
La tarde llega a su fin. El manto oscuro de la noche cayó despacio sobre estas calles aún pobladas de gente. El principio del otoño alivia el intenso calor sufrido semanas anteriores y retrasa la hora de recogerse en casa; pocos son los que quieren dar por terminado este encantador domingo. Los bares abarrotados, los muchos turistas que todavía tratan de encontrar la ubicación de algún lugar pintoresco en el mapa y el vocerío general dan fe de ello. Unos ríen, otros deambulan pensativos, la mayoría disfrutan de estas últimas horas del día y hay quienes, como mi amigo y yo, que recorremos este casco viejo de Madrid en busca de alguna señal, de algún detalle que dé credibilidad a los inquietantes sucesos descritos por algunos vecinos.
Al parecer, estos cinco vecinos, tres hombres y dos mujeres, cuyos trabajos les obliga a transitar por este barrio en horas nocturnas, aseguran haber sido testigos de sorprendentes apariciones. Incluso, ante lo aterrador de la experiencia, estas personas decidieron reunirse en un punto antes de entrar al vecindario cuando, tras la jornada laboral, regresaban a sus hogares pasada la medianoche. La casualidad de que dos de estas personas vivieran en el mismo edificio evitaba que ninguno de ellos volviera solo. Pese a la perfecta puesta en marcha del plan, la idea del regreso en grupo no obtendría el efecto deseado: el encuentro con extrañas figuras de apariencia humana, corriendo despavoridas por la calle, se repetía cada cierto tiempo. Cuando la mañana del pasado jueves los cinco vecinos me dieron a conocer tales hechos, todos ellos afirmaron que, si ya el aspecto de estos insólitos sujetos impresionaba, los gritos con los que acompañaban su carrera espantarían al más valiente.
Aunque en un principio el relato de estas supuestas “apariciones” me sonó a una paranoia general, seguramente motivada por alguna circunstancia acaecida en el barrio, sacada de contexto y relacionada de manera infantil con el mundo de los espíritus, la forma en que los cinco narraron lo ocurrido llamó mi atención: todos ellos, uno a uno, separados del resto del grupo, contestaron a mis preguntas trampa con iguales respuestas; coincidencia que solo se da si lo que se cuenta realmente sucedió.
Las campanas de la colegiata de San Isidro acaban de dar la una de la madrugada. Después de un pequeño descanso, es la hora perfecta para volver a la tarea y adentrarnos por estas ya solitarias calles; salvo algún mendigo en busca de refugio bajo los soportales de la Plaza Mayor, no se ve a nadie más.
Estamos a día veintitrés, un día importante en esta investigación, pues según los testigos es el día donde más se suceden las fugaces apariciones de estas supuestas ánimas. Pero, además, estamos a veintitrés de septiembre y ambos, día y mes, forman la fecha justa en la cual estas apariciones pasan de durar un instante, a prolongarse a lo largo de toda la madrugada. En el transcurso de la conversación con una de las testigos, esta aseguró que el año pasado, tal noche como hoy, el espíritu de un hombre con la cara desfigurada, el cabello ennegrecido, el traje hecho un andrajo y calzado con un solo zapato, la arrinconó en una esquina rogándola ayuda. El miedo al verse acorralada por el horrible espectro la paralizó tanto, que perdió el conocimiento y hasta pasadas las seis de la mañana no pudo reponerse del desmayo sufrido. De esas horas apenas recordaba nada, pero estaba segura que cuando recuperaba algo de conciencia notó mucho jaleo en torno a ella. A su vez, con semejante rotundidad, esta vecina afirma haber visto a más de estos difuntos, de facha similar, deambular en grupo por la calle antes de dejar de estar consciente. No dudó en describirlos como un sinfín de almas en pena donde algunos, al igual que el hombre que la arrinconó, no paraban de suplicar ayuda con espantosos gritos que no entendía cómo no despertaban a todo el vecindario. A su opinión, buscaban a otros espíritus que no estaban en el grupo.
