CUSTODIO

Diez de la mañana de un día cualquiera. El aire acondicionado consigue que la espera dentro de los Vips resulte agradable, aunque mi cita lleve más de media hora de retraso. Es entendible: verano, cambio de mes y, ¡cómo no!, los atascos en las carreteras deben de ser formidables. Además, a Elías le bastó comentarme solo por encima su problema, para que ya desde esa primera conversación telefónica aceptase atender su caso. Me pareció alguien serio, a quien este mundo de los Espíritus le sorprendió, frustrando su ilusión por la cual venía luchando desde hace años atrás. Su problema me llamó tanto la atención que ese mismo día, en cuanto entré por la puerta de casa, revisé mi copia del plano del Madrid antiguo realizado por Pedro Teixeira, allá por el siglo XVII.

Ahora, aquí sentado con el café americano y mis apuntes sobre la mesa, espero, confieso que con cierta impaciencia, la llegada de Elías. Tanto en el plano de Teixeira como en otro libro dedicado a la historia de Madrid y sus calles, averigüé datos que podían ser la clave de su problema. Al día siguiente de nuestra conversación telefónica, sacando tiempo de donde no lo tengo, me fui a visitar una maqueta del Madrid de aquellos años situada en un conocido museo. También coincidía: Justo en el terreno donde Elías ha edificado su nueva residencia, existió siglos atrás un pequeño convento dedicado a un santo con mucha devoción entre los madrileños de entonces. De ahí puede ser que venga el sonido de campanas que dice escuchar todos los días a las seis de la mañana, y la presencia vestida de monje que merodea noche y día por el jardín de su casa, siempre a las mismas horas.

Mediante un mensaje de WhatsApp, Elías confirma su llegada a los Vips. Se le ve un tipo tranquilo, de alrededor de sesenta años, bien vestido, arquitecto de profesión y aficionado ocasional de los temas paranormales: lee, escucha o ve lo que se le pone delante, porque él, salvo el fútbol, que le gusta seguirlo desde la tranquilidad de casa, no es persona de otras aficiones. Nunca antes tuvo experiencia alguna con Espíritus, ni tampoco la quería, pero ahora está al cien por cien seguro de estar viviendo una:

Ya cuando compré el terreno y empezamos a edificar la que hoy es mi casa, fuimos desenterrando objetos, sobre todo religiosos, además de otras cosas que daban a pensar sobre lo que allí habría construido años o siglos atrás. No me pareció ni bueno ni malo, pero nunca imaginé las consecuencias que puede ocasionar plantar tu casa en un lugar sagrado. Allí se oyen campanas, huele a incienso, oigo cánticos gregorianos, puertas abrirse y cerrarse golpeando al final y lo peor: ¡por mi salón se pasea un monje!

Sí, hay un monje que con toda la naturalidad del mundo aparece varias veces en un mismo día. Concretamente, aparece cuatro veces, siempre cuatro veces y siempre todos los días; sin faltar ninguno. La primera, después de escuchar las campanas de las seis de la madrugada que, por supuesto, no existen, no hay ninguna campana en la casa y la más próxima está a cincuenta kilómetros y no tocan a esa hora, ya lo he comprobado. La segunda lo hace justo al mediodía, a las doce de la mañana. La tercera vez que este Espíritu se deja ver ya es a la caída del sol, a las seis de la tarde. Y la última de las veces del día es a las nueve de la noche. Que yo me pregunto, como un ignorante que soy del tema, ¿estos seres no se aparecen por la noche? ―pregunta Elías a poco de comenzar la charla.

―Eso de los Fantasmas por la noche fue implantado gracias a la imaginación de los primeros escritores de terror, que luego perduró debido a las muchas novelas y películas de cine que sobre este género se hicieron. Puedo decirte que los grandes “encuentros” registrados, por ejemplo, en los archivos del mismo Vaticano, ocurrieron tanto de día como en horas nocturnas. Un Ente no necesita una noche envuelta en una gran tormenta para aparecerse. Lo que ya creo poderte explicar es que el Alma de tu monje se aparece justo en las llamadas horas canónicas. Las denominadas como Prima, Sexta, Vísperas y Completas son parte del horario que rige los oficios religiosos en los conventos. ―Le respondo tratando de ganarme su confianza.

