¿ALMA EN PENA O DEMONIO?

Un día más, otra repentina llamada de teléfono termina con la que prometía ser una tarde tranquila. Al responder, la voz surgida al otro lado alteraría a cualquiera. Por su tono se trataba de un chaval, un muchacho nervioso pidiendo ayuda urgente:

¡Venga rápido! Los demonios se quieren llevar a mi hermano.

Antes de que me colgara sin atender mis últimas preguntas, tan solo pude saber el nombre de mi interlocutor, Marcos, y la dirección desde la cual hizo la llamada. Ahora no hay forma de contactar con él. De camino a la calle indicada, marco su número y la respuesta siempre es la misma: sin señal.

Estoy convencido de que la angustia reflejada en la manera de hablar de Marcos era a consecuencia de todo un problema real. Con los años parece que he desarrollado un sexto sentido destinado a identificar los casos reales de Fantasmas de entre las paranoias, confusiones o invenciones para subirse de alguna manera al carro del misterio. De hecho, voy mentalizado, pues tengo claro que este taxi me conduce derecho a otro nuevo caso. Otro problema a resolver con pinta de estar en plena ebullición y sin tiempo para preparar nada.

La suerte hace que, a poco de estar esperando en el portal, llegue una mujer y pueda acceder con ella al bloque. Llevaba unos minutos llamando en el portero automático al piso de Marcos y nadie respondía. Por casualidad, la mujer y yo vamos a la misma planta del edificio. Sin embargo, no es coincidencia; los dos nos dirigimos también a la misma casa.

Todavía en el descansillo no da crédito cuando le cuento lo sucedido. Por un momento, juraría que iba a empezar a chillar, pero al mencionar que fue su hijo quien me llamó bastante alterado, la mujer entra deprisa en la casa. Lo que nos encontramos en una de las habitaciones asusta:

Sentado, con la frente apoyada sobre la mesa, pálido y sin conocimiento, se encuentra un muchacho joven de no más de diez u once años.

Encima de la mesa vemos las 27 letras del abecedario, recortadas en cartulina y escritas en rotulador rojo, formando un círculo. Unas tijeras de peluquería están situadas dentro del conjunto de letras, colocadas entre dos palabras, un Sí y un No. Por encima de ellas, hay un símbolo que lo preside todo: un pentagrama invertido, también dibujado en el mismo tipo de material y en el mismo color que las letras. Es un símbolo demoníaco, un signo de invocación al diablo custodiado por dos velones negros, cuyas llamas queman un par de pequeñas cruces de madera colocadas del revés.

¡No responde! Despierta, hijo. ―¡Despierta! ―grita la mujer.

El muchacho no reacciona pese a los intentos de su madre por reanimarle. De inmediato, cojo el teléfono para llamar a urgencias cuando la puerta de la casa se cierra de golpe y algo se acerca deprisa. ¡Hay un Espíritu!

Escuchamos cómo patea los muebles, tira botellas, platos, cuadros y hasta unos tiestos que encuentra a su paso. El miedo nos hace retroceder. Nos tiene acorralados, y no dudo que tengamos un susto. En cualquier momento puede abalanzarse sobre nosotros. Toca lidiar con un ser aparentemente hostil, junto a una mujer que no conozco de nada y un chiquillo que precisa atención médica urgente. No sé cuánto podremos aguantar.

El Espíritu quiere imponer la ley del miedo y la habitación comienza a girar. Todo da vueltas y gira cada vez más deprisa.

―¡Para! Esto es solo un truco. ¡Para y deja de asustarnos! ―le grito, consiguiendo al menos que detenga la ilusoria impresión de que giramos como si fuésemos ruedas.

¡El niño es mío! ¡Él quiso venirse conmigo! Marchaos vosotros e iros ya. ¡Llegáis tarde! ―contesta contundente una espantosa voz.

Sobran más explicaciones: Sea cual sea la razón, a este chaval no se le ocurrió otra cosa para resolver sus problemas que recurrir al juego de la Ouija. Se dice que solo demonios y Almas en pena responden a este sistema de invocación. Ahora, lo primero es despejar la duda de hasta dónde llegó el muchacho y hemos de hacerlo ya. Por lo menos, a duras penas he conseguido encender una grabadora; lo de intentar sacar fotos en esta ocasión será mejor olvidarlo.

―El muchacho se ha equivocado, es un crío y debes respetar su error. Me da igual quién seas y de dónde vengas; las normas mandan. Déjalo en paz y vete. Su madre se encargará de hablar con él y esto no volverá a pasar, te lo aseguro. ―Comienzo mi trabajo antes de que esta Alma termine de asentarse y gane confianza; sí es que no la tiene ya toda.

