Ocho de la tarde y ya de vuelta a casa. Ha sido un día de esos que pasan sin pena ni gloria. La mañana la ocuparon un par de entrevistas de dos posibles nuevos sucesos relacionados con Espíritus, descartados casi al poco de empezar por resultarme absurdos. Luego, por la tarde, le tocó el turno a la decepción, al chasco que te llevas cuando crees tener un nuevo caso de Fantasmas y luego compruebas que tal murmullo de voces, pasos, golpes, etc., tan aterradores y tan claros según los testigos, solo son sonidos producidos a consecuencia de fallos técnicos en la maquinaria de la propia fábrica. Lo dicho, un diecisiete de julio, este mío, sin novedades dignas de mención.
Estoy solo en casa. Algo poco frecuente y que ofrece la posibilidad de revisar grabaciones sin el incordio de los auriculares. Comprobar lo que queda recogido en las grabadoras cuando estoy trabajando, es para mí la parte más aburrida de esta profesión: obliga a pasar mucho tiempo pendiente de escuchar, o revisando minuciosamente, en el programa de edición de sonido del ordenador la amplitud de una onda. La amplitud de la forma de onda varía ante cualquier ruidito que surja durante la grabación, y tras ese mínimo cambio se puede esconder algo sorprendente. Son horas y horas a veces desperdiciadas en balde, pues en muchas ocasiones no aparece nada, ni un ruido, ni un golpe, ni un mísero cuchicheo. Un tostón de tarea que, además, es incompatible con cualquier otra labor si realmente pretendes archivar la grabación, seguro de que no hay nada en ella.
Después de dos infructuosas horas, la sed y las ganas de picar algo me hacen detener el trabajo. Pero una vez de vuelta delante del ordenador, la pantalla no está igual. El archivo señalado por el programa, no es el que me tocaba escuchar ahora, ni mucho menos. Ni siquiera está en la misma lista de reproducción; este audio es otro. Ahora tocaba escuchar lo registrado en un antiguo colegio de un pueblo abandonado en la provincia de Burgos. Sin embargo, cuando pulse el botón del Play sonará otra grabación realizada en un lago con un pasado de veras intrigante. Se trata de la quinta grabación efectuada, junto a un amigo, en el embarcadero de un lago de una urbanización privada.
Una urbanización ubicada dentro de un pinar, a las afueras de un pueblo de esos difíciles de encontrar en el mapa, que tuvo su auge sobre los años sesenta. En aquel tiempo se convirtió en un lugar tan concurrido, que aun estando formado por casas independientes distantes unas de otras y cuyo jardín era el propio pinar, llegó a contar con su propio médico, iglesia, botica, casa de comidas y un hotel para familiares, entre otras cosas. En cambio, su gran atracción residía en el lago. Un pequeño lago rodeado de pinos que contaba con un improvisado embarcadero. Durante los meses de verano, podía verse a los residentes pasar la tarde navegando por sus aguas a bordo de pequeñas embarcaciones. Hace años, yo ya estuve en esta urbanización trabajando en un caso imposible de olvidar. (Caso publicado en esta misma página web con el título de “El oscuro pasado de la casona”, dentro de la pestaña de Relatos.)
Cómo no podía ser de otra manera en esta España nuestra, la urbanización contaba o cuenta con sus respectivas creencias y leyendas. Sin duda, una de esas creencias más conocidas, que por aquel entonces podías escuchar de boca de las gentes de los pueblos de alrededor, hablaba de la implicación de este lugar con el final de la Segunda Guerra Mundial: muchas de las casas levantadas en la urbanización, sirvieron de refugio y escondite de dirigentes y militares nazis huidos de Alemania. Algo que, a tenor de lo acontecido en el caso anteriormente referido de la casona, a varios nos dejó muy claro su posible veracidad. Pero lo que a mí realmente me encandiló fue su leyenda:
Cuenta la leyenda, que un veinte de abril de hace más de un lustro, a última hora de la tarde, por toda la urbanización comenzaron a oírse risas y cánticos en una lengua extranjera: residentes de nacionalidad alemana celebraban una gran fiesta privada. Aquella misma tarde, tres chicos y dos chicas vecinos del pueblo y comprendidos entre los diez y catorce años de edad, jugaban por el pinar montados en sus bicicletas. El infortunio, o mejor sería decir la barbarie, hizo que cuando recorrían el camino que bordea el lago, los chavales presenciasen algo que jamás debían de haber visto. Fueron testigos de un hecho tan sumamente importante, sensible o peligroso, que no podía dejarse al azar de que cinco niños pudiesen desvelarlo. Desde aquella tarde, nunca más se supo nada de los chavales. Los cinco desaparecieron junto a sus bicicletas, ahogados bajo las aguas del lago.
