ACÉRRIMA CREYENTE

Nueve y media de la mañana; desde hace diez minutos, espero tomando un café, mientras veo llover a través de la ventana de los Vips. Según se acerca Eugenia a la mesa donde la espero, ya noto la aflicción en su rostro. Luego de las debidas presentaciones, su actitud es la de alguien a quien no parece gustarle tratar con todo aquel que se dedique al mundo de los Espíritus.  

—Creer, descuida que creo al cien por cien. Ahora, lo único que te pido es que no me engañes. —comenta Eugenia nada más sentarse, mostrando una desconfianza que yo personalmente aplaudo.

Aparenta ser una mujer de unos cincuenta y algo de años, aunque calcular la edad de una persona nunca estuvo entre mis mejores facultades. Resalta su estatura; es alta, rondará los 1.90 m. Cabello castaño corto, tez blanca, ropa sport, apariencia tranquila y también incondicional del café americano. Desde luego, es alguien que jamás me hubiese llamado de no padecer una experiencia sobrenatural importante. Le cuesta empezar, más bien porque duda si de veras es conveniente hablar de su problema. Prefiere escucharme primero para después ir abriéndose poco a poco con mucho tiento. Atenta, sigue con atención cuanto le digo, seguramente buscando un detalle con el cual poder dar por terminada y de manera definitiva esta reunión. Al no encontrar ninguno, avanzamos a la segunda reacción típica: realiza la misma pregunta de varias formas distintas una y otra vez con el fin de cazarme en algún renuncio.

Superados los primeros minutos de asedio, al parecer, necesarios para poder confiar en mí, Eugenia se decide a contar la razón de su llamada:

—Desde hace ya bastantes años el 17 de septiembre me acerco al cementerio. Es el aniversario de la muerte de mis padres; ambos fallecieron en un accidente de tráfico. Conducía mi padre y los dos murieron en el acto.

Vaya, lo siento. Debió de ser duro —interrumpo para mostrar el debido respeto.

Sí. Sí que resultó un golpe duro. No te esperas que algo así pueda llegar a pasar, más cuando de salud estaban bien, ¡a ver! Tenían sus cosas. Yo ya no vivía con ellos y… ¡No sé! Te cuento esto porque no tengo ni idea de qué se cuenta en estas situaciones —confirma nerviosa la mujer, en tanto una lágrima resbala por su mejilla.

—Tranquila, vayamos al grano. ¿Qué ocurre?

—Pues, como te decía, me acerqué al cementerio a llevarles unas flores. Pasaría alrededor de media hora delante de la lápida y, sin ser muy católica practicante que se diga, siempre les rezo alguna oración que otra. Estaba tranquila y en esa parte del cementerio no quedaba nadie. Serían cerca de las seis de la tarde y era un martes no festivo; es lógico que no hubiese gente. Incluso yo ya me iba a marchar cuando, ¡no sé!, cogí la chaqueta y, al ir a recoger el bolso, la veo ahí. ¡Veo a una niña sentada en la tumba! Una cría sentada encima de la lápida, justo encima de los nombres de mis padres.

¿La conocí…

—¡No! ¡Espera! Perdona que te corte. Nada más mirarla me di cuenta de que esa niña no es normal. Por no ser…, no es una niña de carne y hueso. No sabría decirte, pero desde luego humana no es. Te prometo que yo hasta ahora no conozco a ningún psicólogo ni psiquiatra. Y no, no la conozco de nada.

¿Cómo reaccionó ella al verte?

Sonrió. Con una sonrisa muy rara, pero sonrió. Yo estaba muerta de miedo. Imagínate, una niña que no es una niña, por mucho vestido rosa, horquillas con forma de mariposa, calcetincitos y zapatitos blancos que lleve puesto. En un cementerio y…, ¡yo sola! O sea, no sé ni cómo estoy aquí.

¿Y qué ocurrió después del encuentro? La ves, sonríe, pasan unos segundos, ¿y?

—Me sonríe, y me dice:

“Ponte contenta. Me envían tus papás para llevarte con ellos.”

