro de alivio ante la perpleja mirada de Leo. No estaba equivocado, aunque eso no significa que nuestra vida esté a salvo. Este caso vuelve a ser una partida cuyo ganador será quien mejor juegue sus cartas y para el perdedor…, seguramente, su última partida. Pero esto también significa que este demonio se entera de cada pensamiento nuestro. Yo no he comentado en voz alta el temor a que mi teoría estuviese equivocada y, sin embargo, él lo sabe. Está claro: no podemos ni siquiera pensar en una estrategia, porque se entera de todo. La manera de resolver este caso depende de que surja una oportunidad casual. Algo inesperado que haga cruzar a este engendro maligno al otro lado del espejo, dejándonos a nosotros dentro del despacho. Mientras tanto, toca seguir aguantando y rezar, porque la suerte nos eche una mano.

—Volviendo al tema, ¿de verdad no queréis ver lo que sucedió con Sofía? ¿Cómo murió? Así sabríais quién miente. —Vuelve a la carga Abezi-Thibod.

—No. No nos hace falta ir a ver nada. Queremos ver cómo dejas libres a todas estas Almas; eso sí lo queremos ver —le contesto enseguida sin mirarle.

—¡Ah! ¿Y por qué se supone que tendría que hacerlo?

—No sé. ¿Quizá porque no eres quién para retenerlas?

Ya. ¿Tú no eres muy consciente de lo que dices? ¿No? ¿Te has parado a pensar en el porqué de todo esto? ¿Desde cuándo se remonta este penal, por ejemplo…?

—¿Desde 1917? ¿No?

—¡Ah, claro! Esto comienza en 1917.

Me da igual cuándo empezara; queremos que os vayáis de aquí.

—¿Irnos de aquí? Pero, muchacho. Tú no sabes lo que dices.

—Explícamelo.

—¿Yo? Tú eres el profesional.

—Se dice que cuando os echaron del cielo, prometisteis regresar y presentar batalla con un gran ejército de Almas. ¿Es aquí donde las agrupáis?

—Tonterías.

—¿Entonces? ¿Por qué todo esto?

—Entrad en el espejo y lo veréis.

—No. Nosotros no nos movemos de aquí.

—Eres consciente de que mi paciencia tiene un límite, ¿no? —nos pregunta Abezi-Thibod, mientras, mirándonos fijamente, arrastra una silla hacia él con el fin de apoyar sus manos sobre el respaldo.

—Olvídate de vernos ahí dentro. No nos vas a engañar.

—¡Oh! ¡Qué disgusto! No los voy a poder engañar… ¿Y si…? ¿Si ya lo hubiera hecho? ¿Tenéis seguro donde estáis?

—Por supuesto, en la harinera.

—En la de antes o en la de ahora —ríe el demonio a carcajadas.

—Solo hay una; lo demás son paranoias que tú mismo generas.

—Cierto; solo hay una. Esa de la que nadie nunca sale portando la misma Alma con la cual entró. Tienes toda la razón.

¡Tocado! Lo reconozco. Este último comentario suyo me ha impactado. No sé qué contestar. Efectivamente, el despacho muestra un aspecto antiguo, con sus muebles, luces y olores del todo relacionados con los de aquella época de principios del siglo XX. También debe ser cierto que nadie salió de esta fábrica con su misma Alma. ¡Todos fueron poseídos! Y lo peor: el rostro, el aspecto, el gesto de este demonio ya es completamente el de eso… El de un ser demoníaco decidido a terminar ahora mismo con esta conversación, y quién sabe, si no también con nosotros. Tampoco veo a Leo capaz de aguantar mucho más. Lleva un buen rato en silencio y salta a la vista cuánto le impone la presencia de Abezi-Thibod y más cuando ahora, arrojando la silla lejos de él con un fuerte empujón, se acerca a nosotros.

Tras bordear la mesa, se sienta sobre ella, rozándose conmigo. ¡Quema! Cualquier contacto con él, por muy pequeño que sea, abrasa.

—¿Sabéis una cosita? Empiezo a estar un poquito harto de los dos —comenta, apartando la vista de nosotros y suspirando profundamente.

Su mirada se torna amenazante. Su puño se aprieta de nuevo y, denotando rabia, lo acerca y lo aleja a mi boca hasta rozar mis labios. Para nada disimula la fuerza con la que quisiera apretar unos dientes que, de seguro, ya no existen, mientras las facciones de su cara se endurecen por momentos según se acercan a las mías.

