EL PACTO DE LOS 12 COMPASES. (PARTE II)

El Pacto de los 12 Compases

(Parte I): http://cronicasdeanimas.es/2024/01/26/el-pacto-de-los-12-compases/

… El pub aparece convertido en una cabaña de reducidas dimensiones, techo de hojalata, sucias paredes, suelo de madera y repleto de gente. Hay un hedor inaguantable y el aire, enrarecido al máximo, resulta asfixiante. El tacto de la mesa tampoco es el mismo. Responde con una sensación de rugosidad y aspereza muy diferentes; está sin pulir, llegas a clavarte pequeñas astillas al pasar la mano sobre ella. Una nube de humo cubre cada rincón, puesto que en cada rincón alguien fuma. El aroma del alcohol recién destilado se mezcla con el sudor de las muchas personas que me rodean. ¿Quiénes son estos? ¡No sé quiénes son ni que hago aquí! Todos ellos son hombres y mujeres de piel negra, que en absoluto se extrañan de mi presencia. Hombres ataviados con andrajos por camisas y sucios pantalones, y mujeres con destartalados vestidos de alegres colores, cubiertos con sufridos delantales blancos. Todos gritan, cantan y bailan dejándose el Alma en ello, al ritmo del mismo blues que sonaba cuando me vino el vértigo. Pero aquí la melodía surge distinta: los instrumentos suenan en vivo, no es un cd ni un disco de vinilo. Una voz femenina, una guitarra, una armónica, un bajo y unos tambores que no dejan de ser simples bidones de plástico y chapa, desatan tal locura que algunos parecen hechizados. Los cuerpos de muchas de estas personas se agitan sin ningún control abducidos por el blues.

De improviso, oigo una pregunta de boca de un hombre sentado a mi lado, con el pelo canoso teñido de polvo, camiseta blanca de tirantes, la espalda apoyada en la pared y mascullando tabaco:

¿Tienes bastante y te largas, o te dejo aquí para siempre? ―

― ¿Qué te ocurre? Me pregunta con insistencia Marta, la dueña del pub.

¿Te has mareado? Mira qué estás muy pálido. Voy a hacerte una manzanilla con un chorrito de ginebra ahora mismo y ya verás como te espabila. Tú vigila al tío malaje ese del sombrero, que yo enseguidita vuelvo.

Gracias a Dios, Marta no insiste más acerca de mi repentino mareo. Me hubiese sido difícil explicarle lo visto, y por qué no decirlo, lo vivido en el transcurso de ese inexplicable cambio de realidad. No entiendo cómo puede suceder algo así, aunque también es cierto que ya en otros casos relacionados con Espíritus, experimenté algún otro de estos incomprensibles viajes. Reconozco que la experiencia resulta asombrosa, engancha y provoca tal deseo de repetir, de volver a experimentar otro de esos cambios de realidad, que hasta yo mismo dedico horas de estudio a averiguar el modo de provocarlo. Lo confieso, soy un apasionado de estos misterios. Ahora bien, en estos momentos, sentirme tan vulnerable cuando nos enfrentamos a lo que nos enfrentamos es, cuanto menos, preocupante. Mi mente, o quizá mi Alma, conducida por una fuerza ajena a mi consciencia, se fue a esa cabaña de madera y chapa. A ese lugar de baile y disfrute con aquellos hombres y mujeres. Además, hay otro dato surgido en el transcurso de ese viaje, del cual me resulta imposible dejar de pensar: allí, ¡la piel de mis manos era negra!

Ya vengo. Esta infusión ya verás… En un momentito te deja nuevo. Es una tisana echa con varios hierbajos mezclados así, a estilo compadre. Yo siempre me la preparo cuando no estoy en mi eje.

   Con sinceridad, no me engañes. Aquí pasa algo malo, y es algo muy, muy malo, ¿verdad? El Espíritu de la señorita Evelyn regresa de entre los muertos para advertirnos de algo gordo, ¿no? Escucha una cosa, mientras preparaba la infusión, continúa hablándome Marta, en tanto se acerca a mí y baja el tono de voz, Alicia me ha dicho que cuando le sirve la copa, whisky solo, del más barato y sin hielo ni na, ese señor del sombrero, así, sin venir a cuento, le predijo cosas de su futuro que luego le llegaron a pasar de verdad a la chiquilla. El condenado viene todos los días, se pimpla su botellita de whisky enterita en un santiamén y luego, se queda ahí sentado como si le hubiesen petrificado. No mueve ni una ceja. Yo a veces le visto beber directamente de la botella al tío guarro. Todo lo malo que ocurre en el bar es por su culpa, ¿no? ¡Mira, mírale! ¡Mira qué risita más estúpida pone! Yo le cogía y…

