Es plena madrugada cuando llegamos a nuestro destino. El teléfono sonó poco después de la medianoche, y en menos de diez minutos ya tenía un coche esperando en el portal de casa. Aparte de que la llamada interrumpió el mejor de los sueños, es imposible no preocuparse al ver en la pantalla a quién pertenece ese número: todas las veces que esta mujer recurrió a mí, fue para darme un caso de solución apremiante y, por regla general, son trabajos donde el miedo se palpa desde el minuto cero.
El escenario, oscuro, frío y apartado en bastantes kilómetros de la población más cercana, impone desde el interior del auto. ¿A quién demonios se le habrá ocurrido poner un hotel en este paraje? Por lo que pude ver durante el camino, está situado en una explanada atravesada por la carretera y nada más. No hay una ciudad, una playa cercana, una triste montaña, un camino por donde pasear a gusto, ni vistas que admirar. No sé, no entiendo quién puede elegir este lugar para alojarse, con los pueblos tan bonitos e interesantes existentes por la zona.
Acompañado por el chófer, me acerco a la puerta del hotel. Salvo el antiquísimo cartel principal rotulado con el nombre, en el resto del establecimiento no se ve ninguna luz encendida. El hall principal lo descubrimos gracias a la linterna del móvil. Según se anuncia en la puerta, el hotel cuenta con dos estrellas y atienden las 24 horas, aunque en este momento no divisemos a nadie pendiente de quién llega o quién se va. Mario, como así se llama el conductor, toca y toca el timbre sin piedad de quienes estén aquí alojados y seguramente todavía durmiendo.
―¡Este hombre es la leche! Sabe que venimos y… No te creas que está durmiendo; es que se encierra en el cuarto por miedo al Fantasma. ―Refunfuña el chófer.
―No me extraña. Este sitio reúne todas las condiciones para sugestionar a cualquiera—. Contesto yo tratando de ver algo del interior a través del cristal.
Segundos después, un hombre recorre presuroso el vestíbulo portando unas llaves. Ligero abre la puerta, saludándonos al tiempo que nos pide disculpas por la espera y nos invita a pasar. Sin detenerse un instante, con la misma viveza se dirige al mostrador y enciende varias de las luces. Reconozco que el hotel cambia mucho al verlo iluminado. Decorado como un antiguo pabellón de caza, la primera impresión resulta agradable y acogedora; el estilo rústico aparece allá donde mires. Ya más tranquilo, saluda a Mario con un apretón de manos. Los dos se conocieron en una visita anterior realizada hace apenas un par de días. El viernes pasado, este chófer trajo a la mujer que me llamó esta mañana para entregarme este caso. A ella de siempre le ha gustado y atraído mucho este tema de los Espíritus y, cuando se entera de alguna posible aparición, no tarda en dejarse ver por el lugar.
―Buenos días, gracias por venir. Mi nombre es Jesús y junto a mi esposa Carmen regentamos este hotel desde hace ya más de quince años. ―Nos informa el hombre, ofreciéndonos su mano y mientras nos conduce a un salón.
Las vigas, mesas y sillas de madera, alfombras, cabezas de animales colgadas en las paredes o disecados sobre los aparadores, lámparas de araña, grandes ventanales con vidrieras policromada, cuadros con motivos de caza y chimenea con la leña preparada resuelven mi duda acerca del tipo de gente que se hospeda en este hotel. Por otro lado, el olor a pan recién hecho, la cafetera humeante y una bandejita de mimbre colocada en cada mesa surtida de rosquillas, perrunillas, palmeritas, aceitadas y mantecados consiguen relegar a un segundo plano el tema del supuesto Fantasma, si es que de veras una aparición es el motivo por el cual estamos aquí ahora.
Tras servirnos el café a gusto de cada uno y trayendo a la mesa unas rebanadas de pan de hogaza recién tostadas, junto a unos recipientes con aceite, tomate y el ineludible azúcar, Jesús se sienta a la mesa con nosotros…
―Bueno, veamos… ¿Y por dónde empiezo? —comenta Jesús—. Estáis en una posada inaugurada hace ya unos cuantos siglos. Desde entonces, fue lugar de refugio de pastores y viajeros de paso en busca de cobijo donde pasar la noche al calor del fuego y poder llevarse un chusco y un buen trozo de queso a la boca. Por estas tierras, como ya sabréis, el frío suele ser de órdago. El hotel conserva estructuras y detalles, no sé si exactamente de cuando se construyó o ya son de años o siglos posteriores. Luego os lo enseño.
