SÍ, NOS SUICIDAMOS, PERO ESPERA…

Cerca de una hora y media después, la megafonía del tren anuncia la llegada a mi estación de destino. Al igual que en otras ocasiones, un nuevo y urgente caso, cómo no, surgió de la noche a la mañana. Sea como fuere, a las seis de la madrugada estaba desayunando mi café americano y una napolitana, en una concurrida cafetería de la estación de Chamartín. Mientras esperaba, repasé el billete cuatro o cinco veces: no entiendo por qué, en los momentos previos a subir a bordo, me da por pensar que el tren arrancará sin mí. Me sabía de memoria el número de mi vagón y el asiento que me correspondía, había metido todos los objetos metálicos en la maleta para pasar el control de acceso enseguida, podía repetir de carrerilla el lugar donde está situada cada puerta de acceso a las vías, pero es igual: cuando en la pantalla de próximas salidas pusieron la vía de embarque, yo eché a correr preocupadísimo por no quedarme en tierra.

Una vez fuera del vagón, enseguida creo distinguir a las dos personas con las que estoy citado. Cumpliendo con lo acordado en nuestra última llamada, ambos me esperan junto a la puerta de salida. Basta una mirada para confirmar que, efectivamente, nos hemos encontrado sin hacer uso del móvil. Se trata de un hombre y una mujer, de unos cuarenta y pocos años, de constitución delgada, vestimenta informal y de un parecido tal que no pueden negar que son hermanos. La primera impresión al escucharles coincide con el tono de voz de quienes sufren un problema de Espíritus. El simple hecho de no querer ni mencionarlo en un lugar con tanta gente pasando por nuestro lado ya dice mucho. Amablemente, la pareja de hermanos propone invitarme a desayunar en la misma cafetería de esta estación.

Mientras seguimos a Miguel, como así se llama el hombre, Paloma, la mujer, me pone al día de los lugares de obligada visita turística con los que cuenta esta capital de provincia, bañada por el río Duero y escenario de una de aquellas legendarias leyendas que estremece al oírla. Sin duda, Miguel acierta con el sitio elegido donde sentarnos para tomar el segundo americano del día: se trata de una mesa algo apartada de todas las demás situadas fuera, en la terraza de la cafetería, a un lado del edificio principal de la estación:

Aquí estaremos bien, lejos de todos los chismosos que ya sospechan que algo raro nos ocurre con la casa ―comenta Miguel, según se va sentando.

―Pues mira, antes de empezar nos gustaría decirte que nosotros no hemos tenido apenas roce con temas de estos paranormales. Sí, de jóvenes, ¡ya sabes! Alguna tontería de ir al cementerio, de jugar al vaso, pero hasta ahí. Tampoco es que no creyéramos…

La que creía era mi madre y, bueno, mi padre algo también. Interrumpe Miguel a Paloma.

―Bueno, el caso es que no seguimos ningún programa, ni revista, ni un simple pódcast dedicado a estos temas; no nos interesaba. Bueno, no nos interesaba hasta hace un par de meses, cuando algo nos hizo cambiar radicalmente de opinión.

A la fuerza ahorcan.

―Cuando hablamos por teléfono, más o menos te pusimos al corriente de nuestra situación. Somos tres hermanos que desde hace ya año y medio, con la muerte de mis padres, venimos sufriendo una constante agonía entre medios de comunicación, investigación policial y los típicos chismorreos de la gente, que parece que no tiene otra cosa que hacer más que meterse en la vida de los demás.

Mis padres se murieron hace año y medio, el veinte de junio pasado. La noticia rápidamente saltó a los medios dado que ellos decidieron suicidarse juntos una noche. Al principio no entendimos por qué, ni sabíamos cuál fue la causa que les empujó a tomar una decisión así.

Fue la propia policía quien nos aclaró algo el panorama después de ocurrir el suicidio: existía una orden de embargo sobre la casa de mis padres, que ellos ya habían recibido. Tirando del hilo, supimos que el tratamiento médico contra la leucemia de mi madre no fue costeado por la sanidad pública. Sin decirnos nada, mi padre recurrió a una clínica privada y el dinero para pagarlo, como ya habrás adivinado, salió de hipotecar la casa con una de estas financieras buitres. Una financiera que los desplumó.

