EL OSCURO PASADO DE LA CASONA

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El siguiente texto que a continuación les presento está basado en la experiencia que hemos vivido hace pocas semanas. Mi única pretensión es narrar una simple historia de Fantasmas. En ningún caso pretende hacer apología ni criticar idea política alguna; mucho menos, intenta juzgar nada. Tan solo es otro inquietante caso de extrañas apariciones en el interior de una antigua casona, situada en un solitario pinar.

 

Doce de enero de dos mil dieciséis. A consecuencia de la nevada del día anterior y de la noche tan cerrada, la carretera se hace difícil de transitar. Por suerte, la conozco bien; conduce al pueblo en el que disfruté de muchos veranos a lo largo de mi vida. Tres kilómetros antes, se encuentra mi destino: una antigua colonia de chalets de lujo, de acceso prohibido a toda persona ajena y prácticamente oculta en el interior de un pinar.

Desde la garita del control de acceso, donde un vigilante se encarga de controlar a todo el que entra o sale, todavía hemos de recorrer un par de kilómetros más por dentro de la urbanización. Distancia suficiente para comprobar cuánto ha cambiado; el tiempo hizo verdaderos estragos en ella. Parte de aquellas fantásticas casas son ahora amasijos de tejas, ladrillos y cemento desparramados por el suelo, en tanto que la vegetación se ha dedicado a invadir las antiguas calles y jardines, campando a sus anchas. ¡Qué recuerdos! Junto con la pandilla de amigos, nos colábamos en este recinto con la única intención de conseguir ver de cerca a uno de esos nazis de los que tanto leíamos. Mito o leyenda, desde su construcción circulaba por los pueblos de la zona el rumor de que un nutrido grupo de oficiales nazis vino a esconderse aquí, huyendo del final de la Segunda Guerra Mundial. Nunca pudimos dar fe de ello. No obstante, cuando éramos descubiertos por los guardas de seguridad, corríamos temerosos al pinar a través del cual habíamos entrado con el fin de no dejarnos atrapar. La desbordante imaginación de la niñez nos hacía creer que, si caíamos en manos de los vigilantes para nosotros, meros asalariados al servicio de los nazis—, acabaríamos presos en algún campo de concentración. Quitándonos de en medio, su oscuro pasado seguiría a salvo.

Todo comenzó hace apenas una semana. El horrible sonido del teléfono terminó de lleno con esa inspiración que, desde bien temprano, me ayudaba a poner al día mis notas. Malhumorado, decidí contestar: no escuché nada; nadie hablaba y solo se oía el típico silencio que incita a colgar de forma grosera. De sopetón, un lejano susurro rompió el mutismo: un nombre con sus dos apellidos surgió de repente.

Sí, perdone. Soy Enrique XXXX—.

Sabía quién era. A este señor se le consideraba un economista de prestigio. En alguna ocasión, leí sus predicciones y consejos a la hora de invertir e incluso, también le he visto en programas de televisión; aun así, era incapaz de ponerle cara. Tras varios minutos de razones y pretextos, consiguió que nos viéramos esa misma tarde: tenía algo importante que consultar conmigo. Acabada la conversación, mis dedos teclearon su nombre en el ordenador y enseguida varias fotografías suyas ocuparon la pantalla. Por debajo, una amplia biografía resolvió la duda: Enrique…, reconocido financiero español ya retirado, cuya dedicación y prestigio lo condujeron a gestionar buena parte de las grandes cuentas mundiales.

Pocas horas después, me dirigí al lugar acordado: una conocida cafetería situada en el centro de Madrid y con fama de estar solo al alcance de unos pocos. Si bien odio eso de tener que cambiar la agenda en el último instante, no tuve otro remedio: su voz y la tenaz insistencia por vernos cuanto antes denotaban angustia.

Llegué el último. Lo encontré sentado en la mesa referida durante nuestra conversación telefónica. Antes de acercarme, preferí tomarme unos segundos para observarlo. Su aspecto sorprendía: pasado de kilos, llamaba la atención el ostensible gesto de cansancio marcado en el rostro y la poblada y descuidada barba blanca. Pocos imaginarían que este hombre fuese uno de los mejores economistas que ha dado este país. Poco quedaba del hombre que me mostró el ordenador. Parecía un pobre indigente vestido con un ropaje sobrado de años de uso. A pesar del calor existente en la cafetería, atestada de clientes y con los camareros desbordados de trabajo, él no se había despojado del viejo abrigo negro de cachemir que vestía. Al verme, hizo ademán de ponerse en pie, mientras sus labios trataban de esbozar algo parecido a una sonrisa. La taza de café, a poco de terminar, un plato de postre con restos de algún exquisito dulce y varios sobrecitos de azúcar esparcidos dentro del cenicero delataban la prontitud con la que debió acudir a nuestra cita.

Apenas dos palabras de saludo bastaron de preámbulo antes de acometer la cuestión de nuestro apresurado encuentro. Desde hacía años trabajaba en la idea de reformar la antigua residencia de sus abuelos: una vieja casona situada en el interior de un pinar, justo en la zona menos poblada de una urbanización cuya antigüedad se remonta a principios de los años cuarenta. Le apetecía convertirla en el refugio donde escabullirse del mundo durante largas temporadas. Una vez jubilado, quiso hacer realidad su ilusión; sin embargo, le resulta imposible pasar otra noche más en ella. Al llegar a este punto de la conversación, noté su mirada hundirse en la segunda taza de café. Un ligero gesto de negación que delató la existencia de una contrariedad incapaz de resolver por sí solo. Le embargaba tanto la tristeza, que una lágrima resbaló por su mejilla. Sentí su mano sobre mi brazo, la mirada clavada en la mía y su voz, susurrante y firme a la vez, sonó tajante:

 —¡Tiene usted que ayudarme! En la familia hubo quien cometió errores muy graves y aún los estamos pagando.

