Martes, once y media de la mañana. La insistente llamada de un número desconocido al móvil, interrumpe y pone punto final a una nueva cita de trabajo con una pareja de recién casados. Tanto él como ella están preocupados con una serie de sucesos que vienen ocurriendo en un local, recientemente adquirido por ellos, en el cual aseguran que una extraña presencia no está por la labor de verlo convertido en un restaurante vegetariano. Desde luego el gentío dentro del restaurante Vips, lugar donde habitualmente mantengo estas primeras conversaciones, no me va a facilitar escuchar medianamente bien a quien sea que hable al otro lado:
―Dígame.
―Buenos días. ¿Hablo con Antonio?
―Sí, dígame ¿Quién es?
―Mire, le llamo desde un centro oficial, y el motivo de esta llamada es la urgente necesidad de que se desplace a uno de nuestros emplazamientos. Estamos teniendo algún problema de “esos” que usted atiende, y es de vital importancia tenerlo solucionado en la mayor brevedad posible.
―Bien, bien, no se preocupe. Dígame la dirección de ese emplazamiento y buscamos un día para ir a verlo.
―Eh… No, no, veo que no me ha entendido, señor. Necesitamos que venga hoy mismo, ya tiene un coche en la puerta de su portal esperándole y el lugar…, bueno, el chófer ya le indicará los detalles. Recoja de su casa lo que necesite llevarse y por favor, no tarde.
O Mónica, la camarera de los Vips, sin querer vertió en mi café americano medio bote de sustancias de esas modernas que atontan o si no, no lo entiendo. No comprendo cómo he podido meterme en este Mercedes más grande que mi dormitorio, firmar varios certificados de confidencialidad y permitir que un señor, al cual no conozco de nada y conductor silencioso de este coche, me lleve a saber dónde. Es cierto que las firmas de confidencialidad es algo usual en este mundo, la mayoría de las personas que viven una experiencia paranormal se niegan a darlo a conocer y yo lo comprendo. Por suerte, pude fijarme en la matrícula antes de que el chófer cerrase mi puerta del auto conmigo dentro, y tranquiliza ver las letras PME (Parque Móvil del Estado) al principio de ella. Además, los dos escoltas, que desde casa a duras penas nos vienen siguiendo en un vehículo más sencillito, también aportan algo de calma al asunto.
Después de unas tres horas de viaje, sin atreverme a mirar nada más que una vez el contador de velocidad por aquello del, ojos que no ven corazón que no siente, llegamos a nuestro destino. Conozco el lugar, yo estuve aquí años atrás en plan turista. Ya por aquel entonces, noté sensaciones que apuntaban a la posibilidad de encontrarme con presencias de esas extrañas con las que seguir aprendiendo acerca del Alma y sus mundos. De hecho, lo anoté en esa lista mía de lugares a explorar con tiempo y paciencia. Antes de detenernos, consigo ver de refilón un cartel situado en la entrada al recinto anunciando un seminario. Pero cuando ya me veía bajando del auto delante de la puerta principal, el chófer acelera y rodeando el majestuoso edificio, accede a su interior tomando la rampa de entrada al garaje a tal velocidad, que no sé cómo no nos hemos llevado puesta la garita del vigilante.
―Disculpe la brusquedad, caballero. Es mejor que nadie nos vea entrar y, por favor, entrégueme su teléfono móvil. No se preocupe, si recibe una llamada o un mensaje se lo comunicarán de inmediato. Está terminantemente prohibido la grabación o la toma de fotografías de los sótanos de este complejo. ― Comenta el chófer muy seguro de que voy a aceptar.
―El móvil no hay ningún problema, aquí lo tiene usted, pero las dos grabadoras que llevo y la cámara de fotos son mis herramientas de trabajo.― Le respondo algo más preocupado.
―Sí, sí, lo sabemos. Lo sabemos, no se preocupe. Tome, puede cargar sus grabadoras y su cámara con estas tarjetas de memoria. Las tres son las recomendadas por las marcas Olympus y Nikon, no le fallarán.
―¿Cómo sabe usted la marca de mis cacharros?
―¡Ah…! No, no tiene importancia. Eso sí, al terminar deberá devolverme todas las tarjetas. Tome, le dejo alguna más por si acaso las necesitara. Por favor, acompáñeme.
