ADVERTENCIA

07:45 horas de un lunes cualquiera en Madrid. El temor a un posible retraso debido al previsible atasco diario obliga a ponerse en marcha antes de lo habitual. Un nuevo caso espera, y por su forma de acontecer exige estar en el lugar de los hechos, no mucho después de las ocho y media. Sin embargo, lo concurrido que se encuentra este antiguo y céntrico café de la calle de Fuencarral, en el cual se demora bastante aquello de ser atendido con prontitud, disipa el tiempo de tranquilidad obtenido gracias al madrugón. Minutos más tarde, abandono presuroso el café en dirección a la vivienda de Juan Antonio, situada a unos pocos metros del café.

Juan Antonio es un muchacho joven, un técnico de laboratorio de veinticinco años, bien colocado en un hospital de renombre. Un tipo tranquilo y educado, según se mostró en la primera cita que siempre mantengo con quienes recurren a mí. Una primera entrevista de obligado cumplimiento: aparte de permitirme conocer a la persona afectada, me ayuda mucho escuchar de su boca cómo es la experiencia paranormal que le obliga a buscar ayuda. Normalmente, la forma de narrar un suceso de este tipo es lo que a mí me sugiere descartar o aceptar un caso ya en ese primer contacto.

Reconozco que mi primera impresión al conocerle no fue positiva. No era nada personal; bastó escucharlo un momento para pensar que aquella reunión sería una total pérdida de tiempo: esa pronta declaración de considerarse un entusiasta del tema de los Espíritus, fiel seguidor de conocidos programas de radio y televisión dedicados a lo paranormal y lector habitual de revistas dedicadas al mundo del misterio desencantó—seguramente de manera equivocada—mis ganas de involucrarme en aquel supuesto problema suyo.

Fue una conclusión precipitada. Cuando el muchacho llegó a narrar la parte más importante de su caso, mi primera opinión quedó descartada. Su relato resultaba creíble, aunque no estaba falto de las típicas y absurdas palabras “técnicas” expresadas por la mayoría de los afines a estos temas al referir sus experiencias. Quizás fue el orden de cómo le fueron surgiendo los hechos. Sus percepciones, aquello que creyó oír o juraría haber visto; todo eso concordaba con una disposición de percepciones lógicas previas a la aparición de un Espíritu. Me ganó su actitud de no dar nada por seguro. Su reconocimiento a sentirse bajo la influencia de esa duda, común en todos los que sentimos pasión por este mundo, en la cual tu mente genera y consigue que tú mismo te pongas en entredicho.

Basta un toque en el portero automático para que la puerta del portal se abra. Desde luego, el aspecto avejentado de las paredes y escalones de esta finca, sumado a lo tenue de la luz con que se ilumina, dispara la inquietud. Por suerte, el piso, y lugar de los hechos, se encuentra en la primera planta.

La distribución de la casa es sencilla: tres puertas cerradas y dispuestas en un pasillo en forma de L, que acaba por un extremo en el vestíbulo principal y en una sala de estar por el otro. En esa pequeña salita de estar, todavía con el brasero debajo de la mesa, tres sillas de madera, las paredes empapeladas, la lámpara de suspensión de un solo foco colgada del techo y una antigua y enorme radio presidiendo un aparador de roble, era donde prácticamente, asegura el muchacho, se hacía la vida. Cuando Juan Antonio era un niño y venía a ver a sus abuelos, anteriores dueños de este piso, ya le servían el chocolate y las pastas en este cuarto.

El joven está angustiado. La expresión de su cara y sus gestos denotan nerviosismo. Le noto tan preocupado que propongo olvidarnos del tema durante un rato. Tenemos tiempo y, de hecho, nada ni nadie nos obliga a empezar hoy.

Después de un rato charlando de todo un poco, solo tenemos constancia de unas pocas y vagas percepciones cuando, de pronto, la persiana se baja de golpe. El susto exige unos segundos de pausa. Apenas queda una tímida luz alumbrando el cuarto. Es una de aquellas persianas de cuerda y lo más lógico sería pensar que… ¡La puerta se mueve! Avanza despacio. Nadie la toca, pero se acaba de cerrar del todo. Al ir acercándome a ella, mis rodillas flaquean, tengo la boca seca y es que el calor ahora mismo resulta insoportable. Trato de abrir la dichosa puerta y no puedo. Alguien o algo sujeta la manilla del pestillo e impide que se mueva. Estamos encerrados.

Noto esa sensación característica que surge con el simple roce de la piel con un Espíritu. El difunto que todavía habita en esta casa está aquí. En este cuarto con nosotros. Me ha tocado, se ha separado y ahora tose. ¡Alguien tose! Una silla se arrastra sola y suena un fuerte golpe. ¡Juan Antonio está en el suelo! Se ha desmayado y está lívido. Sin demora aviso al 112, mientras trato de reanimarle como puedo. Por suerte, al llegar la ambulancia, el chico, aunque todavía pálido, ya está lo suficientemente consciente para poner su tensión arterial como excusa de su vahído.

