
Dan las doce en el reloj. El domingo queda atrás y ya vivimos los primeros segundos de este frío lunes del mes de abril de 2019. El barrio, cuna de todos los amantes de la vida nocturna, se muestra solitario. Nada tiene que ver esta noche con la de cualquier viernes o sábado: los muchos pubs, bares y restaurantes dispuestos por la zona aglomeran a multitud de jóvenes y no tan jóvenes hasta altas horas de la madrugada. Acompañado por Jesús, un barrendero destinado a trabajar estas calles en horario nocturno y cuya preocupación nos ha traído a este lugar, recorremos esta parte del viejo Madrid a la espera de que el deseado acontecimiento se produzca pronto.
No tenemos prisa. La noche acaba de empezar y hay tiempo de sobra para que durante esta velada se repita también el extraño encuentro con “la Dama de negro”. Denominada así por el mismo Jesús, al parecer, tal dama se trata de una joven que surge de repente por este barrio. Visiblemente nerviosa, ataviada con un vestido de época negro, chal y pamela del mismo color, aparenta buscar algo o a alguien que nunca acaba de encontrar. Según el testimonio de Jesús, del cual no dudo de su veracidad, desde hace ya bastantes años el encuentro se produce de forma similar: al llegar a la altura de la antiquísima iglesia del barrio, observa como una figura negra sale de ella y atraviesa a la carrera la verja anterior al portón de entrada. Enseguida, se encamina por la calle contigua en dirección a la parte de atrás del templo. Sin saber cómo demonios consigue entrar, deambula largo rato por el jardín del negocio que ahora ocupa ese terreno y que en su día fue el cementerio de la propia iglesia. Un antiguo camposanto en donde fueron enterrados personas tan ilustres como escritores, pintores, escultores, etc.
En las primeras ocasiones que coincidieron, Jesús reconoce no haber hecho mucho caso a la mujer en cuestión. Él era casi un chaval y ya le habían advertido sus propios compañeros de la gente tan rara con la que se tropezaría por estas calles. Aunque la vestimenta y la palidez del rostro de la muchacha le sorprendieron bastante, al principio la consideró una joven recién salida de una fiesta de disfraces, pasada de alcohol y con ganas de perpetrar alguna gamberrada. Sin embargo, un insólito gesto de esta mujer provocaría que su interés por ella se disparase: hace un par de años, tal noche del mes de abril como la de hoy, “la Dama de negro” tardaba en dejarse ver más de lo habitual. Tanto se retrasaba que ya este hombre pensó que la fiesta de disfraces debía de haberse cancelado. No sabía la razón ni si el hecho ocultaba algún propósito, pero, todos los años antes de empezar a trabajar, su conciencia le recordaba que esta noche era la noche en la cual en cuestión de horas se encontraría con la misteriosa mujer. Pero lejos de que la fiesta no se hubiese celebrado, cuando Jesús ya barría la cera de delante de la iglesia, la muchacha apareció de pronto con la misma premura de años anteriores. El barrendero se quedó absorto, inmóvil y no fue capaz de asegurarme cuanto tiempo permaneció así antes de superar la impresión. “La Dama de negro” no había necesitado abrir la verja para salir de la iglesia, simplemente, la atravesó como si no estuviese y, además, lo hizo sin tocar el suelo. Los pies de esa mujer no pisaban la acera cuando se desplazaba por ella, una pequeña distancia de unos tres o cuatro centímetros los separaba del pavimento.
Jesús comentaba lo interminables que se le hicieron los meses siguientes tras percatarse de estos detalles. No se lo podía creer, pero por más que él mismo se lo negara, estaba seguro de que la joven tenía la capacidad de atravesar verjas y puertas con suma facilidad. Era sencillo de entender: en esa noche de abril, no coincidía con una mujer sino con un fantasma.