Ahora, tanto el amigo que me acompaña en este trabajo como yo, caminamos atentos a cualquier movimiento o sonido que surja a nuestro alrededor. Poco a poco, nos aproximamos a las calles donde las apariciones se repitieron en más ocasiones. Al llegar a la zona llamémosle “conflictiva”, un silencio sepulcral reina en toda ella. La temperatura con el transcurso de las horas descendió y el frío otoñal, alimentado por una dulce brisa que recorre plácidamente el centro de Madrid, se deja notar. Pero esta brisa además del suave cambio de temperatura, trae también con ella un fuerte olor a quemado. De buenas a primeras un centenar de papeles calcinados revolotean por el aire; vienen derechos a nosotros desde el final de esta estrecha calle de La Ruda. No hay duda, ¡algún edificio se quema!¡Hay un incendio cerca! Pese a ello, a nadie parece importarle: no se escuchan sirenas acercarse veloces ni tampoco el alboroto que se genera cuando un suceso así acontece; aquí, el vecindario continúa inmerso en su descanso, ajeno a todo lo demás. Mientras tanto, el humo hace acto de presencia y ya dificulta ver más allá de un par de pasos. A ratos, ni siquiera veo a mi compañero de faena y sé que está ahí, a poca distancia de mí.
¡De repente!, un niño de unos siete u ocho años aparece a la carrera de entre la humareda. Sin dejarme reaccionar, se agarra a mi pierna y trata de arrastrarme con él al interior de la nube de humo. Sobresaltado, insiste en que le ayude de inmediato, pues su madre sigue atrapada dentro del “Coliseo” y va a morir. Antes de que yo pueda responder, el niño vuelve a desaparecer entre la gran humareda que ya cubre toda la calle. Mi amigo se acerca alarmado, y con cara de asombro no quita la mirada del costado de mi pierna izquierda: la forma de la mano del niño ha quedado marcada sobre la tela del pantalón en medio de una estupenda mancha negra. La mancha es ceniza pura y el niño sin duda era un espíritu; estoy seguro de ello. El alma de un chaval que como debió de pasarle a él, sabía que si a su madre no se la socorría pronto también moriría. Ya al sentir el contacto de su mano, la habitual sensación de calambre recorrió mi pierna y al mirarle, el marcado vaivén con el que oscilaba su cabeza confirmó el resto: los vecinos no mentían; el primer fantasma acababa de mostrarse.
Sin embargo, el primer problema a resolver es totalmente mundano: mi amigo, debido a la impresión de verse por primera vez frente al alma de un difunto, no puede moverse ni articular palabra. Durante algunos segundos mantiene la mirada fija en la mancha del pantalón, hasta que, ¡por fin!, vuelve en sí y por suerte su reacción no trae consigo la intención de huir, sino solo una euforia contenida por continuar y conocer más de este apasionante mundo de los espíritus. Avisados de lo que se oculta bajo la humareda, reemprendemos la marcha con las palabras del alma del niño como único pensamiento.
El humo aumenta por momentos y según avanzamos el hecho de respirar se hace difícil. Al mismo tiempo, un sonido intermitente e idéntico al chasquido de la madera ardiendo se puede oír más fuerte y cercano a cada paso. Ya no distinguimos por donde pisamos: el suelo es una alfombra blanca que se extiende deprisa. En cambio, una corriente de aire tan gélida que de no interrumpirse pronto congelará nuestros pies, sí se siente fluir desde el asfalto. Algo raro pasa. La agradable brisa que nos acompañó al principio de este recorrido por las calles del viejo Madrid, es ahora un fuerte viento que, a rachas, entorpece aún más la marcha.