Algo desconcertado, salgo del vehículo y camino por el amplio garaje en compañía del chófer quién ha enmudecido de nuevo. Tras recorrer una pequeña distancia, atravesamos un portón de chapa roja que conduce a un cuarto con dos ascensores; uno de ellos parece estar esperándonos. Sin embargo, ante mi sorpresa, el chófer no ha pulsado ninguno de los botones de las plantas superiores, sino que aún bajaremos más. Según desciende el ascensor sin atravesar ninguna otra planta subterránea, la inquietud y la emoción me asaltan al mismo tiempo. Por una parte, la preocupación de dónde me estoy metiendo insiste con el mismo runrún. Por otra, me siento halagado de que haya sido a mí a quien eligieran estas personas, con las letras PME en las matrículas de sus coches, habiendo muchas otras opciones que, bien por afición o bien de manera profesional, están involucradas en el tema de los Espíritus. Porque…, supongo que todo este misterio tendrá relación con algún Espíritu, generando problemas en el peor momento posible, digo yo.
Por fin, el ascensor se detiene suavemente. Fuera, nos recibe un cuarto similar al anterior con otro idéntico portón de chapa roja por el cual el chófer, cediéndome el paso, me invita a salir. Antes de cruzar el portón estoy convencido de que tras él solo encontraremos otro nivel del parking, sin embargo, no me puedo creer lo que estoy viendo. Una enorme gruta natural, cercana a los dos metros de altura y dividida en varias galerías, se extiende hasta donde mi vista ya no logra alcanzar…
―Señor, nos encontramos en las catacumbas más grandes de todo nuestro país y parte de Europa. ― Comenta el chófer. ― Unas catacumbas cuyo descubrimiento se mantiene oculto desde su hallazgo a finales de los años sesenta. Está usted frente a los restos mortales de miles de cristianos; alrededor de unos 8000 hombres, mujeres y niños que se ocultaron, vivieron y murieron entre estas rocas. Durante años, siglos incluso, esta gruta sirvió de escondite y refugio de cristianos, desde la primera persecución a los seguidores de Jesucristo, decretada en la antigua Hispania en el año 250 por el emperador romano Trajano Decio. Este lugar se conserva tal y como estaba cuando el último de ellos murió o se marchó, no lo sabemos. Hoy por hoy, solo cuatro personas nos atrevemos a bajar. ¿Por qué? Por las cosas tan espantosas que aquí suceden; cosas, de las que nadie se atreve a hablar y mucho menos a reconocer. Si le vale mi opinión: Todos estos pobres cristianos se ocultaron tan bien aquí dentro, que ni la mismísima muerte fue capaz de encontrar sus Almas cuando vino a llevárselas. Lo que tiene delante es un auténtico mortuorio enclavado entre estas rocas. Los muros naturales de una antiquísima ciudad construida bajo tierra con el único fin de sobrevivir. Una ciudad que data del 250 después de Cristo y que todavía hoy tiene vida, no la vida tal y como la entendemos nosotros, sino como quiera Dios que vivan estas 8000 Almas en pena.
Desde poco después del descubrimiento de estas catacumbas, los desgarradores lamentos de súplica, las apariciones rogando un momento de atención y esa impresión de estar acompañado por alguien a quien no ves, condenaron este lugar al más profundo olvido. Por este motivo, nadie de arriba quiso ni quiere hacerse cargo de este lugar en serio. Este pedazo de tierra, con toda la historia que tiene, se ha mantenido oculto a los ojos de todo el mundo, a salvo de climatologías, reestructuraciones y de la barbarie humana. ¡Tan solo somos cuatro personas, y ahora con usted cinco, los que hemos vuelto a pisar este suelo! Todo aquel que supo de este lugar, y se enteró o sufrió lo que aquí ocurre, no quiso volver a saber nada. Unos y otros se lo fueron quitando de encima como si se pasaran una patata caliente. Pero esto debe de estar cerca de explotar y las presencias que aquí habitan, ya se muestran con toda la tranquilidad del mundo en las plantas superiores. Imagínese, usted sabe lo que hay ahí arriba, qué tipos de eventos se celebran aquí y quiénes son sus concurrentes. Ayer mismo tuvieron que suspender el ensayo final del seminario, por el constante rumor de voces, suplicando ayuda con ese mismo tono y el mismo desasosiego con el que te abordan en esas galerías.