En todos mis años de carrera nunca había escuchado algo así. Jamás conocí a nadie a quien le dieran algo de tiempo para avisar de su marcha definitiva. Yo mismo tengo entendido que cuando la muerte llega a buscarte, nada se puede hacer para impedir o retrasar un minuto su funesto propósito. Me creo la historia de Eugenia. La forma de contar su experiencia, la emoción a punto de desbordarse, esa mirada asustada, el temblor en sus manos que en ocasiones le impide agarrar la taza, hablan por sí solos. No obstante…, sí me surge una duda: ella asegura que fue al cementerio el pasado 17 de septiembre y hoy ya estamos a ocho de octubre. Han pasado 21 días y… ¿Entonces?

—Y, aunque te suene imposible, esto no acaba ahí. —Vuelve a comentar Eugenia, recurriendo ya a un clínex para secarse las lágrimas. —Allá donde vaya, la veo. ¡Es horrible! En la calle, en el trabajo, en el autobús y sobre todo en casa. ¡En casa llega a sentarse a mi lado en el sofá del salón! Hay noches que la noto en el borde de la cama. Se pasa horas ahí, en silencio, mirándome sin decir nada. Yo paso mucho miedo. ¡Solo me mira! No hace otra cosa ni mira a otro sitio. Vivo esperando que en cualquier momento me diga que ya nos vamos y caiga desplomada al suelo por, ¡yo qué sé!, un infarto o algo así.

—¿Cuál es el lugar donde se aparece durante más tiempo?

—En casa, sin duda. Podemos ir ahora mismo si quieres; tengo el día libre y vivo cerca. No sé si la veremos; no se muestra cuando estoy acompañada. Hice la prueba con un par de amigas ¡y nada! Yo temo estar volviéndome loca. Si te parece, nos vamos ya.

Pese a tener un par de compromisos agendados para esta misma mañana, decido posponerlos y atender el problema de Eugenia. Reconozco lo grave del asunto, la tensión a soportar y el horror de vivir una situación así, pero mentiría si no admitiera el interés que también me suscita. ¿De verdad estará viviendo sus últimos días? No, para nada puedo aplazar este caso. Ya salimos para su casa y quizá, quien nos reciba no sea otra que la propia muerte, esperando la hora justa de llevarse con ella a esta mujer.

Apenas diez minutos a pie separan los Vips de la casa de Eugenia. Es un piso pequeño, luminoso, acogedor y en el cual intuyes una sensación extraña a poco de entrar. La buena impresión del primer momento rivaliza con una energía densa que se hace más palpable según te adentras en la casa. Es una masa invisible de materia fluida cuya intensidad impregna al ambiente de frío y humedad. Ahora, al sentarnos en el sofá del salón, esa materia se deja sentir frente a nosotros. Oscila de un lado a otro, con un movimiento suave que me hace tiritar de frío.

—Creo que ya viene.

Una leve bruma surge despacio desde el suelo. Tranquila, y sin dejar de oscilar, se eleva unos pocos centímetros al tiempo que gana grosor. En segundos ya es por completo una mancha grisácea y opaca de aspecto feo. Con la misma lentitud, toma la forma de una persona sentada en el suelo con las piernas encogidas. Dos o tres pequeños puntos luminosos y casi inapreciables destellan tímidamente alrededor de su contorno. Dos o tres puntos de luz, a los cuales enseguida se unen varios otros, luego otros, y así hasta completar por entero el perfil de una misteriosa figura centelleante que apaga todos los sonidos. 

—¡Ya viene! Lo sé por el frío y por el olor a éter —asegura Eugenia, acostumbrada a soportar semejante escena.

Pero la sorpresa no acaba ahí: por detrás de la figura sentada en el suelo, asoman otras dos manchas grisáceas similares a la anterior. De igual forma, crecen con el mismo ritmo pausado, aumentando el olor a éter y moldeándose hasta quedar convertidas en dos siluetas con forma humana.

Suenan dos golpes. Dos impactos cortos y enérgicos. Se han realizado sobre una mesa de madera situada al lado de las siluetas, en concreto, junto a la más alta de las dos. Eugenia y yo aguantamos la impresión en silencio. Ambos permanecemos expectantes de algo que no acaba de pasar. Ninguna de las tres formas se mueve. Tampoco terminan de manifestarse con la claridad suficiente para distinguir si son mujeres, hombres, extraños o conocidos de esta mujer.

