06:00 horas. El despertador suena y un nuevo día comienza al compás de las notas musicales, que apagan mis sueños y me devuelven a la realidad. Afuera, el amanecer tardará al menos un par de horas en presentarse, y el frío no invita mucho a salir de la cama. Pero hoy no hay tiempo para la pereza: un par de casos de supuestas apariciones de Espíritus esperan. Últimamente, los encuentros entre difuntos y familiares se suceden con mayor frecuencia, dejando comentarios, avisos y peticiones que hielan la sangre.
Cerca de una hora después, salgo de casa tras un afeitado exprés y una ducha fría. Antes de comenzar la jornada, haremos una parada en un bar situado a los pies del edificio donde, al parecer, ocurrió la primera de las “apariciones”. Necesito tomar mi americano de primera hora. Disfrutar de una buena taza de un café humeante que, sin azúcar ni artificios, termine de espabilarme.
—¡Otra vez se han dejado los de arriba la puerta del ascensor abierta! En fin, habrá que hacer piernas, algo que no tengo por costumbre y que desde luego vendrá genial para mi eterno dolor de rodillas.
—¿Tampoco funciona la luz…?
Pues, muy bien: no solo hay que llegar al portal a pie, sino que también habrá que ir palpando la pared.
A menudo me pregunto si la oscuridad de este edificio es normal. Sea la hora que sea, siempre que se va la luz, y por muy soleado que esté el día, la claridad se desvanece como si las ventanas situadas entre piso y piso tuvieran los cristales opacos cuando no es así. Encima, estos apagones se han convertido en una circunstancia que ocurre con una asiduidad un tanto extraña e inquietante.
Cada vez que me toca bajar a la calle a pie y en completa oscuridad, en el momento de ir a cerrar la puerta y echar la llave, siempre regresa a mi mente el recuerdo de aquella extraña vivencia. Una experiencia ocurrida por primera vez hace tiempo y que no ha dejado de repetirse cuando se dan estos apagones. Al recordarla, surgen mil preguntas: ¿volverá a suceder hoy también? ¿De un segundo a otro volverán a transformarse los escalones en aquellos viejos peldaños de madera, con los bordes canteados y el centro desgastado que hubo antes de la reforma? ¿Recobrará el pasamanos la textura polvorienta, áspera e irregular, idéntica a la de antaño?
Lo peor de revivir la experiencia es volver a sentir la tensión que la acompaña: en cuestión de segundos, los escalones, los descansillos y hasta las puertas de los pisos se transformarán en otros muy distintos. La madera crujirá en cuanto dé el primer paso, mientras el traqueteo de un bastón impactando contra el suelo sembrará el desconcierto, y un escalofrío me recorrerá el cuerpo. Sentiré un frío seco. Ocupará el espacio que dejó la luz al marcharse. Una brisa gélida que reseca los labios y acelera la respiración tanto… que, más que bajar escalones, parecerá que los estuviera subiendo.
Retomaré la impresión de que alguien sube la escalera al mismo tiempo que yo la bajo. Con la total falta de luz, asomarse por la barandilla para descubrir de quién se trata resultará absurdo, y la impaciencia por encontrarme con ese alguien se disparará sin remedio. Odio el sobresalto que supone coincidir a oscuras con un desconocido nada más llegar a un rellano o al doblar el siguiente tramo de escaleras, y sé que esto ocurrirá en cualquier momento.
Sin darme cuenta, aceleraré el ritmo. Uno tras otro, recorreré inquieto los descansillos, cada parte de esta escalera y, aun seguro de que voy a coincidir —pues lo oigo, lo presiento y porque estoy seguro de que alguien o algo está ahí—, dejaré atrás cada peldaño esperando un encuentro que no acabará de surgir. Cuando por fin llegue a la calle, un suspiro de alivio se escapará de mis labios, en tanto que, presuroso, me alejaré del portal. Me alejaré, sí, pero con una pregunta retumbando en mi cabeza: ¿quién demonios estaba conmigo?
Ahora, tras cerrar la puerta, echar la llave y regresar la mente al momento que nos ocupa, tratando de no pensar en todo lo anterior, estoy listo para marcharme. Son las primeras horas del día; aún es de noche y no hay luz en la escalera. Es decir: las mismas condiciones en las cuales la famosa impresión se hizo notar en ocasiones anteriores, con sus pasos invisibles, la impaciencia y el bastón.
Con cuidado, y apoyándome en la luz de la linterna del móvil, comienzo la travesía justo cuando una pregunta asalta mi mente: ¿y si el primer caso de Espíritus a resolver estuviera en esta misma finca? ¿Y si toda esa extraña sensación fuera causada por un Alma aquí atrapada? Sería tremendo y fantástico a la vez. Me encantaría saber a quién perteneció. Quizá podría tratarse de algún vecino fallecido recientemente. Alguien a quien yo conociera. De hecho, dos de ellos nos dejaron el año pasado, pero que yo sepa, ninguno necesitaba apoyarse en un bastón para caminar.
