EL SECRETO DEL PARQUE

Nueve y media de la mañana y, la verdad, no puedo negar sentir algo de vergüenza al ver a todas estas personas llegar a este parque desde muy temprano. Vienen dispuestos a correr, a ejercitar los músculos o, simplemente, a pegarse una buena y saludable caminata. Yo, en cambio, sentado en uno de los bancos, ya escondo el donut de chocolate cuando alguno de ellos pasa por delante de mí y me dedica una nueva mirada de reproche. Ignoro si es a causa del bollo o por el hecho de verme tan bien acomodado.

He de confesar que no hice mucho caso cuando me comentaban esta posible aparición mediante una llamada de teléfono. Que en un parque tan famoso y concurrido como este se pueda ver el Alma de un hombre pasear a plena luz del día suena absurdo. Además, al parecer, quien se aparece no es el Espíritu de un individuo cualquiera, sino de alguien a quien muchos de nosotros reconoceríamos enseguida. De todas maneras, y manteniendo en todo lo alto mi lista personal de meteduras de pata diarias, tampoco puse mucho esmero en desvelar la identidad de la persona que hablaba al otro lado del teléfono. Aunque llegó a decir su nombre en un par de ocasiones durante el tiempo que duró esa llamada, luego también es cierto que yo no indagué nada, ni en ella, ni acerca del asunto. Unos quince días después, al recibir otra llamada de un conocido advirtiéndome de mi error al desestimar el caso tan pronto, fue cuando reaccioné.

De todos modos, ¿cómo sabía este conocido mío de la llamada de la mujer si durante la conversación se pedía discreción absoluta? ¿Por qué tanto revuelo para no fallar o no hacer caso a esa buena señora? ¿Por qué insistir con tanta seriedad en mantener en el más absoluto secreto cuánto el Espíritu del parque llegue a decirme? ¿Acaso ya está confirmada la existencia real de ese Alma? No por el hecho de que se me ofreciera triplicar mis honorarios desde el minuto cero, ni por los reproches de este conocido, pero la supuesta llamada de una mujer demasiado entusiasta del tema se acaba de convertir en un acontecimiento la mar de interesante. Desconozco si en realidad detrás de todo esto habrá una nueva historia de Fantasmas; ojalá sea así. No obstante, lo confieso: me gusta mucho todo esto.

Ver películas, documentales y leer libros sobre espionaje es uno de mis hobbies. Este caso tiene poca relación con ello, pero, sin duda, puede ser lo más parecido a una aventura de espías que viva nunca; se trata de conseguir una información a través de un cauce bastante inusual. Desde luego, a la mujer de la llamada poco o nada parecía importarle la presencia del Alma de ese hombre paseando por el parque. Realmente, su interés recaía en esa información, en las palabras que este ser venido del más allá pudiera comentar. Se me hizo mucho hincapié acerca de esto, en lo delicado de esa información: es primordial mantener en el más absoluto secreto todo cuanto pudiera contar el Fantasma del parque.

Supongo que no estoy solo. En cualquier otro banco habrá alguien pendiente de mí. Quizás, hasta alguno de estos deportistas y entusiastas caminando a paso ligero y pendientes de un reloj en el cual lo menos importante es la hora, en realidad esté aquí disimulando y a la espera de que les diga lo comentado por el Fantasma. Aburrido, pues ya la primera hora de guardia pasó sin novedad, comienzo a pasear por el parque. He de centrarme en lo mío, en encontrar al Espíritu y olvidarme de si esos me miran, o si aquellos dos se dieron la vuelta cuando yo empecé a caminar en dirección contraria a la suya. Resulta tan extraño que en este lugar pueda surgir la presencia de un Espíritu que, la verdad, me cuesta mantenerme en el punto cero de la meditación, tratando de ver o escuchar lo que a simple vista ni se oye ni se observa.

De pronto, alguien llama mi atención. Según se adivina en la distancia, parece ser un hombre mayor ataviado con un elegante abrigo negro, pantalón de traje gris, bufanda y zapatos. Apretando el paso, le sigo con disimulo. Algo extraño hay en ese hombre. Anda despacio, con las manos unidas detrás de la espalda y atento a todo. Apenas avanza tres o cuatro pasos y se detiene. Durante unos cuantos segundos permanece quieto, observando los jardines y visiblemente atraído por la gente corriendo. Juraría que sonríe a los perros cuando estos, todos cuantos pasan a su lado, se le acercan moviendo el rabo. A todos les dedica una caricia. En cambio, la gente actúa como si no los vieran. Los dueños de los perros enseguida tiran de sus cadenas o los llaman si estos van sueltos, dando la impresión de que no ven el motivo por el cual el animal ha cambiado de dirección de forma tan repentina.

