EL CASERÓN DE LAS BRUJAS

Desde luego, este camino en absoluto invita a bajarse del coche y recorrerlo andando. Aunque acaba de despuntar lo que promete ser un día de cielo despejado y temperatura agradable, este lugar parece estar alejado de la mano de Dios. El estrecho sendero atraviesa un bosque plagado de una vegetación tan exuberante que impide ver más allá de la primera línea de árboles. Resulta un paraje oscuro y misterioso; el escenario ideal donde situar cualquier historia de miedo. Después de superar una horrible zona bacheada, con un barranco al lado de los que hacen tragar saliva, Nazario señala con el dedo, por fin, nuestro destino. Él es un hombre residente en la zona, propietario de varias fincas y quien me llamó para valorar la veracidad de una leyenda y sus posibles riesgos. Según su opinión, esa leyenda sigue muy viva y resulta una devastadora amenaza para quienes se atrevan a entrar en un caserón ya en ruinas.

Varias curvas cerradas preceden a la recta final donde muere el camino, justo a los pies del caserón de piedra objetivo de nuestro viaje. Es una antigua y solitaria casona de la cual apenas quedan en pie unos cuantos muros. Situado a kilómetros del pueblo más cercano, en sus tiempos debió de ser una construcción bastante elegante, pese a la humilde familia que, según Nazario, habitó en ella. Una vivienda heredada de padres a hijos durante décadas. Bueno, mejor sería decir de padres a hijas, porque antes de salir de Madrid ya teníamos un dato curioso acerca de los distintos dueños de esta vivienda: de ninguna mujer de las seis generaciones que la habitaron nació nunca un varón; todas ellas dieron a luz a un solo bebé y siempre fue niña. Seis féminas, hijas únicas, quienes luego, tras contraer matrimonio, continuaron residiendo junto a sus maridos en este caserón. La leyenda prosigue afirmando que dichas mujeres jamás llegaron a salir más allá del perímetro de esta finca.    

Al bajarnos del Volkswagen, el aire sopla con fuerza. Nos empuja hacia atrás como si quisiera impedirnos la entrada a la semiderruida casa. Las ráfagas aumentan la intensidad a cada nuevo paso nuestro. No entiendo este viento tan exagerado y tan decidido a complicarnos esta primera toma de contacto. Nazario sufre para caminar. Él es un hombre ya entrado en los setenta años y, al igual que yo, tampoco destaca por sus estupendas condiciones atléticas. De todos modos, esto es muy raro: cuando me giro para resguardar mis ojos de la nube de polvo que se nos viene encima arrastrada por el aire, observo que los pinos y demás árboles del bosque asentados fuera de la finca apenas se mueven. Pero otra curiosidad surge a pocos metros de alcanzar la escalera de acceso al interior: ¡hay un peto de Ánimas!

Un gran peto de Ánimas de madera con forma rectangular, que misteriosamente se mantiene impasible al paso del tiempo. Dentro del rectángulo se muestra en perfecto estado una escena tallada en relieve de la Virgen María, tendiendo la mano desde los cielos a varias figuras humanas ardiendo en las hogueras del infierno. Dispuestos en las esquinas, cuatro velones blancos se mantienen encendidos a pesar del viento. Son cirios de aquellos favoritos de las brujas de antaño por la nitidez de sus llamas exentas de humo. Un rosario con cuentas de café cuyos granos también se mantienen intactos, la inscripción grabada en el fondo pidiendo una oración por las Santas Ánimas del purgatorio como recién grabada y lo cuidado que se muestra este pequeño oratorio, sugieren que alguien, todavía, cuida de este peto.

Así están cada vez que vengo. Dirás que estoy loco, pero esas velas no se consumen nunca y nunca están apagadas. —Comenta Nazario.

Ya frente a la entrada, el aire cambia de dirección y ahora nos obliga a pasar. Sin tejado alguno y suelo de baldosa cubierto de cascotes, la casa aún conserva las paredes de las diferentes estancias. La distribución es sencilla, un largo pasillo con diferentes habitaciones a ambos lados, acabado en una sala principal con forma circular. Tras encender las grabadoras y preparar la cámara de fotos, avanzo un par de pasos cuando…

De la puerta yo no paso. Yo te espero aquí. —Me avisa Nazario. Pasa tú si quieres. Ten en cuenta que es empezar a recorrer ese pasillo y las sensaciones, voces y visiones raras aparecen de repente. De esta casona se cuenta que siempre estuvo habitada por brujas, y entre estas paredes cocinaban sus conjuros y maldiciones mano a mano con el maligno. Aquí llegaba gente de mucha ralea a pedir “trabajitos” a la bruja que viviera por entonces bajo este techo. Dicen que más de uno de aquellos desgraciados entró y jamás volvió a salir; los encerraban y luego, por la noche, hacían sacrificios humanos con ellos para tener contento al mismísimo Lucifer. ¡Creo que incluso el personal y los maridos de las brujas también estaban hechizados! ¡Vamos! Si yo sé esto…, compra estas tierras, su puñetera madre. Tú mira cuanto tengas que mirar y tranquilo, yo te espero.