Durante nuestra charla comparto con Elías lo descubierto acerca del pequeño convento ya desaparecido. Le muestro la ubicación donde fue construido y leemos su historia en la tablet. Al ver la antigua localización del edificio religioso, mi acompañante sonríe: supone un alivio, pues, al menos, esto da una primera explicación a sus problemas; aunque resulte algo de locos…

―¡Ya sabía yo que nadie se iba a colar en mi casa solo para pasearse por ella entonando cantos gregorianos!

Anticipándose a mi idea, me propone no perder más tiempo y vernos en su casa a primerísima hora. Quiere empezar ya, y le gustaría que yo estuviese presente cuando mañana vuelvan a sonar las supuestas campanas y, sobre todo, para asistir juntos a la aparición del monje. Sin dudarlo, secundo la idea. Al día siguiente me tendrá allí antes de que amanezca. Tengo claro que apenas voy a pegar ojo esta noche pensando en este asunto. De siempre me atrajeron los temas religiosos antiguos y más, si vienen acompañados por alguna leyenda o, como es el caso, por algún Espíritu.

Rondando las cinco y cuarto de la madrugada, toco el timbre de la casa de Elías. Enseguida la puerta se abre y, al final de un camino de piedra, le distingo en la entrada de una casa de esas que yo pensaba que solo existen en las películas. Por suerte, el aroma a café se nota nada más entrar, y con ello crecen mis posibilidades de tomar un americano bien calentito antes de empezar. 

―Sí, he puesto una cafetera, mientras hacía también unos croissants; en algo tenía que matar el tiempo, porque lo de dormir en estas circunstancias es complicado. Si te parece, desayunamos junto a aquella ventana; es donde más se escuchan las campanas y también desde donde mejor se ve al Espíritu del religioso.

Aunque hablamos sin parar durante el desayuno, ambos estamos mucho más atentos a los ruidos que a la propia conversación. Además, la voz de Elías se escucha más temblorosa a medida que las manecillas de un reloj de pared, situado enfrente de nosotros, se acercan a las seis en punto. Justo a la hora, el repique de campanas no se hace esperar. Sin embargo, me sorprende mucho porque, que yo sepa, no es así como suena convocar a Prima. El tañido de campanas de las seis de la mañana son seis toques seguidos y lo que hemos escuchado es bastante más inquietante. Sonó un repique suave de tres toques, seguidos de una pequeña pausa para volver a tañer otras tres veces, detenerse de nuevo y repetir la secuencia una tercera vez, o lo que es lo mismo, ha sonado el toque de Ánimas: aquel que nos pide detenernos, dejar todo y rezar una oración por los difuntos. Pero… ¿El toque de Ánimas no se realiza al anochecer?

¡Mírale! ¡Por allí va! ¿Es o no es el Espíritu de un monje?

Efectivamente, no hay duda. A través de la ventana podemos ver cómo, tras surgir de la nada, con el capuchón sobre la cabeza y las manos cruzadas ocultas bajo el hábito negro que le envuelve, la evidente Alma de un monje avanza despacio por el jardín. Al mismo tiempo, en el interior de la casa nos quedamos en penumbra; las lámparas han perdido intensidad de repente. Un fuerte olor a incienso impregna el aire, mientras las paredes se cubren de oscuras sombras. ¡Sombras con forma humana! Sombras entonando unos aterradores cánticos en latín.

Fuera, sigue estando el Espíritu del monje. Su figura oscila lentamente a cada paso, se difumina y recobra la nitidez de inmediato, a la vez que los cientos de puntos de luz que forman su contorno centellean sin descanso a voluntad propia.

¡El monje se ha detenido frente a la ventana donde nos encontramos! Permanece quieto y erguido. Una de dos, o nos está retando o quiere que seamos conscientes de su presencia. Si es lo primero, tenemos un problema. Si es lo segundo, esto se anima, pues algo quiere decirnos, mostrarnos o pedirnos, quizá relacionado con el trozo de tierra que ahora pisamos. A pesar del miedo y la impresión que me envuelve, mi entusiasmo crece al observar que el monje lleva inscrita en el pecho del hábito la letra “Tau” en color azul. Decimonovena letra del alfabeto griego, también conocida como la Cruz de San Antón; fue el símbolo escogido por las órdenes monásticas franciscanas y, ¡cómo no!, de San Antonio. Convento, monje, hábito negro y cruz “Tau” son detalles mencionados en una antiquísima leyenda. Un mito que habla de la existencia de los monjes custodios de una pieza sagrada; unos monjes que guardan aún hoy en nuestros días alguna de las siete grandes reliquias religiosas que jamás han visto la luz.