Suenan otros dos golpes. Eugenia se revuelve en el sofá y nos cruzamos la mirada; lo entendemos: esas tres figuras quieren llamar nuestra atención. ¡Puede ser! Durante otro caso, yo mismo encontré un código a base de pequeños golpes parecido al Morse. Lo recuerdo: lo aprendí a conciencia, pues me permite disponer de una herramienta muy valiosa en los casos que requirieran de una forma de comunicación no verbal con las Ánimas. Decidido, lo pongo en práctica golpeando con un dedo sobre la mesita baja dispuesta delante del sofá. Golpes lentos, rápidos, fuertes, suaves, una progresión larga de ellos hasta completar la pregunta: ¿Quiénes sois?

De inmediato, otra sucesión de golpes se escucha formando una letra y dos palabras: “Padres y hermana”. ¡Acaban de contestar! Enseguida transmito la respuesta a una Eugenia que niega con la cabeza, al tiempo que una palidez extrema irrumpe en su rostro. Le tiemblan las manos de forma muy visible; suda y, acongojada, trata de pronunciar alguna palabra que se queda en un simple y repetitivo tartamudeo. La presión puede con ella y rompe a llorar. Por fin, un «¿Qué queréis?», junto a un «¿Qué necesitáis?», logran salir de su boca. Tras volver a golpear la mesa, traduciendo al código sonoro ambas preguntas, la contestación no se hace esperar: “Espejo del cuarto.”

Nada más conocer la respuesta, la mujer refiere el espejo situado en su dormitorio:

Es el único de la casa que está en un cuarto. Los otros están en el baño y en el hall de la entrada.

Eugenia se levanta con recelo, despacio y sin quitar ojo a las tres formas aparecidas. Los dos tenemos el corazón en un puño y el ritmo de nuestra respiración así lo confirma. Una vez salimos del salón, ella emprende una pequeña carrera en dirección al dormitorio. La verdad, la entiendo: es complicado caminar sabiendo que tres Espíritus avanzan detrás de ti, a tan solo uno o dos pasos de tu espalda.

El espejo está situado frente a la cama. Aproximadamente de 1,5 m x 1,5 m, está enmarcado en madera restaurada. Eugenia me mira impaciente. Es comprensible: el tiempo esperando órdenes también a mí se me hace interminable. A modo de opción, me inclino a que nos sentemos en la cama mirando al espejo y al instante las tres presencias pasan fugaces por delante del cristal. De la silueta más pequeña, Eugenia recibe un roce fortuito en su cara que acoge como una caricia. La mirada de la mujer se ha ido tras la silueta, expresando una ternura encantadora. ¿Va a ser verdad que estas Presencias son sus padres y hermana?

El espejo se cubre ahora de un vaho blanquecino que, como absorbido desde el centro del cristal, desaparece llevándose consigo nuestro reflejo y el del resto de la habitación. El cristal se asemeja ahora a una oscura acuarela. Una pintura que se desvanece, permitiendo que sus colores sangren, se mezclen unos con otros mientras resbalan hasta salirse del contorno del espejo donde mueren y desaparecen. La escena que deja tras de sí es del todo irracional. Revela un pueblo, un pequeño pueblecito de casas bajas, paredes de piedra y techo de teja, por cuyas calles la imagen del cristal avanza a gran velocidad. De repente, se detiene frente a un local. Con mayor tranquilidad, lo recorre de un lado a otro insistiendo en el nombre del establecimiento: “Gestoría Torres”. Un nombre dispuesto alrededor de un logo, junto a un anuncio de “se precisa personal”.

Después de unos segundos situada frente a la gestoría, la imagen vuelve a ponerse en marcha. Recorre varias callejuelas del pueblo hasta llegar a una pequeña plazoleta donde vuelve a detenerse. La plaza parece sacada de un cuento: una tarde preciosa, un pozo de agua en el centro, niños jugando, la tranquila terraza de un bar y balcones plagados de macetas con flores forman un escenario idílico digno de una postal. La imagen atraviesa la plaza con el propósito de llegar hasta una de las casas. Una casa pequeña, baja, también de piedra y techo de teja, cuya puerta se abre. La imagen nos adentra en su interior. Se trata de una rústica estancia cuadrada, con la cocina en un lateral y unos cuantos muebles tan antiguos como la propia vivienda. Varias personas, cargando todas con una silla, acceden a ella cabizbajos, llorando o con el gesto afligido.