―¿Pero todo eso es solo una leyenda o alguien ha visto algo raro en este caserón? ―Le pregunto sorprendido a Nazario. Esta es la primera vez que quien me llama para realizar una comprobación no quiere acompañarme mientras la llevo a cabo y se fía de mi opinión sin conocerme.

―¡Joder! Si ni los guardias forestales quieren arrimarse a esta parte del monte. Hubo un grupo de parapsicólogos de esos que vinieron a inspeccionar la casona, atraídos por la leyenda, y de los tres, dos quedaron chalados y del otro nunca más se supo. Le dejaron en aquel cuarto de allí a él solo con un aparato y los chismes esos puestos en las orejas, grabando no sé qué leches, y cuando volvieron a por él, ya no estaba. Se esfumó. Hace unos quince días, apareció ahí fuera el coche de un chaval del pueblo de al lado y no se sabe dónde anda. Al parecer, vino con intención de investigar la leyenda. Ahora, si entró o no en este lugar del demonio, nadie lo sabe. Pero eso sí, tampoco se le ha vuelto a ver.

Obviando los comentarios de Nazario, me adentro en la casa. Despacio y con mucho cuidado reviso el interior de las estancias. En cada una de ellas todavía encuentro muebles rotos, platos, vasos, algún cubierto, peines, cepillos, ropa y demás objetos, seguramente pertenecientes a la última familia que residió aquí. Los restos del tejado, esparcidos por el suelo, dificultan la labor de caminar y estar atento a cuanto sucede alrededor. Oigo ruidos en la última sala. ¡Hay alguien en ese cuarto! Manteniendo la respiración, me asomo desde el pasillo. De momento no veo a nadie. La estancia se trata de lo que hoy en día llamaríamos un salón comedor, el cual aún conserva indemne todo su mobiliario.

No encuentro la razón de esos ruidos. Sonaban similares a como si alguien caminara sobre estos cascotes. Además, me inquieta otro dato: la razón de cómo, estando a la intemperie esta mesa, las sillas, los butacones y hasta el papel de la pared, sea el mucho polvo adherido a ellos la única falta que se les puede encontrar. No veo en ellos un arañazo, un roto, un descosido, una señal de humedad. ¿Tantos años esta casa abandonada y nadie se ha llevado estos muebles? ¿Y esos libros? Aquí hay bastantes libros antiguos. Pero…, ¡estos libros…! ¡Son tratados de alta magia! En esta página se detalla la manera de crear y lanzar una maldición para no engendrar un bebé mentalmente sano. En la siguiente, explica un mal de ojo contra la suerte. ¡Por Dios! ¡Esto es un antiquísimo tratado de magia negra! De pronto, un cuadro de gran tamaño se descuelga y cae al suelo provocando un fuerte golpe.

El cuadro es un retrato de una mujer que, después de la aparatosa caída, queda de pie, apoyada sobre el suelo y la pared. La imagen de una joven de rostro imponente y cuya mirada no consigo apartar de la mía. Siento algo extraño, no puedo moverme, ni dejar de mirarla, al tiempo que un susurro de voz surge en mi oído avisándome de que, por mi bien, lo mejor será que me marche.

¿Todo bien por ahí dentro? —pregunta Nazario desde la puerta de entrada a la casa.

—Genial, aquí vamos. —Le respondo, no muy convencido.

La voz susurrando en mi oído para nada fue una imaginación. La escuché con toda claridad. Ya no hay duda, esas palabras amenazantes, junto al retrato de esa mujer que no deja de observarme, la mire desde donde la mire, avisan de un nuevo caso. Un nuevo caso de Fantasmas malos, durante el cual, como poco, lo voy a pasar regular. Pese a ello, y ya seguro de que tras ese cuadro se esconde algo peligroso, continúo adelante en busca de detalles que desvelen de qué va todo esto.

Dejando a un lado el misterio, no se puede negar el fabuloso realismo que porta el retrato. El artista plasmó de forma excepcional el semblante serio a más no poder de una joven con la tez tan blanca, que más parece la palidez de quien sufre en extremo o padece una enfermedad de difícil remedio. Ya lo sé, no es más que una pintura, una obra de arte sin duda de algún siglo pasado. En definitiva, un simple cuadro. Pero, si solo es eso, el retrato de una joven… ¿Cómo puede ser que ella acabe de pestañear?  