Antes de que Marta termine esta frase la interrumpo. Le hablo con tranquilidad y manteniendo el mismo tono de voz bajo empleado por ella. Es demasiado pronto para hacerla saber contra qué nos enfrentamos. Como al resto de los mortales, el pánico le haría comportarse de la peor manera. No obstante, es mejor que tenga presente que cualquier reproche o provocación contra él, puede costarnos muy caro. Visto el precedente de adónde me envió a mí antes, con ese súbito viaje a la destartalada cabaña, dejó buena nota de su capacidad de respuesta si se le molesta. Ya sabemos la razón de su presencia en este pub, pretende apoderarse del Alma de todos los clientes aquí presentes. Así lo dejó caer antes cuando me habló al oído, y nosotros, por el momento, no estamos entre sus objetivos. No nos conviene llamar su atención más de la cuenta si no queremos vernos incluidos en esa lista suya. Sería interesante saber si también es él quien reúne a sus víctimas en este salón con alguna clase de artimaña o simplemente, este pub es un lugar idóneo para ejecutar su diabólico propósito. Nos faltan muchos datos del caso, es innegable, pero, aun con todo lo que conlleva ver y dialogar con el Alma de un fallecido, una nueva aparición de la señorita Evelyn ahora mismo, la verdad, no nos vendría nada mal.

¡Viene, viene! ¿Qué hacemos?

Efectivamente, medio encorvado, con la sonrisa fija en sus labios, trayendo con él la guitarra como si esta le pesara un mundo y colocándose bien la americana, el fingido hombre del sombrero se acerca. Enseguida aconsejo a Marta actuar de la misma manera con la que habitualmente le despide. Inquietos, esperamos que pase por nuestro lado, pero se detiene delante de nuestra mesa de espaldas a nosotros. Marta y yo enmudecemos. Ni siquiera nos atrevemos a levantar la mirada del vaso. Cuesta mantener la calma y más cuando pasan los segundos y este lacayo del averno continúa ahí, estático. No puedo remediarlo, cada segundo se me hace una eternidad.

Pasado un tiempo, y todavía de espaldas a nosotros, el hombre del sombrero comienza a golpear suavemente nuestra mesa con sus largos dedos. Imita a un músico tocando el piano, al tiempo que nos ignora. También su cintura empieza a moverse. Se vence de un lado a otro a cada nueva escala, marcando entusiasmado el ritmo de la música con el pie. Ajeno a todo, poco a poco se viene arriba con el solo de trompeta que suena en estos momentos. Lo vive con una pasión desmedida. Está claro que le apasiona el Blues. ¿Pero por qué ahora tanto fervor y no antes cuando estaba sentado? Dejando de golpear nuestra mesa, cambia y gesticula con sus manos emulando gestos a lo Lee Morgan, bluesman considerado un mago de la trompeta y el solista que interpreta las apasionadas notas que ahora escuchamos.

  De pronto, ¡no es posible! ¡Nos está mirando! Yo no le he quitado ojo y de repente, está de cara a nosotros. ¿Cómo y cuándo se ha vuelto? Es imposible. ¡Le hubiera visto hacer el giro! Tengo la sensación de haber tenido un repentino apagón mental, durante el cual me acabo de perder un segundo de mi propia vida. Mientras tanto, este Espíritu con aspecto de hombre disimula. Mira hacia la pared gesticulando como si le molestase lo que ve, niega con la cabeza e inclinándose sobre nuestra mesa, no duda en hablarnos:

― ¿Alguna vez conocieron otro lugar así? ¿Un lugar con la capacidad de reunir a tanto despreciable y miserable junto? ¿Vieron alguna vez una reunión de tanto inepto, incapaz de cultivar y mantener una personalidad íntegra? Honestamente, no creo que pueda haber algo más asqueroso que esta panda de cerdos. En fin… ¡Señores, nos vemos! El tiempo dirá si en cuerpo o en Alma.  Mas todo indica que será en breve. ¡Mejor!  Seguro que resultará una charla gratificante.  ¡Y no tendremos que preocuparnos ni de horas ni de agobios ni de prisas! Lo dicho, tengan buena tarde. ―

  El hombre del sombrero retoma el paso. Viéndole disfrutar de la música, jamás hubiera esperado un comentario tan despectivo por su parte. Podía prever cualquier tipo de reacción menos que nos hablase a nosotros. Verle alejarse es un alivio. Ha sido duro, nunca antes vi una mirada tan sumamente fría, tan carente de cualquier signo de vida ni tan siquiera cuando tuve la suerte de presenciar otras apariciones. Él es distinto a todos esos otros Espíritus con los cuales coincidí en casos anteriores. No tiene nada que ver. Su figura no aparece lentamente de la nada, desprende un frío imposible de aguantar ni oscila despacio de un lado a otro. Al hombre del sombrero se le ve muy claro desde el primer momento, y a diferencia de aquellas otras Almas, su cercanía provoca repulsión y en su voz, aparte de molesta, se adivina un cierto tono de asco al hablarnos.

