SANGRE INOCENTE


Ya cerca del punto de encuentro, la emoción me invade.

Sin duda, este es el caso que más pronto ha despertado mi interés de cuantos he trabajado en los últimos meses. Me tiene cautivado desde anteanoche, cuando la falta de sueño me llevó a revisar el correo en plena madrugada.

El contenido del mensaje era sencillo:

“Buenas tardes:

Mi nombre es Teresa y soy maestra de Primaria en un colegio rural de Toledo. Le escribo porque estoy convencida de que una mujer, antigua profesora también en este colegio y asesinada durante la guerra civil, trata de ponerse en contacto conmigo…”

Antes de terminar de leerlo, ya había decidido que este sería mi siguiente caso. Tras intercambiar varios correos, en los que Teresa me compartía toda la información que ha logrado reunir acerca de la antigua profesora, hoy ya estoy a punto de llegar al lugar donde, en 1936, se cometió una auténtica barbarie.

Durante la tarde de ayer pude repasar en la Hemeroteca Nacional un ejemplar de un antiguo periódico toledano. Un diario de tirada únicamente provincial y fechado en noviembre de aquel año. En él comprobé la veracidad de todos los datos que ella me había enviado sobre el asesinato a tiros de una maestra y sus siete alumnos.

Llevaba impaciente desde anoche; apenas dormí un par de horas antes de poner rumbo a la ubicación donde ocurrió semejante atrocidad. Este también es el sitio elegido para que Teresa y yo nos conozcamos y aquí estoy, bastante tiempo antes de la hora convenida. Cámara de fotos en mano y grabadora encendida, empiezo la primera toma de contacto.

El lugar es una pequeña extensión arenosa presidida por un imponente roble, situada junto a un cruce de caminos. Una encrucijada que conecta tres antiguas carreteras de asfalto agrietado, señales oxidadas y tramos de arena. Amanece y fuera del coche la temperatura resulta algo fría. El aire sopla tranquilo y la soledad del entorno impone. Este árbol fue testigo del horror; si pudiera hablar…

Enseguida mis ojos se centran en una pequeña tablilla clavada en el suelo. Deformada, trata de mantener vivo el recuerdo de una maestra y siete alumnos, tiroteados a los pies de este roble en una fatídica mañana:

«En este paraje sagrado de Dios, les fue arrancada brutalmente la vida a la señorita Dña. María del Carmen (Apellidos), maestra de escuela, y los niños Isidoro, Pablo, Ludivina, Sagrario, Marcial, Asunción y Matías, hijos de (Nombre del pueblo), en la mañana del 18 de noviembre de 1936».

«Se ruega a los señores caminantes detenerse y elevar una oración por la salvación de sus Almas». 

«Que su recuerdo permanezca vivo en la memoria de todos».

Según lo voy leyendo, mi interior se estremece. La tristeza me asalta, la moral se hunde y del ánimo no sé nada.

Las hojas del roble se agitan ahora con fuerza. El viento sacude sus ramas sin pudor, levantando una nube de polvo y arena que me obliga a cerrar los ojos. No había notado este cambio de intensidad hasta ahora. Silba como si escapara de una grieta profunda, silenciando a todo lo demás.     

Creo haber escuchado un griterío. Sí, se escucha. Pero, por Dios, si son llantos. Son niños llorando. Llaman a sus padres y gritan pidiendo que los dejen ir con ellos, mientras una voz femenina clama piedad en tono desesperado. Disparos. Eso han sido disparos. Pero sonaron aquí mismo… No puede ser: estoy yo solo. ¿Y esto? ¿Qué demonios? ¡Mis zapatos! Pequeños caudales teñidos de rojo mojan mis pies hasta que, sin yo saber cómo es posible, todo se silencia. Las ramas se detienen, el polvo se desvanece y el viento trae consigo un único sonido:

“Por piedad, sacadnos de aquí, sacadlos.”

—¿Antonio? ¿Eres Antonio? —pregunta una mujer acercándose por detrás de mí.

Disimulando y con el corazón latiendo a toda máquina, me giro hacia una joven de alegres facciones, cabello corto y atuendo informal que se acerca con paso decidido. 

—Sí, sí. Teresa, ¿no? —respondo, tratando de mostrar una sonrisa creíble.

Sí, soy yo. Qué bien que hayas venido. A pesar de que en los correos te veía interesado en mi “problema”, temía que solo me estuvieras siguiendo la corriente igual que a una loca.

—No, no. Todo lo contrario. Desde el primer momento, tu caso me atrajo mucho. Estaba deseando llegar.

Así que, ¿aquí se produjo la muerte de María del Carmen y la de siete niños comprendidos entre los seis y ocho años?

—Sí. Bueno, a decir verdad, en este lugar aparecieron los ocho cuerpos, el mismo día 18. Pero se desconoce si fue aquí o no.