Estamos en el salón principal. Aquí servimos los desayunos, comidas y cenas. Hoy tenemos cuatro personas hospedadas repartidas en dos habitaciones. Cuatro hombres que no tardarán en bajar a desayunar. Pero tranquilos, en cuanto terminen, dejarán escopeteado el hotel para salir de caza. Les gusta salir al amanecer; los conocemos de hace tiempo, vienen todas las temporadas en cuanto se abre la veda. Ya les tengo preparado el almuerzo que se llevan y no creo que vuelvan hasta bien pasada la media tarde. Por ellos no te preocupes, estaremos solos. Normalmente, las ocho habitaciones del hotel se llenan con facilidad durante la veda abierta. Aunque de manera adicional, en los últimos meses hemos notado otro tipo de clientes ajenos por completo a los cazadores. Se ha corrido la voz y ahora también nos visita el llamado turismo de lo paranormal.
―¿Personas que se hospedan en busca del Espíritu? —pregunto yo, deseoso de saber qué demonios ocurre entre estas cuatro paredes.
―En busca del Espíritu o, quizás, ya de paso, en busca del espectacular tesoro escondido por estas tierras, según cuenta una vieja leyenda. Un tesoro puesto a salvo gracias a un antiguo almirante llamado Manuel… Manuel… ¡Manuel, no sé qué más! ¡No me acuerdo! Él fue quien lideró los galeones encargados de traer desde las Indias a las Españas el mayor tesoro de toda la historia. Se dice que, en el fragor de la batalla, y viéndose derrotado, este almirante consiguió desembarcar más de doscientas piezas de oro y plata sin ser visto por el enemigo. Doscientas piezas de un valor incalculable se sacaron de los galeones antes de que fuesen hundidos.
¿Cómo consiguió desembarcar el tesoro? Nadie lo sabe. ¿Cómo pudo traerlo hasta este lugar, a más de trescientos kilómetros de donde se hundieron esos barcos? Tampoco se sabe. Se dice que fue la propia muerte quien dijo al almirante en dónde esconder el tesoro. Cuenta la leyenda que su Espíritu, el Alma de este tal Manuel, aún hoy mantiene el tesoro a salvo de aquellos que, sin corresponderles, anhelan encontrarlo. Por aquí son varios los que juran haber visto al Almirante. Todos ellos coinciden en haberle visto cuando es noche cerrada, paseando por la vereda paciente y vigilante, a la espera de quien tiene que venir. Ese Espíritu espera a alguien, a un elegido o elegida, a quien susurrando en su oído y conduciendo sus pasos le guiará hasta el tesoro. ¿Quién es? Ni idea. Pero siguiendo la leyenda, un día ese alguien entrará por la puerta de esta antigua posada siendo un triste mileurista y saldrá de ella, siendo una de las personas más ricas del mundo.
―O sea, ¿el problema de este lugar es la presencia del Alma de un almirante protegiendo un tesoro escondido? ―Vuelvo a preguntar, sin tener claro si creerme toda esta historia. Cabe la posibilidad de que se trate de una simple artimaña para atraer clientes al hotel. De momento, este caso se asemeja a la novela “La isla del tesoro”. ¿Y ese almirante está aquí esperando que llegue alguien, que puede ser cualquier persona del mundo, para entregarle un tesoro? Así, ¿sin más?
―Sí, exacto. Eso mismo cuenta la leyenda del tesoro de los galeones de Rande; o de la batalla de Rande si prefieres llamarlo así. Yo nací en la zona, en un pueblo a cincuenta kilómetros de aquí, y recuerdo haber escuchado de siempre esta leyenda.
De pronto, comienza a llover. Llueve con fuerza. Las gotas impactan contra el tejado del hotel cada vez de forma más intensa. Al mismo tiempo, el aire se deja notar. Libre de barreras, sopla a sus anchas emitiendo sonidos que en ocasiones parecen palabras. Sin más espera, saco el material, enciendo la segunda de las grabadoras y me acerco a una de las ventanas. Fuera está oscuro. No termina de amanecer y ya, aunque lo haga, supongo que no ganaremos mucha más luz.
