El bofetón de calor al bajarte del coche es considerable. Después de casi tres horas de viaje al amparo del aire acondicionado, ya no me acordaba del bochorno. Por muy pueblo de la sierra que sea, aquí te achicharras. Además, el cementerio está situado en una zona donde, salvo la estrecha y puntiaguda sombra de los típicos cipreses, no hay donde resguardarse. Por suerte, no creo que estemos mucho tiempo, pues Ramón y María ya nos están esperando. Ellos son el matrimonio encargado del cuidado de este cementerio de Santa Ana.
Tras los saludos y presentaciones llegan las clásicas palabras que se escuchan siempre antes de empezar a trabajar en un lugar público:
―Por favor, lo que tengáis que hacer, hacerlo con discreción. El alcalde no quiere que los vecinos sepan de este problema con los difuntos ―nos pide Ramón, mirándonos casi de reojo y con una sonrisita a todas luces falsa.
El cementerio es pequeño. Una capilla, situada a poco de entrar, recibe a todo aquel que decida adentrarse en este triste lugar. Un camposanto en donde todavía moran restos de quienes poblaron estas tierras siglos atrás. Impone ver tanta fosa común junta, las ya ruinosas esculturas y las lápidas cubiertas de maleza junto a algún pequeño nicho venido a menos por la humedad. Según palabras de Ramón, la gran mayoría de los que aquí descansan no fueron nunca vecinos del pueblo. La guerra civil hizo estragos por estos lares y Santa Ana fue considerado como territorio neutral.
―Ahí mismo los dejaban. Delante de la puerta, daba igual la hora. Unos y otros, ¿eh?, unos y otros. Llegaban con el camión y tiraban los muertos lo mismito que si fueran bolsas de basura. Los apiñaban unos encima de otros, sin nombres, sin papeles y sin ninguna identificación. Según contaban los antiguos sepultureros —y alguno que todavía vive—, la mayoría de esos cadáveres eran críos todavía ―comenta ahora María, bastante más considerada con nuestro trabajo.
Al recorrer los estrechos pasillos abiertos a duras penas entre las tumbas, las palabras del guarda cobran sentido: hay gran cantidad de sepulturas anónimas, aunque, según María, todos ellos recibieron un sepelio cristiano.
―Aquí se actuó según la costumbre y se hizo lo mismo con todos. Si ahora les sienta mal a algunos familiares el haber dado a estos desdichados un entierro por el rito cristiano, ¡que los mismos que los trajeron los hubiesen enterrado! Si ahora sus Espíritus andan revueltos por este motivo y por eso pasan las cosas que pasan, lo sentimos, pedimos perdón, pero en aquellos días era la costumbre. ¡Era lo más normal del mundo! No creo yo que echar unos rezos a un muerto en su entierro le haga ningún mal ―señala María, algo enfadada por su tono.
Las fosas comunes están presididas por una cruz de madera, una cruz sobre la cual un número marcado a navaja indica cuántos cuerpos alberga. Cuántas Almas quedaron aquí olvidadas a tenor del estado de estas tumbas. De todas formas, estando el cementerio tan a la intemperie, con el sol brillando a tope y a pocos minutos de las dos de la tarde, ¿por qué se ve todo tan de color gris? Mires donde mires, ocurre igual. Incluso si lo haces hacia arriba, la vista tiene que atravesar una fina capa grisácea antes de llegar a distinguir el azul del cielo. Además, unas pequeñas y molestas partículas revolotean por el aire. Esto no pasaba fuera del recinto, ni tampoco esta sensación de sentirte observado. Pero como propone Ramón, mejor será ir a comer primero y luego ya veremos.
Son las seis de la tarde cuando regresamos al cementerio. Tras una suculenta comida y una larga charla con el matrimonio acerca de, como dicen ellos, sus problemas con los difuntos, nos disponemos a comenzar la tarea. María ha preferido no acompañarnos. Con las grabadoras y la cámara listas, accedemos a Santa Ana por la puerta principal en completo silencio. Estamos los tres solos: Ramón, mi compañero de fatigas, Javier y yo. La sensación de encontrarnos bajo un manto grisáceo se acentúa según oscurece. En ocasiones cuesta respirar y más ahora cuando el viento entra también en escena. Sopla de cara, caliente y arrastrando todo el polvo, maleza y arena que encuentra a su paso. Caminamos hacia una placa conmemorativa de los caídos, situada en la pared norte. En ella figuran los nombres de nueve hombres nacidos y residentes durante toda su vida en el pueblo.
