00:00 horas. Nunca entenderé esta manía que tiene la gente de investigar por la noche los casos de supuestos Espíritus. Uno puede explicar mil veces que un Alma con deseo o necesidad de entablar contacto con alguien lo hará cuando quiera, como pueda y sin ningún margen de horario. Puedes repetir doscientas veces que no existe ninguna relación entre los Fantasmas y la oscuridad, pero a la larga, da igual. En el momento de confirmar la hora de empezar a trabajar en el lugar de los hechos, la respuesta más o menos viene a ser la misma:
―¿Que a qué hora? A las doce de la noche, ¿no? ¿No es a esa hora cuando se hacen estas cosas? ―Respuesta más habitual.
Pues nada, medianoche y aquí estamos, en una histórica ciudad de la comunidad autónoma de Castilla y León, esperando ver a quien los trabajadores de este museo denominan como el Espíritu de la gran Dama Negra.
Es cierto que la tensión se palpa. Además de la generada por la posible aparición, resulta que ninguno de los responsables del museo sabe de nuestra presencia hoy aquí. Tanto el personal del centro como los vigilantes, hartos ya de no ser tomados en serio, han organizado esta velada a espaldas de sus superiores. Ya no pueden más y lo entiendo. A consecuencia del Fantasma de la Dama Negra, la mayoría de ellos trata de eludir el horario nocturno. El miedo a este supuesto Fantasma es tan grande que, aunque entre las responsabilidades del puesto está el quedarse solo durante un tiempo en ciertos puntos del museo, los que no pueden eludir este turno no dudan en desobedecer estas órdenes: las cuatro personas que aquí trabajan de noche se acompañan durante toda la jornada, a sabiendas de que dejan desprotegidas obras muy importantes y valiosas de la exposición.
Los cuatro vigilantes, mi compañero de fatigas Javier y yo nos encontramos en un cuarto del museo destinado a la seguridad. Varias cámaras custodian todas las salas, pero la negativa de estas personas a quedarse solas ocasiona largos espacios de tiempo sin que nadie quede pendiente de ellas.
Ya toca empezar a moverse y lo haremos tres de nosotros: Un vigilante llamado Juan Pedro, Javier y yo. Los tres nos aventuramos a recorrer el museo con la mayoría de las luces apagadas, pues las normas no permiten encenderlas antes de la madrugada y solo mientras el servicio de limpieza realiza su labor. Si en otros casos me quejo del frío, en este el calor es insoportable. Nuestra idea es recorrer el museo de punta a punta, entrando en cada una de sus 21 salas.
Según se lee en el folleto explicativo, y como cualquier institución etnológica, el museo trata de mostrar cómo se vivía por estos lugares siglos atrás, describiendo los oficios típicos, recreando el interior de algunas viviendas, mostrando algunas vestimentas de antaño y presentando una diversa colección de pinturas, fotografías y joyas, entre otros enseres.
¡Suena un portazo!
La cuarta puerta por delante de nosotros acaba de abrirse tan fuerte que ha golpeado contra la pared. Si es cierto que este museo alberga la presencia de un Espíritu, aquí está, y ya nos espera en el interior de esa sala. Deprisa, antes de que nuestro propio miedo nos haga cuestionarnos tal decisión, caminamos hacia ella.
¡La luz de esa sala acaba de encenderse!
―¡Esa luz solo se enciende desde dentro! Son unas lámparas de mesa pequeñas. Mirad, tíos, yo mejor os espero fuera. Lo siento ―comenta Juan Pedro, al tiempo que se detiene.
―No te preocupes, Juan Pedro. Le pasa a mucha gente y lo mejor es actuar así ―contesta Javier.
―Vale, gracias. Esta sala tiene cámaras; os vigilaremos por ellas. Tomad, quedaros con el walkie, así podremos iros diciendo lo que veamos.
Un golpe seco surge del interior de la sala. Alguien o algo ha golpeado sobre una superficie de madera y, pasados apenas unos segundos, repite la acción. Alertados, nos situamos delante de la puerta.
