SÍ, NOS SUICIDAMOS, PERO ESPERA…

Cerca de una hora y media después, la megafonía del tren anuncia la llegada a mi estación de destino. Al igual que en otras ocasiones, un nuevo y urgente caso surgió de la noche a la mañana. Sea como fuere, a las seis de la madrugada estaba desayunando mi café americano y una napolitana, en una concurrida cafetería de la estación de Chamartín.

Una vez fuera del vagón, enseguida creo distinguir a las dos personas con las que estoy citado. Cumpliendo con lo acordado en nuestra última llamada, ambos me esperan junto a la puerta de salida. Basta una mirada para confirmar que, efectivamente, nos hemos encontrado sin hacer uso del móvil. Se trata de un hombre y una mujer, de unos cuarenta y pocos años, de constitución delgada, vestimenta informal y de un parecido tal que no pueden negar que son hermanos. La primera impresión al escucharles coincide con el tono de voz de quienes sufren un problema de Espíritus. El simple hecho de no querer ni mencionarlo en un lugar con tanta gente pasando por nuestro lado ya dice mucho. Amablemente, la pareja de hermanos propone invitarme a desayunar en la misma cafetería de esta estación.

Mientras seguimos a Miguel, como así se llama el hombre, Paloma, la mujer, me pone al día de los lugares de obligada visita turística con los que cuenta esta capital de provincia, bañada por el río Duero y escenario de una de aquellas legendarias leyendas que estremece al oírla. Miguel nos conduce hasta una mesa algo apartada en la terraza de una cafetería situada al lado de la estación; un sitio discreto para hablar.

Aquí estaremos bien, lejos de todos los chismosos que ya sospechan que algo raro nos ocurre con la casa ―comenta Miguel, según se va sentando.

―Pues mira, antes de empezar nos gustaría decirte que nosotros no hemos tenido apenas roce con temas de estos paranormales. Sí, de jóvenes, ¡ya sabes! Alguna tontería de ir al cementerio, de jugar al vaso, pero hasta ahí. Tampoco es que no creyéramos…

La que creía era mi madre y, bueno, mi padre algo también interrumpe Miguel a Paloma.

―Bueno, el caso es que no seguimos ningún programa, ni revista, ni un simple pódcast dedicado a estos temas; no nos interesaba. Bueno, no nos interesaba hasta hace un par de meses, cuando algo nos hizo cambiar radicalmente de opinión.

A la fuerza ahorcan.

―Cuando hablamos por teléfono, más o menos te pusimos al corriente de nuestra situación. Somos tres hermanos que desde hace ya año y medio, con la muerte de mis padres, venimos sufriendo una constante agonía entre medios de comunicación, investigación policial y los típicos chismorreos de la gente, que parece que no tiene otra cosa que hacer más que meterse en la vida de los demás.

Mis padres se murieron hace año y medio, el veinte de junio pasado. La noticia rápidamente saltó a los medios dado que ellos decidieron suicidarse juntos una noche. Al principio no entendimos por qué, ni sabíamos cuál fue la causa que les empujó a tomar una decisión así.

Fue la propia policía quien nos aclaró algo el panorama después de ocurrir el suicidio: existía una orden de embargo sobre la casa de mis padres, que ellos ya habían recibido. Tirando del hilo, supimos que el tratamiento médico contra el cáncer de mi madre no fue costeado por la sanidad pública. Sin decirnos nada, mi padre recurrió a una clínica privada y el dinero para pagarlo, como ya habrás adivinado, salió de hipotecar la casa con una de estas financieras buitres. Una financiera que los desplumó.

―Mi padre no creía en la sanidad pública. Decía que ahí se quitaban a los viejos del medio a la mínima para ahorrarse pensiones. Se quedaron sin nada los pobres. Llevaban meses recogiendo la comida en un comedor social. ¿Cómo no nos dijeron nada? ―comenta Paloma, rompiendo a llorar.