―¡Es que mi padre no creía en la sanidad pública! Decía que ahí se quitaban a los viejos del medio a la mínima para ahorrarse pensiones. Se quedaron sin nada los pobres. Llevaban meses recogiendo la comida en un comedor social, les cortaron la luz, debían la comunidad… ¿Cómo no nos dijeron nada!? ―comenta Paloma, rompiendo a llorar.

Por suerte y un buen abogado que, por cierto, nos costó un riñón, conseguimos levantar el embargo y librar a la casa de toda la deuda. Mi otro hermano, Damián, salió muy afectado; todavía lo está. Le hubiese encantado venir hoy, pero le es imposible; sigue medicado y escondido en un pueblo porque todo el trajín de la prensa, la policía y los vecinos casi acaba con él.

―Enfermó de los nervios. No podía con la situación, le desesperaba.

Pero lo peor estaba por llegar. Cuando tuvimos todas las cosas en orden, decidimos poner el piso de mis padres en venta y tuvimos suerte: dos o tres semanas después de entregárselo a la agencia, esta nos avisó de que había un posible comprador. Enseguida, ¡ya ves tú!, quedamos para hablar con él. Son un matrimonio de Pontevedra, a quienes les había encantado el piso. En fin, todo muy bien.

―Tan bien que a los tres días estábamos firmando el contrato de arras, recibiendo nosotros un dinero como reserva del piso.

Todo contentos, Paloma y yo nos disponíamos a vaciar el piso, cuando empiezan a surgir los sucesos que te contamos por teléfono. Luces que se encienden y se apagan, muebles moviéndose solos, bloqueando las puertas como si no quisieran que nos fuésemos, cajones cayendo al suelo, escuchas hablar a alguien que yo juraría que es la voz de mi madre; mira, un caos. Es imposible sacar nada de la casa. Ni el más mínimo papel, ¡imposible! Y fíjate, el contrato de arras vence la semana que viene y si no entregamos el piso, tenemos que devolver el doble del dinero que nos dieron de fianza. ¡El doble! Que, claro está, no lo tenemos.

―A mí me parece que mis padres quieren decirnos algo. A veces, me he ido yo sola a la casa y sentada en uno de los butacones del salón, les he preguntado, pero siempre salí corriendo, muy asustada. No sabemos qué hacer, de verdad.

―Bueno, habrá que ver primero la casa y analizar cada una de las cosas que ocurren por separado. Coincido contigo, Paloma, en que puede ser una llamada de atención de vuestros padres. Quizás quieran o necesiten deciros algo antes de terminar de marcharse para siempre. No os duela, pero esto es algo bastante común en aquellos que decidieron poner fin a su vida y tuvieron el valor de hacerlo. Si es así, tendremos que estar en la casa y esperar que quieran manifestarse de alguna manera.

―¿Se pueden llegar a aparecer? ―pregunta Paloma, con los ojos muy abiertos.

―El Alma siempre es quien elige la forma de comunicarse. Les voy contestando, mientras apuramos el café. Claro que pueden aparecerse. Verlos es una posibilidad frecuente, pero cuando tus padres nos empiecen a hablar, dejándose ver, no dejándose ver o como ellos así lo estimen, nosotros únicamente hemos de escuchar. El objetivo principal de lo que vamos a intentar es saber qué es lo que quieren de vosotros; lo demás ya se verá sobre la marcha.

¿Podremos preguntarles por qué no hablaron con nosotros?

―Mi consejo es que primero solo nos concentremos en escuchar. De momento, no sabemos quién hay en la casa, quién es el que intenta comunicarse con vosotros; también tenerlo en cuenta. Hay que tomar precauciones y si de veras son vuestros padres, entonces, cuando ellos terminen de hablar, será cuando sepamos si disponen de un tiempo para interactuar con nosotros. No debemos interrumpir, pues no sabemos si tienen mucho o poco tiempo para cumplir este último deseo suyo. Lo más habitual suele ser que, cuando el Espíritu acaba de hablar, coja y se vaya sin dar tiempo ni a formular una pregunta. Se va para no regresar; el definitivo y triste nunca más se pone en marcha. Lo mejor será ponernos con ello cuanto antes, así que dejadme llevar la maleta al hotel y vámonos para la casa.