Y otra cosa: ¿por qué regresar a esta finca después de muerto? ¿Pretenderá dar un aviso, un consejo o habrá vuelto con ánimos de venganza? Desde luego, familiares suyos ocupan ahora el 2.º derecha y, por lo que cuentan, precisamente son a quienes el difunto más tenía entre ceja y ceja; soltaba pestes de ellos.
Pero… ¿Qué es esto? ¡Una corriente de aire me acaba de empujar contra la pared! Ha pasado junto a mí… ¡Dios! ¡Una Presencia estaba conmigo en el descansillo, mientras yo cerraba la puerta de casa!
Sabía que el simple roce con una de estas Entidades podía causar dolor; en cambio, ignoraba que fuese tan desagradable. Ha sido como el filo de un cuchillo deslizándose veloz por mi espalda. De momento, no hay sangre; quizá el corte no sea más que una ilusión, un aviso con sabor a amenaza. Desde luego, intimida: puede ser que esa Presencia esté en el siguiente piso, aguardando oculta en la oscuridad, o aquí mismo, a escasos centímetros de abalanzarse sobre mí.
Con más respeto que otra cosa, llego al último peldaño de este primer tramo. Sin dejar de alumbrar hacia todos lados, apoyo un pie en el descansillo y, despacio, me dejo caer del escalón hasta tener ambos apoyados en el suelo. La linterna no encuentra nada, pero advierto una rugosidad distinta al pisarlo. Escucho mis pasos; un eco metálico delata una superficie dura y granulada a consecuencia de las irregularidades del mármol. ¿Mármol en el suelo? ¡Este suelo nunca ha sido de mármol!
De repente, creo ver algo y la linterna regresa veloz hacia lo que dejó a oscuras hace apenas una décima de segundo. ¡Es un Espíritu! El Alma de un hombre apoyado en la pared con las manos en la espalda, y cuya figura se distingue gracias a una serie de pequeños puntitos multicolores, brillando con tenues y erráticos destellos casi inapreciables.
Rápidamente, pongo mi mente en el llamado “punto cero”: ese complejo estado de conciencia donde el pánico se vuelve soportable, gracias a que la razón concede unos breves minutos de tregua, haciendo la vista gorda ante la inaudita realidad que acontece.
Me mira fijamente, y en su mirada se adivina desolación. Es un hombre cercano a los cincuenta años: moreno, rostro rasurado, delgado y no muy alto de estatura. Viste con un pantalón de tela, raído y empolvado de rodilla para abajo. Una mezcla de esparto y barro cubre sus pies. En su camisa, blanca, desabotonada hasta la mitad y remangada por encima de las muñecas, se muestran amarillentas aureolas de sudor. Probablemente, esta es la vestimenta con la que la muerte le sorprendió estando en plena faena.
Si no me equivoco, llora… o poco le queda para derrumbarse. Pero no lo comprendo: tal y como nosotros lo entendemos, si las Almas no lloran, si no tienen lágrimas que derramar, los ojos de esta Presencia deben de reflejar lo más parecido al desconsuelo más profundo que exista allá en su mundo.
Pasan los segundos y ninguno de nosotros hace nada por romper el hielo. Estoy seguro de que hacerme daño, para nada, es la razón de su aparición. Quizá lo estoy juzgando demasiado pronto —puede ser—, pero en este caso la experiencia creo que también está jugando su papel.
Tras ese interminable cruce de miradas, agacha la cabeza mientras encorva ligeramente la espalda hacia el suelo. Gesto que confirma mi teoría sobre sus intenciones y su condición emocional…
—No… no te asustes, hijo. Soy yo…, Tadeo, ese a quien llamas pa´ arreglar los chanchullos de Mario —habla por fin el Espíritu, sin levantar la cabeza y con tono ahogado. Suena tan conmovido que sus palabras no resuenan como la voz de otras Almas con las que tuve la suerte de coincidir durante estos años de profesión.
—¿Tadeo…? Pero… ¿Cómo puedes ser tú? Te invoco a través de una fotografía que me dio tu hija, mi vecina de arriba, y en ella…
—Sí, en ella soy un viejo. Recuerdo aquella fotografía, la única que me tiraron en mi vida.