Ha entrado bastante gente. La mayoría son mujeres ataviadas con ropas de color negro y un rosario que mueven con destreza. Los hombres visten camisa blanca y traje oscuro con pequeños triángulos de tela igualmente negra cosidos en la solapa. Miro a Eugenia. Ella se debate entre atender al cristal o mirar a las tres presencias que no dejan de observarnos. La imagen recorre la estancia mostrando a la gente sentada o de pie, dejando el centro para el libre paso hacia otro cuarto, al cual también nos conduce de la misma manera.

El segundo cuarto es un dormitorio pequeño, apenas amueblado con un baúl y una cama sobre la cual… ¡Yace el cuerpo de una niña! Arrodillados a ambos lados del cadáver, hay un hombre y una mujer. El hombre mantiene la mirada en la niña fallecida, apretando los puños con el fin de sostener el llanto. La mujer llora desconsolada, al tiempo que mece con dulzura a un bebé dentro de una cuna.

¡Santo Dios! —grita Eugenia, al tiempo que observo cómo, de buenas a primeras y con absoluto sigilo, las tres presencias han desaparecido.

Sinceramente, y aun con el caso abierto, me fastidia el no haber podido hablar con esas tres Almas, aunque fuera con el código de los golpes.

—Eugenia, nos toca analizar y sacar conclusiones de lo que hemos visto. De momento puedes estar tranquila: El propósito de las Almas que vienen a tu casa no es hacer daño. ¡Ya lo has visto tú misma! En mi opinión, cuando “ellos” deciden poner punto final y se marchan de nuevo, es porque ya han conseguido enseñar la razón de su retorno. Entonces…

¡Lo entiendo todo! —interrumpe nerviosa Eugenia—. Sí, ahora lo entiendo, está clarísimo. ¿Puedo pedirte otro favor?

Por supuesto, dime.

—¿Me puedes acompañar ahora mismo a un pueblo? Yo no soy capaz de conducir y verme allí sola; no podré hacerlo si alguien no está conmigo. Está a unos noventa kilómetros de aquí. Yo te llevo y luego te traigo, te lo prometo.

Durante las siguientes dos horas, me arrepiento hasta nadie sabe dónde de la decisión de acompañar a Eugenia. Nos dirigimos a un pueblo, del cual jamás había oído hablar, y parece que la carretera sea toda nuestra. Después de recorrer la mitad del camino, se puede contar con los dedos de una mano las señales de tráfico a las cuales hemos hecho algo de caso. ¡Parece que estamos en una carrera de rally! Este es el viaje ideal para alguien como yo, que odia sentarse en el asiento del copiloto cuando conduce otra persona. Lo estoy pasando fatal y esta mujer lo de coger indirectas parece no ser su fuerte.

Cuando por fin llegamos al pueblo, y yo me tomo unos minutos para recuperar el aliento, abrir los ojos y conseguir soltarme del apoyabrazos, Eugenia no se molesta en buscar sitio y se detiene en doble fila. Con un simple «espérame aquí», que me genera la duda de a qué me ha hecho venir entonces, la mujer sale presurosa del coche. Con la misma celeridad se dirige rumbo a unos locales situados a pocos metros. Empiezo a entender. Ha entrado en el mismo local mostrado antes a conciencia en el espejo de su casa; nada más y nada menos que en la gestoría Torres. Pasados veinte minutos, sale de ella y desde el coche se divisa su sonrisa. Viene muy contenta, pero, al parecer, Eugenia todavía necesita ir a otro sitio para poderme explicar todo con detalle.

Pocos minutos después, atravesamos a pie la misma plazoleta aparecida en el espejo. Sigue resultando un lugar acogedor, pese a perder algo de encanto al no haber niños ni casi gente sentada en la terraza del bar. ¡No me lo puedo creer! Eugenia me mira a la vez que, esbozando una sonrisa de complicidad, saca de su bolso unas llaves y abre la puerta de la misma casa que de igual forma nos mostraron las tres Presencias en su dormitorio.