A partir de ahí, la conversación surgió de un modo distinto. Libre del peso que le suponía tratar de disimular tal amargura, pasó, de forma menos protocolaria, a describir el problema. Un problema que, en boca de Enrique, de veras sonaba a tragedia. Al cabo de muchos meses de solicitud de licencias, permisos, esperas, discusiones y continuos desembolsos, llegó el día. Por fin, la casa disponía de las condiciones necesarias para instalarse en ella. Se pasaba a la organización interior, que, dada la cantidad de muebles y demás objetos acumulados allí durante años, requería de una dedicación completa. Lo idóneo para hacer frente a tan laboriosa faena, sin duda, era alojarse en la casona.

En la primera semana, aun cuando la tarea únicamente consistía en tirar y tirar cosas inservibles, los muchos viajes de la casona al basurero terminaron por agotarlo; el primer domingo fue incapaz de retomar la labor. Resignado al cansancio, dedicó la jornada a algo que ya desde niño ansiaba poder realizar: husmear a placer por el despacho de su abuelo. Le atraía desvelar los misterios de una estancia, a la cual siempre se le estuvo prohibida la entrada. Durante la niñez se ganó buenos tirones de orejas solo por el hecho de agarrar el pomo de la puerta. En cuanto a su abuelo, persona nada cariñosa, nunca llegó a saber de qué manera obtenía los ingresos capaces de sostener aquella casona y llevar esa vida tan acomodada, en una época donde la hambruna y la falta de trabajo hacían estragos. Algo sí podía asegurar acerca de la desconocida ocupación: generaba gran cantidad de documentos. Abarrotaban las repisas y, sorprendentemente, encontró bastantes documentos redactados en lengua alemana. En definitiva, pasó un domingo agradable: revolvió el despacho de arriba abajo, quitó mucho papel del medio y encontró cosas como viejas estilográficas, libros y otros útiles de escritorio que resultaban apasionantes para alguien aficionado a coleccionar objetos antiguos.

El propósito de su estancia estaba siendo un acierto. Todo marchaba genial hasta una noche: acababa de encontrar un cajón, escondido en el lateral izquierdo de la mesa principal del despacho. Un cajón que solo se abría por medio de un resorte que le costó Dios y ayuda encontrar. Al abrirlo, comprobó que una caja de caudales de complicada apertura era todo su contenido. Por supuesto, de la llave no tenía ni idea de dónde podía estar guardada; lo mismo se enterró con su abuelo, dentro del bolsillo de su americana. También podría estar entre las pertenencias personales encontradas por la policía en los cadáveres de sus abuelos. Ambos fueron hallados muertos luego de quitarse la vida en un suicidio de común acuerdo. ¿La razón? Otro dato que jamás se supo. Tampoco entendió por qué esa casa quedó cerrada sin que ni sus padres ni nadie volvieran a querer entrar en ella tras este atroz suicidio.

Ni por lo más remoto hubiese imaginado el problema al cual lo empujaba la curiosidad por saber qué guardaba la caja. Efectivamente, la llave capaz de desvelar el misterio colgaba de la cadenilla de un reloj de bolsillo que dio por supuesto sería del abuelo. Sentado en la silla principal del despacho, abrió la caja. Unas cuantas fotografías, entre las que se encontraban las de cuatro hombres y dos mujeres, además de varios carnets de identidad españoles, era todo el contenido. Pero fue al mirar estos documentos por segunda vez cuando reaccionó: Las caras impresas en esa documentación coincidían con la imagen de las personas aparecidas en otras seis fotografías con una particularidad: habían variado su aspecto. Barbas, bigotes, tintes y los cabellos cortados y peinados con estilos distintos transformaban su apariencia real en los DNI. Además, horrorizado, comprobó cómo en las seis fotografías todos ellos, con aspecto sonriente y orgulloso, lucían el uniforme de las “SS” alemanas.

—¡Eran nazis! En la casa de mi abuelo se escondía a nazis —comenta Enrique con voz apagada.   

¡De pronto la puerta del despacho se cerró de golpe, las luces se apagaron y una gélida sensación invadió la habitación!

Alguien le acompañaba. Notaba su presencia…

Lo que fuese, estaba muy cerca de él. Desde poco después de encontrar la caja, Enrique ya tenía la sensación de no estar solo. Sensación que fue desvelándose poco a poco en un inquietante amasijo de sombras y puntos brillantes al final del despacho que, vigilante e inmóvil, parecía observarlo con atención. Al momento, esa mezcla de luces y sombras comenzó a acercarse: cientos de diminutos destellos sobre un marcado tono oscuro fueron componiéndose hasta formar la imagen de seis figuras humanas que fugazmente aparecieron al otro lado de la mesa. ¡No lo podía creer! Bajo esas sombras y luces se ocultaban varias entidades distintas. Eran breves destellos luminosos, capaces de revolotear por delante de él con total naturalidad. Algunos permanecieron inmóviles; el resto oscilaba nervioso por todo el despacho. Enrique no podía moverse ni articular palabra; tampoco conseguía entender nada. Quieto, esperó a que tales destellos decidieran marcharse. Unos minutos después, quizás disuadidos por su quietud, desaparecieron de golpe.