―¿Ya habéis vivido alguna experiencia frente a frente con el Espíritu? Viendo de quién llega este caso, supongo que sí. ¿No?
―Todas las noches dejo recogido este mismo salón. Coloco las sillas encima de la mesa, friego el suelo y, cuando termino, dejo todo apagado. Encima de las mesas no queda nada más, salvo estos pequeños maceteros con flores de papel. Sin embargo, hay mañanas en las que, al bajar a preparar los desayunos, me encuentro aquella mesa del rincón, siempre aquella misma mesa, descolocada de su sitio, la silla puesta en el suelo y una jarra y una botella de vino vacías encima de la mesa. Y no, no te creas, nadie se está bebiendo el vino guardado en la bodega. La botella corresponde a una marca que yo no compro; es más, nunca hemos tenido vino de esa marca en esta casa y tampoco la encuentro en los supermercados ni en internet. Con respecto a la jarra, ¡ahí la tengo! ¡Ahí la puedes ver! Es una jarra de barro, algo que nosotros nunca tuvimos. Ahora, se mantendrá ahí, quieta en ese estante, hasta otro día que me la volveré a encontrar encima de la mesa.
―Sí, todo eso sorprende. Pero, ¿podría ser una broma pesada? ¿Alguien con ganas de guasa? ¿Has probado a comparar quiénes están aquí hospedados cuando suceden esos hechos? Lo mismo solo ocurre cuando hay una persona en particular. Si es así, ¡ya tendríamos a nuestro Fantasma!
―Sí, por supuesto. Mi esposa y yo le hemos dado vueltas a todo y no vemos solución. Quedan cosas por contar. En los últimos días, hay noches donde de repente surge un ruido muy extraño procedente de este salón. Un ruido tan fuerte que nos despierta a los dos. Al poco, cuando ya estamos en las escaleras bajando a ver qué ocurre, alguien habla. En este salón hay un hombre. Sentimos cómo mueve la mesa, cómo coloca la silla de nuevo en el suelo. Le oímos descorchar una botella y verter un líquido en la jarra, mientras no deja de hablar, hablar y hablar. Es un murmullo constante. Apenas entendemos lo que dice, pero parecen reprimendas. Esa voz está continuamente regañando a alguien, o tal vez a él mismo, por su modo de proceder en una acción imposible de escuchar y entender para nosotros.
―¿Le habéis visto o le has preguntado algo a esa voz?
―Sí. Fue una noche de hace poco. En concreto, el pasado 24 de octubre…
Era un jueves. Estábamos todavía recogiendo el salón. A pesar de que el tiempo era horrible, llovía y llovía sin parar, tuvimos unas cuantas entradas en el hotel durante la tarde y, por ende, las cenas se dispararon. Cuando los últimos cuatro huéspedes se decidieron a subir a sus habitaciones, hartos ya de beber, acababan de sonar las doce campanadas en aquel reloj de pared; era medianoche. En un momento dado, Carmen salió de la cocina y vi su cara palidecer casi al mismo tiempo. Sus ojos se habían quedado clavados mirando algo detrás de mí. Cuando me giré, ahí estaba…
Nunca lo olvidaré. Era una presencia; un difunto vuelto a la vida, mirando por la ventana con las manos cogidas a la espalda. Su imagen brillaba, brillaba mucho. Mediría sobre 1,70 m de alto. Tenía el pelo largo, recogido en una pequeña coleta. Vestía una deteriorada casaca azul de botones dorados. Por debajo de ella, una prenda roja abotonada y ceñida, totalmente sucia, eso que antes llamaban calzas de color azul como pantalones, manchados de un rojo preocupante, y unos zapatos con una hebilla grande.
—Vale, te creo. ¿Podría ser el mismo Espíritu que tienes detrás de ti?
Portando la misma apariencia descrita por Jesús, un Espíritu avanza hacia nosotros. No me gusta lo que veo. Se acerca decidido, con ceño fruncido, puños cerrados y mirada desafiante. Le disgusta vernos. Su gesto permanece inerte, al contrario de sus brazos y piernas, los cuales, moviéndose cada vez más ágiles, en nada muestran su carencia de vida. De pronto, acelera tanto el paso que corre. Viene corriendo; en tanto, lleva su mano hacia la cadera y, apartando la casaca, raudo agarra un cuchillo que clava en el centro de la mesa.