Por suerte, soltando dinero y un buen abogado que también nos costó un riñón, conseguimos levantar el embargo y librar a la casa de toda la deuda. Mi otro hermano, Damián, salió muy afectado y todavía lo está. Le hubiese encantado venir hoy, pero le es imposible: sigue medicado y escondido en un pueblo porque todo el trajín de la prensa, la policía y los vecinos casi acaba con él.

―Enfermó de los nervios. No podía con la situación; le desesperaba.

Pero todavía hubo más. Cuando tuvimos todas las cosas en orden, decidimos poner el piso de mis padres en venta y tuvimos suerte: dos o tres semanas después de entregárselo a la agencia, esta nos avisó de que había un posible comprador. Enseguida, ¡ya ves tú!, quedamos para hablar con él. Son un matrimonio de Pontevedra, a quienes les había encantado el piso. En fin, todo muy bien.

―Tan bien que a los tres días estábamos firmando el contrato de arras, recibiendo nosotros un dinero como reserva del piso.

Paloma y yo ya nos disponíamos a vaciar el piso, cuando empiezan a surgir los sucesos que te contamos por teléfono. Luces que se encienden y se apagan, muebles moviéndose solos y bloqueando las puertas.

―Parece que quieren impedirnos que nos vayamos de la casa.

Los cajones se caen al suelo dando un porrazo que ni te imaginas. Pero lo peor de todo es que se escucha hablar a alguien. Alguien que yo juraría que es mi madre mira, un caos. Nos resulta imposible sacar nada de la casa. Ni el más mínimo papel, ¡imposible! Y fíjate, el contrato de arras vence la semana que viene y, si no entregamos el piso, tenemos que devolver el doble del dinero que nos dieron de fianza. ¡El doble! Que, claro está, después de librar al piso de la deuda, es un dinero que no tenemos.

―A mí me parece que mis padres quieren decirnos algo. A veces, me voy yo sola a la casa y sentada en uno de los butacones del salón les pregunto. Pero luego salgo corriendo; me da mucho miedo, no lo puedo remediar. No sabemos qué hacer, de verdad.

―Bueno, pues habrá que ir a la casa. Coincido con vosotros: todo esto puede ser una llamada de atención de vuestros padres. Quizás simplemente quieran o necesiten deciros algo antes de terminar de marcharse para siempre. No os duela, pero esto es algo bastante común en aquellos que decidieron poner fin a su vida y tuvieron el valor de hacerlo les explico tratando de quitar hierro al asunto que desde luego promete ser apasionante.

―¿Se pueden llegar a aparecer? ―pregunta Paloma, con los ojos muy abiertos.

―El Alma siempre es quien elige la forma de comunicarse. Les voy contestando, mientras apuramos el café―. Claro que pueden aparecerse. Sean tus padres o sea otro Espíritu, verlos es una posibilidad más frecuente de lo que muchos se imaginan. Lo mejor es ir poco a poco y ver qué ocurre. Si alguien habla, se deja ver o no se deja ver, nosotros estaremos ahí. El objetivo principal es saber qué es lo que quieren de vosotros, si de verdad quieren algo, y luego ya se verá sobre la marcha.

¿Podremos preguntarles por qué no hablaron con nosotros?

―Mi consejo es que primero solo nos concentremos en escuchar. De momento, no sabemos quién intenta comunicarse con vosotros; también tenedlo en cuenta. Hay que tomar precauciones y si de veras son vuestros padres, entonces, cuando ellos terminen de hablar, será cuando sepamos si disponen de un tiempo para interactuar con nosotros. No debemos interrumpir, pues no sabemos si tienen mucho o poco tiempo para cumplir este último deseo suyo.

Alrededor de una hora más tarde, Miguel, Paloma y yo llegamos al piso de sus padres. La sensación al entrar es fría, tan fría que, nada más poner un pie en el recibidor del piso, creo distinguir algo al final del pasillo. ¡Es una cara! Una cara se asoma tímidamente por el resquicio de una puerta como si no quisiera verse descubierta. Está justo en la puerta del cuarto al cual nos dirigimos, recorriendo un estrecho pasillo de suelo de parqué. Se trata del salón, una coqueta y agradable estancia con dos grandes ventanales, presidida por un mural de madera de caoba y una gran mesa para doce comensales.