Las lámparas volvieron a iluminar la casa con la misma intriga con que se fueron; pero la tranquilidad de los últimos días nunca volvió a ser la misma. A partir de ese domingo, el ambiente de la casona cambió: parecía como si, a ratos, albergara el incesante trajín de gente deambulando por ella. Puertas cerrándose de golpe, cajones que se abrían hasta caer al suelo, asientos de sillones hundidos durante horas, objetos que regresaban a casa procedentes del basurero, junto a libros, papeles y otro tipo de documentos aparecidos de forma inexplicable encima de las mesas, vinieron a convertirse en una rutina que hacía muy difícil vivir allí con tranquilidad. Ya no hacía falta estar a oscuras para distinguir otros destellos similares a los aparecidos en el despacho. A cualquier hora, con luz o a oscuras, podían apreciarse en cualquier punto de la casa, junto a un constante e ininteligible murmullo que, de buenas a primeras, también se empezó a escuchar.

Aquel día, sentado en esa abarrotada cafetería, aseguró encontrarse muy dolido por haber presentado tan poca batalla. Pensaba que tal vez, si le hubiera puesto más valor, hoy el problema estaría resuelto y nada le impediría cumplir su deseo de vivir en la casona. Por eso, al escuchar hablar de mí y de la profesión a la cual me dedico, no dudó en ponerse en contacto conmigo. En este momento, recién llegados a la casa, me detengo un momento a observar la fachada; creo que nadie pensaría que un suceso semejante a lo ocurrido a Enrique podía acontecer allí dentro. Al entrar, lo noto nervioso. Le cuesta encajar la llave en la cerradura y cuando empuja la puerta, lo hace despacio.

Un modesto recibidor da paso a un amplio salón. Cuatro espectaculares vitrinas, situadas en cada una de las esquinas y repletas de figuras de porcelana, sobresalen del resto del mobiliario. Antes de que pudiera preguntar, él ya quiere responderme: la decoración se compone tanto de muebles que siempre estuvieron en la casa como de otros traídos por él desde diferentes países.

Toda la vivienda consiste en un gran círculo cuyas dependencias, quince en total, confluyen en el salón principal. Durante el breve recorrido a la que será mi habitación, nos damos cuenta: no estamos solos, alguien más nos acompaña. Un detalle muy bien pensado es que cada cuarto cuenta con su propia cerradura y el interior, lejos de ser una simple habitación, resulta ser un pequeño apartamento compuesto por el salón, la alcoba y un completo cuarto de baño. Mientras deshago la maleta, me doy cuenta de que Enrique no tiene mucha intención de quedarse solo. Por eso, la habitación escogida para mi alojamiento era la única que comunicaba a través de una puerta con el cuarto de al lado, su dormitorio.

Al ir a colgar la ropa en el armario, algo extraño sujeta mis hombros. ¡No puedo soltarme! Lo que sea forcejea conmigo hasta que consigue fijar mi vista en la figura de un soldado reflejado en el espejo.

La imagen es tan fugaz como evidente. Estoy convencido de haberlo visto: el uniforme negro, la gorra bajo el brazo, las botas altas del mismo color y la mirada vacía. Prefiero no comentar nada y Enrique tampoco lo hace, aun cuando supongo que también se habría percatado de la efímera figura. Nos limitamos a terminar de instalarnos conteniendo los nervios, aunque la palidez de su cara delate otra cosa. Al acabar, ya con la grabadora preparada, la cámara de fotos colgada en bandolera y el ánimo desconcertado tras la visión del espejo, visitamos el resto de la casa. Le seguí, en tanto repasaba la escena acontecida. Había algo que llamaba mi atención: El ser que me agarró dentro del cuarto olía a Chanel n.º 5. No soy un erudito en la materia de los perfumes; la identifiqué por coincidir con la utilizada por una mujer muy querida y, por tanto, inolvidable para mí. Estoy convencido de que este detalle significa algo importante.

El frío incomoda tanto que me hace tiritar. El ambiente es muy húmedo y la casa parece una gran nevera. Por esto mismo, la idea de Enrique de tomarnos un café calentito me parece genial. Pero camino a la cocina, un fuerte estruendo nos sorprende:

¡Todas las puertas se acababan de cerrar de golpe! Todas, excepto una…, la del despacho.

A mi entender, el misterioso habitante de la casa acaba de elegir el despacho para un primer encuentro con él. De acuerdo, pero antes quisiera ver las fotografías y la documentación encontradas. Debo conocer el aspecto de esos hombres y mujeres para tener la certeza de que, en verdad, lo que ocurre aquí dentro tiene relación con el contenido de esa caja. Hecha la propuesta, especificando el porqué para que vivo y muerto lo entiendan, nos dirigimos a la habitación de Enrique. Dentro de ella, de nuevo observo a mi compañero atenazado por los nervios. Yo le hablo sin parar con el fin de relajar la tensión; mientras, del interior del armario, Enrique saca la famosa caja escondida entre varios montones de ropa. Este es el lugar donde la reubicó tras encontrarla en la mesa del escritorio. Le tiemblan las manos y le tiemblan bastante como para ser imposible disimularlo y, la verdad, me preocupa que tanta tensión pueda acarrearle algún problema. Sentados sobre la cama, ambos examinamos las fotografías y la documentación oculta en ella. Coincido con su opinión: las personas aparecidas en los documentos de identidad eran las mismas que las de las fotos y, en efecto, se apreciaba el famoso símbolo de la Totenkopf (“cabeza de muerte”), cosido en la solapa derecha de la chaqueta. También resultaba evidente el cambio de aspecto comentado por Enrique. La legendaria leyenda acerca de nazis refugiados en este lugar empieza a cobrar sentido.