¡No! Yo le expliqué lo que hacía y asintió a sabiendas de dónde se metía. ―Replica el Espíritu.

―No puedes llevártelo y lo sabes. Las normas son las normas y él es un niño todavía. Las conoces y sabes que no te lo puedes llevar. ―Le contesto yo. ―¿Quién demonios eres tú para responder a la llamada de un crío? ¿Qué pasa, que te moriste ayer y has debutado esta mañana?

―No he de llevármelo. Cumplirá aquí su labor.

―Tampoco. Te repito que es un niño. ¿En serio te lo tengo que explicar?

―A partir de ahora, yo me encargaré de él.

―Tú no te vas a encargar de nada. Destrozarías su vida.

¿Destrozar? ¿Destrozar su vida yo? Este crío llegó hace cuatro horas a esta casa. A una casa vacía, sin padre, ni madre, ni nadie que lo atienda.

―Eso no te da derecho.

―¡Solo! ¡Estaba solo! ¿No es un niño? Entonces, ¿cómo es posible que llevara cuatro horas estando solo? Y dime, ¿cuántas pasó así ayer? ¿Cuántas pasó anteayer? ¿Cuántas se traga todos los días sin la compañía de nadie? ¿Es que no lo ve usted, señor sabelotodo? Si hubiera estado alguien aquí, cuidándolo y pendiente de él, nunca me hubiera llamado a mí.

―Eso son circunstancias personales. Cada familia se organiza a tenor de sus responsabilidades.

¿Circunstancias personales? ¡Oooh! Ah, sí, sí, ¡claro! ¡Cómo es tan maduro ya, no hay problema! ¿No lo has oído nunca? Pues yo estoy harto de escucharlo de labios de papis y mamis.

Ya te lo he dicho, circunstancias personales.

¡Aaah! Eso, claro: cómo nos amparan las circunstancias personales, pues, ¡ya está! Si acaso le llega a pasar algo a la criatura… “¡Jo! Es que nuestras responsabilidades, pues…”. ¿Sabes una cosa? Si hace diez minutos le digo al niño que salte por la ventana, ahora le estaríais desempotrando del suelo con la cucharita del café. ¿Te parece normal?

―La vida se ha vuelto muy dura y difícil. Exige correr riesgos porque no queda más remedio. Hay quien no se puede costear tener a alguien que le ayude y los turnos de trabajo mandan; traen el dinero a casa.

¡Ah! Que traen el dinero a casa, entiendo. Una preguntita: ¿Tú sabes a qué hora salió esta mujer de trabajar?

―No, no lo sé.

―¡Vaya! Yo te lo digo: a las cuatro. A las cuatro de la tarde. Por cierto, ¿tienes hora?

― Las siete y media.

―Las siete y media y hará quince minutos que habéis llegado. Si aquí la madre del siglo trabaja a tres paradas de metro, a 15 minutos en taxi, a 30 en autobús y a 45 andando… ¿Dónde leches nos hemos metido, querida mamá de las circunstancias personales?

― Llevar una casa obliga a…

No, no, mira, no te despeines que yo te lo explico: ¡Jugando a la tragaperras! Aquí la madame no quiere llegar antes a casa y no quiere buscar quién cuide de su hijo en su ausencia simplemente porque no le da la gana. Luego le hace comer alimentos de mala calidad, los medicamentos están caducados y la ropa, ¿te has fijado en la ropa? Hombre, ¡por favor! Son un amasijo de remiendos. ¿Y sabes el porqué de todo esto? Porque todos los puñeteros días se juega lo que no tiene en las tragaperras. ¡Todos los días!

―Eso tú no lo sabes. Que lo haga alguno o alguna no quiere decir que lo haga el resto.

―Preguntemos, entonces. ¿Mamá, has escuchado en los últimos diez minutos algo que no vaya contigo? ¿Algo que tú no hagas a diario?

(La mujer rompe a llorar.)

―No puede hablar; bastante preocupada está ya por su hijo.

―O quien calla otorga, dijo aquel.

―Déjala tranquila. Está muy asustada.

―¿Asustada?¿Ella? ¿Me permites que me vaya cinco minutos? Suelto un par de carcajadas rapiditas y vuelvo. ¿Conoces algo que dé más miedo que dejar a un niño solo en una casa? Por lo que veo, tú no has oído hablar de esa estadística que afirma que la mayoría de los peores accidentes ocurren dentro de casa. Algunos llegan a ser mortales.

―Sea ella como sea y se comporte como se comporte, tú no te puedes llevar al niño. Deja que vuelva en sí y tú regresa al lugar del cual has venido.