—¿Por qué?

—Gracias a don Felipe sabemos que los niños estaban apoyados en esa parte del tronco y la profesora delante.

—¿Don Felipe?

—El médico por aquellos años y el primero en examinar los cuerpos. Escribió un diario de memorias del pueblo que todavía se conserva en la biblioteca.

—La profesora intentó protegerlos poniéndose delante de los niños. Debieron de asesinarlos a placer; los pillaron lejos de cualquier ayuda.

—Exacto. Eso mismo se pensó en un principio y fue lo que se le dijo a la gente. Pero ni don Felipe ni la Guardia Civil lo tenían tan claro. De hecho, según el diario del médico, se llegó a la conclusión de que este no podía ser el lugar del crimen por un detalle.

—¿Por un detalle? ¿Cuál?

—Más que por un detalle, sería mejor decir por su ausencia; y es que, en este lugar, no había ni una gota de sangre.

—¿Pero si los mataron a tiros?

¡Claro! Y en los cadáveres encontraron los orificios de las balas. Todos ellos recibieron más de un disparo; solo la maestra recibió seis tiros. No tiene explicación.

—¿Entonces?

—Ni idea. La investigación no logró esclarecer nada, ni se dio con los responsables. Luego, con el tiempo, se asumió y se olvidó.

Ya, pero matar a una profesora y a siete críos…

—Eran años convulsos: la guerra acababa de empezar y sirvió de pretexto para justificar toda clase de atrocidades.

¿Y ese problema con ella? ¿Con la profesora? Bueno… ¿Con el Alma de María del Carmen?

—Sí. Si te parece bien, nos acercamos hasta un bar que está por aquí cerca y te cuento mientras tomamos un café. Son un par de kilómetros nada más.

Cada vez más afectado por lo impresionante del suceso, acepto la invitación. Sin duda, un cambio de aires vendrá muy bien.

Efectivamente, la distancia hasta el bar situado a la entrada del pueblo es corta. Apenas he tenido tiempo de organizar sensaciones tras conocerla a ella y visitar el lugar donde supongo que todo comenzó. Teresa me ha causado buena impresión: la veo una muchacha tranquila y, sí, creo que realmente pueda tener un problema, nada fingido ni buscado, con lo que de momento supongamos que es un Espíritu.

Salvo un hombre sentado en una de las mesas leyendo el periódico, no hay nadie más en la terraza. El camarero ya nos ha tomado nota antes incluso de sentarnos y Teresa no se anda con rodeos. Directa al grano, y tras permitirme grabar la conversación, comienza a relatarme una experiencia que ya de antemano promete ser fascinante: 

—La primera vez ocurrió dentro del colegio. Odio llevarme tarea a casa, así que suelo quedarme un rato trabajando después de acabar las clases. Siempre hay exámenes por corregir, lecciones que preparar y demás cosas. Nunca me dio miedo quedarme sola, pese a la leyenda de una mujer y unos niños que se aparecen por los pasillos buscando venganza. Fue gracioso: yo supe de esta leyenda nada más llegar aquí, en mi primer día de trabajo y antes incluso de conocer mi horario de clases.

Todo transcurría con normalidad hasta aquella tarde. Tenía cosas por terminar y me dieron las ocho dentro del colegio. Ya me disponía a recoger cuando la vi… Estaba en la puerta de la clase, mirándome. Sin moverse, sin hacer ningún gesto. Quise pensar que sería una broma, pero el color de su piel y la expresión de su cara me bastaron para descartarlo:

La leyenda era cierta. El Espíritu de la mujer estaba allí, conmigo, en la puerta de la clase.

Te prometo que intenté hablar. Preguntarle si podía hacer algo por ella, pero fui incapaz; solo tartamudeaba.

Además, y con esto pensarás que estoy loca, el colegio cambió: el aula no era el aula donde yo había dado clase, ¿cuándo? ¿Un par de horas antes? Mi mesa se había transformado en un mastodonte de madera y los pupitres se habían convertido en bancos de doble asiento, de madera vieja y pintarrajeada. Las luces eran simples bombillas. La pizarra, el suelo, las paredes, hasta los dibujos de mis alumnos colgados en ellas. ¡Nada estaba igual! Entonces lo comprendí.

—Te fuiste a su tiempo. En ese momento, hasta puede ser que el Fantasma fueses tú. Tú eras la que estabas en 1936 y tú eras quien se apareció en su clase —la interrumpo, tratando de aclarar lo que me parece algo obvio.

—Exacto. Así me sentía. Y más, cuando los niños, o los Espíritus de esos niños, ¡no sé cómo llamarlos!, entraron y se sentaron en los pupitres de forma ordenada. Me miraban con una sonrisa tímida, tan sorprendidos como yo. Eran cuatro chavalines y tres chicas.