El aire vuelve a arreciar. Sopla con tanta violencia que nos obliga a refugiarnos en un portal que tenemos la suerte de divisar entre tanta adversidad. En cuestión de pocos minutos la situación ha cambiado por completo. Toca esperar a que este viento amaine, y aprovechar ese pequeño lapso de respiro para apresurarnos a recorrer otros cuantos metros antes de que vuelva a enfurecerse. Resguardados en el portal, nos damos cuenta de cómo el viento, lejos de calmarse, sopla cada vez más fuerte. Además, advertimos como en ocasiones trae consigo distintas voces imposibles de entender. El azar nos había sonreído con este improvisado refugio tan oportuno, sin embargo, escuchar esas voces nos inquieta: algunas son espantosas, aparentan ser súplicas de ayuda y quejidos de dolor. Sean lo que sean, en este momento es imposible ni alejarnos ni llegar hasta ellas: las airadas ráfagas no dan señales de que vayan a calmarse en breve y solo podemos esperar.
¡De pronto!, alguien me sujeta el hombro por detrás. El dolor es horroroso. Al girar con el fin de liberarme de quien sea que me tiene sujeto, la imagen es fantástica: cientos de puntitos brillantes, de otros tantos colores distintos, forman la figura de un hombre rodeada de un halo brillante de belleza inigualable. Es el alma de un hombre de mediana edad, ataviado con mono de trabajo que, por su expresión y sus gestos, demanda atención. Al percatarse de que más o menos hemos encajado bien el susto, decide soltarme. Su contorno muestra la típica oscilación de los espíritus libres ya del cuerpo. Tímidamente y acompañado de un “por favor” que conmovería a la mente más insensible, nos ofrece un papel y comienza a hablar. (No encuentro palabras para describir la sensación que percibí durante esa décima de segundo, cuando al ir a coger ese papel, ambos todavía lo sujetábamos).
Su voz suena lejana, triste y a veces ahogada por la emoción. Dice llamarse Serafín, transmite sencillez y ningún propósito de hacernos daño, más bien, todo lo contrario. Cuando el balanceo de su cuerpo se detiene por un instante, se puede apreciar la horrible causa de su muerte: en los brazos, en distintas partes del rostro, en el cuello e incluso en las manos, quemaduras de considerable tamaño se dejan ver como si aún quisieran atestiguar que este hombre pereció pasto de las llamas.
Enseguida y tras pedirnos disculpas, nos avisa de que no dispone apenas de tiempo para estar con nosotros. Le encantaría contarnos lo sucedido en la tragedia, pero solo tiene unos segundos y los necesita para pedirnos un favor: le urge que su nieta de Madrid reciba cuanto antes este papel. En un primer momento desconocemos a que se refiere con lo de la “tragedia”, y me temo que seguiremos así, pues de continuo insiste solo en que ella, su nieta, debe saber la verdad sobre algo que, a día de hoy 23 de septiembre de 2017, la atormenta la vida. Con respecto a la tragedia, tan solo nos aconseja desechar la versión oficial: el farolillo no se prendió por ningún fallo eléctrico ni el fuego se provocó por ningún cortocircuito. Al entregarle el papel a mi compañero y volver de nuevo la cabeza hacia él, el espíritu del hombre ya no está; se marchó con el mismo sigilo que vino.
El papel recibido es una octavilla. El anuncio publicitario de una obra de teatro, con el horario de las funciones, la compañía y el título del sainete que se va a representar amenizado con música del maestro Alonso y texto de Carreño y Sevilla. En la parte de atrás, escrito a lápiz de mina gorda, unos garabatos costosos de leer citan el nombre de una mujer, su dirección y por debajo un pequeño párrafo en el cual, efectivamente, explica y trata de dar solución a lo que parece ser un problema conyugal muy serio y tristemente cotidiano en nuestros días. Lo escrito en la octavilla impresiona: conmueve tener en la mano la prueba de cómo el espíritu de un abuelo, desde el “más allá”, atiende, se preocupa y reacciona ante los problemas de su nieta. Aun así, somos conscientes de que esto no será la única causa de tanta aparición ancestral por este barrio.
Durante el tiempo transcurrido el aire se ha calmado, aunque la humareda continúa en su afán de ocultar todo a su paso. Es hora de proseguir. Diez o doce pasos nos separan de doblar la esquina y adentrarnos en la calle de Toledo: la calle dónde más apariciones dicen haberse producido.