Jesús, encargado del hotel; Mario, el chófer; y yo mismo permanecemos inmóviles durante unos segundos. Atónitos, no despegamos la mirada del cuchillo. El susto fue grande; por un momento llegué a pensar que venía con intención de clavárnoslo a uno de nosotros y no en la mesa. Los conocimientos aprendidos dictan que un Espíritu es difícil que trate de agredir hasta tal punto, y cuando eso ocurre, por lo general, las circunstancias distan mucho de ser como estas. De cualquier modo, cada caso es una aventura distinta con sus virtudes y sus peligros.
Con el susto aún por superar, levanto la mirada. El Espíritu sigue ahí. Tras clavar el cuchillo en la mesa, se ha desplazado hasta la puerta del salón, donde parece esperarnos. Quiere que le sigamos, algo bastante complicado de llevar a cabo para mis dos compañeros de caso. Yo para nada trato de ocultar mi miedo; acompañar a un Alma de estas características después de lo ocurrido sin duda no es la mejor idea. Pero la historia me puede: la presencia de un Espíritu custodiando un gran tesoro de antaño me empuja mucho a involucrarme. Tirando materialmente de Mario y Jesús, nos dirigimos a la puerta, mientras el Alma del almirante, suponiendo que de veras sea él, abandona el salón.
Al cruzar la puerta y situarnos en el hall de entrada al hotel, el Espíritu se encuentra al final de un pasillo junto a la escalera de subida a las habitaciones.
—Ese pasillo conduce a las escaleras que bajan a la bodega. —Comenta Jesús.
En fila de a uno, los tres seguimos al Espíritu dejando un margen de distancia. Al llegar a una puerta de madera, el Alma del almirante se vuelve y atraviesa la puerta sin dejar de mirarnos.
—¡Ostras! ¿Habéis visto eso? ¡Qué miedo!
—Tranquilo, eso puede hacerlo porque en su época, en sus días de vida, esa puerta no estaba ahí.
—¡Y tanto! La pusimos Carmen y yo; los dos solos, mano a mano.
Nada más abrir Jesús la puerta, volvemos a ver al Espíritu. Nos espera en el primer descansillo de la estrecha escalera que conduce al sótano del edificio. Un sótano frío, húmedo y bastante escaso de luz.
—Tened cuidado, los escalones pueden resbalar. Aquí la humedad campa a sus anchas.
Son quince los escalones a bajar. Quince peldaños en los cuales la tensión aumenta según nos adentramos en el subsuelo de este hotel. Llegados a la mitad del tramo de la escalera, ¡la luz se apaga! Nadie habla. Ninguno nos movemos y nada sabemos del Espíritu. Agarrados a la barandilla, continuamos bajando, ayudándonos con las linternas del móvil. ¡Mario resbala! Sus pies empujan mis piernas al caer y por poco me lleva a mí también por delante. Al ayudarle a levantarse, ¡una luz se enciende! Es una luz pequeña situada en un lado del sótano. De nuevo, en completo silencio, la observamos esperando un algo más, al tiempo que la puerta de arriba se cierra sola dando un considerable portazo. Tragando saliva y animando a mis dos compañeros, conseguimos llegar al suelo del sótano; aunque seguramente por la cabeza de los tres haya pasado la idea de retroceder y salir de aquí cuanto antes.
Acercándonos a una distancia prudencial, comprobamos que la luz recién aparecida es la llama de una vela. Arde tranquila, sin variar su longitud y emitiendo un brillo cálido y suave, además de un olor que delata su composición: no es una vela hecha con cera, sino con sebo animal. Una vela ya muy poco frecuente, aunque acompañada de un espejo, resulta ideal para ponernos en contacto con nuestros antepasados recientes y lejanos. De pronto, la llama gana altura, como si alguien la levantara, a la vez que un sonido de metal acompaña el movimiento.
—Ese sonido… Para mí que es un farol de vela. En casa tenemos uno antiguo de hierro con una vela dentro que suena así al cogerlo del asa. —Comenta Mario.
