ARRAIGO

En una mañana cualquiera del presente mes de septiembre, nuestro afán por conocer al detalle la zona nos conduce hasta una pequeña pedanía rodeada de mar y montañas. Ubicada en un perdido punto del centro-oeste con la tranquilidad que solo otorga el periodo vacacional. El día amenaza lluvia; el viento de poniente sopla batiendo olas con tal ímpetu que, para nosotros, quienes somos de secano, resulta todo un oleaje. Cinco escalones de sufrida piedra preceden a un desolado mirador desde el cual la vista surge simplemente…, espectacular.

Foto tras foto, recorro el perímetro del mirador con el mismo entusiasmo de quien encuentra el lugar ideal para poner en práctica algo de la teoría fotográfica aprendida en libros y tutoriales de YouTube. De repente, el visor de la cámara descubre por sorpresa varias construcciones. Unos metros a la derecha, robándole al mar un generoso trozo de orilla, se alzan los ruinosos edificios de una antigua azucarera abandonada. Así lo atestiguan unas desgastadas letras en negro todavía legibles. Gracias al alcance del objetivo, utilizado ahora a modo de catalejo, distingo siete construcciones de amplio grosor, tejado de teja a dos aguas y muros agrietados distribuidos alrededor de un patio circular. Algunos de ellos son depósitos de forma cilíndrica y grandes dimensiones. Pero…

¡Hay un Espíritu! ¡No! ¡Son dos! ¡Hay dos Espíritus!

Como si nos estuvieran esperando, al enfocar sobre el edificio más cercano a la puerta de salida del complejo, las figuras de dos Espíritus aparecen en el centro de la lente. Sus imágenes de hombre y mujer permanecen quietas, mirándonos con atención. Están formadas por cientos de incansables puntos luminosos, centelleando sin parar. Saben de nuestra presencia en el mirador, lo saben y juraría que los vemos porque su intención es esa…, ¡quieren ser vistos! Adiós, tranquilidad. Adiós, periodo vacacional. Adiós, teoría fotográfica. La deformación profesional aparece y lo hace sin atender a razones. Otra imprevista manifestación de Almas en un lugar tan inesperado y solitario, ¡ya lo sé! Pero para mí es imposible no hacerle caso y no atenderlo.

Sin equipo ni preparación, con la meditación en calidad de única herramienta, nos acercamos a la azucarera. El denominado punto cero de la mente consigue evadirme de todo sonido y sensación mundana lo suficiente para empezar a trabajar. Los portones cerrados y las alambradas colocadas sobre unos vastos tabiques de cemento impiden la entrada al recinto. Aun así, es igual: ¡Ahí están! Los dos, el Espíritu del hombre y el de la mujer, se encuentran a unos escasos treinta metros de nosotros. De cara ahora a los portones, continúan aguantándonos la mirada con la misma pasividad de antes. Sin embargo, en un visto y no visto, ambos desaparecen al tiempo que un coche llega y se detiene a poca distancia. Esas dos presencias se han ido y hoy ya no habrá más actividad acerca de esta aparición, pero sin duda habrá otro “encuentro” y seguro que será pronto.

De camino al hotel me siento muy contento, demasiado entusiasmado para que el motivo solo sea haber presenciado otra aparición. Ya son bastantes los “encuentros” vividos y nunca me provocaron este estado de tanta alegría interior. Es cierto que desde semanas antes de venirme de vacaciones, me estuve preparando un par de nuevas teorías con el fin de llevarlas a cabo durante estos días de descanso y quizás, la aparición de esas dos Almas tenga relación con ello. Empeñado en no quedarme estancado haciendo siempre las mismas cosas en este mundo del Abarque de Ánimas, indagué y estudié para adentrarme en dos temas, en mi opinión, preciosos.

El primero de estos asuntos se basa en extraer de estas “conversaciones” con las Ánimas una respuesta efectiva y capaz de acabar de modo radical y con éxito una situación horrible que, por desgracia, cada día sufren más personas; un aprendizaje este todavía en pañales. El segundo tema consiste en obtener alguna contestación al porqué a mí esta tierra me atrae tanto. ¿Por qué desde un mes antes de venir aquí estoy nervioso, impaciente y sin ganas de hacer otra cosa que no sea preparar la maleta? ¿Por qué me encuentro tan a gusto y cuál es el motivo de que la vuelta a casa conlleve sentir una pena en exceso exagerada? Esa misma pena la noté cuando los dos Espíritus desaparecieron. ¿Puede ser cosa del Alma? Cierto es que muchos de mis antepasados nacieron, vivieron y murieron en varios pueblos y en la capital de esta provincia. Pero, ¿de verdad, el Alma puede llegar a reconocer a antiguos familiares y, tras descubrirlos, tratar de no separarse de ellos?