Su hedor corta la respiración y provoca náuseas. Espantado, me acerco a Leo, quien, inmóvil y pálido como un muerto, mira al demonio sin pestañear. No me golpea porque no puede, pues algo desconocido se lo impide. Si no fuera por esa razón tan inexplicable, estoy convencido de que sufriría las consecuencias de su repentino cambio de actitud. Seguramente ya conoce nuestro absoluto rechazo a cruzar el espejo. Nos habrá chequeado, habrá leído nuestros pensamientos, encontrando en ellos a cuánto nos arriesgamos si le hacemos caso. Ahora sabe que lo sabemos, que esperamos sus mentiras, su persuasión para hacernos caer en la trampa y todo esto le enfada.

De repente, los ojos de Abezi-Thibod se vuelven enormes, y sus labios son dos franjas deformes en una boca negra como el tizón, intentando pronunciar palabras incapaces de fluir. Airado, titubea. No es capaz de hablar y tanto intento en vano le desespera y ¡salta! Encolerizado va a pegarme, pero, deteniendo el puño a escasos centímetros de mi cara, lo desvía hacia la mesa, golpeándola con fuerza. ¡Está fuera de sí! La intensidad del golpe ha roto un pequeño trozo de la esquina de la mesa que cae sobre mi pie. Aprovechando la casualidad, enseguida pisa el trozo de madera situado encima de mi empeine, apretándolo con fuerza hasta que un crujido de huesos y un grito mío de queja le hacen abandonar. Una vez satisfecha su intención de hacerme daño, se levanta de la mesa y, alejándose unos pasos, emite una sonora carcajada.

—Bien, volvamos al tema que nos ocupa —indica el demonio con tono jocoso.

De espaldas a nosotros, Abezi-Thibod parece relajarse. Sin embargo, según se tranquiliza, una gélida sensación nos invade a Leo y a mí. Los muebles crujen, la luz pierde fuelle y el suelo cambia de aspecto, en tanto una voz de mujer se hace notar elevando el tono progresivamente.

—¡Ostras, mira! ¡El suelo no es el mismo de antes! —exclama Leo.

—Sí, tío; es idéntico al que teníamos en mi casa cuando era un niño.

Sí, sí. ¡Eso es! Es el mismo tipo de baldosa y ¡mira, mira! Tiene el mismo raspón que le hice yo a una de ellas jugando.

—¿Baldosas? En mi casa teníamos parqué. ¡Yo veo parque!

—Yo te juro que veo baldosas. Baldosas marrones. Y… ¿Esa voz? Esa voz parece la de mi madre.

—A mí me parece la voz de la mía. Mi madre, en una de las muchas regañinas merecidas que me echó por no hacerle caso. Incluso, ¡escucha! ¡Lo ves! Dice que ahora también la obedezca. Quiere que entre en el espejo. Que le haga caso porque será lo mejor para mí.

—La mía también dice lo mismo… ¿Tendremos que entrar? ¿No? Si lo dicen nuestras madres desde el más allá… Nos querrán ayudar… Tampoco tenemos muy claro si es Sofía quien miente o dice la verdad.

—Espera. Esto no puede ser; no es real. Este bicho está jugando con nosotros…

—Pero… ¡No, no, no! Mira, huele el aire. Huele idéntico a como olía mi casa. Un olor que no he vuelto a encontrar en ningún sitio.

Leo tiene razón: en el despacho hay un aroma que evoca el primer hogar, cuando, de pronto… —¡Mi cochecito! ¡Mi juguete preferido! Un cochecito de juguete, con la forma de un Lancia Stratos, rueda por delante de nosotros, adentrándose en el espejo y desapareciendo dentro de él.

—¡Míralo! Se ha metido dentro del espejo. ¡Voy a cogerlo, es el mío!

Antes de que yo pueda reaccionar, Leo corre hacia el espejo. Está convencido de que esa falsa visión en forma de cochecito es aquel juguete con el cual él jugaba de niño. No va a dudar en meterse en el espejo a buscarlo. Debo impedirlo: todo esto es una simple ilusión generada por la malvada mente de Abezi-Thibod, con el fin de poseer nuestros cuerpos. Pero… ¡Acabo de caerme al suelo! ¡No voy a llegar a tiempo! El dolor al apoyar el pie es grande. Antes de caerme, he sentido un ligero y extraño empujón en el momento adecuado. Por ese empujón estoy ahora así. Pero… ¡Algo no me deja levantarme! ¡Me sujeta las piernas! ¡Leo se ha dejado engañar y ya está a punto de atravesar el espejo!

