I
¿Aparecerse el diablo en una casa por escuchar un disco de vinilo al revés? ¡Qué estupidez! ¿De veras queda gente todavía que se cree estos disparates? Cierto es que por los años setenta y ochenta existió el fenómeno del “backmasking”: una técnica en la cual los sonidos se grababan al revés, ocultos en pistas de audio destinadas a ser escuchadas de forma convencional. Varios solistas y grupos musicales escondieron mensajes en algunas canciones mediante esta técnica. Pero de ahí a pensar que, al reproducir un disco de vinilo del final al principio, surgieran voces de ultratumba recitando antiguas invocaciones a Satanás… ¡Por favor!
De camino al lugar de la supuesta aparición, el viaje se hace interminable. La lluvia y el viento arrecian con ganas. Ya a bastantes kilómetros de casa, sigo sin entender cómo pude aceptar este caso. Supongo que acepté por descubrir experiencias nuevas con las que aprender más sobre este insólito mundo de los Espíritus, y porque este es mi modo de vida y el dinero manda. También suelo tener la suerte de que, tras atender a una persona nueva, esa misma persona enseguida me recomiende a otro conocido suyo con un posible problema relacionado con Fantasmas. Si este caso resulta ser la bobada que espero, quizá luego sí lleguen otras cosas más interesantes.
Cuando por fin llego frente a la casa en cuestión, mi mal humor aumenta conforme detengo el coche. La imagen tras el parabrisas es desoladora.
—Pero… ¿Qué demonios? ¡Si es una casa en ruinas!
Enclavado en medio de lo que algún día fue una aldea, a duras penas se sostiene un viejo caserón. No dudo de que, tiempo atrás, esa casa fuera un lugar formidable donde vivir. A pesar del abandono y deterioro sufrido, todavía conserva parte de su elegancia original. En cambio, ahora todo a su alrededor es un gran barrizal, carente de toda vida.
Mires donde mires, no hay nada digno de mirar. Pocos se atreverían a entrar en ella. La vegetación está a punto de engullirla y huele fatal. No queda una ventana en condiciones. El suelo es un asqueroso y enorme charco color marrón. El techo se cae a pedazos. En definitiva, se me cae el Alma a los pies al ver en qué quedó lo que alguna vez fue, simplemente, el hogar de alguien.
¡Ahí dentro no se pudo escuchar nada! Quizá todo esto no sea más que una gran tomadura de pelo, y yo el ingenuo que cayó en ella.
De pronto, oigo una voz. Da la impresión de ser la de un hombre apurado que trata de hacerse oír desde el interior de la casa. No lo veo, y tampoco consigo entender qué dice. No pronuncia palabras, solo emite sonidos, como si estuviera amordazado. Tras varios segundos de confusión, el silencio inicial regresa convertido en una calma que poco tiene de tranquila.
Contrariado, me asomo por una ventana. La suciedad abarrota el alféizar y la carcoma devora el marco sin piedad. Llamo al hombre. Nadie contesta. De todos modos, presiento que sigue ahí. La preocupación empuja fuerte y, consciente de que no es lo más sensato, me dispongo a entrar, cuando el ruido de los cascotes esparcidos fuera de la casa me alerta: alguien se acerca despacio, pisando sobre ellos…
—¡Aquí! ¡Aquí, señor! Disculpe. Discúlpeme, caballero. Estaba atendiendo unas indicaciones del señor y no podía… —comenta a voces un hombre mientras se acerca desde la distancia, luchando por mantenerse en pie y no tropezar con los cascotes—. Buenos días, soy Cristóbal, guardés de la hacienda del barón de Lastra. Hablaba con él cuando escuché llegar su coche, pero él es alguien a quien eso de dejarle con la palabra en la boca no…, no le gusta nada, se lo aseguro. ¡Bueno…! No sabe usted lo mal que le sienta; peor que si lo pinchas. Más me vale esperar a que suelte todo cuanto quiera decir; siendo el dueño y señor de todo esto, ya se imaginará… Seguro que conoce el dicho: “Donde hay patrón…”
Es curioso: este buen señor, tan atento, no ha salido del caserón donde juraría haber oído esa voz amordazada. Aparece por el lateral derecho, el más alejado de mi posición. Él no puede ser el hombre que escuché y esto… despierta mis sospechas. Si fuese él, tendría que haber atravesado la única pared que todavía permanece en pie, porque agujeros por donde salir no hay. ¿Entonces…? ¡Cuidado! Los temores quieren desplazar a la razón en mi cabeza. Al menos, el tiempo que tardó en bordear la casa me permitió encender disimuladamente la grabadora. Debo estar atento y ponerme en modo trabajo; hay cosas que no encajan. Tengo la sensación de que este caso comienza con la llegada de este hombre.
II
Cristóbal rondará los sesenta y muchos años. Tiene el cabello rapado, la piel curtida, es delgado y más bien bajo de estatura. Ataviado con un mono de trabajo azul, remetido dentro de sus botas de agua, se acerca gesticulando y esbozando una sonrisa. Me llama la atención que, antes de saludar, se limpie primero la mano con ahínco en el trapo que le cuelga de un bolsillo. Desde luego, agradezco el detalle.
Pero hay algo en él que enciende aún más las alarmas: su mano estaba más que fría. Helada. Similar a la de… sí, eso es: a la de alguien… ¡Sin vida!
Lo sé. Al aceptar este caso, olvidé preguntar varias cosas importantes. Ahora me doy cuenta. La historieta de la voz del diablo me resultó del todo absurda y, la verdad, si estoy aquí, es porque algo raro me empujó a venir. Ahora, reconozco que se me erizó la piel al estrechar la mano de Cristóbal. Sentí esa sensación de frialdad tan extrema, esa impresión tan espeluznante para quien la experimenta por primera vez. Era ella: la frialdad de la muerte, del nunca más. La inevitable y conocida “compañera” en toda aparición de Espíritus.
—Buenas tardes, señor. ¿Qué tal el viaje? Espero que no le haya sido difícil encontrarnos. Hay a quien le cuesta todo un mundo. Acompáñeme dentro, por favor, o aquí se quedará congelado. Hoy hace más frío y, según avance el día, se espera un importante desplome de la temperatura. Además, no es bueno hacer esperar más al barón. Lleva pendiente de su llegada desde bien temprano —comenta el guardés, mientras vuelve a encaminarse por encima de los escombros. —¡Malditos cascajos! Disculpe este desastre. No sé las veces que he llamado ya para que vengan a llevarse todos estos cascajos y ¡ya lo ve! Como quien oye llover.
Cuesta seguir el paso decidido de Cristóbal. A pesar de caminar haciendo equilibrios, mantiene un ritmo ligero en medio de este sinfín de obstáculos, propicios para provocar toda clase de tropiezos y lesiones. Parece conocer de memoria dónde se encuentra cada cascote y cada uno de los antiguos enseres esparcidos por el suelo. Basta una rápida mirada para darse cuenta de que aquí ya no habita nadie, salvo Cristóbal y su jefe.
De todas formas, o ese tal barón de Lastra anda por aquí cerca, o no estamos tan solos. Alguien nos sigue. Alguien camina con nosotros. No muy lejos. Como si le diera igual descubrir su presencia, se acerca y se separa de nosotros a su antojo. Hay momentos en los que podría tocarlo con solo estirar la mano hacia atrás y eso hace que me cueste respirar. Me giro y no veo a nadie. ¡Odio cuando estas Entidades aparecen por la espalda! Porque conozco esta intuición; la viví en otras guerras. No es una impresión errónea generada por una mente confundida dado lo lúgubre del entorno. Hace un momento, escuché a un hombre. Un hombre que no era Cristóbal. Y aunque la llegada de este desvió mi interés por esa figura, no se me va de la cabeza. Antes estaba ahí, en el caserón derruido, y ahora…, ahora está detrás de mí.
III
A punto de terminar de recorrer el montón de escombros, mis ojos no dan crédito. Frente a nosotros se muestra una mansión impresionante. Asentada sobre una ancha superficie de tierra grisácea, similar a la ceniza, su aspecto impoluto, de líneas elaboradas y diseño, yo casi diría que exclusivo, rivaliza con la desolación que la rodea. Asemeja ser el último reducto intacto de una zona asolada tras una gran batalla. Edificaciones destruidas, ropas, muebles, restos de animales olvidados en destartalados corrales y establos convertidos en cárceles mortales apabullan el suelo alrededor de esa morada.
Montones de hierbajos, requemados y humeantes, tiñen el aire de forma perpetua con una capa blanquecina e irrespirable bajo la atenta mirada y el disfrute de cuervos, ratas y otros bichos repugnantes. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede un señor adinerado vivir aquí? El hedor es inaguantable; una tortura. No me tapo la nariz con el pañuelo por educación.
Y pese a todo, ahí la ves. Toda una mansión, como el último vestigio de una zona por recomponer. Tres grandes plantas que se alzan majestuosas, ajenas a tanto abandono. Mirándolas según me acerco, parecen venirse encima. La puerta de entrada es un cuidado portón de doble hoja, con cerradura de enorme llave forjada a hierro. Dos costosos giros, y el portón se abre solo, dejando escapar una gélida y fugaz corriente que traspasa los huesos. Cristóbal también lo ha notado, y me mira esperando una reacción que no se produce.
—Entre. Pase usted. Deme su abrigo… eso es. Ahora, acompáñeme. Aquí, en esta sala, le recibirá el barón. Vaya acomodándose, que enseguida viene; está usted en su casa. Aquí estará la mar de a gusto; la lumbre hace esta sala muy agradable, ya verá. —Me explica Cristóbal sin perder su tono amable, mientras cierra la puerta.
