Después de unas vacaciones que han sabido a poco, apenas hemos terminado de organizarnos en casa cuando el teléfono suena. Para no perder la costumbre, la llamada llega en mitad de la noche e insiste hasta en tres ocasiones. Al descolgar, el silencio es la única respuesta. Después de repetir un par de veces el clásico “¿Dígame?”, y cuando ya estaba a punto de pulsar la tecla de colgar, un débil sollozo rompe el mutismo inicial.
Sin soltar el teléfono, me siento en la cama con los pies en el suelo y espero. Le sigo escuchando. Contrariado, hablo a mi anónimo interlocutor tratando de calmarle. Respira profunda y rápidamente. Cualquier ruido al otro lado del aparato le sobresalta. Se esfuerza por hablar, pero no le entiendo cuando, de pronto, un golpe seco y duro suena muy cerca de él o de ella. Alguien golpea con brusquedad una puerta, una puerta tras la cual se debe de refugiar la persona que me llama…
—¡Venga pronto! Está en mi casa pegándome. ¡Me pega mucho y no puedo verlo! ¡Quiere matarme!
Es la voz de un hombre asustado. A duras penas y entre mis gritos, sus quejidos y el estruendo de objetos cayendo al suelo, consigo por fin su dirección. Por suerte, la calle está cerca de casa y llegaré en un momento.
No habrán pasado quince minutos cuando por fin llego al portal. Sofocado por la carrera, necesito un par de segundos para coger aire antes de anunciar mi llegada. Sin embargo, no habrá respiro: una voz surge de improviso a través del interfono indicándome subir al rellano del tercer piso y, tras ella, un terrible portazo retumba por toda la finca. Abrumado por la prisa, subo a todo correr por la escalera, arrepintiéndome de ello en el décimo o undécimo escalón. Con el corazón en la garganta y haciendo un esfuerzo para no dejarme caer en el suelo por aquello de la ética profesional, avanzo por el rellano en busca del piso tercero “E”. A poco de terminar el corredor, veo a un hombre sentado en el pasillo con la espalda apoyada en la pared.
Su aspecto es lamentable. Tembloroso, con la ropa empapada en sudor y salpicada de sangre procedente de varias heridas en cara y cuello, el hombre permanece tirado en el rellano como si quisiera esconderse detrás de una delgada columna. Mostrando evidentes gestos de dolor y mucho esfuerzo, consigue levantar la cabeza para mirarme. Su palidez asusta, su boca escupe sangre y sus ojos parece que fueran a salirse de sus órbitas en cualquier momento.
—Se ha ido. Ya se ha ido por hoy. No me atrevo a estar ahí dentro yo solo; cada vez es más violento conmigo.
Esa voz, aún titubeante y acongojada, delata el tormento y el pavor que sufre este hombre de unos cuarenta años, alto, fornido y de semblante serio. Además, la mala experiencia tuvo que durar un buen rato, a tenor de su maltrecho aspecto, su ropa desgarrada, calzado con un solo zapato, las manos tiritando y el cabello casi de punta. Un tiempo que le resultaría agónico y eterno. De ningún modo quiere que le lleve a un centro médico. Dice no estar preparado para explicar lo complicado de la causa de tantos moratones y heridas. Prefiere regresar a su casa incluso antes de llevarle a la mía, siempre y cuando me quede con él.
¡Es desolador! Hay apenas dos o tres focos luciendo. Nada está colocado como debería y poner un pie encima del parqué sin pisar algo es misión imposible. Un fuerte olor a quemado impregna el destartalado apartamento. Asusta ver muebles destrozados, estanterías arrancadas de cuajo, mesas dadas la vuelta, cristales esparcidos por el suelo y, todo esto, amenizado con música. La música de un vinilo sonando en un antiguo compacto; uno de los pocos aparatos de la casa que aún se mantiene entero.
Conozco esta melodía; se dice que es capaz de nublar los sentidos. De momento, yo me encuentro bien, aunque sí doy fe de que impresiona escucharla en estas circunstancias. Estoy seguro de que ahora impone tanto dado el estado en que se encuentra la casa, pero, desde luego, que esta música tenga por título El trino del diablo da que pensar. De hecho, su leyenda dice que sus notas son una invocación al diablo y, quienes se atrevan a escucharla por entero, sufrirán en sus carnes los espantos del averno.