De siempre he pensado que nada ocurre porque sí, y esta vez no voy a cambiar. Si el ordenador, el programa o quien sea quiere que escuche esta grabación, procederemos a ello. Así pues, sentándome en la silla y dejando el sándwich y el zumo encima de la mesa, pulso el Play, reconozco que con algo de inquietud. La grabación corre sin escuchar nada extraño en sus primeros minutos. Las mismas conversaciones mantenidas con mi amigo, el típico ruido del aire tan molesto en los audios, el canto de pájaros y el croar de las muchas ranas dispersas por la orilla constituyen los únicos sonidos perceptibles. De repente, a punto de llegar al minuto veinte, los ruidos se silencian dando paso a un molesto y creciente zumbido metálico que acaba en —¿conoce usted el camino de vuelta a casa? —.
La impresión al escuchar la pregunta me ha puesto de pie de un salto y necesito reponerme alejado del ordenador. Pasado unos segundos, nervioso, compruebo que la grabación está detenida; quizás, fuese yo mismo quien la apagase a consecuencia del susto. Al volver a escucharla, compruebo que no, yo no fui quien la apagó, el audio se detiene siempre cuando la insólita pregunta termina. Una y otra vez reproduzco la grabación partiendo de distintos minutos y siempre es igual, no varía; se detiene justo tras escucharse esa voz. La voz metalizada, débil y temblorosa, pero muy clara de un chiquillo preguntando por el camino de vuelta a su casa. Pero hay algo más, un detalle que estoy seguro de que no es una casualidad: la grabación se detiene justo cuando el contador de tiempo marca el minuto veinte con cuatro segundos. Veinte, cero, cuatro, cero, cero, exactamente, los mismos cuatro primeros dígitos que forman el día y el mes que desaparecieron los niños.
No sé cuántas veces he podido escuchar ya la triste voz del muchacho pidiendo ayuda, cuando el teléfono móvil suena de pronto trayéndome de nuevo a la realidad: es mi amigo Javier, precisamente la persona con la que hace ya muchos años, viví mis primeras experiencias con Espíritus. Juntos, con apenas dieciséis o diecisiete años, fuimos introduciéndonos en este mundo de las Ánimas a base de malgastar tiempo en fallidas psicofonías, algún que otro disgusto, mucho miedo y en ocasiones incluso, algo más que eso. Al responder y tras el típico saludo, me bastó un “Javi, tengo algo importante que debería ir a comprobar cuanto antes”, para que, sin darle más vueltas de horarios, madrugones, libranzas y otros rollos, él mismo propusiera que le recogiera a las cuatro y media de la mañana en la puerta del garaje.