En efecto, simplemente por el ruido y la altura podríamos asegurar que la llama se encuentra dentro de un farol de mano. Un farol, el cual no vemos, que avanza adentrándose por un estrecho pasillo de techo bajo abovedado y cuyo suelo es el cauce de una pequeña corriente de agua.
—¿Y este túnel? Es la primera noticia que tengo de que aquí abajo hubiera un túnel. Pero, oye, ¿esto es seguro?
En realidad, no. No tengo ni idea si seguir es seguro o no. Deteniendo el paso, me giro hacia mis dos compañeros y, siendo sincero con ellos, les transmito mis temores. Yo quiero seguir, probaría un poco más a ver qué acontece, pero de igual modo entendería que prefirieran darnos la vuelta y olvidarnos del caso. Lejos de eso, es Jesús quien reinicia la marcha…
—Entendedlo, es mi sustento de vida. Aquí metimos todo nuestro capital y el esfuerzo por sacarlo a flote ha sido demasiado grande para perderlo todo ahora por un problema de Fantasmas.
—Si ese bicho hubiese querido hacernos daño, ya nos lo habría hecho, creo yo. Sigamos un poco. —Asiente Mario con voz tranquila.
La llama se detuvo al mismo tiempo que nosotros. Paciente, nos espera unos cuantos metros por delante, justo en un umbral de claridad. Una claridad con pinta de ser una salida al exterior. Animados por ello, aceleramos el ritmo todo cuanto la corriente de agua así lo permite. Precavidos, en tensión y con los pies empapados, llegamos al final del túnel. Por delante, se abre una cueva. Una cueva vacía, sin la llama ni el Espíritu y de similares dimensiones al sótano del hotel, ya dejado atrás. Un espacio entre rocas de suelo empedrado y seco e iluminado por varios huecos abiertos en el techo, suficientes para alumbrarlo por entero. Una gruta con una mesa de madera situada en el centro, una silla, un destartalado camastro y encima… ¡Un esqueleto!
Los restos de una persona permanecen tendidos sobre lo que fuera su lecho de muerte. Todavía se conservan algunos andrajos de su ropa, roída y hecha jirones. Aun así, y quizá dejándonos llevar por la imaginación, creemos distinguir ciertas similitudes con la vestimenta del Fantasma que clavó el cuchillo en la mesa del salón. Asombrado, recorro la cueva. A los pies de la cama hay un pequeño macuto hecho de piel animal ya en las últimas. Al levantarlo, pesa. En su interior hay varios objetos, a tenor de cómo suena al moverla. Al volcar su contenido encima del camastro, no puedo menos que sorprenderme: son antiguos utensilios de navegación como un astrolabio, el compás, un cuadrante, la ballestilla, el reloj de arena y una brújula acoplada dentro de una cajita de madera. Sin embargo, Jesús nos avisa que lo verdaderamente sorprendente se encuentra sobre la mesa.
Dos tapas de cuero marrón encuadernando una serie de pergaminos, junto a una pluma y un tintero, aparecen dispuestos encima de la mesa de madera. Enseguida algo llama la atención: aunque estos tres objetos de escritura sabemos que son antiguos, no tienen una gota de polvo, ni un roto, ni un arañazo tan siquiera; los tres parecen recién salidos de fábrica. La curiosidad puede con nosotros y, desatando los cordones también de cuero que cierran el libro, observamos la primera de sus páginas. Escrita a tinta y a dos columnas, la letra es muy pequeña, inclinada, con el trazo entrelazado y sin apenas levantar la pluma del pergamino. Los espacios entre las palabras son casi inexistentes, dificultando su lectura aún más. Una fecha y unas cuantas palabras comienzan el texto:
“15 de septiembre de 1699, año de nuestro Señor, zarpamos”
Está claro, este libro es un cuaderno de bitácora de algún marino español de finales del siglo XVII. Enseguida los tres intentamos leer sus últimas páginas con la esperanza de encontrar alguna pista relacionada con el Espíritu. Un Alma que, como si quisiera concedernos tiempo para leer el cuaderno, desapareció en cuanto pisamos esta cueva. En el último pergamino solo aparece una angustiosa frase y otra fecha:
“23 de octubre de 1702, con el cargamento a buen recaudo, devuelvo esta vida a aquel a quien pertenece. Derrotados, nos hundimos.”