¡Bienvenido a mi nuevo hogar!

¿Perdón?

Ven, siéntate.

El interior de la casa se aprecia de manera similar a lo visto en el espejo. Salvo algunos muebles nuevos sustituyendo a otros que ya no están, el resto prácticamente se mantiene igual. Resulta agradable. Cubo, fregona, unas manitas de pintura, algunas compras y tienes un espacio de ensueño donde vivir. Además, el pueblo parece muy tranquilo y la vida aquí aparenta ser bastante serena.

Mira, te voy a enseñar. He traído este álbum para que lo veas mejor —anuncia Eugenia, sentándose a mi lado en la mesa.

Una fotografía en blanco y negro, en la primera lámina del álbum, aclara mis sospechas. En ella quedaron retratados una pareja, una niña y un bebé. La niña que aparece en la foto delante del hombre es ¡la misma chiquilla cuyo cadáver vimos encima de la cama a través del espejo! Una niña que ya en esta imagen se le puede apreciar un aspecto bastante preocupante, sin duda, presagio de su funesto destino.

Te presento a Estefanía, mi hermana mayor y la chica que en Espíritu me ha estado persiguiendo por medio Madrid. ¡Fíjate que yo le tenía miedo y huía de ella! Dirá: “¡Vaya hermana más tonta que tengo! Leucemia. Te lo digo antes de que preguntes. Murió al poco de cumplir los cinco añitos. Como comprenderás, mis recuerdos de ella son cero. Yo soy esta. Este bebito de apenas siete meses —explica Eugenia señalando al bebé de la foto.

—Mi familia, y ¡bueno!, el resto es fácil de entender. Hasta hace quince meses yo trabajaba en una compañía dedicada a la gestión de empresas y, bueno, estaba contenta de trabajar allí. Tenía buenos compañeros, un horario de lujo, buen sueldo, todo genial. Alquilé un piso junto a una compañera y vivía mi vida como yo la quería vivir. Sin embargo, el negocio baja y llega la primera regularización de empleo; por suerte, la pasé sin problemas. Tiempo después, vino la segunda regularización e igual, sin problemas. Llegó la tercera y la que cae es mi compañera de piso. Pasan los meses y esta compañera encuentra trabajo de lo mismo, pero el puesto está en una empresa de Valencia. Como es lógico, yo también lo hubiese hecho: acepta la oferta, se traslada a Valencia y deja el piso. Yo por aquel entonces tengo buen sueldo, y decido no mudarme y afrontar yo sola todos los gastos de esa casa. Ya lo sé, ¡error! Cuando me quiero dar cuenta, los gastos superan con creces a los ingresos.

Sí, lo entiendo. Ocurre a menudo cuando una de las partes deja el piso: al otro le da pena abandonar la casa, le entra pereza de meterse en una mudanza y se olvida de tener el cuidado de ver dónde se gasta el dinero.

¡No, no! Yo enseguida me puse a buscar un piso más barato y, sí, lo encontré pronto; es el piso donde hemos estado. Pero a los pocos días llega la cuarta regularización de empresa: más trabajadores a la calle y entre ellos yo. Me apunté al paro y empecé a buscar. Nada de nada, nadie da trabajo a una mujer de cincuenta y tres años y el dinero se acaba.

¡Puf! Vaya faena.

Pues sí. Encima, una mañana recibí un mensaje del banco: estoy en números rojos. Debo el alquiler, la tarjeta y no hay ahorros. De ahí pasé a tener que decidir si compraba algo de comer o los artículos de aseo; para todo no había. O sea, toqué fondo. Debo dinero a varios amigos. El coche es prestado y ya no hay para más gasolina. No tengo internet en casa, ni hermanos, ni familia a quien recurrir. Y te digo una cosa, cuando te ves así, entiendes de verdad por qué hay gente que se quita la vida. Yo te lo confieso: aquella tarde fui al cementerio simplemente, a decir a mis padres que esa misma noche me iba con ellos. Lo tenía todo preparado.

¿Qué me dices? El suicidio por una causa económica es un gran error.

—Ya lo puedes decir, has hecho otro trabajo de Espíritus, en donde toda una familia de tres personas regresó del más allá para ayudar a la más tonta de la casa. Hoy no es que me hayan ayudado, es que me han salvado la vida.