¡Hay un hombre sentado sobre una tumba!
Al girar para tomar un nuevo camino entre las sepulturas más recientes, nos encontramos con la figura de un hombre. ¡Es un Espíritu! Un Alma apoyada en una lápida con forma de ángel. Sabedor de nuestra presencia, permanece tranquilo, con un pie apoyado en el suelo y el otro sobre el mármol. Nos espera. Como es común en “ellos”, su fornida figura, formada por un gran número de puntitos resplandecientes centelleando a voluntad, oscila despacio de un lado a otro dentro de un pequeño margen que evita la deformación de su imagen. Nos mira y sentimos la fuerza de esa mirada. Genera la sensación de ser más de dos los ojos que nos observan. Me siento pequeño, insignificante frente a este Espíritu con forma de hombre bien vestido y nada acorde con este calor. El abrigo de cachemira, la bufanda alrededor del cuello, el sombrero gris tipo fedora y los zapatos negros impolutos delatan una última vida bastante bien acomodada.
Llegados frente a él, continúa a lo suyo, tan a lo suyo que no parece que seamos nosotros la razón de su espera. La verdad, el motivo de haber venido no es la aparición de un solo Espíritu. Vinimos porque, según Ramón y María, últimamente y siempre en torno a las siete de la tarde, un reducido grupo de Almas con atuendo militar se aparece justo delante de la placa conmemorativa. Por otro lado, creo que el gesto de este hombre denota enfado. Es tan visible que Javi y Ramón murmuran entre ellos las malas sensaciones que también les transmite. Me sorprende la actitud de Ramón: no se muestra alterado, ni que vaya a entrar en pánico por el hecho de tener un Fantasma tan cerca. A todo esto, la nube grisácea ha descendido y dificulta ver ahora con claridad. La ceniza se nos mete en la boca y, de repente, huele mal.
Ya no observo mis manos ni colocándolas delante de la cara. Nunca he visto una niebla tan plomiza. No ver al Espíritu es cuando menos preocupante. Regresar y salir fuera del cementerio es imposible en estas circunstancias.
―Se escuchan voces. ¿Las escucháis vosotros? ―pregunta Javier, susurrando para evitar que le oiga el recién aparecido.
Sin duda. Es un griterío que va elevando lentamente su volumen y que parece emerger desde el mismo suelo. La niebla se disipa por algunas pequeñas partes como si ofreciera una ventana abierta a otra dimensión. ¡Suena un repentino estallido justo al otro lado de la abertura en la niebla! Al acercarnos y mirar a través de ella, la escena es dantesca: el cementerio se muestra envuelto en llamas. Las voces ya son una mezcla de locura y quejidos de dolor. Jóvenes a puñetazos, cuchilladas por la espalda, tiros a quemarropa sin compasión alguna, mujeres corriendo con niños de la mano, pieles desgarradas, rostros quemados, súplicas de ayuda, sangre por doquier y, entretanto, el espanto se podría pesar. Es una guerra, una guerra sin bandos con la única pretensión de sobrevivir cueste lo que cueste. Un despiadado todos contra todos sin lógica ninguna, pero en el que todos gritan, se quejan y maldicen en un mismo idioma, el español.
―Bonito, ¿eh? Dudo que exista… estampa más bella ―comenta una voz ronca dejándose oír por encima de todo el espanto.
Estamos inmersos en una sangrienta batalla. Trato de avanzar buscando a mis compañeros. Veo a Javier. Él me ha visto antes a mí y, avisando a Ramón, tratan de acercarse. El terreno es una trampa plagada de obstáculos y ambos caen al suelo. Con el susto en el cuerpo, camino hacia ellos. ¿Cómo puede ser que estemos tan separados? Agachado, palpo y la tierra es un enorme charco de fluidos que prefiero no saber. Toco algo. Pero no, esta no es la mano de Javi, ni la de Ramón…, ¡es la mano de un hombre muerto! Alguien se agarra a mi pierna. ¡Son ellos dos! Están aquí, a mi lado. ¡Maldita guerra! Al menos, ya estamos los tres juntos de nuevo, de pie y buscando algo de cobijo.
