Cae la medianoche y otra vez que nos encuentra en plena calle, camino de resolver eso a lo que yo denomino “una urgencia”. Serían cerca ya de las once de la noche, cuando estando ya en casa, viendo la tele por aquello de hacer tiempo antes de meterme en la cama, el móvil empezó a sonar. Al responder, ya el tono de voz de mi interlocutor al otro lado del teléfono, avisaba de lo que luego, segundos después, acontecería:
—Dígame. —
—Sí…, disculpe. ¿Hablo con la persona que resuelve casos de Espíritus?—
—Bueno, sí… Soy yo. Dígame. ¿Qué le sucede? Son las once de la noche…—
—Lo sé, lo sé y créame que siento mucho importunarle a estas horas, pero nos ocurre algo increíble y no sabemos de qué manera actuar. Necesitaríamos que viniera.—
—Sí, sí, por supuesto, no hay problema. ¿Cuándo considera usted que me pase y dónde sería?—
—Estamos aquí, en la calle Mayor de Madrid, número –. Y lo de venir, pues… me preguntan si podría ser ahora mismo. Le enviamos un taxi si es necesario.—
—No, no, no se preocupe. No hace falta. Voy para allá enseguida. ¿Por quién pregunto? ¿Y dónde me esperan?—
—Jacobo, me llamo Jacobo. Somos varios vecinos y ahora mismo estamos en el portal. Si le parece, aquí mismo le esperamos.—
Desde luego, no puedo decir más que cosas buenas del servicio nocturno de taxis de esta ciudad; la rapidez con la que tienes un coche en la puerta resulta magnífico. Es pleno mes de junio. Por el centro de Madrid todavía se respira el barullo de los bares y sus abarrotadas terrazas; dan ganas de quedarse y tomar algo antes de empezar la faena. Pero no puede ser, durante nuestra conversación, Jacobo ha dado muestras de ese alarmante tono de voz que con el tiempo aprendes a reconocer. Un extraño matiz en la entonación de quien te habla que, como un común denominador, aparece en todos aquellos que de veras viven una historia real de Fantasmas. Metros antes de llegar al portal donde Jacobo me espera con otros vecinos, siento la necesidad de prepararme, de poner la mente en ese punto cero capaz de obviar lo mundano y agudizar los sentidos. Si realmente hay un Espíritu, es importante verificar su presencia lo antes posible.
Según me apeo del taxi, un hombre, situado en la entrada de la finca, da una última y larga calada a un cigarro antes de tirarlo al suelo. Se ha dado cuenta de que soy yo a quien espera y, educado, me ofrece la mano en señal de saludo. Por su indumentaria, una bata azul de andar por casa sobre un deteriorado pantalón de chándal negro y pantuflas grises, lo despeinado de sus cabellos y el gesto visiblemente contrariado, deja claro que aquí ocurre algo serio; pocos permanecerían en la calle con estas pintas así porque sí:
—Hola, buenas noches. Soy Jacobo. Mil gracias por venir, estamos desesperados. No podemos subir a casa y tampoco queremos llamar a la policía por esto: nos mandarían al manicomio. Venga, por favor. Le presentaré al resto.—
Jacobo es un hombre joven de no más de cuarenta y pocos años. Alto, delgado y con la piel afeada, seguramente a causa del propio tabaco, no duda en avisarme que la situación es de auténtico pánico entre los vecinos. Según nos acercamos al interior de la finca, veo cómo otras siete personas nos miran atentamente agrupados dentro del portal. Los siete, cuatro mujeres y tres hombres, de entre cuarenta y cincuenta años, se presentan rápidamente, dejando entrever más su ansiedad por ver el problema resuelto, que de conocer causas y detalles acerca de lo que les acontece…
—Tenemos un espectro en el rellano del cuarto piso. Sabemos qué lo es, no tenemos ninguna duda porque todos le hemos visto y todos le hemos reconocido: es el señor Daniel, el vecino del cuarto interior que falleció a causa de un ictus el pasado mes de abril. — Comenta Jacobo, buscando el respaldo del resto de vecinos.