Bueno, bueno… Para suicidarse hay que tener un valor muy especial cuando llega el momento. No todo el que lo intenta lo consigue.

Pues, menos mal, porque todo eso ya se ha acabado. Cuando antes hemos visto la gestoría en el espejo, no era porque este comercio fuera lo importante. Lo importante era el cartel de la oferta de trabajo; por eso era venir enseguida. ¡Y me lo han dado! Empiezo a trabajar el lunes. La mujer, la dueña, un encanto. Tiene mucho trabajo y busca a alguien definitivo, que a los dos meses no diga que se va aburrido del pueblo. Un mes de prueba y luego, contrato fijo.

Cuánto me alegro, de verdad. ¿Vas a quedarte aquí viviendo, entonces?

Sí. Esta que ves es mi casa. Nuestra antigua casa donde crecí con mis padres. Pensé en venderla para conseguir dinero, nadie la quiso y mira… Ahora me ofrece todo lo necesario para empezar de cero y solo tiene cuatro duros de gastos. Justo lo que necesito: un techo, un trabajo, un cambio de aires y gente nueva; lo demás, ya vendrá. Te agradezco un montón el haber estado conmigo en esto; no te imaginas cuánto me has ayudado.

—Pues me alegro mucho, Eugenia. Y no, no te equivoques. Todo esto ha sido gracias a los tuyos, a tu familia. Te va a ir fenomenal a partir de ahora. Si “ellos” te han traído aquí, motivos tendrán y seguro que es lo mejor para ti. Yo siempre he dicho que eso de vivir en una gran ciudad está muy sobrevalorado.

—Yo opino igual. Pero…, una cosa más. Y… ¿A ellos? ¿Cómo se lo puedo agradecer a ellos? ¿Cómo se le dan las gracias a un Espíritu? Escucho una misa, pongo velas, ¡no sé! ¿Qué puedo hacer? ¡Esta foto de los cuatro la voy a enmarcar y colgar ahí en esa pared! Eso seguro que lo hago. Desde luego, hoy has hecho una creyente acérrima del mundo de los Espíritus, eso tenlo claro.

Viendo las ganas de Eugenia por agradecer el favor a sus padres y hermana, supongo que la típica respuesta de “tú solo recuérdalos con cariño”, “habla con ellos”, “rézales una oración de vez en cuando” y cosas similares, no será suficiente. Considero que ella necesita algo más. Por ejemplo, realizar una acción, un acto con el cual sienta cumplido su deseo de corresponder y, visto lo visto, ¿por qué no pagar con la misma moneda? Sin dudarlo, pues la considero una idea genial, le enseño a decir: “mamá, papá, hermanita, os quiero”, mediante el código de los golpecitos. Al quinto o sexto intento, la frase le sale a Eugenia perfecta. Entusiasmada, la repite varias veces…

¡Me encanta! Mira, ya me sale… —(Golpe, golpe, etc.) —¿Lo ves? ¡Venga! Te invito a un café y regresamos. Paso al baño y nos vamos. ¡Tengo toda una mudanza por delante!

Eugenia detiene al instante su intención de ir al baño. Al igual que yo, permanece inmóvil sin pronunciar palabra. Una sucesión de golpecitos suena muy cerca de nosotros, al tiempo que las dos sillas vacías se separan de la mesa arrastrándose por el suelo. ¡El código también se deja oír en esta casa!

La contestación al “os quiero” de mi nueva amiga, Eugenia, lo considero ya un asunto personal que solo incumbe a Eugenia. Acerté al enseñarle a decir con el código de Ánimas la pequeña frase referida a sus padres y hermana. Me animó a dejarle una improvisada guía para que pueda aprender a decir y a entender cualquier palabra. De todas maneras, seis meses después, seguimos en contacto. Para mí, fue la rúbrica perfecta a esta nueva historia de Fantasmas que me han concedido vivir. Un caso en el cual, de nuevo, las entidades del “otro lado” regresan para ayudarnos a resolver problemas totalmente mundanos.

Le deseo lo mejor a Eugenia. Ojalá le vaya fenomenal en esta recién estrenada vida como una vecina más de este bonito pueblo.


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