Desde luego, este camino en absoluto invita a bajarse del coche y recorrerlo andando. Parece estar alejado de la mano de Dios, por mucho que acabe de despuntar lo que promete ser un día de cielo despejado con temperatura agradable. El estrecho sendero atraviesa un bosque plagado de una vegetación tan exuberante que impide ver más allá de la primera línea de árboles.
Después de superar una zona bacheada, con un barranco al lado de los que hacen tragar saliva, Nazario señala con el dedo nuestro destino. Él es un hombre residente en la zona, propietario de varias fincas y quien me llamó para valorar la veracidad de una leyenda. Según su opinión, sigue muy viva y resulta una amenaza para quienes se atrevan a entrar en un caserón ya en ruinas.
Varias curvas cerradas preceden a la recta que conduce al caserón de piedra, objetivo de nuestro viaje. Situado a kilómetros del pueblo más cercano, es una antigua y solitaria casona de la que apenas quedan en pie unos cuantos muros. En sus tiempos debió de ser una construcción bastante elegante, pese a la humilde familia que, según Nazario, habitó en ella. Una vivienda heredada de madre a hija durante décadas, porque de ninguna mujer de las seis generaciones que la habitaron nunca nació un varón. Todas ellas dieron a luz a un solo bebé y siempre fue niña. Seis féminas, hijas únicas, que tras contraer matrimonio continuaron residiendo junto a sus maridos en este caserón. La leyenda prosigue afirmando que dichas mujeres jamás llegaron a salir más allá del perímetro de esta finca.
El aire sopla fuerte al bajarnos del Volkswagen. Nos empuja hacia atrás como si quisiera impedirnos la entrada a la casa y gana intensidad a cada nuevo paso que damos.
Nazario sufre para caminar. Él es un hombre ya entrado en años y, al igual que yo, tampoco destaca por sus estupendas condiciones atléticas. De todos modos, esto es muy raro: cuando me giro para resguardar mis ojos de la nube de polvo que se nos viene encima, observo que los pinos y demás árboles del bosque asentados fuera de la finca apenas se mueven. Pero otra curiosidad surge a pocos metros de alcanzar la escalera de la casa: hay un peto de Ánimas.
Un gran peto de Ánimas de madera, que se mantiene impasible al paso del tiempo. Dentro de la hornacina se muestra en perfecto estado una escena en relieve de la Virgen María. Sonriente, tiende su mano a varias figuras humanas ardiendo en las hogueras del infierno. Cuatro velones blancos, de aquellos favoritos de las brujas de antaño por la nitidez de sus llamas exentas de humo, se mantienen encendidos a pesar del viento. Además de un rosario con cuentas de café intacto, descubro también una impoluta inscripción pidiendo un ruego por las Santas Ánimas del Purgatorio. Todos estos detalles sugieren que alguien cuida de este peto.
—Así están cada vez que vengo. Dirás que estoy loco, pero esas velas no se consumen nunca y siempre están encendidas —comenta Nazario.
Sin restos del tejado y el suelo de baldosa cubierto de cascotes, la casa aún conserva las paredes de las diferentes estancias. La distribución es sencilla, un largo pasillo con habitaciones a ambos lados, acabado en una sala principal con forma circular. Tras encender las grabadoras y preparar la cámara de fotos, avanzo un par de pasos cuando…
―De la puerta yo no paso. Yo te espero aquí. —Me avisa Nazario. Pasa tú si quieres. Ten en cuenta que es empezar a recorrer ese pasillo y las sensaciones, voces y visiones raras aparecen de repente. De esta casona se cuenta que siempre estuvo habitada por brujas. Que entre estas paredes cocinaban sus conjuros y maldiciones mano a mano con el maligno. Aquí llegaba gente de mucha ralea a pedir “trabajitos” de elaboración, llamémosle extraña. Dicen que más de uno de aquellos desgraciados entró y jamás volvió a salir; los encerraban y luego, por la noche, hacían sacrificios humanos con ellos; se los ofrecían a su jefe: el mismísimo demonio. Tú mira cuanto tengas que mirar y tranquilo, yo te espero.
―¿Pero es solo una leyenda o alguien ha visto algo raro en este caserón? ―le pregunto sorprendido.