—Yo he bajado la basura a eso de las once y media y al subir me he llevado tal susto, que no me atrevo a volver a casa ni cogiendo el ascensor.— Afirma Isabel, la vecina del tercero. — ¿Cómo nos vamos a meter en casa con ese hombre o lo que sea, ahí, sentado en la escalera? Habrá que hacer algo, decirle que se vaya, que ya está muerto y no puede estar aquí. —
—Sí, pues, a ver quién es el guapo que se lo dice…— Replica otra vecina.
Las palabras de Isabel encienden el ánimo de todos los demás residentes que a la larga vienen a coincidir con ella. Sin embargo, al decirles que voy a comprobar si el Alma del tal Daniel continúa en el rellano, veo que ninguno de ellos hace intención de acompañarme. Los ocho vecinos permanecen quietos en el portal y nadie está dispuesto a subir conmigo. Solo una de las vecinas más jóvenes hace amago de acercarse a los escalones, pero los disimulados cuchicheos de desaprobación del resto de residentes aplacan el ánimo de la muchacha. No importa. Me vale con el hecho de que ellos, todos ellos, admitan haber visto ya al supuesto Espíritu. Aunque, la verdad, escalón a escalón, siento como la soledad, malísima compañera de fatigas en estos casos, también pretende jugar esta partida.
La escalera es la típica escalera de madera de roble y pasamanos de caoba, presente en muchos de los portales del Madrid del siglo XIX. Sus altos y deteriorados escalones, once por tramo, crujen a cada paso y no tardan en despertarme el eterno dolor de rodillas que desde siempre padezco; mi condición física, en proceso aplazado de mejora, augura una subida larga y dura. Alcanzado el primer rellano, me dirijo a conquistar el segundo. Salta a la vista la escasez de luz y las puertas de los dos pisos que ocupan cada planta, excesivamente altas y anchas, demandan a gritos un poquito de atención. A punto de iniciar el tercer tramo de escalones, surge de repente el sonido de dos o tres cerrojos resbalando por su carril. Al quedar abiertos y volver el silencio, la puerta del piso primero derecha se entreabre ligeramente, mientras que desde el interior de la vivienda surge la voz susurrante de una mujer muy mayor:
—Tenga usted cuidado, caballero. Tome, coja este escapulario y llévelo consigo, ¡ya verá cómo le protege de ese demonio de Daniel! Tenga por seguro que ese Alma impura viene de los infiernos, mandado por Satanás, para llevarse con él a la pobre de Vicenta. Mala vida la dio estando vivo y ahora regresa del calvario para atormentarla y llevársela consigo. Daniel siempre fue un demonio, no se fíe de él. Usted ofrézcase a la Inmaculada Concepción, sus Ánimas Benditas le protegerán…—
¡Esto se anima! Por la estrecha abertura existente entre la puerta y el marco, se asoma una pequeña mano de aspecto trabajado, piel cubierta de arrugas y dedos deteriorados de los cuales cuelga un antiguo escapulario de tela. Nada más cogerlo y mientras doy las gracias, la puerta del piso vuelve a cerrarse con la misma parsimonia con la cual se abrió. Tras examinarlo y pasarle un clínex por aquello de quitarle el polvo que casi llega a cubrir por completo la imagen de la virgen del Carmen, me lo cuelgo en el cuello. ¿Por qué no? Si por un lado, nos creemos lo de los demonios, habrá que creerse también lo demás, ¿no? ¡La luz de la escalera acaba de apagarse! Desde el portal suben las nerviosas voces de los vecinos comentando que por mucho que aprietan el interruptor, las bombillas no se encienden. A partir de este momento, creo que voy a tener que subir a oscuras el resto de escalones hasta el cuarto piso.
El siguiente tramo de escalera resulta más complicado. La tensión que ya supone saber de la presencia de todo un Espíritu dos pisos por encima, junto con luz que proporciona el móvil como única iluminación, los crujidos de la madera, la lucha mental que implica haber mentado a Satanás y las grietas de cada escalón que de pronto parecen querer agarrarme, consiguen que añore algo de compañía. Ya estoy en la tercera planta, ya solo me separan once escalones del piso en cuestión y, supuestamente, del Alma del señor Daniel. De repente, veo una silueta al filo del siguiente rellano. Desde aquí no la distingo, pues la escasez de luz no permite verla mejor. Necesito subir un par de escalones para poder apreciarla con detalle. Casi a cámara lenta y sin perderla de vista, subo los dos siguientes escalones. La figura no se inmuta, sigue ahí, pero ahora…, ya la veo. ¡Es una señora! ¡Hay una señora en el descansillo!