Al entrar, no hay ningún Espíritu. Sin embargo, según voy a sentarme en uno de los dos butacones que acompañan al sofá, ¡alguien echa la llave a la puerta de la calle! No hemos sido ninguno de nosotros… Pero la cerradura se giró por tres veces, a la vez que las dos persianas de los ventanales se deslizan despacio por sí solas. ¡Estamos encerrados y completamente a oscuras!

La tensión surge. Permanecemos sin movernos del sitio. Ninguno dice nada y, antes de poder reaccionar, el timbre de la calle suena de repente. Ayudándose de la linterna del móvil, Paloma enciende la luz y se dirige a la puerta de entrada al piso. Tras preguntar quién es, nos avisa de que Damián acaba de llegar.

Es mi hermano Damián. ¡Qué raro! Lo hacía en el pueblo; nos dijo que no vendría ―aclara Miguel.

Damián es un hombre de constitución bastante diferente a la de sus hermanos. Algo más delgado, llama la atención la marcada palidez de su rostro, las muchas gotas de sudor sobre su frente y los constantes movimientos que delatan sus nervios. Antes de saludarme, quiere saber si se ha perdido algo, si sus padres de verdad continúan en el piso y si han hablado. Después, me somete a una serie de preguntas como si de verdad mereciera la pena hacer “cosas de estas” en el piso. Por lo que sabe, puede venir un Espíritu malo y hacernos daño, poseernos o engañarnos. Hace hincapié en que él terminó tan alterado con lo acontecido tras el suicidio, que ahora precisa de una medicación para poder dormir y otra diferente para pasar el día tranquilo. La prensa le machacó, inventaron mil barbaridades acerca de sus padres y ya tuvo bastante; no puede permitirse el susto de ver muertos que acentúe su estrés. En su opinión, deberíamos marcharnos y entregar el piso según está.

Demasiado tarde: antes de que Damián termine de hablar, alguien vuelve a echar la llave a la puerta de la calle y la luz se apaga, al tiempo que oímos el sonido de unos pies caminando despacio por el pasillo. ¡Alguien se acerca al salón! Los cuatro enmudecemos y, pegados al asiento, sentimos ahora un tremendo jaleo de platos y cacharros moviéndose en la cocina.

La reacción de los hermanos no se hace esperar y tanto Paloma como Damián hacen intención de marcharse, pero la puerta del salón se cierra tan de repente y con tal portazo que devuelve a Paloma despavorida a su asiento. Damián, fuera de sí y agarrando el pestillo, trata de abrirla. La zarandea bruscamente pidiendo ayuda a un Miguel, quien, presa del pánico, no reacciona. Acercándome a Damián, le pido que se tranquilice: no vamos a conseguir abrir la puerta, porque en estas circunstancias nunca se abren. Además, ambos observamos sorprendidos que ya no hace falta porque… ¡La puerta se abre sola!

Efectivamente, la puerta se va abriendo despacio y enseguida un olor a café impregna el salón. Todos lo notamos; los ojos de los tres hermanos, mirándome atónitos, así lo demuestran.

―Huele al café de mamá ―advierte Paloma tartamudeando.

―¡Mirad a la mesa! ―Les indico a los tres hermanos.

¡Las sillas se mueven! Los cuatro nos hemos quedado mirándolas sin poder articular palabra. Una tras otra, hasta un total de seis, se separan de la mesa. Su movimiento provoca un ruido que eriza el vello. No estamos solos, y quien esté con nosotros… ¡Espera una respuesta! Dirigiéndome a los tres hermanos, trato de aconsejarles que lo mejor será tomar asiento; la voz me tiembla tanto que al final no se ni lo que he dicho. Mientras nos sentamos, una bandeja acaba de aparecer en el otro extremo de la mesa. ¡Dios…! ¿Cómo es posible? Lentamente, avanza cargada con una cafetera todavía humeante, unas tazas, un azucarero y un plato con algunas pastas. Pastas que parecen recién horneadas a tenor del aroma a mantequilla tostada y vainilla. Una vez delante de nosotros, se detiene. A Paloma y a Miguel el miedo los tiene tan atenazados que el solo hecho de tocar a la mesa les supone un esfuerzo. Damián, bastante más afectado, se resiste a ello y se niega a sentarse en una de las sillas.