Fuma; el hombre lleva un cigarro encendido al que no le veo darle ninguna calada. Resalta su cabello negro, perfectamente peinado y tan poblado, que ya lo quisiera yo para mí. Sigo notando algo raro en él. No sé, su figura no muestra la sucesión de puntitos de colores característicos de las Almas que regresan, aunque sí aprecio un leve vaivén en ella cuando, tras detenerse durante unos segundos, reinicia la marcha. En cada intersección de caminos del parque vuelve a detenerse. Dubitativo, se piensa cuál de ellos escoger y, para sorpresa mía, siempre elige el más concurrido de todos. Aun con todo el bullicio de gente, se sienta en un banco; le da igual, en absoluto le preocupa el barullo de un grupo de atletas alardeando de sus logros apenas a unos cuantos metros de él. Tranquilo, cruza las piernas mientras arrima el cigarro a sus labios.

¡Ahora sí! ¡Por fin lo veo! El movimiento de acercarse el pitillo a la boca desvela una sucesión de pequeñísimos puntitos de colores pasteles alrededor de sus manos y labios. Este hombre no es una persona de carne y hueso; ¡es un Alma! Quizás, el Espíritu que esperaba. La distancia permite contemplarle con cierta tranquilidad durante unos pocos minutos. Después, la inquietud se abre camino: puede desaparecer de la misma forma que vino y, si esto ocurre, puedo perder una ocasión irrepetible. Sin pensarlo más, me acerco y tomo asiento en la otra esquina del banco.

El tiempo pasa y no me atrevo a mirarle. Ambos continuamos ocupando las dos esquinas del banco en silencio. Desde luego es un Espíritu, se nota en el frío que desprende y en esa atmósfera tan cargada donde a veces cuesta respirar porque sencillamente el aire es un aire distinto. No se inmuta por mi presencia tan cerca de él. En algunos momentos llega hasta mí un fugaz olor a tabaco procedente de su lado. Sería necesario preguntar o hacer algún comentario que diera pie a iniciar una conversación con él, pero estoy en blanco y en este instante no se me ocurre nada. Además, mis ojos parecen tener un tope y, cuando ya estoy a punto de fijarlos en su cara, retroceden al otro lado como si supieran que es mejor no emprender relaciones con él.

El tropezón y posterior caída al suelo de un muchacho son el pretexto ideal para girar la cabeza hacia ese lado y mantener la mirada en el Espíritu. Tampoco se inmuta. Ni siquiera se mueve para saber si el chaval accidentado necesita ayuda. Ahora es al revés: cuesta dejar de mirarle. ¡Por supuesto, le reconozco! En mi opinión, fue uno de los pocos que en tiempos de la transición política se ganó el respeto de unos y otros. Pese a ser muy joven por entonces, yo aún recuerdo verle en televisión siempre educado, serio, amable y con una sonrisa capaz de convencer a cualquiera. Le veo idéntico a como le recordaba. No se muestra ni más joven ni más viejo y, en efecto, opino lo mismo que la señora de la llamada: si alguien puede tener información e información de la buena, es el Alma de este hombre.

No me cabe duda de que este Espíritu ya conocerá mis intenciones de hablar con él; la capacidad de un Alma para leernos la mente funciona deprisa. Sin embargo, yo todavía no sé cuál es el propósito de su aparición aquí y eso implica actuar con mucho cuidado. Lo conocido que llegara a ser este señor en vida no garantiza una charla cordial. Con el último de los famosos que traté en un caso, igual de conocido y apreciado, salí a tortas; vender el Alma a cambio del éxito a menudo conlleva una deuda a pagar, bien en vida, bien de muerto.

Por fin, el Espíritu me mira. Sus ojos transmiten una mirada fría y triste. A pesar de que su aspecto refleja un Alma pacífica y tranquila, la falta de vida se nota en cada rasgo suyo; resulta desolador contemplar un rostro así, carente de todo estímulo. En realidad, no sé si me observa a mí o si sus ojos han traspasado mi cuerpo y fijan su atención en otra persona. Le noto ausente, ya lo sé, suena absurdo: es un ser fallecido hace muchos años venido del inframundo a saber para qué. Pero, aun así, en otros encuentros con Espíritus no sentí esta desolación. No siento miedo porque no da miedo, por más que mi conciencia se empeñe en avisarme que no viene a nada bueno y mi corazón intuya lo contrario: esta Alma regresa de entre los muertos, consternada por un motivo serio. Un motivo tan sumamente importante, que hay quienes quieren silenciarlo, sea como sea…

―Perdone, caballero. ¿Sabría usted decirme a qué día estamos hoy? ―pregunta el Espíritu con gesto contrariado.

Sí, por supuesto. Hoy es dos de noviembre. Contesto algo desconcertado por la pregunta.

―¡Ah! Sí, sí. Claro, claro, dos de noviembre. Día de los Difuntos: Ayer fue Día de Todos los Santos y hoy, Día de Todos los Muertos. ¡Tengo un lío de mil diablos con tanta cosa que no debo olvidar! ¡Ja, ja, ja!

―¿Hay mucho que recordar?