―¡Joder! Si ni los guardias forestales quieren arrimarse a la puñetera casa. Hace unos meses vino un grupo de parapsicólogos a inspeccionarla, atraídos por la leyenda. De los tres, dos desaparecieron corriendo y del otro se cuenta que no anda bien de la mollera. Le dejaron en un cuarto a él solo, con los chismes esos puestos en las orejas y…
―¿Qué le pasó? ¿Se le apareció alguien? ¿Escuchó algo? Y dos desaparecidos…
―No se sabe. No se le ha podido sacar qué narices vio, escuchó o qué pasó con sus amigos. Hace unos quince días apareció delante de aquellas ventanas el coche de un chaval del pueblo de al lado y no se sabe dónde anda. Vino con intención de investigar la leyenda para un programa que hace en el internet y, ya ves, nunca más se supo. Si entró o no en este lugar del demonio, nadie lo sabe.
Despacio y con mucho cuidado me adentro en la casa. Una a una, reviso el interior de las estancias y sí, de veras es grande. En cada una de ellas todavía encuentro muebles y enseres rotos, seguramente pertenecientes a la última familia que residió aquí. Los cascotes esparcidos por el suelo dificultan la labor: obligan a caminar sin quitar ojo del suelo y estar atento a cuanto sucede alrededor.
¡Oigo ruidos en la última sala! Asustado, contengo la respiración y permanezco sin moverme durante unos segundos. Luego, despacio, me acerco y desde el pasillo observo el interior: no veo a nadie. Se trata de lo que hoy en día llamaríamos un salón comedor que, por algún extraño motivo, aún conserva indemne todo su mobiliario.
No encuentro la razón de esos ruidos. Sonaban similares a como si alguien caminara sobre estos cascotes. Pero ahora me inquieta otro dato: ¿Cómo es posible que, estando a la intemperie esta mesa, las sillas, los butacones y hasta el papel de la pared, no vea en ellos un arañazo, un roto, un descosido, una señal de humedad? ¿Tantos años esta casa abandonada y nadie se ha llevado estos muebles? ¿Y esos libros? Aquí hay bastantes libros antiguos… ¡Son tratados de alta magia!
Absorto por el contenido y el estado de estos tratados, olvido la investigación y me pongo a ojearlos. Son impresionantes: antiguos, escritos a mano y plagados de notas, tachones y manchas de todo tipo; en sus páginas se detallan fórmulas como la manera de crear y lanzar una maldición para no engendrar un bebé mentalmente sano. ¡Por Dios! Son antiquísimos tratados de magia negra.
Un cuadro de gran tamaño se descuelga y cae al suelo provocando un fuerte golpe. Puedo verlo bien gracias a que aterriza apoyado sobre la pared. Es un retrato de una joven de rostro imponente y de cuya mirada no consigo apartar la mía. Siento algo extraño, no puedo moverme y al mismo tiempo escucho un susurro de voz avisándome de que, por mi bien, lo mejor será que me marche.
—¿Todo bien por ahí dentro? —pregunta Nazario desde la puerta de entrada a la casa.
—Genial, aquí vamos —le respondo, no muy convencido.
La voz susurrando en mi oído para nada fue una imaginación. La escuché con toda claridad. Ya no hay duda, esas palabras amenazantes, junto al retrato de esa mujer que no deja de observarme, la mire desde donde la mire, avisan de un nuevo caso. Una nueva historia de Fantasmas, de Espíritus curtidos en la brujería que, lo más probable, regresen con muy malas intenciones. Pese a ello y convencido de que tras ese cuadro se esconde algo peligroso, continúo adelante en busca de detalles que desvelen de qué va todo esto.
El retrato muestra un fabuloso realismo. El artista plasmó de forma excepcional el semblante serio a más no poder de una joven con la tez tan blanca, que más parece la palidez de quien sufre en extremo o padece una enfermedad de difícil remedio. Lo sé. No es más que una obra de arte de algún siglo pasado. Pero, si solo es eso, el lienzo de una joven… ¿Cómo puede ser que ella acabe de pestañear?
El susto me hace retroceder. El Espíritu aquí presente lo hizo a conciencia, sabía que la miraba y que vería ese pestañeo. Ahora, tan pronto muestra a una muchacha joven, como enseguida aparece la imagen de una anciana de ojos blancos, cabello canoso y rostro poblado de severas arrugas. Sin dejar de mirarme, la mujer retratada se acerca al borde del marco. El continuado cambio de aspecto tan sumamente rápido me causa vértigo. Ella, en cambio, sonríe. Joven o mayor, no deja de esbozar una sonrisa que evidencia superioridad. Ha pasado de ser un dibujo a un busto con vida propia. No queda ni rastro de la pintura, de sus tonos apagados cuando, de un salto… ¡La mujer intenta abalanzarse sobre mí!
—¡Vete, vete! —Vuelve a escucharse de repente a puro grito, en tanto la mujer trata de golpearme con una mano que no sé de dónde demonios sale. Por suerte, algo la retiene en el interior del cuadro. Este Fantasma histérico y deseoso de emprenderla a golpes conmigo, por lo visto, no puede salirse por entero más allá del marco.