―¡Van a matarnos! ¡Corred! ―grita Ramón, ahora sí que visiblemente asustado.
―¡Tranquilo! Todo esto es irreal. Al principio resulta horrible, pero en realidad no está sucediendo. No somos nada más que espectadores de algo quizás ocurrido en el pasado. Nadie nos va a matar, ni vamos a sufrir ningún daño físico. Es importante que cuanto antes lo coloques dentro de tu mente como lo que es: nada más que una revelación que, de no ponerle freno, puede causarte algún dolor de cabeza. Yo mismo también me lo he creído hasta hace un momento. Estos espejismos tan impresionantes y tan reales no son más que otra herramienta de las Almas para ponernos en situación. En semejante panorama y con aquel Espíritu que se está riendo a carcajadas de nosotros, debe de ser donde tenemos que buscar la solución a vuestro problema. Así que, ¡venga, vamos a ello! ―le contesto, intentando que esta situación no llegue a confundirlo.
Los gritos, las quejas de dolor, las explosiones y todo lo demás cesan según nos acercamos al Espíritu, que nos recibe aplaudiendo.
―¡Bravo! Imposible explicarlo mejor. Tenéis experiencia. Mas… si nada es fácil… en esta vida… menos lo es en la otra ―expresa el Espíritu del hombre trajeado, colocado ya con los dos pies en el suelo y acompañando sus palabras con gestos burlescos.
Al escucharlo, noto su voz afónica quebrándose a cada poco e incapaz de articular más de tres o cuatro palabras seguidas. Dos rasgos característicos, a los que se suma el surco ascendente, oblicuo e imperfecto que se distingue en la parte superior de su cuello. Este hombre, casi con toda seguridad, se podría afirmar que murió ahorcado; un dato que se contradice con la elegancia de su vestimenta.
―Perdona, ¿podemos saber quién eres? ―pregunto sin perderle de vista.
―No. Sois incapaces. Llamarme Ares… Es más fácil.
―¿No seríamos capaces de aprender tu nombre?
―No. Demasiadas sílabas.
―¿Qué haces aquí? ¿Tienes relación con lo que venimos a buscar?
―Soy la causa.
―Buscamos las Almas de unos militares que se dejan ver delante de esta placa.
―¡Ah, sí! Esos.
―¿Los conoces?
―Los conozco. Claro que los conozco.
―¿Quiénes son?
―Los nueve contritos.
―¿Qué les ocurre?
―No sabría decirte.
―Nos gustaría hablar con ellos.
―Pretensión difícil.
―¿Por qué motivo?
―¿Lo querrán ellos?
―Por norma general, cuando un Alma se deja ver es por un motivo.
―Por norma general…, empeoráis las cosas.
―Entonces, ¿por qué dejarse ver?
―Bastante fastidiados están…, para encima aguantaros. ¡Marchar de aquí! O regresar a casa…, se os hará…, un imposible.
Tras esta amenaza que nos enmudece, el funesto decorado de guerra desaparece llevándose consigo al Espíritu. Volvemos a estar en el cementerio, delante de la placa conmemorativa y con el sol a punto de recogerse. Hemos pasado más tiempo del que parecía en ese campo de batalla.
Me fijo en Ramón: sentado en el suelo y con las manos agarrándose los tobillos, trata de tranquilizarse. Javier me mira; ambos sabemos que lo correcto sería irnos de aquí cuanto antes. No sabemos nada de las Almas de los militares. Puede ser que la teoría de que un Espíritu se aparece con un fin, el cual solo puede conseguir gracias a la atención humana, en el fondo sea errónea. Tal vez nos estemos metiendo en algo en cuyo desenlace no deberíamos intervenir. Probablemente, haber decidido continuar con esta aventura sea el gran error de nuestra vida.
Son las ocho y media de la noche. La hora donde se suele producir la aparición de los nueve contritos hace rato que pasó. Sin embargo, la densa niebla gris surge de nuevo desde el suelo, como si ascendiera de las profundidades. Por el momento, tan solo abarca un reducido espacio de terreno por debajo de la placa. No enrarece el aire, permite respirar sin problemas y tampoco desprende ninguna clase de olor.