La sala que me indica, y en la cual ahora estoy solo, es la biblioteca: una estancia de forma cuadrada, vestida con una librería de madera que recorre las cuatro paredes, bordeando dos luminosos ventanales. Hay también otros dos butacones, una pequeña mesa de cristal dispuesta entre ellos y cuatro pequeñas urnas de cristal situadas en cada esquina del cuarto.
La librería impresiona. Estos estantes guardan una colección de volúmenes, tratados y compendios esotéricos, a cada cual más antiguo. Está repleta de libros, custodiados por dos cámaras de seguridad estratégicamente bien colocadas. Esta vigilancia habla por sí sola del valor de estos volúmenes; nadie podría acercarse a ellos sin ser visto.
Al ojearlos, compruebo que muchos de los libros comparten una misma temática: la religión, y, en concreto, la figura de Dios. Dios, tanto en civilizaciones actuales como en otras ya extintas. Confieso que me encantaría abrir uno tras otro: ¡es una colección fascinante! No obstante, entiendo que sería del todo inapropiado sin conocer a su dueño.
Además, no todos estos ejemplares tratan del mismo tema: otros giran en torno al infierno y a la imagen del diablo. ¿Serán estos libros la causa de la supuesta paranoia de oír la voz del maligno al escuchar un vinilo? Tendría toda la lógica.
En verdad, se está muy a gusto en este cuarto. El fuego de la chimenea lo mantiene a una temperatura ideal. El dulce olor a madera de ébano relaja tensiones e invita a disfrutar de una lectura tranquila. En cambio, cuando intento coger alguno de los libros, algo me detiene. Quizás solo sea una consecuencia de no haber superado todavía lo impresionante del lugar, pero resulta extraño: algo se revuelve en cuanto intento tocar los libros.
Rehusando la idea de coger nada, me limito a observar. Una serie de litografías sobre una balda larga despierta mi curiosidad. Deben de tener un gran valor, al menos en lo personal, pues todas están enmarcadas en marfil. Reconozco algunas: El jardín de las delicias de El Bosco, una copia de Lo Stregozzo de Agostino Veneziano, El Aquelarre de Goya y La ronda del sábado de Louis Boulanger. A fin de cuentas, una colección que venera el infierno y a su miembro más destacado.
De entre todas estas maravillas, hay una que me cautiva por completo: un libro de título El paraíso perdido. Una epopeya de diez volúmenes y más de diez mil versos, centrada en Adán y Eva, que se sitúa en el mismo averno con Satanás por protagonista. Un poemario publicado en 1667, prohibido durante siglos por la Iglesia, y a cuya primera edición corresponde el ejemplar que tengo delante. Su inmaculado estado resulta inexplicable: se conserva dentro de una urna de cristal como recién salido de la imprenta. Salta a la vista que ha sido cuidado con mimo. ¿Dónde estuvo metido desde 1667? ¿Cómo pudo mantenerse sin sufrir ni una sola mancha? Al mirarlo, inquieta y atrae al mismo tiempo. Tanto que lo voy a coger. Necesito tenerlo entre mis manos, aunque esa extraña y casi enrabietada percepción anterior me advierte que tocarlo no será un simple acto libre de consecuencias.
De pronto, la sala se queda a oscuras como si la noche hubiese caído de golpe. Gracias a la linterna del móvil, consigo encender una lámpara del cuarto y, resignado, me acomodo en uno de los butacones. Se agradece el calor de la chimenea, pero no dejo de pensar en lo que acaba de suceder: justo en el momento de ir a coger el poemario…, la biblioteca se cubrió de oscuridad. Igual que si, de repente, un gran nubarrón hubiese eclipsado todo ápice de claridad. ¡No…! No me lo creo… ¡En la calle hay luz! A través de los ventanales el cielo se muestra despejado y todo goza de la misma luminosidad que cuando llegué. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué el sol no ilumina el interior de esta casa?
Oigo ruidos fuera de la biblioteca. Alguien se aproxima por el pasillo y, por cortesía, me pongo de pie para recibir al que supongo será mi anfitrión. Pero los segundos transcurren y nadie entra y la espera se hace eterna. Alguien está ahí. Justo al otro lado de la puerta. Observo cómo el pestillo baja… y vuelve a subir levemente. Es evidente que una mano se apoya en él y, por momentos, la puerta se mueve. ¿Por qué no entra? ¿Qué espera? Tampoco se escucha ninguna voz.
Me siento mal: de buenas a primeras mi frente palpita y la cabeza me da vueltas. Quien demonios esté tras la puerta, sigue ahí, sin decidirse a pasar. ¡Vaya mala impresión que voy a dar al barón cuando me vea así de mareado! Debería acercarme a la puerta, pero casi prefiero sentarme en el sillón. Los ojos se me cierran mientras escucho chisporrotear el fuego, el zumbido de la lámpara queriéndose apagar y…, poco a poco, pierdo el conocimiento.
No lo comprendo: estoy desmayado, pero sigo pensando. ¿Cómo puede ser? Me resulta imposible levantar un brazo o estirar una pierna. Soy incapaz de moverme y, por el contrario, tengo la mente lúcida. Recuerdo quién soy, de dónde vengo y a qué vine a esta casa. Estoy consciente, pese a no sentir ni frío, ni calor, ni vulnerabilidad, ni miedo. Debería estar angustiado, nervioso y, en cambio, solo noto paz.
Comienzo a recuperarme. Aseguraría que continúo sentado en el sillón, y dudo si tengo los ojos abiertos o cerrados. Vagamente, distingo la librería. Porque eso es la librería de antes, ¿no? De momento todo son dudas. ¿Estaré viendo la verdadera realidad o será una alucinación fruto del mareo?
Poco a poco, vuelvo a escuchar los crujidos del fuego en la chimenea, percibo el olor a ébano y, con dificultad, varios libros abiertos que antes estaban cerrados. ¡Qué raro! ¿Ha entrado alguien y yo no me he enterado? ¡Qué vergüenza!
—Buenos días. Perdone… Disculpe. Se está tan bien aquí, que me quedé dormido —me disculpo apurado, dirigiéndome a una figura humana que vagamente descubro frente a la puerta. Una presencia tan distorsionada que no puedo precisar si es un hombre o una mujer. La oigo responder, gesticular con las manos, pero no la entiendo. Su voz suena grave, entrecortada y juraría que en otro idioma. Ahora se acerca. Se aproxima sin dejar de mirarme y, una vez frente a mí, se agacha, apoyándose en mi pierna. El tacto de su mano abrasa. Traspasa la tela de mi pantalón como si no existiera, borrando de golpe toda la calma anterior. Nervioso, lucho por espabilarme. He de salir de este sopor cuanto antes.
IV
Incorporándose de golpe, la presencia camina hacia la biblioteca. La escucho murmurar. Su pronunciación, marcada por los sonidos guturales de ciertas consonantes, la delata: habla arameo. Dentro de mi confusión y de lo oxidado que tengo este idioma, logro entender bastante de lo que dice. Sus comentarios, referidos al paso del tiempo, inquietan. Menciona lo deprisa que transcurren para nosotros los días y los años, mientras presume de poder vivirlos mucho más despacio; a su ritmo natural, asegura, soltando una carcajada irónica que suena irreverente.
—Os fumáis la vida —comenta ahora con mayor claridad.
—Sesenta minutos del tiempo real… equivalen a varias horas de vuestra patética existencia. La ignorancia os esclaviza. Os robamos la vida lentamente… ¿No notáis ya cómo son de cortos vuestros días? Os despojamos de lo más valioso: el tiempo. Dais por supuesto que os pertenece, cuando no lo merecéis. —Después, se limita a repetir la misma frase durante unos segundos: “Y el tiempo corre…”, enfureciéndose cada vez más.
—Ahogamos vuestros días limando sus minutos, amañando sus segundos —despotrica, sin parar la voz.
Las idas y venidas refunfuñando por la habitación sitúan a la presencia detrás de mí, apoyando una de sus manos sobre mi hombro. Trato de no quejarme y de no moverme. Aprieto los ojos y los dientes, pero hace daño. ¡Es insoportable! Sus dedos, semejantes a cinco afilados cuchillos, cortan mi piel sin que la camisa ni el jersey presenten la menor resistencia. La sangre resbala por mi hombro, al tiempo que un hedor insufrible surge y ocupa el reducido espacio entre su boca y mi mejilla…
—Pronto no daréis abasto. Solo tendréis obligaciones absurdas; esas mismas que ya os conducen a la tumba —celebra, con actitud mucho más calmada, mientras con la yema de sus dedos me golpea suavemente el hombro—. Y tranquilos: para esto, para veros a todos bajo tierra, solo falta un suspiro.
Tras esas últimas frases, la presencia deja de hablar. En la biblioteca solo se escucha un crujido que rompe el silencio: un sonido repetitivo que, de manera extraña, ha surgido justo en el momento en que mi insólito acompañante concluía su particular “mensaje”. Ese ruido proviene de un aparato. De algún artilugio que solo ella ha podido poner en marcha. No había nadie más; estábamos solos.
Con mucho cuidado, y vigilando mi espalda, me levanto del sillón. No sangro, ni tengo la ropa rasgada. Siento un leve vaivén en la cabeza; nada preocupante. Me inquieta más el incesante temblor de mis manos y rodillas y el hecho de que, ahora, en la biblioteca, no hay nadie. Solo estoy yo; la figura se ha ido y no sé ni cuándo ni por dónde.