Retrocedo un par de pasos. A esta distancia ya no me puede alcanzar; creo… El susto fue grande; sin embargo, no, no puedo irme. Si abandono la casa, el Espíritu se apuntaría una victoria complicada de remontar, pues le desvelaría cuán aterradora resulta su presencia. Haciendo de tripas corazón, cojo uno de los libros antiguos y me siento sobre la mesa de madera. Mientras ojeo sus páginas llenas de conjuros y contraconjuros, la mujer en el cuadro se revuelve. No le gusta verme sentado frente a ella, aparentando una tranquilidad que para nada es real. La sonrisa se ha borrado de sus labios y su boca escupe la típica saliva fruto de una ira insuperable. (Ver saliva en un Ente es cuanto menos otro dato digno de estudio, aunque no haya por dónde cogerlo.)
—¡Vete, vete! Insiste la voz, al tiempo que la mesa se mueve en forma de pequeñas sacudidas.
Toca sufrir los habituales trucos utilizados por esta clase de Almas. Lo malo es que con este tipo de juegos en realidad pueden conseguir hacer daño. No con los trucos en sí, porque no dejan de ser meras alucinaciones, sino por el riesgo que conllevan. Un gran susto puede provocar un mal paso, un movimiento inadecuado que derive en una lesión que me impida moverme y, entonces, ¿se atrevería Nazario a entrar en la casa a socorrerme? Mejor voy a centrarme en diseñar cuanto antes la estrategia a emplear.
Nazario comentó algo más, algo importante: habló de la desaparición de al menos un par de personas cuando supuestamente inspeccionaban la casa. Puede ser. Quizás la intención de este Espíritu sea la de asustarme, para que mi mismo miedo me haga echar a correr hacia un punto equivocado, hacia un lugar del cual ya no se regresa. ¿Una puerta a otra dimensión en este caserón? No, no lo creo. Me inclino más a la posibilidad de que aquí resida un Ente con la necesidad de recaudar vidas humanas. Estas ruinas esconden un rincón donde se oculta a personas vivas para futuros sacrificios.
De todos es sabido que tiempo atrás se realizaban rituales humanos con el fin de conseguir favores del maligno; en verdad los hubo. Yo mismo estudié varios en su día. Aprendí las fechas y otras normas específicas a las cuales están supeditados este tipo de ofrecimientos
—¡Oye! —grita Nazario. ¿Dónde te has metido? Estoy al final del pasillo del caserón con los guardas y no te vemos…
—¡Aquí! En la última de las habitaciones. Al final del pasillo.
—Ahí estamos nosotros. En la habitación redonda que tiene una mesa, muebles y el cuadro de una mujer con cara de mala leche colgado de una pared. ¡Anda! Déjate de tonterías y sal de donde te hayas escondido.
Nazario no bromea. En el tono serio de su voz se adivina preocupación. Desconozco si está solo o acompañado, ni qué demonios origina esta circunstancia: los dos estamos en la misma estancia de la casa y no nos vemos. Es más, según hablaba, las palabras de este hombre se escuchaban cada vez más lejanas. Uno de los dos ha caído en un bucle temporal o, de no ser así, puede ser que él o yo estemos en la antesala de la desaparición y ya seamos carne de sacrificio humano.
Me dirijo a la puerta de la habitación. Desde allí vigilo el retrato al tiempo que miro al pasillo llamando a Nazario. El lienzo vuelve a cambiar: ahora es la misma mujer, sí, pero de entre cincuenta y sesenta años. Continúa con el mismo gesto severo y tan bien peinada como en las dos imágenes anteriores. Sus ojos también han recuperado el tono verdoso.
El pasillo está vacío, nadie contesta. Confundido permanezco en el umbral de la habitación. De buenas a primeras, una luz brillante surgida desde el suelo se extiende por todo el salón. Cubre muebles, paredes y baldosas impregnando toda la estancia de un tono plateado. Mis dedos se agarrotan y de repente me encuentro tiritando, mientras mis pies parecen empaparse. ¿Pero de qué? Aquí no hay nada líquido.
¡Una silueta apenas perceptible pasa por delante de mí ocultándose tras la mesa! Esa imagen tiene el tamaño de una persona. Quiero saber quién es, pero una fuerte impresión provoca que dé con mis huesos en el suelo cuando me acerco a ella. Sentado sobre las baldosas, retrocedo alejándome de la mesa. ¡Qué olor, Dios bendito! La figura desprende un hedor del todo repulsivo y creo saber qué lo produce: beleño negro, también llamada la hierba de las brujas. Una pequeña planta altamente tóxica por su gran número de alcaloides como la atropina y escopolamina. ¿Pero qué pasa, que eso que está escondido ahí detrás se ha rebozado de ella?