El susto me hace retroceder. El Espíritu aquí presente lo ha hecho a conciencia, sabía que la miraba y que vería ese pestañeo. Primero trató de asustarme con el susurro de voz anterior y luego con ese gesto provocado aposta. ¡Se mueve! ¡La mujer del lienzo se mueve! Tan pronto el cuadro muestra a una muchacha joven como enseguida la ves envejecer, convirtiéndose en apenas segundos en una anciana de ojos blancos, cabello canoso y rostro poblado de un sinfín de severas arrugas. Sin dejar de mirarme, se acerca al borde del marco. Ese continuado cambio de la juventud a la vejez tan sumamente rápido me causa vértigo. Ella, en cambio, sonríe. No deja de sonreír, esbozando una sonrisa que evidencia superioridad. Ha pasado de ser un dibujo a convertirse por entero en una persona viva situada tras un marco dorado. No queda ni rastro del lienzo, de la pintura, de sus tonos apagados cuando de un salto la mujer intenta abalanzarse sobre mí…

¡Vete, vete, vete! —Vuelve a escucharse de repente a puro grito, en tanto la mujer trata de golpearme con una mano que no sé de dónde demonios sale. Por suerte, algo la retiene en el interior del cuadro. Este Fantasma con apariencia por ahora de anciana fuera de sus cabales, histérica y deseosa de emprenderla a golpes conmigo, por lo visto no puede salirse por entero más allá del marco del cuadro.

Haciendo frente a su mirada, retrocedo un par de pasos. A esta distancia ya no me puede alcanzar; creo… El susto ha sido grande; sin embargo, no, no puedo irme. Si salgo de la casa, el Espíritu se apuntaría una victoria complicada de remontar. Yo mismo le desvelaría cuán aterradora resulta su presencia. Haciendo de tripas corazón, cojo uno de los libros antiguos y me siento sobre la mesa de madera. Mientras ojeo sus páginas, llenas de conjuros y contra conjuros, dato importante, pues este volumen se viene conmigo, la mujer en el cuadro se revuelve. No le gusta verme sentado frente a ella, aparentando una tranquilidad que para nada es real. Ha borrado la sonrisa de sus labios y su boca escupe la típica saliva causada por la ira insuperable. Ver saliva en un Ente es cuanto menos otro dato digno de estudio, aunque no haya por dónde cogerlo.

¡Vete, vete, vete…! Insiste la voz, al tiempo que el marco se inclina despacio de un lado a otro y la mesa se mueve en forma de pequeñas sacudidas cada vez más intensas.

Toca sufrir los habituales trucos utilizados por esta clase de Almas con el fin de asustar. Lo malo es que con este tipo de juegos en realidad los Espíritus pueden hacer daño, no por el truco en sí, porque no dejan de ser meras alucinaciones, sino por el riesgo que conllevan. Un mal paso, un movimiento inadecuado a causa de uno de esos delirios, puede producir una lesión, la cual acarrearía un gran problema. En este momento, yo no puedo asegurar si Nazario se atrevería a entrar en la casa a socorrerme. He de centrarme rápido en el caso y diseñar cuanto antes la estrategia a emplear.

Nazario comentó algo más, algo importante: habló de la desaparición de al menos un par de personas cuando supuestamente inspeccionaban la casa. Puede ser. Quizás la intención de este Espíritu sea la de asustarme, para que mi mismo miedo me haga echar a correr hacia el lugar equivocado; hacia un lugar del cual ya no se regresa. ¿Una puerta a otra dimensión en este caserón? No, no lo creo. Me inclino porque aquí, al día de hoy, reside un Ente con la necesidad de recaudar vidas humanas. Estas ruinas esconden un rincón donde el Espíritu oculta, Dios no lo quiera, a personas vivas para futuros sacrificios.

Soy de los que sí creo que tiempo atrás se realizaran rituales humanos con el fin de conseguir favores del maligno; en verdad los hubo. Yo mismo estudié varios en su día. Aprendí las fechas y otras normas específicas a las cuales están supeditados este tipo de ofrecimientos. Cabe la posibilidad de que hayamos llegado a tiempo y estas dos personas desaparecidas sigan atrapadas en esta casa aún con vida. Va a ser difícil aguantar la presión; los susurros se sucederán de nuevo seguro, como también el sonido de pasos, los gritos, las amenazas o los gestos de la mujer del cuadro. Alguien del otro lado, de más allá de la línea entre vivos y muertos, no quiere ver su secreto revelado y de seguro, no va a ponérmelo nada fácil.

¡Oye! —grita Nazario. ¿Dónde te has metido? Estoy al final del pasillo del caserón con los guardas y no te vemos…

—¡Aquí! En la última de las habitaciones. Al final del pasillo.

Ahí estamos nosotros. En la habitación redonda que tiene una mesa, muebles y el cuadro de una mujer con una cara de mala leche que no se aguanta, colgado de una pared. ¡Anda! ¡Déjate de tonterías y sal de donde te hayas escondido!