Basta una rápida mirada a unas baldas aún sin explorar de la librería para descubrir un viejo tocadiscos, situado entre dos colecciones de libros. Se trata de un aparato de los años ochenta, conectado a dos altavoces colocados en ambos extremos de la sala. El sonido proviene de él. ¡Claro! ¿Cómo no he caído antes? Se trata del inconfundible crujido de un disco de vinilo cuando la aguja se atasca y va y viene sobre el mismo surco sin poder avanzar. El típico: se ha rayado. Pero entonces… ¿La voz que acabo de escuchar procedía de un disco?
Todavía con los dedos algo temblorosos, levanto el cabezal del tocadiscos y coloco la aguja en la mitad del vinilo, sobre un surco algo más ancho. El hermoso sonido de un arpa, interpretando una conocida melodía cuyo título soy incapaz de recordar, ameniza la biblioteca. Sin embargo, algo no me cuadra, y en un alocado impulso hago que la aguja se mueva en la dirección opuesta, de atrás hacia delante. ¡Es la misma voz! La voz de la presencia se oye de nuevo, repitiendo lo mismo que antes. Sonaba tan real que jamás habría imaginado que se tratara de una grabación.
La aguja reproduce el disco al revés, sin la ayuda de nadie. Mientras tanto, como espoleado por las palabras que emergen de los altavoces, el fuego de la chimenea se aviva bruscamente, levantando una densa humareda que dificulta respirar:
—¡Malditos leños del demonio! Mucho ruido y pocas nueces, ¿sabe usted? Esta leña, humear, humea de narices; ahora lo de dar calor ya… lo justito, y no pidas más —maldice Cristóbal, irrumpiendo de golpe en la sala.
—Sí, ya lo he visto. Pero discúlpeme, Cristóbal, ¿ha sido usted quien encendió el tocadiscos? Lo digo porque la aguja va al revés, y podría rayar el disco.
—¿Quién, yo? No. Además, el tocadiscos está apagado. Mírelo usted mismo. Y, a decir verdad, ni siquiera puedo asegurarle que funcione. Es muy viejo, y lleva un lustro sin usarse.
Las contestaciones del guardés resultan absurdas, aunque es cierto que el sonido dejó de escucharse en el momento que entró él. ¡Mal vamos! Yo he visto funcionar este aparato. Y he visto cómo su aguja se desplazaba sola hacia atrás, reproduciendo una voz. La voz de un hombre que auguraba nuestro exterminio a base de acelerar más y más el tiempo, hasta que termine por devorarnos. Lo escuché cuando ya superaba el mareo, no mientras caía en él y, gracias a Dios, creo tener la conciencia muy lúcida.
Es cierto que ahora el tocadiscos está apagado, cerrado y cubierto de polvo. Tampoco tiene ningún disco colocado en el plato. Me pregunto qué se oculta en esta casa. Alguien insistió mucho en que viniera, en que aceptara este caso y, en fin, si quieren jugar, jugaremos. Desde luego, no será la primera vez.
V
—Otra cosa, Cristóbal. ¿Estaba usted antes, hace apenas unos minutos, fuera, detrás de la puerta? Me pareció escuchar a alguien, y temo que fuese el barón. Quizá se sintió indispuesto de repente, o le surgió alguna cuestión importante. Porque de ser así, por mí no se preocupen. Puedo marcharme y regresar otro día.
—¿Ahí fuera? ¿En el pasillo dice?
—Sí. Estuvo a punto de entrar. Luego desconozco qué ocurrió; pienso que el cansancio, el calor y la comodidad del sillón pudieron conmigo.
—¡Bueno, bueno! ¿Cómo no dijo nada? ¿Se encuentra usted bien? ¿Quiere que le traiga una manzanilla, un té? ¿Un poleo? Un poleo. El poleo de esta tierra revive a un muerto, ya lo verá.
—Gracias, pero ¿qué hay de mi pregunta?
—¿Ahí fuera? ¿Alguien? Créame, como bien dice, el cansancio le ha jugado una mala pasada. Le hizo ver algo… una sombra, o lo mismo, uno de los gatos. Eso va a ser, seguro que fue eso: un gato. Esos condenados se ponen a dos patas y, por la sombra, parecen gigantes detrás de la puerta. Siéntese, descanse y no se preocupe. Ahora mismo le traigo el poleo. Y tranquilo, el barón no tardará en bajar.
¿Un gato? Por el amor de Dios, vaya disculpa más mala. Aunque, bueno…, me deja un poco preocupado. No estoy cansado. Si el viaje no fue del todo pesado, el calor de la chimenea resulta agradable y el sillón es bien cómodo, ¿cómo pude marearme entonces? ¿Una bajada de tensión o de azúcar? Nunca sufrí nada de eso. Considerando las respuestas de Cristóbal, casi apostaría a que la causa de mi mareo fue provocada. No entiendo qué pudieron ganar con tenerme fuera de juego. ¿Cuánto tiempo habré estado tirado en el sillón? ¿Dos horas…? Según mi reloj, han pasado dos horas y diez minutos desde mi llegada a esta mansión. Ahora sí que la situación exige levantar la antena, remangarse y ponerse a trabajar sin más demora.
Los libros. Los libros que, en un principio, estaban cerrados y después aparecieron abiertos… serán una pista. Son tres pequeños facsímiles, dedicados a la alquimia. Y digo facsímiles, porque supongo que son copias. Sería un disparate pensar que estos sean los códices originales: Mutus Liber, Obras de Paracelso y el Manuscrito de Leiden. Sean lo que sean, su contenido resulta fascinante si eres un apasionado de la alquimia, como lo soy yo.
Los tres libros parecen recién salidos de la imprenta; todavía huelen a nuevo y aún conservan el tacto grueso y rugoso de sus páginas:
El primero, el Mutus Liber, es un tratado de alquimia que, mediante quince láminas grabadas y dos frases en latín, describe las instrucciones para crear la anhelada piedra filosofal, también llamada “Gran Obra” en el mundo alquímico. Algo que califica como imposible de conseguir sin la intervención divina. Y digo yo, ¿qué demonios tiene que ver ahora la Piedra Filosofal en este embrollo?
El segundo códice, Obras de Paracelso, está abierto por la página que presenta el célebre concepto “Solve et Coagula”. (Disolver y recomponer, o separar y unir). Este concepto clama por una renovación interior personal de cada uno, que otorgue al Alma un rol más relevante.
El tercer libro, dedicado al Manuscrito de Leiden, describe la fórmula y el método alquímico para la fabricación de oro. Sin embargo, varios estudios posteriores determinan que en este manuscrito la palabra oro alude, en verdad, al Espíritu que todos llevamos dentro. Insinúa que, al comprender, alcanzar y dominar la poderosa Piedra Filosofal, se consigue la transformación del Alma humana en un ser inmensamente poderoso.
Apremiado por la inminente llegada del barón, fotografío las tres láminas y pronuncio las reflexiones en ellas escritas a media voz. Quiero que la grabadora, encendida desde que llegué, registre toda esta información. Estoy tan nervioso que apenas puedo sostenerla. Fuera, se escuchan ruidos: un constante ir y venir de pasos que se acercan y se alejan. En cualquier momento, alguien entrará y pondrá fin a esta oportunidad de tomar notas. Un desastre si esto ocurre, pues estoy seguro de que estos tres libros son imprescindibles para resolver este caso.
Una vez fotografiadas las tres páginas y grabados los comentarios sobre ellas, cierro los libros. De vuelta al sillón, cambio discretamente la tarjeta de memoria de la grabadora y me envío al correo las fotografías. Seguramente, mis movimientos ya habrán sido captados por las cámaras, y el dueño de la casa está en su perfecto derecho de pedirme que borre todo este material.
Hablando de él, los minutos continúan pasando y sigue sin aparecer. Podría aprovechar el tiempo y revisar todos los datos recopilados hasta el momento. Son muchos. Lo inquietante es que yo aún ignoro la relación que guarda ese vinilo que, al parecer, reproduce la mismísima voz del diablo, con los hechos vividos hasta ahora.
De repente, la puerta de la biblioteca se abre sin que nadie entre. Aun así, percibo una sensación que no me resulta extraña: una corriente de aire recorre la sala para acabar situándose justo enfrente. Está ahí, delante del otro sillón, a tan solo un paso de mí.
Mis ojos se niegan a perder de vista el sillón, aun cuando las persianas, descendiendo lentamente por sí solas, tratan de llamar mi atención. El aire se enrarece, el cojín del asiento vacío se hunde y las llamas se avivan tanto que a punto están de saltar a la alfombra. El desasosiego ahoga. Pero… ¿Por qué me estoy quedando tan triste? Mi frente se empapa de sudor y algunas lágrimas resbalan ya por mis mejillas. ¡No puedo! ¡Necesito marcharme de este maldito lugar!
Angustiado, busco la botella de agua en la mochila y bebo un buen trago. ¡Dios, qué ácida está! Me quema la boca. ¿Cómo va a estar ácida? ¿Cómo va a estar ardiendo? ¡Qué tontería! Este mal sabor no es cosa del agua, sino del Espíritu que ahora tengo sentado delante. Es su manera de hacerme saber que sus intenciones prometen no ser nada buenas. No puedo dejarme impresionar tanto. Tengo que espabilar, aunque esta vez esté más asustado que en otras ocasiones. Esta biblioteca tiene la capacidad de intensificar las malas sensaciones. Este fuerte olor a ébano, la forma de esa librería, el horrible color del suelo, la polvorienta textura de los muebles. Esos libros, esas láminas… ¿Por qué no están en un museo, a la vista de todos?