¡Un objeto impacta contra mi hombro! Juraría que fue arrojado desde detrás de la mesa, pero tampoco puedo asegurarlo. Es un libro. Una antigua obra literaria a pesar de su buen estado de conservación. El simple hecho de mirarlo inquieta; es el “Malleus Maleficarum”, o “Martillo de las brujas”. Un texto que, a opinión de muchos, reúne todo cuanto se debe saber sobre las supuestas hechiceras. Dividido en tres partes y escrito por dos frailes dominicos allá por 1486, tiene el fin de probar la existencia de las brujas y el porqué, según su opinión, su Alma ha de ser purificada en las llamas del fuego reparador.
(En la primera parte de “El martillo de las brujas” se explica cómo efectuar rituales y aquelarres de brujería, las once ceremonias previas a ofrecerse a Lucifer y la escalofriante lista de demonios que Francisco María de Guazzo obtuvo a través de sus arriesgados estudios. Nombres que son detallados en su obra Compendium Maleficarum. El segundo capítulo está dedicado a la elaboración de amarres, conjuros, maleficios y hechizos destinados a generar y curar enfermedades.)
El libro queda abierto en una página de la tercera y última parte. El capítulo donde se leen las formas de liberar a una persona de las calamidades causadas por la brujería. Además de una serie de explicaciones sobre la diferencia entre posesión y embrujo. ¿La figura escondida tras la mesa intenta ayudarme? Supongo que su objetivo es que interprete el caso según se detalla en este capítulo tres. ¿Entonces este caso en serio va de rescatar a personas de manos de una bruja?
Los minutos pasan y nada nuevo sucede. La espera se hace interminable. Aburrido, encamino mis pasos hacia la mesa. Intento detenerme, recuerdo el olor y hay que prepararse para ello. Demasiado tarde; ya es imposible no notarlo y… ¡No puede ser! ¡El cuadro está vacío! La mujer retratada no figura en el cuadro. El lienzo aparece con las mismas pinceladas de colores intensos y texturas tenues del principio, pero sin ella; sin la protagonista del retrato. ¡Alguien me toca el hombro! Está a mi espalda y no veo quién es. Al intentar girarme, no puedo. El dolor y la sensación de quemazón me tienen retorciéndome en el suelo.
En cuanto puedo, tomo conciencia de la situación: la Presencia que tocó mi hombro sigue ahí, detrás de mí. Escucho el ruido de una silla. Se arrastra por el suelo. Viene acercándose deprisa y se detiene muy cerca. Nada más sentarse, sujeta mi cabeza. No me permite moverme y no, no es una persona; su tacto así lo desvela y atormenta. Sereno, me acaricia despacio el cabello y acicala mi barba, al tiempo que una voz femenina revela su presencia murmurando:
—Tranquilo. ¿Por qué corres, si ya nadie ha de venir?
Estudio cuáles son mis opciones; son pocas, diría que ninguna.
—Vale. Hablemos de ti. Conozco vuestra historia. Un linaje de hermanas con falta de personalidad y nulo carácter, dadas a conocer las malas artes con el propósito de fastidiar a diestro y siniestro. ¿Algún noviete que no quiso seguir adelante y os abandonó? Lo entiendo, hay rupturas que destrozan el corazón. ¿Qué le hiciste? ¿Le convertiste en rana, quizás? Cuéntame, hablar te vendrá bien.
—¡Hombre! Me impresiona que, estando a punto de hacerte pipí encima, si no algo más…, puedas hablar tanto y con ese tono tan alegre. Me gusta de veras.
—Me alegra que te guste. Pero dime una cosa, ¿Mami también te diría que a los vivos solo puedes sugestionarlos? ¿No? Convencerlos, engañarlos, enamorarlos, pero sin ponerles una mano encima, ¿verdad? ¡Oh, vamos! No me digas… Es de primero de brujería. A ninguna buena bruja se le escaparía comentar esta lección a su discípula. A menos que… ¡Ja, ja, ja! ¿Aficionadas? ¿En serio erais una simple banda de locas aficionadas que se compraron un capuchón en los chinos y se pusieron a jugar mezclando hierbajos?