Alrededor de una hora más tarde, Miguel, Paloma y yo llegamos al piso de sus padres. La sensación al entrar es fría, tan fría que, nada más poner un pie en el recibidor del piso, creo distinguir algo al final del pasillo. ¡Es una cara! Una cara se asoma tímidamente por el resquicio de una puerta como si no quisiera verse descubierta. Está justo en la puerta del cuarto al cual nos dirigimos, recorriendo un estrecho pasillo de suelo de parqué. Se trata del salón, una coqueta y agradable estancia con dos grandes ventanales, presidida por un mural de madera de caoba y una gran mesa para doce comensales.

Al entrar, no veo nada extraño, no hay ningún Espíritu, pero según voy a sentarme en uno de los dos butacones que acompañan al sofá, ¡la puerta de la calle se cierra de repente! Alguien que no hemos sido ninguno de nosotros ha echado la llave de la casa girándola por tres veces, a la vez que las dos persianas de los ventanales caen estrepitosamente contra el alféizar de mármol. ¡Estamos encerrados y completamente a oscuras!

La tensión surge. El lógico miedo ya se abre camino en los tres, pero antes de que reaccionemos suena el timbre de la calle. Ayudándonos de la linterna del móvil, Paloma enciende la luz y se dirige a la puerta de entrada al piso. Tras preguntar quién es, la abre avisándonos de que Damián acaba de llegar.

Es mi hermano Damián. ¡Qué raro! Lo hacía en el pueblo; nos dijo que no vendría. ―Aclara Miguel.

Damián es un hombre de constitución bastante diferente a la de sus hermanos, algo más delgado y con aspecto de persona enferma; llama la atención la marcada palidez de su rostro y su alterado estado de nervios. Antes, incluso de saludarme, quiere saber si se ha perdido algo, si sus padres de verdad continúan en el piso y si han hablado. Después, me somete a una serie de preguntas como si de verdad mereciera la pena hacer “cosas de estas” en el piso. Por lo que sabe, puede venir un Espíritu malo y hacernos daño, poseernos o engañarnos. Hace hincapié en que él terminó tan alterado con lo acontecido tras el suicidio, que ahora precisa de una medicación para poder dormir y otra diferente para pasar el día tranquilo. La prensa le machacó, inventaron mil barbaridades acerca de sus padres y ya tuvo bastante; no puede permitirse el susto de ver muertos que acentúe su estrés. En su opinión, deberíamos marcharnos y entregar el piso según está.

Demasiado tarde: antes de que Damián termine de hablar, alguien vuelve a echar la llave a la puerta de la calle y la luz se apaga, al tiempo que oímos el sonido de unos pies caminando despacio por el pasillo. ¡Alguien se acerca al salón! Los cuatro enmudecemos y, pegados al asiento, sentimos ahora un tremendo jaleo de platos y cacharros moviéndose en la cocina. La reacción de los hermanos no se hace esperar y tanto Paloma como Damián hacen intención de marcharse, pero la puerta del salón se cierra tan de repente y con tal portazo que devuelve a Paloma despavorida a su asiento. Damián, fuera de sí y agarrando el pestillo, trata de abrirla. La zarandea bruscamente pidiendo ayuda a un Miguel, quien, presa del pánico, no reacciona. Acercándome a Damián, le pido que se tranquilice: no vamos a conseguir abrir la puerta, porque en estas circunstancias nunca se abren. Además, ambos observamos sorprendidos que ya no hace falta porque… ¡La puerta se abre sola!

Efectivamente, la puerta se va abriendo despacio y enseguida un fuerte olor a café que notamos todos se propaga rápidamente por todo el salón.

―Huele al café de mamá ―advierte Paloma tartamudeando.

―¡Mirad a la mesa! ―Les indico a los tres hermanos.

¡Es increíble! Una cafetera todavía humeante, rodeada de cuatro tazas, un azucarero y un plato con algunas pastas, acaba de aparecer en el centro de la mesa situada a espaldas nuestras. Sin dejarnos tiempo para reaccionar, una tras otra, hasta un total de seis sillas se separan de la mesa. ¡Las sillas se mueven! No estamos solos, y quien esté con nosotros… ¡Quiere que nos sentemos! Dirigiéndome a los tres hermanos, les aconsejo que lo mejor para zanjar este caso es obedecer y tomar asiento en ellas. Ha llegado el momento y toca hacer frente al Espíritu. A Paloma y a Miguel el miedo los tiene tan atenazados y les impone tanto, que el solo hecho de levantarse del sofá y llegar a la mesa les supone un esfuerzo descomunal. En cambio, Damián, visiblemente mucho más afectado por el miedo, parece resistirse e incluso sugiere la posibilidad de que la cafetera y las sillas estuviesen así desde antes de nuestra llegada.