Pasan los segundos y no ocurre nada. Propongo retroceder unos pasos; puede ser que el Espíritu quiera vernos confiados. Los cinco o seis pasos retrocedidos, alejándonos de la niebla, son los mismos que esta especie de bruma avanza hacia nosotros. Nos quedamos observándola en silencio. Ahora da la impresión de que, según se acerca, también se disipa. Respiro, falsa alarma. Con un poco de suerte, solo habrá sido un leve y último coletazo de la anterior que escondía toda una guerra dentro de sus entrañas.
¡Pero no! Según desaparece, deja a la vista varios objetos, negros, sucios, llenos de barro. Son botas, botas rotas, con las punteras desechas y las suelas despegadas. Hay varias. Hay nueve pares. ¿Serán ellos? Si lo son, enseguida estaremos frente a las Almas de los militares fallecidos. Indico precaución: como dijo el Espíritu, cabe la posibilidad de que nuestra compañía no les agrade. Por otro lado, ellos siempre se presentan alrededor de las siete de la tarde, ¿por qué hacerlo ahora ya casi dos horas después?
Visiblemente cansados, la mirada en el suelo, la barbilla rozando el pecho y portando un aura de colores apagados, los nueve contritos se muestran frente a nosotros. Su apariencia desolada parece esperar el peor de los castigos. Dan de todo menos miedo. Hasta Ramón los mira impresionado, sin temor alguno y denotando las mismas ganas de acercarse y ofrecer consuelo que tenemos los demás. Algunos de ellos, a duras penas, pueden sujetar aquel Mauser de entonces; otros ya decidieron tirarlos al suelo. Cascos abollados, guerreras destrozadas, pantalones remendados con telas de cualquier cosa, jerséis hasta la boca y capotes y tabardos plagados de agujeros tratan de arropar a estas Almas destrozadas. Barbas olvidadas, roña por doquier, heridas, arañazos, quemaduras, manos y pies deformados… Cualquiera diría que surgen del mismo infierno, si es que no es de allí de donde de veras vienen.
La grabadora está ardiendo dentro del bolsillo y por sí sola decide apagarse. Ya no grabaremos más. Supongo que alguien, por allá arriba, quiera impedir que el sufrimiento de estas Almas o el dolor en sus palabras quede grabado al alcance de cualquiera. Lo entiendo y, volviendo a la tarea, me atrevo a preguntarles: por el amor de Dios…, ¿qué demonios os pasó para que sigáis aquí todavía? Al momento, sus caras se levantan, clavando sus miradas vacías en la mía. En ellas se adivina una mezcla de rabia, miedo y vergüenza oculta que llego a sentir en mis carnes. Uno de ellos, el primero del grupo, avanza hacia nosotros. Lleva una hoja de papel enrollada en la mano que me entrega asintiendo con la cabeza y exclamando un tímido “gracias”; viene a pedirnos lo siguiente:
―Clavadlo en la plaza del pueblo. Que todo el mundo lo lea para que podamos irnos para siempre.
Dicho esto, con un tono de voz tan sobrecogedor que exige un esfuerzo para que una lágrima insurgente no se abra camino, recojo la hoja de papel. Segundos después, con el mismo desolador aspecto con que se presentaron, vuelven a ocultarse en el interior de la neblina hasta desaparecer.
Sin la menor discusión, decidimos no leer el contenido de la hoja de papel hasta que, tal y como los nueve contritos indicaron, no estuviese a la vista de todos en la plaza Mayor. Al hablar con el alcalde, quien también respetó nuestra decisión, nos pidió una hora de espera antes de colocar la hoja en el tablón de anuncios del ayuntamiento. Necesitaba tiempo para convocar a todos los vecinos.
Una hora después, subimos a una tarima de madera situada delante de la puerta del cabildo. Dispuesta con un micrófono y con toda la gente expectante, es el propio alcalde quien invita al guarda de Santa Ana a que sea él quien lea en voz alta el contenido de la carta. Ramón está hábil. Asegura a sus conciudadanos que el rollo de papel que se dispone a leer se encontró esta misma mañana entre la documentación existente en el despacho de la capilla del cementerio:
¿Por qué nos llamáis héroes? ¿Por qué, si solo merecemos el olvido? La misma tierra que nos cubrió en la fosa ha de sepultar nuestro recuerdo. Ninguno de los que participamos somos héroes. Matar o herir a un semejante no puede ser más que digno de aversión, más cuando a quien hieres o matas nació en tu misma tierra, gasta tu misma cultura y quizá por sus venas corra tu misma sangre. No merecemos ocupar un hueco en la memoria de nadie. Matamos, mutilamos, torturamos y fuimos matados, mutilados y torturados. ¿Dónde queda la heroicidad? Fuimos aquellos quienes, en el fragor de la batalla, sucumbimos a ese monstruo endemoniado llamado odio e incapaces de expulsarlo de nuestras mentes, le abrimos la puerta de nuestra Alma.