Antes de proseguir, prefiero hablar con él. Los dos somos conscientes del siguiente paso: volver al salón y, desde allí, acceder al despacho donde alguien, o, mejor dicho, el Alma de alguien, nos espera. Quiero que conozca a cuánto te arriesgas cuando el destino te empuja a vivir este tipo de situaciones. Nadie tiene la certeza de lo que pueda ocurrir; somos del todo vulnerables. La contestación no se hace esperar y suena rotunda: considera que los hechos tan singulares que allí se están viviendo sean consecuencia del proceder de un único culpable: su abuelo. Por tanto, le corresponde, como sucesor suyo, enmendar estos errores. Su apellido se vio involucrado en una causa horrible. Está manchado con la sangre derramada por el nazismo; no puede quedarse de brazos cruzados, mientras yo, que soy totalmente ajeno a la familia, doy la cara por ellos. Pase lo que pase, asume el riesgo de entrar conmigo. Antes de acabar la frase, se levantó y me apuró a ponernos en marcha. Lo siguiente sería un trago difícil de digerir, pues todo hacía pensar que, en breve, nos veríamos las caras con uno de esos denominados Fantasmas. Lo peor de saberlo era pensar en el tipo de trato que algo así podía dispensarnos.

De camino, la sensación de frío aumentó; parecía cortar la piel. Reconozco que la distancia resultó eterna y que el miedo se convirtió en nuestro nuevo compañero de aventura. Antes de acceder al despacho, Enrique se detuvo. Miró al frente, cogió aire y, decidido, entró situándose detrás de la mesa principal donde permaneció de pie. Lo vi preparado para afrontar un problema del que, lejos de ser el culpable, entendió que debía ser él quien le pusiera fin. Nunca, desde el primer día, le advertí más erguido ni más tranquilo: su gesto serio anunciaba al Fantasma que estaba tardando mucho en aparecer. El hombre de aspecto frágil ha resurgido y ahora, ahí de pie, puedo decir que hasta intimida.

No tenemos que esperar mucho: la puerta se cierra despacio a la vez que la luz pierde intensidad hasta dejarnos en penumbras. Sentimos cómo llega. Cómo entra en el despacho. Cómo se acerca. Pero no es solo uno, ¡son varios Espíritus! Sus figuras, semejantes a cientos de diminutos destellos encendiéndose y apagándose a voluntad, dibujan unas personas sobre las cuales se puede distinguir uniformes negros. Las oscilantes siluetas de cuatro hombres y dos mujeres se colocan en hilera frente a la mesa. Se pueden reconocer los rasgos de cada uno:

¡Son ellos! ¡Las mismas personas que aparecían en las fotografías!

Durante unos segundos reina el silencio. Luego, les pregunto el porqué de su presencia todavía en esta casa. Similar a un bronco eco, que repite numerosas veces la misma palabra, suena la voz del que quiere contestar. Nos cuesta identificar cuál de ellos habla. La reverberación producida por el propio comentario retumba por el despacho, llegando a ser molesta. Si la voz en sí impresiona, la contestación termina de descolocarnos:

—Necesitamos ayuda. No queremos irnos así contesta una de las Entidades.

Esas palabras pronunciadas en un castellano con marcado acento extranjero sonaron contundentes. A mí, aun existiendo en el contexto la expresión “necesitamos ayuda”, más que una petición de amparo, me pareció haber recibido una orden de inmediato cumplimiento. En ese instante, un detalle llamó mi atención: salvo la Totenkopf, cosida en la solapa, no distinguí ningún otro distintivo, ni brazalete ni tan siquiera los galones que determinaran su rango dentro del ejército alemán. Tan solo se distinguían restos de hilos sobrevivientes a un fuerte tirón empleado para borrarlos del uniforme.

El despacho vuelve a retumbar cuando la misma voz retoma la palabra: describe el tipo de ayuda que reclaman: ellos no pretenden disculparse y mucho menos ampararse en la conocida excusa de que las barbaries cometidas por el Tercer Reich se debieron únicamente a un obligado cumplimiento de las órdenes. Quieren declararse culpables a ojos del mundo. Estos seis difuntos desean ver, leer y escuchar delante de sus nombres los mismos insultos referidos ya a otros quienes tampoco se atrevieron a plantar cara a sus superiores. Reconocían haber asesinado, torturado y cometido demás crueldades. De la división a la que estaban asignados dependía la seguridad de los campos de concentración, o, lo que es lo mismo, ejercían a modo de verdugos sin escrúpulos en el exterminio de personas indefensas.

Días antes de acabar la guerra, gracias a un contacto que actuaba de espía alemán en suelo español, consiguieron escapar de Polonia y llegar a nuestro país. Escondidos en esta urbanización y ajenos a lo que acontecía por la devastada Europa, pasaron felices los primeros días. Se sabían libres del peligro que les hubiera supuesto permanecer en Polonia, pues de seguro morirían en la horca. Disfrutaban de una nueva identidad con la que gozar de una segunda vida exenta de castigo alguno. Pese a ello, los remordimientos despertaron a medida que esa nueva etapa también les devolvía su lado humano. La misma humanidad que durante años dejaron olvidada en algún rincón inspiraba el arrepentimiento por cada ser torturado, por cada asesinato. Asegura no poder negar que parte de él se alegró cuando ese comando, posiblemente compuesto por hombres de la inteligencia israelí, los rodeara a escasos metros de esta casona y, sin previo aviso, vaciara en ellos el cargador de sus armas. Sus cuerpos tiroteados quedaron esparcidos por el lugar. Minutos más tarde, el matrimonio regente de la casa los enterraría en un rincón del pinar. La tierra recibió sus cuerpos, sus Almas; sin embargo, se negaron a continuar el camino hacia la siguiente morada.

