EL PACTO DE LOS 12 COMPASES (PARTE I)

 Seis y media de la mañana, el odioso despertador suena por segunda vez. La pereza de los quince minutos acaba y ahora sí que sí, el lunes comienza. Como todas las mañanas, repaso mentalmente la agenda, mientras consigo salir de la cama y llegar hasta el baño. Por ahora, la semana se presenta tranquila. Un antiguo chalet, cuyo problema en principio no le veo relación con ninguna causa sobrenatural, y un par de entrevistas para contarme los supuestos hechos extraños que afirman padecer, son los únicos planes previstos para hoy. En el fondo se agradece esta tranquilidad, apetece después de lo vivido en el último caso con Ramiro y su castillo.

 Sin embargo, basta una llamada de teléfono y todo cambia. Una llamada que ya de momento me sorprende recibirla en el fijo y no en el móvil. Incluso, como para acrecentar el misterio, cuando descuelgo no hay respuesta, nadie habla, tan solo escucho ruidos; alguien se está tomando su tiempo antes de responder. De repente, surge una voz femenina al otro lado del auricular preguntando por mí, titubeando con un tono que además denota angustia. El silencio se hace de nuevo tras contestarla. Tampoco es raro: para aquellos quienes nunca quisieron oír hablar de este tema, les resulta difícil confesar que están involucrados en un caso de Fantasmas. La explicación del porqué de su llamada es corta y contundente:

     — “tengo un problema con una mujer ya fallecida. Por favor, venga usted en cuanto pueda”.

 Pasadas las ocho de la tarde, y luego de atender todo lo planificado para hoy, me dirijo a la dirección indicada en la llamada. Se trata de un pub, uno de aquellos bares de copas de los que yo tanto disfruté en mis noches de juventud, y de los cuales ya apenas quedan unos pocos. Una decrépita puerta roja recreando las típicas cabinas de teléfono inglesas, junto a una gran ventana dividida en pequeños paneles de madera y el nombre del local en un fucsia suave luciendo por encima, invitan a entrar.

 El pub se muestra acogedor. La decoración simula los clubs de blues de principios del siglo XX y rinde homenaje al género musical. Transmite una sensación agradable. Algo más que agradable diría yo, pues, aunque hay gente, solo se escucha un leve murmullo entre el sonido de los hielos cayendo en los vasos, el tintineo de las botellas chocando entre sí y el más puro blues sonando alto. ¡Estos pubs eran ideales para pasar tranquilo y a gusto cualquier tarde-noche de la semana! No hacía falta venir acompañado, siempre encontrabas a alguien con quien hablar, en voz baja, eso sí, porque como por ejemplo ocurre en este local, lo realmente importante de escuchar es el blues. Por lo que a mí respecta, solo echo de menos aquella espesa nube de humo que cubría por entero la sala, y aquel asfixiante olor a tabaco imposible de arrancar de la ropa una vez impregnado en ella. ¡Qué tiempos! Aquí huele a café irlandés, a cerveza negra, a pipermín y a alguno de esos inciensos raros muy de moda en estos días.

 Tres pequeños escalones separan dos estancias de distinta forma y tamaño. En esta primera, la más cercana a la puerta principal, se sitúa la barra. Estrecha, corta, tallada en caoba con motivos musicales y flanqueada de botellas y espejos, destaca sobre ella un antiguo tirador de cerveza coronado por una armónica dorada. La planta inferior la ocupa el sombrío, alargado y coqueto salón principal, de cuyo techo abovedado y ladrillo visto cuelgan un par de arcaicos ventiladores de tres aspas. Sobre las paredes revestidas de una textura rugosa de color ocre, se abarrotan gran cantidad de fotos de solistas y bandas de blues. Suelo de barro, apliques en las columnas, pequeñas lámparas de araña y cortinas de terciopelo granate a ambos lados de un pequeño escenario, acompañan a las ya gastadas mesas, sillas y bancos corridos, todos ellos de madera.

 El lugar me cautiva y no solo por la decoración o por los recuerdos que revive en mi memoria. También atrae la gente, el aspecto, la cara de esas personas que siguen con sus pies, sus cabezas o sus dedos el melancólico ritmo del blues. Permanecen sentadas en silencio con la única compañía de la cerveza, el café o la copa. Están, pero no están. Les noto abstraídos, ajenos por completo a la realidad, como si el pub tuviera restringido el acceso a cualquier problema o cuestión mundana. Definitivamente, es un rincón para solitarios, para amantes de la soledad, con un mismo hábito. En mi opinión, este lugar es una trampa, una emboscada para individuos atraídos por la perturbadora Ánima del blues.