—¡No! ¡Quieto, aléjate de ahí!grita Sofía, apareciendo de pronto.

Sin encomendarse a nada ni a nadie, el Alma de la muchacha agarra la cazadora del vigilante. Decidida, tira de él con fuerza, provocando que el cuerpo de este convulsione airadamente. A consecuencia de esa misma sacudida que surge al tocar un Espíritu, veo cómo Leo se desmaya y cae al suelo, pero… ¡Con una mano dentro, atravesando el cristal! El demonio se acerca a ellos, mientras yo trato de agarrar la otra mano de Leo para, arrastrándole, separarle del espejo. ¡Imposible! Tras alejar a la muchacha gracias a una fuerte bofetada, Abezi-Thibod se arrodilla junto al vigilante. Sin dejar de mirarme, le susurra algo al oído. Él sabe que yo poco o nada puedo hacer así, tirado en el suelo. Lo que le haya susurrado funciona: Leo se dirige al espejo avanzando muy despacio y de rodillas. El demonio sonríe. Situado ahora a mi lado, se cruza de brazos, observando y animando a Leo para que llegue cuanto antes a tocar el cristal.

—¿Ves cómo lo hace? Humillante, ¿verdad? Pues prepárate, luego vas tú. —Alude el demonio, contemplándome con desprecio.

De improviso, y sin habernos percatado antes de sus movimientos, Sofía vuelve a intentarlo y consigue interponerse en el camino del vigilante. El demonio se enfurece. Aprovechando el desconcierto, que incluso también me libera a mí, corro hacia Leo. Está aturdido, pero al menos me reconoce, y responde a mis intentos de alejarle del espejo. De un solo empujón, el demonio sitúa la mesa delante de nosotros, impidiéndonos el paso. Fuera de sí, se nos acerca deprisa, convertido en una horrible presencia. La situación nos obliga a mover la mesa y refugiarnos tras ella. Él y nosotros la empujamos. Sin embargo, Abezi-Thibod es mucho más fuerte y nos retiene contra la pared. La empuja con violencia, golpeándonos los muslos y las rodillas sin compasión.

—¡Entrad en el espejo! ¡Que entréis en el espejo, joder! —exclama con un grito aterrador.

De repente, no estamos solos: las muchas Almas atrapadas en este penal de Ánimas están junto a nosotros. Unas se dejan ver, otras se sienten y todas…, todas empujan a una la mesa contra el horrible cuerpo de un Abezi-Thibod, al borde de estallar desbordado por la ira. Poco a poco, la mesa comienza a moverse en la otra dirección. Él es fuerte, sí, muy fuerte, pero solo no puede sujetarnos, y la mesa se arrima lentamente a sus piernas, obligándole a retroceder. Miro al espejo: ¡el cristal se ha llenado de muchas sombras negras tratando de salir! Este engendro del mal va a recibir ayuda en pocos segundos. Si eso pasa, estaremos perdidos.

—No os va a dar tieeempooooo —chilla el demonio con ironía.

El caso se complica, aunque, en un momento, y gracias al valiente gesto de una de las Almas, presa en este penal de Ánimas, todo cambia. Saliendo de nuestro lado de la mesa, la figura de un Espíritu llega deprisa hasta Abezi-Thibod, enzarzándose en una pelea imposible de ganar. De inmediato, el resto de las Almas se implica en la contienda. Algunas salen despedidas y visiblemente heridas. El griterío es infernal: ¡jamás había escuchado un sonido tan espantoso! El demonio sufre: ahora ellas resultan demasiado fuertes. Aun así, vende cara su derrota. Pero sí, pasito a pasito, retrocede. ¡La espalda de Abezi-Thibod toca el espejo! ¡Esas Ánimas quieren echarle de la fábrica! Sin embargo, pese a tenerlo casi derrotado, no pueden empujarle más; solo sujetarle. Están tratando de que suelte a una de ellas. El demonio la sujeta fuertemente, haciéndola retroceder con él. Sabe que las Ánimas no permitirán que ninguna de ellas vuelva a entrar en el espejo. A toda prisa me acerco. Esto va a doler, pero…