Hoy, jueves, a las cuatro y veinticinco de la madrugada por mi reloj y ya dentro del coche, el portón del garaje se abre. Javier está ahí con su habitual puntualidad y deseoso de saber qué es eso que tengo tan urgente de comprobar. Al igual que me pasó a mí, solo necesita escucharlo una vez para identificar la voz como de alguien ajeno al mundo de los vivos. Abrochándose el cinturón al tiempo que pronuncia un —vamos para allá, chavalín—, nos ponemos en ruta nacional II adelante. Conocemos la zona, en el pasado disfrutamos muchos días de vacaciones trasteando por allí. Además, hace poco estuve acompañado de otro amigo, haciendo precisamente la grabación en la cual se escucha al muchacho. Conduzco ilusionado, por fin creo que ha llegado el momento de trabajar esta leyenda y quién sabe…
Cuando llegamos a la urbanización, la cosa se complica: durante el invierno acceder al recinto y llegar al lago no supone ningún problema. Ahora, en pleno verano y con la mayoría de los chalets ocupados por sus dueños, la vigilancia se ha multiplicado y ya de momento, en la garita de entrada, dos vigilantes controlan el acceso. Dentro no tenemos familiares o amigos para fingir que venimos de visita. Conocedores de la zona, decidimos dejar el coche en el aparcamiento de una estación cercana. Desde ahí entraremos a la urbanización por un sendero del pinar que conduce al mismo punto donde hicimos la grabación.
—¿Has visto, Toñete? Volvemos a los orígenes. Sí, un Volkswagen Golf en vez de un mini para llegar a los casos. Cacharros digitales en vez de cacharrería analógica, muy bien, progresamos adecuadamente, pero… ¡Ya lo ves! A la hora de la verdad, y con toda la gente que conocemos y hemos conocido…, aquí estamos. ¡Míranos! Treinta y pico años después y los dos solicos igual que antes. ¿Tendrá esto alguna relación con esos chicos ahogados? — Comenta Javier mientras atravesamos el pinar.
No queda mucho para que amanezca y, mientras tanto, la brisa hace sentir frío. Resulta imposible bordear este lago por el mismo camino que recorrieron aquellos chavales en sus bicicletas, sin observar a Javier y sin rememorar aquellas noches investigando a la intemperie codo con codo. Cómo tiene que ser, no dice palabra y se separa algo de mí buscando la soledad necesaria para abstraer su mente de todo lo mundano. ¡Genial! Ya estamos inmersos en el caso desde el minuto cero, y mostrando el debido respeto con el silencio de nuestras bocas, encendemos grabadoras y preparamos la máquina de fotos.
Dejando los bártulos en el suelo, Javier y yo nos sentamos en el banco de madera situado frente al embarcadero. El café del termo sabe a gloria, aunque la tensión a ser descubiertos por los vigilantes es una incómoda compañía. Según cuenta una de las versiones de la leyenda, desde ese mismo muelle apalearon y apedrearon las cabezas de los cinco niños desaparecidos hasta ahogarlos. ¡Algo emerge a la superficie! De pronto, algo llama nuestra atención haciendo que deprisa ambos nos situemos de pie junto a la orilla. No conseguimos ver qué es, la oscuridad de la noche lo impide todavía, pero está ahí, ¡delante de nosotros! Sin romper el silencio, observamos con atención el lago todavía oculto entre las sombras de la noche. La brisa se ha hecho más intensa, al tiempo que escuchamos cómo el agua se revuelve. Sentimos cómo va y viene rompiendo contra el margen del lago y salpicándonos, cuando de pronto una piedra impacta contra mi espalda.
¡Alguien me ha tirado una piedra! Una piedra arrojada con el propósito de causar daño. Enseguida viene otra, y esta pasa entre medias de los dos a una altura y velocidad considerables. Luego llega otra, otra y otra, obligándonos a buscar refugio detrás del banco donde dejamos los bártulos. Tal vez sea la broma de algún gracioso, incluidos los propios vigilantes, quienes, habiéndonos descubierto, quieran darnos un susto. De pronto, un grito nos saca de dudas: un chillido fuerte acaba de oírse pronunciando dos palabras con una voz que no tenía nada de normal. Tampoco hemos entendido qué decía, pero consigue asustarnos a nosotros y a medio pinar que salió volando de los árboles. Las piedras impactan contra el banco, y por la frecuencia entre una y otra con la cual llegan, podemos aventurarnos a decir que se trata de un solo tirador.