Nazario no bromea. En el tono serio de su voz se adivina preocupación. Desconozco si está solo o acompañado, ni qué demonios origina esta circunstancia: los dos estamos en la misma estancia de la casa y no nos vemos. Es más, según hablaba, las palabras de este hombre se escuchaban cada vez más lejanas. Preocupado, y arriesgándome a dar la espalda a la mujer del cuadro, me dirijo a la puerta de la habitación. Desde allí vigilo el retrato al tiempo que miro al pasillo llamando a Nazario. En el trayecto desde la mesa a la entrada, el lienzo vuelve a cambiar. La persona retratada ya no es una anciana ciega, de cabellos dejados y rostro marcado por las arrugas. Ahora es la misma mujer, sí, pero de entre cincuenta y sesenta años, con el mismo gesto severo y bien peinada. Sus ojos también han recuperado el tono verdoso que lucía la primera de las muchachas, la más joven hasta el momento de las que sucesivamente aparecen plasmadas en esta misteriosa pintura. Por otro lado, el pasillo está vacío y nadie contesta.  

Confundido, y todavía sin ser capaz de atar cabos, permanezco en el umbral de la habitación. Algo nuevo ocurrirá en breve. El enigmático envejecimiento o viceversa de la mujer del cuadro, los susurros recomendando abandonar la casa, el no ver a Nazario estando los dos en el mismo punto del caserón, solo son el principio de una situación en la cual los sustos y el miedo serán seguros invitados. Buscamos la razón que ya originó las desapariciones de dos personas: un parapsicólogo y un chaval curioso de conocer los secretos aquí escondidos. Unos hechos salpicados por el influjo de una antigua leyenda de brujas, rituales y sacrificios humanos.

De buenas a primeras, una luz brillante surgiendo desde el suelo se abre camino poco a poco por todo el salón. Paso a paso, cubre muebles, paredes y baldosas, ocultando el polvo acumulado e impregnando toda la estancia de un tono plateado. Consecuencia típica de las luces color plata, el frío se deja notar y aumenta al compás de la luz. De repente, una silueta apenas perceptible pasa por delante de mí, ocultándose tras la mesa. La imagen tiene el tamaño de una persona; es lo único que vi de ella. Al acercarme a la mesa, un fuerte olor me provoca una sensación de mareo tal que da con mis huesos en el suelo. Sentado sobre las baldosas, retrocedo deprisa y el olor desaparece según voy alejándome de la mesa. Solo se nota en esa parte del salón y reconozco a qué huele: se trata del repugnante e inconfundible hedor del beleño negro. Una pequeña planta altamente tóxica por su alto número de alcaloides como la atropina y escopolamina, conocida con el sobrenombre de la hierba de las brujas.

¡Un objeto se acerca volando e impacta en mi hombro! Juraría que fue arrojado desde detrás de la mesa, pero tampoco puedo asegurarlo. Es un libro. Una antigua obra literaria a pesar de su buen estado de conservación. El simple hecho de mirarlo inquieta; es el “Malleus Maleficarum”, o “Martillo de las brujas”. Un texto que reúne todo cuanto se debe saber sobre estas supuestas hechiceras. Dividido en tres partes y escrito por dos frailes dominicos allá por 1486, tiene el fin de probar la existencia de las brujas y el porqué, según su opinión, el Alma de estas mujeres ha de ser purificada en las llamas del fuego reparador.

(En la primera parte de “El martillo de las brujas” se explica cómo efectuar rituales y aquelarres de brujería, las once ceremonias previas a ofrecerse a Lucifer y la escalofriante lista de demonios que Francisco María de Guazzo obtuvo a través de sus arriesgados estudios, detallados en su obra Compendium Maleficarum. El segundo capítulo está dedicado a la elaboración de amarres, conjuros, maleficios y hechizos, entre otras cosas, destinados a generar y curar enfermedades. Sin embargo, el libro, al caer al suelo, quedó abierto en una página de la tercera y última parte.)

En este tercer capítulo se redactaron las formas de liberar a una persona de las calamidades que sufra a causa de la brujería, junto a una serie de explicaciones sobre la diferencia entre posesión y embrujo y las formas de reconocerlos. Supongo que el objetivo de entregarme esta obra será el de interpretar este caso según se detalla en alguna de sus páginas. No obstante, ¿cuál es el problema que ocurre aquí?, porque todavía no lo sé.