―¡Bueno! Ni se lo imagina, créame. Da la impresión de que nada en la vida fue intrascendente.

―¿Fue? ¿Sabe entonces de su condición?

―Mire usted, hubo un tiempo en que sí parecía entender… Luego, de un día para otro, se fue todo a tomar viento y volví a quedarme en la inopia.

―¿A tomar viento es morir?

― O renacer. Renacer tal cual llegas a la vida, a otra vida distinta a la que dejaste atrás, sin tener ni puñetera idea de nada y dependiente de todo. 

El Espíritu continúa tranquilo y con la misma mirada vacía y desconcertante de antes; el hablar conmigo no es suficiente para paliar la tristeza que transmite. Le observo, aun con el viento soplando débil, pero soplando; sus cabellos permanecen como recién peinados, el cigarro no se consume, en su ropa no ves ni una arruga después de haberse sentado y la expresión de su rostro también es la misma. Fuera de lo que suele ser común, enseguida muestra su ánimo de continuar con la conversación, volviendo a la carga con otra pregunta.

―Disculpe de nuevo, caballero. ¿Podría usted indicarme cómo salir de aquí?

Claro, acompáñeme.

―Me sorprende que quiera acompañarme. Nadie más lo ha hecho y llevo tanto tiempo dando vueltas, que ya daba por hecho quedarme aquí hasta el final de los tiempos.

Su comentario inquieta. Lo que a primera vista podía ser una simple petición de ayuda a mí me suena a otra cosa. Quizás su “salir de aquí” no se refiera a salir del parque, sino a dejar este mundo de una vez y ya para siempre. Pero, ¿y la información? No me creo que no sea él quien guarde ese secreto tan importante. Las piezas no encajan, es cierto, lo sé. ¿Cómo sabía la mujer de la llamada que esta Alma tiene información de vital importancia? ¿Alguien ha hablado ya con él antes? Las preguntas se acumulan a cada poco y las respuestas siguen sin aparecer.

—¿Qué contestaría si le dijera que solo he venido para hablar con usted? Lo estaba esperando. —Pregunto yo ahora con prisa.

Sería una sorpresa.

Pues por eso mismo vine. Alguien dice que usted dispone de cierta información importante, aunque, si le soy sincero, lo realmente interesante para mí no es lo que sepa o deje de saber. Me interesa mucho más conocer el mundo de las Almas. ¿Dónde vamos después de la vida? ¿Cómo es ese lugar? Si se llega enseguida o se tarda años. ¿Por qué hay quien no se va nunca? O, en su caso, ¿cómo puede estar usted con nosotros siendo ya un…

¿Muerto?

Exacto.

—Me mantengo en este lugar por la misma causa que te trajo aquí.

¿Y cuál es esa causa?

—Que nunca se llegue a revelar la localización de un supuesto tesoro que no lo es.

Espere, espere. Me dijeron que usted podría revelar una información importante.

—Sí, podría. Por supuesto que podría; y más de una y dos y tres. ¡Ja, ja, ja! ¡Ya ves tú si podría! Esta lo es y, por el bien de todos, es mejor que ciertas cosas permanezcan donde están, lejos de manos humanas, para no ser corrompidas.

Perdone, sigo sin entender…

Antes, contéstame a una pregunta. ¿No me tienes miedo? Eres el primero que no sale corriendo.

Mucho. Dedicarte a este mundo de las Ánimas y no tener miedo es imposible. A pesar de ello, yo trato de avanzar y conocer cuanto pueda de esa llamada vida tras la muerte. Nunca me conformé con ver un Fantasma, grabar un golpe, unos pasos, unos gritos y con las mismas echar a correr para publicarlo a ver si así consigo hacerme famoso. ¿De qué vale eso? Los golpes, gritos y demás ya sabemos que existen, entonces, tocará conocer lo siguiente, ¿no? Aposté por aprender a controlar mi miedo e intentar hacer amistades ahí, donde usted se encuentra, al otro lado de la línea.

Fama y conocimiento son mala pareja, sí. Fama o conocimiento, se ha de elegir. Las dos a la vez condenan al fracaso a una de ellas. Por eso mismo, yo nunca quise saber más acerca de cosas similares a la que tú has venido a buscar, y nunca revelé informaciones acerca de ellas. ¡Y mira si España tiene enigmas y reliquias todavía ocultas! Cientos, diría yo. Pocos saben que fuimos un país elegido antes de ser incluso un país. Si ahora lo hago, si ahora te desvelo esa información, es únicamente para no verlo caer en malas manos.

Me da miedo escucharlo.

Sí, no me extraña.