Es una estancia pequeña y cuadrada. Representa una de aquellas antiguas salitas de estar. Dos gruesas cortinas de seda cubren la ventana, haciendo juego con la alfombra. Sillas, butacas, canapés para dos con asiento y respaldo acolchados, chimenea, aparador de doble espejo con las dos lámparas de mesa encendidas y, en el centro de la sala, una pequeña mesa redonda de tres patas tipo velador, pero ningún Espíritu visible. Me llama la atención que las paredes, pintadas en color beis, están recargadas de cuadros de hombres y mujeres de épocas pasadas perfectamente retratados. Sin embargo, resalta algo en ellos: en todos estos cuadros siempre aparece la mesa que aún perdura situada en el centro de la estancia. Unos sentados en torno a ella, otros de pie al lado, delante o detrás, pero en todos los cuadros el velador aparece como si realmente tuviese más protagonismo que las personas retratadas.
―¿Todo bien por ahí? ―pregunta por sorpresa el vigilante.
―Sí, hijo, sí. Todo bien. Gracias. ―Respondo mientras trato de reponerme del susto al escuchar su voz por el walkie.
Tras observar el velador con mayor atención, Javier y yo nos miramos. Ambos nos hemos dado cuenta de que su tablón gira y con ello entendemos cuál era el verdadero uso de esta mesa. Siglos atrás se las denominaba mesas parlantes o danzantes y se usaban para realizar sesiones de espiritismo. Los participantes de la sesión se sentaban alrededor con las manos apoyadas sobre ella. Cada uno de ellos decía en voz alta y por riguroso orden una letra del alfabeto. Al escucharse la vocal o consonante precisa, la mesa giraba sola, sin que nadie la tocase, buscando hacer coincidir el puntero dibujado en el tablón con la persona que la había mencionado. Así se formaban las respuestas. Tuvieron mucho auge, aunque en realidad esta mesa parlante que tenemos delante es algo más moderna. Ya es una tabla de ouija, pues además del puntero, tiene inscrito el abecedario en forma circular a ras del borde.
Si bien yo no soy nada partidario de la ouija, acercando un par de sillas nos sentamos frente a ella, ocupando un lado del velador. La experiencia en el tema me ha enseñado la gran diferencia existente entre invocar a un Espíritu, a que sea él quien se manifieste sin haberle llamado nadie. A mí los peores momentos, las situaciones más horribles y violentas, y los mayores miedos me sucedieron resolviendo casos en los cuales gente, durante una sesión de ouija, abrió la puerta a alguien a quien luego costó mucho devolver a su lugar. Una cosa es que el mundo de las Ánimas te reclame por alguna cuestión, y otra muy distinta es que seas tú quien se empeñe en ir a ese mundo.
Al momento, la luz de una de las lámparas deja de lucir, mientras la otra parpadea deprisa amenazando con apagarse. Sin tan siquiera poner las manos sobre el tablón, esperamos ya el “encuentro”, hablando de un tema irrelevante. Con ello tratamos de evitar que nuestro subconsciente nos juegue una mala pasada y, por aquello de la curiosidad, inicie por sí solo una invocación. Pero, aun así, no estamos solos…
¡Hay un Alma en la sala!
Se nota su presencia. Se desplaza desde la puerta a la pared y viceversa. Casi podría palparse el rastro que deja tras de sí con su ir y venir.
¡Una silla se acerca! Sin que se vea quién la mueve y en absoluto silencio, se aproxima como si alguien la trajera en volandas. Lentamente, se sitúa al otro lado de la mesa, justo en frente de nosotros, al tiempo que un periódico o algo así cae sobre el tablón. Por suerte, el encabezado mira a nuestro lado y en su portada podemos leer:
“El Correo de la Moda.
Álbum de señoritas.
De Literatura, Educación, Labores, Teatros y Modas.”