―Duerme, nada más.

―Pues deja que se despierte y acabemos con esto.

―A lo mejor es más sano para él que siga durmiendo. Desde que yo vengo y hablamos a través de las letras recortadas, está mejor.

―¿Es que antes estaba mal?

Pssss…, la horita que tardaría en hacer los deberes del cole, la pasaba viendo porno. Como no tenía qué llevarse a la boca para merendar, se comía las gomas de borrar del lápiz. En vez de lavarse como es debido al llegar a casa, moja la bañera para que mamá crea que se duchó. Cuando yo me comuniqué con él la primera vez, llevaba once días sin abrir un libro; no estudiaba. Un primor de chaval y tiene diez años, ¡diez años!

―¿Y tú? ¿Aprovechas la debilidad?

―No, no, señor, no. No somos nosotros los culpables. Vosotros nos lo ponéis a huevo. No tienes ni idea de cuánta gente deja vendidos a sus hijos, a sus padres mayores, a sus hermanos enfermos. No necesitamos tentar a nadie; vosotros mismos nos traéis a esos hijos, padres y hermanos aquí, a la orillita de nuestra puerta. Nos los ponéis en bandeja porque, ¡claro!, qué clase de vida sería no poder ir a tomar una cerveza, a comer o a hacer cualquier otra gilipollez porque hay que cuidar de ellos.

¡Oh! ¡Pobrecito/a de mí! No tengo vida cuidando a mis padres. Pero, ¡cacho perra!, si se partieron las costillas por ti. Sois vosotros los salvajes y por eso existe un mal. El mundo está lleno de demonios por vosotros. Vuestras acciones, querido amigo, a diario alimentan y hacen perdurar el invento de un mal en la tierra. Ella me abrió las puertas de esta casa, no el niño.

―La gente no es tan mala, es la forma de vida la que obliga.

―La gente no es mala hasta que tiene una responsabilidad con un tercero. ¡Ahí es cuando vienen los líos! Mira este chico, ¿sabes cuánto tardó en hacer esta Ouija? ¿Una Ouija que vio en una revista y que pensó que quizá le ayudaría a vencer su soledad? Ya ves, con diez puñeteros años se siente solo. ¿Y quién se dio cuenta? ¿Quién cayó en el detalle de que, con diez años, coge unas tijeras más grandes que él y recorta a placer unas letras? Te lo digo, ¡nadie!

―Vale. Esta mujer se equivocó. Lo hizo mal, pero contigo aquí seguro que está aprendiendo la lección y no vuelve a pasar. Encontraremos una solución.

―¿Qué está aprendiendo la lección? ¿Quién? ¿Ella?

―Sí, ella. Ya lo verás. Basta ver una vez las consecuencias de los errores para no volverlos a cometer.

―Te digo a ti que no. Ella no.

―Sí, hombre. Ya verás cómo sí.

―Te aseguro que no, ella no puede seguir al cuidado del niño.

―¿Cómo que no? Pero a ti…, ¿qué te ha hecho ella? ¿Por qué no puede seguir cuidando a su hijo?

―¡No puede!

―Pero, ¿tú sabes lo que dices?

―¡Ella no puede cuidarle!

―Es su madre.

―¿Y qué? ¡No le importa su hijo!

―¡Cómo no le va a importar! No digas eso.

―Le acabará arruinando la existencia. Le está conduciendo a una vida de errores y malas decisiones.

―Que no, hombre, que no. ¿Cómo lo va a matar?

―¡Porque a mí me mató! ¡Ella me mató!

―¿Perdona?

Ella metió el detergente líquido de la lavadora en la botella que tenía yo para beber agua.

―¿Ella? ¿Esta mujer?

―Ella es mi madre.

―¿Tu madre…? ¿Y qué te pasó?

―Una tarde cuando estaba en casa con mi hermano, bebí y me puse malo. Me puse tan malo que perdí la vida por su mala cabeza.

―Un terrible error, sí. Ahora, eso nos pue…

―¿Error? Un error es un olvido, una equivocación. Pero yo dejé de vivir por las prisas. Ella tenía mucha prisa para poder jugar a la tragaperras antes de entrar a trabajar. Prefería irse a jugar antes que estar con nosotros.

¡Oh! ¡No! No pudo bajar a comprar un cacharro, un algo donde verter el líquido de la lavadora al ver que el envase estaba roto. ¡No! Tuvo que coger mi botella. Y tampoco tuvo tiempo para decírmelo. Mientras yo me moría con mi hermanito delante, mirándome sin saber qué me ocurría, ¿sabes qué hacía ella? Jugaba a la tragaperras.