Viendo a Elías fuerte, nos dirigimos al jardín. Quiero acercarme al monje y conocer sus intenciones. Sin embargo, según vamos cruzando el salón, las sombras forman un tumulto y, surgiendo de todas partes, se abalanzan sobre nosotros. ¡Quieren impedir que salgamos! Pretenden agarrarnos, pero es como si no pudiesen, aunque siento en la piel sus fallidos intentos en forma de arañazos. Los cánticos elevan el tono; suenan tan fuertes que aturden. Parecen alaridos de lamento. ¡No podemos avanzar! Estas sombras han tomado vida y con sus aspectos cadavéricos vienen despavoridas a por nosotros. Salen de todos lados. ¡Dios, no dejan de venir! No sé si tienen dedos o garras, pero sus arañazos duelen como si me arrancaran la piel a tiras. Veo a Elías caído en el suelo rodeado por un montón de sombras.

El ataque cesa con la misma celeridad con que ha surgido. Las sombras se detienen como si hubiesen recibido una orden directa y se retiran de inmediato. Silenciando al unísono cánticos y gritos, se dirigen en fila de a uno a la pared, desapareciendo tras ella con la misma sencillez que si cruzasen una puerta. Antes daba la impresión de que luchábamos contra muchas de ellas y, sin embargo, ahora, al volver camino de la pared, solo he contado doce sombras y ya sin ese aspecto cadavérico tan espantoso.

Recuperado el resuello a duras penas, enseguida me acerco a Elías. Al mirarle, no me lo creo, no tiene ni un rasguño y yo…, tampoco.

Tranquilo, estoy bien. No me han hecho daño, solo querían levantarme. ―Afirma Elías.

―Pero… ¿A ti no te han arañado?

―Creía que sí. Me daba esa sensación, pero, ya lo ves…, no me han hecho nada. Y fíjate, cuando tropecé, un montón de bichos de esos se agacharon y me agarraron. Yo pensaba que me iban a despellejar vivo y, no, no tengo ni un rasguño. Por cierto, ¿qué carajos son estas cosas y por qué todo esto?

Tres golpes secos me impiden contestar. ¡Es el monje! Continúa en el jardín, frente a la ventana, golpeando con un palo sobre el cristal. Lo toca tres veces seguidas, suave, dejando margen entre un toque y el siguiente, se detiene y luego vuelve a repetir la misma operación otras tres veces más. ¿Qué pretende?

Decididos, y sin quitar ojo a la pared, nos dirigimos hacia él: creo que nos está invitando a hablar y, por supuesto, no vamos a dejar pasar la ocasión. Lo primero será preguntarle el motivo de su presencia y atender la causa por la cual se manifiesta. Pero por otras experiencias de este tipo sé que los Espíritus de religiosos también responden a preguntas ajenas al caso a resolver. Algo que, para un estudiante de todo lo relativo al Alma como yo me considero, resulta toda una oportunidad. Cuando estas Ánimas cruzan la frontera y regresan a este lado de los vivos, se prestan a comentar, e incluso debaten, acerca de los misterios que rodean su mundo y sobre aquello que a todos nos espera cuando se nos acaba la vida.

Pero nada más lejos de la realidad: cuando llegamos delante de la ventana, ya no hay nadie. Tras recorrer de arriba a abajo varias veces el jardín de la casa de Elías, nos damos por vencidos. El monje se ha ido con el mismo sigilo con que llegó. Confundido al no entender nada, regresamos a la casa a ver si, con un poco de suerte, el monje regresara de nuevo…

¡Mira allí! ¡Encima de la roca! ¡Es él! ¡Es el monje! ―señala Elías.

