UN FRAILE EN LA PLAZA

Cinco y media de la madrugada. Como siempre, recorro las solitarias calles de Madrid rumbo a la estación de metro. El trabajo aguarda y la jornada laboral empezará pronto. La madrugada es gélida: el frío del invierno se deja notar y la nieve cae con ganas. No sé por qué, pero el trayecto hoy se hace interminable e incluso cuesta andar. Por suerte, al doblar la siguiente esquina, después de recorrer unos cuantos pasos más, llegaré a la estación de metro. Sin embargo, al adentrarme en la plaza donde esta se ubica, la fuerza del viento dificulta acercarse hasta ella. Sopla con tal violencia que obliga a protegerse con el brazo. Apenas puedo avanzar y…, ¡qué raro! ¡Esta no es la plaza de siempre!

Aunque se halla en penumbras, lo poco que alcanzo a ver desvela una plaza distinta. Estas casas…, estas casas bajas, deterioradas y tan diferentes unas de otras, están muy lejos de ser los bloques de viviendas que antes la rodeaban. ¿Y el suelo? Nada queda del pavimento de ayer, ¡esto es un auténtico barrizal! Colgada en un muro a mi izquierda, una pequeña y antigua lápida anuncia el nombre de la plaza: “Plaza del Progreso”. ¿Del Progreso? ¿Qué plaza es esa? Y…, ¿cómo puede ser que en la pared de enfrente se lea que la calle que acabo de dejar atrás se llama de la Merced? ¡No lo entiendo! Mi itinerario de casa a aquí siempre es el mismo y no recuerdo haber pasado por esa calle nunca. Lo mejor será llegar hasta una iglesia que a duras penas distingo al final de este lado de la plaza. Resguardarme debajo del tejadillo del portón de la entrada, tranquilizarme y tratar de averiguar dónde demonios estoy es el mejor plan mientras esta puñetera ventisca se decide a amainar.

Ya debajo del tejadillo, compruebo que lo que antes parecía una simple iglesia resulta ser un convento; el convento de la Merced, según pone en la puerta y, ¡qué raro!, la iglesia está abierta a estas horas. Decidido, entro en ella. ¡Es enorme! Construida en forma de cruz latina e iluminada por agónicos cirios, el incienso desprendido por un botafumeiro en constante movimiento dificulta respirar. La temperatura en el interior no mejora; continúa igual de álgida y llama la atención lo viejo que está todo. Además, es complicado observar cualquiera de los objetos aquí colocados con algo de detenimiento: al mirarlos, un extraño efecto de vaivén en ellos provoca tal impresión de vértigo que me hace tambalear.

De repente, desde la primera capilla del pasillo de la izquierda, un hombre, sentado en un banco frente a una imagen de la Virgen de los Remedios, me llama a media voz sin dirigirme la mirada. Ataviado con un hábito blanco, un crucifijo sobre el pecho y una esclavina también del mismo color, se dirige a mí por segunda vez. A pesar de ser bastante inquietante su repentina aparición, y más todavía el hecho de que sepa cómo me llamo, acepto la invitación a sentarme un ratito a su lado. Despacio, camino hacia el banco, en tanto él termina de escribir la frase a modo de título “La firmeza en la hermosura“ en la primera de las hojas de pergamino que tiene apoyadas en las piernas.

Separados por una distancia prudencial, la cual no duda en reducir acercándose sin ningún reparo, comienza a hablar. De nombre Gabriel y fraile de vocación, la vejez se palpa en los escasos rasgos que quedan visibles, libres del hábito: los dedos largos y huesudos tiemblan y las piernas evidencian tal delgadez que transmiten la sensación de haberse desvanecido por completo. Únicamente las deterioradas puntas de sus alpargatas dan fe de que debajo de la vestimenta todavía perdura algo de sus extremidades inferiores. Aunque no parece estar dispuesto a dejar ver el rostro, sí muestra un carácter alegre, cordial y hasta guasón en ocasiones. Su voz en principio suena aguda, y la rapidez con la que habla complica intervenir en el diálogo; limita mi participación a breves frases de dos o tres palabras y a asentir de vez en cuando. No obstante, sus comentarios llaman la atención: describen hechos acontecidos en un pasado remoto tal como si hubiesen ocurrido hace solo unos cuantos días. Incluso, mostrando cierto tono de pitorreo, hace alusión a un “pequeño altercado” con nada más y nada menos que el conde-duque de Olivares.