Los seis avanzan hacia nosotros; entretanto, la presión del insólito encuentro no deja de aumentar. Han llegado al borde de la mesa y la cercanía pesa. El perfume advertido en la habitación se vuelve a notar. Emana de una de las mujeres, la cual en ningún momento ha levantado la mirada del suelo. Consciente del acercamiento, mi compañero toma la palabra: si aquellos seres necesitan ayuda, a él, de igual forma, le urge obtener respuestas. Necesitaba conocer todo lo ocurrido durante los días que ellos residieron en la casona y, más aún, agradecería cualquier información referente al hombre que la regentaba. Las seis Almas se miran entre ellas y su extraño fluctuar aumenta durante varios segundos. Me dio la impresión de que los estábamos obligando a contestar respecto de alguien de quien no les agradaba mucho hablar. Es la mujer portadora del perfume, la que, con idéntico tono y ocasionando la misma reverberación, contesta con la mirada fija en Enrique. Sus palabras son tajantes: su abuelo era un espía; de hecho, fue el responsable de que varios exdirigentes del partido nazi y bastantes militares encontraran refugio en suelo español. Lideraba una importante red de compinches tejida por él mismo y cuyo fin consistía en afianzar el espionaje alemán en nuestro país. Llevaba años dedicado a esta función y, para cerciorarnos, bastaría con revolver por el despacho. Entre las repisas, armario y escondrijos, esta Ánima aseguraba que existía la suficiente documentación con la que constatar dichas afirmaciones.

Dos días antes de que los Aliados desembarcaran en la playa de Normandía, ellos llegaron a la estación de tren situada apenas a un par de kilómetros de la casa. Se consumaba así una fuga de la que nadie nunca sospechó. La estrategia de aquella y muchas otras huidas había sido diseñada por el mismo individuo: su abuelo. Al principio, ella reconoció que lo veía como un auténtico héroe, y en esta consideración lo tuvo hasta que los crímenes cometidos en el pasado comenzaron a atormentarla. Con ello, su forma de pensar cambió; de hecho, los seis cambiaron: cualquiera que aún mostrase alguna inclinación favorable hacia el Reich, lo consideraban un sujeto diabólico, capaz de envenenar conciencias y de empujarlas a cometer actos que, en condiciones normales, sin el feroz adoctrinamiento de la propaganda nazi, jamás hubieran realizado. Ambos notamos cómo aumenta su crispación. El rostro de Enrique revela asombro y preocupación por el tono tan rudo empleado ahora por la mujer: sus manos vuelven a temblar de manera sutil. Enseguida, otro de esos militares toma la palabra y con ello, el ensordecedor retumbe propiciado por el exceso de énfasis se calma.

Aunque la voz tiene características similares, el tono suena relajado. No quiere expresar ninguna opinión acerca del tipo de hombre que fue con ellos el antiguo regente de esta casona. Mejor nos contaba cómo pasaron los casi siete meses de estancia vividos con él. Ese gran salvador, el héroe que consiguió librarles de la ineludible pena de muerte, en cuanto conoció sus intenciones de entregarse a las autoridades españolas, pasó a ser un enemigo cruel. Las espléndidas atenciones y las largas tertulias del comienzo se convirtieron en duros reproches y en un pésimo trato. De un día a otro pasaron de una vida confortable a sentirse presos en una cárcel de difícil escapatoria. Les gustase o no, dependían de él: toda la documentación referente a su antigua y nueva identidad estaba en poder de este carcelero, a quien le exasperaba el simple hecho de plantearle el cambio de convicciones o el comentarle cómo ese dolor por los actos perpetrados en los campos de concentración los remordía la conciencia. Arremetía contra ellos con amenazas de deportarlos a un reducto nazi aún sobreviviente en algún remoto lugar de Europa. Los calificaba de cobardes. Los acusó de mostrar tal debilidad mental que de seguro propició el hundimiento del Tercer Reich y, lo peor, tomó medidas a punta de pistola.

Con el paso de los días, la situación se agravó. Comenzó a servirles una simple comida al día que incluía el agua para toda la jornada, además de prohibirles salir de la habitación en la que, en realidad, quedaron recluidos sin poder hablar entre ellos. Tuvieron que volver a enfundarse el uniforme, prometiéndoles que, de no recuperar y proclamar su anterior ideología, esta sería la única vestimenta de la cual disfrutarían. Se quedaban desnudos a orillas del lago cuando recibían la orden de lavar no su indumentaria militar, sino la de cualquier otro compañero. Quien considerase a aquel hombre y a su mujer solo como un matrimonio tranquilo, solitario y celoso de su intimidad, no los conocía bien.

El Alma del soldado definió al abuelo de Enrique como un fanático, un adorador del fascismo capaz de quitar de en medio a todo aquel opuesto a la idea. Por supuesto, entre sus relaciones sociales se incluía gente de muy alta posición. Al poco de saber la idea de sus últimos seis “invitados” de entregarse a los ingleses, fueron bastantes los hombres que pasaron durante el día e incluso por la noche por esta casona. Desde sujetos ataviados de manera elegante, llegados en formidables automóviles y custodiados por fornidos individuos, pasando por otros de presencia sencilla que solo les faltaba arrodillarse y besarle los pies. A partir del momento donde les juró que en poco tiempo volverían a amar el fascismo, siempre estuvo acompañado de cuatro o cinco sujetos, pistola en ristre.