Daniel, como así dice llamarse este hombre, se va derecho a cerrar las ventanas, mientras me explica el motivo de que todas ellas estén abiertas:
—Quiere que salte, que me suicide. Viene a eso. Por eso están todas de par en par. Las abre sin tocarlas y luego me empuja hacia ellas.
Colocando derecho un pequeño sillón volcado, le ayudo a sentarse ya con el botiquín en la mano. Está destrozado anímicamente; basta mirarle un momento para darse cuenta. Sentado frente a él, le veo cómo se cura las heridas gracias a un espejo de mano:
—Tranquilo, ya soy un experto en aplicarme los primeros auxilios. Esta vez estuvo cerca. De no tener el teléfono a mano, no sé qué hubiese pasado. Lo más probable es que hubiera salido por esa ventana. Tenía que irme de aquí, lo sé. Pero no tengo otro sitio donde ir. No me puedo permitir ahora pagar otra hipoteca y tampoco tengo seguro de que este Espíritu… no vuelva a encontrarme.
Daniel se muestra animado a comentar lo ocurrido. Soy consciente de lo poco aconsejable que es hablar del Ente en este momento. Malo o tan solo enfadado, no se ha ido; continúa aquí con nosotros. Escuchando su angustia, salta a la vista que todavía habla bajo los efectos generados a consecuencia de un miedo que se vuelve insuperable; el consabido y habitual invitado en la mayoría de las apariciones de Fantasmas. Quizás, en su reflexión personal, pronuncie las palabras mágicas capaces de apaciguar a nuestro invisible acompañante.
—Me la tiene jurada; se llama Conrado. Conrado Martín Martínez no se me olvidará en la vida. Acababa de cumplir los 58 años cuando le conocí. Trabajaba de tornero en un taller de reparación de maquinaria pesada. Yo fui el abogado que le anunció la puesta en marcha del ERE de extinción que le incluía.
—Perdona, ¿qué es eso? Sé lo que es un ERE, pero ¿de extinción…?
—Sí, se llama así. Es un expediente de regulación de empleo por el cual Conrado y otros dieciséis compañeros serían despedidos, dejando a la empresa exenta de volver a contratarlos al cabo de un tiempo.
—Cobrando el despido, ¿no? Aquello de los veinte días por año trabajado.
—Ahí vino la guasa. Tanto Conrado como sus otros compañeros entraron a trabajar en el taller hacía mucho tiempo. En aquellos años en donde se daba trabajo según se precisara de más o menos mano de obra. Después, consiguieron quedarse ocupando una plaza fija y a diario en el taller, pero sin seguro, sin alta en la Seguridad Social, sin contrato y sin nada. No existía ni un triste papel que acreditara esos días de trabajo. El caso es que cuando llegó el ERE, la cantidad de la indemnización era irrisoria. ¡Daba vergüenza decirles la cantidad!
—¿Y el dueño del taller tampoco les ayudó? Podía haber dicho algo.
—Por ahí vinieron los problemas. Serafín Hernández, durante cuarenta años dueño del taller, había fallecido seis meses antes y los herederos solo querían venderlo. Si lo miras bien, era algo razonable, pues llevaba meses dando pérdidas. Y apareció un comprador. Un comprador que puso sus condiciones: la primera, una considerable reducción de plantilla. Operación que fue gestionada por mi bufete y ejecutada por mí. A Conrado…
¡La luz acaba de apagarse! Los pocos halógenos sanos acaban de explotar. La puerta del baño golpea bruscamente contra la pared. Los cuatro grifos del apartamento expulsan agua a raudales y, aunque las ventanas se abren solas, el aire que entra para nada ayuda a detener el impresionante bochorno que ahora atosiga el piso. Tengo la ropa empapada en sudor y los objetos queman con solo rozarlos. Me duele la garganta al tragar. La sed es horrible, parece que tuviera la boca llena de sal y la piel se vuelve rígida; apenas puedo girar el cuello, estirar el brazo o cerrar la mano.
—Una cosa, Daniel. ¿Por qué estás tan seguro de que todo esto es cosa de ese tal Conrado?
—¿Quién si no? Él aseguró a gritos que me arrepentiría.
—¿Le has llegado a ver o te habló en algún momento?
—No, no… ¿Debería?
—Saber a quién nos enfrentamos siempre ayuda.
En las manos de Daniel aparece una serie de escamas feísimas. ¡En las mías también! Son síntomas de deshidratación. La necesidad de ingerir líquidos ya apremia y marcharnos pasa a ser la prioridad principal. Giro y giro los grifos y es inútil, ninguno cierra y no podemos dejarlos así. El agua ya se desborda y la acumulada en la pila… ¡Hierve!