Cerca de una hora después, volvemos a quedarnos solos en la casa. Durante un rato, insisto en aparcar de momento la idea de hablar con el Alma que antes nos ha encerrado. Temo por su salud, la verdad, me he asustado bastante con su desmayo y aún ambos estamos nerviosos. No cabe duda del riesgo que supone dejar que ese Espíritu permanezca en esta casa sin saber los motivos de su regreso al mundo de los vivos. Lo sé y, más aún cuando, ahora mismo, sigue estando aquí. Junto a nosotros.

Pero Juan Antonio se niega rotundamente y apenas me escucha. Su inquietud no es el Fantasma ni por qué ha tosido, cerrado la puerta o bajado la persiana y, mucho menos, si en el próximo intento de hablar con él vuelve a desmayarse. Su preocupación es que Vanesa, su novia, está a punto de regresar y no quiere que ella se entere de lo sucedido ni que vea o sienta algo extraño, pues a pesar de ser también una apasionada del misterio, resulta ser bastante más asustadiza que él. Gracias a esto, decidimos posponer el nuevo intento a otro día, cuando la casa se vuelva a quedar sola.

Al momento, el sonido de unos pasos acercándose ligeros por el pasillo me pone de nuevo en alerta hasta que un bullicioso —¡buenas tardes! ¿Cómo está? —fulmina de un plumazo la tensión. Se trata de Vanesa, la novia de Juan Antonio, quien, de forma alegre y presurosa, llega hasta la sala de estar. Por suerte, de momento no se ha percatado del aspecto pálido que, en menor cuantía, pero todavía algo visible, se muestra en el rostro de su pareja.

—¡Oh! ¿Qué hacéis con esta foto mía ahí, encima de la mesa? —pregunta Vanesa.

La rápida y sencilla reacción de su novio nos libra de tener que dar explicaciones a algo muy difícil de contar. Para zanjar la cuestión le bastó con contestar que me estaba enseñando a esa mujer de la que tanto presumía. Yo no vi ese marco con la foto en ningún momento. Cuando llegamos, no presté atención a qué había y qué no había encima de la mesa de camilla. Sin embargo, al parecer, y por los gestos que me hace el joven a espaldas de su novia, ese marco no debía estar en la mesa, sino colocado en su sitio: sobre el aparador de roble. Afortunadamente, el misterio sigue su curso y, por lo menos, el Espíritu comienza a mostrarse…

¿Fue un simple descuido la razón de que la fotografía de Vanesa no estuviera colocada en su lugar habitual, o fue la misma Entidad que cerró la puerta y corrió la silla quien la dejó encima de la mesa adrede? ¿Puede ser que todo esto venga de mano de un Alma tratando de llamar la atención por algo relacionado con Vanesa? Tampoco sería la primera vez que algo así sucede. Durante todo el trayecto de regreso a casa y a lo largo de todo el resto de la semana, estas preguntas revolotean por mi cabeza.

Llegado por fin el siguiente lunes, me reúno con Juan Antonio en el mismo café donde desayuné el primer día. Aunque hemos venido hablando por teléfono durante la semana, acordamos vernos y charlar antes de subir por segunda vez a su casa. El piso lleva toda la semana vacío. Él no se atreve a pasar ni una noche más allí, por lo que se alejó inventando un viaje sorpresa con motivo de su próximo cumpleaños; convenció a Vanesa para pasar unos días más en el chalet que tienen sus padres en un pueblo cercano a Madrid. Su afán está ahora en excluir a su novia de todo esto.

Dentro del piso se nota frío. Restándole importancia, camino delante sin quitar la vista del final del pasillo. La sala de estar tiene la puerta cerrada. Extrañado, miro a mi compañero de faena; las demás puertas están abiertas, un detalle que también le sorprende a él. Al seguir avanzando, siento su mano temblorosa apoyarse sobre mi espalda. Antes de bajar la manilla del pestillo, le miro: en sus ojos se adivina la presión haciendo mella y ¡no sé!, según le veo, creo que deberíamos dejarlo. Lejos de esto, y quizá intuyendo cuál va a ser mi reacción, es él quien abre la puerta.

La suerte está echada. La puerta se mueve despacio hasta llegar a su tope, dejando ver una habitación, con todo igual a como estaba el otro día, salvo por un detalle que un balbuceante Juan Antonio insiste en señalarme: ¡el marco con la foto vuelve a estar en la mesa de camilla! Expresándose como el miedo así se lo permite, el muchacho jura y perjura que él mismo volvió a colocar la fotografía en el aparador y allí se quedó. Él fue el último en salir de esta sala de estar y nadie ha entrado en el piso desde que se marchó.