Perdón por ensuciar vuestra historia. Perdón por no haber tenido coraje de cerrar el paso al horror. Perdón por alimentarlo. Perdón por todos los que os arrebatamos para siempre. Perdón a los que con nuestros actos os impedimos nacer.
El considerarnos héroes nos deja en manos de este demonio de la guerra que todavía hoy posee nuestra Alma. Nos engañó como a muchos otros. Nos pidió el Alma a cambio de protegernos en la batalla y, en cuanto se la dimos, la poseyó. Al momento caímos muertos de un disparo. Nos engañó, nos engañó de la misma forma que engaña el mal a todos. Llevamos años suplicando ayuda. Si algún día alguien lee estas palabras, ¡por favor!, retirad el memorial. Presidir un monumento a la barbarie es otro logro del maligno. Retirar el memorial es concedernos la libertad. La gloria nos ata y la deshonra rompe las cadenas que nos retienen junto al malvado demonio de la guerra. Si rompéis el memorial, podremos marchar y asumir sea cual sea el verdadero destino preparado para nosotros. Queremos llegar allí donde nos corresponda con el deshonor de aquellos que hicieron mal las cosas. La señora Muerte nos espera ansiosa para llevarnos y es obligación nuestra marchar con ella. Permitid que nuestra Alma manchada de sangre emprenda su próximo camino portando el yugo de sus actos y también, si así lo consideráis, con el perdón de los que aquí dejamos. ―Así decía la carta escrita por los nueve contritos.
Sobran las palabras y una comitiva encabezada por el propio alcalde se encamina en un silencio sepulcral dirección al cementerio. Creo que todos los vecinos se han dado cuenta de que las primeras palabras de Ramón, explicando el sorprendente hallazgo de esa carta, no fueron más que una estratagema para evitar generar miedo. Todos entienden que un demonio ronda el lugar donde yacen sus antepasados y, armados de valor, caminan decididos a echarlo de su pueblo. La puerta del cementerio apenas hace cambiar el ritmo del gentío. Para mí, que se abrió por sí sola al verlos llegar. Un pico y el borde de una pala impactan con fuerza una y otra vez contra la placa conmemorativa, haciéndola caer trozo tras trozo.
Nadie habla, ni tan siquiera se permite al cura tomar el mando de la palabra. Esto es algo personal de cada vecino del pueblo con los nueve contritos. Solo cada uno de los aquí presentes, el de ahí arriba y las nueve Almas, sabemos qué les dijimos, qué nos dijeron o qué ocurrió en las mentes de cada cual en ese momento. Pero cuando la quietud acalla todas las voces y ante los atónitos ojos de todos, dieciocho deterioradas botas caen de la nada una tras otra encima de los restos de la placa. ¡Inolvidable! (Todavía hoy en día, si das con el pueblo y la persona indicada, se pueden ver las dieciocho botas tal y como cayeron. Hemos de recordar el curioso significado del gesto de que un Alma nos deje los zapatos o, en este caso, las botas, en el impresionante mundo de las Ánimas.)
Jamás he vivido un caso con tanto testigo, con tanta gente que a partir de ahora se tomará el mundo de las Almas de otra manera. Después, las preguntas eran lógicas y considero que tanto Javier como yo estuvimos a la altura. Hay quien tiene familiares inscritos en otras placas conmemorativas; no es raro, pues fue costumbre en muchos pueblos. ¿Qué hacer entonces? ¿Romperlas todas? Creo que no. Supongo que bastará con detenerse delante del monumento en cuestión y, sabiendo la historia de los nueve contritos, tratar de encontrar algunas palabras sinceras que también puedan ayudar a quienes lo presiden.
Ahora vámonos de vacaciones. Descansaremos durante dos semanitas y luego, ya con las pilas cargadas, volveremos para afrontar cualquier otra nueva aventura de Fantasmas.
Cuídense.
SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO:M-005103/2023.