Apenas ha salido el sol y ya el calor se deja notar. Nada tiene que ver esta mañana con aquella de hace apenas un mes en la cual el plumas, la bufanda y las botas no resultaban suficientes para paliar el frío. Tal y como así me había avisado Manuel, la desolación también hace mella según te adentras en esta vieja estación, inaugurada a mediados del siglo pasado y abandonada hace más de treinta años. Cuesta imaginar este lugar como el importante enclave ferroviario en el cual llegó a convertirse, gracias a la gran afluencia de viajeros y mercancías que a diario transcurrían por estas viejas y gastadas vías. Presidida por un magnífico edificio neomudéjar, algo deteriorado, llegó a albergar una considerable reserva de locomotoras y fue de las primeras en disponer de plataforma giratoria. Pero insisto, resulta difícil imaginar a esas mil y pico personas diarias que, según Manuel, entraban o salían a diario por estas puertas.
Manuel es un antiguo trabajador de esta estación; en concreto, era el guardagujas. Fue uno de aquellos pocos trabajadores a quienes les tocó la triste tarea de llevar a cabo el cierre definitivo. Seis sujetos que una tarde fría y lluviosa de un mes de febrero dijeron adiós al último tren de pasajeros que se detuvo en estas vías. Cinco hombres y una mujer que, tras perder de vista ese convoy de vagones casi vacíos, sin mediar palabra recogieron todo, se quitaron sus uniformes, apagaron unas luces que nunca se habían apagado antes y cerraron a cal y canto los portones que ahora él, Manuel, después de tanto tiempo, vuelve a abrir, pendiente de que nadie nos vea. Simples y humildes personas que marcharon de esta estación con la fundada y triste sospecha de que, junto a ellos, durante sus horas de trabajo en este lugar, daba lo mismo que fuese de día o de noche, ¡alguien más les acompañaba!
Poco antes del cierre, y dado que Manuel vivía y vive cerca de la estación, le dejaron a cargo de las llaves mientras durase su desmantelamiento. Sin embargo, el tiempo pasó y nunca llegó nadie con la intención de desmantelar nada y jamás, tampoco nadie le liberó de esa responsabilidad aceptada a regañadientes.
―Son muchos los recuerdos que se vienen a la mollera cuando vuelvo por aquí, aunque bueno, el caso es que me vino bien tener esta distracción al jubilarme―. Afirma Manuel.
Y es que este guardagujas ya jubilado no solo es el encargado de abrir y cerrar la estación, sino que, además, a su manera realiza también tareas de mantenimiento, limpieza y hasta de vigilante para librarla de aquellos deseosos de destrozar y pintarrajear todo.
―¡Está como el último día! A la estación le pasas un poco la escoba, abres la taquilla, le pones un tren y a funcionar. Está lista para mover dos mil viajeros diarios o más sin despeinarse. Bueno…, eso…, si el difunto lo permite, claro está. ¡Qué oye!, Dios le tenga en gloria.
Dentro de la estación y ya con las luces encendidas, la imagen es fantástica. Un vestíbulo de forma rectangular de no menos de 60 metros de largo por 15 de ancho y 10 de alto se presenta ante nuestros ojos de manera sorprendente. Suelo tipo damero, todo de baldosas relucientes y perfectamente conservadas, vigas recién barnizadas y varias pantallas de dos fluorescentes, todos ellos funcionando, echan por tierra nada más entrar la imagen que te esperas del interior de este edificio cuando lo observas desde fuera. Decorado con zócalos de azulejería en paredes y pilares, acoge de forma bien dispuesta la taquilla de venta de billetes, la sala de espera y otra ventanilla con un antiguo cartel de estafeta de correos colgado en la pared. Dos puertas abatibles de madera situadas al otro lado del vestíbulo, justo enfrente de los portones de entrada, dan acceso a un andén exterior con dos vías.
¡Tiene razón, Manuel! Todo en esta estación parece estar listo para empezar una nueva jornada. Solo le falta el personal, la gente, las maletas, el mozo de equipajes moviendo bultos de un lado a otro y el largo silbido de una locomotora a punto de partir. ¡Es impresionante!
