La semana se presenta complicada. Distintas citas médicas, entre ellas con el dentista, auguran molestias, si no son los dolores, antibióticos y demás los que consigan abarcar todo el protagonismo. Al repasar la agenda, la palabra “aplazada” aparece en todas las citas programadas para estos próximos siete días; tratar de acometer un caso de Fantasmas mermado de facultades es, cuanto menos, una locura. Seguramente, cuando haga la visita de confirmación, me encontraré con que, de todos estos posibles nuevos casos agendados, uno o quizás dos de veras son sucesos relacionados con Espíritus. El resto no dejará de ser falsas alarmas en cuya solución poco o nada puedo ayudar. Pero, ¿cómo arriesgarme a saberlo sin estar en las condiciones óptimas de salud?
Dadas las circunstancias, quiero aprovechar la ocasión para abrir una nueva pestaña en esta página. Un espacio donde pueda escribir, a modo de homenaje, sobre una serie de entidades las cuales me ayudaron mucho en el pasado y, hoy en día, siguen estando ahí. Y quiero empezarla por nombrar a alguien increíble. Un Ánima con una historia detrás, sin duda apasionante. El Alma en pena cuya apariencia emociona nada más verla. Un Espíritu que carga con la más pura desolación. Para mí, es una fuente inagotable de sabiduría enclavada entre vivos y difuntos, de quien siempre recibí ayuda desinteresada cuando el destino nos hizo coincidir. Ha sido el Alma que más me enseñó, aunque a veces ese aprendizaje llevase al límite mi capacidad de aguante. Con este escrito no pretendo defender ni desmentir ninguna otra opinión acerca de ella, únicamente quiero contar mi experiencia personal.
Celestina Abdégano, el Ánima Sola. Son varias las versiones existentes en torno a esta Entidad, pues fue una mujer de quien se ha escrito y comentado mucho a lo largo de los años. A opinión de algunos, Celestina es un ángel capaz de obrar los milagros más imposibles. Para otros, el Ánima Sola es un engendro diabólico, deseosa de llevar a cabo todas las maldades posibles. En definitiva, simples interpretaciones tan diferentes como la noche y el día, contadas allá y según la conciencia de cada uno. Lo único cierto es que poco se sabe acerca de su vida; tan solo se la recuerda por un gran error. Una equivocación en vida que condenaría su Alma para toda la eternidad.
Celestina fue una joven que vivió en Jerusalén allá por el siglo I d. C. Tenía por labor principal la de socorrer a los condenados a muerte; en concreto, ofrecía agua de su cántaro a los recién crucificados en la zona del Gólgota. Aquella tarde de viernes y, como era habitual, la mujer fue empapando los labios de los hombres que ya esperaban la muerte, clavados en las cruces. Calmó la sed de aquellos condenados dándoles sus últimas gotas de agua. A todos dio de beber, a todos, menos a uno: a un tal Jesús de Nazaret. Desoyendo los ruegos del propio Jesús, por miedo a las temidas represalias de los soldados romanos, la muchacha prefirió mantenerse a salvo y no acercar su caña con la esponja goteando agua fresca a los labios del hijo de Dios.
Al momento, Celestina, sabedora de su error e incapaz de plantar cara al miedo, se alejó del calvario corriendo hasta un lugar elevado. Desde ese punto podía ver al ajusticiado, a salvo de las reprimendas, amenazas y golpes de los soldados del césar. Fue bastante el tiempo que la muchacha permaneció en aquel montículo, mirándole sin poder apartar sus ojos de Él y sintiendo un remordimiento cada vez más doloroso que le quemaba el corazón. Se mantuvo durante horas escondida y asustada, mientras esos mismos soldados, entre risas e insultos, golpeaban la boca de Jesús con una esponja chorreando vinagre. Un par de horas después, Celestina de Abdénago se quitaba la vida, no sin antes alzar una súplica, rogando porque su Alma quedase condenada a vagar durante toda la eternidad. Según sus propias palabras, jamás superaría la vergüenza de haber negado un sorbo de agua, no ya al Nazareno, sino a un moribundo.
Tal y como ella misma pidió, su Espíritu todavía hoy deambula por la frontera entre la vida y la muerte. No es difícil encontrarse con el Ánima Sola, pues enseguida responde cuando, tras su pequeño ritual, se le invoca solicitando su amparo. Dicen, y doy fe de ello, que en la mayoría de las ocasiones su aspecto impone más que la cuestión por la cual se demanda su asistencia. La considerable altura, los largos cabellos negros despeinados cubiertos casi por completo, la sucia y rasgada túnica de un color imposible de adivinar, las muñecas encadenadas, el rostro demacrado y esa mirada dura y penetrante capaz de hacerte sentir la más triste de las penas, en un instante tiran por tierra el ánimo de cualquiera. Se necesitan unos pocos minutos, eternos aun siendo pocos, para acostumbrarse a semejante presencia. Por este mismo aspecto suyo, hay quienes la tachan de Ente demoníaco.
Cuando te ves frente al Ánima Sola, la verdad es que te hace dudar. Tiene todos los condicionantes habidos y por haber para considerarla un ser maligno. Al principio no habla, no te mira, siempre aparece por tu espalda y arrastra consigo una frialdad tal, que hiela hasta el último de los huesos. Luego de acabar con la causa por la cual se la ha llamado, entonces por fin te habla y te pide una respuesta por otra. Tú preguntas, ella pregunta y ojo si mientes o tan siquiera dudas, porque te metes en problemas. Celestina se considera como la reina de la equivocación, por lo cual no puede existir un descuido más grave que el suyo. Ante cualquier error de cualquier ser humano que ponga en riesgo su Alma, se la podrá invocar y de seguro vendrá con una solución para ello. Celestina cometió el más grave y nadie nunca podrá arrebatarle ser el suyo, el peor error de todos.
Por esta razón acude a la llamada de los arrepentidos. Por eso se deja notar y mueve y remueve cuanto haga falta revolver para liberar de sus garras a quienes se dejen seducir por el maligno en alguna de sus muchas formas. Pese a su horrible aspecto, la fría presencia y lo siempre breve de su aparición, algo esconde o tiene Celestina que hasta el mal se retira y huye en cuanto ella aparece. Porque el Ánima Sola siempre aparece, siempre se deja ver y siempre lo hace ipso facto, sin preámbulo ninguno. Nunca elude una llamada, pero siempre exige una respuesta a cambio de su ayuda. Antes de marcharse y desaparecer, hace una pregunta a todos los socorridos de obligada y sincera contestación por la cuenta que les tiene. Su mirada así lo advierte. ¿Qué pregunta es? Mejor no decirla. Solo la conocen los interrogados y nunca la pueden revelar.
Ella es el hada salvadora a quien los que nos dedicamos a este insólito mundo de los Espíritus, recurrimos cuando el mal nos acorrala. La llamamos tan pronto vemos que un Alma y con ello una persona está a punto de perderse. Cuando los malos me asustan y me hacen dudar. Cuando un caso se va a ir a tomar viento por mi falta de conocimientos y voy a fracasar. En tres ocasiones la invoqué y tres personas se salvaron por su divina gracia. Por eso yo nunca podré tacharla de bruja o de diablo. Por eso hoy, a modo de agradecimiento y contestando a su pregunta, le escribo estas líneas.
***SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL M-008364/2024.