Las piedras siguen llegando y nosotros continuamos refugiados detrás del banco sin saber qué hacer. El grito surge de nuevo. Otra vez le oímos, ahora sonó con un tono aún más brusco. Nuestro agresor se está enfadando más, al tiempo que una botella de cristal se estrella contra la madera. Algunos de los cristales saltaron por encima cayendo en nuestro lado del banco. Ha cambiado piedras por botellas. Nos las tira con todas sus ganas, mientras aprovecha para acercarse. Esto se pone feo, está cerca y si la solución es correr, ¡estamos perdidos! Ahora los gritos son continuos, no deja de chillar y chillar palabras extrañas. Puedo asegurar que sus gritos no son en castellano, hasta que…
—Tiraos al agua. ¡Vamos! Tiraos al agua. —
Toca reaccionar. Debemos salir y dar la cara, aunque nos juguemos recibir un botellazo. Si no hacemos algo terminará por acorralarnos, en breve nuestra única salida será saltar al agua y luego… ¡Puede ser que no nos permita salir a la superficie, y nos mantenga así hasta ahogarnos! Quizás estemos viviendo una situación parecida a la que acabó con la vida de los muchachos aquella noche. Sin más rodeos, nos ponemos en pie y la imagen al enfocar con la linterna es brutal: ¡Hay una figura con forma de hombre! Está situado entre dos pinos, en la parte media de la pendiente. No le distingo la cara, ni ninguna otra parte de la piel, ni se puede afirmar si conserva algún rastro humano, cosa que dudo. ¡Es un Espíritu! Aunque la oscuridad y la distancia juegan a su favor y trata de ocultarse en ellas, se nota como su aura oscila lentamente. Es un Espíritu, ya no hay duda y mucho me temo, que no tiene muy buenas intenciones.
Su posición, algo más elevada, le permite vernos con todo lujo de detalle. En cambio, nosotros, situados todavía detrás del banco, solo apreciamos la figura de un hombre alto, de constitución delgada y con la cabeza tapada con una gorra de plato. En la parte frontal de esa gorra resplandecen dos objetos, uno debajo del otro y ambos por encima de la visera. Porta un abrigo sobre los hombros que le cae por debajo de las rodillas. Da la sensación que el abrigo está hecho en cuero, cuero negro similar al de las botas altas que calza y llegan a desaparecer por debajo del abrigo.
—Pero, ¿qué narices es eso? ¡Y mira, mira! ¡Es una calavera! — Comenta Javier tan sorprendido como yo — Ese tío fue un…
—Mejor no lo digas. Se dará cuenta de cuánto nos impone y se vendrá arriba. Tratémosle como a otro Espíritu normal. — Interrumpo a mi compañero, no dejándole hablar.
Efectivamente, cuando le alumbramos con la linterna, la luz descubre algo alucinante en la gorra del Espíritu …
—¡Pero eso es una Totenkopf! La calavera que llevaban en la gorra los nazis de las “SS”. — Insiste mi amigo.
—¡Déjalo, Javi! No venimos a descubrir historia, ni mucho menos a juzgarla. Esto es un caso de Fantasmas como cualquier otro. Venimos por el Alma de esos muchachos que pidieron ayuda en la grabación. Lo demás es puro atrezzo y con este señor, sea lo que sea, ya veremos que hacemos. — Replico tratando de convencerle.
En un momento la cosa cambia. El Espíritu, tras tirarnos otra nueva botella y como si la luz de las linternas le hiciese daño, echa a correr. A toda prisa se interna en el pinar desapareciendo de nuestra vista. Pese a no verle, seguimos escuchando sus quejidos de enfado y otros sonidos que suenan a algo más que a quejidos. Nos llegan desde todas direcciones, como si su voz saliera de cada pino, de cada arbusto o de cada piedra.
—Mira las botellas, son botellines de cerveza. — Señala Javi.
Es cierto. Las botellas arrojadas por el Espíritu son antiguos botellines de una conocida marca de cerveza. Sin embargo…, ¿de cuándo son estos botellines? Sí, el envase es de aquellos de treinta y tres centilitros de contenido, con la típica forma achatada de antaño, serigrafiado en blanco, pero también muestra un dato muy especial por lo menos para mí: por debajo de la marca puede leerse, “tipo Múnich”. Nunca había visto ningún botellín de estos de tipo Múnich, pero creo haber leído que alrededor de los años sesenta la marca apostó por esta fórmula de elaborar cerveza.