―¿Sabes? Aunque con todos esos recuerdos que aparecen y alborotan mi cabeza cuando vengo al tren, cada día me gusta más pasarme aquí las horas. Yo empecé a trabajar aquí, manejando aquellas oxidadas agujas que todavía puedes ver ahí fuera. ¡No costaba moverlas ni na…! Aquí aprendí todo cuanto sé, en este puñetero lugar que ahora es donde paso la mayoría de los ratos. Unos tienen y juegan con maquetillas de esas de miniaturas con cuatro trenes de plástico de aquí pa allá; yo tengo una estación de verdad a la que cuidar, porque estoy seguro y según está el país…, cualquier día me dicen que todo esto lo ponen en marcha otra vez. El tren siempre salió al rescate; si no revisa, revisa la historia y verás. ¡Mira, mira! ¿Ves esa cochera? Tiene cuatro locomotoras dentro, impolutas y preparadas para echar a correr―.
Hace hoy una semana, Manuel se puso al habla con los cuatro compañeros que trabajaron con él en ese último día de la estación. Aunque mantenían el contacto y quedaban a menudo, esta vez hacía tiempo que no se veían y quería o quizás sería mejor decir, necesitaba verlos: tenía algo importante que contarles y la cita sería justamente en este lugar, dentro de la estación. Pese a que Manuel me convenció en venir y aceptar el caso la primera vez que nos vimos, todavía no tengo muy claro si de verdad voy a hacer falta o, simplemente, este guardagujas y sus compañeros se valdrían por sí solos para resolverlo. Al menos esta vez contaré con un nutrido grupo de testigos, cinco personas, nada más y nada menos, que podrán dar fe de lo ocurrido si de veras llega a suceder algo.
Una vez llegados los cuatro compañeros de Manuel, y después de los saludos, presentaciones, las bromas a costa del físico y el paso de los años, la conversación enseguida se centra en Feliciano, encargado de la venta de billetes y de la atención a los viajeros, entre otras funciones, y fallecido en un terrible accidente casero el año pasado. Se trata de tres hombres y una mujer, muy distintos entre sí y también muy respetuosos conmigo al conocer el porqué de mi presencia con ellos en esta estación. Durante una breve charla dedicada a contarles un poco de lo que supone dedicarse a esta profesión mía, nos hemos acercado hasta uno de los varios bancos dispuestos por el vestíbulo, en donde Encarnita, antigua encargada de la cafetería, y Cipriano, jefe de estación, toman asiento. Manuel, Faustino, Gregorio, ambos dedicados a mil tareas de mantenimiento, y yo continuamos de pie.
Sin embargo, la expresión en los rostros de los cuatro excompañeros cambia según Manuel les explica la razón de haberles llamado. Su cara es un poema. A ninguno de los cinco le cuesta admitirlo: Cuando se fueron a trabajar a su nuevo destino, aquí dejaron a alguien a quien no hacía falta ver para saber que estaba. Alguien de voz masculina que reconocen haber sentido tan cerca que pudieron oler su perfume. Por entonces y sobre todo al principio de presentarse, les aterraba escuchar esa voz de tono severo y firme, hablándoles al oído. Una voz que todos los días y similar a un susurro constante paseaba por el vestíbulo durante unos minutos. Pocos minutos, eso sí, pero siempre aparecía y siempre…, a la misma hora: cinco minutos antes de la medianoche. Precisa como un reloj, con la puntualidad de un tren cuando parte de la estación, ese murmullo surgía, generando consigo una extraña sensación con la cual convivieron durante meses:
―En esos días o te callabas y aguantabas o perdías el trabajo. No estaban las cosas como para quejarse de Fantasmas―. Apunta Cipriano.
Manuel necesitaba revivir ese momento. Sí o sí, tenían que volver a dar vida a la estación durante un breve espacio de tiempo, como si esta nunca se hubiese cerrado. Al parecer, era crucial y de momento no podía contarles más, pues tampoco él sabía nada más. Les contaba lo que había podido escuchar en este mismo vestíbulo hace siete días:
―Había llegado aquí al tren sobre la media tarde. Me aburría en casa. La mujer estaba en la costura con las amigas y luego tenían los preparativos de la asociación para las fiestas del pueblo, así que iba a estar solo toda la tarde, y me dije, pues me voy para allá, que allí siempre hay algo que hacer y me distraigo. Cuando me canse, me vengo y punto. Llegué, ya os digo, pues entre seis y seis y media, y el caso es que, entre esto y aquello, me enrollé haciendo cosas, me lié y mira, ¡no sé!
