¿ALMA EN PENA O DEMONIO?

Un día más, otra repentina llamada de teléfono termina con la que prometía ser una tarde tranquila. Al responder, la voz surgida al otro lado alteraría a cualquiera. Por su tono se trataba de un chaval, un muchacho nervioso pidiendo ayuda urgente:

¡Ven rápido! ¡Ven rápido! Los demonios se quieren llevar a mi hermano.

Antes de que me colgara sin atender mis últimas preguntas, tan solo pude saber el nombre de mi interlocutor, Marcos, y la dirección desde la cual hizo la llamada. Ahora no hay forma de contactar con él. De camino a la calle indicada, marco su número y no me da ni señal. Estoy convencido de que la angustia reflejada en la manera de hablar de Marcos era a consecuencia de todo un problema real. Con los años parece que he desarrollado un sexto sentido destinado a identificar los casos reales de entre las paranoias, confusiones o invenciones para subirse de alguna manera al carro del misterio. De hecho, voy mentalizado, pues tengo claro que este taxi me conduce derecho a otro nuevo caso de Fantasmas. Otro problema a resolver con pinta de estar en plena ebullición y sin tiempo para preparar nada.

La suerte hace que, a poco de estar esperando en el portal, llegue una mujer y pueda acceder con ella al bloque. Llevaba cerca de cinco minutos llamando en el portero automático al piso de Marcos y nadie respondía. Por casualidad, la mujer y yo vamos a la misma planta del edificio. Sin embargo, no es coincidencia; los dos nos dirigimos también al mismo piso. Todavía en el descansillo no da crédito cuando le cuento lo sucedido. Por un momento, juraría que iba a empezar a chillar, pero al mencionar que fue su hijo quien me llamó bastante alterado, la mujer entra deprisa en la casa. Lo que nos encontramos en una de las habitaciones asusta:

Sentado, con la frente apoyada sobre la mesa, inmóvil, pálido y sin conocimiento, se encuentra un muchacho joven de no más de diez u once años. Encima de la mesa vemos las 27 letras del abecedario, recortadas en cartulina y escritas en rotulador rojo, perfectamente dispuestas formando un círculo. Unas tijeras de peluquería situadas en el centro, con las palabras Sí y No a ambos lados, parece que fueran a usarse a modo de puntero. Por encima de las tijeras, hay un símbolo presidiendo el círculo. Un pentagrama invertido, también dibujado en el mismo tipo de cartulina y en el mismo color que las letras. ¡Es un símbolo demoníaco! Un signo de invocación al diablo custodiado por dos gruesos velones negros, cuyas llamas queman un par de pequeñas cruces de madera colocadas del revés.

¡No responde! ¡No responde! Despierta, hijo. ―¡Despierta! ―grita la mujer.

El muchacho no reacciona pese a los intentos de su madre por reanimarle. De inmediato, cojo el teléfono para llamar a urgencias cuando la puerta de la casa se cierra de golpe y algo se nos acerca deprisa. ¡Hay un Espíritu! De camino a esta habitación, escuchamos cómo arroja al suelo todo lo que encuentra a su paso. Patea los muebles, tira botellas, platos, cuadros y hasta unos tiestos. El miedo nos hace retroceder, acorralándonos contra la pared, y no dudo que tengamos un susto. En cualquier momento puede abalanzarse sobre nosotros. Toca lidiar con un ser aparentemente hostil, junto a una mujer de unos cuarenta años que no conozco y completamente indefensos. No sé nada de esta mujer, de sus limitaciones, de sus enfermedades ni de cuánto podrá aguantar esta presión. El Espíritu quiere imponer la ley del miedo y la habitación comienza a girar. Todo da vueltas y gira cada vez más deprisa.

―¡Para! Esto de dar vueltas es solo un truco. ¡Para y deja de asustarnos! ―le grito, consiguiendo al menos que el Espíritu detenga la ilusoria impresión de que giramos como si fuésemos ruedas.