¿Cómo puedes hacer eso, Dami…? Acércate, venga. Mira, esas pastas son clavadas a las aceitadas que hacía mamá. Papá, mamá o alguien quiere decirnos algo y esto me fastidia tanto como a ti. Entiéndelo, no podemos irnos así. Si nos vamos, creo que esto es algo que nos perseguiría toda la vida; lo llevaríamos con nosotros a donde fuésemos. Le abriríamos las puertas de nuestras casas. ¡En nuestras casas con los niños! ¿No lo ves? ¿Y si les pasa algo a ellos? ¡No, no! Lo que sea, hagámoslo ya y acabemos con esto.

Las palabras de Miguel no convencen a Damián. Negando con la cabeza repetidas veces, hace hincapié en el riesgo al que nos vamos a exponer. Opina que sentarse en la mesa sería prestarse a recibir otro gran susto con consecuencias, algo de lo que él ya está bastante servido. Reconoce el pánico que le supone todo esto de participar en un “juego” relacionado con muertos. Enfadado y dando un golpe seco a la mesa, amenaza con marcharse e impugnar el testamento si continuamos con… ¡Sus cabellos se estiran violentamente hasta tirarle al suelo! Algo le ha cogido de los pelos. Le zarandea y le arrastra, arrojándole contra la silla donde está sentada Paloma. En el salón solo se escucha nuestra respiración acelerada y el llanto de Damián. A todos nos queda claro que esta reunión en torno a la mesa no era algo opcional, sino de obligado cumplimiento.

Damián enseguida se sienta con nosotros, temblando y con rastros de sangre. Paloma llora sin control y Miguel, boquiabierto, no se da cuenta de que la saliva le resbala por las comisuras. En un lado estamos sentados los cuatro; enfrente, las otras dos sillas aparentemente continúan vacías. Tratando de tranquilizar unos nervios muy difíciles de calmar, vuelvo a pedir un poco de paciencia. Este tipo de “encuentros” es posible detenerlos cuantas veces se precise. Podemos interrumpirlo y descansar, pues será duro; de hecho, ya lo está siendo. Pero les toca afrontarlo sí o sí porque, como bien dice Miguel, cuando un Alma requiere tu presencia, te perseguirá toda la vida si es necesario; nunca dejan nada en el tintero.

Una taza se acerca resbalando por la mesa hasta situarse delante de mí. No se ve quién la empuja, pero… ¡Tiene café! La misma operación se repite con Paloma, con Miguel, frente a una de las sillas vacías, frente a la otra y… se detiene. ¿Y Damián? ¿Por qué no le sirven una taza a Damián? Me pregunto yo y, por los gestos de perplejidad, creo que se lo pregunta el resto.

Algo en el aspecto del propio Damián despierta mis sospechas: sigue temblando, con la barbilla apoyada en el pecho y llorando tanto, que sus lágrimas se estrellan a pares contra la mesa. El plato de pastas y el azucarero son los últimos en colocarse al alcance de todos. Por supuesto, ninguno nos movemos; creo que nadie piensa en tomarse el café y menos en ponerse a comer pastas, aunque para alguno esto nos suponga todo un esfuerzo.

Mamá, papá, ¿sois vosotros? Por favor, ¿qué es lo que queréis? ¿Qué podemos hacer? ―pregunta Paloma sin dejar de llorar.

¿No queréis que vendamos la casa? Pues venga, no la vendemos y ya está. Ya veremos cómo la mantenemos ―propone Miguel.