La silla vuelve a arrastrarse por las baldosas alejándose. ¡Vale! ¡Menos mal! El pánico a su respuesta ya estaba a punto de hacerme tartamudear de nuevo. Creo que he conseguido desconcertar a quien ya puedo ver: Es el Alma de la mujer del cuadro. Un Ente formado por una sucesión de puntos apagados en distintas tonalidades de color negro. Su aspecto cambia de anciana a joven igual que antes. Ahora se mueve por el salón. Va y viene de pared a pared con los puños cerrados, mirándome en ocasiones con una sonrisa burlona y, otras, tras un espantoso grito, me mira con los ojos impregnados de un feo color amarillento y el rostro desfigurándose por momentos. Me tira un libro, un candelabro y la mesa no porque no puede. Se desespera y la golpea. ¡Funciona! No sabe por dónde cogerme. Dicen que al mal se le juega en su terreno, en el enfado, en la burla, en la fe de que pronto se dará cuenta de hasta dónde puede llegar y lo poco que puede hacer si se le planta cara.
Ahora soy yo quien se acerca. Me mira asombrada, con una mirada en la cual aún resaltan manchas amarillas resecas dentro del iris. Espero que no note cómo sudo, mis músculos tensos y no me lea la mente, pues en este momento tengo los peores pensamientos augurando algo catastrófico.
—No te he dicho que te levantes. ¿Por qué te levantas?
—El reuma, ya sabes, te duelen todos los huesos. ¡Ah! ¡Claro! Como tú no tienes huesos…
Los libros vuelan hacia mí golpeándome de forma leve, a pesar de las ganas de causar daño con las que son arrojados. El Espíritu cambia de opinión y se acerca deprisa, chillando sin parar y con el peor de sus semblantes: la anciana de ojos blancos, desaliñados cabellos, rostro plagado de arrugas y uñas largas, rotas y putrefactas corre hacia mí. Frente a frente, mi corazón se dispara en tanto el engendro gesticula con la mano, amenazando con agarrarme la cara y clavar sus uñas en ella. Separa sus labios y, sacando una lengua plagada de llagas, se esfuerza por acercarse más. El interior de su boca es un cúmulo de piezas podridas, algunas marrones y otras negras, encías agujereadas con restos de algún hueso asomando por ellas. ¿Dónde está esa apariencia común en la mayoría de los Espíritus formada por cientos de hermosos puntitos de colores brillando a voluntad?
—¿Me vas a contar de una vez qué ocurre en esta casa? —pregunto, mientras las rodillas ya amenazan con dejarme caer.
El Espíritu se detiene y deja de gesticular. No se mueve y me mira fijamente. ¡Intenta otro tipo de sugestión! Lo noto, aparto la mirada y retrocedo unos cuantos pasos, sentándome de nuevo en la mesa. Desde esta posición puedo poner una silla entre ella y yo si persiste en volver a intentarlo; la distancia evitará que se haga dueña de mis pensamientos. Para ellos, los ojos son el acceso más fácil y el camino más corto de llegar a nuestra Alma. El cansancio hace mella en los dos. Ambos estamos haciendo un esfuerzo grande, aguantándonos el uno al otro. Sin embargo, la balanza se inclina a su favor.
Se escuchan gritos. Son voces de varias personas procedentes de una puerta situada al otro lado del salón. Juraría que piden auxilio. Tan deprisa como puedo, me acerco a esa puerta. Pero al ir a girar el pestillo, el Espíritu lo impide. Me sujeta con fuerza. Estruja tanto mi muñeca que parece querer juntar ambos extremos. Los dedos se agarrotan. No les debe llegar ni gota de sangre y, fruto de ello, mi mano se pone morada y se deforma. El dolor es tanto que ahora mismo no me importaría perderla con tal de escapar de esta tortura. Las lágrimas se amontonan por salir todas al mismo tiempo. No puede ser. Que me viera llorar sería una catástrofe. ¿A qué nivel de dolor se refieren las leyes de la espiritualidad con la norma de que el mal no puede hacer daño? Otro dato que creía entender de este mundo y que debe de tener sus matices.
—¡No entres ahí! No puedes entrar ahí. ¡Quita! ¡Quita! —grita el Espíritu.
Sin hacerle caso, pego varias patadas a la puerta hasta que cede, al tiempo que me libero de las garras que tiene por uñas el Espíritu. Detrás de ella hay un cuarto. Una habitación a modo de despensa o pequeño almacén. El suelo es de tablones de madera viejos y deteriorados por la humedad. Aunque la pelea continúa tratando de que no pueda agarrarme de nuevo, dudo si entrar: sigo teniendo muy presente la capacidad de estas Entidades para engañar. Su plan puede ser hacerme creer que no quiere que vea a quién esconde en este cuarto para que yo me empeñe en entrar y así encerrarme dentro. Quizás los dos desaparecidos estén ahí dentro atrapados, sí, pero también puede no ser así. Antes escuché gritos en el interior de este cuarto; creo estar seguro de ello. Además, es imposible concentrarse con el bicho este empeñado en sujetarme.