― ¡Ah, por cierto! ¿Saben ustedes eso que dicen que todo refrán esconde un consejo? ― Vuelve a comentar el falso hombre, regresando de nuevo hasta nuestra mesa. ― Pues a mí hay uno que me tiene loco. Hoy mismo lo escuché y, entre nosotros, no sé si de verdad formará parte de ese refranero, al parecer tan instructivo. ¡Ja, ja! Yo que me lío con las indicaciones más sencillas, ¡ya me dirán! Soy incapaz de aclararme con él, no capto ese consejo oculto, tan eficiente y menos aún sabría cuándo utilizarlo. Verán, dice algo así como… ¡A ver!  Veamos… Disculpen, ¡ja, ja! Esta cabeza mía es un auténtico desastre.  Es algo como que una retirada a tiempo, garantiza una vida larga y plena. Sí, eso es. Seguro que lo conocen. Bueno, no les interrumpo más, total, si se da el caso tendremos todo el tiempo del mundo para discutirlo. Lo dicho, ¡disfruten!  Caballero. Señorita… ―

Levantándose el sombrero ligeramente en señal de saludo, y con la inquietante sonrisa ahora todavía más marcada, el siniestro hombre se aleja de nosotros. Con paso ligero, le vemos abandonar el pub, obviando el saludo de Alicia situada tras la barra.

Pero… ¿Este tipejo de qué va? Replica Marta enseguida. ¿Quién se cree qué es para insultar así a los clientes? Aparte, nos ha amenazado. De forma muy sutil, pero eso de que una retirada es una victoria, ¡eso…! Eso es una amenaza en toda regla, y a mí en mi bar no me amenaza este saco de huesos porque no. ¡Qué se atreva a intentar algo! ¡En buen sitio ha ido este a poner la era! Ahora mismo le digo a la chica que no le deje entrar más. ¡Será asqueroso el tío!

Bruscamente, Marta se levanta de la silla dirección a la barra. Yo también considero las palabras del hombre del sombrero una nueva y seria advertencia. Sube el nivel de sus amenazas y partiendo de quien viene, ni más ni menos que de todo un representante del maligno aquí en la tierra, nuestra situación se vuelve bastante delicada. Si decidimos continuar, hemos de tener en cuenta los riesgos que implica el ultimátum; sin duda, aparecerán. ¿Cuáles pueden ser esos riesgos? Por supuesto, los más retorcidos y dañinos que se le ocurra a este engendro del mal. Este es el momento de explicar a las dos mujeres, a Marta y a Alicia, el gran peligro que se cierne sobre este pub. La noticia será desagradable, el caso puede resultar extremadamente peligroso. Sería una temeridad ocultar por más tiempo contra quien vamos a jugarnos los cuartos.

Desde mi asiento llego a ver a Marta dialogar con Alicia. Se la nota alterada, todo un error, pues lo primero a evitar es precisamente esto mismo: el no conceder a estas Almas negras ni un simple cambio de humor a causa suya; para ellas es un triunfo y las anima a seguir acechando a su presa y, como si de una manada de lobos hambrientos se tratara, no pararan hasta acorralarla de tal manera que la víctima ya solo pueda rendirse. De buenas a primeras, mirando a las dos mujeres noto el peso de mis párpados. Tratan de cerrarse y me noto cansado. Un creciente sopor junto a un cierto aburrimiento invade mi estado de ánimo. Desde luego, no es natural ni es debido a la falta de horas de descanso. Es fácil de adivinar lo que me sucede, saber de donde viene y quién provoca que de un minuto a otro me encuentre tan agotado, a punto de quedarme dormido…

(El sueño me puede.)

“Vuelvo a encontrarme en la cabaña. La música, los gritos y el aire tan sumamente cargado continúan igual. No ha cambiado nada. De hecho, tengo la impresión de no haberme marchado. De retomar la pesadilla anterior en este lugar justo cuando el hombre de color, de cabello canoso teñido de polvo, vestido con una sucia y gastada camiseta blanca de tirantes, y sentado a mi lado con la espalda apoyada en la pared y mascullando tabaco me dijo:

¿Tienes bastante y te largas, o te dejo aquí para siempre? ―

Reanudo la escena en el momento donde mis ojos buscan los suyos, sorprendido por el comentario. ¡Es él! ¡Ese hombre es el hombre del sombrero! Es el Espíritu que quiere hacerse con el Alma de los clientes del pub, pero metido en años, en bastantes años más. Conserva la delgadez, los largos dedos y la mirada fría carente de todo signo de vida.