De esta manera acaba el cuaderno. En las páginas anteriores, su escritor se limita a relatar los sucesos vividos durante una batalla naval desatada el veinte de octubre de 1702, en un lugar denominado la Ensenada de San Simón. Apenas logramos aclararnos; no somos capaces de encontrar los pergaminos donde se detalla el desembarco del cargamento. La letra es casi ilegible. Buscamos ese momento, porque seguramente a partir de ahí encontraremos alguna indicación con la cual desvelar las pretensiones del Espíritu. Algo quiere de nosotros; lo sé desde cuando clavó el cuchillo en la mesa y así se lo hago saber a Jesús y a Mario. En este mundo de Ánimas, si un Alma se aparece portando un cuchillo, significa que trae un funesto aviso de un acontecimiento terrible aún evitable. Un aviso muy doloroso. Si nos muestra el cuchillo, nos lo entrega o nos lo arroja a los pies, informa que la angustia se acerca. Si llega a clavarlo, entonces, avisa…: lloraremos de manera inminente.
Mario es el primero en darse cuenta: ¡el Espíritu está detrás de mí! Nos observa con atención, apoyado sobre una de las paredes. Viéndose descubierto, se acerca deprisa a la mesa. La impresión al verle venir nos hace retroceder, cometiendo el error de quedar acorralados entre él y la pared más alejada de la salida. Me mira. Sus ojos inertes se clavan en los míos. Le hablo presentándole a Jesús y a Mario para después decirle mi nombre y las razones por las cuales tratamos de dar con él. Le pregunto si necesita algo, si podemos ayudarle. Le confieso que todo el horrible paseo hasta esta cueva a través del túnel, el cadáver en el camastro y ese cuaderno de bitácora nos sugieren una intención. Un propósito que no entendemos a pesar de los muchos intentos por comprenderlo. Sin embargo, no hay respuesta. El Espíritu sigue callado, ahora con el gesto contrariado, quizá por no ver en nosotros lo que esperaba encontrar.
Por unos segundos continuamos así. Yo hablo y hablo sin saber si el Espíritu me oye o me comprende. Mario y Jesús intentan ayudar, asintiendo en voz alta o añadiendo alguna coletilla a mis palabras. Los entiendo, la tensión se puede pesar. Pasan los minutos y el miedo desgasta mucho. De seguir así, en breve alguno de nosotros entraremos en pánico, complicando mucho más las cosas. Pero, ¿qué hacer? Seguimos rodeados y esta Alma no ayuda en nada. De pronto, se da la vuelta y camina veloz hasta un extremo de la pared de enfrente. Manteniendo sus manos entrelazadas detrás de la espalda, camina hacia el otro extremo, marcando los pasos como si los estuviera contando. Se mueve con zancadas solo un poco más grandes de un paso normal y, ¡sí! ¡Caminaba contando los pasos! Al terminar, patalea dos veces seguidas sobre el mismo punto. Los tres coincidimos: en ese punto… ¡Hay algo enterrado y este Fantasma quiere que lo descubramos!
No lo puedo negar: en este instante, la leyenda del tesoro ocupa todos mis pensamientos; tampoco creo que sea yo el único a quien le esté ocurriendo esto. De todos modos, ¡qué caso de fantasmas más raro! El Espíritu no habla, interactúa con nosotros como si fuese una persona todavía viva que no hablara nuestro idioma. Salvo cuando clavó el cuchillo, la verdad sea dicha, no existió otro episodio violento que nos hiciera temer algo malo de él.
—En el hotel tengo palas. Puedo acercarme a por ellas. No tardaría mucho. —Propone Jesús, mostrando cierto tono de ansiedad.
En efecto, no tenemos pala con la que cavar; quien escondiera algo ahí abajo, entraría y saldría de esta cueva llevándose con él todas las herramientas. O, también, pudiera ser que esa Alma quiera mostrarnos otra cosa. Los rayos de luz no iluminan mucho esa parte de la cueva y desde aquí no lo vemos bien. Debemos acercarnos, pero la presencia del Espíritu en ese mismo punto impone. Como si me hubiese leído el pensamiento, el Ánima se aparta acercándose a la mesa. Tenemos vía libre. Enseguida, los tres nos aproximamos al punto señalado. Con el pie aparto la tierra, la maleza y demás y… ¡Hay una trampilla! Hay una pequeña trampilla de madera cerrada con una cadena dispuesta en el suelo. ¡Ahí abajo hay algo! ¡De repente! Escuchamos unos golpes. Provienen de debajo de la trampilla. Los golpes se suceden. Suenan dos, tres veces y se detienen esperando respuesta. El Espíritu se pone nervioso. Camina de un lado a otro de la cueva, con expresión de enfadado y hablando para sí mismo. ¡No lo entiendo!