Sus cuerpos eran un conjunto de luces de colores distintos brillando con voluntad propia. Igual que si esos destellos dispusieran de la vida que les había sido arrebatada a los niños. Parecía que no pisaban el suelo, que solo lo rozaban. Iban vestidos con unos harapos que daba pena verlos; y dos de ellos descalzos.

Nunca olvidaré aquellas caras: mugrientas, llenas de vida, curtidas a sol y aire e increíblemente tiernas. Sabían cuál era el banco de cada uno. No era la primera vez que se sentaban en esos bancos y, a mí… me enamoraron.

—¿No sentiste miedo?

Sí y no. Al principio, mucho. Tremendo, un horror. Luego, ya un poco después, no. Tampoco era un miedo natural lo que sentía. Era una sensación extraña, algo desconocido para mí.

—¿Y ella? ¿Qué hizo ella?

—Es que no lo sé. Debí de perder el conocimiento o quedarme en la inopia. Cuando quise darme cuenta, estaba despertándome en el aula, con la cabeza apoyada sobre la mesa y tan descansada como si hubiera dormido un día entero.

El caso es que no le di mucha importancia. Llevaba una temporada durmiendo regular por el follón del traslado a este pueblo, la mudanza y los nervios de un trabajo nuevo, así que lo achaqué a que el cansancio pudo conmigo. Me convencí a mí misma de que me quedé dormida, de que había pasado la noche en el colegio y de que todo aquello no sería más que un simple sueño sugestionado por el lugar.

—Y la cosa no acabó ahí.

—No. Aquello fue solo el principio.

Creo que fue al día siguiente, o quizá ese mismo día. No estoy segura. Han pasado tantas cosas… El caso es que las visiones en el colegio se repitieron. En ocasiones, viéndolos a ellos, a María del Carmen y a los niños; otras, solo era el colegio el que cambiaba de aspecto. Creo que he conocido la escuela del año 36 de arriba abajo. Hasta aquella tarde…

—¿Qué ocurrió?

—Como siempre, estaba sola. Habíamos tenido una clase de juegos y estaba colocando los pupitres en su sitio: cuando toca juegos, y no podemos salir al patio debido a la lluvia o al frío, arrimamos los bancos hacia la pared y jugamos en el aula. Ya estaba terminando de colocar los últimos bancos cuando escuché que alguien abría la puerta principal del colegio y entraba.

Me llamó la atención porque, aunque sabía que se trataba de la puerta principal, la que da a la calle, no sonó igual que cuando la abrimos o la cerramos nosotros. A continuación, oí unos pasos, el tintinear de unas llaves y una voz que se acercaba murmurando.

Me siento observado. Sin decir nada a Teresa, recorro la terraza con la mirada. Continuamos el hombre absorto en la lectura de su periódico, ella y yo, nadie más. Me inquieta lo extraño de la situación: el camarero sigue dentro del bar, la calle está desierta y, aun así, la impresión se hace más palpable. Con disimulo, coloco la grabadora con el micrófono hacia arriba. Sospecho que quien nos observa no sea precisamente alguien vivo y, quizás, pretenda intervenir en la conversación.

Pregunté en voz alta quién había entrado y nadie respondió —prosigue Teresa, ajena a lo que podría estar pasando—.  Me tranquilizaba ver que del aula no había cambiado nada, bueno, sí: el silencio. Ese silencio del cual tanto disfruto cuando me quedo sola se hizo tan intenso que podía escuchar los latidos de mi corazón. Sudaba y tenía los pies helados al mismo tiempo. Creo que hasta tiritaba. Entonces llegó la sensación de percibir algo que no podía descifrar. ¡Claro! Más tarde entendería que no la comprendía porque todo aquello no se trataba de un intento de conectar conmigo, sino con mi subconsciente o con mi Alma como dices tú. Estoy de psiquiátrico, ¿verdad?

Tranquila. Notar esa sensación es normal, viene implícita con la experiencia y hay quien opina que es un diálogo entre Almas. Pero, por favor, continúa.

Yo estaba paralizada. Sabía que tenía que hacer algo, pero no reaccionaba y la puerta se abrió conmigo acorralada al final del aula. Había perdido mucho tiempo y ahora no tenía escapatoria.

Quise hacerme la fuerte y avancé por el pasillo, apretando los puños y conteniendo la respiración. Esperaba ver a alguien enseguida. No fue así: se tomó su tiempo provocando una espera desquiciante. Cuando al fin entró, no me lo podía creer: era la profesora, la maestra de esta escuela. La reconocí por las fotos que guarda el colegio de los antiguos alumnos y profesores. Era ella sola, sin los niños.

—Menudo susto. Encima, como tú dices, acorralada. Seguramente la maestra estuvo buscando el momento donde la tuvieras que atender sí o sí.