Nada más acceder a ella, los lamentos y las súplicas anteriores vuelven a escucharse. Ahora llegan más claras. Es una continua algarabía de voces tratando de hacerse notar, pero…, ¡nos están llamando!¡Esas súplicas, esos lamentos vienen dirigidos a nosotros! Nos escuchan, saben que estamos aquí y quieren que sepamos que ellas también. ¡Están por todos lados! Entre todas las voces oigo la de mi compañero de faena: se quedó unos pasos más atrás y me llama alterado. Al acercarme, le noto desconcertado; tantos gritos y tanta insistencia le aturden: quiere participar, atender esas demandas de ayuda, pero duda, son muchas y no sabe a cuál dirigirse primero. De improviso, entre la humareda se distinguen siluetas; aparecen y desaparecen a merced de ella. Esas figuras con forma humana no están quietas, avanzan ligeras hacia nosotros y cada vez están más cerca. ¡Nos están rodeando! ¡Estamos justo en el centro de un corrillo! Sus manos llegan a rozarnos y de entre la humareda alguna punta de un zapato, unos dedos, un brazo o un rostro surgen de repente para enseguida volver a quedar escondidos. Mientras tanto, el aire se ha hecho irrespirable, el olor a quemado asfixia, las chispas caen en todas direcciones, los chasquidos de la madera al arder se multiplican a nuestro lado y el calor abrasa. ¡Esto es inaguantable!
Inesperadamente, la humareda, dueña y señora del ambiente, comienza a disiparse. La calle se despeja, a la vez que con ello una sensacional estampa se desvela poco a poco frente a nosotros: ¡detrás de una verja de hierro sujeta a dos amplios muros de piedra, un numeroso grupo de espíritus aparecen en silencio como si estuviesen atrapados tras ella! Tras una verja y unos muros sobre los cuales se sostiene el deteriorado letrero de un teatro. Tras una verja y un muro que puedo asegurar que hoy por la mañana no estaban en esta calle. Mirarlos estremece: sus rostros compiten en lividez, sus marchitados aspectos procuran el mayor de los respetos y sus miradas…, la más sentida de las penas. Son unas sesenta, quizá, unas pocas más. Sus voces, esas inquietas palabras que antes oíamos, cesaron cuando estas ánimas se hicieron visibles. Sumidas en un silencio que alienta toda clase de temores, permanecen inmóviles mirando a mi compañero, mirándome a mí.
Entre ellos hay niños, hombres y la mayoría son mujeres. Casi todos los hombres visten con despedazadas chaquetas y pantalones desgarrados, mientras las desaliñadas barbas, los cabellos alborotados y varios tipos de bigotes que algún día fueron pulcros endurecen su desoladora imagen. En las mujeres aún se observan rastros del maquillaje con el que fueron sorprendidas. Aun sabedoras de sus arruinados semblantes, de sus asolados recogidos, de sus vestidos y sombreros hechos jirones, tratan de mantener una compostura que se desquebraja por momentos, ante la curiosa mirada de los niños que entre cuchicheos nos señalan y preguntan quiénes somos. En sus manos portan los escasos bienes con los que partieron de este mundo. Bolsos de mano destrozados, joyas desengarzadas, collares rotos, mugrientos anillos, deteriorados relojes de bolsillo y, todo esto, en el mayor de los silencios.
Algo en su imagen sobrecoge. Algo capaz de dar respuesta por sí solo a muchas preguntas, pues todos presentan unas quemaduras que asustan solo con verlas. Ninguno se salva de mostrar una parte de su cuerpo completamente abrasada. Está claro que Serafín, a quien vuelvo a ver en la primera línea del grupo, no murió solo. Todas estas ánimas que tímidas nos observan y responden a nuestra mirada agachando la cabeza son víctimas del mismo incendio.