Los golpes vuelven a escucharse. Suenan débiles, apenas se escuchan. La cadena termina en un candado de vete tú a saber cuándo; es antiquísimo. Jesús no tarda en agarrar una buena piedra y, a base de golpearlo una y otra vez, consigue hacerlo saltar. El Espíritu se acerca veloz, nos empuja provocándonos un daño al tocarnos que nos hace revolcarnos de dolor. Trata de levantar la trampilla, quiere cogerla y desespera en el intento, golpeándola con tal fuerza que retumba en toda la cueva. Está enloquecido; le atormenta escuchar los golpes repitiéndose a cada poco. Habla, gesticula con la boca, pero su voz no es audible para nosotros. Vuelve a intentarlo con tal desesperación que las piedras más pequeñas saltan en todas direcciones. Ahora es él quien golpea y golpea la trampilla. Quiere romperla, pretende hacer un agujero en ella y no, no puede. Desmoralizado, cesa en el intento, dejando caer su frente contra la madera totalmente angustiado.
Vuelve a mirarme. El espíritu nos mira uno a uno con tal expresión de súplica en sus ojos, que sin decirnos palabra corremos hacia él. Situados a su alrededor, y soportando de nuevo el dolor que produce el mero hecho de rozarle, le ayudamos a levantar la trampilla. La verdad, cuesta. Está muy encajada en el suelo. ¡Se movió! ¡Esta vez sí! ¡Ya se levanta! A base de tirones conseguimos que se vaya separando del suelo. ¡Dedos! A través de la ranura surgen unos dedos. Jesús y Mario se separan asustados, dejando caer la trampilla a su posición inicial.
—¡Vamos, señores! Nadie nos va a hacer nada. —Trato de animar sin de veras saber lo que estamos tratando de liberar.
En el tercer o cuarto intento, volvemos a tirar todos a una con fuerza y la trampilla, por fin, se abre.
Solo hay oscuridad. Aun así, el Espíritu se asoma por el hueco. Veo sus labios moviéndose. Dice algo de manera muy insistente y sumamente nerviosa. El abrir la trampilla no le ha tranquilizado para nada. Estirando el brazo, se esfuerza por alcanzar algo ahí dentro que no vemos. ¡Se va a caer! Pero cómo sujetarle, si un simple roce con él produce un dolor de muerte. De pronto se incorpora, tirando con fuerza. Ya tiene lo que quería y se empeña en levantarlo. ¡Una mano! Una mano sale por el hueco de la trampilla. Es la mano de otro Espíritu; los muchos puntos de luz brillando intermitentes la delatan. Sin embargo, no es capaz. Apretando los dientes y cerrando los ojos, me uno al asunto y, sufriendo un dolor como jamás he sentido, agarro y tiro para arriba de la muñeca del Espíritu encerrado en ese agujero.
Mis dos compañeros no tardan en unirse al sacrificio y las lágrimas causadas por el dolor aparecen en la fiesta, cuando ya tenemos más de medio cuerpo de esta Ánima fuera del agujero. Un fuerte tirón provoca que la arrastremos por el suelo. ¡Lo hemos conseguido! Nuestras manos sangran, el dolor no da respiro y la conciencia pretende abandonar. Sentados los tres en el suelo, permanecemos con la cabeza agachada durante unos largos segundos. No sabemos qué pasará por delante de nosotros, pero tampoco estamos ahora mismo para nadie. Una repentina corriente de aire gélido termina de espabilarnos y, al levantar la cabeza, el Espíritu está arrodillado delante de nosotros con una sonrisa sencillamente preciosa. Su aspecto es tal que parece haber rejuvenecido veinte años por lo menos.