—Pues, no sé. Desde luego, la primera impresión al verla fue tremenda. Sabía que no era un sueño, que no estaba dormida como pudo ocurrir la vez anterior. Ese Espíritu estaba allí, cortándome el paso.

Luego, despacito, caminó hasta detenerse en el primer banco. La noté tranquila, aunque no dejaba de mirarme. Yo creo que las dos compartíamos el mismo miedo. Con cuidado para no arrugarse la falda, se sentó en el asiento del pupitre. Lo acarició deslizando despacio su mano por el tablero y juraría que un gesto de añoranza apareció en su cara. Ahí todo cambió. Le gustaba estar en la clase. Su expresión no era la de alguien que quisiera hacerme daño. La veía sencilla, triste, demandando consuelo. Además, en vida debió de ser muy guapa.

Me sentí extrañamente bien. Me encantaba su expresión, su peinado recogido en un moño, su abrigo desgastado, sus zapatitos que prácticamente no eran nada. Ese Espíritu es la viva imagen de la sencillez, además de la ternura y la inocencia. Es capaz de arrasar con el miedo en cuestión de segundos.

Cuando habló, lo hizo sin dejarme intervenir:

Aunque sus palabras reverberaban en el aula, percibía el esfuerzo que le suponía hablar. Su tono sonaba quebrado, arrastrando las sílabas. Con una sonrisa forzada, intentaba aparentar una tranquilidad que se desmoronaba con cualquier ruido. Enseguida se giraba deprisa para averiguar de dónde procedía o qué lo había causado. Parecía aterrada. Yo no sabía, ni ahora sé de qué, pero me contagiaba el susto a cada nuevo crujido o sonido inesperado.

Hablaba de aquel día. De la mañana en la que, llevando a los niños a una clase de naturales por los campos que rodean el pueblo, se topó con seis personas: tres hombres y tres mujeres, cuyas Almas debían estar en manos del mismísimo Lucifer.

Al verlos acercarse por la vereda que conduce a la fuente del Resucitado, María del Carmen, confiada, me dijo que permitió que los niños corrieran hacia ellos. La sorprendió encontrar a aquella gente a esas horas por allí, puesto que sabía que sus faenas diarias los esperaban justo al otro lado del pueblo o en sus mismas casas. Ni remotamente sospechó nada hasta que los hombres dejaron ver las escopetas que llevaban consigo, hasta que vio cómo cargaban los cartuchos, hasta que apuntaron a los niños…

Me juró que corrió gritando hacia ellos tan rápido como pudo y que logró ponerse delante justo después de sonar la primera andanada de disparos. Había llegado tarde.

Alcanzó a ver a Ludivina, a Pablo y a Matías caer antes de poder protegerlos. Mientras los atendía suplicando ayuda, escuchó el chasquido de las escopetas cerrarse; las habían cargado de nuevo. Una nueva descarga volvía a retumbar y el cuerpo de Asunción cayó a sus pies, destrozado y temblando sin control. Sagrario y Marcial abandonaron este mundo juntos, abrazados, frente con frente y apoyados en una tapia.

Ella sintió más disparos, el olor de la pólvora impregnar el ambiente, pero no escuchó ni una palabra, ni un lamento, ni una razón. ¿Cómo podía esperar escuchar una razón?, se lamentaba. ¿Qué podía justificar semejante masacre? Alguna tendría que existir. Quizá una locura generalizada entre las seis personas, un engaño que los trastornó, una conspiración absurda o, lo más probable, esos hombres y mujeres habían renegado de su fe entregándose al demonio.

Después, tras sentir cómo su pecho y espalda reventaban en mil pedazos, simplemente, se durmió. Lo hizo despacio, percibiendo cómo su vista se oscurecía poco a poco y con la conciencia incapaz de creerse lo que acababa de ver: ¡quién iba a imaginar que los mismos padres y madres de los niños cometieran tal barbaridad!

—¿Qué dices? ¿Estás segura de que te dijo eso? ¿Que los padres mataron a sus hijos a tiros y después a ella?

—Segura. Y la cosa no termina ahí. María del Carmen también me contó por qué lo hicieron: alguien les hizo creer que acabar con la vida de los niños les libraría a ellos para siempre de la pobreza y de la hambruna.

—¿Y se creyeron semejante tontería?

—Quien los engañó no debía de ser un simple hombre cualquiera, una persona normal. Fue capaz de convencerles de que esa abundancia llegaría en cuanto él poseyera el Alma de los niños.

—Ya. No, no tenía pinta de ser un simple hombre. Pero aun así, ser capaz de matar a un hijo…

—El médico, en sus memorias, también habla de una extraña plaga que asoló campos de cultivo de la provincia durante aquel año. En este pueblo afectó a unos cuantos vecinos nada más.