La pena me está volviendo loco, y esta porquería de bebida embotellada tampoco logra calmar esta sed que araña mi garganta…
—¿Todo bien, señor? En un santiamén le traigo el poleo. Le transmito las disculpas del barón: un asunto importante lo retenía en su despacho. Fíjese, juraría haberlo visto entrar aquí hace un momento. ¡Los años nos vuelven tontos…! Pero, vamos a ver, ¿qué hace de rodillas tan cerca de las llamas? ¡Se va a abrasar! ¡Venga, aleje la cara de ahí! —grita Cristóbal, mientras me aleja de la chimenea…
Sin poder explicar cómo he llegado a esto, me encuentro de rodillas, acercando la cara hacia las llamas de la chimenea. ¡Cristóbal acaba de salvarme! Sobresaltado por sus gritos, retrocedo hasta el sillón, arrastrándome con rapidez por el suelo. Cielo santo… ¿Qué ha pasado? No lo entiendo. ¿He perdido el conocimiento otra vez?
Impresionado, no puedo dejar de mirar el fuego. Me llama, me susurra que vaya con él. Lo último que recuerdo es haber bebido agua y la creciente ansiedad que me provocaba estar dentro de esta casa. ¿Habrá sido eso? ¿Fue tal el agobio que mi mente decidió desconectarse de la realidad?
—¿Mejor? ¿Se encuentra ya mejor? Pero, hombre… ¿Qué cuernos rebuscaba usted dentro de la chimenea? —pregunta el guardés, mirándome extrañado.
—Sí… sí, ya estoy bien. Gracias, Cristóbal. No sé… Me acerqué al fuego y, cuando buscaba un papel en la cartera, juraría que otro cayó entre los leños. —Ya sé que no es una disculpa muy convincente, pero algo tenía que decirle a este hombre y no se me ocurrió nada mejor; no sería prudente airear que he vuelto a perder el control de mí mismo. —Una idiotez, Cristóbal… Estoy seguro de que en ese papel no había nada importante.
—Bueno, bueno, no se castigue tanto, hombre. Todos cometemos alguna tontería de vez en cuando. Ahora, quédese ahí sentado y descanse un poco, que no para usted quieto. Enseguida le traigo su poleo —comenta el guardés, mientras sale de la biblioteca, cerrando de nuevo la puerta.
He considerado mejor no comentar nada con este hombre, pero una rápida mirada al cojín del sillón que tengo enfrente confirma mis temores: sigue hundido. Alguien permanece sentado sobre él. Un alguien a quien no veo. Un Alma desencarnada que no necesita mostrarse para imponer respeto. Un espíritu que, inmóvil e impasible, deja pasar los minutos en vano. Su presencia denota peligro. Su quietud impacienta, y el silencio resulta insoportable…
VI
—¿Puedes decirme quién eres? —pregunto, temiendo recibir la más desagradable de las respuestas.
Lejos de esto, los segundos pasan y el silencio continúa. Tan solo un fugaz movimiento del sillón, aparentemente vacío, se percibe de repente. Afuera no se escucha nada, y aquí dentro, tras ese discreto vaivén del asiento, ni siquiera el polvo de los estantes se atreve a moverse.
—No tengo claro si eras tú quien me hablaba. Porque juraría haber escuchado una voz. Tal vez solo fue fruto de mi imaginación. Un simple sueño. No sé decirte, porque cuando la escuchaba, había perdido el conocimiento. Bueno…, algo parecido, ya que podía oír y razonar. ¿Me puedes confirmar si esa voz era la tuya?
Noto frío. Una suave corriente de aire me envuelve despacio. Está claro: el Espíritu centra toda su atención en mí. Percibo el fuego de su mirada clavada en la mía, y cómo se vuelve más intensa poco a poco. Lentamente, se abre camino a través del aura gélida que, similar a una inquebrantable armadura adherida a cada poro de mi piel, ya me rodea por completo.
—Esa voz —vuelvo a la carga, intentando comunicarme de alguna manera con él— me alertaba de lo rápido que pasa el tiempo. De lo poco que nos queda a la humanidad de seguir existiendo y…
¡Algo se revuelve en el sillón! La suave corriente que antes me envolvía con delicadeza, ahora oprime mi pecho contra el respaldo. Me cuesta respirar. Es como si esta presión me traspasara la piel y subiera por la tráquea hasta la garganta. Una vez llegado a ella, la acaricia con aparente suavidad; una zalamería que araña y altera hasta el último de mis nervios. Quiero toser y no puedo. Empiezo a sentirme mal. Me falta el aire. Tampoco puedo respirar por la boca, y las fuerzas para resistirme a esto también comienzan a desvanecerse.
Escucho el tocadiscos. Se ha encendido, y la aguja ya se desliza sobre el disco. ¿Quién demonios lo puso en marcha? El vinilo gira y gira en el plato. Por supuesto, no… este aparato es demasiado antiguo para ser automático. Con la misma delicadeza que sus caricias, el Espíritu guía mi cabeza hacia el vinilo. Soy incapaz de impedirlo. Me retiene sujetándome ambos lados de la mandíbula. ¡Parezco un muñeco sin vida en sus manos! Al menos puedo volver a respirar con normalidad, aunque la presión que ejerce, sumada a la sensación de frío cortante que transmite, se vuelve más dolorosa por momentos.
El disco comienza a sonar. Como ocurrió antes, el fenómeno denominado backmasking se repite. Pero, ¡no es el mismo disco! Reproduce una voz distinta a aquella que me advertía del rápido transcurrir del tiempo. Ahora grita frases inconexas, oraciones breves, entremezcladas con palabras en lenguas que apenas distingo. Por el tono de quien las pronuncia, juraría que lo que escucho es para tener en cuenta. Es una invocación. La estrofa de un antiguo ritual. El verso final de un maleficio, interpretado con alarmante perfección y tal vez… dedicado a mí.
Quiero reaccionar y pruebo a ponerme en pie. Tengo que llegar al tocadiscos y detenerlo. Lo que suena no es la payasada de algún “iluminado”, que, deseando convertirse en brujo, se compra un libro de hechizos y conjuros. ¡Pero me resulta imposible! Por mucho que lo intento, no puedo moverme; estoy atrapado en este puñetero respaldo. De pronto, el Espíritu se acerca, y un calor sofocante surge en torno a mi cara. Su aliento abrasador se adentra en mi oído, mientras, digo yo que sus manos, se apoyan sobre mis muslos y además noto cómo… ¡Qué olor! Revuelve el estómago. Dios, es insoportable…
—¿Puedes decirme? Porque no lo tengo claro… ¿Quién hostias te ha dado vela en este entierro? —murmura una espantosa voz en mi oído.
Atemorizado, escucho en silencio. Resulta difícil articular palabras después de oír algo así y, mucho menos, encontrar la respuesta más adecuada. Ahora tengo claro a qué nos enfrentamos. No es la situación de un Alma errante, deseosa de liberarse de aquello que le ata a este mundo. Tampoco se trata de ayudar a cumplir el anhelo de un Ánima por contactar y transmitir un mensaje, un aviso o un consejo a alguna persona en concreto. Ni siquiera un Espíritu despistado, que todavía no sabe que su vida terrenal acabó hace ya cierto tiempo. Lo que tengo delante, apoyado en mis piernas y susurrándome al oído, es un espectro, un engendro del mal cuyas intenciones, sin duda, se centrarán en causar el mayor dolor posible a cuantos más, mejor.
—¿No dices nada? Bien… Está bien, te lo diré yo —comenta el Espíritu, mientras vuelve a acomodarse en el sillón, liberándome de todo lo que implica tenerle cerca.
—Yo no vine. A mí me trajeron. Me hizo venir ese personajillo al que llaman barón. Un retrasado con la personalidad de un estropajo. ¿Sabías que se volvió loco, el muy imbécil, buscando la Piedra filosofal?
—Yo todavía no lo he visto —contesto, expectante—. Creo que fue él quien me llamó para que viniera.
—Sí, seguro que fue él. Pasa siempre: quieren descubrir misterios a base de estudiar y estudiar y estudian tanto que el cerebro les estalla en pedazos. Se les funden las neuronas, pero… el señor es así de idiota, y se encabezonó en dar con ella, costase lo que costase.
—¿Quería aprender a convertir metales en oro?
—La inmortalidad. Pretendía seguir siendo el mismo ridículo barón durante toda la eternidad. ¿Te lo imaginas? Veintiocho whiskys antes de acostarse, treinta puros diarios. El paseo más largo es de la cama al baño a echar un pis; se atiborra de grasas, salsas y todo tipo de dulces, acompañados, cómo no, de un par de “rayitas” de las más cortadas del mundo, y el señor… pretende ser inmortal.
—Ya.
—El misterio no es la piedra filosofal, el misterio es que ese imbécil siga vivo. Sigue el olor a whisky y encontrarás un barón; de guasa, vamos.
—Y cuando no fue capaz de dar con la piedra, te pidió ayuda.
—Equilicuá
—¿Te dio su Alma a cambio?
—Y las llaves del Rolls, si se las pido.
—¿Y ahora?
—Pues ahora… nada. Tú dejas de tocarme las narices, te vas por donde has venido y santas pascuas…
—Quisiera ver al barón antes.
—¡Ah! ¡Claro! Quieres ver al barón… ¿Y a mí? ¿No quieres verme a mí?