La respuesta llega enseguida y uno de los cajones del mural se abre. Por unos segundos, espero que sea alguno de los hermanos quien coja el cajón y lo ponga encima de la mesa, cosa que ninguno hace. Ante la aterrada mirada de los tres hermanos, soy yo quien se dirige hacia él. Al pasar por delante de las sillas vacías, ¡los noto! Las dos sillas están ocupadas por dos presencias ocultas a nuestros ojos. Percibo la sensación gélida que transmite su condición de difuntos. Además, se advierte una mirada. Una mirada dura, que sin necesidad de verla te traspasa. Dudo. Me cuestiono si llevar el cajón a la mesa o no. En su interior se aprecia un mantel de tela y varias servilletas del mismo material. Decido agacharme a por él esperando alguna reacción; la verdad, creo ser el menos indicado para tocar algo que les pertenece por entero a ellos y esto también asusta: viendo el trato que ha recibido Damián…

Apenas dejo el cajón encima de la mesa y tanto el mantel como las servilletas salen disparadas. Dentro, solo queda una carpeta de cartón azul oscuro cerrada con un par de gomas. Al ir a cogerla, Damián se levanta de la silla gritando que no la toque. Está fuera de sí. Paloma y Miguel lo miran contrariados. El gesto de los dos ha cambiado y cuando al fin reaccionan, ¡algo sienta a Damián bruscamente en la silla! Puesto en pie, Miguel me pide la carpeta con tono serio, mientras su hermano le ruega que no la abra sollozando. Le ruega que se olvide de ello. Ahora, en un estado lamentable, Damián propone la inesperada renuncia a su parte de la herencia, si sus hermanos le entregan la carpeta sin ver lo que hay en su interior.

Por el amor de Dios, Dami. ¿Qué has hecho? ―le interroga Paloma.

Lejos de aceptar la disparatada propuesta de Damián, Miguel abre la carpeta. No le hace falta más que ojear un poco los papeles en ella guardados para, con el ceño fruncido, preguntar a sus hermanos:

¿Quién dijo que el tratamiento de mamá se pagó con un crédito solicitado por papá, sin contar con nadie y con esta casa como aval?

―Te lo dije yo, pero Dami fue quien revisó la documentación. ¿No? ¿Dami? ―contesta Paloma.

Miguel entrega varios folios a Paloma, con la mirada clavada en su hermano. La mujer no da crédito: las hojas son los informes médicos de su madre Agustina. En ellos se redacta un tratamiento de quimioterapia recibido a manos de la seguridad social en el Hospital Provincial. Esto solo significaba una cosa: la terapia oncológica se hizo a través de la sanidad pública. Eleuterio, su padre, no iba a perder la casa por culpa de un préstamo solicitado para costear ninguna batalla contra una enfermedad. ¿Entonces?

¡Algo acaba de caer a los pies de Miguel!

 ―¡Es el costurero de mamá! Siempre lo dejaba en aquella repisa del mural —explica Paloma.

El contenido del costurero se esparce por el suelo. Entre los ovillos de lana, las agujas y las bobinas de hilo resalta un papel. Un papel doblado cuatro veces y colocado precisamente dentro del costurero, como si alguien hubiese querido esconderlo. De forma asombrosa, sin buscarlo y sin que nadie lo pudiéramos ni imaginar…, el contrato del préstamo acaba de aparecer.

En efecto, se pidió una estimable cantidad de dinero a una financiera. Una financiera, cuyos intereses abusivos terminaron por arruinar la ya humilde economía del matrimonio. Un contrato que no convenció ni a Miguel ni a Paloma, pues había algo extraño en ese documento. Algo tan raro como que la firma aceptando lo dispuesto, aunque parecida, estaba lejos de ser la rúbrica original de Eleuterio para quienes la conocían: ¡la firma había sido falsificada e imaginamos de manos de quién viene!

Con la mirada perdida en el suelo, Damián reconoce que fue él quien solicitó el préstamo y quien falsificó la firma. Necesitaba dinero para hacer frente a unas deudas contraídas con las tarjetas de crédito. Miguel y Paloma caen desplomados en la silla sin saber qué decir. Por el contrario, a mí me surgen dos dudas. La primera de ellas, enseguida, me la aclara Miguel: en este tipo de préstamos concedidos por financieras, el solicitante no tiene que ir a ningún notario.