Según pasan las horas la temperatura se vuelve más fría e, incluso, comienza a llover. La calle se presenta desolada cuando llegamos a la esquina donde estuvo ubicado el antiguo cementerio de la iglesia. La verja de alambre que lo rodea nos permitirá observar el interior sin problema. En un primer instante todo está tranquilo; dentro nada se mueve a pesar de que los distintos árboles y arbustos plantados en el lugar y la propia oscuridad dificultan apreciar con detalle algunos rincones. Durante unos minutos recorremos toda la verja desde el principio hasta su final. A poco de acabar los dos tramos de acera en forma de esquina que abarcaba el antiguo cementerio, un estruendo por encima de nuestras cabezas nos pone en alerta: una ventana de la iglesia se acaba de abrir de golpe. Un visillo entra y sale del cuarto revoloteando intenso en torno a ella. Se trata de la ventana situada debajo del campanario y, ahora, nos asalta la duda: ¿se quedó abierta a la hora de cerrar la iglesia y cedió a una corriente de aire?, o, ¿alguien la ha abierto al ver que nos acercamos?
Situados en la acera de enfrente, a simple vista el resto de cristaleras, los grandes ventanales, así como también la puerta de acceso al templo, dan la impresión de estar cerrados; es más, salvo el visillo de esa ventana abierta que no deja de moverse, los demás están corridos y quietos. Pero, de improviso, ¡la cara de una persona aparece en la ventana abierta! Impasible, el vuelo del visillo la descubre y la oculta a su antojo. Pese a que algo de luz la ilumina, desde aquí abajo no distinguimos si es un hombre o una mujer. Sin moverse, no deja de mirarnos. Sentimos esa mirada suya cómo si nos quisiese quemar con ella. Estoy seguro de que Jesús y yo percibimos las mismas sensaciones; de continuo relata todo en voz alta y apuesta por que esa mujer es a quien buscamos. Poco después, la figura del rostro desaparece de la ventana, los visillos detienen el vuelo y el portón de la iglesia se abre despacio como empujado por otra corriente de aire inapreciable en la calle. Decididos a investigar, nos acercamos a ese portón de entrada.
Al traspasar la portada, el interior de la iglesia está oscuro. Linterna en mano y grabadora encendida, nos disponemos a entrar en ella. El frío se deja notar con ganas y el amaderado e intenso olor a sándalo impregna el ambiente. A pocos metros de la entrada, Jesús me agarra y tira de mí con fuerza. ¡Hay un hombre sentado en una silla! Delante de nosotros, adormilado con la cabeza descansando sobre la mano y el codo apoyado en el brazo de la silla, la figura de un hombre resplandece en la oscuridad. Es un anciano que con sus temblorosos dedos sujeta un viejo pincel apunto de desplomarse. Entre sus pies, se pueden distinguir una calavera, un libro, un reloj dorado de sobremesa y una careta de carnaval esparcidos por el suelo de cualquier manera. Al percatarse de nuestra presencia, recobra inquieto la compostura y tras recoger los extraños objetos del suelo, se aleja de nosotros alertándonos del peligro que corremos si la “Divina” nos encuentra. Sin dirigirnos la mirada, se adentra en una de las capillas hasta desvanecerse entre las tinieblas de la iglesia, mientras escuchamos su voz ya lejana contestar a mi pregunta del por qué hemos de tener cuidado con ella:
—“¡Tiene el alma maldita!”
Dicho esto, al entrar en la capilla tras él, ya no le encontramos. Se ha ido sin que sepamos cómo.
El silencio aviva la tensión. Jesús y yo nos hemos dado cuenta de lo que el anciano era y lo fiable de su advertencia. Sin embargo, antes de comentar el hecho, el portón de la iglesia se cierra de golpe y el ruido del cerrojo al deslizarse nos avisa de que estamos encerrados. Nuevamente, siento la mano de Jesús agarrar mi brazo. En efecto, el portón no se abre. Por suerte, la iglesia cuenta con otra salida; el acceso por el cual siempre sale a la calle la “Dama de negro” en esas noches que Jesús coincidió con ella. Camino hacia esa segunda puerta, los crujidos de la madera de los bancos nos ponen el corazón en un puño. No cabe duda: algo va a suceder y pronto. Todo apunta a ello y, además, estamos en un lugar idóneo para la aparición de espíritus; el anciano nos ha dejado fe de ello. Aun así, debemos mantener la calma, pues a esto hemos venido.