No estaba seguro, pero el exoficial alemán pensaba que con esa actitud, su anfitrión provocó que alguno de esos destacados visitantes temiera que su colérico estado derivase en problemas. La cuestión diplomática no admitía tonterías. A España se la miraba con lupa precisamente por la sospecha de acoger a exdirigentes y militares de la recién derrotada Alemania. El más mínimo detalle en contra hacía que los involucrados en la idea de cobijar a perseguidos temieran ser descubiertos. A alguien con mucho que perder le debió preocupar su obsesión por dar a conocer la intención de estos seis renegados. Suponía correr demasiados riesgos eso de enviar cartas y telefonear a unos y a otros cuando medio país era investigado y el resto espiado.

En la madrugada del siguiente lunes, durante el obligado paseo por el pinar, fueron ametrallados a ojos del matrimonio que, horrorizados, observaron la escena desde la ventana del salón. Todos los habidos en esa casa habían sido traicionados. Alguien filtró su localización y no se conformó con dar parte a los ingleses, sino que entregó el paradero de la casa a la inteligencia israelí. Los seis perdieron la vida en una emboscada en la cual, “por casualidad”, los hombres armados que los vigilaban escaparon ilesos. Pero aun después de muertos, los seis comprobaron que no solo su Alma no partía del lugar, sino que, además, eran conscientes de todo cuanto ocurría a continuación de su muerte. Vieron cómo el regente, su anfitrión y carcelero, sorprendido y asustado, recurría a toda prisa al teléfono para informar del ataque; pero, aunque llamó y llamó, siempre obtuvo similar respuesta: o bien nadie quiso ponerse al aparato, o quienes respondieron, negaron conocerlo; le habían abandonado…

El abuelo de Enrique entró en cólera. Gritó, insultó y estampó contra el suelo todo lo que se puso a su alcance. (Todavía, a nuestra llegada, pudimos observar restos de aquellos objetos). Durante aquel amanecer, el poco juicio que aún albergaba acabó por abandonarle. Su mujer llegó a temer por su vida a costa de los continuos amagos de arremeter contra ella. A pesar de ello, esta ni tan siquiera se planteó la idea de marcharse y desentenderse de él. En calidad de esposa, hizo valer su fe y cumplió con los cánones del matrimonio al pie de la letra: aun en estas circunstancias, permanecería al lado de su marido. Le escuchó, le habló, le trató con tal tacto, que consiguió convencerlo de lo conveniente que resultaba enterrar los cuerpos como primer paso. Los dos cavaron las tumbas a unos cuantos metros de la casa, justo entre un grupo de rocas que parece formar un conjunto megalítico. Todavía hoy pueden verse las esvásticas, las runas Sigel juntas a la Odal, grabadas en las piedras por el matrimonio una vez acabado el sepelio.

Luego de regresar a la casa, ella, mucho más firme y dispuesta, aguantaba impasible las continuas barbaridades proferidas a gritos por el enajenado de su esposo. Tenía muy bien aprendida la forma de proceder si el riesgo de ser detenido se volvía evidente: decidida, abrió la despensa situada en la cocina con el fin de coger un bote de harina cuyo contenido derramó sobre la mesa. Durante segundos rebuscó en ella hasta rescatar dos cápsulas ovaladas de pequeño tamaño. Acto seguido, se acercó a la ventana donde permaneció ausente durante unos minutos; le agradaba respirar el humeante aroma que la cafetera desprendía. Aroma de un café que hubiese dado cualquier cosa por poder volver a disfrutar. Solo y sin azúcar, como a los dos les gustaba tomarlo. Como ayer, cuando ambos desayunaban en esa misma cocina que durante los últimos cincuenta años, madrugada tras madrugada, los vio emprender juntos el día. Toda una delicia. Para ella, el mejor modo de agradecer una visita, de mostrar atención y respeto hacia alguien llegado a la casona, consistía en obsequiarla con una buena taza del mejor café posible. Habría seguido algún tiempo más delante de la ventana de no ser por el ruido de varias sirenas acercándose raudas hacia ellos. Se desató el delantal, acomodó el cabello y despacio, con ese andar cotidiano suyo, caminó hacia él. Le cogió la mano y con la mirada puesta en sus ojos depositó en ella una de las cápsulas, mientras con el minúsculo hilo de voz ya capaz de articular le susurraba que masticara antes de tragar. El hombre enmudeció. Había reconocido la cápsula y la intención que le proponía su mujer: era la píldora del suicidio. Con un pequeño mordisco de los molares sobre la delgada ampolleta que la recubre, esta liberaba una solución concentrada de cianuro de potasio, suficiente para provocar la muerte en escasos minutos.

—¡Yo no puedo hacer esto! —¡Debo estar al lado del Führer!Renegó en un principio el abuelo de Enrique.

Fueron sus últimas palabras antes de que ella le llevara poco a poco la mano a los labios y en total silencio, con la mirada vidriada por el llanto contenido, le convenciera para que, imitándola, introdujera la cápsula en su boca. Frente a frente, cogidos de la mano, cayeron al suelo y…, fallecieron.

Por entonces, sus almas (los seis militares alemanes refugiados en la casona) ya deambulaban por la casa. Prácticamente, este suicidio fue lo primero que presenciaron nada más entrar en ella; contemplaron la escena de principio a fin.

—¡Fue una lástima! —aseguró la resonante voz del Alma de la segunda mujer que ahora nos habla.