Supone un antes y un después. Lo que te han mandado a buscar fue algo que a mí se me cuenta en el año 1976. Yo creía lo justo en todo eso de las denominadas artes mágicas. Fui cristiano practicante y un fervoroso creyente del antiguo y nuevo testamento a pies juntillas, pero lo de las reliquias…, eso ya… Se me hacía más difícil de creer. ¡Ah! Pero, amigo mío… Nunca hubiera imaginado que mis opiniones con respecto a esas artes quedarían hechas añicos a poco de irrumpir en la política. Una noche te cogen por banda y, sin darte cuenta, ni saber adónde diablos estás, te ves rodeado de objetos con más años que Matusalén. Entonces aprendes. Lo aprendes porque dentro de esa cueva, pues prácticamente aquello es una cueva, hay quien te explica qué demonios es cada objeto y su simbolismo. Se lo dije antes, nuestro subsuelo, los sótanos de este país, fueron elegidos para ocultar, para proteger del propio ser humano, utensilios por los cuales hoy por hoy, ahí en tu época, se mataría.

Por lo visto, el Mapa de Lüe, el encriptado códice masónico por excelencia, está cerca de ser descifrado. Esto es un gran peligro para toda la humanidad, pues, al contrario de lo que muchos suponen que oculta, como la tontería esa del tesoro nazi, el códice revela las localizaciones de varias reliquias con el poder de cambiar el mundo tal y como en tu vida lo conocéis. A este país le salpica muy mucho, ya que una de esas reliquias se escondió hace más de mil años en este mismo lugar. Claro está, esto ni era parque ni había más que una triste ermita adonde esconderla.

—¿Y cuál es esa reliquia tan importante?

—Un antiguo manuscrito de alquimia redactado por un fraile dominico italiano de la Orden de los Predicadores, cuyo nombre era Tomás de Aquino. El bueno de Santo Tomás de Aquino. El manuscrito más buscado por los entendidos en alquimia y por el cual personas de la índole de Bonaparte, Newton o Adolf Hitler suspiraron.

—¿A qué se debe tanta importancia?

—¡Ja, ja! Porque en sus páginas quedaron redactadas dos fórmulas originales, capaces de lograr la invisibilidad de una persona u objeto superior a ochenta kilos…

—Un poco fantástico, ¿no? —pregunto confundido.

—¿Algo así como hablar con muertos? —responde el Espíritu en plan de guasa.

Cierto es que Santo Tomás de Aquino redactó un tratado de alquimia, aunque ya sobre esto varios doctores del catolicismo manifestaran sus dudas acerca de la autoría de dicho tratado. Del mismo modo, hay quienes opinan que nuestro querido patrón de los estudiantes no solo desarrolló este conocido ensayo, sino que además nos dejó un segundo tratado alquímico. Un segundo texto, escrito también de su puño y letra, mucho más esotérico y fascinante. Pocos llegaron a tenerlo en sus manos. Incluso, se cuenta que aquellos mismos primeros y únicos lectores decidieron apartar el escrito de los ojos de la sociedad. Temían el despiadado anhelo que podría despertar al poner en práctica tales fórmulas.

—La Piedra Filosofal, la legendaria sustancia capaz de convertir en oro cualquier metal, la eterna juventud y ahora, ¿me habla usted también de la invisibilidad…? No se enfade conmigo, pero sigo viéndolo muy fantástico. —Insisto en exponer mis dudas.

Entiendo. Fíjese, la alquimia se deja ver ya durante el auge de las antiguas civilizaciones. Y ahí es cuando, recién sucumbido el imperio romano, la alquimia prácticamente desaparece. Llega el último período de la Edad Media y, bueno, sí, en cierta medida algo se escucha de ella. Existe un leve resurgir, siempre desde dentro de los monasterios religiosos, y para nada exento del firme juicio de la propia Iglesia. Luego ya casi hay que esperar al siglo XVII para que hombres como Newton, Boyley y algunos otros tontearan con la alquimia de cara al mundo exterior, mientras guardaban en secreto unos hallazgos que, créame, pondrían los pelos de punta a cualquiera. Sea sincero: ¿Últimamente escuchó hablar algo acerca de la alquimia?

—La verdad es que no.

Por algo será, ¿no?

—Se la relaciona mucho con la masonería y órdenes de este tipo.

¡Nada! Los masones trataron de aprender, pero el conocimiento real continúa en las mismas manos. Las grandes fórmulas, las más increíbles, siguen guardadas en un viejo y recóndito cajón. Alguien se encargó de hacerse con todas ellas y apartarlas del mundo.

—Entonces, ¿el manuscrito que, según usted, está oculto en este parque…?

Para entenderlo bien, hemos de retroceder en el tiempo. A esa época, donde los propios gobiernos mandaban expediciones, la mayoría clandestinas, con el fin de encontrar antiguos objetos o reliquias religiosas como el Santo Grial o la Lanza de Longino. Muchos países desearon poseer algo de este calibre para asegurarse un importante lugar en el mundo. Todo esto, que no se vaya usted a confundir, ocurría no hace tantos años.

—Yo leí que los nazis registraron el convento de Montserrat buscando el Santo Grial, convencidos de que algún día encontrarían algo importante.