Haciendo gestos para que nos acerquemos, se pone en pie y se acerca a la trampilla. Sentada en el suelo, ataviada con un vestido que alguna vez fue blanco, melena larga y negra y los pies descalzos, se encuentra el Alma de una mujer abatida y visiblemente herida. Sobran las explicaciones: a esta mujer la encerraron en ese agujero aún con vida. El Espíritu la abraza y ella corresponde; incluso acercan sus labios, permitiéndonos presenciar el beso de dos almas todavía enamoradas. No cabe duda, debieron ser marido y mujer. Ahora es ella quien nos invita a acercarnos al hueco dejado por la trampilla. Haciéndole caso y siguiendo sus instrucciones de alumbrar con el móvil el interior del agujero, echamos un vistazo…
Hoy en día, ya años después de aquel caso del hotel de Jesús y Carmen, tan y tan bonito, no podría decir con exactitud cuántos barriles llenos hasta arriba de monedas y otros objetos podrían encontrarse dentro de aquel subsuelo. Muchos. Me sigo riendo cuando recuerdo la cantidad de cosas que pasan por tu cabeza al ver toda esa fortuna al alcance de la mano: sin duda, atonta ver tantísimas piezas de oro y plata. Tengo entendido que, en la actualidad, poco o nada se queda quien encuentra un tesoro, sea cual sea su calibre, pero, aun así… ¡No sé! No estoy nada puesto en el tema, pues, aunque en el transcurso de los años sí es cierto que encontré verdaderas joyas, estas se tratan de objetos, oraciones, libros y demás relacionados por entero con este trabajo mío. Tampoco podré olvidar nunca la cara que se les quedó a mis compañeros, supongo que muy parecida a la mía, cuando el Espíritu, esbozando una sonrisa y con gesto de resignación, bajó la trampilla y la cerró de nuevo, hasta quién sabe cuándo. No. Ese tesoro no nos estaba destinado, no somos ninguno de nosotros a quien la leyenda espera.
Por lo menos, el Espíritu nos lo explicó. Las dos Ánimas nos condujeron a la mesa y, provocando que los pergaminos del cuaderno de bitácoras se movieran hacia delante y hacia atrás, pudimos enterarnos de mucho del asunto. Tal y como pensábamos, el Espíritu se llamaba Manuel y ella, su esposa, tenía por nombre Elena. El tesoro de los galeones de Rande fue desembarcado y traído hasta los bajos del hotel a lomos de una cantidad considerable de mulas y bueyes. Al parecer, y como no podía ser de otra manera, una vez puesto a salvo el tesoro, los mismos hombres que ayudaron en su transporte mataron a Manuel y arrojaron a su mujer por el agujero para que ella sola se muriera. Pero Manuel, antes de empezar la travesía desde las Indias a España, había jurado entregar el tesoro a quien le corresponda, pasara lo que pasara. Elena, por el contrario, también tenía hecha la promesa de no marcharse de este mundo sin su marido. Ninguno podía dejar este mundo y, aunque separados, decidieron esperar. Ambos llevan más de cuatro siglos esperando el momento de partir.
Al menos, tres personas ya podemos decir que no somos los elegidos del tesoro. Antes de despedirnos de los dos Espíritus, lloramos. No sé si producto de la tensión acumulada, de la emoción o de ambas cosas. Jesús y Carmen los seguirán viendo, ahora ya sin miedo, pues allí se quedaron las dos Ánimas esperando la llegada del afortunado o afortunada. Yo me fui feliz porque se cumplió la misión y, aparte, Jesús y Mario se autocalifican acérrimos defensores del mundo de los Espíritus. De ese mundo de los Espíritus de los trabajos de campo, no de los de detrás de un atril o de una pantalla de ordenador que tranquilamente, siempre sin sustos, sin enfrentarse a ellos, sin llegar a ayudarles nunca ni mancharse tan siquiera las manos, dan conferencias acerca de algo que no han visto ni de lejos. Dos nuevos creyentes, sin esa idiotez de la mediumnidad, ni el título, ni el diploma, ni el carnet o cualquier otra chorrada que, según esta banda de catedráticos de la espiritualidad, te convierte en eso que llaman médium. Dos personas normales y corrientes que, a diferencia de ellos y sin pronunciar una triste mentira, pueden contar de arriba abajo toda una historia de Fantasmas.
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