Sin pensarlo más, somos Leo y yo quienes tratamos de separar al Ánima retenida por los brazos de Abezi-Thibod. ¡El dolor es enorme! ¡Queman al tocarlos! Además, la contienda genera un hedor inaguantable. Es el olor de la descomposición, de la putrefacción pura y dura, que, convertida a estado líquido, nos salpica la cara. ¡Es don Jaime! ¡El Alma que se ha lanzado a tumba abierta contra todo un demonio es don Jaime! Él me mira. Sus ojos horrorizados ven nuestros cuerpos temblar. ¡Nos están machacando! ¡No podemos soltarlo! El demonio se aferra fuertemente a él, sabedor de que es su última esperanza. Su propio cuerpo tapona la entrada a las sombras negras del espejo. Se sabe perdido. El último dueño de esta harinera intenta decirme algo en el fragor de la pelea. El ruido es tan ensordecedor que me obliga a pegar mi oído a sus labios.

¡Empujadme! ¡Empujadme al espejo! La culpa fue solo mía. No privéis a los demás de alcanzar la gloria. ¡Empujadme! ¡Meternos en el espejo, despedazar el cristal y voltear el reloj de arena! —grita desesperado.

—¿Estás loco? ¿Y tú qué…? —contesto ya casi desorientado, con todas mis articulaciones temblando y las dudas creciendo por momentos.

¡Hacerlo! ¡Acabad con esto ya! —suplica resignado don Jaime.

Leo y yo nos miramos. Tengo el reloj de arena cerca y…

Ahora, tiempo después de aquella historia de fantasmas, dura e interminable como ella sola, todavía me estremezco al recordarla. Fue algo increíble. Tan increíble, que hasta a mí mismo aún me cuesta creer que lo allí sucedido ocurriese de verdad.

Pocos meses después de terminar el caso, regresé a aquella harinera.  Leo ya no trabajaba en ella; consiguió jubilarse y ahora vive bastante lejos de aquí. Desde el coche todo se veía igual. Todo igual, salvo una cosa: nada más verme, varios vigilantes de seguridad corrieron hacia la puerta donde yo estaba. En principio me asusté; casi todos estaban armados, y se acercaban con cara de muy mala leche. No podían permitirme el paso: ¡Tengo prohibida la entrada!

Me quedé de piedra. Enseguida pregunté cuál era la razón de semejante tontería. No entendía cómo, si la harinera ahora estaba convertida en un museo, en un lugar abierto al público, por qué yo no podía entrar. Momentos después, un hombre que sí rondaría los setenta años, de presencia intachable, reloj de oro en la muñeca y enorme puro en la boca, me enseñaba un papel judicial. En él aparecía mi nombre completo junto a la orden de prohibirme el paso a cualquier parte de la fábrica. El hombre, esbozando una sonrisa irónica, se acercó a mí.

—Fue sencillo volver al principio. Este lugar llevaba en marcha más siglos de los que tú puedas imaginar. Cuando aquel mierda de vigilante y tú empujasteis al Jaime de las narices dentro del espejo, rompisteis el cristal y girasteis el reloj, sí, por supuesto, liberasteis a todas las Almas aquí atrapadas. Te felicito por ello, ¡gran trabajo! Pero esto… ¡Déjame ver cómo te lo explico! ¿Sabes? Con todo aquel esfuerzo, con todo lo que os costó, en realidad…, no conseguisteis nada. Ya lo ves, mira a tu alrededor. Aquí estamos de nuevo, almacenando otras Almas nuevas, pero tal y como estábamos aquel día. ¿En serio pensaste que se acabaría así, tan fácil? No, hijo, no. Tú no lo entiendes, pero acabar con algo que se remonta a la misma madrugada de la crucifixión no es tan sencillo.

Estoy deseando que regreséis. Tenéis que rescatar a vuestro amigo. Lo haréis, ¿no? Lleva atado a una columna desde entonces. Después de empujarlo a los infiernos, es lo mínimo que podéis hacer, ¿no te parece? Por cierto, espero de vuelta pronto aquel cuaderno de tapas marrones. Hay quien dice que te lo llevaste tú.

—Dicho esto, el hombre se alejó de mí sin despedirse, sin mirarme tan siquiera y emitiendo una sonora carcajada, que, helándome los huesos, me resultó del todo familiar…

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**SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL M-002558/2025