¡El niño es mío! ¡Él quiso venirse conmigo! Iros vosotros e iros ya. ¡Llegáis tarde!

Una espantosa y contundente voz nos sitúa de lleno en el centro de los hechos. Sobran más explicaciones: Sea cual sea la razón, a este chaval no se le ocurrió otra cosa para resolver sus problemas que recurrir al peligroso juego de la Ouija. Se dice que solo demonios y Almas en pena responden a este sistema de invocación. Ahora, lo primero es despejar la duda de hasta dónde llegó el muchacho en su ritual de invocación, y hemos de hacerlo ya, antes de que deje de respirar o lo perderemos para siempre. La llamada de teléfono es imposible, y abandonar la casa para llevarlo a un hospital pasa por quitarnos del medio a este Espíritu. A duras penas consigo encender una grabadora; lo de intentar sacar fotos en esta ocasión será mejor olvidarlo.

―El muchacho se ha equivocado, es un crío y debes respetar su error. Me da igual quién seas y de dónde vengas; las normas mandan. Déjalo en paz y vete. Su madre se encargará de hablar con él y esto no volverá a pasar, te lo aseguro. ―Comienzo mi trabajo antes de que esta Alma termine de asentarse y gane confianza.

¡No! Yo le expliqué lo que hacía y asintió a sabiendas de dónde se metía. ―Habla el Espíritu.

―No puedes llevártelo y lo sabes. Las normas son las normas y él es un niño todavía. Las conoces y sabes que no te lo puedes llevar. ―Le contesto yo. ―¿Quién demonios eres tú para responder a la llamada de un crío? ¿Qué pasa, que te moriste ayer y has debutado esta mañana?

―No he de llevármelo. Cumplirá aquí su labor.

―Tampoco. Te repito que es un niño. ¿En serio te lo tengo que explicar?

―A partir de ahora, yo me encargaré de él.

―Tú no te vas a encargar de nada porque destrozarías su vida.

¿Destrozar? ¿Destrozar su vida yo? Este crío llegó hace cuatro horas a esta casa. A una casa vacía, sin padre, ni madre, ni nadie que lo atienda.

―Eso no te da derecho.

―¡Solo! ¡Estaba solo! ¿No es un niño? Entonces, ¿cómo es posible que llevara cuatro horas estando solo? Y dime, ¿cuántas pasó así ayer? ¿Cuántas pasó anteayer? ¿Cuántas se traga todos los días sin la compañía de nadie? ¿De verdad piensas que si hubiera estado alguien con él, me hubiera llamado a mí?

―Eso son circunstancias personales. Cada familia se organiza a tenor de las responsabilidades de cada uno.

¿Circunstancias personales? ¡Oooh! Ah, sí, sí, ¡claro! Dejo a mi hijo solo, ¡cómo es tan maduro ya, no hay problema! ¿No lo has oído nunca? Pues yo estoy harto de escucharlo de labios de papis y mamis. ¡Aaah! Cómo nos amparan las circunstancias personales, pues, ¡ya está! Si acaso le llega a pasar algo a la criatura… “¡Jo! Es que nuestras circunstancias personales, pues…”. ¿Sabes una cosa? Si hace diez minutos le digo al niño, al aquí supermaduro de las circunstancias personales, que salte por la ventana, ahora le estaríais desempotrando del suelo con la cucharita del café. ¿Te parece normal?

―La vida se ha vuelto muy dura y difícil. Exige correr ciertos riesgos porque no queda más remedio. Hay quien no se puede costear tener a alguien que le ayude y los turnos de trabajo mandan; traen el dinero a casa.

¡Ah! Que traen el dinero a casa, entiendo. Una preguntita: ¿Tú sabes a qué hora salió esta mujer de trabajar?

―No, no lo sé.

―¡Vaya! Yo te lo digo: A las cuatro. A las cuatro de la tarde. Por cierto, ¿tienes hora?