Y ese día llegó: en una conocida localidad andaluza, bajo el suelo de un convento casi derruido, un arqueólogo alemán encontró una trampilla de entrada a los sótanos en uno de los pasillos. Loco de atar, el descerebrado arqueólogo decidió aventurarse a explorar el subsuelo de esa abadía, alejada de cualquier zona habitada, él solo, sin la ayuda de nadie. Una semana después, un cantero dio la voz de alarma al toparse a diario con un automóvil, aparcado frente al convento y con señales de no haberse movido en días. Esa misma tarde, un equipo de rescate encontraba al arqueólogo muerto en los sótanos del convento, con el gesto desencajado, la ropa desgarrada, los ojos fuera de sus órbitas y lo más sorprendente: de pie, sin caerse al suelo.

—Qué horrible, ¿no?

Imagínese. La noticia con todos los detalles corrió enseguida por los pueblos más cercanos. Tanto, que se tuvo que buscar una alternativa, viendo cómo las prohibiciones de acercarse al convento se saltaban a la torera. Urgía sellarlo e impedir que la gente viera y propagara lo dispuesto en aquel sótano recién descubierto. Aquellos monjes que en antaño abandonaron la que fue su casa durante siglos, deprisa y corriendo y sin ninguna razón aparente, tenían montado todo un laboratorio químico. Un laboratorio donde, desde el principio de la investigación, saltó a la vista la magnitud de sus hallazgos. Esos monjes dejaron redactadas en varios manuscritos fórmulas para conseguir cosas realmente extraordinarias. No sé a quién, pero a alguien cercano a los mandatarios del momento, no se le ocurrió otra cosa para defender el convento que difundir la leyenda de una terrorífica y mortal presencia habitando el lugar.

—¿La forma de proteger el convento fue inventar una leyenda?

Efectivamente. Toda una historieta relacionada con tintes maléficos, que se lo digo en serio, funcionó, o al menos eso pensábamos.

—¿Y, entonces, este parque y usted, qué relación tienen con todo eso?

—Como pasa de costumbre, alguien no supo estar callado, habló de más y, al poco, se me informaba del arresto de varios militares procedentes de un país europeo que mejor será dejar al margen. Habían llegado a España con toda una operación planeada para robar uno de los manuscritos.

—El manuscrito aquí escondido.

En efecto. Un manuscrito en cuyas páginas se detalla todo el proceso y dos fórmulas finales para volver invisible cualquier cuerpo superior a 80 kilos.

—Suena a película, la verdad.

Sí, suena a película, pero no lo era, y el temor a que ese libro cayera en las manos equivocadas nos llevó a tomar decisiones urgentes: diseñamos una operación en la cual el Estado se robaría a sí mismo el manuscrito.

—¿Lo sacaron del convento para traerlo a un parque?

En efecto. Dos agentes de absoluta confianza lo trajeron hace más de ochenta años y aquí lleva desde entonces.

—Y usted se siente muy unido a ese libro y por eso todavía sigue aquí protegiéndolo, ¿no?

Pues fíjese, de todas las responsabilidades asumidas durante toda mi vida familiar, política y demás, al parecer, lo más importante resultó ser el condenado manuscrito. He llegado a pensar que la misión real de mi vida no fue otra que la de salvaguardar todas esas fórmulas.

—Y hoy, en nuestros días, ¿cuál es el sentido de dejarse ver? Su aparición como fantasma preocupa a la gente; le llaman el Fantasma del Parque. ¿Lo hace a posta? ¿Usted puede decidir cuándo quiere que le vean y cuándo no?

Yo, en mi caso, sí. Yo decido cuándo y cómo. Cualquiera con un poquito de ganas puede verme pasear por aquí. Otra cosa es que luego la persona se dé cuenta de mi condición de Espíritu y su cerebro se lo confirme, lo cual… ya es otro tema.

—¿Y por qué ahora?

Porque el manuscrito está a punto de caer en manos muy peligrosas. Urge cambiarlo de lugar, sacarlo de aquí cuanto antes, o en poco tiempo causará muchos problemas, cada cual más serio.

—¿Por qué, simplemente, no lo cambia de sitio?

Mi condición solo me permite mover cosas dentro de un área pequeña. El manuscrito debe salir del parque a otra ubicación igual de segura como durante tantos años lo fue esta.

—¿Pretende que yo le ayude?

—¿Por qué no? Puede hacerlo. Usted puede verme y o no se asusta, o lo disimula muy bien. Pues ya está, usted es óptimo para sacarlo de su escondite. Es más, hoy, precisamente, es el día ideal: dos de noviembre, Día de Difuntos. ¡Muchos de nosotros le protegeremos! Hoy se nos permite ir, venir e incluso regresar a todos por igual; aunque, a decir verdad, se nos permite a los buenos y a los menos buenos. Acompáñeme, venga. Tratemos de acabar con esto.