Me va a desgastar usted de tanto mirarme, don Antonio. ― Comenta el hombre sin variar ni el gesto ni la postura y con la mirada puesta en la gente que abarrota la cabaña. ― No entiendo la razón de su sorpresa. ¿De veras le sorprende, don Antonio? ¿Qué se pensaba? ¿Qué él, nuestro amo y señor, se conforma solo con comprar Almas como el que agranda un ganado? ¿Qué su único propósito es el de reunir desgraciados sin otra ocupación que la de avivar las llamas del infierno? No, caballero. Qué va. La venta de nuestro Alma lleva implícita el uso y disfrute de ella, al antojo del señor de las tinieblas. Y para eso mismo se me usa: para recoger Almas de insensatos y miserables, reos de sus codicias y egos, capaces de claudicar ante lo peor, de lo peor con tal de saciar sus ambiciones. Algo que, por lo visto, él viene haciendo desde que el primer hombre y la primera mujer pusieron un pie en la tierra. Yo vuelvo a ese mundo de usted, al de los vivos, cuando él así lo dispone. Voy, y regreso a este asqueroso antro de esclavos, enclavado en el limbo de los renegados, de donde no saldré hasta el fin de los días. De todas formas, caballero… Le tenía por alguien más ducho en temas de esta índole. Pero no puedo más que admitirlo, me cae usted bien. Siquiera entiendo su interés en salvar a la gentuza del bar de la señorita Marta, porque ambos sabemos que usted no se va a ir con la música a otra parte, ¡mira tú! Con la música a otra parte, nunca mejor dicho. De cualquier modo… Usted sabrá. Acompáñeme, quiero presentarle a alguien. ―

Seguidamente, el hombre del sombrero se pone en pie y camina hacia el fondo del local sin molestarse en saber si voy detrás o no. En el interior de la cabaña no cabe nadie más. Está abarrotada, repleta de gente bailando de manera tan enérgica que, junto al alboroto de sus voces, y el estruendo de sus desaforados gritos, muestran lo que sucede en un cuerpo cuando se tiene el Alma poseída. No sé cómo él ha conseguido cruzar tan rápido hasta el otro extremo de esta improvisada pista de baile, porque a mí me resulta muy difícil el simple hecho de adelantar un paso. Cuando al fin logro entrar en el barullo y mezclarme entre ellos, ¡Dios…! ¡No son gente sino Almas! Espíritus de seres humanos ya fallecidos. El Alma de aquellos que un día fueron convertidos en esclavos por el simple hecho de nacer con un color de piel distinto. Al momento recuerdo todo lo leído, visto y oído acerca de los esclavos de aquellas legendarias plantaciones sureñas.  Verlos desata la tristeza y la vergüenza, pero, a la vez, hay algo más. Un algo más que atrae. Un algo más que me identifica con su dolor y su causa, como si yo mismo hubiese padecido esa misma desdichada vida de sufrimiento, trabajo y azotes. Ahora entiendo porqué se dice que el blues es un cóctel musical de penas, súplicas y rabias humanas.

Cuesta mucho seguir al hombre, además de moverme entre el aluvión de Almas que aquí son gente, pues las tornas han cambiado y yo soy ahora el aparecido en este mundo de Ánimas, el asfixiante humo, el irritante polvo y la poca luz existente dificultan avanzar. Al margen de eso, el mínimo roce con ellos hace daño. Me genera una sensación similar al corte de un afilado cuchillo. Sus pieles abrasadas por el sol, son todo un muestrario de heridas, arañazos y cicatrices. En los rostros, disfrazados de alegría, se adivina el desconsuelo de un sufrimiento interminable. Sus miradas no existen, están vacías. Igual que su vida, perecieron durante el insalvable tránsito que lleva del ser alguien, del estar vivo, a ser un ausente perpetuo. La impresión surgida al verlos se alivia. Se apaga gracias a esa sensación de apego y también, a que de ninguna de estas Ánimas recibo un mal gesto. Al contrario, todos me dedican una sonrisa cuando paso por su lado. Dudo mucho que pueda existir algo capaz de tirar por tierra tan deprisa la moral de alguien, como las exánimes sonrisas de estas pobres Almas.