― Las siete y media.

―Las siete y media y hará quince minutos que habéis llegado. Si aquí la madre del siglo trabaja a tres paradas de metro, a 15 minutos en taxi, a 30 en autobús y a 45 andando… ¿Dónde leches nos hemos metido, querida mamá de las circunstancias personales?

― Llevar una casa obliga a…

―No, no, mira, no te despeines que yo te lo explico: ¡Jugando a la tragaperras! Aquí la madame no llega antes a casa, no puede buscar quien cuide de su hijo en su ausencia, se ha de abstener de comprar cosas necesarias, come y da de comer alimentos de peor calidad, se toma y hace tomar medicamentos caducados y viste y hace vestir ropa con más remiendos que costuras originales. ¿Sabes por qué? Porque todos los puñeteros días se tiene que jugar entre cincuenta y setenta eurazos en una maquinita de tragar dinero. ¡Todos los días!

―Eso tú no lo sabes. Que lo haga alguno o alguna no quiere decir que lo haga el resto.

―Preguntemos, pues… ¿Mamá, has escuchado en los últimos diez minutos alguna acusación que no vaya contigo? ¿Algo que tú no hagas a diario?

(La mujer rompe a llorar a la vez que admite la acusación.)

―No puede hablar; bastante preocupada está ya por su hijo.

―O quien calla otorga, dijo aquel.

―Déjala tranquila. Está muy asustada.

―¿Asustada?¿Ella? ¿Por este chico? Permite que me vaya cinco minutos, suelto un par de carcajadas y vuelvo. ¿Conoces algo que dé más miedo que dejar a un niño solo en una casa? Por lo que veo, tú no has oído hablar de esa estadística que afirma que la mayoría de los peores accidentes ocurren dentro de casa. Algunos son mortales.

―Sea ella como sea, se comporte como se comporte y haga lo que haga, tú no te puedes llevar al niño. Deja que vuelva en sí y tú regresa al lugar del cual has venido.

―Duerme, nada más.

―Pues deja que se despierte y acabemos con esto.

―A lo mejor es más sano para él que siga durmiendo. Desde que yo vengo y hablamos a través de las letras recortadas, está mejor.

―¿Es que antes estaba mal?

Pssss…, la horita que tardaría en hacer los deberes del cole, la pasaba viendo porno. Como no tenía qué merendar, se comía las gomas de borrar del lápiz. En vez de lavarse como es debido al llegar a casa, moja la bañera para que mamá crea que se duchó. Cuando yo me comuniqué con él la primera vez, llevaba once días sin abrir un libro del cole. Un primor de chaval. Tiene diez años, diez años.

―¿Y tú? ¿Aprovechas la debilidad?

―No, no, señor, no. No somos nosotros los culpables. Vosotros nos lo ponéis a huevo. No tienes ni idea de cuánta gente deja vendidos a sus hijos, a sus padres mayores, a sus hermanos enfermos. No necesitamos tentar a nadie; vosotros mismos a esos hijos, padres y hermanos nos los traéis aquí, a orillita de nuestra puerta. Nos los ponéis en bandeja porque, ¡claro!, qué clase de vida sería no poder ir a tomar una cerveza, a comer o a hacer cualquier otra gilipollez porque hay que cuidar de ellos. ¡Oh! ¡No tengo vida cuidando a mis padres! Pero, ¡perra! ¡Sí se partieron las costillas por ti! Sois vosotros los salvajes y por eso existe un mal. El mundo está lleno de demonios por vosotros. Vuestras acciones, querido amigo, a diario alimentan y hacen perdurar el invento de un mal en la tierra. ¡Ella me abrió las puertas de esta casa, no el niño!

―La gente no es tan mala, es la forma de vida la que obliga.