Ya en la habitación, repaso lo sucedido en la azucarera, aunque otro trabajo urgente llegado desde Madrid ocupará su tiempo también. Me ilusiona mucho encontrar un mínimo detalle que vincule la insólita presencia de esos Espectros con alguno de los dos temas estudiados y preparados en casa. ¿Puede ser que vengan a poner fin a uno de esos espantosos problemas referidos antes? O, ¿su retorno al mundo de los vivos es para explicarme cuál es la relación entre esta tierra y yo, si es que de veras existe? A pesar de toda esta emoción, habré de esperar; la solución a estas preguntas requerirá de al menos un par de “encuentros” más, pues algo ocultan esas Almas, imposible de ser desvelado sin su ayuda. Desde este momento comienzo a preparar un posible regreso a este lugar en próximos meses; las vacaciones acaban dentro de seis días y mucho me temo que no sean suficientes. Alojamientos, dónde comer y precios de la zona durante el invierno pasan a ser datos de obligado conocimiento.

Después de pasar la tarde-noche en muy buena compañía y unas horas de sueño escasas a causa de los nervios por volver a la azucarera, nos dirigimos de nuevo a ella con la ilusión de retomar el asunto donde lo dejamos. ¡Cuánto me gustaría poder acceder al interior de esa fábrica y cotillear cómo trabajaban en antaño! Al bajar del coche estamos solos. Únicamente se escucha el sonido de los árboles azotados por el viento de poniente soplando con ganas y el mar rompiendo contra las rocas. Todo lo antiguo me apasiona y, en este momento, allá donde fije la vista, encuentro cosas a cual más arcaica e interesante. Mirando al frente, nos da la impresión de haber retrocedido algún siglo en el tiempo.

El aire de pronto se siente frío, mientras el cielo amenaza lluvia, oscureciendo el panorama, y un fuerte olor surge poco a poco. Un desagradable hedor acompañado de pequeñas gotitas de un líquido incoloro muy caliente que, a merced del viento, caen sobre nosotros de forma leve. Dentro del recinto de la azucarera, la claridad gana una pequeña porción de terreno, generando con ello un hermoso círculo brillante. En segundos, en el interior de la circunferencia puede verse una sucesión de trazos luminosos, los cuales, uniéndose lentamente y sin dejar de resplandecer, llegan a formar dos figuras compuestas por un impresionante abanico de colores. Dos figuras de luz que avanzan hacia nosotros. Dos figuras que a cada paso transforman sus puntos de color en partes tangibles del cuerpo humano. ¡Son ellas! ¡Las dos Ánimas aparecidas ayer vuelven a dejarse ver!

Justo al otro lado de la alambrada, ambos Espectros se detienen. Estáticos, no apartan sus ojos de los míos. Jamás he visto una mirada tan dulce. Es imposible que esa expresión tan inocente oculte la menor intención de hacernos daño. Es la primera vez en todos estos años de trabajo tratando con Espíritus, que, tras aparecerse alguno de ellos delante de mí, no siento nada de miedo. Puedo verlos con todo detalle. Él viste una chaquetilla corta adornada con pasamanería, camisa blanca de cuello desgastado, calzón por debajo de las rodillas, faja enrollada a la cintura, medias altas, albarcas en los pies y pañuelo liso atado sobre la nuca. Ella va más sencilla: un cuerpo con escote de barco y manga francesa, falda de vuelo con motivos florales, delantal de raso, chal sobre los hombros y polvorientas zapatillas de esparto. Los dos cargan con una cesta de mimbre repleta de hogazas de pan.

No encaja. Esos seres surgidos de la nada, con esas expresiones mostrando dolor y ternura al mismo tiempo, me resultan familiares. Tengo la sensación de haberlos visto hace solo unos días. Quizá no hayan sido ni eso, sino que fueran apenas unas horas. ¿Estarían en el hotel? ¿Se morirían al poco de salir nosotros de allí? Mi mente está confundida; los reconoce, sabe quiénes son, pero no quiere admitirlo. Se niega a dejar fluir un dato, un detalle, una voz, un nombre que, de conseguir abrirse paso y ver la luz, aclararía la situación. ¡No consigo recordar quiénes son! Es horroroso saber que la respuesta está ahí, en el interior de tu cabeza, y algo te impide acceder a ella. ¡Míralos! ¡Yo los conozco! Esos rasgos me son familiares, los he visto antes. ¡Estoy muy seguro de conocerlos!