Desconcertados, nos disponemos a entrar en la sala de estar cuando… ¡La puerta se viene veloz hacia nosotros hasta quedar cerrada! No entiendo nada, pero sin darnos tiempo a más, ¡algo impacta contra la pared del pasillo! Por detrás de nosotros acaba de sonar el golpe de un objeto al chocar contra la pared. De hecho, vemos el objeto situado sobre la mitad del pasillo. Al dirigirnos hacia él, tengo la sensación de que algo me empuja, como si quisiera que lo viera cuanto antes. Según Juan Antonio, es una pulsera de Vanesa. Al momento, otra pulsera impacta contra mi hombro. ¡Ha venido de la habitación de al lado! Una habitación que desde nuestro punto en el pasillo se averigua enorme y que la pareja utiliza como vestidor.

La habitación de veras es amplia. Un armario ropero que viste tres de las cuatro paredes con varias puertas cubiertas de espejos, estanterías, cajoneras y zapatero casi a ras del suelo, junto a un banco largo con asiento de espuma situado en el centro y varios focos halógenos en el techo, conforman su decoración. ¡La luz acaba de encenderse! Ninguno hemos tocado el interruptor y, además, los seis halógenos lucen con bastante más intensidad de lo normal. Sí, ya estamos donde el Espíritu nos quiere tener. ¿Y ahora? ¿Qué quiere? ¿Quiere mostrarnos algo o acorralarnos, y esto es una trampa?

Juan Antonio sigue de rodillas en el suelo del pasillo, mirándome atónito hasta que, levantando el brazo y palideciendo más todavía, con su dedo, me señala uno de los espejos… ¡Hay un hombre! El reflejo de un hombre mayor, encorvado y de aspecto demacrado, surge de repente en uno de los espejos. Lo peor de todo es que es eso, un reflejo y, por tanto, ¡el Espíritu está detrás de mí!

Despacio, guiándome por el reflejo de los diferentes espejos del ropero, me voy dando la vuelta. Siento el miedo aparecer tratando de nublar mi conciencia, instándome a correr y a abandonar este caso. Pero este miedo mío y yo nos conocemos muy bien, ya hemos compartido muchos ratos y sabemos que no saldré de este piso hasta resolver el problema. El reflejo del hombre sigue inmóvil cuando ya solo me falta un giro para tenerle frente a mí. Estaremos muy cerca el uno del otro; podrá tocarme con solo estirar un poquito su brazo. Pese a ello, siento que cuanto más le miro, más se debilita mi miedo. Incluso cuando estoy ya dando el último giro para quedarme cara a cara con él, noto paz, la tensión se desvanece, respiro bien y, por ahora, estoy bastante entero.

¡Abuelo! ¡Abuelo! ¿Cómo es posible? ¿Cómo puedes estar ahí?

Joder, yayo. —¡Tengo mucho miedo! —¡Tú ya estás muerto! —grita un desconsolado Juan Antonio, buscando esa respuesta capaz de calmar la tensión que a todos nos acontece la primera vez que vemos un Fantasma.

Sin dejar de mirar al Espíritu, pregunto a Juan Antonio cuál era el nombre de su abuelo. Absorto en el Espíritu, tengo que repetirle la pregunta tres veces y, de hecho, es la propia Ánima presente quien débilmente responde pronunciando el nombre de Joaquín. Sí, la voz ha sonado débil, casi como un susurro, pero el suelo tembló al ritmo de sus palabras; algo del todo inaudito. Tras contestarme, camina arrastrando los pies hacia el final de la habitación. ¡Qué estampa más maravillosa! Su rostro, dulce y sosegado, descarta cualquier intención de causar daño. Llegado frente a una de las cajoneras del ropero, se detiene. Oscila; su imagen de anciano brilla como un diamante, mientras fluctúa suavemente. Una cantidad de cientos de puntitos de incontables colores centellean dando forma a su figura.

El Alma de Joaquín señala con el dedo hacia la cajonera. Luego, esbozando una sonrisa que emociona y asintiendo con la cabeza, me confirma que, efectivamente, el que toco es el cajón a examinar. Es el penúltimo de todos. Sé que estoy cometiendo el error de dar la espalda a un Espíritu, algo muy arriesgado, pero confío en él y creo entender por dónde va el asunto. Al abrir el cajón, la ropa de Vanesa sale volando. ¡La está quitando del medio Joaquín sin tocarla! ¡Dios! Nos ha conducido hasta un pequeño álbum de fotos que se encuentra entre camisas, pantalones, jerséis, artículos de aseo de hombre y una pequeña cámara de video. Juan Antonio se acerca deprisa. ¡Vaya! ¡Parece que también él ha perdido el miedo a su abuelo! No, no es que le haya perdido el respeto a nadie, es que Joaquín, de repente, ya no está. Se nos ha ido sin saber cómo lo ha hecho.