Los minutos pasan y nada nuevo sucede. La espera se hace interminable. Impaciente, aguardo un nuevo susto. Un susto que presiento llegará en cualquier momento y, como un pistoletazo de salida, volverá a poner en marcha el misterio oculto entre estas cuatro paredes. Aburrido, camino por el salón de un extremo al otro, cuando, sin darme cuenta, mis pasos se encaminan, ahora, por detrás de la mesa. Intento detenerme, recuerdo el olor y no quiero volver a sentirlo; es horroroso. En cambio, ya es tarde. Ya es imposible no sentirlo y tampoco obviar lo que hay al otro lado de la mesa: las baldosas formando un suelo tipo damero, la pared aguantando a duras penas, el poco cemento y la deteriorada pintura aún sobreviviente y el cuadro apoyado sobre ella y…, ¡no! ¡No puede ser! ¡El cuadro está vacío! ¡La mujer retratada no figura en el cuadro!

El lienzo aparece con las mismas pinceladas de colores intensos y texturas tenues de antes, pero sin ninguna otra figura ni relieve. La mujer protagonista del retrato no está con ninguna de sus tres formas, joven, adulta o anciana, con las cuales antes se dejó ver dentro del cuadro. ¡Alguien me toca el hombro! Está a mi espalda y no veo quién es. Al intentar girarme, no puedo: ha sido una sensación tan sumamente fría y dolorosa sobre mi hombro que necesito sentarme. Retorciéndome de dolor en la silla, tomo conciencia del error cometido: le sigo dando la espalda a quien esté ahí detrás de mí. Ahora escucho el ruido de otra silla. Se arrastra por el suelo, acercándose con prisa, mientras el dolor del hombro se alivia despacio. La segunda silla se detiene muy cerca.

Siento una extraña corriente de aire en la nuca. Se escucha un golpe y, al tratar de comprobar qué demonios ha sido, algo sujeta mi cabeza, obligándome a mirar para delante. No me permite verle y no es una persona; el tacto del ser que sujeta mi cabeza así lo desvela. Nota mis nervios, seguramente también mi miedo, e intenta calmarlos acariciándome despacio el cabello, al tiempo que una voz femenina, dulce y tierna desvela sus intenciones murmurando:

—Tranquilo. Ya no hay por qué correr. Ya nadie ha de venir.

Rápido, estudio cuáles son mis opciones. Desde luego, no estoy colocado en la mejor posición y más me vale negociar rápido y bien. Reconozco que el haberme dejado atrapar, y encima de la cabeza, es un error de novato, de muy novato. También este fallo mío revela con quién toca bailar en este caso. Es un estratega. Un Espíritu con intenciones nada buenas y capaz de esperar su oportunidad, sabedor de que más tarde o más temprano miraría al otro lado de la mesa.

—Tranquilo. En un ratito todo habrá acabado. —Repite el Espíritu.

—¿Alguien estuvo tranquilo a tu lado alguna vez? —contesto, esperando una rápida y feroz represalia, pero decidido a dar guerra desde el minuto cero, aunque el pánico no me deje respirar.

Conozco vuestra historia. Un linaje de hermanas que, por alguna circunstancia relacionada con la falta de personalidad y el nulo carácter, se vieron empujadas a conocer las artes maléficas con el propósito de fastidiar a diestro y siniestro. Vale. Hablemos de ti. ¿Tu primera víctima fue antes o después de quitarte el chupete? ¿Qué le hiciste? ¿Le convertiste en rana, quizás? ¿Cómo te sentiste después de tu primer embrujo? Cuéntame. ¿Contenta por ver a tu mami orgullosa de su pequeña brujita? ¿Mami también te diría que a los vivos solo puedes sugestionarlos? ¿No? ¡No me digas que no te enteraste! ¿Tan cortita eres, hija mía? Nada, tranquila. No pasa nada, yo te lo explico.  Como tú dices, tenemos tiempo. Ya enseñó a dos personas, total, una tercera…

La silla vuelve a arrastrarse por las baldosas, ahora alejándose. ¡Vale! ¡Menos mal! El pánico a su respuesta ya estaba a punto de hacerme tartamudear. Creo que he conseguido desconcertar a quien ya, por fin, puedo ver quién es. Es un Espíritu. En efecto, el Alma de una mujer, que tal y como ocurría cuando estaba dentro del cuadro, cambia de aspecto, de anciana a joven, cada dos por tres. Va y viene de pared a pared con los puños cerrados, mirándome en ocasiones con una sonrisa burlona. Tras un espantoso grito, me tira uno de los libros situados en la repisa. Se está enfadando, pero, insisto, es bueno que no sepa por dónde cogerme. Dicen que al mal se le juega en su terreno, en el enfado, en la burla, en la fe de que pronto se dará cuenta de hasta dónde puede llegar y lo poco que puede hacer si se le planta cara.

Ahora soy yo quien se acerca a él. Me mira asombrada, con una mirada en la cual aún resaltan manchas de sangre reseca dentro del iris. ¡Increíble!

—No te he dicho que te levantes. ¿Por qué te levantas?