Dicho esto, el cojín hundido se cubre de una neblina que se espesa por momentos. En breves segundos, y deslizándose lentamente por el respaldo, sobre el sillón aparece una capa de humo con forma humana, tan negra como el betún. Dentro de ella se averigua una figura masculina. Una persona que se va revelando según se disipa la neblina. Su cuerpo oscila despacio, sin llegar a mantenerse quieto. Su aspecto es similar al de cualquier hombre metido en años, sobrado de kilos, calvo y bien vestido, que podrías encontrar en cualquier lugar, salvo por un detalle perturbador: sus manos están abrasadas. Hinchadas a más no poder, y con la piel rojiza y blanquecina entremezclada a partes iguales, muestran una serie de pequeñas ampollas y gruesas cicatrices que espantan la mirada.
—No soy agradable de ver, ¿verdad?
Para nada. Es horrible. Una parte de su cara se muestra tan quemada como sus manos. Las ampollas, gruesas y palpitantes, parecen respirar por sí solas. Pero lo peor, sin duda, son sus ojos: sobre un fondo negruzco, un iris amarillento, sucio y salpicado de puntitos rojos, rodea una pupila de un color que, sinceramente, resulta asqueroso. Nunca antes vi una tonalidad tan desagradable, tan difícil de describir. Tampoco ayudan las ojeras profundas y grisáceas, la frente marcada de arañazos, los párpados hinchados, los labios amoratados ni los dientes podridos.
—Jamás he visto un Alma tan marcada como la tuya. Tuviste que pasarlo muy mal. ¿Hay algo que merezca tanto castigo?
—Vender el Alma. Típico, ¿no?
—¿Tú también vendiste el Alma? ¿También querías ser inmortal?
—No. Yo lo hice por el parné.
—Querías hacerte rico…
—Digamos que me sedujo hacer de la papelera un buen lingote de oro.
—La transmutación de los metales.
—Tal cual. ¿Y sabes lo peor? Se puede. Yo pude. Lo hice. Hasta mi triciclo de cuando era pequeñito se puso todo doradito.
—¿Y las quemaduras?
—Tener un triciclo de oro con una brillante bocina tiene un precio… Mira, ahí, en ese tratado de alquimia, explica cómo hacerlo. Página treinta. ¿Lo leemos juntos?
—No. Así que el barón no viene a verme, porque está sufriendo el mismo castigo que tú padeciste.
—Incorrecto. Nadie le ha puesto la mano encima.
—Pero sufre.
—Por supuesto. La inmortalidad también tiene un precio.
—Pero, ¿el precio no fue su Alma?
—¿Y los intereses?
—¡Ah! Que además hay intereses. ¿Y en su caso, cuáles son?
—La desidia. Una vida desganada, de hastío total. No le apetece ni lavarse las manos.
—O sea, los intereses son quitarle las ganas de todo; llevarlo al aburrimiento total.
—¿Qué es la vida sin la premura de la muerte? Ya sabes, lo del eterno descanso y lo de subir al cielo, mientras un coro de ángeles celestiales canta “Asturias, patria querida”.
Me sorprende la facilidad con la que este demonio pasa de un tono burlón a uno más solemne en cuestión de segundos. ¿Lo hará a posta para desconcertarme?
—¿Y Cristóbal…? ¿No puede ayudarle? ¿Fue él quien me ofreció coger este caso?
—¿Cristóbal? La única razón por la que ese hombre vive es para evitar que el barón ni se ate los cordones de los zapatos por sí solo. No puede dejarle hacer nada. ¿No quería el señor barón días para vivir? Pues toma días enteros para vivir. Por un error de Cristóbal, tú estás aquí ahora; nunca debió permitir que te llamara.
—Llamarme fue un proceso. Buscar a alguien que se dedique a estos temas, conseguir su teléfono, llamar, razonar en la llamada, convencerme… No creo que esté tan desanimado entonces. ¿No te parece?
—Sin segundos de lucidez, no hay horas de tormento.
Me sorprende. A medida que hemos ido hablando, su actitud ha cambiado. La tensión sigue presente, y la lucha por mantenerme frente a él, sin que el pánico me obligue a huir, aún persiste. El demonio conserva esa mirada desafiante, el gesto brusco y los ojos rojos de ira, pero su voz para nada es la misma. Sin perder ese aire de superioridad, tan propio de estas Entidades, habla más tranquilo; su tono suena mucho más relajado. Quizá sí, no sea más que una artimaña para que me confíe. Sin embargo, lo cierto es que está consiguiendo que me relaje, algo que yo no debería permitirme.
—¿Y Cristóbal? ¿Dónde está? ¿Por qué no viene? Quedó en traerme un poleo.
—Es la hora del día. Toca saldar cuentas.
—Saldar cuentas… ¿A qué te refieres?
—Los errores se pagan.
—Por lo que veo, tengo complicado ver al barón.
—Imposible, sería más acertado.
—¿Y si él sigue queriendo verme?
—Te aseguro que no. Recuerda que, salvo esos segundos de alivio, para que sea consciente de lo que hizo, yo soy quien maneja sus deseos.
—Ya, me imaginaba una respuesta así.
—Mira a tu alrededor. ¿No te das cuenta? Todo lo que al barón le gustaba, todas sus pertenencias, han quedado relegadas a los rincones más apartados, a los estantes más altos de esta biblioteca. Lo nuestro, lo que yo disfruto mirando, lo que he comprado y traído usurpando su nombre, ocupa los mejores lugares.
—No puedes hacer que desaparezca. No puedes borrarlo de un plumazo, como si nunca hubiera existido.
—Él ya no es nadie. Nos entregó su vida. Renunció a sus logros futuros, a las alegrías, a los amigos, a los buenos momentos que aún le esperaban… o que, tarde o temprano, habrían llegado. ¡Sí, le habrían llegado! Por muy mal que pinte la cosa, por muy fea que se ponga la vida, los momentos buenos siempre os llegan. Él los rechazó a cambio de algo que, si lo piensas bien, es mejor no aceptarlo ni regalado.
VII
—¿Y qué pretendes? ¿Tenerlo encerrado eternamente, lejos de cualquier contacto con otras personas?
—La vida tiene sus reglas. Si tú no quieres jugar con esas reglas, bien, hay otra forma de jugar. ¡Juega con las otras! Pero, ¿sabes qué ocurre? Que lo otro también tiene sus propias normas. Y luego, a toro pasado, no sirve decir que no las conocías, que nadie te habló de ellas.
—¿No le explicaste las consecuencias?
—¿Yo? ¿Explicar? Hazme el favor, vuelve a mirar todos estos libros. El 60 % es suyo. Libros donde se lee, leyó y aprendió que nosotros somos la llave fácil a la sabiduría oculta. El camino rápido para exceder los límites del conocimiento humano. Yo no vine; a mí me trajo; yo no hice más que cumplir su deseo.
No puedo negar que tenga su parte de razón. ¿Cómo es posible que alguien a quien la vida le trató bien llegue a perder la razón por la inmortalidad? Algo que, efectivamente, si lo piensas un momento, el mero hecho de aceptarlo ya implica renunciar a una vida tranquila.
Por ahora, el Espíritu no parece tener intención de hacerme daño. De todas formas, soy consciente de que esta apacible conversación cambiará en cuanto insista en ver al barón. Entonces, no tendrá el menor reparo en enseñarme su peor cara.
—Pretender dominar la materia y el tiempo a través de la Gran Obra es posible —continúa el Espíritu—. Lo es, no te engaño. Pero nuestro amigo, el señor barón, se pasó un tiempo buscando la manera de alcanzarla… ¿Y no se le ocurre destinar un minuto a conocer qué implica encontrarla? ¿No dedica ni una tarde a entender qué consecuencias acarrea vivir eternamente sin Alma si decides venderla? ¿No es esto ser un completo imbécil?
—Todos nos podemos equivocar…
—¿Le compadeces? ¿Vosotros, los vivos, le compadecéis…? ¿En serio? ¡Miraos, por vuestro Dios, miraos! Si lo que ha hecho este idiota lo hacéis todos a diario. La mayoría de vosotros venderíais a vuestra madre por cuatro perras si eso os permitiera vivir sin trabajar. ¿Cuántos vendrían a buscarme si supieran lo que puedo ofrecerles? ¡Millones! ¿Ves esa puerta? Pronto verás cola para entrar por ella. Esta mansión albergará el mayor mercado de Almas que existe.
—Pues mira… Yo he venido a cumplir con mi trabajo, y no sería fiel a él si no insistiera en ayudar al barón a recuperar su Alma. ¿Algún consejo?
—¿Consejo? Sí… Bueno. Deberías cambiarle las pilas y la tarjeta a esa grabadora que traes. Está tiritando ya de tanto grabar. De hecho, no te veo muy puesto en lo que respecta a las últimas novedades en dispositivos de grabación…
—¿Un mercado de Almas?
—De incalculable valor. ¡Claro…! Algo difícil de entender cuando aún se cuestiona la existencia del Alma.
—Tengo que verle ahora mismo…
Dicho esto, y temeroso por darle la espalda al Espíritu, salgo de la biblioteca en busca del barón. La casa es un auténtico laberinto y yo, inmerso en un pasillo interminable, no encuentro más que puertas cerradas. Nadie responde a mis gritos ni cuando las golpeo. ¿Dónde leches estará Cristóbal?