Cada vez más deprisa, el muchacho va sacando del cajón y tirando al suelo, prenda tras prenda. Todas ellas son de hombre, mientras se encoge de brazos y niega con la cabeza.

—¿Esto qué es? Todo esto no es mío y ¡mira, mira, si está usado! —me muestra sorprendido.

Sin llegar a mencionarlo, creo que ambos deducimos ya bastante del problema. De repente, y al tiempo que Juan Antonio profiere un grito de angustia, suelta el álbum de fotos de golpe y rompe a llorar de manera desconsolada. No hace falta ni recoger las fotografías del suelo. Con mirar algunas según cayeron al suelo, se puede ver y saber la causa de su desconsuelo. Le entiendo, y más cuando de un salto se pone en pie, abre un armario y, sacando de él una blusa blanca con lentejuelas, me la tira delante junto a una de las fotografías:

—¡Se la regalé yo! ¡Se la compré el mes pasado! Tengo el ticket todavía.

Al mirar la foto no sé qué decir. En ella aparece Vanesa, con la blusa que acaba de sacar del armario, besándose con otro hombre. El resto de las fotos contiene la misma temática, dos enamorados posando en bares, en lugares emblemáticos de Madrid y, hasta en la misma casa y en el mismo dormitorio donde ella y Juan Antonio viven y duermen a diario. No obstante, lo peor aún estaba por llegar: dentro de un sobre, los nombres y apellidos tanto de Vanesa como de otro hombre, así como otra serie de datos personales de cada uno, aparecen escritos en un papel blanco a continuación de un membrete en el cual puede leerse:

“Certificado de matrimonio”

Durante un buen rato, Juan Antonio y yo permanecemos en el vestidor, recogiendo todas las pertenencias de Vanesa y guardándolas en varias maletas. El joven técnico ya había tomado una decisión, la cual, a tenor de la seriedad de sus palabras y según actuaba, no dejaba duda en ser completamente definitiva. Lloró al ver las fotos, enfureció al repasar el certificado de matrimonio y de la misma manera empezó a olvidar cuando ojeamos los videos grabados en la cámara de video. Todos ellos fueron grabados en el mismo dormitorio y otras estancias de la casa, el último precisamente ayer mismo, y de su contenido es mejor no hablar.

Poco después de que todo rastro de la que era ya su expareja estuviera ya guardado en alguna de las varias maletas que dejamos en el recibidor del piso, escuchamos la puerta de la calle abrirse. Era Vanesa, riendo con los joviales comentarios de una voz masculina que entraba en la casa con ella. El silencio se hizo de golpe; la mujer no esperaba encontrarse todas sus cosas ahí, en la puerta, con la cámara, el álbum de fotos y el sobre con el certificado de matrimonio encima de las maletas. Tampoco esperaba que Juan Antonio estuviese en la casa; a esas horas ya tenía que estar trabajando en el laboratorio y no volvería hasta bien pasadas las seis de la tarde. En cambio, aquí está, sentado conmigo en el banco del vestidor. También ha sido él quien, con un sonoro grito desde este cuarto, detiene los pasos y la intención de acercarse de Vanesa, haciéndola regresar al recibidor, coger sus cosas y, tirando las llaves al suelo, salir de la casa.

El chico no derrama ni una lágrima más; parece como si el disgusto hubiese ocurrido hacía meses. De hecho, tras una pequeña charla en el vestidor sobre la impresionante aventura que habíamos vivido con su abuelo Joaquín, es él quien propone abrir un par de cervezas. Está entusiasmado y el miedo a vivir en la casa ha desaparecido. Quiere celebrar que todo cuanto había venido padeciendo durante este último año era por una buena causa. Ahora entiende los ruidos de pasos, la sensación de que alguien le acariciaba por las noches y los constantes golpes y caídas de Vanesa en la casa. Eran simples estratagemas de su abuelo Joaquín, que había regresado de allá, de donde te lleva la muerte cuando se acaba la vida, solo para avisarle.

Sin embargo, al salir al pasillo en dirección a la cocina, la puerta de la sala de estar se abre. Sorprendidos, nos acercamos despacio a ella: ¡no damos crédito!, la chocolatera todavía humeante, usada de siempre por la abuela de Juan Antonio, junto a un plato repleto de pastas de té de las que ella misma cocinaba, se encuentra sobre la mesa de camilla de la sala de estar…

***SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL M-004329/2024.