Cruzar de un lado a otro de la iglesia, con el fin de salir fuera, se hace largo. Jesús ha dejado de hablar y noto nuestra respiración sonar cada vez más alterada. La inquietud pasa factura y más cuando, ahora, delante de nosotros, ¡vemos a alguien arrodillado en un reclinatorio! Es una mujer rezando en completa soledad. Con dos velones dispuestos frente a ella como única iluminación, no despega los ojos de una pintura de la Virgen María, San José y el niño, que preside un retablo de madera custodiado a ambos lados por las efigies de dos santos. Sabedora de nuestra presencia cercana a ella, con la mano nos hace un gesto para que esperemos. La escuchamos rezar: susurra la oración de la Salve entre sollozos.
Con el propósito de relajar esta primera impresión, nos sentamos en uno de los bancos. El reclinatorio está situado enfrente de nosotros, a muy pocos pasos, pero suficientes para alejarnos de la mujer a tiempo si la cosa se complica. Ataviada con un vestido negro largo de seda bordada, destacan los volantes de encaje también negros. Una pamela del mismo color, adornada con motivos florales y plumas, impide ver su rostro. Sus manos se ocultan bajo unos guantes que se pierden por debajo de las mangas del vestido. Todo en ella es de color oscuro, salvo la pequeña y pálida parte de su cara que podemos apreciar entre el cuello alto del vestido y la caída de la pamela.
Acto seguido, la mujer tras persignarse a la antigua usanza, primero marcando las tres primeras cruces con los dedos pulgar e índice en la frente, pecho y corazón, para acabar el último paso llevando los dedos extendidos a la frente, al estómago y a los hombros, se pone en pie dándonos la espalda. Me resulta más alta de lo que en un principio sugería. Asimismo, el vestido arrastra por el suelo, aunque, seguramente, como así observó Jesús en el último de sus encuentros con ella, las suelas de sus zapatos se sostengan a unos centímetros por encima del suelo. Llama mucho la atención, y no es por lo peculiar de su vestido ni por la esplendorosa pamela ni mucho menos por su altura. Algo raro hay en ella, un algo que te atrae y dificulta dejar de mirarla. Al momento, con voz distante seca y enérgica nos indica que no la miremos más o la maldición caerá también sobre nosotros. ¡El anciano tenía razón!¡Ella misma reconoce estar maldita!
Enseguida, los dos desviamos la vista lejos de ella. Se mueve; va y viene por un reducido espacio cercano a nosotros. Por segunda vez, siento la misma mirada de fuego apreciada durante el suceso de la ventana, pero ahora cerca, muy cerca. Vuelve a hablarnos y sus palabras retumban dentro de mi cabeza. Supone que estamos aquí por ella. Nos considera otros dos ahuyentadores de espíritus malvados de esos que, desde hace muchos años atrás, se presentan en esta iglesia a altas horas de la madrugada buscándola. Apenada, los veía llegar tiritando de miedo, armados con palos, guadañas, crucifijos, estacas y hasta ristras de ajos con el propósito de enviarla al infierno a patadas. ¡Tenían un fantasma en su iglesia! Luego han estado viniendo otros. Otro tipo de esos ahuyentadores, más recientes en el tiempo, que entran y directamente se sientan en el suelo formando un corro sin ninguna muestra de respeto al lugar ni a Jesús ni a la Virgen ni a nadie. Una vez acoplados, y tras pintarrajear círculos y estrellas sobre las baldosas, colocan una tabla de madera y un vaso en el centro y cuando ella ya se emociona pensando que por lo menos alguien la va a invitar a un pícnic, observa cómo de pronto la empiezan a llamar a gritos y a preguntar si se encuentra con ellos. Doscientos años dice llevar en esta iglesia. Doscientos años de espera y todavía existe quien quiere confirmarlo a voces. Le resulta gracioso: los estantes de la última gran librería de la vicaría fueron hechos con todas estas tablas de madera encontradas por el sacerdote al abrir la iglesia, y, en fin…, la librería llega al techo; y el techo tiene cerca de cinco metros de alto. Fueron muchas las personas que de esa “guisa” se prestaron a venir a verla a esta iglesia, para luego huir despavoridas cuando se sentaba con ellos a disfrutar del pícnic. No le encuentra sentido. Se ríe. No cree que haya una forma de echar a correr, ni una cara de susto que no haya visto. Asegura haber sido un fantasma muy popular. Ironiza con la circunstancia de tener más éxito como espíritu malvado que el obtenido cuando interpretó a “Hormesinda”; el último gran papel en su carrera de actriz de teatro. De hecho, hubo quién quemó la iglesia para intentar acabar con su alma, achacando el incendio a una bomba de la guerra civil.