¡Es una mujer mayor! Una mujer de largos y revueltos cabellos, ataviada con algo parecido a un camisón, descalza y portando un candelabro lleno de velas, cuya cera no entiendo cómo no la abrasa las manos. Esa cera derretida, supongo que caliente a más no poder, resbala por los dedos de la señora y a esta, ¡no la duele! La mujer continúa estática y en completo silencio al filo del descansillo, contemplando algo situado en alguna otra planta por encima de nosotros. Estando a solo once escalones de ella, da la impresión de que no es consciente de que estoy aquí. De repente, y sin dejar de mirar para arriba, ¡baja un escalón! ¿Viene a por mí? ¡No, se detiene! Se detiene en ese peldaño a la vez que con su mano libre gesticula. Creo entenderla y…, no sé, para mí, que…, ¡quiere que la siga! De momento, se acaba de dar media vuelta y regresa al rellano encaminándose al siguiente piso.
La presión roza lo insostenible: sigo a una señora de inquietante aspecto, que no sé quién o qué demonios es, a un piso donde está presente el Espíritu de alguien, al parecer muy malo, según afirma otra señora que regala escapularios y aconseja encomendarse a la Inmaculada Concepción antes de verle. ¡Vaya casa! ¡Y me quejo yo de mis vecinos…! Pero es lo que hay y no queda otra que encaminarse escalones arriba dirección a ese temido cuarto piso. A mitad del tramo de escalones, me da por mirar abajo; por alguna extraña razón he dejado de oír a los ocho vecinos e incluso ahora, asomado a la barandilla, tampoco puedo verlos. Cuesta poner un pie en el rellano del cuarto piso, sabiendo a quién voy a encontrarme. Impone pensar que ahí mismo estarán la mujer a la que sigo y nada más y nada menos que un Espíritu. El Alma de un tal Daniel con vete tú a saber los motivos que le hicieron regresar. Sin embargo, al decidirme y alcanzar el descansillo, la señora del candelabro no está. ¿Cómo puede ser posible? Venía delante de mí. ¿Dónde puede haberse metido si solo hay ya una estrecha escalera de piedra que termina en la puerta de la terraza? No hay más plantas, ni lugar donde esconderse, a menos que se haya metido en el interior de una de las viviendas, pero creo que lo hubiese oído.
—¿Qué andas buscando? — Pregunta una voz que surge de repente desde el otro lado del descansillo.
¡Puf! ¡Ahí está! Efectivamente, tal y como decían los vecinos, el Alma de un hombre se ha aparecido en esta cuarta planta. Su aura de leves y cortos centelleos de varios colores y su figura oscilando lentamente así lo confirman. Apenas se le distingue en la oscuridad, pero lo poco que alcanzo a ver de él, muestra a un anciano, que sentado en el penúltimo escalón de piedra y con los codos apoyados en las piernas, pasa el tiempo agitando una fina vara con la que golpea ligeramente el suelo.
—Hola. ¿Quién eres?— Pregunto titubeando a consecuencia del miedo.
—Quién tú ya sabes.— Contesta el Espíritu con forma de hombre.