¿Cómo puedes decir eso, Dami…? Todos hemos visto las sillas moverse. Tú fuiste el primero en notar el olor a café. ¿Y esas pastas? Esas pastas son clavadas a las aceitadas que hacía mamá. Papá, mamá o alguien quiere decirnos algo y esto me fastidia tanto como a ti. Entiéndelo, no podemos irnos así; creo que esto es algo que nos perseguiría toda la vida, lo llevaríamos con nosotros a donde fuésemos; llegaríamos a meterlo en nuestras propias casas. En nuestras casas con los niños. ¿No lo ves? ¿Y si les pasa algo a ellos? ¡No, no, no! Lo que sea, hagámoslo ya y acabemos con esto.

Las palabras de Miguel no convencen a Damián. Negando con la cabeza repetidas veces, hace hincapié en el riesgo al cual nos vamos a exponer. En su opinión, sentarse en la mesa sería prestarse a recibir un susto con consecuencias psíquicas, algo de lo que él ya está bastante servido. Aparte, reconoce el enorme miedo que le supone participar en un “juego” relacionado con muertos. Enfadado, a gritos y dando un golpe seco a la mesa, amenaza con marcharse e impugnar el testamento si continuamos con… De repente, sus cabellos se estiran violentamente hasta tirarle al suelo. ¡Algo le ha cogido de los pelos! Le zarandea a su voluntad como si fuese un pelele y, arrastrándole desde el sofá, le arroja contra la silla donde está sentada Paloma. El silencio se hace en el salón. Este caso comienza ahora y empieza dejando claro que esta reunión en torno a la mesa no era algo opcional, sino de obligado cumplimiento.

Damián enseguida se sienta en una de las sillas, temblando como un niño y con rastros de sangre. Paloma llora sin control y Miguel, atónito, no se da cuenta de que tiene la boca abierta y la saliva le está resbalando por las comisuras. En un lado estamos sentados los cuatro; enfrente, las otras dos sillas aparentemente continúan vacías. Tratando de tranquilizar unos nervios muy difíciles de calmar, les indico que intenten aguantar solo hasta donde puedan. Este tipo de “encuentros” es posible detenerlos cuantas veces sean necesarias. Podemos interrumpirlo, descansar, salir a la calle a coger aire, beber agua, templar los nervios y volver cuando hayamos recuperado lo suficiente para soportar otro ratito. Será complicado, duro; de hecho, ya lo está siendo, pero hay que afrontarla sí o sí, porque, como bien dice Miguel, cuando un Alma requiere tu presencia, te perseguirá toda la vida si es necesario. Un Alma nunca deja nada en el tintero.

¡Una taza se acerca resbalando por la mesa hasta situarse delante de mí! No se ve quién la empuja. ¡Tiene café! Las tazas que antes aparecieron vacías en torno a la cafetera ahora, ¡tienen unos dos dedos de café! La misma operación se repite con Paloma, con Miguel, frente a una de las sillas vacías, frente a la otra y…, se detiene. ¿Y Damián? ¿Por qué no se ha servido una taza a Damián? Me pregunto yo y creo que igualmente se pregunta el resto. Pero en el aspecto del propio Damián ya se deja entrever algo extraño: sigue temblando, con la barbilla a la altura del pecho y llorando tanto, que sus lágrimas caen encima de la mesa. El plato de pastas y el azucarero son los últimos en colocarse al alcance de todos. Por supuesto, ninguno nos movemos; creo que nadie piensa en tomarse el café y menos en ponerse a comer pastas, aunque para alguno esto nos suponga todo un esfuerzo.

Mamá, papá, ¿sois vosotros? Por favor, ¿qué es lo que queréis? ¿Qué podemos hacer? ―pregunta Paloma sin dejar de llorar.

¿No queréis que vendamos la casa? Pues venga, no la vendemos y ya está. Ya veremos cómo la mantenemos. ―Continúa, Miguel.