  De pronto, regresa a mi cabeza el recuerdo de mi anterior “viaje” a esta cabaña. En él, mi piel era negra. Tan negra como lo fue en su día la de estos hombres y mujeres ya descarnados. Rápidamente, miro mis manos…

Pase por aquí, don Antonio. Me indica el hombre del sombrero, a la vez que retoma el paso.Ahora será mejor para usted no separarse mucho de mí. Y le aconsejo hacer caso omiso si alguna de las bestias que ahora verá trata de llamar su atención. Es seguro que habrán de intentarlo, ya sabe…, la desesperación lleva a rogar por la salvación al primero que se ponga a tiro. Un absurdo intento de arreglar el error. ¿No le parece? ¡Bah! Ese mismo error lo cometí yo y apechugué. Se nos olvidaron las puñeteras consecuencias. No pensamos en el riguroso después que acarrea la decisión de recurrir a él, al señor de las tinieblas, para conseguir cosas o solucionar problemas. Cosas y soluciones que tontos de nosotros, no fuimos capaces de ver las herramientas que la misma vida te ofrece para alcanzarlas. Por cierto, no le sorprenda ver Almas ahí, a esas bestias sujetas a la pared con argollas y cadenas, los pies empapados, las ratas olfateando cuerpos que no ven y las cucarachas tratando de trepar por huesos que ya no existen. Esos bichos son lo único con quien se nos permite hablar cuando estamos ahí atados. Yo también lo estuve.  Los de fuera, los que están bailando fuera, no; esos se libraron del tormento.  Don Antonio, pisa usted por uno de los muchos conductos que llevan de lo bueno a lo malo, a lo muy malo y a lo extremadamente malo. Al final de este túnel hay alguien que será bueno que conozca. Alguien con quien le vendrá bien hablar. 

El túnel referido es una estrecha y oscura galería de techo abovedado y suelo y muros empedrados. Iluminada tan solo por unas decrépitas e insuficientes antorchas, impone respeto avanzar por ella. Ciertamente, la humedad se deja notar por todos lados; huele tanto que me obliga a buscar enseguida el pañuelo en mi bolsillo. Pero, ¡qué asco! Al acercarlo a mi nariz, con el fin de protegerme del fuerte olor, la respuesta ha sido peor incluso que el hedor reinante en la galería. ¡Este no es mi pañuelo! ¿Qué demonios hago yo con este andrajo encima? Es un trapo, sucio hasta decir basta, que no sé ni cuando demonios llegó a mi bolsillo. Al mirarlo con más atención y con las limitaciones de la falta de luz, lo suelto de inmediato. Está empapado, con un fuerte olor a sudor y plagado de manchas negras y rojo sangre disputándose la tela. Sin demora, revuelvo mis bolsillos: mi pantalón no tiene los cuatro bolsillos habituales de los vaqueros de siempre, ¡solo tiene dos! ¡Los dos de los lados! Tampoco encuentro mi cartera ni mi monedero con la calderilla. ¡Es que estos no son mis pantalones! ¡Por no ser, no son ni pantalones vaqueros! ¿Qué demonios está ocurriendo?

¿Qué buscas? Pregunta inesperadamente la voz de Marta. ¿Se te ha caído algo? Espera, deja que me agache y miro por debajo de la mesa y de la silla a ver. Ahora nos tomamos este poquito de ron, aguántalos ahí encima. Comenta la mujer dejando sobre la mesa dos pequeños vasos de cristal. Ya verás, la mezcla de la infusión con este chupito resucita muertos. Pues chico, aquí en el suelo no veo nada. ¿Seguro que traías eso que te buscas tanto? ¿No lo habrás dejado en casa?

Con la misma facilidad de antes, mi conciencia, mi ser, ya no sé, vuelve de nuevo al pub. Por los comentarios de Marta he regresado cuando en la cabaña, alarmado, buscaba mis cosas en los extraños pantalones que allí llevo puestos. Ahora noto tanto la cartera como el monedero dentro de sus respectivos bolsillos. Con el fin de disimular y de no alarmar más, saco el monedero mascullando improperios.

¡Ah! El monedero. ― Celebra Marta, esbozando una sonrisa. ― Vaya… Estaba ahí, ¿verdad? Tranquilo, yo pierdo una media de diez a doce cosas durante la primera hora de la mañana, y luego van apareciendo ellas solitas durante el transcurso del día.

¡Mira, mira! ¡Ha vuelto! Pero tendrá cara el tío… Encima se sienta en el mismo sitio y nada, tan feliz. ¡Tendrá geta! ¡Nos está provocando! Ese hombre nos está provocando. Encima, mírale, está esperando que vayamos a servirle. ¡Pues macho, lo llevas claro!