—Antonio, problemas…
La palabra problemas se queda corta. De una en una, similar a como si una antorcha se prendiera con la llama de otra que tiene al lado y así, de manera simultánea, por el pinar arriba, por su lado derecho y por su lado izquierdo, aparecen luces de fuego. A la vez, un estruendo semejante a cientos de carcajadas, riendo al mismo tiempo, surge de repente ahogando el resto de sonidos del lugar. Las luces de fuego comienzan a moverse al mismo tiempo. Rápidas, cada vez bastante más ligeras, avanzan hacia nosotros. ¡No puedo ver quién demonios sujeta esas luces! ¿Es que aquí no amanece nunca?
—Mira, Javi. Son antorchas de verdad. Un sistema para alumbrarse un poco rudimentario, ¿no?
—Imagínate por qué. Tío, vienen muy deprisa, ¿eh? Y vienen por todos lados. — Avisa Javier muy alarmado.
Entiendo y comparto su espanto, tiene toda la razón. Los portadores de las antorchas, estratégicamente colocados, se acercan cerrando todas las vías de salida. ¡Va a ser difícil escapar! Es el momento de iniciar el ritual para defendernos.
—Mira, ahí. Por ahí viene uno. Son hombres y mujeres. Comienza ya tío, comienza que nos están rodeando. ¡Ay! ¡Me han dado una pedrada en el brazo! ¡Nos apedrean! ¡Qué nos apedrean! ¡Ya están aquí!
—¡No! ¡No! ¡Ahora no! — Gritan unas voces a nuestra espalda.
No puede ser: ¡Son los cinco muchachos! Apoyados con los brazos en los tablones del embarcadero, con el resto de sus centelleantes auras dentro del agua, los cinco chicos perdidos de la leyenda ¡se acaban de aparecer detrás de nosotros! ¡Dios! ¡Tan solo eran unos críos! Las Almas de aquellos chavales que un día cometieron el gravísimo pecado de pasear por estos senderos con sus bicicletas. Cinco Ánimas con el gesto marcado por el terror, con la ropa desgarrada, horribles heridas empapadas en sangre en cabezas, caras y frentes, partes del cabello quemadas y arrancadas, dedos amputados y mejillas arañadas hasta hacer surco. Cinco Ánimas que gesticulan de manera repetida tratando de llamar nuestra atención. Cinco Ánimas que, Dios mío, ¿qué hacen aquí ya? Muy alterados, niegan con la cabeza y señalan el camino situado a nuestra derecha, como si quisieran decirnos que paremos, que no hagamos nada y nos vayamos cuanto antes.
—¡No los mires! ¡No los miréis! Si los miras te paraliza el miedo. ¡Marchaos! ¡Huir! ¡Correr! ¡Hoy no es el día! No lo intentes o acabarán con vosotros. —Gritan los chicos sin parar.
—¡Los números! ¡Los números son la clave! — Insiste una y otra vez uno de ellos.
—¿Los números de la grabación? ¿El dos, cero, cero, cuatro? ¿Te refieres a esos?— Le pregunto.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Veinte, cero cuatro, cero cero. — Responden con la misma alegría que te entra cuando ves que se ha entendido algo que acabas de explicar.
—¡Esa noche podremos irnos a casa!
—¿Entonces, los números son una fecha? — Pregunta Javier ahora.
—¡Sí, sí, sí! ¡Eso mismo! Y una hora: el 20 de abril a las doce de la noche. A las cero, cero horas. ¡Marchaos ya!
—¿Por qué esa noche nada más? ¿Qué pasa esa noche?
—Es el cumpleaños del Führer. Volverán a celebrar la fiesta en honor a Hitler. Esa es la noche donde podemos volver a casa. ¡Ahora, Iros! ¡Iros!