De pronto, uno de los cajones del mural se abre, cayendo al suelo. En su interior se aprecia un mantel de tela y varias servilletas del mismo material. Por unos segundos, espero que sea alguno de los hermanos quien recoja el cajón y lo ponga encima de la mesa, cosa que ninguno hace. Levantándome, y ante la aterrada mirada de los tres hermanos, soy yo quien se dirige hacia él. Sin embargo, al pasar por delante de las sillas vacías, ¡los noto! ¡Están aquí! Las dos sillas están ocupadas por dos presencias ocultas a nuestros ojos. Noto la sensación gélida que transmite su condición de difuntos; es la misma que desprenden otros Espíritus con los que tuve la suerte de coincidir. Dudo, no sé si coger el cajón o no. Despacio, me agacho a por él esperando alguna reacción; la verdad, creo ser el menos indicado para tocar algo que les pertenece por entero a ellos, pero hagámoslo por aquello de lo complicado de la situación.

Apenas he dejado el cajón encima de la mesa y tanto el mantel como las servilletas salen literalmente disparadas. Dentro, solo queda una antigua carpeta de cartón azul oscuro cerrada por un par de gomas. Al ir a cogerla, Damián, completamente fuera de sí, se levanta de la silla gritando que no la toque. Paloma y Miguel lo miran. El gesto de los dos ha cambiado y ni siquiera se inmutan, ¡cuando algo sienta a Damián bruscamente en la silla de nuevo! Miguel me pide la carpeta con tono serio, mientras su hermano, sollozando, le ruega que no la abra, que se olvide de ello. Su lamentable estado, de seguro provocado por el contenido de la carpeta, lleva a Damián a proponer la inesperada renuncia a su parte de la herencia, si sus hermanos se la entregan sin ver lo que hay en su interior.

Por el amor de Dios, Dami. ¿Qué has hecho? ―cuestiona Paloma.

Lejos de aceptar la disparatada propuesta de Damián, Miguel abre la carpeta. No le hace falta más que ojear un poco los papeles en ella guardados para, con el ceño fruncido, preguntar a sus hermanos:

¿Quién dijo que el tratamiento de mamá se pagó con un crédito solicitado por papá, sin contar con nadie y con esta casa como aval?

―Te lo dije yo, pero Dami fue quien revisó la documentación. ¿No? ¿Dami? ―contesta Paloma.

Miguel, con la mirada clavada en su hermano Damián, entrega varios folios a Paloma. La mujer no da crédito: las hojas son los informes médicos de Agustina, madre de los tres hermanos, redactados acerca del tratamiento de quimioterapia recibido de manos de la seguridad social en el Hospital Provincial. Esto solo significaba una cosa: Eleuterio, padre de estos hermanos, no perdería su casa por culpa de un préstamo solicitado por él para costear ningún tratamiento médico. ¿Entonces? ¡Algo acaba de caer a los pies de Miguel!

 ―¡Es el costurero de mamá! Siempre lo dejaba en aquella repisa del mural —explica Paloma.

El costurero no solo se ha caído por sí solo, también se ha abierto, esparciendo todo su contenido por el suelo. Entre los ovillos de lana, las agujas y las bobinas de hilo encontramos un papel. Un papel doblado cuatro veces y colocado precisamente dentro del costurero, como si se hubiese pretendido dejarlo bien escondido. De forma asombrosa, sin buscarlo y sin que nadie lo pudiéramos ni imaginar…, el contrato del préstamo acaba de aparecer.

En efecto, se pidió una estimable cantidad de dinero a una financiera. Una financiera, cuyos intereses abusivos terminaron por arruinar la ya humilde economía del matrimonio. Un contrato que no convenció ni a Miguel ni a Paloma, pues había algo raro en ese documento. Algo tan raro como que la firma aceptando lo dispuesto en el contrato, aunque parecida, estaba muy lejos de ser la rúbrica original de Eleuterio: ¡la firma estaba falsificada! Una falsificación de la que enseguida sabemos de manos de quién viene. Con la vista pegada al suelo, Damián reconoce que fue él quien solicitó el préstamo y quien falsificó la firma. Necesitaba dinero para hacer frente a unas deudas contraídas con las tarjetas de crédito. Miguel y Paloma caen desplomados en la silla sin saber qué decir. Por el contrario, a mí me surgen dos dudas. La primera de ellas, enseguida, me la aclara Miguel: en este tipo de préstamos concedidos por financieras, el solicitante no ve a ningún notario.

En algunas solo necesitas llamar a un número de teléfono para que te lo concedan ―me aclara Miguel.