―La gente no es mala hasta que tiene una responsabilidad con un tercero. ¡Ahí es cuando vienen los líos! Mira este chico, ¿sabes cuánto tardó en hacer este tablero de Ouija? ¿Un tablero de Ouija que vio en una revista de su queridísima mamá y que pensó que le valdría para hablar con alguien? Para vencer la soledad… ¡Con diez puñeteros años se siente solo! ¿Y quién se dio cuenta? ¿Quién cayó en el detalle de que, con diez años, coge unas tijeras más grandes que él y recorta a placer unas letras? Te lo digo, ¡nadie! ¡Que se podía haber saltado un ojo! ¡Que las tijeras, muy señor mío, hacen pupa! ¿Y? Diecisiete días tardó en recortar estas letras que ves encima de la mesa, diecisiete.

―¡Vale! Esta mujer se equivocó. Lo hizo mal, pero contigo aquí seguro que está aprendiendo la lección y no vuelve a pasar. Encontraremos una solución.

―¿Qué está aprendiendo la lección? ¿Quién? ¿Ella?

―Sí, ella. Ya lo verás. Basta ver una vez las consecuencias de los errores para no volverlos a cometer.

―Te digo a ti que no. Ella no.

―Sí, hombre. Ya verás cómo sí.

―Te aseguro que no, ella no puede seguir al cuidado del niño.

―¿Cómo que no? Pero a ti…, ¿qué te ha hecho ella? ¿Por qué no puede seguir cuidando a su hijo?

―¡No puede!

―Pero, ¿tú sabes lo que dices?

―¡Ella no puede cuidarle!

―Es su madre.

―¿Y qué? ¡No le importa su hijo!

―¡Cómo no le va a importar! No digas eso.

―¡Lo va a matar! Le está conduciendo a una vida de drogas, robos y violencia.

―Que no, hombre, que no. ¿Cómo lo va a matar?

―¡Porque a mí me mató! ¡Ella me mató!

―¿Perdona?

Ella metió el detergente líquido de la lavadora en la botella que tenía yo para beber agua.

―¿Ella? ¿Esta mujer?

―Ella es mi madre.

―¿Y qué te pasó?

―Una tarde cuando estaba en casa con mi hermano, bebí y me puse malo. Me puse tan malo que morí por su mala cabeza.

―Un terrible error, sí. Ahora, eso nos pue…

―¿Error? Un error es un olvido, una equivocación. Pero yo dejé de vivir por las prisas. Ella tenía mucha prisa para, antes de entrar a trabajar, poder jugar a la tragaperras. Prefería irse a jugar antes que estar con nosotros. ¡Oh! ¡No! No pudo bajar a comprar un cacharro, un algo donde verter el líquido de la lavadora al ver que el envase estaba roto. ¡No! ¡Tuvo que coger mi botella! Y no tuvo ni tiempo para decírmelo. Mientras yo me moría con mi hermanito delante, viéndome sin poder hacer nada, sin que el pobre supiera tan siquiera qué me ocurría, ¿sabes qué hacía ella? Jugaba a la tragaperras.

―Ya, pero ahora no te puedes vengar llevándote a Marcos.

―¡Marcos, soy yo! ¡Él se llama Andrés!

―¿Tú me llamaste?

―Yo te llamé.

―¿Un espíritu, y perdona, puede llamar por teléfono?

―No que yo sepa.

―¿Entonces?

Puedo generarte la sensación de que tu teléfono suena. Respondiste una llamada inexistente y me contestaste hablándole al teléfono cuando yo estaba a tu lado.

―¿Me buscaste?

―¡Necesitaba ayuda! La Ouija había contestado a mi hermano y esa vez, no era yo quien hablaba con él. Tuve que venir rápidamente y decirle a Andrés que se durmiera. ¡Me ha visto! Y esto de ver a su hermano muerto, ya no lo olvidará en toda su vida.

―¿Pretendes que ayude a un demonio? ¿Qué me fié de ti?

―Déjate de hostias. El destino de un niño está en juego; que sea noble o un malaje depende de este momento.