Por debajo del periódico, que en realidad parece ser una antigua revista, sobresale una partitura musical. ―Toso―. Huele mucho a tabaco negro. En un instante, un fuerte olor a cigarro impregna el aire. Me molesta el humo de un cigarrillo inexistente en la sala. El humo surge del otro lado de la mesa y se eleva despacio en dirección al techo. Sobran las palabras y Javi prepara la cámara sin apenas mirarla, mientras yo enciendo la grabadora, atento a la silla recién llegada. La espera se hace eterna. Suena otro golpe. Algo impacta contra el velador al tiempo que el tablón gira, dejando el puntero frente a nuestro invisible acompañante…
¿Jugamos? Venga, no os dé miedo. En este lado siempre se encuentra alguien con quien quiere hablar. Puede ser papá, mamá o tal vez un abuelito. ¿No tenéis curiosidad? ―exclama una voz de repente.
―¿Quién eres? ―respondo.
―¿Con quién tengo yo el gusto de hablar?
―Javier y Antonio.
―¡Oh! Javier y Antonio. Un verdadero placer. ¿Mi nombre? Por supuesto os lo diría si lo recordara, pero contadme, contadme. ¿Qué motivo os trae a este antro de corrupción y engaño?
―Tú.
―¡Válgame Dios y el poder del cielo!
―¿Por qué hay quien asegura haberte visto y nosotros no podemos?
―Precaliento.
―¿Y tu motivo? ¿Por qué sigues aquí?
―Rebeldía, el mismo de siempre.
―¿Se puede ser rebelde allí?
―Ciertamente.
―Me sorprende el cigarro.
―Lo encendí tres minutos antes de morirme.
―¿Y qué pasó?
―La jodida bronconeumonía se cansó de concederme un ratito más y otro ratito más. Acabé con su paciencia.
―¿Pensamientos de hacernos daño?
―Inexistentes, por ahora. Para dos que venís… ¡A ver por cuánto tiempo! Recordad que la salida está al final del pasillo a la derecha. Lo digo porque más de uno, al verme, se ha estampado contra la puerta del montacargas que está al otro lado.
―¿Quién eras?
―¿Quién era yo? ¡Puf! Puede que la idiota mayor del reino, además de novelista, escritora, redactora, empedernida feminista y alguien con la misma aversión que vosotros hacia los falsamente declarados médium.
¿Qué? ¡No me miréis así! Yo os aseguro que los muertos no nombramos representantes en la tierra; cualquier persona que se lo proponga acaba por escuchar, como poco, a sus ancestros. ¡Como poco! Luego, cuando escuchas, y esas voces te ponen al día de quién eres en realidad, si buena, malo, santa, santo, una zorra, el mayor de los payasos o un cabrón, es cuando te preguntas si de veras vale la pena escuchar.
―¿Cómo sabes esa opinión que tenemos acerca de los médiums?
―¡Ja! Intuición femenina.
―¿Ayuda o atención? ¿Qué necesitas?
―Pues mira, ¿ayuda? ¿Después de haber quemado a gusto todas las naves? No. No necesito ser auxiliada, aunque, ciertamente, es todo un detalle. Atención. Sí, sí, elijo atención.
―Tú dirás.
―Tú lo has dicho. Entonces remontémonos al año 1900. Poca vida me quedaba por entonces, cuando un asunto del espiritismo me trajo por primera vez por estos lares. Una ciudad esta, de la cual se cumplía a rajatabla la primerísima ley del buen patriarcado: el más tonto manda.
―¿Practicabas el Espiritismo?
―Desde poco después de nacer y en cuerpo y Alma. Se aprecia, ¿no?
Como os decía, cuando llegué y puse un pie en esta tierra, a mí se me cayó la ilusión de golpe. Vinimos con la intención de propagar algo tan maravilloso como es el espiritismo. Pero aquí no había nadie; por no haber, no había ni pájaros. ¡De qué manera íbamos a difundirlo, si no había ni difuntos! ¿A quién íbamos a invocar? Yo llegué con toda la ilusión del mundo: me encantaba la labor de darlo a conocer igual que una filosofía. En una filosofía, ¿eh? Que quede claro. Eso de convertirlo en una religión, a mi parecer y más ahora, es algo absurdo. No hay XXXXXX (Fallo de la grabadora de dos minutos 47 segundos.)