—¡Tenemos que cortar la llave de paso! —grito a Daniel, pero…
¡Daniel se ha desmayado! Trato de que se espabile y, pese a conseguirlo, está muy aturdido; le será imposible llegar hasta el rellano. Gracias al arranque de ímpetu provocado por el propio miedo, consigo echarme su cuerpo sobre el hombro y llevarlo hasta la puerta; algo que mi condición física solo me permitirá sostener durante unos pocos pasos. Pero el pestillo arde, ¡no se puede tocar! Busco un trapo, una bolsa y encuentro un jersey. Enrollado a mi mano, giro el pestillo, pero tampoco…, ¡la puerta está cerrada! La llave, necesitamos la llave…
—¡Daniel! ¿Dónde está la llave de esta puerta?
—¿Qué llave?
—La llave de la puerta principal. ¿Dónde la dejas?
—No querría causaros desengaño, mas decidme… ¿Estáis verdaderamente cierto de que, sacando de aquí a tal despojo de criatura, podréis ponerle en salvo?
Me detengo sin dejar de mirar la repisa situada al lado de la puerta. Esa no es la voz de Daniel. Empiezo a entender el caso justo cuando de su boca emerge una sonora y prolongada carcajada. Por supuesto, sostengo en mi hombro a la persona que me llamó por teléfono. Cargo con un cuerpo, con el suyo, pero mucho me temo que traslado dos Almas: la de Daniel y otra más…
—Bien jugado. No lo vi venir. ¿Puedo saber quién eres?
—Podéis llamarme Posesión, si tal os place… que el nombre, a fe, me sienta de maravilla. Posesión, sí… queda sonoro, ¿no os parece? Y ahora, si tuviérais a bien devolverme al suelo, os lo agradecería.
La voz, que me suena hablar un castellano de siglos atrás, sale del cuerpo de Daniel, mientras él sigue ajeno a cuanto ocurre. Permanece con la mirada perdida y el cuerpo totalmente paralizado, salvo la boca que abre y cierra sin sentido. Parece el muñeco de un ventrílocuo. Soy consciente de que con un simple giro a la derecha, el espejo situado en la pared me mostrará el aspecto real de este Espíritu capaz de poseer a Daniel. Lo intentaré en cuanto consiga despistar mis temores y pueda girarme con disimulo hacia el cristal.
—Yo no os lo aconsejaría, mis facciones no son en modo alguno gentiles a la vista.
Ya sabedor de que también puede leer el pensamiento, me sitúo frente al espejo, al tiempo que dejo el cuerpo de Daniel sobre el parqué. El cristal devuelve la imagen del Alma de un hombre. Un anciano bastante inquietante: la deformidad de sus dedos, la desfiguración del rostro plagado de llagas y manchas de rojo verdoso, el cuerpo encorvado al máximo, la piel arrasada sin pelo ni vello y los orificios nasales rodeados de costras de sangre, obligan a un severo esfuerzo de entereza si se pretende llegar a algún tipo de acuerdo con él.
—Ya os lo advertí: no os ha de ser grato aquello que vuestros ojos están por ver…
—Tranquilo, los he visto peores.
—¡Touché!
—¿Puedo estar tranquilo?
—Vos sabréis…
—Esto de la posesión de Daniel tiene que acabarse. Lo sabes, ¿no?
—¿Lo sabe él? ¿Le habéis ya hecho la pregunta?
—No nos has dado tiempo. Le has quitado a él para ponerte tú al mando.
—¿Yo? ¡Oh, no, por vida mía! Guárdeme Dios de malos pensamientos y enderéceme por sendas de bien… o cosa semejante.
—No hace falta preguntar nada, nadie quiere estar poseído.
—Bueno… en ese particular, permitidme que disienta.
—¿Te permitió acaso poseerle?
—En verdad, no.
—¿Entonces? Te debes marchar. ¿Estamos de acuerdo?
—No. No nos adelantemos. Hay puntos que requieren de prolija consideración antes de dar por ciertas afirmaciones que bien pudieran ser erradas o no del todo verdaderas.
—Vale, cuéntame.
