CRISTINA

Ya son más de tres horas las que llevo esperando algún indicio que confirme los supuestos hechos, nada normales, que al parecer ocurren en esta casa. Me encuentro con Elvira, propietaria de esta vivienda situada en un barrio de Madrid. Ella es una mujer en cuya vida el dolor y la tragedia se ensañaron sin piedad. En diciembre del 2014, falleció su marido a causa de una larga y terrible enfermedad. Pasado un tiempo, el 19 de marzo del 2020, su hija Cristina entraba por su propio pie en las urgencias de un hospital, aquejada de una supuesta gripe. Tres días más tarde, Cristina pasaba a engrosar la lista de fallecidos por COVID-19, con tan solo 27 años. Elvira se quedaba sola.

A pesar de semejantes varapalos y de muchos meses sin sentirse persona, Elvira consiguió, más o menos, rehacer su vida. Cuando está acompañada, y para no escuchar ya más palabras de aliento y consuelo, se refugia tras una careta invisible que oculta su verdadero estado de ánimo. Luego, cuando se queda sola, regresan las ganas de llorar…  

―¿Qué otra cosa puedo hacer? Esto mío ni se pasa ni se cura. ―Afirma Elvira, encogiéndose de hombros.

Pero, en contra de lo que cabía esperar, a Elvira se le acaba de plantear otra nueva situación más dura y difícil de tratar. Un asunto insólito, surgido por primera vez hace poco menos de un mes, y que, de no solucionarse pronto, ―según ella misma asegura―, acabará con sus huesos en la tumba. Por este motivo estoy aquí y, en mi opinión, debo reconocer que lo que veo impresiona bastante. Si realmente esto es lo que parece, todo cuanto tiene de trágico lo tiene también de fascinante. Pero lo primero es comprobar su veracidad y determinar si este suceso en verdad surge de manos de un Espíritu.

Yo no estoy muerta.”

Esta es la frase que puede verse escrita en el cuarto de Cristina. Apareció al siguiente día de haber sacado toda su ropa y demás pertenencias de la habitación. Pintada en la pared, su color y textura sugieren que fue realizada con restos de humedad esparcida por la pared. Antes de encerrarnos en esta habitación, Elvira y yo borramos este supuesto mensaje a base de mucho rascar. Sin embargo, estas cuatro palabras es la quinta vez que aparecen y, pese a ser eliminadas, regresan una y otra vez. Resurgen de forma inquietante, pues a través de fotografías se puede comprobar que hay trazos en las letras que, aunque casi idénticos, muestran sutiles diferencias. Además, en algunas ocasiones hemos necesitado de una escalera para llegar a quitarlas y, en otras, nos ha tocado arrodillarnos.

Ahora, en silencio, esperamos acontecimientos. El día termina. Elvira comenta con voz emocionada las muchas mañanas, tardes y noches que se pasó entrando y saliendo del cuarto de su hija Cristina a cada poco. Trataba de averiguar cuándo, en qué momento, el Espíritu de su hija regresaba a casa.

―Lo escribe cuando yo estoy dormida ―apunta resignada la dueña de la casa.

Todo indica que se avecina una noche larga cuando, de repente, la luz del cuarto se apaga. Resulta extraño: fuera, los apliques del pasillo continúan encendidos. No veo a Elvira, solo la siento revolverse en su asiento. Oigo su respiración y cómo se acelera por momentos. Titubea, se levanta, va y viene sin pronunciar palabra, recorriendo el cuarto de forma precipitada. Fruto de la tensión, cae al suelo sin emitir queja alguna. Preocupado, intento encender la luz y no responde. Pienso que es buen momento para detener esta primera comprobación, descansar durante unos minutos y, si lo veo necesario, aplazar este caso a otro día; su salud es lo primero. En cambio, algo me hace detenerme: justo cuando voy a levantarla del suelo, oigo su voz:

―Antonio, ¿te has caído, hijo? ¿Necesitas que te ayude?

Sus preguntas me frenan en seco y trago saliva. Es un poco tarde, pues tengo los brazos extendidos y mis manos rozan un cuerpo. Si no es ella, entonces… ¿Quién diablos está en el suelo? ¡Hay alguien ahí! Y si lo que escucho no es la respiración de Elvira, ¿qué es? Tanteo un poco más y apoyo la mano sobre lo que juraría que es un hombro. Enseguida siento esa sensación de dolor que produce el simple roce con el aura de un Alma. ¡Es un Espíritu! Un Ánima fría como un témpano.