Decidido, opto por gritar. Soy yo quien ahora se decanta por preguntar si alguien me escucha dentro del cuarto. Varias respuestas afirmando llegan casi al unísono. Sin perder de vista al Espíritu, que continúa en su empeño, les invito a salir. La contestación manda de un plumazo al piso mi nivel de euforia: ¡Un embrujo les impide abandonar la casa! Estos pobres fueron hechizados y condenados a permanecer ahí dentro.
—Serán pasto del señor de las tinieblas. Él nos garantiza la vida eterna gozando de todos los lujos a cambio de sus vidas —avisa y advierte el Espíritu de la bruja.
Las tornas cambian y el asunto vuelve a estar a favor suyo. Sí, sé que están ahí dentro; ahora bien, ¿qué antídoto utilizo si tan siquiera puedo verlos ni tocarlos un momento? ¿Qué contrahechizo funciona en estos casos? Recuerdo el libro. Cuando “El martillo de las brujas” cayó en mis manos, lo hizo abierto por una de sus páginas. En ella se describía un hechizo medieval de una crueldad extrema: el acto cometido en vida y del que la víctima estuviera más arrepentida se le volvía un pensamiento repetitivo, obsesivo e imposible de expulsar, ni de día ni de noche. Aquella tortura llegaba a generar tal grado de remordimiento que la mayoría de quienes lo sufrieron acabaron quitándose la vida.
Diviso el libro. Continúa encima de la mesa, abierto por la misma página. ¿Será este el ritual necesario? Primero hay que conseguir llegar a él; algo bastante complicado. Luego, tocará rezar porque sea esta la solución.
El Espíritu ya conocerá mis intenciones. Su facultad para hurgar en nuestras mentes es enorme. Ambos nos miramos, yo rehuyendo sus ojos, mientras comienzo a caminar en dirección a la mesa. Soy consciente de que apenas tendré unos pocos segundos para leer el contrahechizo y de que esto se pondrá feo, muy feo, si no lo consigo o no es el apropiado. El Alma de la bruja avanza en diagonal con intención de cortarme el paso. Tampoco puede hacer mucho más. No sé cómo, pero desde la distancia consigue susurrarme al oído mil palabras sin sentido. Pretende desviarme del camino al libro. Llegando al borde de la mesa, se pone delante. El poder de su mirada tumbaría a un caballo y tengo que girarme para evitar que me doblegue.
Pero… ¡Qué estoy haciendo! Yo sé contrahechizos. Puedo recitarlos de memoria. Vale que no son sacados de El martillo de las brujas, pero garantizan un resultado que aquí podría funcionar. Recuerdo uno que imposibilita a un Engendro maligno acercarse a menos de un metro de una persona. A esta Alma de bruja la podemos catalogar como un Engendro de esos, ¿no? Dios quiera que sí. Es hora de levantar la voz y, sin más preámbulos, entono aquel que empieza:
“Ego temeré deo animam meam…”
Al terminar, se hace el silencio. Un silencio tenso que no da lugar a nada más. La bruja permanece inmóvil, con los ojos muy abiertos y en actitud de tirarme otro candelabro que, por suerte, no llega a hacer. Su expresión lo dice todo: para nada debía de esperar que en semejante nivel de presión alguien pudiera proclamar un pequeño contrahechizo. Aprovechando la oportunidad, me acerco a la mesa, cojo el libro y, arrodillado en el suelo, recito el ritual escrito en la página.
Aunque debe leerse tres veces y así pienso hacerlo, al terminar la segunda ya veo al Espíritu retirarse hacia la puerta cabizbajo y desolado. Se retira mostrando un aspecto juvenil. ¿Sería esta fisionomía de muchacha joven la que tendría cuando la convirtieron en bruja?
Camina despacio, arrastrando los pies, sabedora de que su tiempo en este mundo ya se cuenta por segundos. ¿Cómo puede ser posible que sienta pena? ¿En serio me duele verla así? Me encantaría que hablásemos un momento antes de que se fuera; también se debe aprender mucho de ella. En definitiva, no deja de ser un Alma confundida o, seguramente, alguien a quien confundieron y engañaron.