—Figuraos a Daniel, a tal despojo de criatura, aquí en su propia casa. Andará turbado, desasosegado. Precisa hallar remedio, y hallarlo sin dilación. Que si mañana no logra contentar a sus superiores en el oficio, su despido será cosa cierta. Ya le avisaron más de una vez que su labor dejaba mucho que desear: poco provechosa, así la llamaron.
—Me lo imagino y tampoco hace falta insultar.
—Urgele hallar la traza perfecta con que persuadir a diecisiete hombres de labor; diecisiete, sí, a quienes es menester echar de la casa del oficio sin dilación y con un gasto tan mezquino que mueve a risa y a afrenta. Mas pasan las horas, la noche avanza, y Daniel no acierta con las palabras. No halla modo alguno —por más que exprima el seso— de que esos diecisiete firmen su despido sin murmurar. Al pobrecito mío le cuesta en demasía burlarles: ¡oh!, que no sabe mentirles. Bien conoce que la oferta y la paga que se les brinda son una injusticia manifiesta, un burdo engaño y, ¡ay, menín!, si los pobres obradores reparan en ello, ni firman ni consienten, y yendo a pleito, hartas posibilidades tienen de vencer.
—Pues todo eso demuestra lo buena persona que es, ¿no?
—Sí, todo un primor. El tiempo apremia, y hallemos ya a menos de cinco minutos esa hora espantosa de las tres. Cuando, sin saber él cómo ni por qué, oye Daniel un tenue susurro de voz. Y, a propósito, ¿sabéis que ese tal Jesús entregó el Espíritu en la cruz justamente a las tres de la tarde? Padre, Hijo y Espíritu Santo —dice, santiguándose—. Entonces oye, Daniel, una voz dulce y harto familiar. Mas no puede ser: ¡es la voz de su abuela! De su amada abuelita, que casi fue quien le crió. ¡La superabuela acude en su socorro!
—Un par de preguntitas antes de que sigas, disculpa: ¿Por qué todos los Entes del mal tenéis ese tonito irónico que resulta tan detestable? Y la segunda, ¿te puedes dar un poco de prisa? No creo que permanecer mucho tiempo en el estado que está sea lo mejor para Daniel.
—En fin, prosigamos. La abuela, triste y apesadumbrada al ver así a Daniel, le señala un remedio. Para salir del atolladero, bien estaría poner por obra lo escrito en la página treinta y seis de un libro antiguo que ella misma le entregó, intitulado Enchiridion del Papa León III. Que, como vos bien sabéis, Antoñito, es de los más poderosos compendios de conjuros, maleficios e invocaciones que se conocen… siempre que, claro está, se tenga la primera impresión.
—O sea, a la abuela le gustaban todos estos temas. Pero, ¿en realidad era su abuela o…?
—¡Claro está! —piensa Daniel—. En tal compendio de alta magia he de hallar cosa que me valga para afrontarme con esos pobres obradores. Sin preparación alguna, firmarán como mansos corderillos su despido, sin decir esta boca es mía. Y desde hoy, triunfaré una y otra vez en cada negociación, y no tardarán en hacerme socio de la casa.
—En suma —añado yo—, tonto, tonto, hasta decir basta nos salió el mozo. Y he aquí que entro yo en escena.
—Apareces tú para ayudar.
—Conocedor de a quién invocaba, acudí yo. Ya lo sabéis: quien juega con fuego, al cabo arde. Y así quedó sellado el pacto. Su Alma, a trueque de que nuestro buen mozo, hallándose presente en cuantas negociaciones hubiere, y siendo él quien llevase la honra de los buenos sucesos, jamás recordase lo allí obrado ni a quién arrojó a la calle. Podría proseguir en su oficio con sosiego, sin remordimiento alguno, pues llegado el punto de entrar en consejo con los obradores, otro ocuparía su lugar. Otro con gracia en la palabra, que desde su interior —y usando de su misma voz— hablaría por él. Yo pasaría a ser Daniel. Tal fue lo aceptado y firmado por nuestro muchachote. Y decidme, ¿su abuelita no le previno jamás de que cualquier Alma es dueña de quitaros y poneros los recuerdos a su antojo?
Confieso que, en mi primera negociación usurpando la persona de Daniel, ¡quedéme lucido! En diez minutos, aquellos diecisiete hombres estaban tan rendidos que me hubieran firmado cualquier desvarío. La llamaron la negociación del año. Mas, ¡vaya por Dios!, pasados algunos meses, hétenos aquí tropezando por casualidad con un pliego de nuevas. Un malhadado periódico donde se lee que un tal Conrado Martín Martínez, uno de esos diecisiete, diose muerte arrojándose por la ventana, consumido de tristeza por no hallar trabajo ni sustento. No me lo negaréis: dejé yo tal pliego en el lugar más propicio y en la hora más señalada. Mas ¡ay, menín!, ¡ay, menín!, que ahora Daniel carga conciencia y recuerda a Conrado a cada instante. Bueno… recuérdale con un poquito de ayuda.