A juicio del fraile, apenas fue una leve discrepancia de opiniones, mal digerida y sacada de quicio, que se zanjó con su cuerpo serrano desterrado a un remoto convento de Sevilla, el tirón de orejas hasta del mismísimo Vaticano, el menosprecio perpetuo de todos los hermanos mercedarios y el gusto personal por la sátira y la comedia revitalizado. Mientras habla y ríe como si nos conociésemos de toda la vida, otro detalle interrumpe la atención que dedico a ese modo suyo tan pintoresco de expresarse: cuando gesticula o mueve deprisa la cabeza, noto en él ese mismo balanceo que antes percibí al mirar los objetos situados en la iglesia.

Tras una charla inolvidable de cerca de una hora de duración, no quiere despedirse sin antes entregarme un trozo de pergamino doblado a la mitad. Al abrirlo, veo que en él cuenta con absoluto detalle sus últimas horas, su encuentro con la muerte y una serie de información e instrucciones con respecto al cuándo falleció y al lugar donde yace su maltrecho cadáver; sin duda, fue una manera de morir tan peculiar como él. Al terminar de leerlo e irle a pedir alguna explicación, pues no entiendo qué me quiere decir con semejante escrito, sencillamente, el fraile no está. ¡Era un Espíritu! El Fantasma de un religioso que, a tenor de lo leído en el trozo de pergamino, no descansa en paz a causa de esos quienes, empecinados, ponen patas arriba destartalados conventos de Soria en busca de sus restos.

De pronto, siento un griterío a la vez que algo golpea levemente mis pies. Al despertar, veo que se trata de un vigilante: ¡me he debido de quedar dormido! Estaba sentado en el suelo y con la espalda apoyada en la máquina de billetes de metro, seguramente esperando a que fueran las seis y los tornos de entrada a la estación se desbloquearan. ¡Es la primera vez que me ocurre una cosa parecida! La nieve, la extraña plaza, la iglesia y el fraile fueron solo un sueño. Un sueño que va a provocar mi primer retraso laboral del año, puesto que, además, ahora el torno de entrada se ha debido de romper y no funciona: ¡no gira! De nuevo, el malhumorado vigilante se acerca a mí y la emprende a gritos conmigo con toda la razón del mundo, pues lo que trato de introducir en la ranura no es el billete de metro, sino un trozo de pergamino doblado a la mitad…

Ya sentado en uno de los asientos del solitario vagón, rememoro lo acontecido y ahora lo veo claro; entiendo todo lo sucedido, pero me falta poder corroborarlo y eso tendrá que esperar a que mis horas de trabajo terminen.

He pasado la mañana impaciente por volver a casa y repasar el sueño con tranquilidad. Por fin, ya frente al ordenador, me pongo a ello. Si bien dice mucho el hecho de que siga teniendo el trozo de pergamino doblado a la mitad, enseguida lo que aparece en la pantalla confirma mis sospechas: para nada fue un simple sueño. ¿Cómo sucedió? ¿Cómo pudo ocurrir? Ni lo sé ni creo que nunca seré capaz de darle una explicación, pero lo que sí tengo seguro es que cada detalle aparecido en ese supuesto sueño tenía su porqué: eran las piezas de un misterioso puzle que revelan el lugar donde moran los restos de no solamente un fraile, sino de un gran escritor español de fama mundial y su deseo de ser encontrado en una fecha determinada. Todo un maestro, cuya identidad descubrí al entender esos mismos detalles. Ahora, habrá que esperar al día elegido para, cumpliendo con sus deseos, hacer público donde descansa lo que quede de él.

SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO: M-000374/2021.