—¿Daniel?—
—El mismo que viste y calza.—
—¿Tengo que preocuparme? —
—¿De qué?—
—Puedo preguntarte qué haces aquí. ¿Por qué has regresado?—
—Por ella. Tiene que irse.—
—¿Hablas de Vicenta?—
—Hablo de mi compañera, de lo mejor que tuve.—
—¿Esa compañera era Vicenta? —
—Es Vicenta, sí. ¿Algo que objetar?—
—No, no. ¿Por qué? ¿Lo hay?—
—Para la loca del segundo. Para el resto…, lo dudo—
—¿Te la llevas al infierno?—
—Si fuera así, ¿crees que podrías evitarlo? ¿Alguien podría?—
—No. ¿Tan mal lo hizo la mujer para ser condenada?—
—¿Hay condena mayor que la vida misma?—
—No lo sé, dímelo tú.—
—No, criatura no. La muerte es la salida.—
—Entonces, ¿no te la llevas al infierno?—
—Sí, me la llevo. Me la llevo del mismísimo infierno.—
—¿Esto es el infierno?—
—Esto es esto.—
—¿No existe el mal y el bien?—
—Existe el dónde estás, el cómo estás y el cómo actúas.—
—Entiendo entonces que os vais a un sitio mejor.—
—Lo has dicho tú.—
—¿Y a qué esperas? ¿Tiene qué morirse?—
—Muerto estas tú y esa banda de ahí abajo.—
—¿Y ella? ¿Cómo está ella? —
—Ella, espera, no quiere irse todavía.—
—¿Por qué?—
—Dice que no puede. Pasa, y que te lo cuente ella.—
De repente, la puerta del cuarto exterior que tengo enfrente se abre despacio. Empujado por la curiosidad, me adentro en el piso con la preocupación que supone dar la espalda a Daniel. Llamo a Vicenta, nadie contesta y avanzo por un pasillo largo con puertas a ambos lados. Vuelvo a llamarla obteniendo la misma respuesta. La primera puerta corresponde a un salón. Un amplio salón comedor vestido con muebles verdaderamente antiguos. Todo en él está perfectamente ordenado, con polvo para aburrir, eso sí, pero todo en su sitio y colocado con gusto. Enfrente del salón está la cocina, es impresionante: ¡todavía cocinaba con carbón! ¡El interruptor de la luz es de aquellos de baquelita! ¡Los cables están a la vista y las paredes lucen todo tipo de desconchones! Está claro que a este piso jamás se le hizo la más mínima reforma.
Sorprendido, continúo pasillo adelante y llego a una puerta cerrada. La golpeo ligeramente un par de veces, mientras vuelvo a llamar a Vicenta y sin que nadie me responda, la puerta comienza a abrirse despacio. Antes de acceder a este cuarto, noto un hedor que anuncia el peor y más triste de los finales. Al entrar, el escenario es dantesco: todo está lleno ya no solo de polvo, sino de telarañas, cucarachas y otros bichos parecidos corriendo por el suelo, botellas vacías de ron, coñac, ginebra y comida podrida en latas de una conocida marca de conservas. ¡Dios! ¡Qué pena! Esta es la última comida que esta buena mujer trató de llevarse a la boca. La misma señora de revueltos cabellos, del candelabro y la cera resbalando por sus dedos que antes se me apareció ataviada con un sencillo camisón. La misma mujer que ahora me encuentro tumbada en esta antigua cama de hierro sin un aliento de vida. Sí, Vicenta. Ya lo entiendo: con tus gestos me invitabas a que fuese yo quien encontrase tu cadáver.
Pero… ¿Qué es esto? El cuerpo de la mujer continúa tendido en la cama, a la vez que de su mismísimo interior acaba de salir la imagen de una muchacha joven que, incorporándose hasta quedar sentada, me sonríe y gesticula como si le hiciera gracia mi cara de susto.
—¡Tranquilo! ¡Ja, ja, ja ¡Tranquilo! Siento mucho asustarte. Por favor, abre el armario, verás una cartera roja que contiene mi historial médico. Ahí se explica todo. Daniel estuvo tan enamorado de mí, que aguantó hasta el último día de su vida las críticas y los insultos de los vecinos. Las reprimendas de sus hermanos y los míos. Los días de calabozo en comisaría. Las amenazas de nuestros amigos y a pesar de todo, a pesar de que sufrió como un perro nunca, nunca confesó la verdad. Daniel, no era el demonio, nunca me dio mala vida, yo era el demonio. Yo era la borracha, la infiel, la que no movía un dedo, la que como una cría consentida golpeaba y rompía todo cuánto agarraba cuando me enojaba. Me daba igual si nos escuchaban los vecinos de debajo, de arriba o de la finca de enfrente. Yo era la que le pegaba a él y él, pobrecillo mío, decía haber tropezado para disimular las marcas, aunque todos creyeran que esos moratones eran consecuencia de la última borrachera. ¡Jamás cató el vino delante de mí! ¡Jamás me puso la mano encima ni para defenderse de mis golpes! Yo, en cambio, ¡Ja!, me bebía las botellas de dos en dos, mezclaba una cosa con la otra y pobrecito de Daniel, si alguna me faltaba. Pero yo era hija de teniente coronel y él de un limpiabotas y simplemente con eso, se explica todo.