—El reuma, ya sabes, te duelen todos los huesos. ¡Ah! ¡Claro! Cómo tú no tienes…

Los libros vuelan hacia mí golpeándome de forma leve, a pesar de las ganas de causar daño con las que son arrojados. El Espíritu cambia de opinión y se acerca deprisa, chillando sin parar y con el peor de sus aspectos: la anciana de ojos blancos, desaliñados cabellos, vestido elegante, rostro plagado de arrugas y uñas largas, rotas y putrefactas. Frente a frente, mi corazón se dispara en tanto el engendro gesticula con la mano, amenazando con agarrarme la cara y clavar sus uñas en ella. Separa sus labios y con su lengua fuera se esfuerza por acercarse más. Asqueroso es la palabra que mejor define el aspecto del interior de su boca. ¿Dónde está esa apariencia común en la mayoría de los Espíritus formada por cientos de hermosos puntitos de colores brillando a voluntad?

—¿Me vas a contar alguna vez qué ocurre en esta casa?

El Espíritu se detiene. Deja de gesticular y no se mueve. Continúa mirándome fijamente. ¡Intenta otro tipo de sugestión! Lo noto, aparto la mirada y retrocedo unos cuantos pasos, hasta volverme a sentar encima de la mesa. Desde esta posición puedo poner una silla entre ella y yo si persiste en buscar mis ojos. Para ellos, la mirada es el acceso más fácil y el camino más corto de llegar a nuestra Alma. El cansancio hace mella en los dos. Ambos estamos haciendo un esfuerzo grande, aguantándonos el uno al otro. Sin embargo, yo sigo sin saber para qué tanto esfuerzo y miedo.

De pronto, oigo gritos. Se escuchan tras una puerta situada al otro lado del salón. Juraría que son personas pidiendo auxilio. Tan deprisa como puedo, me acerco a esa puerta, pero al ir a girar el pestillo, el Espíritu lo impide. Sujeta mi mano con fuerza. ¡Duele! El contacto de su mano duele tanto, que las lágrimas se amontonan queriendo salir todas al mismo tiempo.

—¡No entres ahí! No puedes entrar ahí. ¡Quita! ¡Quita! —grita el Espíritu.

Pegando una patada en la puerta, consigo abrirla, al tiempo que me libero de esa especie de garras que tiene por uñas el Espíritu. Tengo heridas y la mano dormida. Detrás de la puerta hay un cuarto. Una habitación a modo de despensa o pequeño almacén. El suelo es de tablones de madera viejos y deteriorados por la humedad. Dudo si entrar o no: sigo teniendo muy presente la capacidad de estos espíritus para engañar. Ya me pilló antes de espaldas y con el suficiente tiempo para tocar mi cabeza. Su plan puede ser encerrarme dentro de este cuarto. ¡Quizás los dos desaparecidos estén ahí dentro atrapados! Escuché gritos en el interior de este cuarto. Estoy seguro y está claro: alguien entró y ya no pudo salir. ¡Todavía sigue ahí! En breve saldrá. Tiene que salir. Pero, ¿por qué demonios no sale si sigo oyendo gritos? ¿Atados? ¿Almas atadas a una pared? ¡Qué tontería! Un Espíritu se libraría de sus ataduras en el mismo segundo en que su cuerpo pierde la vida.

Grito. Soy yo quien ahora se decanta por preguntar si alguien me escucha dentro del cuarto. Varias respuestas afirmando llegan casi al unísono. Sin perder de vista al Espíritu, que continúa delante de mí sin moverse, les invito a salir. La contestación manda de un plumazo al piso mi nivel de euforia: ¡Un embrujo les impide abandonar la casa! Estos pobres fueron hechizados y condenados a permanecer ahí dentro.

—Serán pasto del señor de las tinieblas. Él nos ofreció la vida eterna gozando de todos los lujos a cambio de sus vidas.

Las tornas han cambiado y el asunto vuelve a estar a favor del Espíritu. Sí, sé que están ahí dentro; ahora bien, ¿qué antídoto utilizo si tan siquiera puedo verlos ni tocarlos un momento? ¿Qué contrahechizo pongo en práctica? Recuerdo el libro. Cuando “El martillo de las brujas” cayó en mis manos, lo hizo abierto por una de sus páginas, en la cual se describía cómo liberar a un Alma poseída bajo su propio tormento. Un clásico hechizo medieval, capaz de convertir aquel hecho más horrible de cada uno, aquel del que más te arrepientes, en un pensamiento repetitivo e imposible de expulsar ni de día ni de noche. La mayoría de quienes lo sufrieron acabaron quitándose la vida ellos mismos. Diviso el libro. Continúa encima de la mesa, abierto por la misma página. ¿Será ese el ritual necesario? Primero hay que conseguir llegar a él; algo bastante complicado. Luego, tocará rezar.