Marta tiene razón, el Espíritu, visible bajo el ya difunto cuerpo del hombre del sombrero, ha vuelto también al pub. Lo mismo hasta hicimos el viaje de regreso juntos. Pero, aunque estoy seguro de que es con él con quien hablo en la cabaña, ¡qué distinto se le ve aquí! En comparación, este de ahora, aun con el traje, el sombrero y recostado con actitud indiferente sobre el respaldo del banco, aparenta ser mucho más joven. Cercano a la treintena, su presencia nada tiene que ver con los sesenta y muchos años que le calculo tendrá, como poco, en aquel otro bar de esclavos ya extintos. Sin embargo, es él, pese a las arrugas, las canas y el aspecto cansado que muestra durante el misterioso viaje de mi conciencia.

  Dejando a un lado la prudencia, le busco con la mirada. Ahora, soy yo quien quiere hablar con ese Espíritu, con ese Alma del hombre del sombrero, y él no tarda en percatarse. Para nada rehúye el encuentro de las miradas. La acepta enseñándome de nuevo su siniestra sonrisa y la tranquilidad de quien sabe que va un paso por delante. Sin embargo, luego en la cabaña es un Alma cansada, triste, resignada, diría yo. Un Ánima atrapada que sabedora de su pecado, ejecuta la misión encomendada, por sucia y perversa que esta sea, sin el menor reparo. Él es el vínculo entre ambos lugares. Dos lugares separados en el tiempo, con la única coincidencia de que en ambos suena el mismo estilo de música, el mismo tema y hasta la misma parte de esa canción. ¡Claro! ¡Eso es! ¡Tengo algo! El blues. ¡Uno de aquellos legendarios temas de blues anuncia el comienzo o el regreso del viaje a la cabaña cuando suena! No sabría decir cual es, quien lo canta y ni siquiera tararearlo, pero el viaje, en las cuatro ocasiones que lo experimenté, dos de ida y dos de vuelta, se produjo cuando sonaba un tema. La misma canción en concreto.

¡Venga, bebe! Brindemos por la señorita Evelyn. Porque vamos a ser capaces de acabar con la basura que la impide descansar en paz. Brindemos para que el tonto aquel no vea que nos arrugamos. ¡Será imbécil…! Pues no se pone de pie y aplaude. Interrumpe Marta la euforia del hallazgo de mi primera pista, mientras observo al hombre del sombrero, efectivamente, de pie y aplaudiendo. Lo noto, casi parece que le escucho decírmelo: ni mucho menos aplaude compartiendo la alegría del brindis propuesto por Marta, sino por la deducción del tema de blues como detonante del viaje. Celebra el que ya tengamos una pista al menos. ¿Se burla de mí con ese aplauso? No lo sé, probablemente. Por otro lado, Marta seguro que conoce el título de ese tema. Estoy convencido de que escondida en la letra de esa canción, en ese conjunto de palabras entonadas con tanto sentimiento, hay una nueva pista o dato explicativo acerca del misterio que se cierne en este pub.

¡Aj! Es fuertecillo el ron este, ¿eh? Comenta Marta tras beberse el chupito de un golpe. Yo, en cambio, voy sorbo a sorbo, pues, de veras, es un licor difícil de ingerir de un solo trago. Además, me preocupa mucho, cómo demonios me van a poder decir el título del tema de blues que necesitamos, si yo no soy capaz de recordar nada de él.

¿Sabes qué te digo? Qué nos vamos ya. Ya está bien por hoy, para los tres gatos que quedan aquí que ya no van a beber más, para eso que se vayan a su casa a dormir la mona. Voy a decirle a la chica que encienda luces y venga, cerramos.

Sin embargo, Marta, no termina de marcharse. Se ha quedado de pie entre su silla y la mesa, con las palmas de las manos apoyadas en el tablero, medio encorvada, pálida y los ojos fijos en algo que está detrás de mí.

Evelyn… La señorita Evelyn está… ahí.

Basta un pequeño giro hacia mi derecha para confirmar el aviso de Marta: La señorita Evelyn ¡está aquí con nosotros!

Totalmente inmóvil, a unos cinco o seis pasos de distancia de mi asiento, se acaba de aparecer el Alma de la nombrada señorita Evelyn. Envuelta en un precioso aura de varios colores, su figura se hace más nítida según detienen su continuo parpadeo los cientos de puntitos de colores que le dan forma. Es un Ánima representando a una mujer mayor, bajita, delgada, de cabellos totalmente blancos y apoyada sobre un bastón con empuñadura de marfil. Su rostro sonrosado y plagado de arrugas transmite dulzura. Vestida con un traje largo entretejido de oro y plata, chal de encaje y gorrito de puntilla negra, mira hacia el salón señalando con el brazo extendido hacia el Espíritu del hombre del sombrero quien, espantado por su presencia, trata de salir del pub a la carrera. El Espíritu del hombre se dirige hacia la puerta empujando sillas, tropezando, cayendo al suelo, golpeando la guitarra contra todo y sin perder de vista a la señorita Evelyn. Un momento después, abandona el local.