Lejos de haberse marchado, dejamos simplemente de oírla. Sigue delante de mí y parece cada vez más alterado. Tanto que, de manera brusca, se pone de rodillas y coloca una mano sobre mi pierna. Está muy nervioso y temo que pueda hacernos daño. El contacto resulta insoportable. Trato de moverme y zafarme de él. Urge que me acerque a Elvira y le explique lo que ocurre, procurando que el susto no desemboque en algo peor. Pero… ¡Dios! Aprieta fuerte, no puedo moverme y este frío, el frío de esa mano me está quemando…

―Mamá… Mamá… ¿Eres tú? Estoy en casa. ―Irrumpe una voz atronadora, haciendo retumbar todo el cuarto.

El Alma arrodillada junto a mí revela su presencia, al tiempo que resuena un golpe seco y la luz regresa. Ya no está. En el cuarto solo permanecemos Elvira y yo, aunque ella ha caído desmayada de la silla. Por suerte, la mujer es fuerte y no tarda en reponerse, pero las palabras que balbucea a continuación me ponen el vello de punta:

―Cristina. Es mi hija Cristina ―comenta a duras penas Elvira, mientras observamos el “Yo no estoy muerta” escrito de nuevo en la pared.

Sin levantarnos del suelo, nos tomamos unos minutos para reponernos. Elvira insiste en que aquel Espíritu, que llegó a apoyar su mano sobre mi pierna, se trataba de su hija. La voz era la suya: el tono, la forma de llamarla e incluso la manera de preguntar.

―Ese “estoy en casa” lo decía siempre nada más llegar de la calle y cruzar la puerta ―añade sin dejar espacio a la duda.

Sin salir de su asombro, repite nerviosa una y otra vez: «¿Cómo puede ser?», una pregunta lógica tras haber vivido el primer contacto directo con las Ánimas. Le preocupa mucho si su Cristina se habrá marchado disgustada. Se tacha de tonta por no haberle respondido y, ansiosa y sin mostrar ningún temor, insiste en repetir y afrontar de nuevo la experiencia cuanto antes.

―¡Es mi hija! ¡Qué daño me va a hacer! ―

Le aterra la posibilidad de no disponer de otra oportunidad para hablar con ella. Pese a ello, los nervios de Elvira me preocupan: es evidente que no están para muchas impresiones más, así que, de momento, aplazamos una hora la continuación del caso.

Después de esos minutos de descanso, durante los cuales hablamos de todo lo que conlleva este mundo de los Espíritus, encuentro a Elvira más fuerte y preparada para lo que, ojalá, sea el segundo encuentro con su hija. Ya estamos otra vez dentro del cuarto de Cristina, decididos a retomar el asunto. Antes de comenzar, hemos vuelto a borrar la frase escrita en la pared. Noto a Elvira ilusionada, quizás hasta demasiado, pues no es consciente del siempre inevitable problema que de seguro traerá el contacto con Cristina: la despedida.

Mientras dura la conversación con el Alma de alguien que fue tan importante en nuestra vida, normalmente, todo va bien. El miedo poco a poco tiende a disiparse, permitiéndonos participar e intercambiar con ella al menos unas cuantas palabras. Lo peor viene luego, cuando esa Alma ha terminado de explicar los motivos de su regreso y llega el momento de decir adiós. Quieras o no, la herida que nos causó su muerte se reabre de nuevo y el segundo «nunca más» resulta tan doloroso como el primero. Asimismo, este tipo de “encuentros” siempre genera, de una forma u otra, un hábito peligroso e ineludible si no se corta a tiempo.

Sentados en las mismas sillas, empezamos por relajarnos; es esencial liberar la mente de cualquier pensamiento. Alejar lo mundano, para poder adentrarnos en ese «otro lado» con la disposición que exige. Estamos solos y, aun así, el pestillo de la puerta desciende lentamente, en tanto la puerta del cuarto se cierra con el mismo sigilo.

Elvira me mira inquieta, pero comprende mis señas para continuar quietos y en silencio. El aire se ha vuelto pesado de pronto y el frío se extiende, también despacio, hasta sumir la habitación en una temperatura muy inferior a la que había cuando entramos. Algunos sonidos leves, apenas apreciables, se dejan escuchar sin que sea capaz de determinar su procedencia. Tras unos segundos de tensa espera, los ruidos dan la cara y los cajones de la cómoda se abren y se cierran de golpe; un bolso cae al suelo, la almohada sale despedida, una radio se enciende, un suave perfume impregna el ambiente y, sobre la cama, aparece la forma de una persona tumbada.