Nunca me había pasado esto, pero el caso es que eran las doce menos cinco de la noche, yo no me había ido y, cogiéndome por sorpresa, ¡volví a escuchar los cuchicheos del Alma en pena este que anda por aquí! Sí, sí, sí. ¡Eran los mismos! Aquel mismo susurro de Fantasmas que los cinco escuchamos cuando trabajábamos aquí. Estaba conmigo. Yo me asusté, pero, ¡fijaos! ¡Le entendía! Entendía a ese Alma; me estaba llamando. ¡Manuel! ¡Manuel! No sé por qué ostias, pero dejó de murmurar y empezó a llamarme. La voz venía de detrás de mí, y yo era incapaz de darme la vuelta. La escuchaba como os oigo a vosotros ahora, claramente, no había duda, bien sabe Dios que no os miento ―comentaba Manuel―.
―Ese Alma, Fantasma o lo que sea, estaba detrás de mí. Yo estaba congelado, igual que cuando de chiquillo veía venir a mi padre con el cinturón en la mano dispuesto a arrearme. Yo esperaba que se fuese, que saliera al vestíbulo como siempre hacía, ¿os acordáis? Siempre actuaba igual. Pero, ¡qué va! Se fue acercando más y…, yo juraría por mi santa madre que esa Alma me tocó el hombro, ¡me puso la mano aquí! (Manuel se señalaba y se golpeaba el hombro). Y os juro por lo más sagrado que cuando me tenía cogido el hombro, le escuché decir:
“Prepáralo todo, Manuel, la noche del 20 hemos de desviar al 927 a otra vía. No le detengas, y no aviséis a nadie, o de alguna manera, esa noche moriremos todos.”
El silencio se hizo en la estación. Yo ya había escuchado la experiencia vivida por Manuel; me la contó el primer día, cuando, después de todo un largo fin de semana para avisarme, a última hora del domingo me encuentro con que me anulan la visita programada para el lunes y agendada desde el jueves “al no considerarla necesaria”. La madrugadora llamada de Manuel, ese mismo lunes que en un principio había quedado como de asueto, consiguió cambiar por completo no solo ese día, sino toda la semana. A primera hora de la tarde, sentados en un Vips cercano a mi domicilio, Manuel me relataba lo ocurrido con todo detalle. Enseguida me convenció. Su manera de contarlo, su precisión en los detalles y su condición, que a todas luces asegura la nula necesidad que tiene este hombre de inventar nada o de ver cosas donde no las hay, sumado al total desconocimiento acerca de estos temas que presenta, no dejaba duda: Manuel había recibido un mensaje desde ese “otro lado”.
Hoy es día 20. Ese día 20 al cual creemos que se refería el Espíritu cuando le dijo a Manuel que dispusiera todo. Sería injusto continuar relatando su caso sin mencionar la estupenda reacción de sus compañeros: los cuatro se han ofrecido a colaborar como hiciese falta hacerlo, incluso anulando otros compromisos sin dudarlo. Son las siete y media de la tarde, tenemos cuatro horas y pico para prepararnos. Si no estamos equivocados, a las doce menos cinco de la noche, la voz del Espíritu volverá a esta estación y después, suponemos que nuestro papel será seguir sus instrucciones.
Aunque parezca una locura, tiempo antes de que esos supuestos susurros vuelvan a dejarse oír, prepararemos la estación como si estuviese todavía en activo. A partir de ese momento, ya solo será cuestión de esperar acontecimientos. Ahora, y gracias a los refrigerios traídos por Manuel, seguramente sabedor de cómo responderían sus compañeros, pasamos la tarde y recibimos la noche entre risas, anécdotas y recuerdos.
Llegadas ya las once y media de la noche, los cuatro hombres y la mujer se dirigen al mismo puesto que tenían cuando trabajaban en esta estación. Del mismo modo que si nunca se hubiera cerrado, comienzan a efectuar las rutinas, las acciones y los mismos preparativos que a diario realizaban. Con todas las luces encendidas, la taquilla abierta con Faustino relevando al ya fallecido Feliciano, las puertas abatibles sujetadas a la pared para facilitar el acceso a las vías, la carretilla de transporte de bultos dispuesta en el andén, el reloj principal puesto en hora, la estafeta y la cantina iluminadas, las luces de vía prendidas, los semáforos en verde, ¡todo preparado! Incluso, Manuel nos ha repartido unos uniformes, nuevos a estrenar, que también quedaron abandonados en el momento del cierre; no nos falta detalle.