 — “Sí, el Ánima del blues, un Espíritu errante y acaparador de mentes, ligado al mismo diablo a cambio de talento musical. Una malévola presencia que todavía hoy en día deambula por sitios como este pub, con el fin de presentar una oferta de compra por su Alma a cuantas personas en condiciones desesperadas encuentre a su paso. Un Fantasma del cual ya se hablaba, se escribía y se temía, desde poco después de los comienzos del blues en los clandestinos bares a orillas del Misisipi. Cuentan que blues y Ánima, siempre fueron de la mano”. —

  El salón parece congregar a los cautivos de ese Espíritu. A quienes vendieron su Alma a este espectro satánico, capaz de inhibir los sentidos de cualquiera al compás de las improvisadas notas de aquella música engendrada por esclavos. Se cuenta que cuando el blues te sumerge en los lamentos de sus voces, en sus punteos de guitarra, en los gemidos de esas armónicas de cincuenta centavos, ahí es cuando ese Fantasma cobra vida, te acorrala y te posee tan fuerte que desengancharse de él roza lo imposible. Pero dejemos las leyendas y suposiciones a un lado y volvamos al caso.

  Frente a mí, una hacendosa mujer se afana en preparar y colocar en una bandeja un apetecible café irlandés y una generosa copa de ron. Por la destreza con la que maneja vasos, botellas y demás, salta a la vista sus años de experiencia y trabajo tras la barra de un bar. La joven voz de una muchacha dándome la bienvenida, en tanto levanta la bandeja recién preparada con el fin de servir las mesas, termina de devolverme a la realidad. La mujer de detrás de la barra debe de ser quien se puso en contacto conmigo esta mañana. Al acercarme y saludar, recibo una forzada sonrisa por respuesta. Enseguida, me ofrece un café o algo más fuerte si lo prefiero.

No, síUn café irlandés estará bien, gracias. — Contesto deseoso de probarlo.

  — ¡Claro! Siéntese en una mesa y ahora mismo se lo lleva la chica. Deme un minuto y en un momentito estoy ahí con usted y ya le comento. — Responde ella.

   La voz de la mujer coincide con la de la llamada de teléfono. Es el mismo tono titubeante y angustiado de antes y, por lo visto, ella también sabe la razón de mi visita. Ahora ya no tengo ninguna duda de que es ella con quien he de hablar.

  Ya despojado del abrigo, bajo los tres escalones que dan paso al salón. Solo tres mesas de las doce habilitadas permanecen libres, sin embargo, llama la atención que todas ellas estén ocupadas por una sola persona. Una de esas mesas vacías situada en la fila más cercana a los escalones y más alejada del escenario resulta genial. Un rápido vistazo a ambos lados me sitúa justo entre medias de dos hombres quienes, a simple vista, son como la noche y el día: muy distintos en físico, años y condición social.

   El señor sentado a mi izquierda da la impresión de ser una persona afortunada, alguien a quien el dinero parece sobrarle. Es alguien ya metido en años, delgado y de aspecto serio. Su esmerado peinado con algunos cabellos rebeldes caídos sobre la frente, la corbata de seda desanudada, la camisa con el logo de una marca exageradamente cara desabotonada hasta la mitad, las mangas remangadas y la copa del café agarrada en su temblorosa mano, indican que este buen hombre eso del cuidado de la imagen y la elegancia por encima de todo se lo deja en la calle. Totalmente abstraído, levanta, baja y agita la cabeza al ritmo de la música, a la vez que otras copas vacías, un vaso pequeño de chupito y una botella de ron del caro, ya en sus últimas, hablan de cuánto tiempo lleva ahí sentado.

  Al otro lado tenemos la cara opuesta: Se trata de un joven, con varios kilos de más, grandes gafas de pasta, vestimenta descuidada, deportivas gastadas apoyadas sobre el travesaño inferior de otra silla y largos cabellos negros. Sudoroso, apura su tercera copa acompañándola con alguna chuchería que a escondidas saca del bolsillo de su abrigo. Incluso, ahora, tras fijar con la mirada a la camarera, le veo rellenar la copa vertiendo en ella el interior de una de esas pequeñas botellitas de whisky. Un rápido vistazo basta para advertir su embriaguez. La bebida ingerida le desinhibe y le anima a gesticular con manos, brazos y boca como si fuese él, y no el gran cantante Blind Lemon Jefferson, quien estuviese interpretando el tema “El gemido de la serpiente negra”, (The Black Snake Moan), que suena en este momento.

  Al resto de hombres y mujeres sentados en las otras mesas les une la pasión por el blues. Sin darse cuenta han dejado de lado quienes son y lo que representan en su vida cotidiana. Aquí están exentos de guardar el decoro. En semejante estado les costaría recordar cualquier sencillo detalle. Todos, de alguna u otra manera, con mayor o menor fervor, marcan el ritmo. Todos lo viven espoleados por los efectos del alcohol corriendo por sus venas. Todos están a su merced, abandonados al blues. Todos, menos uno…

