ERRORES

Cinco y media de la tarde. Una vez más, este afán mío de ser puntual consigue situarme en el Vips cuarenta minutos antes de la hora acordada. Siempre he sido así, nunca me ha importado esperar, pero retrasarme cinco tristes minutos enciende mis nervios. Reconozco que la llamada telefónica del jueves pasado, razón por la cual estoy aquí, me tiene algo descolocado. Fue una llamada extraña, que proponía trabajar en un tema hasta ahora inédito para mí, pero, aun así, cuarenta minutos es demasiado tiempo de espera. Para más inri, Mónica, la camarera encargada de estas mesas, aparece de repente sonriente, con su habitual desparpajo, mi café americano y dos globitos de la casa para que mis ejercicios de respiración no fallen por falta de medios. Ahora, ya sí que toca esperar.

A poco de quedarme solo, el aburrimiento me centra en la llamada de teléfono. Se presentó como Azucena, y durante esa primera conversación ya supe quién era ella, pude ponerle cara. Tampoco tardé en identificar el suceso del que hablaba: se refería a un funesto atraco ocurrido hace ahora cuatro años en un negocio de renombre. Yo seguí todo el proceso a través de la prensa escrita, y aún recuerdo la gran repercusión social que despertó debido a su trágico final: una joven resultó mortalmente herida a causa de un disparo totalmente innecesario. Sin embargo, de ser cierto lo que Azucena me estaba contando en esa llamada, sin duda, la sentencia, posteriormente ratificada, en la cual se condenó a un hombre a prisión por asesinato, quedaría destrozada. Desde luego, el asesino convicto nunca dejó de proclamar su inocencia. Siempre negó y negó su implicación, jurando que él nunca estuvo en el lugar de los hechos.

Por fin, la veo llegar. Presurosa, camina hacia mi mesa apurada por la hora. Indiscutiblemente, es ella; junto con la de la víctima, su imagen de mujer de unos treinta y pocos años aparecía en muchos de los artículos publicados en los distintos periódicos digitales que se hicieron eco de la noticia. Por entonces, ella concedió toda clase de entrevistas, participó en el juicio como parte de la acusación particular y llevó a cabo una gran campaña de recogida de firmas. Su propósito: condenar a prisión al asesino de su hermana, algo que ocurriría meses después cuando el juicio quedó visto para sentencia. Azucena había pasado cuatro largos años enfrascada en esa única tarea, recorriendo instituciones con la foto de su hermana colgada del cuello. Un retrato en el que podía apreciarse a una muchacha de no más de veinte años, de piel morena y largos cabellos rizados y oscuros cayendo por sus hombros.  

Su saludo es frío, tan solo un tímido beso agachando la mirada. Rehuyendo más presentaciones, Azucena pasa directamente a hablar de lo que nos ocupa. Su voz se quiebra con las primeras palabras y la emoción desata unas disimuladas lágrimas imposibles de esconder:

—Todo comenzó hace un mes más o menos. Estaba en la cocina, sola, escuchando la radio, mientras preparaba algo ligero para cenar, cuando de repente siento que alguien me llama. Alguien acababa de llamarme y me llamó dos veces; estoy totalmente segura porque, aunque en la primera la escuché así de refilón, la segunda vez dijo mi nombre cuando lo había dejado todo y estaba pendiente solo de escuchar. Dijo: “Ven, Azucena. Ven”. Estoy tan segura de haberlo oído que recuerdo cómo hizo la pausa entre el “Azucena” y el segundo “ven”, y te juro que ese segundo “ven” me dejó petrificada, porque además la voz venía del único dormitorio situado al otro lado del apartamento. Lo que no te puedo decir es si era una voz de hombre o de mujer, eso no me quedó claro.  Desde mi cocina al dormitorio hay un pasillo pequeño; luego pasas el salón y llegas a dos puertas: la del baño y la del dormitorio. Son sesenta metros de apartamento, ¡imagínate tú qué distancias puede haber de un lado al otro! ¡La voz venía del dormitorio, seguro!

