Y TODO POR UN ESPEJO…

Miércoles, 8 de mayo. El piso segundo exterior del número 26 de una conocida y céntrica calle de Madrid se encuentra vacío de gente. Luces encendidas, cortinas echadas y el televisor encendido. Un portátil abierto sobre una mesa con restos de lo que a todas luces fue una cena ligera, sillas tiradas por el suelo, la alfombra descolocada… Sin duda, son muchas las cosas que hablan de la premura con la que Jesús y Olga salieron de esta casa.

Jesús, diseñador informático, futbolero y adicto a las series de crímenes, ni cree ni sabe ni deja de creer en temas de Espíritus. Olga, secretaria de dirección en una gran compañía aeronáutica, amante de su casa y borracha de la lectura de novelas de terror con la cabeza bajo la almohada, se considera una apasionada autodidacta de la restauración de muebles antiguos.

Ambos forman una pareja de cuarentones serios, educados, de aquellos casados por la iglesia más por el qué dirán que por sus propias convicciones; en definitiva, buena gente. Los dos, indiferentes declarados de todo lo relacionado con lo sobrenatural, resumían hasta ahora toda su experiencia paranormal en una triste y ridícula sesión de ouija realizada sin aparente resultado allá, cuando eran chavales.

Al parecer, acabando ya el pasado viernes 3 de mayo, Olga se dispuso a tirar la basura. En el momento de contarme este caso, la mujer recuerda que le sorprendió lo apartados que estaban aquella noche los cubos del portal. Se acuerda bien, porque durante ese trayecto hasta ellos sintió frío. Un frío impropio. Una gélida sensación que se volvía más intensa según se acercaba a dejar la bolsa.

Fue al abrir la tapa del cubo cuando se dio cuenta: estaba vacío de bolsas, cosa rara esta, pero en su interior alguien había depositado una peculiar pieza de hierro de forma circular. Tuvo que inclinar bastante el cubo para llegar a cogerla y darse cuenta de que se trataba de un espejo. Un antiguo espejo de tocador, sobre brazo y pie, también de hierro bastante deteriorado, el cual en su parte trasera mostraba un pequeño aplique para colocar una vela. Por delante, porta una lente de cristal que, a modo de reflector, aparece incrustada en lo más alto del espejo.

Ilusionada al haber encontrado un nuevo objeto para restaurar, Olga sin dudarlo lo subió a su casa. Le encantaba, y enseguida lo colocó en una de las habitaciones convertida en su pequeño taller de restauración, imaginando todos los arreglos que le haría.

Una hora después de acostarse, Olga continuaba despierta con la luz todavía encendida. Acababa de dejar la novela que venía devorando sobre la mesilla cuando, de pronto, notó en el dormitorio la misma gélida corriente que le sobrevino al ir a tirar la basura. Preocupada, la fue sintiendo más y más. Sus ojos, atónitos, observaban cómo un extraño flujo de una neblina grisácea y desagradable penetraba por debajo de la puerta. Se acercaba lentamente a la cama. Avanzaba silencioso, impregnando el cuarto de un hedor intenso y penetrante y dejando tras de sí un tenue velo de bruma. Apartando la vista y dándose la vuelta deprisa se abrazó a Jesús con fuerza, culpando de la impresión a la ansiedad que le genera la novela que viene leyendo. Pocos minutos después, semejante excusa se vino abajo.

Desde la habitación utilizada como su pequeño taller, surgió un leve murmullo. Un indescifrable susurro de una única voz que en algunos momentos elevaba el tono, llegando a sonar enrabietada. Aunque la mujer no puede afirmarlo, le sonaban a regañina e insultos. Asustada, quiso despertar a su marido hablándole, pero Jesús no reaccionaba, no la oía y, lo peor vino al comprobar que ella no podía moverse.

Se notaba clavada a la cama. El flujo de bruma avanzaba sobre ella. Le impedía levantar los brazos, mover las piernas e, incluso, le apretó la cara contra la almohada. Entró en pánico, tanto que despertó a su marido. Jesús, alarmado, encendió la luz. Enseguida se percató de que algo grave ocurría: su mujer tenía las muñecas y parte de su cabeza hundidas en la almohada. Trató de agarrar sus manos, sujetar su cara, traerla hacia él, pero todo esfuerzo resultaba en vano. No sentía la piel de Olga, sino una especie de pasta viscosa. Sus esfuerzos dieron lugar a una lucha intensa, desesperada y violenta por momentos, hasta que, de repente, el cuarto se quedó a oscuras. Lo que quisiera que pasara o estuviese con ellos en la habitación se había marchado. Volvió la calma. Los dos pasaron el resto de la noche abrazados el uno al otro, vigilantes y sin atreverse a mover un músculo, pues aunque parecía haber vuelto la normalidad, el susurro de vez en cuando volvía a escucharse desde la habitación convertida en taller.