¡No entiendo nada! El Espíritu del hombre, del mismo Ánima que me habla en la cabaña, y en un primer momento a quien yo consideraba como el “malo, malísimo” de este caso, huye despavorido ante el Alma de la señorita Evelyn. Una señorita Evelyn que, además, juraría haberla visto negar tímidamente con la cabeza al ver la reacción del Espíritu. Ha sido un gesto leve. Una muestra de pena hacia él y su modo de actuar, sin intención alguna de provocar nada. Pero, lejos de acabar ahí las inesperadas reacciones, observo a los otros dos últimos clientes del pub actuar de la misma manera: echan a correr, dejando caer incluso la copa, arrasando con todo lo que encuentran a su paso, sin perder de vista a la señorita Evelyn y, mientras Alicia, la camarera, cae desmayada detrás de la barra incapaz de soportar más la presión.

Tras el portazo final, el Alma de la señorita Evelyn camina despacio hacia la barra; la cuesta un mundo caminar. Marta, preocupada por el estado de Alicia, hace ademán de acercarse a ella, pero no puede y se detiene. Vuelve a intentarlo y no es capaz, el miedo es insuperable y frena sus intenciones. Yo, igual de alarmado, también hago por atender a la chica. Sin embargo, el temor a pasar por su lado y dar la espalda al espíritu de la señorita Evelyn, todavía sin saber sus intenciones, me sujetan. Prefiero confiar en que salga del pub como los demás. Pero camina muy despacio y mis nervios se disparan: Alicia cayó al suelo sin sentido y sigue sin levantarse, no sabemos cómo está y no consigo llegar a ella. ¡Maldición! ¡La señorita Evelyn entra en la barra! ¡Va a por Alicia! ¿Pretende hacerle algo? Su presencia ahora, sí que sí, me impide llegar hasta donde se encuentra la pobre camarera desmayada.

Alejándome de ella, me sitúo en el otro extremo de la barra. La distancia entre los dos es pequeña, y el frío que desprende el Alma de la señorita Evelyn llega hasta mí. Ella, denotando mucho esfuerzo, se coloca junto a la camarera y se arrodilla a su lado sin dejar de mirarla. Asustado al verla tan cerca, le recrimino por ello y le pido que la deje, que no la toque. Unos reproches que elude sin inmutarse, mientras acerca sus manos hacia la muchacha. Según sus dedos se aproximan a ella, la señorita Evelyn comienza a temblar y de forma incomprensible, los puntos de luz que le dan forma dejan de mostrar la figura de una anciana. ¡Dios! ¡Ha dejado de ser ella! ¡Se ha transfigurado! Ese Alma se muestra ahora como una joven mujer morena, de largos cabellos, piel negra y mirada penetrante. ¡Es increíble! El Espíritu de una mujer se acaba de transformar en lo que supongo será la difunta imagen de otra persona. Ese Alma representa ahora a una mujer bella, esbelta y de rostro dulce, que actúa con la misma tranquilidad del que tiene todo bajo control.

Entretanto, Alicia no se mueve. Continúa tirada en el suelo, inmóvil, mientras el Alma de la nueva mujer recoge sus cabellos en un gran moño que luego envuelve con una tela. Tras murmurar unas palabras que suenan a oración religiosa, libera sus brazos del chal también de tela que cubre sus hombros, cierra los ojos y volviendo a murmurar palabras indescifrables, acerca sus manos a la frente de la camarera. ¡Reacciona! Alicia está volviendo en sí. Se revuelve, encoge las piernas y vuelve a estirarlas. Temblorosa y preguntando qué le ha sucedido, se incorpora quedando sentada en el suelo a espaldas del Alma de la mujer, quien, elevando su mirada al techo, dibuja una sonrisa en los labios.

Viendo tal expresión en el rostro de este Espíritu, surgido de la imagen de la Señorita Evelyn, puedo estar tranquilo: no tiene ninguna intención de hacernos daño. Pero, justo cuando voy a preguntar a Alicia, lo que veo me hace enmudecer: ¡han vuelto a cambiarse! La mujer de piel negra, largos cabellos y mirada penetrante, se ha volatilizado. Volvemos a ver a la señorita Evelyn de pie, detrás de Alicia, mirándola con dulzura para después, encogiéndose de hombros y dejando escapar una sencilla y tierna carcajada, darse la vuelta y caminando hacia la puerta, desaparecer poco a poco hasta quedar totalmente invisible a nuestros ojos.