―Es cachemira. El perfume de mi hija ―aclara Elvira, señalando un frasco de cristal pesado, con tapón de madera y etiqueta de tela.

Mamá… ¿Qué haces ahí sentada? ¿Te ocurre algo? Te veo como si estuvieras dentro de una pecera. Te mueves muy despacio… ―La voz del Espíritu irrumpe de nuevo con tono fuerte y titubeante al mismo tiempo.

―¡Hija mía! Pobrecilla ―responde Elvira, rompiendo a llorar.

―¿Qué ocurre aquí, mamá? ¿Quién es ese señor?

―Hola. ¿Eres Cristina? ―le pregunto, con el fin de empezar a descartar la posibilidad de que otro Espíritu nos esté engañando.

Sí, Cristina Segovia, y usted… ¿Usted quién es? ¿Qué hace en esta casa? Mamá, ¿quién es este hombre?

―Es un amigo mío. Se llama Antonio y viene a ayudarnos.

―¿Reconoces la habitación?

¡Claro, es la mía! ¡Esta es mi habitación!

―¿Sabes cómo has llegado hasta aquí?

Pero, mamá…

―Contesta, hija, contesta. Confía en mí.

No. No recuerdo cuándo me trajeron. En una ambulancia, supongo.

―¿En ambulancia desde dónde, Cristina?

Desde el hospital.

El Alma de Cristina resuelve cada pregunta con toda naturalidad, supongo que con la misma espontaneidad de cuando aún tenía vida.

―¿Por qué desde el hospital? ¿Qué te pasó para ir al hospital?

―¡No lo sé! Me fui a urgencias cuando cerramos la tienda. Tosía mucho, me dolía la garganta y me sentía muy mal. Tenía fiebre, eso sí que lo recuerdo.

―¿Y qué te dijeron en el hospital? ¿Qué ocurrió allí?

No lo sé. Apenas lo recuerdo. Sé que me mareé mucho cuando…, ay, ¡es que no lo sé! Lo tengo en la punta de la lengua, pero no consigo recordarlo con claridad. Algo pasaba con otro paciente. Debía de haber en urgencias alguien conflictivo, alguien que se quería escapar y se ve que echó a correr o algo así, porque de repente una voz de hombre empezó a gritar a mi lado: «¡Que se nos va! ¡Que se nos va!». A mí me estaba volviendo loca un pitido continuo, insoportable. A partir de ahí ya…, no me preguntes. Solo recuerdo vagamente mucho jaleo y muchas caras a mi alrededor. Luego sé que hubo un apagón y ya no sé qué pasó; debí desmayarme.

Tras este recuerdo algo confuso de Cristina, el cuarto entero enmudece durante unos segundos eternos.

―¡Ay, Dios mío! ¡Cariño mío! ¡Déjame que te vea! ―ruega la pobre Elvira.

Mamá, ¿qué dices? ¿Por qué lloras? ¡Ay…! Pero, ¿por qué te veo así de rara? Espera, mamá…, que te doy un clínex.

La sensación gélida parece concentrarse de pronto en Elvira y, en ese mismo instante, el cajón de la mesilla de noche se abre.

Toma. Límpiate, anda.

―Cristina, nosotros no vemos el clínex. No podemos verlo.

―¿Cómo que no lo veis? Está aquí, ¡míralo! En el cajón tengo tres paquetes. ¡Mira! ¿Los ves ahora?

―No, Cristina, no… Seguimos sin verlo. En la habitación ya no queda nada de lo que dejaste.

―Pero, ¿qué dice este señor? Que aquí no hay nada mío, dice. ¿Y todo esto? Mamá, di algo, por favor, ya me estáis preocupando.

―Cristina, cielo. Yo…, ¿qué querías…? Tus cosas, pues algunas las di, las tiré… ¿Qué iba a hacer? ¡Dios mío! ¡Qué dolor!

¡Vamos a ver! Mi ropa está en ese armario junto a mis zapatos. Los bolsos están ahí. ¿Queréis verlos? Muy bien. Mirad: mi chaquetón azul, mis blusas, mi cazadora de cuero… ¿Así los veis mejor? ¿Y el tocador? ¿Tampoco veis el tocador? Porque está lleno de cosas, ¡mis cosas! ¡Ves! Se caen al suelo de todo lo que tengo amontonado.