Mirad vos cuánta lástima me causa… que ahora, con sólo susurrar al oído de Daniel el nombre de “Conrado”, ya tengo su cuerpo a mi entero arbitrio. Ayer mismo comí en un mesón a todo regalo y marché sin pagar blanca. Yaco con una mujer, y por la noche, díme de mojicones en una taberna con un desdichado. No me digáis, Antoñito… ¿Y pretendéis que sea yo quien se marche? ¿No sería más acertado, para bien de todos, que el ausente fueseis vos?
Luego de esta última pregunta, los labios de Daniel se detienen. El Ente malévolo se toma un respiro. Los grifos misteriosamente paran de soltar agua, el compacto se apaga de pronto, el titilar de un par de halógenos mantiene la única iluminación del apartamento y el calor también otorga una tregua. Con precaución, acerco la mano al pestillo y puedo abrir la puerta; los objetos ya no queman. Podemos salir de la casa, pero, ¿para qué irnos? Es una tontería. Donde vayamos, el dominador absoluto de la mente de este abogado vendrá con nosotros.
Vuelvo a sentarlo en el sillón. He de planificar una estrategia, ejecutar un plan que devuelva a esta criatura del averno al lugar de donde vino. Ayudándome de la grabadora, empezaré por repasar la explicación del Espíritu acerca de cómo consiguió poseer a Daniel. No me quedó nada claro. Según la escucho, al parecer este hombre tiene una ocupación que le resulta difícil llevar a cabo. Queda claro que el perverso espectro viene respondiendo a su desesperada llamada. Es Daniel quien invoca al mal. Es totalmente consciente de a quién llama, de lo que está decidido a ofrecer y de lo que quiere a cambio. Una vez firmado el pacto, llegó a ser el empleado número uno de todo su bufete sin haber liderado ninguna de las negociaciones y, sobre todo, sin recordar nada que más tarde provocara remordimientos.
Pero el mal es el mal, y sus pactos siempre ocultan un algo más. Una letra pequeña que siempre juega a su favor. Ya tienen en sus manos un Alma más, pero, ¿qué ocurre? Pues sucede que Daniel todavía disfruta de la vida y esto les impide apropiarse de su compra. Hay que finiquitar el contrato y, ¿cómo hacerlo? Sencillo, Daniel tiene que morir. La trampa en este acuerdo se halla en con quién pactó este abogado: vendió su Alma, nada más ni nada menos, a un Ente malvado con la capacidad de poner, quitar y provocar recuerdos. Basta murmurarle el nombre de Conrado y la voluntad de Daniel cae al instante. Es cuando su tormento aparece. El Ente aprovecha sus cargos de conciencia para sugerirle la muerte como la única salida para escapar de tales remordimientos. Aquello de que nunca recordaría los nombres de las personas despedidas, simplemente, se rompió leyendo la página de un periódico.
El problema está en cómo erradicarlo de la mente de Daniel. El pacto, de acuerdo, sabemos que ya no existe: se rompió en el mismo instante en que él lee la noticia del suicidio de Conrado y volvió a recordarlo. Así se recoge en las leyes y, de seguro, los malos se están aprovechando del desconocimiento general acerca de esta norma y de este mundo de Fantasmas, ángeles y demonios. Puede haber letra pequeña, pero hasta el mismo engendro afirma que el pacto se sostenía sobre una condición: no volver a recordar jamás a ningún trabajador despedido. Aparte está la nota 442 del Grimorio heleno, en donde se detalla cómo rescatarse y romper un pacto con el demonio. Todo esto ya lo sé y no me ayuda en nada. Por muchas vueltas que le doy, siempre vuelvo a la casilla de salida: ¿cómo quitarnos a este engendro del medio para siempre?
El trino del diablo vuelve a sonar. El vinilo colocado en el compacto se reproduce solo, en tanto siento las gotas de sudor resbalar por la frente y… ¡El sillón se estampa contra la pared! Aun con el peso de Daniel encima, se ha arrastrado veloz hasta impactar contra ella. Comienza el segundo asalto y toca improvisar; si funciona o no, es otra cuestión.