―Y por eso me han traído aquí con todo este secretismo.
―Sí, disculpe la película que le hemos montado, pero nadie en absoluto puede saber que está usted aquí.
―Bien, pues si me da un momento para prepararme, encender las grabadoras y colgarme la máquina de fotos, nos damos un paseo y a ver…
―Por supuesto.
Linterna en mano, nos ponemos en marcha. Junto a Marcial, como así dice llamarse el chófer, me encamino por la primera de las galerías. Enseguida se aprecia que entramos en una compleja estructura de corredores abiertos entre rocas; todo un laberinto de oscuros túneles de no más de un metro de ancho y techo abovedado. A mí me sobrecoge pensar que camino por la misma tierra que pisaron unas personas en el año 250. Sin embargo, al dirigir la linterna hacia las paredes, el corazón se me encoge: ¡Están llenas de nichos! ¡Nichos de forma rectangular con esqueletos todavía dentro de ellos! Estremecido, me acerco a observarlos mejor: En alguno hay un cadáver, en otros dos y en este, que justamente tengo delante, alberga dos cuerpos de adultos y otros dos mucho más pequeños. Todos ellos fueron colocados dentro del nicho con mimo, en posición horizontal, con las manos entrelazadas si es uno, cogidos de ellas si son dos o abrazando a los más pequeños en el caso de ser más.
―Impresionante, ¿no te parece? Pues aquí está esto abandonado, precintado, clausurado o cómo quieras llamarlo, sin que nadie le dé una solución. Ven, te enseñaré algo realmente bonito. ― Apunta el chófer, invitándome a que le siga.
A paso ligero y cruzando de una galería a otra, cosa que para él será muy fácil, pero para mí significa no saber dónde estoy, sin darme cuenta dejamos el túnel para acceder de pronto a un ensanchamiento, a una especie de abertura en la gruta, a un espacio de forma rectangular sencillamente precioso. Unos tímidos rayos de sol penetran en ella a través de una de las esquinas, iluminándola ligeramente. ¡Es una capilla! Una capilla en la cual, altar, reclinatorios, bancos, cáliz, sagrario y hasta el crucifijo principal están esculpidos en piedra. Incluso, se aprecian algunas pinturas. ¿Pinturas? Me parece algo fantástico. Desgastados y vagos colores ocres, verdes y rojos representan imágenes sencillas, planas y sin ninguna perspectiva de palomas, corderos, peces y pastores, entre otros dibujos. Parece como si al artista en aquel momento únicamente le importara el simbolismo de su obra. ¿Cómo puede conservarse todo esto así de bien después de tantísimos años?
―Y de esto… ¿Qué se puede decir de esto?― Pregunta Marcial.
A mi entender, creo que es imposible encontrar en ningún otro lado ni las sensaciones ni la magia que guarda esta capilla; antes de verlo venir, ya te ha cautivado los sentidos. Es un lugar mágico, un lugar donde la paz cobra tanto peso, que no te atreves a provocar el menor ruido para no perturbarla. Alterar un ápice de esta armonía, teñida de azul y blanco, no sé si llegaría a considerarse pecado, pero sería un grave error el negarte disfrutar de esta emoción sobria, de esta sensación capaz de asegurarte de que nada es más importante que estar aquí. Todo lo demás puede esperar. También se nota una fragancia extraña, pero relajante, muy relajante. En este cubículo sagrado hay un aroma, imposible de reconocer, que como si brotase del mismo suelo o surgiera a través de la pared, calma y apacigua los ánimos desde el primer momento que lo inhalas.
―¡Hay alguien ahí! ― Cuchichea Marcial, visiblemente alterado.
