TRÁNSITO

La tarde pasa triste. De seguro, es la más desalentadora en años. Si bien ya hace diez días de aquella fatídica llamada anunciándome la muerte de una amiga de toda la vida, sentir esta pena que ahora siento tiene su lógica, pues precisamente hoy, sería su cumpleaños. El disgusto fue grande, muy grande sí, aunque siendo sinceros, también esperado. Ana María, a quién conocería con seis o siete años, de nunca fue una muchacha con una salud de hierro. Se pasó la vida luchando contra las secuelas de una polio que mermó mucho sus condiciones físicas. Ya de pequeña había juegos en los que podía participar solo un ratito. Después, cuando su cuerpo decía basta, se sentaba en el mismo suelo y pasaba el tiempo viéndonos jugar sin perder la sonrisa ni su contagiosa alegría.

Esta tarde, desde cuando salí de casa al poco de terminar de comer, mi pensamiento se centró en ella. Su recuerdo viajó conmigo durante toda la caminata que separa a mi barrio del centro de la ciudad. Más de media hora rememorando innumerables ocasiones en las cuales ella, con más o menos protagonismo, aparecía aportando la mejor solución al último de los problemas, surgido en la pandilla de amigos, proponiendo el mejor plan o soltando el chisme más gracioso. Unas cualidades que, junto a su entusiasmo por vivir, nunca perdería. Nada pudo mitigar ni tan solo un poquito su ilusión de cumplir metas, a pesar de que, últimamente, primero un bastón y luego una silla de ruedas, menguaran aún más su ya limitada calidad de vida. Creo que todos sus amigos la recordaremos de la misma manera: hablando sin parar, con ese eterno gesto suyo de guasa, la sonrisa eterna y aquel inconfundible gorrito azul cielo siempre cubriendo su cabeza.

Hace un par de semanas, al salir de su casa, donde Ana María ya pasaba los días en la cama y apenas conseguía mantener los ojos abiertos, el resto de amigos y yo mismo nos despedimos convencidos de que aquella había sido la última visita.  Ninguno dijimos nada, pero en la mirada de todos nosotros se adivinaba la misma pena. El beso con el cual le dijimos adiós, tenía toda la pinta de haber sido el último. Cinco días después, se confirmaba la fatal noticia: Ana María había fallecido. Se fue, como era de esperar, mientras bromeaba con la chica que la cuidaba desde hacía ya unos meses.

Ahora, recién terminada la primera visita de inspección a un supuesto palacete encantado, situado en pleno corazón de Madrid, el recuerdo de Ana María centra mi pensamiento de nuevo durante el recorrido de vuelta a casa. Camino despacio, lejos de mi habitual paso acelerado. Me acompaña una extraña sensación difícil de explicar. Un algo capaz de apagar toda intención de hacer cualquier actividad que anime la tarde. Para nada es que el Espíritu de mi ya difunta amiga esté aquí paseando conmigo; no, para nada es eso; ¡ojalá! Debe de ser simple nostalgia; los amigos comienzan a irse y eso…, duele. Voy tan sumido en su recuerdo y rememorando tantos momentos con ella, que casi no presto atención de hacia dónde me dirijo. No me preocupa, la dirección a la larga es la idónea y desde niño me gustó perderme por las ciudades. Disfruto descubriendo lugares y comercios hasta entonces desconocidos; es raro que vuelva de un sitio por las mismas calles que llegué a él.

De pronto, cuando estoy pasando por delante de una iglesia, siento una fuerte atracción de entrar. Estoy seguro de no conocerla; ni sabía que en esta calle había una iglesia, a pesar de los muchos años que debe de llevar construida a tenor de su aspecto. Dejándome llevar, pues de siempre he considerado este tipo de atracciones como alertas de obligada atención y cumplimiento, accedo a su interior olvidándome de todo lo planeado para las siguientes horas; pese a no entender el motivo ni vislumbrar el resultado.