—Condenados, estamos a vagar entre los vivos por culpa de un malaje que eternamente nuestro destino embrujó. Luego de la muerte, errando en pena quedamos. Al cerrar los ojos, nadie vino a buscarnos, ni luego tampoco. ¡Sácanos de aquí y llévanos contigo! Gastamos la misma estirpe, el mismo talante y el mismo oficio. A buscarnos viniste, pues hemos aquí, atados de pies y manos por la mala ventura de curar a quien nunca se debe curar. Un año más y sumará los cien; comienza ya, por favor…

Ha sido la voz del Alma del hombre, quien a poco de terminar de hablar y cogiéndose de la mano de su compañera, se disipa de la escena tal y como apareció.

Necesito unos segundos. Todo ha pasado demasiado deprisa y me falta el aire. Rezo porque la grabadora no fallara y haya recogido cada una de esas palabras. Me noto nervioso, pero ahora debemos actuar según marcan los cánones cuando un Espíritu termina de hablar y decide marcharse sin dar opción a réplica. Hemos de abandonar el lugar ya. ¡Dios! Creo haber entendido que tenemos la misma estirpe y, por lo tanto, esas dos Ánimas… ¡Son ascendientes míos! Es increíble. Si esto es así, se demuestra la veracidad del denominado Tratado para la Evocación de los Ancestros. Un texto anónimo escrito en arameo, cuya traducción, también de autor desconocido, fue atribuida al mismo sir Arthur Conan Doyle. Un tratado puesto en práctica por nosotros en esta tierra el día tres de septiembre del presente año.

De vuelta al hotel, las preguntas se agolpan en mi cabeza, enfrentándose a los primeros planes para tratar este caso. Hoy ya no podrá ser, no podremos hacer nada más; una cita programada para esta tarde con unos buenos amigos, e imposible de anular por esta cuestión, retrasará el comienzo de este trabajo. No pasa nada; a falta de concretar fechas exactas, entendí que disponemos de un año para preparar la solución con la cual las dos Almas o alguna más, en caso de haberla, quedarán libres del embrujo. En cambio, por desgracia, la tarde tampoco será como estaba preparada: inesperadamente, la mala suerte aparece, dicta sentencia y en un santiamén acaba con nuestros días de descanso. Una llamada desde Madrid, alertando de un hecho doloroso y preocupante, nos obliga a volver a casa de inmediato. La urgente despedida con nuestras amigas resulta más dura de lo esperado.

Son muchos y pesados los kilómetros a recorrer y más cuando la noche nos sorprende en la carretera. Pese a ello, y con la lógica preocupación por lo acontecido, causante de este inesperado retorno, rememoro una y otra vez las palabras dichas por el Espíritu desde dentro de la azucarera. Con ello, las preguntas sin respuesta aparecen una tras otra, imperando por encima de todas la que sin duda abarca mayor importancia e inquietud: ¿Este caso se puede trabajar en casa? ¿Aceptará al menos ir preparando cosas, mientras volvemos a buscar a las dos Ánimas cautivas? Sin duda, son las primeras cuestiones a resolver. Otras cuestiones como, ¿qué tipo de embrujo? ¿La misma estirpe y el mismo talante y oficio? ¿Cien años para qué? ¿A quién curaron que no deberían haberlo hecho? Rozando la euforia, recuerdo la profesión de mis antepasados más recientes por parte de madre: ¡Panaderos! ¡Elaboraban pan en sus tahonas! ¿Tendrá esto algo que ver con las dos cestas de mimbre? Son un montón de preguntas cuyas contestaciones supongo aparecerán según avance en el caso.

Normalmente, suelo dar por finalizado el año laboral un día antes de coger las vacaciones y abro el nuevo una semana después del regreso. En esta ocasión, la temporada se abre casi sin terminar de cerrarse la anterior. En fin, ¡qué le vamos a hacer! Tendrá que ser así y lo nunca ocurrido en anteriores periodos estivales acontece este año: vuelvo a casa ya con todo un nuevo caso de Fantasmas por delante. Quizás, el más importante de cuantos he vivido hasta el momento. Ahora toca estudiar, aprender cómo terminarlo y acabar con ello, otra aventura que, por supuesto, les contaré llegado el día.


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