Fue estando ya aquí cuando me entero de que no venimos a difundir espiritismo, sino por otra razón mucho más misteriosa. ¡Ehhh! Sabía que esto os iba a gustar. Se os han puesto los ojos como platos a los dos. ¡Canallas! Bien, os explico:
El 24 de mayo de 1844, se inventó el denominado código Morse y aquello fue una revolución. En tantos campos suscitó interés que, ¡claro está!, este nuestro del espiritismo no podía quedarse atrás, y la chispa saltó. Lo hizo en los Estados Unidos. Las hermanas Fox, Kate, Margaret y Leah, algo aburridas de correr detrás de los patos, gallinas, burros y demás bestias salvajes de su preciosa granja, no se les ocurrió otra cosa que pregonar a los cuatro vientos que podían hablar con los muertos.
Ellas preguntaban algo en voz alta y, por medio de unos zapatazos en el suelo, los muertos contestaban. Unos zapatazos que ellas mismas convirtieron en un código. Ya sabéis, un golpe es una “A”, dos golpes una “E” y así sucesivamente. Aquello se corrió como la pólvora. Se organizaron grandes espectáculos donde la gente se maravillaba con la facilidad con la cual las hermanitas entablaban contacto con los difuntos. Sin embargo, en 1888, inesperadamente y sin que nadie sepa el porqué, en una rueda de prensa convocada por Maggie y Kate, las hermanas confiesan que todo es una gran mentira cochina. De lo de parlamentar con las Ánimas, nada de nada.
¡Demasiado tarde! Las hermanitas tardaron mucho en confesar la verdad, y aquello ya había cruzado el charco, llegando a oídos de personas influyentes de toda Europa. En España, concretamente en mi querido Cádiz de 1857, ve la luz el primer diccionario de español-Fantasma, Fantasma-español. Se publica el libro “Luz y verdad del espiritualismo”, también llamado “El que tenga orejas para oír, que oiga”. Considerado como el primer tratado de espiritismo y redactado por una sociedad espiritista de Cádiz, incluía, además de unas disertaciones sobre la materia, un código para comunicarse con los difuntos. La publicación no pasaría la censura religiosa, así que, apenas vio la luz. ¡Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho! Además, el tratado tenía otro fallo: el código no funcionaba. Y aquí surge el motivo que nos reúne esta noche a los tres en este antiguo palacete, convertido en museo. El mismo motivo que me trajo a mí hasta aquí.
Hace muchos años, este museo era un palacete. La preciosa residencia de un madrileño adinerado, con gran influencia en la sociedad de entonces y muy, muy amigo mío. Hundido tras quedar viudo bastante joven, este buen señor se adentró en el mundo del espiritismo, persiguiendo la manera de ponerse en contacto con su difunta esposa. Y lo consiguió: consiguió un código. Un código basado en una combinación de tonos largos y cortos que representaba letras y números, similar al Morse. Un código capaz de poner en contacto a cualquier hora y en cualquier lugar a una persona con el difunto que desee.
Yo fui la primera en ponerlo a prueba y aquello, creedme, era tremendo. Todas estas personas, aquí pintadas en los cuadros, vinieron a probar el código. Fue tremendo; todos querían repetir y repetir. Era una máquina de generar vicio. Generó tanta influencia que esos hombres y mujeres ya no eran capaces de sonarse la nariz sin antes venir a este salón a preguntar cómo y cuándo debían hacerlo. Comprobamos su poder y vimos sus consecuencias. Benigno, mi amigo, se vio en la obligación de esconderlo, alejarlo de la gente o las reglas del juego de la vida cambiarían para siempre.
Sí, señores, sí, ¡existe una manera directa de comunicar vuestro mundo y el mío! Un sistema que termina con ese “nunca más tras la muerte” y, de no impedirlo, verá la luz pronto. Van a descubrirlo. En poco tiempo comienzan unas obras de la parte superior del edificio, justamente donde la clave del código quedó escondida. La descubrirán seguro.
Yo llevo mucho tiempo tratando de encontrar ayuda. Hay que evitar a toda costa que ese código caiga en manos malvadas. Podría provocar daños inimaginables, pues su poder de manipulación es inmenso. He llegado hasta a dejarme ver descaradamente ante esos guardas del museo, ante los que lo limpian, ¡a todos!, pero…, se van corriendo. He dejado mensajes escritos y los borran sin apenas leerlos. Les hablo y me niegan. ¿Qué carajos hay que hacer para hablar con vosotros?