Una vez acabada la tercera de las lecturas requeridas por el ritual, se nota la paz en el ambiente. La luz vuelve a brillar con su intensidad normal, el aire resulta más puro, no hay olores raros y el Espíritu maligno se acerca al umbral de la puerta con intención de marcharse y desaparecer para siempre. Antes de eso, se detiene. Por unos segundos permanece frente a la puerta, mirando hacia el pasillo. Luego, con absoluta calma, se gira hacia mí. No entiendo qué ocurre y eso me asusta de nuevo. Trata de sonreír, pero como si no se la permitiera o supiera que no es lo correcto, pelea por impedir a sus labios esbozar una sonrisa. El gesto duro y serio también se ha ido, dejando ver el semblante emocionado de una muchacha que debió de ser muy hermosa.
—Espera aquí y no te vayas —comenta el Espíritu con voz temblorosa. —El cochero no tardará en salir; fue el primero que entregamos. Le reconocerás por la capa negra, el sombrero de copa y el látigo en la mano. Diles a todos que lo siento, todas lo sentimos mucho; por favor, no se te olvide decírselo. Por suerte, ya no hay tiempo para entregárselos.
—Descuida, así lo haré. Puedo preguntar, ¿por qué todo esto?
—Porque hace mucho, una de nosotras se equivocó. El fruto de entregarse a esa tentación lo pagamos todas durante generaciones. Llevamos siglos tratando de escapar de aquel pacto para reunir Almas a cambio del disfrute de los mejores placeres de la vida. Este era nuestro verdadero deseo.
—¿Y no habéis podido libraros de él en todos estos años?
—Imposible. Hoy al fin lo hemos conseguido. Nos ayudaste a todas y todas te hemos ayudado; necesitábamos acabar con todo esto de una vez. Te resultará imposible de creer y lo entiendo. Todo lo ocurrido desde que nos hemos encontrado ha sucedido por una sola causa: la de quedar liberadas. Lo que para ti eran amenazas, eran súplicas de paciencia. Siento las peleas, el dolor, los golpes y las heridas causadas; cuando “ellos” se apoderan de tu Alma, es imposible no someterse. Dejas de ser tú misma y hacen contigo lo que quieren. Te cambian los sentimientos, las intenciones y hasta la noción del tiempo. Cuando salen de ti, sientes una paz manchada de violencia y lo entiendes: te usaron para cometer cualquier clase de salvajada. Es lo que tiene ser parte de un pacto demoníaco…
—Quiero creerte, de veras. Aunque tampoco te niego que cuesta. ¿En qué más me has ayudado?
—Prohibirte entrar en la habitación era evitar que te condenaras. No obstaculizaba tu camino; te hice pasar a ella en el instante adecuado y evité que llegaras más lejos, algo realmente peligroso para alguien con vida y un Alma pura. ¿Sabes? Me hiciste reír, algo que creía haber olvidado.
—¿En serio no querías seguir adelante con la captura de Almas?
—En serio. Ni yo, ni ninguna de mi estirpe, salvo una. La que nos condenó a este calvario.
—¿Entonces? ¿Por qué no lo dejaste? Supongo que no será fácil, ¿pero hasta el punto de no poder durante generaciones?
—Apenas has visto nada de cuanto aquí ocurre. Casi todos los males se desgastan con el paso de los años. Todos ellos se curan, menos este. Una vez que te entregas y ofreces toda la estirpe…
—Y ahora, ¿qué va a ser de ti?
—Recoge los libros. Llévatelos todos; te van a ayudar mucho. Acuérdate de nosotras cuando los uses; con cada recuerdo bonito expiarás en algo las aberraciones de las mujeres de Rivas-Valverde.
La figura del Espíritu cruza la puerta dirección al pasillo antes incluso de que su voz deje de escucharse.
—¡Leches! ¡Mira dónde está! ¿Qué haces ahí tirado? Estás pálido, ¿qué ha sucedido? Has visto a la bruja, ¿no? —Si ya te lo decía yo, esta casa, lo mejor es prenderla fuego y quemar todo el mal que hay en ella —comenta alarmado Nazario al encontrarme arrodillado junto a la mesa, en tanto los dos agentes forestales me ayudan a levantarme. Ni bucle temporal ni leches, las brujas diseñaron un sistema tan enrevesado como eficaz, capaz de dividir el interior de la casona en múltiples dimensiones. De esta manera, dos personas podían estar en la misma habitación, contemplar los mismos muebles, enseres y demás y aun así… no cruzarse jamás ni llegar a verse. Lo pusieron en marcha cuando Nazario entró en la casona con intención de buscarme.