Tras entrar por una estrecha puerta de madera, dos voluminosas cortinas preceden al interior. Está oscuro. Tan solo un par de lámparas de techo, con cuatro bombillas cada una, tratan inútilmente de iluminar una docena de antiguos bancos ordenados a ambos lados de un pasillo. Es una iglesia pequeña y fría. De una sola nave, techo bajo abovedado, pila bautismal de piedra y algunas arcaicas figuras de Vírgenes, Santos y Ángeles completan el interior. Una imagen de la Piedad, similar a la de Miguel Ángel, preside el retablo mayor de madera formado por tres cuerpos. Todo en ella es antiguo. Destaca el púlpito. De madera, adornado con tallas de nogal, forma hexagonal y adosado a una columna a pocos metros del suelo, sin duda, es tan digno de ver cómo nada fiable si se fija uno en lo deteriorado de su base. Sin embargo, ¿por qué no puedo dejar de mirarlo si en él no hay nada ni nadie a quien mirar?

A la espera de algún acontecimiento, me siento en la esquina del último banco. La paz y el silencio apagan tensiones. Resulta increíble que pueda existir un lugar así dentro del casco urbano. Estoy solo y se agradece la soledad; me quedaría dormido tan feliz. Pero la posibilidad de caer rendido en manos del sueño no es ninguna preocupación, soy consciente de que estos lugares tan exentos de prisas y bullicios no están hechos para mi disfrute: en breve, el móvil sonará de un momento a otro arrasando con toda esta paz. La urgentísima necesidad de alguien por consultarme alguna cuestión relacionada con el Alma, con una posible aparición de Fantasmas o simplemente para charlar un rato acerca del mundo de los Espíritus, así, como si uno pudiera tomarse el lujo de ponerse a charlar a cualquier hora, acabará de un plumazo con todo este sosiego. Este tipo de interrupciones son habituales en mi vida, domingos, festivos y horas de descanso incluidas y esta tarde no será distinta. Pongamos que son gajes de tener una profesión poco conocida, nada considerada y aún menos aceptada.

De improviso, un texto enmarcado en un viejo y polvoriento cuadro colgado sobre la pared dispuesta al final del banco llama mi atención:

“Las Almas deben volver a entrar en la sustancia absoluta de la que han surgido. Pero para lograr esto, deben desarrollar todas las perfecciones cuyo germen está sembrado en ellas; y si no han cumplido esta condición durante una vida, deben comenzar otra, una tercera, y así sucesivamente, hasta que hayan adquirido la condición que las hace aptas para la reunión con Dios”.

Lo reconozco, es un texto cabalístico recogido en el Zohar. Un libro sagrado para los judíos, escrito por el rabino Shimón Bar Yojai en el siglo II, de obligada lectura para los que hicimos del misterio nuestra profesión; aunque llegar a entender el Zohar, también tenga su aquel. Me llama mucho la atención encontrar un texto de la Cábala hebrea dentro de una iglesia. A continuación de este, descubro un segundo cuadro con otra cita diferente:

“Estoy seguro de que realmente existe la vida de nuevo, que los vivos surgen de los muertos y que las Almas de los muertos existen”.

¿Cómo no reconocerla? Es una cita muy conocida del filósofo griego Sócrates.

Luego hay otro cuadro, y otro más, y así una sucesión de ellos que llegan hasta la pared que envuelve al altar. Cada cuadro resulta más interesante. Me está gustando esta iglesia, me está gustando mucho, pues estos vetustos muros de piedra de seguro ocultan algún misterio. Un misterio que va a quitarme muchas horas de sueño a partir de ahora hasta resolverlo, si llego a ser capaz.

De repente, la puerta de la iglesia se abre y ocho personas, hombres y mujeres, entran caminando dirección al altar en donde ya les espera un sacerdote. Un sacerdote, portando la estola blanca, que no sé cuándo ni por dónde ha llegado a ese altar. Estoy cerca de él, dentro del mismo presbiterio, y no se da cuenta de mi presencia. Puedo ver con todo lujo de detalles a las ocho personas acercándose ordenadamente en fila de a dos. La primera mujer, una joven de no más de dieciséis o diecisiete años, lleva consigo un bebé. Enseguida, el sacerdote baja los dos escalones que separan el altar de la nave principal con las manos juntas en señal de oración y se sitúa junto a la pila bautismal. Los recién llegados hacen lo mismo y se detienen también alrededor de la pila.