El Espíritu ya conocerá mis intenciones. Su facultad para hurgar en nuestras mentes es enorme. Ambos nos miramos, mientras comienzo a caminar en dirección a la mesa. Soy consciente de que apenas tendré unos pocos segundos para leer el contrahechizo y de que, si no lo consigo o no es el apropiado, esto se pondrá feo. El Espíritu avanza en diagonal con intención de cortarme el paso. Tampoco puede hacer mucho más. Se pega a mí y no sé cómo, pero consigue susurrarme al oído mil palabras sin sentido. La sensación del roce con su hombro vuelve a causarme dolor. Lo sabe e intenta empujar con fuerza; quiere desviarme del camino al libro. Ya al borde de la mesa, se pone delante. El poder de su mirada tumbaría a un caballo y tengo que girarme para rehuir esos ojos a punto de doblegarme.

De repente, me doy cuenta: yo recuerdo contrahechizos. Varios de ellos imposibilitan a un Alma maligna acercarse a menos de un metro de una persona. Es hora de levantar la voz en serio y sin más preámbulos; entono aquel que empieza:

Ego temeré deo animam meam…”

Al acabarlo, se hace el silencio. Un silencio tenso que no da lugar a nada más. El Espíritu permanece inmóvil. Su expresión lo dice todo: para nada debía de esperar que en semejante nivel de presión yo pudiera proclamar un pequeño exorcismo. Aprovechando la oportunidad, me acerco a la mesa, cojo el libro y, arrodillado en el suelo, recito el ritual escrito en la página. Aunque debe leerse tres veces y así pienso hacerlo, al terminar la segunda ya veo al Espíritu retirarse hacia la puerta cabizbajo y desolado. Con su aspecto juvenil, camina despacio, arrastrando los pies, sabedora de que su tiempo en este mundo ya se cuenta por segundos. ¿Cómo puede ser posible que sienta pena por ella? ¿En serio me duele verla así? Bueno, en definitiva, no deja de ser un Alma confundida o a quien confundieron.

La tercera de las lecturas requeridas por el ritual está a punto de terminar; se nota en el ambiente. La luz vuelve a brillar con su intensidad normal, el aire resulta más puro, no hay olores raros y el Espíritu maligno se acerca al umbral de la puerta con intención de marcharse y desaparecer para siempre. Antes de eso, se detiene. Por unos segundos permanece frente a la puerta, mirando hacia el pasillo. Luego, con absoluta calma, se gira hacia mí. Una mezcla de desolación y alegría al mismo tiempo se adivina ahora en su expresión. No entiendo nada y eso me asusta de nuevo. Trata de sonreír, pero como si no se la permitiera o supiera que no es lo correcto, pelea para impedir a sus labios esbozar una sonrisa. El gesto duro y serio también se ha ido, dejando ver el semblante emocionado de una muchacha que, en sus días de vida, debió de ser muy hermosa.

Espera, no te vayas. —Comenta el Espíritu con voz temblorosa. —Estate aquí hasta que veas al cochero salir; fue el primero que entregamos a Belcebú. Le reconocerás por la capa negra, el sombrero de copa y el látigo en la mano. Diles a todos que lo siento, todas lo sentimos mucho; por favor, no se te olvide decírselo. Por suerte, Belcebú no llegará a tiempo para llevárselos. Hace mucho, una de nosotras se equivocó y el fruto de entregarse a esa tentación lo pagamos todas durante generaciones. Esperábamos escapar de aquel acuerdo de reunir Almas a cambio del disfrute de los mejores placeres de la vida. Esta era nuestra verdadera realidad y deseo: librarnos de tal condena. Aunque no lo creas, y te cueste entenderlo, hoy te he ayudado; necesitábamos acabar con todo esto de una vez. Te resultará imposible de creer y lo entiendo. Todo lo ocurrido desde que nos hemos encontrado ha sucedido por una sola causa: la de quedar liberadas. Lo que para ti eran amenazas, eran súplicas de paciencia.

Yo no te agarraba para hacerte daño; te sujetaba para impedir que te lo hicieras tú. Prohibirte entrar en la habitación era evitar que te condenaras.  No obstaculizaba tu camino, te hice llegar en el instante adecuado. ¿Sabes? Me hiciste reír, algo que creía haber olvidado. Vosotros, quienes aún disfrutáis de una vida, solo creéis lo que veis y te prometo que apenas has visto nada de cuanto aquí, en esta casa, ha ocurrido. Igual sigues sin creerme, pero ¿sabes? Hasta el peor de los males, con el paso de los años, se desgasta y pierde fuelle. Todos los males se curan con el paso del tiempo, incluido el peor de todos.