—Y a los padres de los niños la plaga les perjudicó de lleno. Seguro que fueron precisamente sus campos los que quedaron arrasados. Sin cosecha, arruinados, sin nada que echarse a la boca y, de repente, alguien encantador aparece de la nada ofreciendo soluciones. Luego, la desesperación hizo el resto.

—Eso mismo. ¿Pero tú crees que lo de vender el Alma o eso de las posesiones existe realmente?

—Yo empiezo a pensar que hasta la plaga no fuera una simple plaga, sino un proyecto a largo plazo que salió perfecto.

Las servilletas vuelan y los vasos caen sobre la mesa. Las contraventanas del bar golpean con violencia contra los marcos, algunas sillas se vuelcan y el cartel, con la silueta de un cocinero anunciando el menú, es arrastrado por el suelo a merced de un viento feroz que parece empeñado en tirarnos de la silla.

María del Carmen te dijo algo más, ¿no?

—Sí, pero esto último ya no lo entendí muy bien: dijo que, desde entonces, están huyendo y necesitan que se abra la puerta para que los niños y ella puedan escapar…

Por esto te llamé. Yo no sé a qué puerta se refiere.

—Me gustaría ver el colegio. ¿Podríamos entrar ahora?

—Sí, claro. Aunque hoy aquí es la fiesta del patrón del pueblo, tengo las llaves y podremos entrar. Además, vámonos antes que este aire nos lleve volando.

Una valla de barrotes metálicos rodea una sencilla edificación de piedra, de una sola planta, con dos ventanas a cada lado de una puerta principal precedida por diez escalones bastante altos. Sobre esta, un cartel que clama por ser renovado otorga a la escuela el nombre de un célebre escritor.

Cuando Teresa empuja la puerta, me fijo en el ruido que provoca al abrirse. Tenía razón: es insignificante; dudo mucho que alguien lo escuche desde el interior de un aula.

Al entrar, siento un escalofrío. Todo está a oscuras y se notan las muchas horas que lleva la calefacción apagada. Al parecer, la oscuridad y el frío nos acompañarán durante este intento de contactar con María del Carmen y los niños, pues no hay manera de que el diferencial general del cuadro de luces se mantenga arriba.

Ante nosotros se extiende un pasillo largo, con varias puertas a ambos lados. Teresa, casi susurrando, me describe a qué pertenece cada una de ellas antes de ponernos en marcha. Con las linternas del móvil encendidas, nos adentramos en el colegio.

Despacio y atentos a cualquier ruido, recorremos el pasillo hasta el aula donde ella imparte sus clases. Las persianas bajadas impiden el paso de la luz. El frío se intensifica aquí dentro y los crujidos, tan propios de estos edificios antiguos, nos sobresaltan a cada poco. Teresa golpea mi brazo. Con la luz de la linterna señala la pizarra. Una frase escrita en letras enormes la ocupa por entero: “Vienen a por nosotros.”

Eso no estaba ahí cuando me fui ayer. Fui la última en salir —advierte la muchacha con voz temblorosa, callándose de golpe cuando ambos escuchamos cómo alguien se acerca al aula gritando y a toda prisa. Suena tan aterrador, tan desconcertante, que nos quedamos clavados en el sitio.

¡Algo acaba de pasar por delante de la clase! Ha golpeado el marco de la puerta. Le escuchamos correr por el pasillo, lanzando unos chillidos desgarradores que erizan la piel. No hemos logrado verlo con claridad y, aunque salgo a su encuentro, solo alcanzo a escuchar cómo se cierra la última de las puertas.

Aterrorizados y confundidos a partes iguales, Teresa y yo nos acercamos a esa última puerta. Pertenece al despacho del director y, tras ella, se esconde una presencia. Una presencia cuya forma de gritar, al menos a primera vista, sugiere ser alguien tan asustado como lo estamos nosotros, si no más.

Lentamente, empujo la puerta del despacho. Espalda contra la pared, puños apretados y situados a ambos lados de la puerta, nos preparamos para recibir un nuevo susto, o algo peor, si la suerte no está de nuestro lado. Sin embargo, no ocurre nada. Solo el tic-tac de un reloj colgado en la pared rompe el silencio. Con sumo cuidado, deslizo la luz de la linterna por la parte del despacho que alcanzo a ver. Teresa se encarga de revisar el otro lado, también sin éxito. La parte que hay detrás de un imponente escritorio, dispuesto frente a la puerta, es lo único que queda por comprobar.

¡Algo se ha movido!

Tras un suave sonido casi inexistente y el revoloteo de un puñado de polvo buscando dónde asentarse, la luz ha descubierto una sombra situada detrás del escritorio. Alguien hay ahí.