Tiene razón, está allí, sentado sobre una roca del jardín, situada cerca de la casa. Por la actitud que muestra ahora el monje, parece que esta vez sí que llega la hora de la verdad; juraría que nos espera. Sin perderlo de vista, nos aproximamos a él. Ya frente a frente, y a tenor de su postura, debe de preferir mirar al suelo.

El miedo se ha vuelto respeto, por lo menos dentro de mí. Sin saber quién fue ni qué pretende, este Espíritu te cambia pánico por estima en cuestión de segundos. De la nada siento aprecio y admiración hacia él. Desconozco el porqué, pero es un sentimiento de cariño y respeto grande. Un sentimiento similar al que guardo de mis primeros profesores del colegio. ¡No sé! Será parte de ese poder tan sensacional atribuido a las Ánimas buenas.

Durante unos minutos, disfrutamos de todas las sensaciones, a cual más maravillosa, que el monje transmite. No le ha hecho falta ni pronunciar una sola palabra para hacernos sabedores de su intención. Mentalmente, nos acaba de confirmar la veracidad de un increíble enigma. Su voz ha sonado dentro de nuestras cabezas revelándonos un gran secreto a través de una impresionante historia. Una trama que nuestro pensamiento nos proyecta como si fuese un recuerdo. Como si Elías y yo lo hubiésemos vivido en otra vida, como si una vez, hace miles de años, hubiéramos formado parte de aquella historia. Una leyenda de monjes con espadas, de sangre y muerte en tiempos remotos, cuyo verdadero protagonista llegó hasta nuestros días hecho misterio. Una incógnita tachada de pura fantasía, incluso, conociendo la jugosa recompensa que todavía se ofrece hoy en día a quien aporte datos. Terminada su explicación mental, el monje se aparta dejando ver sobre la roca el objeto del misterio: La denominada Fuente Q.

¡Es increíble! Estamos frente a uno de los libros más enigmáticos y anhelados desde que el mundo es mundo. Un montón de pergaminos unidos sencillamente por una serie de cuerdas gruesas y envueltos en un arcaico paño de tela marrón. ¡Parece un sueño! Con un gesto, el monje me pide que sea yo quien hable a Elías de la denominada Fuente Q. (Lo cual, si me permiten ustedes, haré ya escribiendo en tiempo real y con todo lo aprendido aquel día.)

La Fuente Q es un texto que data del siglo I d.C., escrito en arameo por san Mateo y san Lucas, de larga extensión y que fue y es considerado como una de las siete reliquias religiosas jamás encontradas. En estos textos se recopilan y describen de puño y letra de su escritor, frases, dichos y hechos de Jesús, justo en el momento en que se produjeron y tal y como sucedieron. Observando la Fuente Q con atención, intuyes que en su principio debió de ser un conjunto de pergaminos convertidos, siglos después, en un maravilloso códice elaborado de forma rudimentaria. El misterio y de aquí el afán de tantos y tantos por encontrarlo, o por conseguirlo ofreciendo desorbitadas recompensas, viene dado por su contenido: “Lo impreso en ella acabará de una vez y para siempre con los falsos modos de entender y afrontar la vida”.

Según comentó el monje, San Mateo escribió de boca de Jesús de Nazaret quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos. Incluyó todas las herramientas físicas y psíquicas que nuestro cuerpo alberga; algunas de ellas, aun hoy en día, son cualidades totalmente desconocidas. Dedica gran parte de esta obra a explicar la razón de nuestra existencia, tal y como Él, Jesús, se la explicó a sus seguidores en el famoso Monte de los Olivos.

Por nuestra parte, Elías y yo apenas pudimos leer algo de la Fuente Q, dado nuestro pobre conocimiento del arameo antiguo. Ahora, eso sí, nos bastó con tocarlo un momento para que una dulce sensación de bienestar calmara nuestras emocionadas mentes. Pasar las hojas manchadas de ese códice, plagadas de anotaciones y tachones, nos puso el vello de punta a los dos. Teníamos en la mano el que se considera el primero de los cinco evangelios canónicos, contando este, y el que se dice que alberga la verdad absoluta.