Conmovida al recordarlo, agachó la cabeza y, aclarando antes que habla solo desde su experiencia personal, nos relata algo que hasta a ella misma la había sorprendido: A pesar de no tener ya la vida, pese al cruel castigo sufrido de manos de estos dos suicidas, ella, en el momento de verlos morir, ¡percibió sentimientos! El recuerdo del tipo de tiranos en que se convirtieron no la impidió sentir pena al ver los instantes finales de la vida del matrimonio. Un dato muy interesante para quienes seguimos estudiando el mundo de las Ánimas.

Segundos después, vieron una neblina negra emerger desde el propio cadáver y tomar lentamente la forma del difunto. El Alma de ese hombre abandonaba su cuerpo, sí, pero de un modo distinto al de ella y de sus cinco compañeros; de ninguna manera las suyas eran tan negras.

Enseguida los seis se dieron cuenta de que, al igual que ocurría con ellos, esa Alma tampoco seguiría de inmediato el destino que suele acontecer cuando se acaba la vida: El Espíritu del que había sido su carcelero ya también vagaba por la casa.

¡Un fuerte temblor sacude el despacho!

La soldado enmudece justo cuando los cuadros se desprenden y caen al suelo, las persianas se estrellan contra el quicio de la ventana y varios objetos se estampan contra las paredes del salón. Entretanto, un tétrico jadeo avanza hacia el interior del despacho. La casona parece venirse abajo: tenemos que agarrarnos a la mesa; el suelo amenaza con abrirse. Todo retumba, todo se estremece hasta que una oscura sombra se detiene en el umbral de la puerta. El tenso silencio acaba roto cuando Enrique, consternado, exclama una simple palabra:

 —¡Abuelo!

La sombra se veía alta y delgada. Transmite ira; si de veras se trata del abuelo, este desde luego regresó igual de enfadado que se marchó. Los gritos, insultos y maldiciones no tardan en aparecer dando muestra de haber retornado con él. Intento calmar la situación invitándolo a participar de nuestra charla, a indicarnos la razón de su enojo y, si así lo estima, a explicarnos la razón que tiene por propósito perseguir a todo aquel que pretenda vivir en esta casona. Los militares quisieron contestar enseguida: Ellos abrazarían su destino más allá de la vida cuando sus nombres, apellidos y rango quedasen impresos en las hojas de un periódico en el cual se detallaran sus atroces crímenes. A la espera de cumplir su deseo, preferían continuar encerrados en esta casona y nada les convencería de lo contrario. En el caso de la siniestra sombra, no había otra razón más que el propio odio contenido: Estando vivo, juró y perjuró en repetidas ocasiones no dejar este mundo sin antes acabar con la vida de todo bastardo contrario al Reich que anduviera por los alrededores. A continuación, se arrimó a la pared, al mismo tiempo que la señal de un arañazo aparecía despacio en ella, seguido de otra y varias más hasta dejar marcada en la pintura la figura de una esvástica.

No aguantaríamos mucho tiempo: el aspecto de Enrique y mis nervios así lo avisaban. La tensión no dejaba de crecer y todavía se disparó más cuando observamos a la sombra, vuelta de cara a nosotros, mostrarnos enfurecida su extinto aspecto humano. Ya no cabía duda: Su decrépito rostro confirmaba que era el anterior regente de esta casona. Intenté hacerle razonar, probé a convencerlo de la realidad: este plano, este tiempo que ahora vivimos, dejó de corresponderles justo en el momento en que la muerte vino a buscarlos. Todo fallecido pierde el derecho de poder interactuar en él. Por tanto, debían permanecer al margen de todo lo que aconteciera en este espacio, ya solo destinado a gente con vida.

Pero todo esto resulta inútil, no se calma y se acerca. Sus ganas de venganza se pueden palpar, así como los horrores que puede y está dispuesto a cometer con tal de ejecutarla. Frente a frente, una sofocante sensación me asalta de pronto: mi estado de ánimo se está dejando poseer por una rabia capaz de emprender cualquier barbaridad. Intentamos retroceder, pero el reducido espacio apenas permitía alejarnos dos pasos atrás. Dos huesudas manos surgen del interior de la sombra. Al igual que las de Enrique, también se apoyan en la mesa. Los largos y deformes dedos de una de ellas comenzaron a repiquetear en la madera, mientras la otra se arrastra sigilosa hacia mí.

Lejos de poder intentar reaccionar, un espantoso grito brota de las entrañas de la sombra. El típico saludo nazi consiguió estremecernos por completo. Sería intuición, o tal vez fue esa inspiración divina que dicen que acude a nuestro socorro en situaciones difíciles; el caso fue que una idea me surge de repente: en realidad, yo no soy el más adecuado para dirigirme a él. Tan solo puedo ejercer la presión normal que un tercero infunde sobre un Alma que no quiere o no puede abandonar la dimensión que los vivos habitamos. Pero para marcar los límites dentro de esta propiedad, debía ser mi compañero quien se los dejara claros a este espectro; entre ambos existe el vínculo de sangre y, ante tal nexo, tiene la obligación de retroceder, escuchar y respetar. Tenemos que hacerle saber a este monstruo que conocemos las reglas y que sus artimañas para asustarnos solo se pueden quedar en eso, en simples sustos. Enrique lo entiende al instante, aunque sus ojos, clavados en los míos, sugieren albergar un sinfín de dudas.

Mi compañero titubea, no le salen las palabras. Por su frente resbalan las gotas de sudor y le cuesta respirar. Los músculos de su cuello se muestran tensos; carraspea llevándose su mano temblorosa a la boca. Sube y baja la mirada, mientras trata de encontrar las palabras que le permitan comenzar. El espectro ríe a carcajadas. Los soldados en completo silencio intercambian miradas de preocupación y yo…, me temo lo peor. Sin embargo, cuando su abuelo hace intención de volver a gritar, Enrique reacciona y, tras recuperar el porte firme con el que recibió a los seis nazis, estrella el puño de su mano contra la mesa, al tiempo que, a voz en grito, lo insta a permanecer callado.