Después, cuando Daniel murió, se quedó en esta casa. Su Alma no quiso irse a la Gloria, por esperarme a mí, por cuidarme a mí, mientras que por aquí, en cambio, ni yo ni nadie, quisimos darle sepultura y en la fosa común que ahí, en esa cartera encontrarás, tiramos sus restos como basura al basurero. Coge, coge la carpeta y corre. No tienes mucho tiempo. A mí no tardarán en enterrarme, si les valiese lo harían hoy mismo; están como locos por meter mano a este piso. Llévala a la dirección que también encontrarás dentro de ella. Es donde vive nuestra sobrina, Carlota, y cuando la veas, dile que busque a Daniel y le entierre conmigo. Dile que no se le ocurra dejarnos separados o la que no se irá esta vez seré yo. Mi voluntad es esta: yacer eternamente en cuerpo y Alma junto a mi marido, se lo debo, ¡vaya si se lo debo! Hazlo, por favor. Dile que te he dicho yo y no se puede negar, pues existen razones, allí, en el más allá, que hacen que no sea igual lo que después de muerto se haga con tus restos. ¿Lo has grabado todo, ¡no? Tú siempre grabas, pues ahora, ¡corre! He de irme, llevan rato esperándome.—
—Vicenta, cariño. Ya no podemos esperar más. Hemos de irnos ya, ahora mismo. — Sonó la voz de Daniel, desde la puerta de la habitación.
Daniel, marido de Vicenta, como supongo que debió de hacer bastantes veces más antes de aquella noche, llegó a la habitación con la ilusión de partir con ella a dondequiera que nos lleve la muerte cuando viene a buscarnos. Y esta vez, Vicenta no se lo negó. Les vi partir agarrados de la mano camino de ese lugar a donde solo van los difuntos. Yo, por la parte que me tocaba, cogí la cartera roja. Efectivamente, allí estaba el historial médico de Vicenta, con sus ingresos hospitalarios por intoxicación etílica, por varios trastornos psíquicos y demás. También estaba por supuesto la localización de la fosa común, la dirección de Carlota, el certificado de matrimonio, la cartilla de la seguridad social, la factura del gas, el recibo del teléfono, la foto de la primera comunión, una lista de la compra y otros setecientos papeles más que me tocó revisar uno por uno.
No puedo dejar de mencionar que Carlota, aparte de conseguir y cumplir a rajatabla la voluntad de su tía, algo que no resultó nada fácil, también no solo accedió, sino que me animó a escribir esta historia. Con respecto a los vecinos, pues lo dicho al principio, felices porque cuando la ambulancia se llevó el cuerpo de Vicenta y el forense y la policía se fueron, su problema se fue con ellos. Solo quisieron saber lo justo, cosas tan sumamente importantes como si me había enterado por cuanto venderían el piso y si necesitaba mucha reforma, en fin… Antes de irme quise también devolver el escapulario a la ancianita del segundo, pero Isabel, la vecina del tercero, me dijo que desde el año pasado que murió la última de las tres hermanas en ese piso no vive nadie. Preferí no pensarlo, no hacer ni caso y quedarme con el escapulario. De hecho, hasta hoy mismo no he empezado a trabajar en cómo abordar ese caso; a título personal, me gustaría saber más sobre lo que me pasó con ella.
Alrededor de las siete menos algo de la madrugada salía de esa finca, sita en la calle Mayor, rumbo a casa. Hubiese sido fácil regresar en taxi, pero me decidí por caminar disfrutando de uno de esos espectaculares amaneceres con los que Madrid recibe el día. Paseaba sin pensar en nada relativo a lo acontecido durante la noche. Por supuesto, y como tengo por costumbre hacer, celebré el buen final del caso con un buen chocolatito caliente con churros; una rutina y un placer que desde luego nunca me cansaré de experimentar, pues hasta creo que tanto el chocolate como los churros están más ricos después de haber vivido una nueva historia de Fantasmas.
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