Yo, ¡imagínate! ¡Estaba temblando! Es que nadie más tiene llaves de mi casa y tampoco podía ser alguien llamándome desde la calle. ¡De ninguna manera esa voz venía de la calle! Esa voz estaba en mi casa, dentro de mi dormitorio. Yo, mira, agarré un cuchillo, no sé para qué, pero yo agarré un cuchillo y me fui para el dormitorio. Tenía tanto miedo que andaba muy despacio, rezando todo lo que sé y pendiente de todos los ruidos, pero me cortaba pedir ayuda cuando a lo mejor todo eran simples imaginaciones mías. Pero fue llegar al salón y ¡mira!, comenzó a surgir de repente un olor a perfume tan fuerte que llegó a costarme respirar, no sé bien si por eso o porque la puerta comenzó a abrirse. ¡La puerta del dormitorio se movía sola! ¡Parecía que alguien iba a salir de él! Ahí ya me asusté mucho otra vez, no podía moverme hasta que sentí cómo alguien me tocaba el hombro por detrás y la voz me llamó de nuevo. Lo siguiente fue verme en la calle. No sé cómo pude bajar los cuatro pisos que hay hasta el portal sin estamparme contra el suelo, ni bajar rodando por los escalones. ¡No recordaba si había dejado la puerta de mi casa abierta!

A partir de ahí, comenzó un infierno. No he podido estar sola en mi casa desde entonces; nos han venido pasando una serie de cosas, a cual más rara. Estar peinándome en el baño y ver en el cristal esa mancha fea, negra, grande y con forma de persona, pero con ese aspecto tan difuminado que imposibilita saber qué o quién es, terminó por ser algo tan habitual que decidimos tapar ese espejo con un trapo. Bueno, tapamos ese y todos los de la casa. El perfume se vuelve a dejar notar como el preludio de que algo paranormal va a ocurrir de un momento a otro. Encender la radio o la televisión y que solamente puedas sintonizar una emisora o un canal en donde solo hablan del atraco y de la muerte de mi hermana, terminó con mis ganas de escuchar música o ver películas. Dormir es una aventura; no solo he dejado de dormir cinco o seis horas seguidas sin despertarme, sino que las pesadillas, a cual más horrenda, aparecen según me voy quedando dormida. Y en todo, todo, todo, de alguna manera, aparece de fondo o como la protagonista principal, mi difunta hermana. Marta, mi incondicional amiga, que se vino a vivir conmigo a raíz de todo esto, y que ha sufrido conmigo toda esta situación, opina que Susana, mi hermana, quiere decirnos algo desde “el más allá”. Ella piensa que es su Espíritu atormentado, porque todavía hay algo que la impide descansar en paz y quiere decírnoslo. Por todo esto te hemos llamado.

Como ya sabes, porque se repitió hasta la saciedad en todos los medios de comunicación, mi hermana estaba trabajando cuando dos atracadores entraron en el local, pistola en mano, enfundados en monos de trabajo y con la cara oculta bajo unos pasamontañas negros. Por lo que grabaron las cámaras, entraron pegando tiros, dando golpes, rompiendo vitrinas y amenazando a diestro y siniestro. En cuestión de un minuto tenían tumbados en el suelo a los cuatro trabajadores del local despojados de sus móviles. Los ladrones cogieron todo lo que quisieron, tanto, que a la hora de huir no podían ni cargar con ello. En las cámaras vimos cómo mi hermana solo pretendía, sin levantarse del suelo y a base de estirar el brazo, abrir la puerta con la punta de los dedos al inútil del atracador. ¡El muy berzas, pretendía abrir la puerta y salir del local sin soltar alguna de las bolsas que llevaba en las manos! Por eso le disparó en la cabeza. ¡Solo por eso! No suelta las bolsas para abrir la puerta y lo hace para pegar un tiro a mi hermana, ¡que solo quería ayudarlo a salir! ¡Cabestro desgraciado…!

Era suficiente. Azucena no necesitaba comentar nada más para convencerme de que sus temores tenían toda la pinta de ser fundados. Así que sin más y tal como ella misma me propuso, acepté estar en su casa al día siguiente, martes, a las cinco y media de la tarde. Sin embargo, yo me vuelvo a casa bastante preocupado. ¿Se puede no estarlo? Durante la conversación en el Vips y a fin de quitar hierro al asunto, mencioné otros casos de Espíritus, cuyo final se resolvió con un pequeño susto, pese a tener unos comienzos igual de convulsos. Pero lo cierto es que el problema de Azucena a todas luces no sonaba nada bien ya desde el principio: ¿el Alma de una muchacha asesinada hace poco más de cuatro años regresa queriendo llamar la atención de su hermana? Ya el simple hecho de encontrarte en la presentación de un caso de Espíritus con las palabras “Alma”, “asesinada” y “regresa” vaticina peligro.