Los gritos, risas y cantos de los portadores de las antorchas ya se escuchan a pocos metros de nosotros. Haciendo caso a los muchachos, elegimos salir corriendo camino adelante sin prestar atención a nada más. Tampoco creo que haga falta fijarse mucho en ellos para saber quiénes son. Por suerte, basta correr unos metros para dejar de escucharlos, aunque, sinceramente, hasta que no nos vimos ya dentro de la primera cafetería abierta que encontramos en el pueblo más cercano, de verdad, no respiramos. Creo no haber sentido nunca tanta presión, por qué no reconocerlo, cómo el recorrido que tuvimos que hacer cruzando el dichoso pinar para llegar al coche. Se hizo interminable, entre esos pinos estábamos vendidos no solo a Fantasmas, también a todos los bichos grandes y pequeños que pululan por él. Cualquier ruidito nos generaba la sensación de que volvíamos a tener detrás de nosotros a los portadores de esas antorchas.
Nadie sabe si las Almas de los cinco muchachos desaparecidos exageraron y quizás, tampoco fuese tan peligroso intentar dialogar con los portadores de las antorchas. ¿Quién sabe? Hubiera sido apasionante recoger su testimonio. Escuchar que sienten hoy esos Espíritus que vivieron dentro de personas, al parecer tan malas. Si nos centramos únicamente en seguir aprendiendo datos sobre el Alma, descartando cualquier otro interés o juicio, reconozco que ahora me duele no haber intentado mantener esa conversación. ¿Y si ellas también necesitan de alguien que haga algo por ellas? Ya son solo Almas, no lo olvidemos. Sin duda lo prepararemos y luego, Dios dirá. Yo creo que ya la primera pregunta nos la hacemos todos: ¿de verdad esta gente en vida fue tan sumamente inhumana, que para ellos se cerraron todas las puertas a su siguiente destino después de la vida? ¿Esto puede suceder? ¿Un Alma puede ser castigada eternamente sin salir de un lugar? No me digan que no sería fascinante conocer las respuestas.
Con respecto a los cinco muchachos ahogados en el lago, pues está claro. La mayoría de la gente que me hablan de este tema de los Espíritus, o los que están involucrados en algún caso y deben acompañarme cuando los trabajamos, por norma general solo quieren saber cuánto miedo van a sentir. Pocos son los que antes de empezar temen más a otro tipo de reacciones. Somos personas y debajo de no sé cuántas capas que nos ponemos con el fin de transitar mejor por la vida mundana, tenemos sentimientos, aunque ya se dude. Les aseguro que todos portamos sensaciones muchísimo peores de tratar y vencer que el miedo o el terror. El miedo, el pánico, etc., atenazan, nublan la conciencia y te inmovilizan incluso, sí, de acuerdo. Pero la pena, la tristeza y la vergüenza ajena te hunden como persona en un segundo y en ocasiones, hasta llegas a sentir lo asquerosito que es esto en lo cual nos hemos convertido nosotros los llamados humanos.
El caso de estos cinco muchachos está lleno de retos, de riesgos y seguramente nos enteraremos de cosas que poco o nada nos gustarán. Sentiremos miedo, rabia, asco y alguna lágrima se nos escapará pensando cómo pudo pasar o cómo llegamos a esto. Miraremos al cielo preguntándonos dónde quedó la justicia divina. Durante la resolución del caso, viviremos en tensión sabedores de que aparte de ser observados, en cualquier momento también podemos ser agredidos o algo peor. Seremos dos personas para ayudar a cinco Almas, en medio de un caos asegurado. Aun así, el día 20 de abril de 2025, no estoy para nadie: tengo una cita. Un encuentro con Almas a quienes ya les toca poner rumbo hacia lo que se les tenga preparado. Ojalá que esa noche a los otros que andan por allí, también les haya llegado la hora de redimirse. En definitiva, el 20 de abril de 2025, domingo, sí o sí, tocará vivir otro caso de Fantasmas. Les contaré el final de este caso que tantos y tantos días de grabaciones, fotografías y meditaciones a orillas del lago ha requerido y ya veremos…
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