Sin más demora, uno de ellos se dirige a nosotros. Educado, se quita el sombrero al empezar a hablar. Su voz es firme, aunque en el tono se intuye pena. Al parecer, no tienen casi tiempo y necesitan decirnos algo rápido, puesto que en breve volverán a desaparecer. La explicación pone los pelos de punta: ¡no quisieron marcharse después de morir en el incendio!
Según nos dice el alma de este hombre, llamado Isidro y ataviado con un andrajoso uniforme, cuando se vieron ya difuntos a causa de las llamas y dispuestos a emprender el camino al siguiente destino tras la vida mundana, entendieron que no podían irse todavía. El motivo de retrasar su partida no es que estén enfadados por lo acontecido en el incendio ni por morir en él. Tampoco tiene nada que ver con la cuestión de que la tragedia no se contara como de veras sucedió, eso ya…, ocurrido lo ocurrido, les daba igual. Y menos aún les importa ya el hecho de que la histeria colectiva, el tapón formado en la puerta y, por supuesto, las llamas que les consumieron vivos se podían haber evitado simplemente con bajar el telón de acero del escenario, pero…, ¿por qué nadie lo bajó? Pues, a opinión de Isidro, porque en ese teatro les llegó su hora de morir, la hora de todos ellos, ni más ni menos. Al decir estas últimas palabras los gestos de aprobación asomaron en el resto del grupo.
La razón por la cual querían permanecer aquí algo más de tiempo era otra: ellos eran sesenta y siete almas que con su muerte dejaban desamparadas a otras personas sin medios económicos ni ayudas para subsistir. Sería una casualidad, una cruel broma del destino, una treta del maligno, cuyas siniestras carcajadas todos ellos sostienen haber oído a poco de fallecer, pero la realidad era que de cada una de esas sesenta y siete almas dependía al cien por cien, al menos, la vida de otra persona que seguiría viviendo en este mundo. ¡No podían marcharse! ¡No podían partir y dejarlas aquí abandonadas a su suerte! Tales fueron sus ruegos, sus peticiones de clemencia, que según Isidro el cielo los escuchó y les concedió cien años más de prórroga antes de marcharse para siempre. Ellos no volverían a la vida, nunca recuperarían su cuerpo y solo unos pocos vivos sabrían que siguen aquí, velando por los suyos en espíritu, pero, al menos, cuidarían de los suyos.
Así lo han hecho a lo largo de todos estos años. Incluso, algunos de aquellos que cuidaron al principio, al morir se unieron a este grupo de ánimas con el propósito de ayudar a los que nacieron después. En la actualidad, sus inquietantes apariciones de noche por el barrio tienen un motivo; una explicación muy fácil de entender: el final de la prórroga se acerca. El plazo se acaba, y quisieran pedir una última cosa a aquellos a quienes hoy todavía ayudan. Les encantaría que justo al cumplirse el aniversario del primer centenario de la tragedia, día de su marcha, esos familiares: nietos, bisnietos y amigos que ahora mismo viven, pudieran venir a verles un momentito nada más antes de que ellos dejen este mundo definitivamente. Quisieran estar frente a frente con ellos en este lugar donde ocurrió la tragedia y del cual partirán.
Sin esperar nuestra respuesta, y tal y como hizo antes Serafín, uno a uno, nos entregan su octavilla con el nombre y la dirección de la persona a quién les gustaría ver y poder despedirse. El favor que nos piden a mi amigo y a mí es proponer a estos familiares y amigos, cuyos datos están escritos en las octavillas, venir a este lugar y vivir con ellos el triste adiós perpetuo; el duro instante del “nunca más”.
Después de esta charla inolvidable, el trato queda hecho: ninguno de este grupo de almas volverá a aparecerse a nadie hasta la llegada del primer centenario de su muerte, día en el cual lo harán delante de sus seres queridos que hayan accedido a venir.
En la fecha que escribo este relato, todos esos familiares han sido avisados y con el mismo deseo que nosotros, esperan impacientes la llegada de ese futuro veintitrés de septiembre de dos mil veinti…
Debe estar conectado para enviar un comentario.