―Se va a encontrar el código. ―¿Y eso es malo? ―pregunta Javier.
―Horrible, destruiría el equilibrio. Si la muerte no es el adiós definitivo, entonces… el final de la humanidad está a la vuelta de la esquina. Siempre me decían que hablo mucho, pero cuando en la tranquilidad me escuchéis de nuevo, porque tengo entendido que esa máquina que tienes en la mano copia las voces (grabadora), escuchar bien mis palabras; en todo esto solo hay que saber una cosa: si se quiere practicar espiritismo, hay que estudiar antes. Cualquier forma de ponerlo en práctica sin los conocimientos adecuados… es un peligro tremendo.
―¿Y qué hacemos?
―Subir aquellas escaleras; conducen a un desván. Veréis una pequeña puerta de madera; echarla abajo si hace falta, yo me encargo de los policías. Conduce al despacho de mi amigo, el dueño de esta casa. Ahí hallaréis una mesa similar a esta y, pegado al tablero, hay un sobre que contiene una lámina de papel. Cogerlo, esconderlo, decir que ya habéis terminado vuestro trabajo y marcharos de aquí. Tirarlo al mar si hace falta. No lo miréis más que una vez o la tentación podrá con vosotros. ¡Podrá con vosotros! ¡Puede con todos! Por mi parte, honraré vuestro trabajo y no me apareceré más. Nunca más sabrán de mí. Os doy mi palabra.
Cuando Javier y yo regresamos al cuarto de los vigilantes, nos miraron sorprendidos. Enseguida nos preguntaron qué ocurría y por qué no empezábamos ya a trabajar. No lo podíamos creer: al mirar un viejo reloj colgado encima de las pantallas, vimos que el tiempo no había pasado. ¡El rato que habíamos estado hablando con el Alma de esa mujer, más el dedicado a la tarea encomendada, no existió! ¿Cómo es posible? Las manecillas del reloj solo avanzaron cinco tristes minutos desde que Juan Pedro nos habló a través del walkie. De manera inexplicable, tampoco se enteraron de cuándo subimos y bajamos las escaleras y de todo lo que aconteció en el despacho de Benigno hasta que encontramos el código.
Todavía no sé cómo Javier y yo fuimos capaces de inventarnos e improvisar aquella historia tan creíble que convenció a todos.
Alrededor de una hora después, dejando a todos contentos, nuestro Volkswagen ponía rumbo a la Costa de la Muerte llevando con nosotros el código. A poca distancia del borde de un fantástico acantilado, hay un pozo cuyo final escapa a cualquier mirada. Como ya hice antes con otras cosas también relacionadas con este trabajo mío, el agujero se tragó para siempre el código “Dicción para difuntos”, así bautizado y anotado por su descubridor en el sobre grisáceo y áspero donde lo guardó. Jamás nadie verá el código de los golpecitos, pues, ahora, después de dejarlo caer al pozo, ya no hay vuelta atrás y no existe opción de recuperarlo.
Ha pasado ya una semana, y todavía siento ciertos remordimientos de conciencia de no haber guardado el sobre con el código. El Alma de la mujer a quien escuchamos no mentía. Pudimos verla un momentito de lejos antes de marcharnos, pero casi mejor no les describo nada de ella por si las moscas. Estamos aprendiendo mucho de sus palabras, aunque es cierto que conlleva horas de estudio. Desde luego, no dio puntada sin hilo.
A estas alturas, todavía no llego a entender muy bien la razón por la cual tuvimos que destruir el código. A mi manera de ver, cada uno tiene que ser consecuente con sus actos y del uso que hace de las cosas. En fin, este mundo es así, nunca dejas de aprender. A veces es mejor archivar los casos en nuestro recuerdo únicamente como una nueva historia de Fantasmas y no darle muchas más vueltas. Nosotros seguiremos aprendiendo, sorprendiéndonos y disfrutando de todo este mundo y, desde luego, esto es lo mejor de todo. Ahora ya solo toca esperar a ver lo que nos depara el siguiente caso.