Recoge los libros. Llévatelos todos. Con el tiempo te harán falta, pues te queda mucho por aprender. Acuérdate de nosotras cuando los uses; expiarás un poquito nuestras aberraciones con cada recuerdo bonito. Acuérdate de las maléficas mujeres de Rivas-Valverde; si nos prestas un poquito de atención, tienes con nosotras una larga historia para contar.

La figura del Espíritu cruza la puerta dirección al pasillo antes incluso de que su voz deje de escucharse.

¡Leches! ¡Mira dónde está! ¿Qué haces ahí tirado? Estás pálido, ¿qué ha sucedido? Has visto pasar un segundo a la bruja, ¿no? Si ya te lo decía yo, esta tierra, lo mejor es prenderla fuego y quemar todo el mal que hay en ella. —Comenta alarmado Nazario al encontrarme arrodillado junto a la mesa, en tanto los dos agentes forestales me ayudan a levantarme.

Pero al momento… ¡La imagen impresiona! Del cuarto al cual no llegué a entrar…, ¡sale ahora una hilera de Almas! Almas, estas sí, formadas de una sucesión de puntitos que en el instante de pisar el salón cambian su centelleo vago, negruzco y feo, por un tono brillante de colores alegres. Rápidamente, me acerco a la puerta del cuarto. Cumpliendo la petición del Espíritu, que no sé ni cómo se llamaba, les transmito uno a uno las disculpas de las hermanas Rivas-Valverde. Ninguna de estas Almas dice nada. Por sus ropas, se deduce las distintas épocas en las cuales vivieron. En sus rostros, aún difuminados y casi escondidos tras los destellos de luz, se adivina alegría y la emoción de saber, al fin, cuál será su próximo destino.

No puedo decir con exactitud cuántas Almas salieron de ese cuarto. No fueron pocas ni tampoco una exageración, pero lo realmente conmovedor fue la salida de la habitación del cochero. Tal y como me dijo el Espíritu, portaba su capa negra, su sombrero de copa y un látigo recogido en la mano. Apostaría todo mi reino y creo que no lo perdería; esa Alma, el afligido Espíritu de ese cochero, no quería irse. Su paso lento, deteniéndose a cada poco para mirar la pared situada detrás de la puerta del cuarto, el gesto denotando resignación y tristeza, habla por sí mismo. En esta casa ocurrieron cosas. Cosas de Fantasmas buenos y malos que bien merecen dedicarles un estudio. Quiero volver los días que hagan falta para entender ya no solo la historia de las mujeres de Rivas-Valverde, sino todo cuanto esconde esta casa. Un proyecto que en breve pondré en marcha.

Nazario y los agentes presenciaron la liberación de las Almas atrapadas con la lógica tensión que el mismo hecho acarrea. Tuve que ayudarles a salir de la impresión. Explicarles varias cosas que ahora ya, después de lo vivido, creyeron y entendieron sin duda alguna. ¡Qué fácil resulta explicar todo este mundo a quien ya tuvo una primera experiencia! Los cuatro cogimos aire y, una vez repuestos, entramos en el cuarto. Después, cuando encontramos a los dos desaparecidos tirados en el suelo muertos, ya sí preferimos darnos por vencidos y solicitar ayuda. Preguntas y más preguntas, Guardia Civil, forenses, prensa, gente por todos lados; las siguientes horas fueron turbulentas e interminables, pero para nada tan complicadas y angustiosas como el tiempo pasado junto al Espíritu.

Gracias a Dios, esa misma noche pude regresar a casa e incluso, Nazario me abonó mis honorarios, algo que ya daba por perdido. Llegué a casa cargado con cuatro libros, todos ellos sobre magia, brujería y demás, a cual más antiguo y más interesante. Las palabras del Espíritu fueron un presagio. Los uso y estudio muy a menudo y pongo en práctica sus teorías en cada uno de los nuevos casos de Fantasmas en los cuales participo.

Nunca olvidaré aquella noche, cuando ya de regreso en mi habitación, y mientras hacía sitio a los libros, clavadas en el reflejo del espejo, vestidas de blanco, con sus cabellos sueltos y gesto alegre, las Almas de nueve muchachas se presentaron en mi cuarto. Entre esas nueve se encontraba el Espíritu que había visto dentro del caserón de Nazario. La misma Alma con quien llegué a pelear y que luego llegó a emocionarme estaba en mi casa. Lo habían conseguido, habían dejado el mal atrás. En ese momento surgían mil preguntas: ¿Cómo se les podía haber perdonado tan pronto todo el mal que cometieron? ¿Cómo se puede retener en un cuarto a todo ese número de Almas? ¿Dónde estaba yo cuando Nazario decía encontrarse en el salón? Etc., etc. Pues, como dijo una de las mujeres Rivas-Valverde, será cuestión de seguir aprendiendo porque sí, es cierto, queda mucho por aprender.


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