El apartamento de Azucena es coqueto y agradable, está decorado con mucho gusto y es cierto: a poco de entrar, ya se empiezan a notar sensaciones que nunca deberían sentirse en una casa donde se reside y se hace la vida. Estamos los dos solos; creo que de manera acertada la muchacha ha preferido que no haya nadie más. Ahora, esperamos acontecimientos sentados tranquilamente en el salón; mientras conversamos acerca de su hermana, vemos fotos antiguas de las dos y comenta anécdotas de viajes que hicieron juntas; en mi opinión, esta es la mejor manera de invocar a un Espíritu. Lógicamente, la noto nerviosa. Yo también lo estoy, aunque he podido empaparme bien de todo el suceso de Susana acaecido en el momento de su muerte, y yo me considero preparado para llevar su caso; esto para nada relaja los interminables minutos de espera.

—Azucena, ven. —Se escucha de repente.

¡Yo también lo he escuchado! Lo hubiera escuchado cualquiera que estuviera en este salón. Ha sido una voz clara, de mujer, tan real como si en la habitación en donde ha surgido hubiese una persona de carne y hueso. Nosotros hemos enmudecido y Azucena está pálida, imagino que tanto como yo, pero hay que ir a por ello.

La habitación en cuestión es el dormitorio de Azucena y está al lado del salón. Desde donde estamos sentados a la entrada de ese cuarto, no hay más de cuatro pasos; un cuarto que, por cierto, tiene su puerta cerrada. Nos basta una mirada para levantarnos del sillón los dos a la vez y, cogiendo aire, encaminarnos a ese dormitorio que impone más y más según nos vamos acercando. ¿Por qué la gente cerrará las puertas de las habitaciones? La preocupación de no saber a quién nos podemos encontrar dentro resulta agobiante. Trato de convencerme a mí mismo pensando que esa voz, la voz que hemos escuchado, debería de ser la de Susana; sí, debería de ser así y seguramente lo será. Sin embargo, cuántas veces ha pasado que luego esa voz no era de quien se esperaba, sino de alguien peor, hasta de alguien muchísimo peor y peligroso.

Noto cómo Azucena se agarra a mi camisa. Preocupado, me detengo a falta solamente de un paso para ya alcanzar el pestillo del dormitorio. Pero al girarme hacia ella, ¡la puerta se abre de repente, golpeando contra la pared! El susto nos ha clavado literalmente en el suelo, esperando que salga alguien que no termina de salir nunca. El tiempo no pasa, los segundos se hacen eternos y nada nuevo sucede. Aun así, vamos bien: significa que lo que sea que está ahí dentro, nos invita a entrar. Un paso más y podremos ver el interior del cuarto.

—Ven, Azucena. Ven.

De nuevo, desde el interior de la habitación, vuelve a surgir la voz llamando a la muchacha. La miro; dentro de todo lo que esta situación intimida, Azucena se muestra fuerte.

—Vamos a entrar. Yo sé qué es ella, y mi hermana no me haría daño ni estando muerta. Es ella, ¡lo sé! Es su voz…

Sin pensarlo, damos el último paso, situándonos justo en el umbral del cuarto. Solo veo las cosas lógicas que encontrarías a simple vista en el dormitorio de una mujer, salvo por el espejo de la pared tapado, eso sí. ¡Pero de repente todo lo que hay en el tocador sale despedido, cayendo al suelo como si alguien lo hubiese empujado! Cosméticos, cepillos, espejo, marcos, etc., todo está en el suelo, incluida la toalla que cubría el espejo de la pared. Todo…, menos una pequeña libreta que se ha abierto por una hoja, mientras el resto de cosas salían volando. Otro paso más nos sitúa dentro del dormitorio. Desde esta nueva posición tratamos de ver si la hoja de la libreta tiene algo escrito, ¡cuando la puerta se cierra! Azucena ha tenido que apartarse para que se pudiera cerrar; es más, le ha hecho daño al golpearla en un codo.

—No ha sido nada, un golpe, nada más. Sigamos —apunta la muchacha.