―Nada se ha caído.

Y sí, mamá. Te prometo que de esta semana no pasa: lo colocaré y tendré el tocador recogido. ¡Palabra!

No, cariño… No las veo. Ya no están tus cosas ahí, hija. Ahí no hay nada porque no dejé nada. No me martirices más, te lo ruego. Saqué de casa todo. Me hacían daño verlas.

La voz de Elvira es una señal de alarma incuestionable, una súplica desgarradora que estremece y avisa de que su fortaleza comienza a desmoronarse. Ha llegado la hora de la despedida; este “encuentro” ya no puede durar más.

―No hay nada, Cristina. Tu madre hizo lo que había que hacer. Le dolió mucho, porque es algo horrible, pero sacó todas tus cosas por un motivo: tu vida terminó en el hospital.

―¿Tiraste mis cosas estando yo en el hospital? Mamá, ¿te has vuelto loca?

―Yo… Elvira se quiebra antes de que de sus labios pueda salir alguna otra palabra.

―Cristina, falleciste. Ya no estás viva, es tu Alma quien regresa.

¿Qué me estás diciendo? Yo estoy… en mi casa. Esta es mi habitación… ¿No me veis…? ―insiste el Espíritu de Cristina, a la vez que su tono se requebraja un poco más a cada nueva palabra.

―No, no te vemos; solo podemos escucharte. Es tu Alma la que regresa confundida, dejando un mensaje para tu madre escrito en la pared. Desconozco el motivo, pero algo te confundió y te has quedado retenida en un lugar en el que ya ni puedes ni debes estar. Con vuestro permiso, voy a iniciar un ritual llamado “Cruzando el Hades”, que te ayudará a continuar tu camino.

―¡Yo no estoy muerta!

Toda la pared se cubre con la frase “Yo no estoy muerta”. Letras más grandes y más pequeñas ocupan todo el espacio, sin dejar un hueco libre para escribir ni una mínima letra más. El frío se vuelve insoportable, los muebles van y vienen, la puerta golpea bruscamente contra el marco y las sillas vuelan por la habitación. El Alma de Cristina ha estallado en cólera. Aun así, no podemos dejarnos impresionar por este comportamiento, aunque para Elvira esto va a ser un trago muy duro de digerir. Entre los chillidos atronadores de este Espíritu enfurecido, comienzo a recitar los veintidós versos del ritual, con una rodilla apoyada en el suelo y el ánimo a la misma altura al contemplar a Elvira: si la desolación pudiera tomar forma, sin duda ella sería su imagen más verídica.

Pero, para mi sorpresa, Elvira se levanta de un salto de la silla y cae al suelo al no responderle las piernas. Con la voz titubeante, el gesto desencajado y las manos en la boca…

―Antonio, ¡mira! ¡Mira en el espejo!

El espejo del tocador refleja el rostro de una muchacha de pelo castaño y grandes ojos marrones, llorando a lágrima viva.

―¡Cristina! ¡Hija mía!

―Mamá… Acaba de venir papá. Está aquí conmigo ahora. ¿Cómo puede estar aquí…? Si papá se murió…  ¿Qué está pasando, mamá?

―Tranquila, mi niña. Tranquila.

―Dice que ha venido a buscarme. Que nos tenemos que ir. Que te diga adiós y nos vamos. ¿De verdad estoy muerta, mamá? ¿Cómo voy a estar muerta, si solo tengo veintisiete años? Mamá, dile que no… Dile que se equivoca.

―Hazle caso, mi vida. Hazle caso. Ve con él. No tengas miedo. Yo iré pronto, enseguidita voy con vosotros, ya lo verás.

―Pero, ma…

La imagen de un hombre aparece de repente también en el espejo y, sonriendo a Cristina, vemos cómo ambos se alejan lentamente del cristal hasta convertirse en un punto cada vez más diminuto.

―¡Cuídala, Manuel! ¡Cuídala! Y ven pronto a por mí también. ¡Te lo ruego! No me dejéis mucho tiempo sola… por favor.

Lo que sucedió después ya se lo imaginarán todos ustedes. Y estarán conmigo en que, a partir de ese momento, esta historia dejó de ser una historia de Fantasmas que contar.

SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO: M-005100/2023.