El suelo se inclina y se balancea. No puedo moverme. El constante vaivén impide que me suelte de la repisa a la cual estoy agarrado. Las chispas despedidas por los enchufes llegan hasta mí. El sillón vuelve a moverse. Se desplaza despacio. Primero avanzan las patas de un lado; luego, pasados un par de segundos, son las otras las que se arrastran hasta colocarse a la misma altura, dirección hacia… ¡La ventana! Daniel se revuelve nervioso en el asiento, pero continúa con los ojos cerrados. Sigue ajeno a cuanto sucede y parece estar en medio de una pesadilla.
Del interior de los enchufes surgen pequeñas llamas que amenazan con abrasar el resto de los cables. El suelo está empapado. Los radiadores desprenden vapor. Los objetos colocados en armarios y repisas caen, ocasionando un continuo estruendo. El sillón continúa con el mismo peregrinar rumbo a la ventana. Debo superar ya esta primera fase de la impresión en la cual la conciencia confunde la realidad. Este engendro juega con mi mente, ideando argucia tras argucia con el fin de aterrarme y continuar con su intención de empujar a Daniel al vacío.
¡Me agarra! Ha abandonado el cuerpo de Daniel y actúa con su propia condición. ¡Sujeta mis manos contra la pared! El puñetero Ente decide utilizar la fuerza. Ha descubierto mi ánimo de sacudirme el pánico por tanta tontería únicamente real dentro de mi cabeza. Sin embargo, dejando a un lado los posibles daños que pueda causarme, esto es buena señal: cuando este tipo de espectros intentan salirse con la suya mediante el uso de la violencia, muestran su lado débil. Este bicho se está preocupando. Es consciente de que su presunta superioridad no es tal y detecta nuestra capacidad de frustrar sus planes. Por eso no me retiene con intención de hacerme daño, sino para que el tiempo pase y se haga demasiado tarde para salvar a Daniel.
Le tengo delante. Cuesta mucho soportar sus uñas clavándose en mis manos y muñecas. Percibo su olor: un efluvio nauseabundo. Me asquea recibir el repugnante impacto de unas finas gotas contra mi rostro, en tanto una capa dura y seca araña mi frente. Llamo a Daniel a gritos. ¡Ha de abrir los ojos! El sillón está cerca de la ventana y puede ser el fin de su vida de llegar a ella. Grito y grito y el engendro aprieta más fuerte, a la vez que intenta taparme la boca con su cabeza.
—¿Osáis desafiarme? ¿Es eso lo que pretendéis? —chilla el Espíritu.
—¿Déjalo en paz? Tú aquí no eres nadie —le respondo, tratando de resaltar su carencia.
Furioso, me arroja contra otra pared para, enseguida, provocar que el sillón se mueva más rápido. Trato de impedir su avance colocándome delante. Sigue sin oírme. Un nuevo empujón me separa de él. El sillón llega a la ventana y Daniel apoya las manos en el cristal. Se levanta. ¡Hace todo lo posible por alcanzar el pestillo y cuando lo consigue, abre la ventana! Sin dilación le tiro la fregona apuntando a la cabeza; es lo que más a mano tengo. Ni se inmuta. Corriendo, le empujo, apartándole de los cristales.
Daniel reacciona y su mirada lo dice todo. Es consciente de su error, de cuanto ocurre, y lo único capaz de alegar es un “lo siento, me equivoqué”, con sabor a resignación y derrota. El Espíritu tira de sus pies, para levantándole de la cintura, colocar su cabeza en el quicio de la ventana. Trato de sujetarlo y me esfuerzo por retroceder y llevármelo conmigo, pero el Espíritu tira muy fuerte. El abogado ya está totalmente consciente y, ¡por fin!, colabora conmigo defendiéndose a patadas.
—¿Entonces? ¿Qué clase de demonio eres tú que eres incapaz de mostrarte? ¿Todavía estás así, sin haber aprendido a manifestarte? —le pregunto en voz alta, encomendándome a lo más alto, a fin de desviar su atención.
El Espíritu se olvida de su poseído; sin embargo, su ira es tal que siento arder mi cara cuando me mira. Tapo los ojos de Daniel; no quiero que el pánico le embargue y le paralice. Susurrándole al oído, le explico que ha de ver esta segunda oportunidad que le ofrece la vida. Está consciente, es dueño de sus actos, aun con la invisible presencia del Ente en la habitación. Es ahora cuando tiene la ocasión de renegar de él. El pacto quedó invalidado cuando recuerda a Conrado y, a pesar de ser este un dato que ignoraba, puede también revocar el acuerdo, que es justo lo que vamos a hacer.