¡Alicia, Alicia! ¿Cómo estás, cariño? Grita Marta a la vez que se acerca a la muchacha, todavía pálida de la impresión. Siéntate, siéntate, no te quedes de pie. Tú estate ahí sentadita. ¿Lo ves, Antonio? Ese fantasma era la señorita Evelyn. Esa mujer era nuestra clienta. Viene del otro mundo tal y como se fue de este. ¡Si no lo veo, no lo creo! Y aun viéndolo no sabe una si no será que me estoy volviendo loca. El otro fantasma, el del sombrero y la guitarra, ese se ha ido despavorido. Ha salido corriendo con unas formas que vamos, no le veo yo con mucho ánimo de regresar. Voy a prepararte una manzanilla Alicia, que ya verás que bien te sienta. Tú tranquila, que ya ha venido este señor y ya verás como enseguidita acaba con todo esto. Porque esto se termina ya. ¿Verdad?

  El ruido producido por la cafetera industrial del pub, al calentar el agua para la manzanilla, me otorga unos segundos de respiro antes de contestar. Debo pensar cómo voy a explicar a Marta y a Alicia que su problema, en realidad, y lejos de haberse terminado, acaba de empezar. Es necesario hacerles entender que lo acontecido aquí es algo que yo jamás había visto y dudo mucho haya ocurrido antes: un Alma que se transfigura durante unos pocos minutos en otro Espíritu que llega con el fin de socorrer a un vivo, mientras otro Alma, supuestamente apegado al lado malo, que se pasa las tardes en este pub así como disfrutando de la música, y luego tras haber tratado de intimidarnos huye aterrorizado con la llegada de la primera Alma, ¡en fin…! Este problema para nada está resuelto. Si yo diera por terminado este caso así, según está ahora mismo, sin duda sería una equivocación.

Sentados los tres alrededor de la barra, y ya con la manzanilla y otros dos chupitos de ron listos para ser ingeridos, llega el momento de hablar seriamente con Marta y Alicia acerca del caso. No las voy a pillar de improviso, pues las dos me miran en silencio y seguramente esperanzadas por recibir alguna explicación. Tratando de mantener un tono de voz tranquilo, que ayude a quitar hierro al asunto, paso a darles mi opinión acerca de todo esto. Aquí pasa algo más que la simple aparición del Alma de la señorita Evelyn. La presencia del hombre del sombrero, su huida y sus comentarios, unido a las idas y venidas de mi conciencia a la cabaña, extraños viajes que sigo sin compartir con ellas, más esa fugaz transfiguración y aparición del Espíritu de la joven mujer morena, hablan de un problema mucho mayor. En este local se cuece algo serio. Presenciamos o participamos en un insólito juego disputado por aquellos que ya se fueron. Estamos ante una especie de partida que viendo las intenciones de alguno de sus participantes la vuelve, cuanto menos, inquietante.

― ¡Vaya por Dios! ¡Pues no se va ahora la luz! ― Comenta Marta, tras quedarse todo el local a oscuras. ― Esto es raro porque en la calle hay luz. Mirad las farolas, están todas encendidas. ―

Efectivamente, nos hemos quedado a oscuras. Durante unos segundos el silencio se hace en el local. Sin perder tiempo, enciendo la linterna del móvil. La respuesta al enfocar a las dos mujeres es preocupante: Alicia, agarrada al brazo de su jefa, compite en lividez con el gesto desencajado de Marta. De pronto, notamos un fuerte olor a tabaco cuando nadie está fumando. El ruido de una silla arrastrada por el suelo cuando el salón está vacío, y el estrépito del cierre de la entrada cayendo contra la acera sin que nadie lo haya tocado. Asustadas, ambas mujeres corren con intención de huir, pero la puerta está cerrada. Aun así, intentan abrirla tirando y tirando de ella, suben y bajan el pestillo con violencia, la golpean y desesperadas comprueban que no se abre. ― ¡Estamos encerrados! ― Grita Marta, justo y cuando una guitarra comienza a sonar y Alicia rompe a llorar. ¡Alguien está tocando una guitarra en el salón! La melodía… ¡Es la canción que precede a los viajes a la cabaña! Rápidamente, hago que los tres nos cojamos de la mano, no quiero marcharme y dejarlas aquí solas.

Al momento, la música generada por la guitarra se acerca a nosotros. No sé quién toca, pero viene. El primer taburete de la barra se mueve, alguien lo ha corrido y el asiento de cuero se hunde. ¡Algo se ha sentado en él! ¡Si no hay nadie! O…, sí. ¿Qué es esto? Un bullicio de mucha gente hablando fuerte, deprisa y riendo rodea la barra. Ahora el calor aquí dentro es espantoso, el olor insufrible, la presión insostenible y la guitarra sigue sonando… 

Vaya, don Antonio. Viene usted muy bien acompañado. ¡Genial! Un tres por uno. Prosigamos…

**SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA

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