No sé si estamos encerrados o no; total…, ahora mismo nos va a dar igual. Lo que sí podemos afirmar es que en la página de la libreta no hay nada escrito. Tratando de mantener la calma, propongo esperar nuevos acontecimientos sentados en la cama frente al tocador. Al mismo tiempo, surge en escena el perfume referido por Azucena en el Vips, mientras notamos cómo entre ella y yo, ¡alguien se sienta en medio de nosotros! La marca del colchón hundido es innegable, demuestra que alguien está sentado entre los dos, un alguien que además ¡ahora vemos reflejado en el espejo de la pared!

El espejo devuelve la imagen de una chica joven sentada entre Azucena y yo que nosotros solo vemos ahí, en el reflejo del cristal. Pero está. Está aquí, a nuestro lado. Se la siente y mucho, creo que la podríamos llegar a tocar…

—¡Susana! ¡Susana! ¿Eres tú? ¿Qué quieres? Dímelo, que yo no puedo con esto… ¡Entiéndelo! ¡Lo siento…! ¡No puedo…! —grita Azucena, agarrando con fuerza la colcha de la cama.

A pesar de la primera impresión al verla, la supuesta Susana no asusta ni hace ningún gesto o movimiento inquietante. Se mantiene tranquila, con las piernas juntas, los dedos entrelazados y mirándonos a través del espejo. Debe ser consciente de que, actuando así, pronto acabará con la tensión que su propia presencia genera. El espejo sigue siendo el único lugar donde se materializa la tierna imagen de una muchacha, completamente vestida de blanco, de no más de veinte años, piel morena y largos cabellos rizados y oscuros cayendo por sus hombros. Nos sonríe. Ese Alma está esbozando una tímida sonrisa, pero tan bonita que es capaz de espantar al propio miedo. Sin saber cómo y cuándo ha llegado, ¡tengo la libreta encima de mis piernas! Ahora sí que aparece algo escrito en la hoja:

—Él no me mató.

Juan Luis es inocente.

Habla con Lucía, dile tu nombre. 91522XXXX — (Sobra decir el porqué omito parte del número de teléfono.)

—¡Juan Luis fue tu asesino! —¡Por Dios, te mató de un disparo! —¡Se demostró en el juicio y lo vimos todos en la grabación de las cámaras! —Replica Azucena en total desacuerdo con lo escrito en la libreta.

Efectivamente, a este hombre, a Juan Luis, se le condenó por ser quien disparara a Susana, cuando esta pretendía abrir la puerta para que los dos atracadores huyeran del local. Fue difícil acusarle debido a que el pasamontañas impedía ver su rostro, pero las pruebas y la falta de una coartada sólida terminaron por llevarle a la cárcel. Juan Luis, durante el juicio, juró y perjuró que él no había matado a nadie y que nunca llegó a participar en ningún atraco. Alegó haber estado en casa obligado por la falta de dinero y un malestar general causado por un resfriado común, que le tuvo toda aquella mañana sin salir de la cama, con el móvil apagado y completamente solo. La falta de un testigo que le absolviera, sumado a la acusación de otro que le culpabilizó, acabaron con su supuesta inocencia.

Sin saber si antes o después de que leyéramos lo escrito en la página de la libreta, el Alma de Susana se ha marchado llevándose consigo el olor a perfume de la habitación. Después de unos minutos de espera sin que nada nuevo suceda, Azucena y yo salimos al salón, creo que tristes por la marcha de su hermana. Ambos somos conscientes de que deberíamos hacerle caso y, una vez repuestos de la tensión y de los sustos, decidimos marcar el número de teléfono que aparece escrito en la hoja de la libreta. Cuando tras cuatro o cinco tonos de llamada alguien descuelga al otro lado del aparato y Azucena se presenta, la respuesta resulta increíble:

, es a mí a quien tienes que llamar; estaba deseando que lo hicieras. Tengo algo que debes tener tú y necesito dártelo pronto porque estoy pasando mucho miedo. Veámonos ya mismo, por favor. ¿Conoces la pastelería La Mallorquina, en la Puerta del Sol? Si quieres, nos vemos allí en una hora; trae en la mano una foto de tu hermana.”