Urge que alguien me ayude: un escalofrío de la cabeza a los pies anuncia que el Espíritu se acerca, recorriendo el pasillo detrás de mí. Un pasillo que parece estrecharse por momentos hasta resultar claustrofóbico. Viene a por mí, y sus intenciones no serán nada buenas. Él es un Ente maligno: experimentado, sabio y versado en todas las artes necesarias para doblegar y hacerse dueño y señor de la mente más fuerte; lo demostró durante nuestra conversación. Yo no estoy a su nivel, y en caso de un enfrentamiento cara a cara, ya sé quién ocuparía la segunda plaza de su preciado mercado de Almas.
Nervioso, llamo a Cristóbal a voces, pero la única respuesta que escucho procede de la voz del Espíritu. Sus palabras retumban por todo el pasillo y, desde luego, ya no queda nada de su tono tranquilizador de antes. De muy malos modos, me insta a regresar a la biblioteca de inmediato, enumerando las cosas que podrían ocurrirme si no le obedezco enseguida; sus amenazas ponen el vello de punta.
De pronto, escucho a la persona que me llamó por teléfono. Es la misma voz, e insiste en que vaya con él. Quiere verme y se presenta como Julián Vázquez, barón de Lastra. Oír su voz me anima a seguir recorriendo el pasillo ahora más deprisa todavía. Desesperado, al no conseguir abrir ninguna de las puertas, le pido que me guíe hasta él. Tras varias indicaciones, que me liberan del laberinto, no me lo puedo creer: la estancia a la que me ha dirigido el barón no es otra que la misma biblioteca.
De todas las estancias por las que he pasado, esta es la única con la puerta abierta y, sinceramente, impone mucho entrar. Mi cabeza se llena de innumerables razones para no cruzar ese umbral, para aprovechar el momento y huir de esta mansión lo más rápido posible. Como dijo el Espíritu: nadie me ha dado vela en este entierro. Lo curioso es que, mientras pienso en escapar, me doy cuenta de que ya estoy dentro de la biblioteca de nuevo.
Lo que veo en cuanto tomo conciencia de ello, alarmaría a cualquiera: en el sillón donde antes estaba yo sentado hay ahora un hombre. Un hombre que inquietaría a cualquiera que lo viera. Tumbado, con la cabeza apoyada casi al final del respaldo, parece más bien que lo hayan dejado caer sobre el asiento en lugar de haberle acomodado con un poco de cariño. Se muestra delgado y pálido. Viste una bata sucia, un pijama roto y unas zapatillas de felpa. Al escucharme llegar, gira la cabeza hacia mí.
El hombre quiere hablarme, pero sus labios apenas se separan y solo alcanza a susurrar palabras que no logro entender. Trata de incorporarse y no puede: sus brazos no consiguen levantarlo y, desanimado, de nuevo se deja caer sobre el respaldo. Sus ojos llorosos no paran de mirarme. Levantando un brazo tembloroso, frágil y huesudo, fatigoso, gesticula con intención de que me acerque.
—¡Ah…! Ya estás de vuelta. ¡Extraordinario! Mira, te presento al barón. Como verás, no está en su mejor momento, pero no hay nada que un whisky y un buen puro no puedan arreglar. ¿Verdad, Julianín…? Y con respecto a ti, pues… ha llegado tu… —comenta el Espíritu, hablando desde el otro sillón.
—Sí, pero hay algo que no entiendo —le interrumpo antes de que termine esa frase que sonaba fatal—. Es que…, mira tú por dónde, la caminata me ha hecho pensar.
—¡Oh! ¿Sí? Pues nada, nada. Escuchemos esas deducciones.
—Es que no entiendo la relación que puede tener un hombre obsesionado con encontrar la piedra filosofal con tu charla acerca de que si el tiempo pasa más deprisa, que si nuestras responsabilidades, que si el mundo… Entonces, intenta entenderme…
—Te juro que lo intento.
—Yo, desde mi desconcierto ante toda esta información tan dispar, no me queda otra que preguntarte: ¿Hablas en serio?
—¿Perdona…?
—Sí. Tú dices ser un demonio. Hablas como un demonio, tienes aspecto de demonio. Bien, muy bien. Dices que compras Almas, que pretendes montar en esta casa un mercado de Almas como quien monta una mercería. Sueltas amenazas, a cual más burra, y sí, todo eso está muy bien. Incluso seguro que eres capaz de sacar un conejo de una chistera, o cualquier otro truco de esos que hacéis vosotros los demonios…
—¿Eres imbécil?
—No, no, contente. Es solo una pregunta. ¿Todo eso del tiempo transcurriendo más deprisa me lo dijiste porque, en realidad, te sientes solo? ¿Por qué tienes la impresión de que nadie te escucha y, al verme a mí, sacaste conversación con la esperanza de hacer por fin un amiguito? ¿Sientes que te han abandonado? ¿Qué te han dejado en esta casa solo y ningún otro demonio se acuerda ya de ti? Te lo digo porque hay asociaciones y grupos de personas que organizan planes para los fines de semana y…
—Rematadamente imbécil.
Al miedo se le acorrala diciendo tonterías; al menos, eso dicen. La espera lo agranda, el silencio lo multiplica y la voz desarma todo aquello que amenace a nuestra Alma. Y yo necesitaba tranquilizarme… —Pienso para mis adentros.
—¿No has entendido mi opinión del tiempo? Mira, guapo, el tiempo es todo para vosotros.
El tiempo es mucho más que un reloj —grita el Espíritu, amenazando con abalanzarse sobre mí—. Es el juez implacable que, segundo a segundo, indulta una vida o sentencia otra.
—Un juez al que debemos haber cabreado mucho.
—Así es. De todas las generaciones que han poblado la tierra, es a vosotros a quienes menos les dura un día.
—¿Pero solo por no dedicar atención al mundo y a nuestro interior viene el enfado?
—Vivir ajenos a vuestra Alma diluye vuestro tiempo y os aleja de la verdadera esencia humana.
Mientras tanto, el barón continúa intentando llamar mi atención, con un esfuerzo que debe resultarle titánico. Pero cuando ya me acercaba a él, el Espíritu se interpone, colocándose justo delante del sillón. Me impide el paso, y con mirada desafiante, este engendro del infierno deja claro que no va a permitirme pasar. Al menos, el barón ya es consciente de que quiero ayudarlo y, mostrándose más tranquilo, asiente levemente con la cabeza.
—¿A qué te refieres con lo de esencia humana?
—A lo más importante de algo.
—¿Y lo más importante en este caso es…?
—Mantener el proceso de purificación del Alma.
—Suena complicado…
—No, no lo es. Pero tampoco consiste en levantarte a las ocho, recitar unas oraciones, flagelarte a latigazos y no tener relaciones impuras. Esto no va de emprender una misión religiosa ni de vivir con una personalidad estricta. —Cada frase, cada explicación le altera más: nervioso, agarra cosas y simula lanzármelas. Impone, pero necesito comprender—.
—Esto trata de aplicar en tu vida la sabiduría del Alma: un conocimiento profundo, lento y reflexivo, capaz de ayudarte a superar la vida, sean cuales sean la suerte y los recursos que te hayan tocado para enfrentarte a ella.
—¿El conocimiento profundo, lento y reflexivo…? ¿A qué te refieres?
—El poder de los poderes, la magia de las magias.
—No entiendo.
—¡Ja! Este es el problema —simula reírse el Espíritu, mientras frunce el ceño y me mira de arriba abajo. —Esa sabiduría es la purga del Alma de todo lo mundano. La vida es un trecho del viaje; nada más —grita desesperado con cada explicación—. Quien sucumbe a las “maravillas de la vida” y olvida lo que lleva dentro de sí, distorsiona su tiempo.
—Lo entiendo. Ahora volvamos al caso del barón. Yo supongo que durante un día habrá más de una persona que recurra a vosotros, que os invoque con el fin de conseguir algo a cambio de su Alma.
—Sí, cierto es, ocurre a diario.
—¿Por qué entonces atendiste la invocación del barón, cuando tengo entendido que no hacéis caso a la gran mayoría?
—¿Que no hacemos caso? Tus datos no son muy correctos…
—Entonces, ¿por qué él?
—Porque se rindió.
Tantos años trabajando de sol a sol para alcanzar la Gran Obra, ¡la gran Piedra filosofal! Y…, cuando más cerca la tiene, ¿se rinde?
—¿La dio por perdida?
—No. El muy estúpido optó por coger el camino más rápido: el atajo prohibido.
—Y te llamó.
—Me llamó.
Y el solo hecho de llamarme con el propósito de vender el Alma ya acarrea consecuencias.
—Eso se dice.
—Este fracaso vino porque este señor no se detuvo a comprender el verdadero significado de la piedra filosofal.
Es triste tener que admitirlo, pero lo poco que conozco acerca de la Gran Obra coincide con lo que describe el Espíritu. Siempre se ha comentado que alcanzar la piedra filosofal requiere, antes que nada, una intensa purificación del Alma.
Quien intente conseguirla mediante “atajos”, obviando al Alma, condenará su vida a una eternidad vacía, en la que cada día será un calco del anterior e idéntico al siguiente. Solo aquel que la alcance con humildad quedará libre del castigo.
VIII
—¿Me puedes contar de qué forma se realizó el pacto del barón con el diablo? —pregunto de nuevo al Espíritu.
—Lo escuché. Su voz gemía suplicante entre otras muchas. Todas querían que fuésemos a ellas. La verdad es que enseguida le elegimos a él porque vimos una oportunidad. No ofrecía nada distinto a los demás, pero poseía algo que nos interesaba más que su propia Alma: esta mansión.