Verdaderamente, estamos en una pequeña y solitaria estación de tren, situada en un pueblo perdido de la sierra y tal y como estaba hace, nada más y nada menos, que treinta años atrás.
Acaban de dar las doce menos veinte cuando de repente ¡suena un toque de campana! Ha sonado sin que nadie la toque, ni tan siquiera haya alguien cerca de ella.
―¡Ese toque de campana avisa de que en quince minutos lo tenemos aquí!―. Grita Manuel. Ambos nos encontramos ya junto al cambio de agujas, dispuestos a mover la palanca que hará variar de vía al supuesto tren.
Pasados unos minutos, vuelve a escucharse la insólita campana…
―¡Dos toques! Atentos, señores. Quedan solo cinco minutos―. Vuelve a advertirnos el guardagujas al escuchar el tañido. Me sorprende la firmeza con que los cinco trabajadores aguantan la tensión.
―¡Atentos! ¡Atentos todos! ¡Escuchar, escuchar!―. La campana se deja oír de nuevo, se detiene y vuelve a repetirse sonando cuatro veces seguidas en cada ocasión:
―¡Señores, eso que escuchan es la campana del mismísimo cielo! Ahí arriba quieren al nueve, dos, siete, enterito y cuanto antes, así que ¡venga, vamos con ello!, mandémoselo “niquelao”. No sé qué o a quién puñetas llevas, campeón, pero no te va a dar tiempo ni a decir adiós; te vamos a mandar pa allá tan deprisa que va a parecer que te hayamos puesto un petardo en el culo. Si no estoy equivocado, en el argot ferroviario, cuatro golpes de campana son un aviso de que el próximo tren en llegar a la estación está autorizado para realizar un cruce de vías.
―¡Ya me acuerdo!―. Grita Cipriano, corriendo hacia nosotros. ―Sí, sí, ya lo recuerdo, era ese, ese mismo convoy. El nueve, dos, siete es un tren Fantasma. Se dice que lleva vagando desde la Segunda Guerra Mundial. Una BR 52 arrastraba treinta vagones de mercancías cargados con cuatro mil presos judíos, hombres, mujeres y muchos niños, capturados por los nazis con destino a París, y desde allí partirían al campo de trabajo de Mauthausen.
Se cuenta que, por entonces, la Cruz Roja suplicó y suplicó al antiguo jefe de esta estación que desviase el tren. Si lo hacía cambiar de vía, el convoy iría escoltado por los ingleses hacia un lugar seguro donde atenderían a los prisioneros. Decían que este cambio de agujas era la última oportunidad para esos cuatro mil desgraciados. La leyenda cuenta que el jefe de estación no se atrevió a cambiarlo de vía, pero tampoco pasó nunca por la siguiente estación, ¡desapareció!
No hay tiempo para más. El rumor de un viento que de repente se deja notar con fuerza nos trae el silbido de una locomotora que, pitido tras pitido, se acerca rápido. ¡Ya está ahí! Está doblando la última curva antes de la estación. Se acerca deprisa, dejando tras de sí un rastro de humo. La locomotora es negra, una bestialidad de máquina flanqueada por dos pequeñas banderas luciendo el símbolo de la esvástica. Va tan deprisa que parece que fuera a levantarse de la vía en cualquier momento. Los primeros vagones pasan veloces por delante de nosotros. Son vagones marrones, de los antiguos usados para el transporte de mercancías. Llevan impresas una estrella de David tachada con una “X” y la palabra “Jude” pintada junto a otras que no suenan a nada bueno. La velocidad del tren nos empuja hacia él con tanta fuerza que Manuel y yo tenemos que sujetarnos en la palanca del cambio de agujas cuando, de pronto, ¡el tren se ralentiza! Todo pasa despacio, salvo el viento que no deja de apretar. Todo se ha difuminado en colores oscuros y marcados a nuestro alrededor, no hay ninguna imagen nítida, ¡parece que estamos dentro de un cuadro! ¡Ahora los portones se mueven! ¡Los vagones se están abriendo!