¡Hay fuego en la casa! En esta ocasión sí es real. La diferencia con los anteriores trucos es notable y en este momento, ¡corremos peligro! Ha conseguido calentar las tomas de corriente hasta el punto de generar pequeñas llamas envueltas en una creciente cortina negra de humo. Cuesta respirar. Las dudas de Daniel para expulsarle de su interior generan más problemas. Le estamos dando un tiempo precioso. Un tiempo aprovechado por el Espíritu. Gracias a una toalla consigo sofocar el fuego. Insto al abogado a ordenarle que se vaya. Lejos de ello, vuelve a ser arrastrado a la ventana de un plumazo. ¡No me dio tiempo a sujetarle!
La lucha es feroz. Daniel, mucho más espabilado, pelea con uñas y dientes para zafarse de las garras de su rival empeñado en arrojarle por la ventana. Mucho más fuerte, el engendro le propina un serio empujón hacia la calle. ¡Gracias a Dios!, el abogado pudo sujetarse en la puerta de la ventana. Estamos enzarzados en una pelea perdida de antemano. ¡No podremos ganarle así! Pese a los esfuerzos, tiene el cuerpo cada vez más fuera. ¡Sus pies no tocan el suelo y su pecho ya se apoya en el alféizar!
—¡Desafiarme ahora! ¡Desafiarme ahora, si es que os alcanza el ánimo! Tu Alma es mía, solo mía; me pertenece. ¡Entrégamela! —Con el alarido estremecedor de una voz tan sumamente grave y repelente que hace vibrar todo, el Ente insiste en cumplir su propósito. El final se acerca.
—¡Dilo! ¡Dilo, Daniel! Repite conmigo: ¡Reniego del pacto! Lo incumpliste. Suéltame y vete. Repítelo, ¡no tienes más tiempo! ¡Te va a matar! ¡Dilo ya! —insisto al abogado.
Un atormentado grito surge desde el exterior del piso…
—¡Reniego de ti! ¡Reniego del acuerdo! Suéltame y vete de aquí. —Grita y grita Daniel, cayendo de golpe al parqué.
Sin saber de dónde sale, una neblina clara surge encima de Daniel. Es una perfecta cascada de luz blanca, suave y densa como algodón. Una luminosidad increíble que le cae serena sobre su cabeza. Parece que todo se hubiera detenido. La casa ahora es un remanso de paz. No se escucha un ruido y, como por arte de magia, todos los objetos vuelven a estar en su sitio. Nada está roto, ni quemado, no hay agua en el suelo y huele al aire limpio. Las ventanas están cerradas. Daniel permanece sentado en el suelo, sin moverse, sin decir nada, dejando que la luz le envuelva por completo.
Sobre la cascada se refleja como una pantalla de algodón en la cual se proyectan imágenes algo borrosas. Una filmación en blanco y negro de ¡Daniel! En esas imágenes se ve cuando el Ente le tenía con medio cuerpo fuera y a punto de ser arrojado por la ventana, cuando anteriormente le levanta del suelo, cuando le arrastra de un plumazo a ella, cuando yo le tapo los ojos… Las imágenes reproducen lo ocurrido dentro de esta casa desde que yo llegué. Lo reproducen al revés; ¡retrocediendo en el tiempo!
La película rebobina hasta el instante donde llego y encuentro al abogado tirado en el rellano de la escalera. Continúan pasando imágenes sin descanso y ahora muestran momentos anteriores a mi llegada. Proyectan cómo Daniel se golpea la cabeza contra la pared. Se infringe varios cortes seguidos con un cuchillo de cocina. De rodillas, tira enrabietado de su pelo hasta arrancarse mechones de cabello. Pero en cada una de estas secuencias aparece vestido de una manera distinta. Son de días anteriores; de cuando el demonio le obligaba a hacerse daño. Le incitaba a arrastrarse malherido hasta la ventana y lo forzaba a levantarse, con la intención de que pusiera fin a su vida y, así, poder llevarse su Alma.