―Ya, pero ahora no te puedes vengar llevándote a Marcos.

―¡Marcos, soy yo! ¡Él se llama Andrés!

―¿Tú me llamaste?

―Yo te llamé.

―¿Un Espíritu, y perdona, puede llamar por teléfono?

―No que yo sepa.

―¿Entonces?

Puedo generarte la sensación de que tu teléfono suena. Respondiste una llamada inexistente, me escuchaste y recogiste la información que te di, hablándole al teléfono cuando yo estaba a tu lado.

―¿Me buscaste?

―¡Necesitaba ayuda! La Ouija había contestado a mi hermano y esa vez, no era yo quien hablaba con él. Tuve que venir rápidamente y decirle a Andrés que se durmiera. ¡Me ha visto! Y esto de ver a su hermano muerto, ya no lo olvidará en toda su vida.

―¿Pretendes que ayude a un demonio? ¿Qué me fié de ti?

―Déjate de hostias. El destino de un niño está en juego; que sea noble o un golfo depende de este momento.

―¿Qué quieres que haga?

Pedir ayuda. Mi madre no puede cuidar a mi hermano. Me llama todos los días con la Ouija. Está muy solo.

―¿Te refieres a asuntos sociales?

―Lo desconozco.

―Sí, será mejor empezar por ahí. No sé cómo lo voy a explicar, pero tranquilo, ya se me ocurrirá algo.

―Mi madre tiene un problema con el juego. Un problema que ya a mí me costó la vida y empuja a mi hermano a un destino terrorífico. Ahora podemos evitarlo. LOS DOS NECESITAN AYUDA y hoy es el día. ¡Luchemos por ellos! Por favor, haz esa llamada.

Salvaremos a mi hermano y mi madre será la buena mujer que fue antes de tenernos. Tú sabes de destinos, de sus cruces, de sus momentos ideales, de cuándo explotan. Conoces la diferencia en el transcurrir de la vida de hacer algo a no hacerlo. De hacerlo antes o hacerlo después. No tengo que explicarte más.

―Entonces…, ¿tú no eres un Espíritu malo como decimos?

―¿Importa lo que yo sea?

―No, no. Lo digo por aquello de aprender…

―Te repito: El ser humano es quien alimenta y hace perdurar el invento de un mal en la tierra.

―Tengo entendido que un Espíritu del mal sale del calvario inmediatamente después de realizar una acción de ayuda o consuelo. ¿Lo haces también por eso?

―Por aquello de aprender…

Tres horas después de dar la señal de alarma, salgo a la calle. Creo que mis explicaciones convencieron a todos los que llegaron a la casa, que no fueron pocos. A la madre se la llevaron a psicología o psiquiatría, no me enteré muy bien. Por suerte, de momento no ha comentado nada de la aparición de su hijo fallecido. Por su propio beneficio, espero que no lo cuente en psiquiatría o se le complicará mucho recibir el alta médica.

Al pobre Andrés también se lo llevaron allí, donde se lleva a un menor. Al no ser familiar directo, no me dijeron mucho más. Lo importante es que, bueno, entre todos evitamos futuros al parecer nada halagüeños.

Regresar a casa caminando después de acabar un caso ya es una rutina. Todavía quedan sitios abiertos debido a las fiestas de la Virgen del quince de agosto y, ¡claro está!, un cafecito americano en una terracita, ¿a quién no le apetece ahora? Vuelvo muy confundido. Hoy se supone que hemos tratado con un Alma de los denominados malos, quien, sin embargo, se desvivió por evitar daños a su madre y a su hermano.

Cualquiera al verlo rodeado de una Ouija, pentagrama, cruces invertidas y demás hubiese esperado lo peor de él. Pero, en cambio, llegó a perdonar a su madre. También pidió ayuda para ella aun después de que un grave error suyo le costara a él la vida.

Me preocupa mucho pensar en la posibilidad de que lo peor, lo mucho más horrendo y desagradable que haya tras esta vida, eso a lo cual llamamos el mal, a la larga sea mejor que nosotros o más humano, al menos. Me deja muy preocupado que ellos, los malos, puedan perdonar hasta lo más doloroso y a nosotros a veces nos cueste tanto. Este caso me deja varios datos para estudiar a solas y debatir tranquilamente con mis más allegados.

De repente, suena el teléfono. ¿Comienza otro nuevo caso de Fantasmas…?

―Dígame. ¿Quién es?

―¿De verdad vas a volver a hablar conmigo con la oreja pegada al teléfono…?


Solicitud de inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual n.º M-006442/2024