A la mañana siguiente, en cuanto amaneció, ambos se arreglaron y, sin separarse ni un segundo, dejaron el piso rumbo a sus respectivos trabajos. Nada hablaron sobre lo sucedido; tan solo acordaron durante las varias llamadas que intercambiaron quedar en un punto de la calle con el fin de entrar juntos a la casa. No volverían a quedarse solos dentro de ella hasta estar seguros de que el murmullo no se repetía.

Horas más tarde, Olga y Jesús regresaron al piso. La tensión se palpaba: parecía como si lo que la noche anterior les había estado perturbando quisiera dejarse notar de nuevo. Cada vez que algún tema conseguía que dejasen de pensar lo ocurrido, al momento el susurro volvía a dejarse oír. Se vieron agotados, superados por la tensión y, después de un rato, no pudieron resistirse a entrar en el taller.

Fue espantoso, lo peor que he visto nunca. —afirma Jesús.

Al entrar en la habitación, sus miradas no tardaron en dirigirse al espejo recogido en el cubo de basura. Tenía una vela negra encendida en el soporte y en el cristal se reflejaban una especie de manchas grisáceas que no estaban en el cuarto. Eran similares a ese rastro blanquecino que vio Olga en el dormitorio. Pero, de pronto, las manchas se disiparon y fueron ellos dos quienes aparecieron reflejados en el cristal. Eran ellos viviendo una situación dantesca: Jesús, visiblemente fuera de sí, había agarrado a su mujer del cuello y apretaba su garganta hasta dejarla caer al suelo ya cadáver.

No entendían nada. Al presenciar esto en el espejo, Olga agarró la mano de su marido sin desviar la mirada del cristal, pero enseguida notó cómo Jesús se la apretaba cada vez más fuerte hasta hacerle daño. Rápidamente, se volvió hacia él, preocupada, y lo que contempló asegura que jamás lo olvidará: Jesús tenía el gesto demacrado, los ojos ensangrentados, escupía saliva y tensó el puño con tanta rabia que Olga vio correr sangre por sus dedos. A ella solo se le ocurrió reaccionar de una manera: le soltó una tremenda bofetada. Gracias a Dios, su marido reaccionó, volvió en sí y, sin pensarlo, juntos abandonaron rápidamente la casa.

Ahora, solo en este piso, se me viene a la cabeza la expresión de Jesús y Olga al relatarme su caso. Se apreciaba el miedo en sus caras. Suceda lo que suceda, dudo mucho que este matrimonio pase muchas horas más aquí dentro. Pero vayamos a ello:

Es cierto que se nota una cierta corriente deambular por este salón. Creo reconocerla. Lo que provoca semejante corriente y yo ya nos conocemos, y estoy seguro de que ambos sabemos muy bien las pretensiones del otro: la mía es que se vaya, la suya quedarse y permanecer aquí tanto como pueda. De camino a la habitación convertida en taller, pienso en los muchos misterios que encierran los espejos y en los riesgos a los que nos exponemos cuando recogemos alguno de la calle.

Llegado a la habitación, en principio no siento nada. Bueno, sí, se echa en falta la compañía de alguien. Aunque a la hora de realizar estos casos siempre pido que un miembro de la familia me acompañe, esta vez es mejor entrar solo. Ni Jesús ni Olga están en condiciones de hacerlo; ya han visto demasiado y no queda nada que demostrarles.

Mi intención no es otra que envolver el espejo en papel burbuja, llevarlo a un punto limpio donde será destruido y asegurarme de que la Entidad que ahora pretende consolidarse como ama y señora de este piso no consiga quedarse aquí. Resulta toda una leche no poder sostener el espejo con la mano durante un tiempo —por lo menos hasta donde tengo aparcado el coche—, porque sería la forma más sencilla de sacarlo del piso. Pero es demasiado tiempo de contacto con un objeto maldito o demonizado como es este. Me arriesgaría a que todo lo oscuro que se oculta dentro se fije en mí y me vuelva a casa con una compañía poco aconsejable.

Ya con el rollo de papel en la mano, me dispongo a empezar la tarea cuando siento que algo raro me sucede. Me mareo, sudo y me estoy cabreando sin ningún motivo aparente. Además, me doy cuenta de que me he alejado de la mesa donde está apoyado el espejo. Desconozco cómo y cuándo llegué a este otro rincón del taller, rodeado de herramientas, algunas muy punzantes. Punzones, cuchillas, bisturíes, cuchillos parecen llamarme a gritos, mientras un destornillador se acerca rodando por la mesa.

Al mismo tiempo, mi mente se llena de lo peor de mis recuerdos. Situaciones desagradables acontecidas en mi pasado se entremezclan en mi mente. El mal establecido en esta casa quiere hacerme rememorar aquellos malos momentos y que retome la misma sensación de odio de entonces, pero esta vez no contra nada ni nadie, sino contra mí mismo. También soy consciente de que estos recuerdos, este cambio de actitud, el sentirme un canalla horrible que no merece seguir viviendo, no es más que una estrategia bien planteada de este juego.