Pero lo que de veras se nos muestra en estas imágenes es otra cosa sencillamente maravillosa: en todas las ocasiones que Daniel trata de llegar a la ventana, incorporándose desde el suelo, se aprecia cómo una sombra blanca le aparta las manos de la pared y le hace caer con suavidad. Esa sombra nunca le permitió alcanzarla. Una y otra vez impidió que se quitara la vida. Lo protegió en su instante más peligroso. No tengo ninguna duda: a este desdichado no se le tuvo en cuenta su pacto con el diablo. Alguien lo cuida. Alguien estuvo con él en todo momento. Alguien que luchó y lucha por él y que se negó a darlo por perdido. ¡Es maravilloso!
Este gesto viene a decirnos que no caminamos por esta vida solos. Un ser, un Alma —quizás de un antepasado, de un familiar, de un amigo— nos acompaña y sigue creyendo en nosotros, incluso cometamos la mayor de las burradas.
La cascada continúa rememorando las horas y los minutos previos a mi llegada. Ahora, proyecta el momento en que Daniel, dentro de un círculo blanco con el pentáculo invertido y otros símbolos demoníacos trazados en el suelo y rodeado de velas negras, se arrodilla y lee en voz alta lo escrito en un papel. ¡Es el ritual de invocación a Satanás! Al instante, el vello se le eriza y su cuerpo tirita violentamente, mientras que una sombra negra se apoya en sus hombros. Tras unos segundos de espera, veo cómo Daniel, sin dejar de temblar y ya de pie, la emprende a patadas contra las velas y arroja el papel por la ventana. Con prisas y llorando, agarra una bayeta y borra el círculo y los símbolos restregando con fuerza hasta quedarse dormido, vencido por el cansancio. Un sueño que, de pronto, a mí también me invade, cuando el timbre del portero automático irrumpe de golpe.
—Sí, ¿quién es? —pregunta una voz a través del mismo portero automático.
Pero… ¡No puede ser! ¿Qué ha pasado? De buenas a primeras, ¡estoy en la calle! Es de noche y me encuentro delante del portal de Daniel. Estoy fatigado, como si acabara de correr o caminar muy deprisa.
—Perdona, soy Antonio. Me llamaste por teléfono. Vine para ayudarte y no sé qué ha pasado, pero… ¡Estoy en la calle! —contesto, confiado en que Daniel me abrirá enseguida y analizaremos lo sucedido.
—¿Qué dices, tío? Yo no he llamado a nadie. Anda, vete a dormirla por ahí y deja de molestar. ¿No ves las horas que son?
—Quien ha contestado era Daniel. No sonaba alterado ni preocupado. Después de todo lo ocurrido, ¿puede ser que esté así de normal tan pronto? Escucho otra voz. Una voz misteriosa que resuena dentro y fuera de mí al mismo tiempo. Es una voz suave, sosegada y su tono resulta dulcemente familiar, aunque no sabría decir si pertenece a un hombre o a una mujer. La oigo unas veces cerca, otras lejos. Al mismo tiempo, algo se apoya en mi hombro y me obliga a caminar, alejándome de casa de Daniel, mientras esa voz me habla…
—Tranquilo, pequeño. Lo que acabas de contemplar no es dolor, sino liberación. Todo cuanto se desvaneció de la vida de Daniel —sus días, sus horas, sus angustias y sus lágrimas— ya no existe en su sendero. Fue capaz de renunciar con verdad en el corazón al pacto oscuro cuando se le ofreció la ocasión. ¡Y eso es hermoso! Retrocedimos su hilo de vida hasta aquel instante en que, arrodillado dentro del círculo, llamó al demonio dispuesto a entregar su Alma.
Mas mira bien: cuando le ves apagar a patadas las velas y arrojar el papel por la ventana, ese es el punto exacto en el que su espíritu murmura un “no”. Ahí escoge la otra senda, la luminosa, la que siempre estuvo aguardándole. En ese momento, su realidad cambió… y él volvió a encontrarse.
—Todo cuanto viviste en esa casa ha sido desvanecido, como si jamás hubiese ocurrido, como si tus pasos nunca hubieran cruzado su umbral. Daniel no recordará quién eres ni lo que hiciste por él, ni los instantes que compartisteis en su tormento. Dentro de pocos días su sendero cambiará: dejará el bufete, hallará otro trabajo y todos sus miedos se disiparán como niebla al sol. Su misión —y la tuya— está cumplida. Así pues, volvamos a casa; mañana habrá nuevas tareas… y no preguntes, pequeño, porque aún no es tiempo de saber más.
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