Sin darme tiempo a salir de mi asombro, el Espíritu acelera el paso. Al fijarme con más detalle en él, veo que, aparte de andar más rápido, sus pies no llegan a tocar el suelo; cierto que apenas por un par de centímetros. El ritmo ágil de nuestro caminar también genera una pronunciada oscilación en su figura. A todo esto, a mí me encantaría descansar, pues ya es mucho el tiempo transcurrido al lado de un Alma y eso pasa factura. Después de unos cinco minutos de caminata sin hablar ni cruzarnos extrañamente con nadie, nos detenemos delante de una fuente.

Llegamos. Tenga cuidado, le observan.

Girando con disimulo la cabeza hacia mi derecha, veo la figura de dos hombres al otro lado de la reja del parque. No pueden negar que los dos trabajan juntos, ni tampoco que el objetivo de su misión sea controlarme a mí. Ataviados ambos con trajes de igual corte e idéntico color gris claro, caminan al lado de un BMW de color negro conducido despacio por un tercer hombre que apenas distingo. No dejan de mirarnos o tal vez solo de mirarme; puede ser que no vean a mi insólito compañero. Siguiendo el cerco de la fuente, nos desviamos a la izquierda generando un descuido, el cual aprovechamos para entrar en un cuarto destinado a guardar herramientas.

Ahora ha de seguir usted solo. Baje por esta escalerilla y siga el túnel; conduce a otra sala. No se preocupe, encontrará su puerta también abierta. Entre sin miedo, es el lugar donde confluyen todas las tuberías del parque. En la pared que dejará a su derecha, detrás de la entrada, cuente siete ladrillos hacia delante y luego siete hacia arriba desde el último de abajo.

La puerta de chapa por la cual acabamos de entrar se mueve. Alguien intenta abrirla desde fuera insistentemente. ¡No lo entiendo! ¿Cómo que está cerrada? ¡Si acabamos de entrar por ella!

El ladrillo señalado y los ocho de su alrededor, tanto los tres de arriba, los tres por debajo y los dos de sus lados, se mueven. Quítelos y verá una caja. Ábrala; dentro está el manuscrito envuelto en un fieltro rojo. Cójalo y lléveselo de aquí. Y por lo que más quiera, no lo desenvuelva. No se le ocurra mirarlo. En ese mismo cuarto verá otra puerta; conduce a la calle subiendo unas escaleras de piedra. Esté tranquilo, tiene todo abierto y el camino libre. Todo juega a su favor a partir de este momento, así que no se preocupe y no corra.

—¿Cómo que no puedo mirarlo?

No lo desenvuelva. Hágame caso, es una larga historia.

—Pero la señora, cuando llamó, me dijo…

Olvídese de ella ahora.

—¿Y adónde llevo el manuscrito?

—Que no se preocupe, usted sáquelo de ahí, tranquilo y sin correr.

¡Pues vaya birria de aventura de espías que no sé ni el sitio donde acabar la misión ni tampoco tengo que correr!

No se queje, ande. Si lo encubierto del manuscrito dependiese de sus cualidades de espía, tendría el librito ya más ediciones que el Quijote. 

La barandilla de la escalera de metal pegada a la pared está muy fría. Por suerte, son apenas doce peldaños cómodos de pasar. Al tocar el suelo, me encuentro con un túnel oscuro, maloliente y hasta los tobillos de agua. Linterna del móvil en mano, y dejando de lado los pormenores, avanzo deseoso de encontrar la puerta indicada. No me esperaba lo largo que resulta este túnel ni tanta cantidad de recovecos. Tengo los pies empapados, el frío también hace mella y, para colmo, cuento además con la compañía de varias ratas saltando de pared a pared. ¡Qué asco dan estos bichos! Por fin, unos cuantos metros más adelante diviso la salida. Es otra puerta de chapa de color naranja con severas marcas de óxido. En efecto, está abierta y dentro, es tal y como lo describió el Espíritu salvo en un pequeño detalle: ¡no hay luz!

Presiono y presiono el interruptor y aquí no se enciende ni una triste bombilla. Resignado, cuento los siete ladrillos de la pared de mi derecha y luego los otros siete, empezando por el último de abajo hacia arriba. ¡Se mueven! El ladrillo en cuestión y los que le rodean se mueven y, con un poco de maña, salen fácilmente. El hueco me parece más grande que antes de quitar los ladrillos, y la supuesta caja se palpa en cuanto introduzco la mano en el agujero. Despacio, con mucho cuidado para no dejarla caer al suelo, la saco de la pared. Solamente tengo dos tuberías de considerable tamaño donde apoyarla, abrirla y extraer de ella la especie de paño que envuelve al manuscrito. Ya lo tengo; lo suave del tacto del fieltro rivaliza con su aspecto viejo. Ahora bien, está inmaculado, limpio a más no poder. Un fuerte pensamiento de ver el libro, de observar su contenido y leer página por página se adueña de mi mente, volviéndose cada vez más irrefrenable.

Hominem unius libri timeo.”