Cuando yo llegué, esta casa y todos sus alrededores gozaban de una gran alegría y paz. Tenía luz, árboles y granjas plagadas de animales; había hasta niños jugando. Disfruté mucho durante el tiempo que tardé en dejarlo todo tal y como lo ves ahora.
Poco a poco, su voz toma un tono enérgico. Está feliz, se regodea con euforia de su logro, igual que un crío.
—El barón estaba en su despacho, sucio y vestido como ahora. Lo encontré sentado, rodeado de un montón de libros y suplicando que viniéramos a hablar con él.
“Venid, criaturas del Averno”, gritaba el idiota. Daba pena ajena solo con mirarlo. —El demonio estalla a carcajadas, golpeando con el puño el respaldo del sillón. Al tiempo, el barón se cubre la cabeza con los brazos, asustado de que alguno de esos golpes termine por alcanzarlo.
—Menos de cinco minutos después, su Alma era nuestra. Yo le hice inmortal, pero también es cierto que él no puso condiciones. No dijo nada, no pidió nada, solo vivir eternamente.
—Sí te fue fácil, sí.
—En menos de cinco minutos, disponíamos de un nuevo techo donde almacenar Almas. Pequeños inframundos, donde ajustar cuentas con quienes pegan una patada a su propia Alma a cambio de la vida fácil.
¿Qué puedo hacer yo cuando hay quienes prefieren entregarse a Satanás antes que aceptar su propio destino?
—Bueno, vosotros algo ayudáis también.
—Ahora mi propósito es convertir esta mansión en el palacio que nuestro amo y señor merece. De una manera u otra, todas aquellas reliquias creadas en su honor acabarán bajo este techo. Descansarán aquí, custodiadas por las Almas de los ignorantes y desagradecidos que la entregaron para el uso y disfrute de Satán. ¿Y sabes? Cuento contigo…
De repente, un libro cae al suelo muy cerca de mí. No se ha caído solo: el barón lo ha tirado de la mesa. Con disimulo, estirándose a espaldas del Espíritu, logró darle una patada y ahora me hace gestos para que lo recoja.
Es un libro antiquísimo: un tratado demoníaco que desconocía. Imposible conocerlo, pues nunca debió publicarse. Sus páginas cosidas a conciencia fueron escritas con tinta negra. Salvo contados borrones, la caligrafía es excelente: clara y limpia, permite leerse con solo un rápido vistazo. Creo que tengo una joya en las manos para quienes nos dedicamos a este mundo de las Ánimas.
—¿Entonces? ¿Poseer su Alma no te llevó nada de tiempo ni el menor esfuerzo? —Interrumpo al Espíritu, tratando de ganar algo de tiempo, pues, por su último comentario, intuyo que la charla cordial está llegando a su fin.
—Menos de cinco minutos. Ya te lo he dicho —responde el demonio, observándome con atención mientras hojeo las páginas del libro.
—¿Se te da bien entonces lo de comprar Almas? Vamos, debes de ser el más rápido y eficaz de todos tus compatriotas.
—No entiendo. ¿Puedes explicarte un poco mejor?
—Sí, voy a intentarlo. Es que… no entiendo. Creo que no es posible…
—Perdona, perdona, perdona… ¿No me crees?
—Sí, sí. Es solo que no entiendo.
—¡Ah! ¿Y qué no entiende el señor?
—Pues no entiendo… Porque… Vamos a ver… En este libro, que imagino forma parte de esta estupenda colección que entre el barón y tú habéis reunido, se habla de los pactos con el demonio. De hecho, todo su contenido gira en torno al mismo tema. Es un tratado que incluye con rigor todas las normas y leyes que regulan los pactos…
¡Vamos, tú lo sabrás mejor que yo! ¡Qué tontería explicarte a ti qué es este libro!
—Lo es, lo es. Es lo que tú dices.
—Entonces, entiende mi desconcierto… y perdona mi ignorancia. Pensarás que es ridículo…
—Empiezo a pensarlo, sí. Y te aconsejo que todo esto conduzca a un punto realmente interesante.
—Es que aquí, en esta página, por ejemplo, dice…
—¿Qué dice? Cuéntame.
—Bueno, pues habla de que hay un pacto denominado expreso y otro llamado tácito. Que en ambos la persona que vende su Alma tiene que estar consciente y actuar de forma voluntaria. Hasta ahí, todo claro.
—¿Y lo que no entiendes es…?
—Pero, claro… Es que a continuación detalla una serie de puntos. Puntos de obligado cumplimiento. Explica de manera muy estricta que la mala ejecución, o la omisión de alguno de ellos, invalida el pacto. Más o menos viene a decir esto…
—Sí. Lo que has leído es correcto. Puedes continuar y terminar de una puñetera vez. —comenta el demonio, elevando el tono, estirándose y apretando los puños.
—Sí, claro, claro… termino ya mismo —respondo titubeante, al escucharlo murmurar insultos entre gestos de rabia y escupitajos de saliva—.
—El caso es que son once puntos. Once puntos a cumplimentar durante el trámite del pacto. Lo dicho, hay que hacer formal: la renuncia, la blasfemia, el juramento de obediencia, la firma con sangre, la consagración del cuerpo al servicio de Satanás, participar del ritual, el consumo de sustancias…
—Lo sé. Lo sé. Los conozco todos… —interrumpe el demonio, ahora con voz suave, conteniendo la ira.
—Sí, sí… Bueno, ya solo quedan el sacrilegio, la invocación al mal, el aquelarre; esto de la reunión de brujos y brujas nunca lo he entendido muy bien… Tendrías que verlo hoy en día…
—Me ca…
—Y, por último, la recepción de marcas demoníacas. Es decir, las marcas, similares a las que se le hacen al ganado.
—¿Y…?
—Sí. Pues… Además, en este libro, en su última página, aparecen dos firmas. Me llama la atención esta. Mira: hay gotas rojas como salpicadas alrededor, el trazo es irregular, difuminado… O sea, esta firma está hecha con sangre. Todo apunta a que pertenece a uno de vosotros. La otra fue hecha con tinta de pluma antigua, habitual en conventos de monjes y frailes.
A donde quiero llegar es que este libro es todo un tratado de pactos, aceptado por ambas partes.
—Aceptado por ambas partes, sí, en el año 1666, sí. Monasterio de San Martín de Asán, Pueyo de Araguás, Huesca, seis de junio de 1666, sí. ¿Y…? —vocifera el Espíritu.
—Pues no entiendo. Si para hacer un pacto válido con el diablo, hay que realizar antes estos once puntos…
¿Entonces, cómo es posible que este hombre perdiera su Alma en menos de cinco minutos? Fue lo que tardaste, según tú.
El barón me clava la mirada. El silencio se rompe. El demonio duda. Le observa a él, y acto seguido me mira, buscando una respuesta que no termina de encontrar.
—Permíteme otra pregunta: ¿tú estás seguro de que la venta del Alma de este hombre realmente se produjo?
Corriendo por la biblioteca, el Espíritu coge un libro tras otro, pasando sus hojas deprisa y arrojándolos con rabia al suelo al no encontrar lo que sea que busque.
—Podríamos invocar aquí y ahora al dueño de la pluma con la que se firmó este tratado. Él seguro que nos lo aclararía.
¿Quieres? Yo sé cómo hacerlo…
—Estate quieto o…
—Tranquilo. Si yo no quiero nada contigo.
—Puedo amargarte mucho la vida. ¿Quieres verlo?
—También podemos hacer otra cosa. Si lo prefieres… en vez de invocar a este buen señor, o a los dos firmantes si fuera necesario, podríamos enfocar el problema de otra forma. Revivirlo desde el minuto cero.
—Habla.
—Imagínate que estamos en el momento en el cual tú, entre un montón de voces, escuchas la súplica del barón. Os llama desesperado. No encuentra la inmortalidad que tanto ansía. Tú vienes, le escuchas, pero en esta ocasión no te convence. Decides que su Alma no es interesante… y te vas.
—¿Cómo no me va a interesar un Alma nueva? No se lo van a creer.
—Pues… Será mejor que te busques una buena excusa para liberarlo de este amarre. Porque en realidad, eso es lo que le tienes hecho: todo un buen amarre de profesional. Imagina lo que hará tu jefe contigo cuando se entere de que no hubo tal pacto.
—No podía dejar que se me escapara. El muy subnormal, cuando me vio delante de él, coge y se arrepiente. ¡Que ya no quería vender su Alma decía! ¡Que me fuera! ¡Que le daba miedo!
—La lucidez que desprende el Alma en los momentos de duda.
—Su put…
IX
De pronto, el suelo de la biblioteca comienza a estremecerse. La mesa y los sillones tiemblan tanto que se mueven. La librería también parece querer sucumbir. Se desmonta en módulos irregulares, mientras un sonido ensordecedor surge de golpe: es un grito agudo e interminable, que agita los cristales igual que si fueran simples pañuelos. Sobre mi cabeza, la lámpara se balancea cada vez más cerca; el cable, estirado y tenso por demás, amenaza con partirse.
El tocadiscos vuelve a sonar justo cuando la luz parpadea. Curiosamente, la balda sobre la que está colocado es el único estante de toda la librería que no tiembla. El disco gira rápido, reproduciendo una voz distinta a la del anterior vinilo, que se mezcla con el interminable grito. No entiendo lo que dice, ni siquiera reconozco el idioma. Denota furia. Pronuncia frases largas junto a palabras cortas que suenan a insultos. ¡La aguja! Retrocede sobre el disco. De nuevo el “backmasking” aparece. Ahora entiendo por qué el barón, cuando me llamó para venir, definió este gruñido infernal como la voz del diablo.