Haciendo de tripas corazón, entro en el despacho. ¡Hay algo! Sí, seguro que está ahí. Distingo una diminuta nube, similar al vaho que exhala una boca, pero salpicada de puntos luminosos de distintos colores; un detalle que delata la presencia de un ser ajeno a este mundo. Pero no me fío y, antes de acercarme más, dejo que la luz revele qué hay en cada rincón.

Según nos acercamos a la mesa, lo que sea o quien sea se revuelve. Nota nuestra presencia cada vez más cerca y eso le inquieta. Está acorralado y lo sabe. De lo que no parece darse cuenta es de cuánto temor nos produce a nosotros llegar al borde del escritorio. Tres o cuatro pasos antes, me detengo y, con un gesto, indico a Teresa que haga lo mismo. En voz alta invito a la Presencia a que se muestre. Los segundos de espera disparan los nervios. Le explico nuestras nulas intenciones de causarle algún daño y nuestro deseo de que esta tampoco sea su intención.

¡La cara de un niño!

La carita de un niño se asoma por un lado del escritorio. La curiosidad pudo con él y lo ha delatado.

—Son María del Carmen y los niños —murmura Teresa. —¿Sois vosotros, verdad? Soy yo, Teresa. Hablé contigo en el aula. Vengo con ayuda, pero no entendemos de qué huís.

—Queremos hablar con vosotros —añado, respaldando la valentía de Teresa al dirigirse abiertamente a estas Almas sin vida.

Al instante, ocho Espíritus se muestran detrás del escritorio. Efectivamente, son María del Carmen y los siete niños asesinados. Una neblina cubre sus cuerpos a modo de velo blanco que oculta los destrozos causados por los cartuchos. Su aspecto ablandaría la conciencia más dura.  Es una imagen tremenda que cala hasta el punto de hacerme sentir vergüenza ajena; espanto ante las atrocidades que somos capaces de cometer nosotros, los llamados seres humanos.  

Los pequeños mantienen al unísono un gesto simultáneo de curiosidad y timidez. Nos miran con ojos suplicantes en los cuales todavía se adivinan las lágrimas y el espanto. No entienden nada, ni de lo que pasó aquel día de su muerte ni de todo lo que han tenido que sufrir después. ¡Es impresionante! Son como siete libros abiertos, sencillísimos de leer. Siete rostros que narran la misma barbarie, preguntan la misma duda, describen la misma pena y proclaman un mismo miedo.

El semblante de la maestra es todo un poema: el suave balanceo de su figura no impide distinguir el horror en su aspecto. Se la ve agotada y, aunque trata de mantenerse firme, todo en ella indica que está a punto de romperse. Ya no le quedan fuerzas para mucho más, ni aliento para seguir huyendo. ¿Pero de qué huyen?

La voz de la profesora termina con la espera y la emoción del momento. Reverberante y lejana, tal y como describió Teresa, comienza agradeciéndonos el interés por ayudarlos. Explica que su constante huida se prolonga ya demasiado y su captura y puesta a disposición del maligno está cerca de consumarse. La angustia quiebra y detiene sus palabras. Enseguida, trata de sonreír al percatarse de la mirada de los niños, quienes, preocupados, la abrazan desconsolados:

—Las Almas de estas criaturas fueron ofrecidas para sellar un pacto. Un pacto que, desde las entrañas del infierno, reclaman su cobro y estos niños son la moneda con la que se ha de pagar explica la maestra.

Con un notorio esfuerzo por continuar hablando, María del Carmen explica lo sucedido, tratando de justificar lo que, a todas luces, carece de justificación. Estoy seguro de que se ve condicionada a ello porque sabe que los niños están atentos a todo cuanto dice.

—A sus padres les sobrevino la desdicha —indica María del Carmen. —Perdieron cuanto poseían, que sin ser mucho, les llenaba el estómago. Se quedaron sin nada. Desamparados en la fe, cayeron pasto del manipulador, servidor del príncipe de las tinieblas, que con voz melosa y fingida preocupación les tendió la más perversa de las trampas con la que arrebatar la vida a estos inocentes y apoderarse de sus Almas. Nada pudieron hacer para escapar del engaño.

De improviso, un sonido metálico y áspero surge procedente del pasillo. Oírlo amedrenta e hiela la sangre. Jamás escuché algo tan espantoso como ese chirrido tan amenazante.

—¡Ya están aquí! Han vuelto. Vienen a por ellos. Quieren llevárselos. ¡Dios Santo, ayudadles!

—¿Pero qué es lo que viene? ¿Demonios? ¿Y ayudaros? ¿Cómo? ¿Qué necesitáis?

—¡Salir de este mundo! Si los cogen, los arrastrarán a los infiernos.