―¿Qué quieres que haga?

Pedir ayuda. Mi madre no puede cuidar a mi hermano. Mi hermano me llama todos los días con la Ouija. Está muy solo y me echa de menos.

―¿Te refieres a asuntos sociales?

―Lo desconozco.

―Sí, será mejor empezar por ahí. No sé cómo lo voy a explicar, pero tranquilo, ya se me ocurrirá algo.

―Mi madre tiene un problema con el juego. Un problema que ya a mí me costó la vida y empuja a mi hermano a un destino terrorífico. Ahora podemos evitarlo. LOS DOS NECESITAN AYUDA y hoy es el día. ¡Luchemos por ellos! Por favor, haz esa llamada. Salvaremos a mi hermano y mi madre será la buena mujer que fue antes de tenernos. Tú sabes de destinos, de sus cruces, de sus momentos ideales, de cuándo explotan. Conoces la diferencia en el transcurrir de la vida de hacer algo a no hacerlo. De hacerlo antes o hacerlo después. No tengo que explicarte más.

―Entonces…, ¿tú no eres un Espíritu malo como decimos?

―¿Importa lo que yo sea?

―No, no, no. Lo digo por aquello de aprender…

―Terepito: El ser humano es quien alimenta y hace perdurar el invento de un mal en la tierra.

―Tengo entendido que un Espíritu del mal sale del calvario inmediatamente después de realizar una acción de ayuda o consuelo. ¿Lo haces también por eso?

―Por aquello de aprender…

Tres horas después de dar la señal de alarma, salgo a la calle. Creo que mis explicaciones convencieron a todos los que llegaron a la casa, que no fueron pocos. A la madre se la llevaron a psicología o psiquiatría, no me enteré muy bien, debido al trauma producido al ver a su hijo desmayado sobre el tablero de Ouija. Por suerte, de momento no ha comentado nada de la insólita aparición de su hijo fallecido. Por su propio beneficio, espero que no lo cuente en psiquiatría o se le complicará recibir el alta médica. Al pobre Andrés también se lo llevaron allí donde se lleva a un menor. Al no ser familiar directo, no me dijeron mucho más. Lo importante es que, bueno, entre los cuatro, hermano mayor, hermano pequeño, la mujer y yo, evitamos cosas y futuros al parecer nada halagüeños.

Regresar a casa caminando después de acabar un caso ya es una rutina. Todavía quedan sitios abiertos debido a las fiestas de la Virgen del quince de agosto y, ¡claro está!, un cafecito americano en una terracita, ¿a quién no le apetece ahora? Vuelvo muy confundido. Hoy se supone que hemos tratado con un Alma de los denominados malos, quien, sin embargo, se desvivió por evitar daños a su madre y a su hermano. Cualquiera al verlo rodeado de una Ouija, pentagrama, cruces invertidas y demás hubiese esperado lo peor de él. Pero, en cambio, llegó a perdonar a su madre. Yo creo que la perdonó. También pidió ayuda para ella aun después de que un grave error suyo le costara a él la vida. Por cierto, me pierdo en el porqué de esos símbolos demoníacos. ¿Qué clase de revistas lee la madre?

Me preocupa mucho pensar en la posibilidad de que lo peor, lo mucho más horrendo y desagradable que haya tras esta vida, eso a lo cual llamamos el mal, a la larga sea mejor que nosotros o más humano, al menos. Me deja muy preocupado que ellos, los malos, puedan perdonar hasta lo más doloroso y a nosotros haya ocasiones en las cuales no seamos capaces de hacerlo. Este caso me deja varias cosas para estudiar a solas y debatir tranquilamente con mis más allegados.

De repente, suena el teléfono. ¿Comienza otro nuevo caso de Fantasmas…?

―Dígame. ¿Quién es?

―¿De verdad vas a volver a hablar conmigo con la oreja pegada al teléfono…?


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