Sin dejarnos participar en la conversación, reconoce estar maldita. Fue una maldición casi esperada, pues quien la maldijo trataba a menudo con esto de la hechicería. Compañeras y amigas suyas se vieron con la vida arruinada por culpa de este mismo hombre. Fueron condenadas a sus conjuros, hechizos y ¡vete tú a saber!, solo por el hecho de negarle a este buen señor “cierto tipo de favores”. Aunque la muerte vino a buscarla muy joven, nunca imaginó que fuese su alma lo que este hijo de Satanás la maldijo. Según afirma, un señorito de Madrid, relacionado con el mundo del teatro, encargó a una bruja de Sevilla un “trabajillo de esos raros”, cuando ella rehuyó su compañía y este supo de su romance con un militar. El señorito al enterarse de la reputación del soldado y poeta a la vez, entendió que este era un hombre con quien era mejor no meterse. Durante unas semanas pareció descartar sus pretensiones con ella, pero, en realidad, no fue así. Bien por celos o, quizá, al verse frenado en sus aspiraciones por otro hombre, puso rumbo a Sevilla. La bruja sin reparar nada más que en la bolsa de monedas recibida a cambio, debió de hacer el trabajo de su vida y en el momento del sepelio ella, su alma o tal vez las dos ya estaban maldecidas.
En el cementerio de esta iglesia fue enterrada y aquí permanece desde aquel abril de 1771, convertida en un ánima sin destino. Doscientos cuarenta y ocho años lleva condenada a vagar por esta iglesia. Doscientos cuarenta y ocho años en los cuales solo pudo salir de estas cuatro paredes un ratito cada doce meses. Un ratito en la noche que coincide con el día y mes de su fallecimiento y en donde, por unos breves minutos, recobra la esperanza porque la bruja de Sevilla hubiese cometido un error al maldecirla. Un fallo en el tiempo de duración que libere su alma antes de los doscientos cincuenta años impuestos en la maldición; todavía dos largos años más por delante. Un error que jamás surgió y al final de todas esas noches de ilusión, se vio forzada a regresar al mismo cautiverio dentro de esta iglesia. Resignada, ya considera un sueño imposible volver a reunirse con ese militar y poeta, capaz de acudir en vida al cementerio con el propósito de desenterrarla. Aun siendo un cadáver, ¡quería llevarla con él! ¡No sabe vivir sin ella, con solo su recuerdo! Una noche el militar excavó tanto la tumba en la que ella fue enterrada, que los guardias le detuvieron cuando ya tocaba su féretro. Desde entonces, primero en vida y más tarde en alma, año tras año lo intenta de nuevo.