La otra duda es que sencillamente no lo termino de entender. No me refiero a lo que hizo Damián, sino a todo en general. Yo no me puedo ni suponer que dos Almas insistan en hacerse oír solo para, digamos, lavar su imagen tirando por tierra la de su propio hijo. Será así, pero a mí me cuesta creer que no haya un algo más. Después de unos minutos sin que nadie reaccione, ni ocurra nada más, me dispongo a despedir a Eleuterio y a Agustina y a dar el caso por terminado, cuando, de la nada, vemos como sobre el reverso de uno de los papeles ¡un lapicero empieza a escribir solo! Ahora, lejos de dudas y sorpresas, lo realmente importante pasa a ser lo escrito en el reverso del folio:

Sigue jugando y acumulando deudas.”

Ahora ya sí, tras una larga conversación, Damián admitió ser un adicto a las apuestas deportivas. Reconoce que metió a sus padres en un préstamo sin su consentimiento y que luego, cuando les llegó la carta de desalojo del piso, Damián les confesó su culpa; les contó lo terrible de su situación económica. Describe cómo engañó a sus hermanos, una vez ocurrido el suicidio, inventándose la historia de un crédito y un tratamiento particular contra la leucemia pagado al hospital. Conoce muy bien cuatro locales de apuestas existentes cerca de su oficina, y señaló que raro era el día que no entraba en los cuatro. En más de una ocasión, perdió todo el sueldo del mes en una sola tarde. En la actualidad debe tres tarjetas de crédito y sigue jugando, pues ve en el juego la única opción para poder pagarlas; pero lo cierto es que, menos la casa, ya ha perdido o empeñó la mayoría de sus cosas. El juego también provocó su divorcio; sería bueno saber por qué su exesposa nunca dio la voz de alarma.

Con respecto a Eleuterio y Agustina, qué decir, pues…, ¡qué grandes! ¿No? Un hombre y una mujer juntos desde bien jóvenes. Un hombre y una mujer que seguramente pasaron toda su vida luchando por darles lo mejor a sus hijos. Un hombre y una mujer capaces de renegar de sus últimos años, meses o días de vida por salvar la reputación de uno de sus hijos. Unos padres, quienes prefirieron suicidarse antes que descolgar el teléfono e informar a sus otros hijos de lo ocurrido. Yo creo que este matrimonio, cuando recibió la carta obligándoles al desalojo del piso y Damián les contó la verdad, no lo vieron como su propia ruina, sino como la perdición de su hijo. Debieron de considerar que, con su muerte y con la parte de la herencia que le tocara, Damián tendría una segunda oportunidad.

Un día mencioné que, tiempo atrás, las Ánimas se hacían notar o regresaban para solucionar algún problema suyo. Un problema relacionado con sus días de vida. Ahora las cosas están cambiando; el objetivo final de la mayoría de los casos es otro. Fijémonos en Eleuterio y Agustina, dos Almas que, antes de marcharse, allá donde vaya uno después de morir, se empeñan en llamar la atención en Espíritu con una única intención: dar a conocer los errores que está cometiendo uno de sus hijos. Todos sus desplantes con Damián, mientras duró el encuentro en el piso, fueron simplemente para que nosotros nos fijásemos en él y no en ellos. Damián era quien tenía cosas que decir; él era quien debía pedir ayuda, no Agustina ni Eleuterio. En cambio, el matrimonio esperó antes de irse con la intención de solucionar una situación actual en la cual, no nos equivoquemos, un amigo, un vecino o nosotros mismos podríamos caer. Después, cuando acabamos, ellos dos se fueron igual que antes del encuentro, sin pedir nada de nada; ¿no es maravilloso?

Por desgracia, solo pudimos ver a Eleuterio y a Agustina un momento. Fue según salíamos del piso y cuando ya estaba todo aclarado: los dos se aparecieron sentados en la mesa, con la taza de café en la mano y con la misma apariencia que muestra su fotografía de boda colocada en el mural. Mostrando una sonrisa de complicidad, nos miraron sin decir palabra. Nos miraron con timidez y dulzura a la vez; fue sobrecogedor. Este nuevo caso de Fantasmas, plagado de sustos con poco margen para reponerse entre uno y otro, tuvo además una guinda final imposible de olvidar. Eleuterio y Agustina, mientras lentamente su imagen se desvanecía y mostrando un evidente gesto de resignación, quisieron dejarnos a los cuatro una pregunta antes de marcharse para no volver jamás… ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

***SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL M-005899/2024.