Me repito a mí mismo que los pecados que mi Alma alberga para nada son tan graves. Todo esto no son más que sucias estratagemas con las cuales la Entidad aquí establecida pretende lograr sus propósitos. Recito una oración. Si existe un lado, existirá el otro, ¿no? Yo ahora mismo puedo asegurar que el mal existe, pues compartimos piso.

Mis piernas parecen haberse convertido en dos columnas y me cuesta una barbaridad acercarme de nuevo al espejo. Juraría que yo no he dejado las tijeras así; nunca las dejo con la punta hacia mí. Es cierto que en el cristal se reflejan unas pequeñas brumas grises que no se ven por la habitación. Brumas que desaparecen en cuanto lo levanto del mueble.

Sin embargo, y aunque trato de no mirar, a este espejo no le basta solo con reflejarme a mí: también muestra escenas, situaciones o actos de mi vida de los que tampoco me siento orgulloso. Ahora, la imagen cambia; está consiguiendo que no deje de mirarle. ¡Demonios! Parece estar proyectando mi vida hacia delante, hacia el futuro que me espera. Me muestra envejecido, apoyado en una muleta, sucio, mal vestido y deambulando por una calle por la que apenas puedo caminar a causa de los dolores. ¡Unos dolores que siento ahora mismo! Mis piernas parecen que se fuesen a partir. ¡Es horrible! ¡No puedo moverme! Tengo que pensar que todo eso es irreal y centrarme en lo que quiero hacer.  

Enfadado conmigo mismo por caer como un novato en este juego tan peligroso, doy la vuelta al espejo, situando el cristal sobre el papel burbuja que ya tengo extendido sobre la mesa. No sé por qué, pero mis ojos se empeñan ahora en mirar hacia la única ventana del cuarto. La sensación de querer salir de aquí cuanto antes crece por segundos. ¡Me falta el aire! Me cuesta conseguir que mis manos respondan como yo quiero. No tengo fuerzas en ellas. Mis pies intentan moverse; se arrastran despacio por el suelo en dirección a la ventana sin obedecerme. Necesito hacer un esfuerzo mental para recuperar el control de mí mismo recuperado y, con ello, regresar junto al espejo. Las cuatro vueltas que le he dado sobre el papel burbuja bastan. Ahora toca sacarlo de aquí.

El pasillo se hace interminable. Tan pronto lo veo como una pendiente infinita hacia abajo, como siento que se agita violentamente de un lado a otro. Levantar un pie para dar un nuevo paso es toda una aventura. Además, no sé cómo demonios lo consigue la puñetera Entidad, pero escucho voces pidiéndome a gritos que no me vaya. Son voces de personas que conocí y ya fallecieron. Son muchas, todas tratando de hacerse oír a la vez y logrando que, entre tanto lamento y tanta súplica, resulte todavía más difícil salir de la casa.

¡Me he caído! No he aguantado en pie esta última sacudida del suelo y ahora, lejos de poder levantarme, me muevo a cuatro patas empujando poco a poco el espejo antes de avanzar. ¡Ya veo la puerta! Estoy llegando a la salida del piso. Lo estamos consiguiendo, pese a las fuertes sacudidas del suelo y a las voces que han pasado de entonar ruegos a proferir toda clase de amenazas e insultos, a cual más doloroso.

Sigo de rodillas, pero mis dedos ya rozan el pestillo. Estoy a punto de abrir la puerta cuando, de repente, veo algo increíble. Desde donde estoy puedo distinguir una pequeña parte del salón: una silla, una mesa grande y uno de los tres asientos del sofá. ¡Un asiento sobre el que hay un hombre sentado! Un hombre muy bien peinado, vestido con traje y corbata y a quien, desde este pasillo, se le aprecia una tez cubierta de arrugas. Fuma tranquilo. Me mira; sabe que le he visto y, sin apartar la vista de mí, se lleva el cigarro a los labios, exhalando el humo despacio. Segundos después, tras cuatro o cinco suaves toques de la suela de su zapato contra el suelo, se levanta del sofá. Por si acaso, reacciono rápido: abro la puerta y tiro el espejo fuera de la casa. Quieto, sin moverse, con la ceniza del cigarro a punto de caer, esboza una leve sonrisa, mientras hace un gesto de resignación y comenta:

“Está bien, chaval. Tú ganas. Hasta más ver.”

Una semana después, he vuelto a este piso. Nadie había vuelto desde que conseguimos sacar el espejo y dejarlo en el punto limpio. Tras recorrerlo varias veces, a mí me resulta una casa alegre; una buena compra para sus futuros dueños, pues, como esperaba, está en venta. Pero antes de irme, algo llama mi atención. Algo que provoca que mis ojos se fijen otra vez en la ventana de la habitación convertida en taller. No podía ser. ¡El espejo maldito está ahí! En la casa de enfrente. Quien sea que viva en ese piso, no se le ocurrió otra cosa que recoger el espejo del punto limpio y llevárselo a su casa… Una casa cuya ventana del dormitorio principal está situada frente al piso de Jesús y Olga…

***SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN DE DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL N.ª  M-004330/2024.