¡Dios! ¡Es cierto! Mis ojos se detienen bruscamente al encontrarse con una figura inesperada. Tengo los huesos congelados de repente a consecuencia de un frío intenso, el cual, ascendiendo desde la planta de mis pies, me ha recorrido en un instante todo el cuerpo. Sin moverse, las manos entrelazadas y el cabello cubierto por un velo de un blanco puro espectacular, una figura se mantiene arrodillada en uno de los reclinatorios mirando al crucifijo esculpido en la pared. De pronto, comienzo a notar algo raro y por su gesto, Marcial también lo siente: un suave cosquilleo precede a una voz de tono dulce y débil, que como si hablara desde dentro de nuestros oídos, nos invita a sentarnos en el banco que la figura tiene tras ella. Sin dudarlo, y tirando un poco del chófer, tomamos asiento justamente detrás de la figura y al momento, ¡se gira hacia nosotros!
¡Es una mujer! Una mujer cuya marcada y extrema palidez es incapaz de esconder unos rasgos que revelan su hermosura del pasado, lo bello de un aspecto apagado cuando la vida dejó de correr por sus venas. Una mujer joven, Alma de un cuerpo ya difunto, que a diferencia de otros Espíritus no muestra ningún brillo de colores centelleantes y sí un aura en blanco y negro, triste como él solo. Puesta en pie, oscila ligeramente y al mirarnos, se percibe un evidente desconsuelo. Una tristeza arraigada de tal manera, que creo que se podría llegar a tocar. Demostrando no sentir el más mínimo miedo de nosotros, aunque del otro lado no seamos capaces de articular palabra, se acerca segura de sí. Camina erguida, con las manos aún entrelazadas y dejando arrastrar la estola blanca que debió arroparla en sus últimos días de vida, para, una vez frente a nosotros, arrodillarse lentamente, clavándonos una mirada que adormece.
¿Qué ocurre? De repente, detrás del Alma de esa mujer se dejan ver otros muchos Espíritus. Pero no solamente por detrás, ¡están por toda la capilla! ¿Qué es todo esto? Miro a Marcial, no me lo puedo creer, está dormido. ¡Vienen! ¡Dios! Ahora esas Almas se están acercando hasta cerrar un círculo en torno a nosotros. Cubiertas con sencillas túnicas, talares, mantos, casullas, cinturones de cuero o tela, coturnos hasta la pantorrilla, sandalias o desaliñados zapatos, esas Ánimas avanzan hacia nuestro banco en el más absoluto silencio. Un angustioso mutismo aún más imponente cuando descubro lo lívido de sus rostros. Es la misma intensa palidez que muestra el Espíritu de la mujer que aún continúa de rodillas y sin dejar de mirarnos. Tengo claro que algo va a pasar y pronto.
Una vez dispuestas todas las Almas alrededor nuestro, la presión insiste en que salgamos corriendo. Un deseo inmediatamente ahogado al contemplar la pena que a raudales se percibe en los ojos de estos que un día fueron hombres, mujeres y niños. Personas perseguidas por sus creencias religiosas quienes ahora, lejos de pretender hacernos daño, se muestran en Alma ante nosotros con el semblante hundido y aspecto suplicante. Como si la palidez quisiera otorgarles un momento de alivio, desaparece de repente mostrando sus rostros angustiados, a la vez que de manera ordenada van saliendo de la capilla a paso tranquilo. Cerca ya de quedarnos solo con la compañía del primer Espíritu de la mujer, esta se levanta y siguiendo a los demás fuera de este cubículo sagrado, con la mano me indica que la acompañe. Antes de hacerlo, vuelvo a intentar sin éxito despertar a Marcial, al que, por alguna razón que desconozco, me veo obligado a dejar sentado en el banco.
Al salir de nuevo a la galería no doy crédito: Todas las Almas que hace un momento se habían aparecido en la capilla están ahora de pie, colocadas delante de los nichos. Algunos de ellos, noto como en solitario, miran a los esqueletos, a ese puñado de huesos que todavía permanecen perfectamente colocados dentro de los osarios. Quizás, en esa intimidad estén aguantando la emoción de pensar que esos restos alguna vez fueron ellos. La mujer y yo pasamos por delante de ellos; hay nichos en ambos lados y… ¡No puede ser! En esos Espíritus ya no hay palidez, nada difumina su imagen, ni oscilan, ni hay puntos de color centelleando, ¡parece que se han hecho personas de nuevo! Personas de carne y hueso que nos miran dejando escapar una pequeña sonrisa, un gesto de aprobación y, además, sin yo saber por qué o para qué, todos dejan una moneda en el suelo cuando pasamos a su lado.