El Espíritu pasa a mi lado. Tumbado en el suelo, con los brazos estirados, se arrastra deprisa. Algo o alguien lo arrastra, mientras él intenta zafarse revolviéndose y pataleando sin parar. Los libros caen de los estantes e impactan contra su cuerpo, como si alguien se los arrojase con una fuerza brutal. Choca contra la mesa, contra el sillón, contra todo lo que se interpone en su camino. Quien lo arrastra no esquiva los obstáculos: los aparta con la cabeza del Espíritu.
Huele a gas. Es un olor fuerte y demasiado desagradable para ser el simple gas de las típicas bombonas. Este me quema los ojos hasta dejarme casi ciego. Abrasa las fosas nasales y hace que me pique cada poro de la piel, tiñéndola de un feo tono marrón. Toso sin poder parar y tengo la garganta sin una gota de saliva. Necesito salir, abrir una ventana…, ¡pero no puedo moverme!
Mis pies están pegados al suelo y, al mirarlos, veo como si mis zapatos se estuvieran deshaciendo. El calor se ha vuelto insufrible en cuestión de segundos. En la chimenea arde un verdadero incendio: unas llamas rojas voraces cruzan el borde de la chimenea arrastrando los leños candentes. Amenazantes, impiden el paso hacia ese lado de la biblioteca. Descalzo, intento llegar a la puerta, pero esta se cierra de golpe. Es imposible abrirla: el pestillo arde y quema mi mano. Busco un trapo, algo que me proteja para conseguir abrirla y no encuentro nada.
La librería se derrumba. Las planchas de madera caen sobre nosotros, y un cristal estalla en incontables pedazos. ¡Todo se viene abajo! El ruido ya es insoportable; es el sonido de la destrucción total. No veo al barón, y los temblores del suelo impiden ir a buscarlo. Además…, estoy atrapado entre unas maderas y la pared.
Quizás lo mejor sea esperar a que pase todo esto. Todo lo que tengo encima, aunque pesa lo suyo, me protege de los objetos que siguen cayendo… ¡Como la lámpara! Al final no aguantó y se precipita contra el suelo, tan cerca de mí que parte de ella descansa ahora sobre las maderas que me retienen.
Pasados unos minutos de un caos absoluto, se hace la calma. Regresa de un segundo a otro. Los objetos cayendo levantaron una nube de polvo que ahora deambula tranquilamente, como si nada hubiera pasado. La claridad que entra por los dos ventanales es la única luz existente.
A base de esfuerzo, consigo salir de debajo de las maderas. Acongoja levantar la cabeza y recorrer con la mirada la biblioteca: está devastada; nada quedó en pie. El fuego de la chimenea se extinguió y, por suerte, no ha causado más daño que unas pocas manchas negras en la pared. Los libros, las láminas, las baldas que los sostenían… todo yace esparcido por el suelo. ¡Dios mío! ¡Con la antigüedad que tienen algunas de estas cosas! Duele verlo todo así.
¡Oigo un quejido! Alguien se lamenta y pide ayuda. Parece provenir del fondo de la sala, justo detrás de un montón de muebles, libros y otros enseres antes bien distribuidos por la biblioteca. De repente, una mano se asoma por detrás de uno de los sillones. Es una mano humana, que solo puede ser de Cristóbal o del barón. Grito preguntando cómo se encuentra, pero no me contesta.
Preocupado, me arrastro por el suelo hacia el sillón. El desastre desparramado por el suelo, junto al dolor de las maderas al caerme encima, hace de cada movimiento una tortura. Pero, de pronto, algo me distrae del esfuerzo. Me paraliza. No puedo apartar la mirada y el corazón se me va a salir del pecho. ¡Es increíble! Entre los dos ventanales, sentado sobre los restos de una repisa, con los pies apoyados sobre ella y una mano bajo su barbilla, inmóvil… y observándome con atención… ¡Hay un ser alado!
Sé que me observa, aunque no pueda ver sus rasgos ni asegurar si es un hombre o una mujer. Solo distingo el contorno: es una figura con cuerpo de persona y dos grandes alas recogidas en su espalda. De golpe noto un vértigo. Siento que caigo desde una gran altura, sin llegar nunca a tocar el suelo. ¡No puedo mantener los ojos abiertos! Mis párpados han decidido cerrarse, y estoy igual que antes: sumido en un profundo sueño que inmoviliza todo mi cuerpo, dejando mi mente consciente.
Lo que quiera que sea esa figura, viene hacia mí. ¡No puedo moverme! ¡No puedo abrir los ojos para verlo! Ya está delante; siento sus pies rozar mi frente. Le oigo murmurar palabras extrañas y, agachándose, apoya su mano en mi hombro. Supongo que es su mano… pero no lo sé. Sigo sin saber qué es. Y, de pronto… ¡habla…!
—Me apetece mucho coincidir contigo en uno de tus casos. Nos lo pasaríamos muy bien. Porque, ¿sabes…? Yo sí puedo hacerlo y lo haría en menos de cinco minutos…
Después de sus susurrantes palabras, que entiendo perfectamente a qué se refieren, se pone en pie. Mi intención de echar a correr se calmó justo cuando comenzó a hablar y sigo clavado en el suelo. ¡Dios, esas palabras eran cuchillos directos a hundir mi poder de decisión! Te someten. Sea lo que sea, se toma su tiempo delante de mí antes de dejar caer entre mis brazos un objeto algo pesado. Sigo sin poder abrir los ojos cuando ya siento que se aleja, dejando tras de sí el aroma de un perfume incómodo. Me aterra imaginar que puede haberme dejado.
Cuando al fin recupero el control de mi cuerpo, no doy crédito a lo que ven mis ojos: una figura masculina, joven, con dos enormes alas negras tan densas como el carbón, se desvanece tras la puerta dejando atrás la biblioteca. Alto, ataviado con una túnica oscura, descalzo, rubio de interminable melena rizada y paso firme, se aleja ligero mientras arrastra del pelo, con una sola mano, al Espíritu completamente magullado.
La nube de polvo se ha disipado desde que esa escalofriante Presencia abrió la puerta y salió de la biblioteca. Da la sensación de que todo el mal, todo lo feo, salvo el destrozo, se fue con ella. Se nota. Se respira otro aire y hasta la luz que entra por los ventanales brilla más fuerte.
¿Qué es esto? Un disco. Sin embargo, no es un vinilo al uso, sino uno de aquellos más antiguos, de los llamados de pizarra. Este es el objeto que ese engendro de joven-demonio dejó caer entre mis brazos. Las ganas me empujan a escucharlo ahora mismo, pero no es el momento adecuado y dudo que el tocadiscos funcione.
Más tranquilo, respiro hondo y me tomo un par de segundos antes de incorporarme. Sigo dolorido y algo tembloroso todavía. Creo que voy a recordar esa voz toda mi vida. Es igual, una más en la lista de pesadillas que ya habitan de continuo en mi mente. Ahora, solo toca ayudar a quien esté tras el sillón.
Un poco más adelante encuentro mis zapatos. Por suerte, el deterioro en ellos no fue mucho y no tendré que andar descalzo. Desde esta posición, además, puedo comprobar que los anteriores lamentos correspondían al barón.
Efectivamente, es él. Sí, pero su rostro, aunque ya no muestra la palidez ni la falta de expresión, denota algo inquietante: parece como si hubiese envejecido unos diez años de antes a ahora. Puede hablar, incluso levantarse, mientras coloco el sillón para que se vuelva a sentar. Al ver su mirada recorriendo con atención cada palmo de la biblioteca, se adivina la pena que siente al ver todo el destrozo…
—Por Dios… ¿Cómo se le ocurrió? ¿Cuánto tiempo lleva así? —pregunto sobrecogido.
Sus ojos buscan los míos un segundo, para luego apartarlos y bajar la mirada. Su voz suena cansada y sincera: afirma que todo fue nada más que desesperación pura y dura. Demasiadas, infinitas horas de estudio y pruebas en vano, confiesa que lo trastornaron. Pudieron con su conciencia. Pese a ello, el barón asegura que el ansia por alcanzar la inmortalidad le sobrevino de repente. Él nunca había pensado en eso. No le atraía; lo consideraba más un error que un logro maravilloso. Él investigaba otra cosa, un descubrimiento religioso que estaba a punto de anunciar. Recuerda que habría sido una bomba capaz de reescribir todos los libros sagrados del mundo. La lástima es que ahora no consigue acordarse de lo que era.
En cambio, sí estaba seguro de algo: cuando ya se disponía a escribir el artículo para hacer público su descubrimiento, algo atacó su mente. Sus deseos cambiaron. De pronto… ¡Quería ser inmortal!
Al principio, intentó ignorarlo, apaciguar el anhelo desmedido por descubrir la fórmula para no morir nunca. Fue inútil. No podía dormir, ni comer, ni siquiera salir del despacho para dar un paseo y saludar a los granjeros. Solo podía estudiar y estudiar. Se volvió loco, tanto que despidió y echó a patadas a todo el personal que cuidaba de la mansión.
—¿Pero entonces…? ¿Por qué Cristóbal se quedó con usted después de ser despedido…? ¿Lo readmitió?
Su rostro se vuelve deprisa hacia mí. Me mira con atención, con extrañeza, y, negando con la cabeza, responde:
—¿Cristóbal? ¿Qué, Cristóbal? Aquí jamás hubo nadie llamado Cristóbal. Nunca…
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