Al terminar de colocarse todos junto al sacerdote, el bebé queda frente a mí. Le veo con claridad, tiene los ojos cerrados y está inmerso en un sueño profundo. Será una bobada mía, pero las personas y hasta el mismo sacerdote, dispuesto ya para empezar el acto del bautismo, me resultan familiares. En cambio, no consigo ponerles nombre por mucho que miro sus caras. Tampoco acierto a recordar cuándo y en qué lugar les llegué a ver. Alguno, al notar mi mirada, trata de disimular la típica sonrisita de quién sabe algo importante y no tiene ninguna intención de compartirlo con nadie. De la misma manera, descubro cómo otros de ellos me miran de reojo. ¡Aquí pasa algo!

El bautismo comienza y las ocho personas se centran en escuchar las palabras del sacerdote, invocando a la Santísima Trinidad. El acto transcurre tranquilo, sin más miradas, ni más sonrisas. De pronto, en el instante de acercar al bebé a la pila bautismal… ¡No puede ser! El bebé se ha despertado, sus ojos quedan frente a los míos y ¡no! ¡No es posible! ¡Tiene los ojos distintos! Cada uno de ellos alberga un color cerca de la pupila y después ese mismo color va cambiando según se acerca al borde del iris. Es una extraña anomalía que padecen algunas personas denominada Heterocromía Central. Personas como era Ana María, mi amiga. Cuando estaba viva nunca pudimos saber el color de sus ojos, pues eran multicolor. Podías encontrarla varios colores en cada ojo, completamente diferentes de los visibles en el otro ojo.

El bebé me mira tanto que llega a ponerme nervioso. Aunque lucho por negarlo, sí, no hay duda: ¡son los ojos de Ana María! ¡Son idénticos! Pero… Pero cómo demonios… ¿Eh? ¡No, no, no! ¿Cómo que el sacerdote la bautiza con el nombre de Ana María? ¿Qué dice? No puede llamarse también así; demasiadas coincidencias. ¿Qué…? ¿Qué es todo esto? ¡Sonríe! Ese bebé me acaba de sonreír. El sacerdote y la muchacha se han dado cuenta y ahora se giran hacia mí también sonrientes. ¡No entiendo nada! No quiero entenderlo porque no puede ser posible que esté pasando lo que creo que pasa.

El bautismo termina y yo no puedo dejar de mirar a esa niña recién bautizada; ella todavía mantiene sus ojos fijos en los míos. ¡Es su misma mirada! El mismo gesto alegre en su cara. ¡No ha llorado ni cuando le cayó el agua bendita en la cabeza! Al contrario, se reía en ese momento, algo muy típico de ella. Ana María contestaba con guasa a los problemas. Por supuesto, les prestaba atención y los resolvía, ¡claro que sí!, pero a la vez bromeaba todo cuanto podía acerca de ellos.

¡Cielo Santo! Otra de las mujeres presentes en la ceremonia acaba de sacar de su bolso y le está colocando al bebé… ¡Un gorrito azul cielo! Un gorrito de lana con un tono idéntico al color preferido de Ana María; de siempre gastó gorros de lana y nunca cambió de color. Tras unos segundos de animada charla, risas y felicitaciones, las ocho personas se encaminan hacia la salida, mientras la nueva Ana María, sin dejar de mirarme, me sonríe hasta el último momento.

De nuevo, estoy solo y en completo silencio. El sacerdote desapareció tal y como apareció; sin hacer ruido ninguno. Ahora toca salir de la impresión y, sí, llevará su tiempo. Así que, aprovechando los pocos minutos que tardará el móvil en sonar, me siento en uno de los escalones. Recuperando el resuello, levanto la cabeza hacia la Piedad, quizás esperando algún comentario, explicación o respuesta, que creo que, otra vez, nos va a tocar encontrar solitos tanto a ustedes como a mí.