Aunque ni Jesús ni yo podemos estar tranquilos delante del alma de esta mujer, sí notamos que nuestro miedo cada vez se apoya en menos razones para seguir inquietándonos. A ella la vemos tranquila, sin ninguna intención de hacernos daño y con la única pretensión de, como ella misma diría, “que la escuchemos un ratito”. Sin interrumpir su monólogo tan especial continúa relatándonos…
Según parece, cuando llega el día del aniversario de su muerte, en cuanto el reloj marca las doce y un minuto de la madrugada, la puerta de la iglesia se abre. Siempre, antes de correr hasta el cementerio, se detiene en el rellano. Le gusta observar el entorno: nada ha cambiado: su alma ve las cosas igual que estaban la tarde en que murió. El mismo arenal, la misma gente paseando y esos locos tratando de establecer sus negocios dentro de cuatro paredes y no en tenderetes como se ha hecho toda la vida. En ese momento se acuerda de él, de su amado, de su poeta, y presurosa emprende la carrera dirección a la calle del Viento ¡porque esa noche sí!, ¡en esa noche se reunirán eternamente! Sin embargo, al final de esas doscientas cuarenta y ocho carreras nunca estaba él. Por mucho que lo buscaba, no le encontró nunca.
Ella sabe que su José viene a buscarla; desde la ventana de la iglesia ve pasar su alma vestida con el uniforme militar de gala, la pluma de escribir en una mano, el sable a la cintura y los poemas bajo el brazo. Viene todos los años, en noche equivocada, pero ¡es cierto, viene para llevársela! Por esta razón ella se manifiesta delante de toda aquella persona que pueda verla. Se muestra delante de ellas, no porque le guste asustar, sino por la necesidad de ayuda. Necesita que alguien le diga a su amado que noche pueden volver a encontrarse. Él parece no saberla y prueba en muchas otras, pero jamás en esa, en la noche que ella puede salir. La aterra el hecho de que la maldición acabe y en ese instante no se encuentren en este lugar, esto les supondría no poder estar juntos nunca más. Notablemente ilusionada, nos indica una fecha en la que su militar viene todos los años: la noche del fatídico día en la cual una granada inglesa le quitó la vida. ¡Entonces le podremos ver! ¡Alguien ha de decirle cuando tiene que venir a por ella y ahora este espíritu espera que seamos nosotros!…
De pronto, escuchamos la cerradura, la “Dama de negro” desaparece y el portón se abre. Fue difícil explicar y convencer al sacristán de esta iglesia como nos quedamos encerrados la noche anterior. La antigua rutina de Jesús de pasar a rezar una oración cuando le toca el turno de tarde nos salvó de terminar en comisaría.
Al cabo de varios meses, después de mucho indagar, una noche de febrero regresamos a la misma esquina donde antaño se ubicaba el cementerio. A penas tuvimos que esperar nada, la figura de un militar vestido de gala, sable en la cintura, pluma en la mano y pergaminos bajo el brazo, surgió enseguida. No nos habló, ni se dignó a mirarnos, solo se limitó a asentir con la cabeza al tiempo que juraríamos haber visto una lágrima resbalar por su mejilla. Ahora, esperaremos la llegada de ese día de abril para, por tercera y definitiva vez, regresar justo cuando la maldición de la “Dama de negro” toque a su fin. Tengo muchas ganas de ver como acaba una maldición, pues no lo he visto nunca. ¿Qué sucederá?, y, sobre todo, no quiero perderme el tan deseado y seguro que emocionante reencuentro. Mientras tanto, disfrutaremos del precioso regalo de haber sido partícipes de una experiencia sin igual; bella como ninguna, el buen sabor de boca que provoca esto de colaborar con aquellos que ya no están y una soberbia grabación que con mucho cariño aun guardamos en el baúl de los recuerdos de Crónicas de Ánimas.
Volveremos esa noche y, por supuesto, volveremos para contarles el final de la maldición de la “Divina maldita”.
Gracias.
Va por vosotros grandes amigos; por ti María y por ti José.
Debe estar conectado para enviar un comentario.