―Tranquilo. Se piensan que eres Caronte. ― Comenta la mujer sin apenas mirarme y con una voz tan serena que apacigua cualquier conato de miedo. Hay algo muy raro en esta mujer.
―¿Caronte? Caronte se dice que era el barquero encargado de cruzar a las Ánimas errantes desde la orilla de la vida al inframundo. ¿No? ― Pregunto esforzándome para ser capaz de articular palabra.
―Sí, algo así. Para ellos Marcial y tú pondréis fin a su cautiverio. Porque para tu información, todas estas Almas saben que nadie nunca les impidió continuar con el viaje después de la muerte. Se culpan de no haber entendido que la vida es un aprendizaje, cuya primera lección es: “sé quién eres”, “sé tú”. Están arrepentidos de cómo actuaron: si sus creencias les dictaban adorar a un Dios, creer en ese Dios y honrar a ese Dios, ¿por qué se escondieron aquí abajo? ¿Por qué no se echaron a los caminos proclamando su fe y, si llega el caso, morir en su nombre? Piensan que, si ellos hubiesen muerto a manos de los romanos, podían haber conseguido que tanta sangre inocente derramada abriera los ojos a las gentes de entonces y quizás, se hubiera acabado para siempre con las persecuciones religiosas. ¿Será verdad que perdieron la oportunidad de acabar con las dichosas persecuciones? Por cierto, esto es algo que todavía ocurre hoy en día en tu mundo.
Por esta causa se quedaron aquí, por puro remordimiento y arrepentidos de su propia actitud. Esto y solo esto fue lo que provocó su decisión de autocastigarse. Ningún Dios les castigó por nada, fueron ellos solos quienes eligieron quedarse aquí, en estas catacumbas, como Almas ancladas. Esperarían los años y los siglos necesarios, pero no se marcharían de aquí hasta que alguien les hiciese el favor de entonar un perdón por ellas. Pero lo peor no acaba con que estas personas se enjuiciasen de tal forma. Lo que realmente es preocupante, o por lo menos a mí me preocupa, es otra cuestión que yo me pregunto: ¿cuántos de vosotros, de quienes vivís en ese 2024, también elegiríais venir en Alma a estas catacumbas después de muertos, por el simple hecho de no haberos comportado, de no haber actuado en ocasiones cómo sois en realidad?
Ahora creen que sus rezos y súplicas fueron escuchados y la hora de su salvación ha llegado. Esto has de hacer, así que, ponte con ello. Conoces la invocación a Lailah y a Azrael. Bien, porque primero hay que devolver a cada cual lo que es suyo, tú ya lo sabes. También conoces el conjuro por el cual toda Ánima cruza el Hades, lo conoces y lo recitas en Arameo, su lengua madre, como así mandan los cánones. Yo misma te escuché ponerlo en práctica hace poco con un niño desaparecido y luego encontrado en una caldera. Pues…, caballero, ¿a qué esperamos? Deléiteme y cómo dijo aquel: hagamos por ellos lo que toque hacer por ellos.
La seguridad con la que habla el Espíritu de esta mujer, que estoy convencidísimo de que tiene un trasfondo del cual no nos vamos a enterar, sumado a cómo da valor a lo que hago y ese tono de voz, que de forma hábil consigue que te olvides de todo menos de esas Almas, me ponen manos a la obra. Sin pensarlo, y rememorando sus palabras, planto la rodilla derecha en el suelo y comienzo a recitar el ritual tal y como mandan los cánones. No me acuerdo del miedo, del respeto que produce verte frente a tanto Espíritu junto y ni mucho menos, de cuánto me duelen las rodillas cuando las pongo en el suelo. La responsabilidad no pesa con esta mujer al lado y las palabras fluyen deseosas por salir de mi boca y cumplir su misión. Al momento, una niebla espesa cubre el techo abovedado de las distintas galerías y noto como una presencia, casi imperceptible a la vista, se detiene ante el Espíritu de la mujer.