El silencio se hace durante unos segundos, al tiempo que el rostro de Enrique se endurece. Sus palabras ahora suenan contundentes y marcando terreno. Con tono seco, valiente y plantando cara a todo esto que ya le tiene cansado, deja claro que solo a él le pertenece la toma de decisiones en la casona. Con un temple que me fascina, explica las nuevas directrices, los temas a reemprender y los que ya, definitivamente, quedarían enterrados para siempre. A cada palabra hace valer su autoridad de nuevo regente y, dejándome que le aconseje, ordena a cuanto Espíritu persista aún en la casa a permanecer en lo oculto, impasible a cuanto en ella pueda llegar a ocurrir. Del mismo modo, promete llevar a cabo las acciones que así sean necesarias para cumplir el deseo de los seis soldados arrepentidos. Se ofrece incluso a escuchar, en caso de haberlos, a otros difuntos necesitados de amparo que también deambulen por su casa. Sin que sus palabras pierdan un ápice de aplomo, exhorta a su abuelo a reconocer la pérdida de su estatus. Un Alma de su abuelo que, poco a poco, retrocede desconcertado, incapaz de frenar el arrojo de su nieto. Es como si cada palabra le condenara a su rol de Espíritu. Se debilita: la fuerza inicial con la que irrumpió en el despacho disminuye y la intensidad de su negrura se diluye hasta hacerse casi imperceptible. A pesar de esto, en el instante de salir de la estancia, un nuevo hecho vino a sorprendernos:

¡Un tremendo alarido retumbó en el despacho!

Una parrafada, que sonó como si quien la exclamara estuviera en plena caída a un pozo interminable, pone el punto final a la presencia del peligroso abuelo.

Luego de varios minutos de prudencial espera, los dos nos dejamos caer, sentándonos en el suelo. Lo vi llorar. En verdad, esta era la mejor manera de relajarse tras toda la tensión soportada. Charlamos acerca de toda esta aventura. Está feliz, orgulloso de sí mismo y agradecido por haberle acompañado en tan difícil e increíble experiencia. El ambiente que se respira ahora en la casona es muy distinto; el aire corre fresco, sin ninguna señal de nada de esa irascibilidad del principio.

Pero cuando pensamos que todo había terminado, nuestras miradas volvieron a buscarse sin mediar palabra: un exquisito aroma a café embriagaba el despacho. Deprisa, nos acercamos a la cocina. Tampoco hizo falta decir nada cuando, al entrar, observamos dos tazas y un azucarero dispuestos en la mesa, en tanto una vieja cafetera tiritaba encima del fogón encendido…  

Quién llegara a preparar aquel café fue y sigue siendo una incógnita, aun hoy en día, seis meses después de todo aquello; aunque podemos hacernos una idea que, seguramente, no estará muy lejos de ser la acertada. Enrique y yo pasamos varios días más alojados en la casona y, durante ese tiempo, nada vino a perturbar la paz.

Según he podido averiguar con el tiempo, unos minutos más tarde de que los abuelos de Enrique se quitasen la vida, cuatro miembros de la Benemérita irrumpieron en la casona con la escopeta cargada y los dedos temblorosos. Tras registrarla de arriba abajo en busca de otros perseguidos y hacerse cargo de los cadáveres, una orden, llegada casi al instante del asalto a la vivienda, ordenaba precintarla de inmediato y prohibir el paso a toda persona ajena. Seis meses después, estos mismos guardias civiles eran difuntos. Al parecer, los cuatro antes de morir sufrían de un intenso dolor de cabeza que terminó por borrarles la memoria y nublarles la razón. Fallecieron a manos de la locura.

¿Casualidad? ¿Envenenamiento para evitar que contasen algo relativo a aquella operación tan sensible que no podía ser desvelado? ¿O aquel juramento del abuelo todavía sigue vivo? Quizás nunca renunció a su propósito y aún, hoy en día, esa atormentada Alma permanezca en la casa tratando de acabar con aquellos que no comulguen con su misma doctrina. ¿Pudiera ser que a nosotros nos respetara por el simple parentesco de un abuelo con su nieto?

Al poco tiempo de esta historia, Enrique decidió poner en venta la casona. Ninguno de los posibles compradores que la visitaron terminó por quedarse con ella; la ilusión surgida a la llegada, en el primer momento de verla desde fuera, se apagaba al comenzar la visita interior. Varios jardineros, personal de limpieza, así como diversos vigilantes, decidieron marcharse antes incluso de terminar la jornada del primer día de trabajo. ¿La razón? Ni idea, todos ellos se negaron a contar nada. Ahora mismo, Enrique es la única persona que entra, duerme y puede hacer vida allí sin sentir ninguna sensación extraña que le perturbe. No me cabe duda de que la casa oculte bastante más de lo vivido por nosotros aquella madrugada. No me importa reconocerlo, nos dejamos bastantes cosas sin resolver, sin aclarar, sin saber…  Estoy convencido también de que, por alguna razón, espiritual o mundana, esta encierra un delicado asunto cuya respuesta requiera de bastantes días de investigación.

De todos modos, pronto volveremos e intentaremos que estas dudas puedan quedar aclaradas, aun a sabiendas de que allí, en aquella casona perdida en un pinar, otra historia de Fantasmas nos estará esperando…


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M-000374/2021.