El sonido ya está muy cerca; recorrió el pasillo antes de lo esperado. La temperatura se dispara: en segundos el calor resulta sofocante. ¡Cuesta respirar! El aire se puede masticar y por el suelo surgen huellas marcadas sobre un polvo grisáceo que se deshace bajo las pisadas. Sin poder hacer nada para evitarlo, el extraño murmullo nos acaba de rodear. Son varias voces riendo a carcajadas que, entre risa y risa, profieren insultos y ofensas a cual más desagradable. Esas carcajadas se clavan como agujas afiladas en mi mente, impidiéndome pensar.

La puerta golpea contra el marco una y otra vez. El escritorio va y viene. La persiana sube y baja de manera violenta. Los objetos del despacho vuelan impactando contra nosotros, igual que si fueran piedras lanzadas con intención de lapidarnos. Al mismo tiempo, un hedor inaguantable que emerge desde el suelo nos corta el aliento. Miro al Alma de la maestra. Valiente, continúa detrás de la mesa, plantando cara al brutal ataque, abrazando a los niños como si pudiera detener el mal con sus brazos. No creo que resista mucho más. Una corriente de aire girando en espiral los rodea. ¡Va a engullirlos! Se los va a llevar. La deuda está a punto de cobrarse. Teresa y yo somos dos muñecos de trapo incapaces de reaccionar. Todo esto nos sobrepasa y temo incluso por nuestras vidas.

En un acto desesperado por evitar lo que ya parece inevitable, cojo de la mano a Teresa y, soportando el enorme dolor que supone tocar a un Espíritu debido a la fricción entre dos planos dimensionalmente distintos, agarro con la otra la mano de uno de los niños. El contacto abrasa mi piel; los músculos se tensan, los dedos se agarrotan, pero aguanto y no la suelto. El gesto provoca un efecto en cadena: María del Carmen, los niños, Teresa y yo, cogidos de la mano y como si fuésemos un solo ser, tembloroso y vulnerable, plantamos cara al abismo. Si alguien quiere llevarse a estos niños al averno, tendrá que hacernos sitio a todos.

Frente a la ira desmedida, encarando la corriente que nos empuja contra el cristal de la ventana ya hecho añicos y soportando el hedor que nos asfixia, les insto a recitar conmigo la invocación que dice:

“Verbo que te hiciste carne… (Continúa)

Te pedimos nos preserves a estas humildes criaturas tuyas de cualquier maleficio, conjuro, hechizo, del malvado brujo, de los malos espíritus y de este acoso del diablo que ahora nos acecha… (Continúa)

Líbranos de él, aun cuando haya por medio pacto tácito o escrito con firma de sangre y voto solemne.”

—¡Dios santo! —grita María del Carmen. —¡Mirad allí!

—Papá, papá —responde una de las niñas—. Es mi papá.

—¡Y también mi mamá! —señala un niño.

En efecto, seis Entidades con forma humana se muestran ahora delante de la puerta… y frente a nosotros. Por cómo los niños los llaman y su insistente empeño en acercarse a ellos, no hay duda: son sus padres, los mismos hombres y mujeres que los asesinaron.

La imagen de estos seis Espectros resulta aterradora. Las marcadas heridas en sus formas grisáceas y los rostros mutilados hablan del brutal castigo sufrido una vez hallaron la muerte. No lo entiendo: ¿son ellos, sus propios padres, quienes vienen a llevarse a los que fueran sus hijos? ¿Todavía creen que arrastrándolos con ellos al infierno saldarán la deuda del macabro pacto? ¿En serio piensan que así podrán descansar en paz?

Eso mismo deben de pensar, porque se acercan. Aunque despacio, cruzan el despacho dejando ver en cada movimiento una estampa dantesca. El primer murmullo anterior se desvanece y ahora el griterío es ensordecedor. Nos están acorralando aún más.

Portan picos, hoces y azadas; el ruido metálico de antes surge de estas herramientas al ser arrastradas por el suelo y, ahora, hiela la sangre. Sus rostros exasperados muestran lesiones que espantan: ojos quemados, bocas cosidas, frentes marcadas… atrocidades que nos acercan a la desesperación. Creo que la única salida para Teresa y para mí es saltar por la ventana.

Sin embargo, la situación está cambiando: la corriente de aire deja de girar en torno a nosotros, cambia de dirección y avanza hacia esas Entidades, arrasando todo a su paso. Se interpone frente a ellas justo cuando ya estaban a punto de apretar sus repugnantes uñas sobre los niños. El mobiliario detiene sus furiosas idas y venidas de pared a pared y los objetos regresan a su lugar de forma lenta y ordenada. ¡Nuestra oración ha surtido efecto!

¡Pero es inaudito! Esta aparente calma precede a un nuevo caos: ¡cientos de manos huesudas y deformes emergen del suelo!