Nunca pensé que mi mundo de leyendas, Ánimas y difuntos pudiera verse envuelto también en algo así. Al llegar a la pastelería, y tras sentarnos en una mesa con Lucía, su testimonio pone el vello de punta. Ella dice ser una hacker, asegura que varias denuncias, detenciones, multas y horas de calabozo pueden corroborarlo. En los días previos al atraco que causó la muerte de su hermana Susana, ella estaba aprendiendo una nueva forma de hackeo. En esa misma mañana del fatídico día, Lucía probó a poner en práctica lo aprendido accediendo a varios dispositivos digitales de a saber quién. Unos dispositivos que apenas nadie sabía por entonces que se podían hackear, aunque también era cierto que ya el FBI, allá en los Estados Unidos y a través de un escrito, había informado de que esta nueva invasión de la intimidad ya ocurría.

El lunes de la semana pasada, sin saber ni cómo ni por qué, a Lucía le comenzó un sinvivir constante de sustos, miedos, visiones, voces y demás que todavía la tienen atemorizada, tomando pastillas y con la visita a un psiquiatra agendada para mañana mismo. Ese lunes, nada más salir de la ducha, sintió cómo algo le agarró del pelo y la llevó prácticamente en volandas hasta su ordenador. Ella nos jura que no tecleó nada, pero que en la pantalla apareció la imagen de Susana, encabezando un amplio reportaje que abordaba por entero todo lo ocurrido, tanto en el atraco como luego en el juicio. Un reportaje en donde pudo ver la fotografía del principal acusado y luego condenado: Juan Luis.

Entonces, lo comprendió. A Lucía le sonaba ese muchacho; estaba segura de haberlo visto antes. Revisó sus fotos, ojeó los videos de sus salidas nocturnas, del karaoke, del cumpleaños, revolvió cajones, vació repisas y, por fin…, se acordó: el acusado de asesinato en el juicio de esa tal Susana aparecía en una de las grabaciones que ella consiguió hackeando televisores de última generación. A ese hombre se le veía atravesando en calzoncillos y a pecho descubierto el salón de una casa desordenada y sucia, la misma mañana y a la misma hora en la que se estaba produciendo el atraco. Ese mismo día y nada más terminar de extraer a un pendrive la imagen de Juan Luis en su casa, observó su libreta de apuntes. El Espíritu que necesitaba llamar su atención acababa de dejarle un mensaje, una instrucción escrita que ahora entiende:

—Guarda esa imagen como el oro. La vida de un inocente depende de ella. Un día te llamará mi hermana Azucena y entonces se la darás.

Hoy hace exactamente dos semanas desde que Azucena y yo nos vimos por primera vez en el Vips. Aquella tarde nos despedimos en el portal del abogado encargado de la defensa de Juan Luis, tras entregarle el pendrive con las imágenes que, en mi opinión, deberían de sacar a este muchacho de la cárcel. Ayer recibí un WhatsApp de Azucena; fue la primera noticia suya desde entonces:

—Querido amigo, Antonio. ¿Cómo sigues? Te escribo porque me siento feliz, acabo de recibir la llamada del abogado de Juan Luis para decirme que, en vista de las nuevas pruebas aportadas por la defensa, el juez encargado en breve dictará orden de libertad para Juan Luis, exonerándole de todos los cargos… —

El contenido del mensaje me alegró tanto que decidí escribir y publicar este caso. Y lo hago no con el deseo de redactar un “bestseller”, que les conste a muchos, porque no es mi intención vivir únicamente de la escritura y abandonar mis casos de Espíritus, no, para nada. Lo escribo con la intención de mostrar otra experiencia, en la cual he tenido la suerte de poder participar, que viene a acentuar más si cabe la teoría que vengo dando vueltas desde hace unos cuantos meses. Una teoría que se basa en la creencia de que algo distinto y muy favorable para nosotros, los vivos, está ocurriendo dentro del mundo de aquellos que ya se fueron.

En este caso, recién terminado, es el Alma de un difunto quien regresa, molesta y se hace notar no con la intención de causar miedo o cometer una barbaridad, sino para llamar la atención de dos personas. Dos muchachas capaces de demostrar la inocencia de un hombre acusado de un asesinato que nunca cometió. Yo llevo muchos años en esto, y hasta ahora nunca vi que un Espíritu regresara para implicarse en el problema de una persona. Antes todo esto era al revés, era el Alma aparecida quien tenía el problema y regresaba en busca de ayuda. En fin, este comentario final viene a consecuencia de esa naturaleza distinta de los últimos casos, en donde el Espíritu aparecido no necesita nada y solo regresa con la finalidad de avisar, demostrar o acabar con una mala situación de alguien que buenamente pudiéramos ser cualquiera de nosotros.

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