—Rosa, tu hija; cree que estás intentando llamar su atención. Que eres tú quien provoca que el marco con tu fotografía caiga de la repisa sin tocarlo nadie. Que la radio se encienda sola. Una radio antigua, aparentemente rota, que aún permanece en la salita donde tanto te gustaba estar, se enciende sola. Se enciende sin estar enchufada ni siquiera al transformador de luz que necesita para funcionar y, siempre, sintonizando una emisora en la cual se habla de toros o se emite flamenco y cante: tus dos aficiones favoritas. Según me cuenta Rosa, en ocasiones su casa huele a ti. Percibe esa fragancia a vainilla y bergamota de tu colonia, imposible de encontrar hoy en día porque ya no se fabrica.
—Sí… todo eso lo hago yo, sí… no me queda otra.
—Asegura que apareces en sus sueños, gritando y tratando de decirle algo que no logra comprender. Con frecuencia, encuentra papeles, notas, fotos de su hijo Mario en lugares donde resulta imposible que ella, tu yerno o tu nieto los hayan dejado. Además, hay veces que te ve… Te descubre de pronto sentado en la butaca de la salita, con las manos apoyadas en el mango de la garrota, la mirada perdida, el cigarro en la boca y mascullando palabras, igual que si conversaras con el locutor de la radio. Un locutor que, inexplicablemente, comenta la actuación de los toreros de un festejo taurino de los años cincuenta o sesenta como si se hubiera celebrado ayer mismo. Ella te ve y escucha esa radio funcionando; una radio en la cual oye un programa emitido hace setenta u ochenta años atrás. ¿Cómo es posible, Tadeo?
—Tengo que avisarla. Esto no se hace sin avisar, ¡que no se hace, hombre! Que no. Lo primero es lo primero… y más cuando se viene a esto.
¿Avisarla? ¿Avisarla de qué? ¿No te das cuenta de lo mal que lo pasa cuando se despierta en mitad de la noche y te encuentra ahí, sentado al borde de su cama, mirándola fijamente? Para ella, aparte de ser un susto terrible, es un sufrimiento que le provoca tensión y una paranoia constante. Estás muerto; te fuiste hace ya más de diez años… ¿Qué asunto tan importante te ha hecho regresar al mundo de los vivos?
—Un mandao impuesto.
—¿Te han mandado venir por tu hija? ¿Puedo saber de qué se trata?
Mis preguntas le hieren. Su respuesta es el silencio, y de nuevo la desolación cubre su rostro. Su mirada vuelve a claudicar, perdiéndose en el mármol tras varios fallidos y titubeantes intentos de encontrar una respuesta que darme. La emoción estremece su débil figura de luz. Tiembla y tiembla hasta que el desconsuelo le vence y cae al descansillo, con la espalda sobre la pared, la cabeza hundida y las piernas dispuestas cada cual a su manera.
No sé qué le ocurre ni cómo ayudarlo. Desconozco si padece las consecuencias de una emoción desbordada, bien por la alegría del todo inesperada, o ahora mismo sufre el angustioso peso de la más triste de las penas. No lo sé. Quizá, por alguna causa excepcional, le hayan concedido un tiempo de reencuentro con su hija, un momento de conversación con ella o unos minutos para dejarle un aviso, una revelación, un consejo o un consuelo. Tal vez sea para que le pueda decir un simple “lo estás haciendo bien, ánimo”. Puede ser también que ese tiempo ya se haya agotado y el motivo de su estado sea que Tadeo no quiera marcharse; no quiera separarse de ella de nuevo.
—Me cayó la faena más jodía. La que no quiere náide.
—¿Vienes a avisarla de algo?
—Ojalá fuera eso…
—¿A darle un consejo o a dejarle unas instrucciones, quizá?
—No. No tengo ná que dejar.
—¿Entonces?
—Siempre ha de venir uno de la familia a por los suyos… Me ha tocao a mí venir a buscarlo, con la muerte pegá al lao. Ya le llegó la hora de irse, que su Alma dice que no puede más. Bastante ha aguantao por alguien que no encara ni sus propios retos. Que no se arrima a ningún trabajo. Que por no dar el callo, como buen vago y embustero, miente al mundo entero. Bruto y canalla… no solo pega y maltrata a quienes le dieron la vida, sino que encima los humilla y castiga. Esa Alma, avergonzá, dice que es mejor dejar paso al siguiente que viene después y darle ya mismito a la muerte el destino de mi nieto Mario.
De repente, el silencio llena el portal y la luz regresa. Estoy solo y los focos vuelven a iluminar la escalera, como queriendo anunciar que esta nueva historia de Fantasmas, que el encuentro con Tadeo, concluía para siempre.
Horas después, un coche fúnebre se detiene frente a la puerta del portal, dando sentido al gesto silencioso con el que Tadeo se despidió. Aquella expresión en su rostro me dejó sumido en una desolación e impotencia que jamás había sentido, mientras una pregunta ruge ahora dentro de mi cabeza: ¿Y mi Alma… estará en paz conmigo y con mi manera de afrontar la vida?
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