Deprisa, nos subimos al escritorio, aterrados por los violentos temblores y crujidos que se suceden bajo nuestros pies. Algo ocurre: las manos se apartan de nosotros y se abalanzan sobre los padres de los niños, quienes, sorprendidos, intentan defenderse. Empuñan sus herramientas a modo de armas en vano: la fuerza y agilidad de sus rivales en la contienda, sumado a la violencia de sus golpes, acaba por derribarlos. Son implacables y el castigo es brutal: tanto los padres como las madres son golpeados de manera despiadada. 

¡El pasillo se ilumina! Una nube de luz, mezcla de tonos blancos con tintes plateados y destellos dorados, se asienta en el umbral del despacho. Oscila lentamente y su presencia irradia calma. El castigo se detiene. Por momentos, creo distinguir en el interior de la neblina formas humanas. Figuras vigilantes que, cubiertas con hábitos, observan estáticas cuánto sucede. Una de estas figuras extiende sus brazos hacia los padres. Con las palmas hacia arriba y un leve movimiento, concede un permiso que reactiva la furia de las manos.

El entarimado de madera ha desaparecido y un caudal de agua oscura recorre ahora el suelo. Las manos tiran de los padres hacia el fondo, sumergiéndolos entre chillidos y desesperados manotazos, en un intento inútil por liberarse. En apenas unos segundos, nada queda de ellos ni de las manos. Solo permanece la nube de luz. Una nube de luz que se abre por el centro, destelleando sin descanso y con una intensidad imposible de mirar. La abertura ocupa las mismas dimensiones que la puerta. Salir de esta clase significa adentrarte en esa nube, porque del pasillo y del resto del colegio nada se sabe.

Los niños y María del Carmen se alejan de nosotros con un adiós cargado de sentimiento. Emocionados, se encaminan hacia la nube, cogidos de la mano y en fila de uno. La maestra se detiene junto a la apertura, pendiente de la entrada de quienes, hoy por hoy, aún son sus alumnos.

Pero, cuando solo falta uno de los niños por pasar, las figuras envueltas en hábitos monacales reaparecen en la entrada a la nube. Después de invitar a la profesora a entrar, se alinean en hilera horizontal, con los brazos y la cabeza ocultos bajo el hábito.

¡Un niño se ha quedado fuera! ¡No le dejan entrar!

Las figuras se mantienen impasibles mientras el niño, desesperado, lanza súplica tras súplica, implorando que le permitan la entrada. Llora y se arroja al suelo, pataleando con rabia. Llama a María del Carmen y a cada uno de sus compañeros, suplicando que le esperen. Muy enfadado, grita a las figuras sin conseguir que se inmuten, al tiempo que la nube se cierra con la misma tranquilidad con la que se abrió.

¡No puede ser! Esto es imposible.

La voz del niño cambia: se vuelve más grave por momentos, más alta, con un timbre vibrante que denota rabia y enfado. Ahora pronuncia frases desafiantes, cargadas de insultos, mientras patalea y escupe hacia la nube. Impone y aterra cuando, girándose hacia nosotros dos, nos culpa de lo sucedido.

Su rostro se ha cubierto de arrugas y muestra un aspecto decrépito. ¡Es el Alma de un demonio! Su cuerpo, extremadamente delgado y encorvado, es el de un anciano consumido por el tiempo. En su mirada, encorajinada hasta decir basta, se vislumbra un anhelo desbocado de venganza. No lo entiendo, pero creo que le hemos echado abajo sus pretensiones.

Teresa se aferra a mi brazo. Lo tenemos frente a frente. Su boca escupe saliva como un animal enjaulado. De nuevo, sentimos el peligro: si no hacemos algo rápido, no dudará en descargar su ira contra nosotros. El pánico reaviva la idea de saltar por la ventana, más aún cuando nuestras piernas ya rozan los cristales rotos. ¡No podemos retroceder más! O saltamos, o tendremos que enfrentarnos con él en un combate a muerte perdido de antemano. No hay otra salida.

Pero en el instante de saltar por la ventana, el demonio se detiene. Con un movimiento brusco se aleja de nosotros, mirándonos sin que la rabia disminuya un ápice de su rostro. Las manos emergentes del suelo se lo están llevando. Adheridas como lapas a sus piernas, lo sumergen sin contemplaciones hacia lo que quiera que se oculte ahí abajo.

Antes de que la cabeza del demonio desaparezca bajo la madera que se restablece según desaparece, aún tiene tiempo para dedicarnos unas últimas palabras:

—¿Creéis que importa? ¿Creéis haber conseguido algo? Poseyendo a este crío, engañé al alcalde, al médico y a medio pueblo, ¿no está mal? ¿No? Convencí a esos padres para que mataran a sus hijos y me entregaron sus Almas como quien lleva un cordero al matadero. Después recogí a cucharadas sus restos cuando les di la lucidez para que asumieran la culpa de sus actos. Se cocieron a tiros ellos solos. Pierdo seis Almas de niños. Cierto es, pero tranquilos… que otros habrá.

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