En algunas solo necesitas llamar a un número de teléfono para que te lo concedan ―me aclara Miguel.

La otra duda es que sencillamente no lo termino de entender. No me refiero a lo que hizo Damián, sino a todo en general. Yo no me creo que dos Almas insistan en hacerse oír solo para, digamos, lavar su imagen tirando por tierra la de su propio hijo. Sospecho que todo esto esconde un algo más. Pasados unos minutos de una calma más o menos normal en estos casos, propongo despedir a Eleuterio y a Agustina. Imposible. Todavía nos queda por ver cómo, de la nada, sobre el reverso de uno de los papeles, ¡un lapicero empieza a escribir solo!

Sigue jugando y acumulando deudas.”

Tras una larga conversación, Damián admitió ser un adicto a las apuestas deportivas. Reconoce que metió a sus padres en un préstamo sin su conocimiento y que luego, cuando les llegó la carta de desalojo del piso, Damián les confesó su culpa; les contó lo terrible de su situación económica. Describe cómo engañó a sus hermanos, una vez ocurrido el suicidio, inventándose la historia de un crédito y un tratamiento particular contra el cáncer pagado al hospital. En la actualidad, afirma deber tres tarjetas de crédito y sigue jugando, pues ve en el juego la única opción para poder pagarlas. Pero lo cierto es que, menos la casa, ya ha perdido o empeñado la mayoría de sus cosas. El juego también provocó su divorcio; sería bueno saber por qué su exesposa nunca dio la voz de alarma.

Con respecto a Eleuterio y Agustina, qué decir, pues…, ¡qué grandes! ¿No? Un hombre y una mujer juntos desde bien jóvenes. Un hombre y una mujer que seguramente pasaron toda su vida luchando por darles lo mejor a sus hijos. Un hombre y una mujer capaces de renegar de sus últimos años, meses o días de vida por salvar la reputación de uno de ellos. Unos padres, quienes prefirieron suicidarse antes que descolgar el teléfono e informar de lo ocurrido. Yo creo que este matrimonio, cuando recibió la carta del desalojo del piso y Damián les contó la verdad, no lo vieron como su propia ruina, sino como la perdición de su hijo. Debieron considerar que Damián tendría una segunda oportunidad con su parte de la herencia.

Antes se pensaba que las Ánimas regresaban para solucionar algún problema suyo. Alguna cuestión inacabada y relacionada con sus días de vida. Ahora las cosas están cambiando; el objetivo final de la mayoría de los casos es otro. Fijémonos en Eleuterio y Agustina: dos Almas que, antes de marcharse, se empeñan en llamar la atención con una única finalidad: dar a conocer los errores que está cometiendo uno de sus hijos. Todos sus desplantes con Damián, mientras duró el encuentro en el piso, fueron simples argucias de Agustina y Eleuterio para fijar nuestra atención en él y no en ellos. Damián era quien tenía cosas que decir; él era quien debía pedir ayuda. En cambio, el matrimonio esperó antes de irse con la intención de solucionar una situación actual en la cual, no nos equivoquemos, todos podríamos caer; la desesperación lleva a eso. ¿No es simplemente maravilloso?

Por desgracia, solo pudimos ver a Eleuterio y a Agustina un momento. Fue según salíamos del piso y cuando ya estaba todo aclarado: los dos se aparecieron sentados en la mesa, con la taza de café en la mano y con la misma apariencia que muestra su fotografía de boda colocada en el mural. Nos miraron sin decir palabra, con timidez y dulzura; fue sobrecogedor.

Este nuevo caso de Fantasmas, lleno de sustos con poco margen para reponerse, tuvo además una guinda final imposible de olvidar: mientras lentamente se desvanecía su imagen, Eleuterio y Agustina quisieron decirnos un último apunte. Sus voces se adentraron en nuestras mentes, siendo nosotros conscientes de lo que ocurría. Quisieron dejarnos una pregunta antes de marcharse para no volver jamás… ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

***SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL M-005899/2024.