Al mismo tiempo que nos deleitábamos mirando cada pergamino, conseguimos confirmar la teoría en torno a la cual nos apoyamos cuando empezamos este caso. En efecto, sobre el terreno donde hoy en día luce la espectacular casa de Elías, siglos atrás existió un convento. La residencia de unos frailes quienes, además de su dedicación a la vida monástica alejada de los placeres mundanos y su constante e incansable auxilio a los más necesitados, realizaban otra labor oculta a los ojos de todos: Custodiaban una importante reliquia.

Aparte de todo lo que implica estar frente a un Espíritu, lo más sorprendente vino cuando el monje, rodeado por las doce sombras aparecidas y siempre mentalmente, le explicó a Elías la razón de tanto susto y molestia. La explicación no empezó nada bien. Como vulgarmente se dice, la primera la pegó en la frente: Elías tenía que cambiar de casa. Obligatoriamente, debía marcharse a otro lugar, ciudad o país, llevando consigo la Fuente Q. El último custodio había fallecido hace pocos meses y, por una razón que no puedo comentar en estos escritos, Elías pasaba a ser el elegido para custodiar el códice. Al parecer, el paradero de La Fuente Q había sido descubierto y, en breve, vendrían personas interesadas, curiosos y fanáticos con la idea de apropiarse de él. Algo que no debía ocurrir, pues a palabras del monje, todavía no es el momento para que su contenido vea la luz.

Hasta que ese día llegue, Elías nunca podrá enseñar a nadie el códice. Ni su mujer, ni ninguno de sus hijos, ni ninguna otra persona conocerá su labor de custodio. Tampoco podrán saber el más mínimo detalle acerca de la gran reliquia. Su vida cambiaba a partir de ese momento y con ello, nada le faltará, aunque a ojos de los demás seguirá siendo el mismo hombre de antes. Una vez terminó el monje de explicarle todo a Elías, nos concedió unos pocos minutos para volver a disfrutar del códice. Un tiempo que aprovechó para, sencillamente, desaparecer junto a las sombras y no volver a dejarse ver.

Aquellas viejas leyendas de antiguas reliquias, de monjes custodiando un conocimiento todavía prohibido, acaban de quedar demostradas; o, al menos, una de ellas. Existe un saber oculto, y esa especie de libros de instrucciones ya no está en manos de frailes, monjes o grandes reyes o guerreros, sino en manos de personas simples y humildes como cualquiera de ustedes. Según palabras del monje, importamos más de lo que pensamos y se cuenta con todos nosotros. Tanto importamos y tanto se nos tiene en cuenta que, en cualquier momento, seas quien seas, tengas la edad que tengas o sea cual sea tu profesión, puedes ser llamado. Se te puede requerir para algo que jamás ninguno hubiéramos imaginado. Yo pensaba que últimamente los Espíritus regresaban para ayudarnos, y hoy veo que también lo hacen para confiarnos la misión de perpetuar la continuidad de un legado. En mis anotaciones queda reflejado que la relación de Alma con la persona da otro paso adelante y se estrecha. El misterio avanza, algo nuevo se nos viene encima y, en cada caso terminado, salgo más seguro de ello.

Un cartel de “se vende” en la puerta de la casa de Elías, completamente cerrada, confirmaba que ese hombre, que llegó con retraso y todo apurado a nuestra primera cita, había aceptado su maravillosa nueva misión. ¿Quién no la aceptaría? Pero por si acaso yo todavía no estaba enterado, hace poco, en mi email recibí un mensaje en el cual podía leerse:

“Recién instalados. Comienzo la misión, ¡Dios me ayude! Las sombras se vinieron conmigo y, en cambio, tú y yo nunca volveremos a vernos. Como bien sabes, no te puedo contar ni dónde estoy tan siquiera. Yo seguiré sabiendo de tus andanzas por la página web. Cuídate mucho, amigo, y gracias por todo.”

Ahora, después de todo esto y volviendo a casa con la satisfacción de la experiencia vivida, toca ver qué me deparará el próximo caso, si es que lo hay. En fin, Elías tiene ahora su misión y la mía…, pues quizás solo consista en esto, en participar, en ayudar a que la comunicación entre “Ellos” y nosotros pueda producirse y así, aportar mi granito de arena cuando toca resolver una nueva historia de Fantasmas. ¡Mucha suerte, amigo!


***SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL M-