Una vez transcurridos varios segundos de estar frente a frente en total silencio, la presencia avanza por la galería. Camina ligera, pasando por delante de todas las Almas aún quietas delante de los innumerables nichos. Al llegar a su altura, todas ellas se vuelven y comienzan a caminar detrás de la presencia. ¡Se están marchando! A todas esas Almas les llegó el momento de marchar hacia donde tuvieron que haber partido hace mucho tiempo. El destino corre para ellas de nuevo y hacia él se encaminan. Ojalá no sea tan duro como este que les tocó vivir en esta vida y el sufrimiento de saberse perseguidas, de verse escondidas, de tener que vivir bajo tierra y renunciar a ver la luz del sol, tenga su recompensa. ¡Ojalá! Vaya mi ruego para ellas. De pronto…
Abro los ojos. Siento como Marcial, sentado conmigo en el banco, agita mi brazo con el fin de despertarme. ¡No puede ser! Esto no ha podido ser un sueño, aunque el chófer dice no recordar mucho más de cuando llegamos a la capilla. Yo he visto a todas esas Almas aparecer, pasé por su lado, vi sus caras, sus ropas, sus cuerpos, ¡estoy seguro! Las vi marcharse de estas catacumbas caminando detrás de una presencia casi invisible, como puedo ver a Marcial ahora mismo. Estoy seguro de haber hablado con el Espíritu de esa mujer encantadora. ¡No! ¡No puedo haberlo soñado! Pero, ¿cómo demostrarlo? Siento que ni el chófer me cree. Me estoy poniendo nervioso tratando de encontrar una prueba que atestigüe que todo lo anterior de veras ocurrió cuando, de pronto y sin querer, toco el botón del Play de la grabadora. Mi voz surge a través del pequeño altavoz recitando el Cruce del Hades, el antiquísimo conjuro que guía a las Ánimas a su siguiente morada, junto a un bullicio de voces de hombres, mujeres y niños, celebrando alegres su marcha y despidiéndose de nosotros.
¡Dios! ¡Lo hicimos! Marcial me mira tratando de decir algo que no acaba de soltar, mientras nervioso señala a la grabadora una y otra vez con los ojos muy abiertos hasta que una tremenda carcajada parece liberarle. ¡No ha sido un sueño! Es cierto, las Almas de estas catacumbas ya no están aquí, se fueron para siempre. Se acabó para ellas el estar estancadas. Emociona saber que ahora todas ellas estarán camino hacia su siguiente destino. Lo hicimos cumpliendo cada uno con su parte: Marcial me trajo hasta aquí, arriesgándose a que yo le traicione y desvele alguna vez la existencia de estas catacumbas, algo que, claro está, no pasará nunca. El Espíritu de la mujer prácticamente hizo todo lo demás: por algún motivo que solo ella sabrá, primero dejó a Marcial durmiendo, quizás preservando su salud, y luego también fue ella quien dijo lo que había que hacer, el cómo hacerlo y el momento más adecuado para llevarlo a cabo. Y yo…, pues hice mi trabajo.
Marcial quiso que antes de entregarle las tarjetas de memoria, escuchásemos la grabación los dos juntos y revisáramos las fotografías de la cámara: la Nikon tampoco falló esta vez. Fue impresionante, las grabaciones registraron voces que yo no había escuchado. Sin embargo, al terminar la revisión le noté triste. Ya habíamos relajado la euforia y volvía la realidad. Él tendrá que seguir luchando para que estas catacumbas, escondidas bajo un famoso monumento turístico, nada relacionado con el tema religioso, algún día puedan abrir sus puertas al público y no sean clausuradas para siempre. Una pelea y una ilusión que reconoce tardará años todavía en resolverse. Después de todo lo acontecido desde aquellos años sesenta, cuando se descubrieron, verlas con gente visitándolas suena a misión imposible: fueron, según afirma, demasiada gente de poder saliendo de aquí espantados de miedo.
Hoy, una semana después de acabar este caso, Marcial y yo regresamos a las catacumbas. Nada quedaba de las Almas allí escondidas, del Espíritu de la mujer, ni ningún detalle que indique algo sobrenatural. Perdona Marcial, por denominarte en ocasiones como el chófer en el transcurso de este relato. Espero también que el nombre que elegí para ti te haya gustado; de alguna manera tenía que nombrarte. El caso se cierra y como siempre, solo me queda agradecer a quien corresponda el haberme permitido vivir una nueva historia de fantasmas y que los dos “ojalá” deseados durante este caso, se cumplan al cien por cien.
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