El tren pasa muy despacio y la primera imagen al mirar dentro es dantesca: cientos de cuerpos hacinados unos encima de otros, en posturas horrendas y desprendiendo un hedor insoportable, anuncian que ahí dentro ya no queda nadie vivo. Cuesta mirar; de hecho, yo mismo intento no hacerlo y centrarme en nuestro objetivo, pero…, ¿qué? ¡No puede ser! ¡Es imposible!
Por delante de ese montón de cuerpos, ¡están apareciendo las Almas de aquellas personas! Cogidos de la mano, los prisioneros encerrados se alinean al borde del vagón, mostrando sus figuras de matiz oscuro, tristes y tan exentas de brillo que apenas resplandecen. Niños delante, mayores detrás, a cual con la expresión más hundida, mientras hasta mi cabeza llega una pregunta proclamada por mil voces distintas… ¿Qué hemos hecho? ¡Es impresionante! El tren pasa tan despacio, tan a cámara lenta, que nos permite ver unos rostros marcados por el horror y la barbarie. Las Almas se presentan ante nosotros suplicantes de que hagamos algo. ¡No sé cuándo demonios hay que hacer el cambio de vía! No se lo pregunté a Manuel y el tren queda poco para que pase por entero la estación.
―¡Mándaselo, Manuel! Mándaselo. Grita una voz que ahora mismo no sé a quién puede pertenecer.
Similar a un terremoto que hace temblar todo, así han sonado esas palabras. Pero Manuel no reacciona, sus ojos se han clavado en el gesto atormentado de las Almas de los vagones y está tan absorto en ellos, que no se da cuenta de que el tren está terminando de pasar. ¡Me toca! Para esto es para lo que vengo yo a estos casos; se ve que no para hacer, sino para ayudar a quien debe terminarlos. Enseguida pongo mis manos sobre las suyas agarradas a la palanca del cambio de agujas. Con tono fuerte trato de hacerle recordar desde aquella primera cita en el Vips, pasando por la llegada de sus compañeros a la estación y sus anteriores gritos de ánimo. Me mira, su expresión lo dice todo, pero cuando le comento que es él a quien ahora le toca rescatar ese tren, reacciona y, agarrando con fuerza la palanca y tras contar a puro grito hasta siete nada más pasar el último de los vagones, la empuja con fuerza hacia delante, desviando al tren a una vía que enseguida se pierde adentrándose en un pinar.
¡Lo hemos conseguido!
Sí, lo hemos conseguido. El saludo de una de las prisioneras desde el último vagón, ya con los cientos de puntitos brillantes de diferentes colores pasteles, centelleando una y otra vez, sumado a esa hermosa sonrisa imposible de olvidar, así lo confirman. ¿Dónde fue? Ni idea; aun así, hicimos algo bueno.
― Ese hombre es Demetrio González. En el 42 era jefe de la estación. Hay un cuadro suyo en el despacho principal junto al resto de los jefes que han llevado esta estación―.
No lo había visto. Situado al final del andén, ataviado con el uniforme de jefe de estación, su gorra de paño azul y rojo, visera de charol negra decorada con los bordados dorados típicos de los ferroviarios, banderín rojo alzado y silbato al cuello, podemos admirar la formidable escena de un Alma radiante. Sonríe feliz, mientras levantando la mano nos saluda tanto a nosotros como a los compañeros de Manuel situados al otro lado de la vía. Por su imagen, era un hombre mayor que peinaba canas cortadas a navaja, alto, ancho de espaldas, barba poblada y bigote inglés. El espectacular tono de los cientos de puntitos brillantes que conforman su figura permite ver hasta el último detalle de él.
―Acabamos de hacer lo que ese jefe de estación no se atrevió. Le entiendo, desobedecer órdenes de los nazis no debería ser nada fácil por entonces. Putos…―. Opina Manuel.
Antes de que pueda acabar la frase, le pedí permiso para darle un humilde consejo. Una forma de pensar y actuar que, a mí, personalmente, me ha sido muy útil durante estos años. Al acabar un caso, creo que este se ha de valorar, comentar u opinar siempre de la misma forma. Hay que dejar a un lado las opiniones personales, sociales, políticas y demás, y comentar lo vivido desde un único punto de vista: haber resuelto un caso de Fantasmas, punto, nada más. Los detalles surgidos durante el caso son simples añadidos que no nos corresponde a nosotros juzgar. Por lo tanto, ojalá disfruten tanto como Manuel, Cipriano, Encarnita, Faustino, Gregorio y yo disfrutamos de este caso de Fantasmas.
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