Pero al momento… ¡La imagen impresiona! Del interior del cuarto sale ahora una hilera de Almas. Almas formadas por un sinfín de pequeñísimos centelleos que, en el instante de pisar el salón, cambian de un tono vago, negruzco y feo a una tonalidad brillante de colores alegres. Rápidamente, me acerco a la puerta y, cumpliendo la petición del Espíritu, que no sé ni cómo se llamaba, les transmito uno a uno las disculpas de las hermanas Rivas-Valverde. Ninguna de estas Almas dice nada. Por sus ropas, se deduce las distintas épocas en las cuales vivieron. En sus rostros, aún difuminados y casi escondidos tras los destellos de luz, se adivina la alegría de saberse al fin libres.
No puedo decir con exactitud cuántas Almas salieron de ese cuarto. No fueron pocas ni tampoco una exageración, pero lo realmente conmovedor fue la salida del cochero. Tal y como me dijo el Espíritu, portaba su capa negra, su sombrero de copa y un látigo recogido en la mano. Apostaría todo mi reino y creo que no lo perdería a que el Espíritu de ese cochero no quería irse. Su paso es lento y se detiene a cada poco para observar el salón y todo cuanto puede de la casa. Su gesto evidencia nostalgia y tristeza. En esta casa ocurrieron cosas y él las debe de conocer al detalle. Cosas de Fantasmas buenos y malos que bien merecen dedicarles un estudio. Quiero volver los días que hagan falta para entender ya no solo la historia de las mujeres de Rivas-Valverde, sino todo cuanto esconde esta casa. Un proyecto que en breve pondré en marcha.
Nazario y los agentes presenciaron la liberación de las Almas atrapadas con la lógica tensión que el mismo hecho acarrea. Tuve que ayudarles a salir de la impresión. Explicarles varias cosas que ahora ya, después de lo vivido, creerán a pies juntillas durante el resto de su vida. ¡Qué fácil resulta aclarar todo este mundo a quien ya tuvo una primera experiencia!
Los cuatro cogimos aire y nos decidimos a entrar en el cuarto. Una habitación a la que nadie entraba en años y que nos deparaba otra funesta sorpresa: encontramos a los dos desaparecidos tirados en el suelo y muertos. Ya sí que entonces preferimos darnos por vencidos y solicitar ayuda. Las siguientes horas fueron turbulentas e interminables: preguntas, dudas, Guardia Civil, forenses, prensa, gente por todos lados; pero para nada tan complicadas y angustiosas como el tiempo pasado junto al Espíritu.
Gracias a Dios, esa misma noche pude regresar a casa e incluso, Nazario me abonó mis honorarios, algo que ya daba por perdido. Llegué a casa cargado con una colección de libros importante, todos ellos sobre magia, brujería y demás, a cual más antiguo y más interesante. Las palabras del Espíritu fueron un presagio. Los uso y estudio muy a menudo y pongo en práctica sus teorías en cada uno de los nuevos casos de Fantasmas en los cuales participo.
Nunca olvidaré aquella noche, cuando ya de regreso en mi habitación y lejos de sustos, bucles temporales y pactos, aparecieron en el espejo las Almas de nueve muchachas. Vestidas de blanco, con sus cabellos sueltos y gesto alegre, se presentaron de repente en mi cuarto. Entre esas nueve se encontraba el Espíritu que había visto dentro del caserón de Nazario. La misma Alma con quien llegué a pelear y que luego llegó a emocionarme estaba en mi casa. Lo habían conseguido, habían dejado el mal atrás. En ese momento surgían mil preguntas, pero no hubo tiempo; cuando ellas fueron conscientes de que ya sabía de su liberación, se marcharon. Me dejaron con la palabra en la boca, pero enormemente contento y las respuestas…, pues como dijo una de las mujeres Rivas-Valverde, será cuestión de seguir aprendiendo porque sí, es cierto, queda mucho por aprender.
Un aprendizaje que empieza pegando la primera en la frente y tirando por tierra una teoría de las más importantes. En uno de los libros traídos de casa de Nazario, en un tratado de leyes del siglo XVI, está inscrita la norma XXIII. Regla que, además de dejarme tiritando al acabar de leerla, resuelve la duda que más me inquietaba de todas las que me traje de aquel caso. Un precepto que dice así:
«Declárase por esta Santa y Tenebrosa Ordenanza que las Entidades más próximas al Trono del Señor de las Tinieblas podrán quebrantar el ánimo y aun la carne del Alma que mora todavía en cuerpo vivo, siempre que dichas Entidades fueren puestas en riesgo, perturbadas en su morada o turbadas en sus designios.»
O dicho de otra manera y resumiendo, algunas Almas procedentes del mal «sí» pueden llegar a agredirnos físicamente a los vivos… Toca actualizar las teorías.
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