Temo al hombre de un solo libro, traducido al castellano; aparece grabado en el fieltro en letras doradas.

Reconozco la frase: es una cita atribuida a Santo Tomás de Aquino. ¿En serio va a ser verdad que lo que tengo entre las manos es todo un libro escrito de puño y letra del propio Santo? Se le pone a uno la piel de gallina al pensarlo. Aviva más el deseo y la curiosidad por leer, por aprender de él, por ver la letra de un hombre declarado santo, por tocar los mismos pergaminos por él escritos allá por el año mil doscientos y pico, sin que una luna de cristal de un museo me lo impida. La lucha resulta ya infernal. Estoy a punto de ceder, de mandar el fieltro a tomar viento y deleitarme con la obra de Santo Tomás aun con la humedad, el mal olor y las malditas ratas, aparentemente también seducidas por el mismo influjo de curiosidad, que se mantienen en el túnel esperando el permiso de entrar y participar del momento. Es imposible, no aguanto. Voy a quitar el fieltro cuando, de pronto, alguien toca mi hombro.

La horrible sensación me resulta familiar. Siento la impresión gélida y brutalmente dolorosa de un Alma apoyando su mano sobre una parte de mí. Da igual las intenciones de ese Espíritu, el contacto de su mano siempre es horroroso, por muchas capas de ropa que tenga que atravesar hasta tocar carne. Sujetándome con la mano en la pared y encorvado por el dolor, evito caer de rodillas, soportando la angustia que a punto está de hacerme perder el sentido. Es igual a quien tenga detrás, ¡no puedo moverme! ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede haberme pillado de esta manera? No he sentido ninguna sensación, ruido u otra señal anunciando la aproximación de algo o de alguien. La Entidad me ayuda a ponerme derecho, en tanto se coloca a mi lado.

Su presencia es increíble. Su sola estampa impone. Asusta y envalentona, altera y calma, alegra y entristece y todo al mismo tiempo. El mal olor parece haber huido de repente y la humedad, aun cuando sé que cubre mis tobillos, no la noto en absoluto. No es solo una Entidad, son las Almas de dos frailes con la capucha ocultando sus cabezas, con hábitos sucios y desgastados, y sus cuerpos de fantasmas tan escuálidos como nunca antes vi ninguno. Distingo barbas, barbas de cabellos grises y blancos, manos huesudas y pies descalzos cubiertos de heridas, llagas y lastimados hasta decir basta.

El fraile más cercano agarra el libro. Con suavidad lo empuja hacia mí cuando una voz suave sale de debajo del hábito…

Llévatelo, hermano, llévatelo.    

Jamás escuché una voz tan seria y convincente, sonando con un tono tan suave y tranquilo. Algo tiene esa voz que me empuja a dar la espalda a los dos frailes, encaramarme a la escalera y subir los escalones sin apenas darme cuenta y convencido de que nada he de temer. Llegando al penúltimo escalón, la euforia se diluye y las dudas surgen de nuevo. ¿Dónde voy? Sí, vale, yo saco el libro del parque, pero, ¿a dónde? ¿Qué demonios hago con él? Todavía no lo sé. Bueno, desconozco este dato, de quiénes son esas malas manos a punto de encontrarlo, quiénes eran esos dos frailes…

Tomistas, hijo. Seguidores de Tomás de Aquino.

Tal y como si me hubieran leído el pensamiento, la misma voz de antes vuelve a dejarse oír al principio de la escalera. Sorprendido, no encuentro palabras para contestar, ni tan siquiera sé si debo hacerlo…

En su doctrina encontrarás referencias válidas para ayudarte en tu dedicación.

Contesto con un gracias y una promesa de leer los escritos del Santo, cuando ya, al fin, mis dedos bajan el pestillo de la puerta. Al empujarla, siento alivio. Una corriente de aire fresco despeja mis temores: ¡estoy fuera del túnel! Sin embargo, ¡es de noche! ¿Cuántas horas he pasado ahí dentro? Es imposible… Por desgracia, esta tampoco es la única sorpresa: delante de mí, de pie y mirándome sin ningún disimulo, se encuentran cuatro personas de carne y hueso delante de un lujoso Mercedes negro con las lunas tintadas. Tres hombres, perfectamente trajeados, acompañan a una mujer situada en el centro de los cuatro. Parecen estar esperándome.

La mujer se acerca. Avanza hacia mí con total tranquilidad. Levantando la mano, interrumpe la intención de los tres hombres de seguirla. Metida en años, bastante alta, viste un elegante pantalón, zapato bajo y un abrigo corto cuya capucha también tapa su cabeza. Me quedo de una pieza. Al acercarse, la reconozco. Nunca imaginé que yo llegase a conversar con alguien tan conocido.

Veo que no me equivoqué al llamarle y contar con usted. Ya puede relajarse y no se deje impresionar; en esto, usted es el que sabe y manda. Demos un paseo. —Comenta la mujer.

Con la tranquilidad del mundo y como si nos conociésemos de toda la vida, la mujer se agarra de mi brazo al tiempo que comenzamos a caminar por uno de los senderos del parque. De inmediato, dos de los tres hombres que la acompañan se ponen en marcha. Nos siguen a una distancia prudencial y en completo silencio.

—Cuánto tenemos que hablar. Me encanta todo su mundo y su relación con los que ya no están.

—Se lo agradezco, de verdad. Pero, ¿qué va a pasar ahora? ¿De quién protege el manuscrito?

Antes de que amanezca, ya estará en su nuevo escondite. Allí permanecerá oculto hasta que llegue su momento.

—¿Qué momento es ese?

Un día en donde ya se entiendan todas esas fórmulas como un regalo procedente del pasado y dispuesto con el único fin de salvar vidas.

—¿Hoy no se vería así? Eso de la invisibilidad…

¡Oh! Veo que alguna noción obtuvo durante su trabajo. No se engañe, la fórmula de la invisibilidad, quizás, de cuantas hay escritas en el manuscrito, sea la menos importante de todas.

—¿Puede haber alguna más importante obtenida a través simplemente de la alquimia?

Ya se lo he dicho, salvará vidas; millones de vidas. Ningún arma se fabricará gracias a ese manuscrito mientras yo viva. Se lo aseguro.

—¿Quién querría algo así?

—Pregúntese mejor quién no querría. La humanidad, desde hace unos cuantos años, se enfrenta al peor enemigo de todos los que podrían haber surgido. Se enfrenta a sí misma. Apenas estamos comenzando una guerra fatal de un todos contra todos, que, si bien no usará armas, sí será sin duda tan o más sangrienta que cualquier guerra anterior. Los recursos mundiales se acaban, amigo mío. En la última década, los nacimientos de niños en verdad fueron bastante menos. Y, aun así, doblaron en número a la mortalidad mundial. El mundo se abarrota, se ha venido abarrotando de gente en las últimas décadas y ya tenemos encima de la mesa los primeros síntomas de escasez.

—¿Faltan alimentos?

Falta comida, falta dónde cosechar, quién coseche y dónde preparar la cosecha. En breves años, varias familias tendrán que vivir bajo el mismo techo porque, sencillamente, no habrá dónde construir. El precio del metro cuadrado en las ciudades a nivel mundial se disparará. En los pueblos solo vivirán los castigados y los obligados. Ya van siendo muy pocas las empresas que quieren invertir en pueblos. Poco a poco, se quedan y se quedarán sin ningún tipo de servicios; ni sanidad primaria tendrán. No queda tanto, créame, para que el simple hecho de bajar a la calle o pasear por este mismo parque sea una cuestión de turnos. Si te toca bajar o no te toca. Se tendrán días y horas concretas para salir de casa. De la casa que se comparte con otras personas ajenas y desde la cual se realizan todas las labores.

—Lo entiendo. Y el manuscrito, ¿qué relación tiene con todo esto?

Es la solución, amigo mío. Tomás de Aquino hace cientos de años visualizó, no me pregunte cómo, esta situación que vivirán nuestros hijos y muchos de nosotros de no remediarlo. Se topó con el problema y halló una solución alquímica, con la cual la superpoblación no será un problema. Con ella, no harán falta inventarse guerras, tercer mundo, calamidades ni enfermedades para hacer sitio a los siguientes. Pero lo que dentro de poco será considerado como un milagro que devolverá la ilusión al mundo, hoy, según están las cosas, sería el arma definitiva para hacer claudicar al noventa por ciento de las personas ante el otro diez por ciento. La época de los grandes faraones con millones de esclavos volvería.

—¿Quién lo persigue que está tan cerca de encontrarlo?

Demasiados. Con la última desclasificación de archivos, no se tuvo en cuenta el tipo de secretos que se dejaban al descubierto. Había archivos clasificados no relacionados con la política, arrestos o misiones militares que no se tenían que haber desprotegido. Entrégueme el manuscrito; quienes le siguen nos vigilan y nos están viendo. Verán cómo me lo entrega y no volverán a molestarle. Gracias por su labor y no se vaya muy lejos. Sé de un plano dibujado por José de Arimatea, guardado en un criptex hecho con trozos de una madera muy especial, y de un cuerpo incorrupto que, en manos equivocadas, también resultaría un gran riesgo.

El gesto de aprobación del Espíritu, que apareciéndose de nuevo a lo lejos, parece conocer todo cuanto estamos hablando, junto a su eterna sonrisa y su despedida gesticulando con la mano, me da a entender que mi aventura de espías termina aquí.

Por supuesto, le entregué el manuscrito a la mujer. No he vuelto a saber de él, ni tengo la más remota idea de su nueva ubicación. Por el contrario, acabo de recibir otra nueva llamada de ella, y por lo comentado en el transcurso de la conversación, se avecina toda una nueva historia de Fantasmas.


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