 En la esquina más cercana, sentado justo al final del banco corrido de madera, descubro un individuo. Es un hombre de color, muy delgado y de aspecto demacrado. De inmediato saltan a la vista los largos y finos dedos de sus manos. Aparenta ser un tipo raro: se muestra frío, ajeno a la música, sin inmutarse, sin moverse, sin tan siquiera echar un trago. Viste con un impecable traje, corbata y elegante sombrero bien colocados. Indiferente, permanece recostado en el asiento con una pierna cruzada sobre la otra, el brazo apoyado sobre el respaldo, un cigarro apagado en los labios y una guitarra enfundada al lado en la cual puede leerse “acoustic guitar Gibson”. Sé qué sin ningún fundamento, pues cada uno vive el pub como mejor le plazca, pero a mí tan cuidada apariencia y esa pasiva actitud que tanto difiere del resto de clientes, llega a inquietarme. No ha venido porque sí, estoy casi seguro. Su asiento es ideal para observar todo el salón sin apenas girar la cabeza, y de veras mirándole, plantea la duda de si no será que está al acecho de algo o de alguien. Quizá, me haya obsesionado con él, pero no descartaría su relación con el motivo de mi presencia aquí. De pronto, nota mi mirada y sus ojos me buscan. Al encontrarme, el mundo parece detenerse: su gélida mirada petrifica.

― ¡Ya estoy aquí! Perdona el retraso, reponer las cámaras es un trabajo pesadísimo, interminable en días como hoy y, bueno, perdona también la llamada de esta mañana. Habrás pensado, ¡vaya una colgada! ¡Qué vergüenza! No encontraba las palabras, mi problema es tan inusual… De verdad que lo siento, mira chico no, no sé cómo actuar. ¡Tampoco entiendo nada! Por cierto, me llamo Marta, disculpa también que no me haya presentado antes, soy la dueña del bar y quien padece el problema en cuestión. ―

  La precipitada llegada de Marta, sentándose deprisa en la silla de enfrente, consigue despegar mi atención del extraño hombre. Ella es una mujer de cincuenta y pocos años, de baja estatura, ancha de caderas, manos trabajadas y rostro cálido. Sus modales, la manera de hablar y el cómo se relaciona, denotan amabilidad, saber estar y una palpable necesidad de ayuda. Saltan a la vista sus ganas de hablar conmigo, cosa que no duda en hacer tras decirle mi nombre y mientras vuelve a recogerse sus cabellos rubios en un moño venido abajo.

Mira yo la vi… Yo estaba aquí una tarde y entonces… — A Marta la cuesta empezar, lo entiendo; no es fácil.  

— ¡Uf…! ¡A ver si soy capaz! Todo empezó una tarde al principio de la jornada. Por lo general, entre semana suelo llegar sobre las cuatro de la tarde. Vivo justo encima, el local ya incluía la vivienda cuando lo compré y no me hace falta pisar la calle, ni subir por el portal, tengo una escalera detrás de la barra que comunica con mi casa. Llego, y empiezo la faena: bajo las sillas que se quedan encima de las mesas por las noches para dejar el suelo fregado, coloco los ceniceros, servilletas, baños, en fin, la rutina diaria. Hago todo eso y entonces llega la chica, y ya entre las dos nos ponemos con la barra, los aperitivos y ¡bueno!, a las cinco cuando abrimos ya está todo preparado.

   Pero una tarde hará como un mes, sucedió algo muy extraño. ¡Me quedé heladita! Alicia, la chica, llegaba más tarde. Tenía hora en el ginecólogo, ya sabes la visita anual. Yo colocaba las botellas en las repisas, cuando algo llamó mi atención. Al mirar, estaba ahí. No había sentido la puerta abrirse, cosa rara, porque al hacerlo suena la campanita que cuelga arriba y estoy segurísima, ¡no sonó! Me quedé de una pieza. Delante de la puerta, dentro del bar, estaba la señorita Evelyn. Estaba quieta, mirándome y señalando con la mano hacia el salón como si quisiera decirme algo. No hablaba y la veía como si una fina nube blanca la envolviese. Así estuvo un tiempo, no sabría decirte cuanto, y yo… Yo estaba fuera de mí. Pasado ese tiempo, la señorita Evelyn se esfumó, desapareció de golpe. ¡Tuve que ir a cerrar la puerta! ¡Una puerta que no se abría desde el día anterior! Cuando cierro por las noches, primero bajo el cierre y luego hecho la llave a la puerta, todo esto desde dentro del bar; no piso la calle. Pues la señorita Evelyn esa tarde fue capaz de entrar sin dejarse oír. ¡Tú explícame…! Y era ella, ¿eh? Era ella, ¡estoy segura! Pero, por Dios Santo, ¿cómo puede ser ella? ¡Si yo misma fui a su entierro y vi bajar su féretro a la fosa!

  En ese momento, Marta rompe a llorar. Aunque intenta disimular y rehacerse secándose los ojos con una servilleta, la situación la desborda. Enseguida, trato de calmarla. Le hablo explicándola que, si de veras la aparición de la ya fallecida señorita Evelyn se produjo de esa manera, no debía de preocuparse mucho más. Es cierto, no cabe duda, cualquier aparición de un Espíritu en un principio da miedo, mucho miedo. Nos asusta a todos, y tampoco es algo que con el tiempo o el número de veces que experimentas una cosa así impresione menos. Sin embargo, cuando la aparición surge de esta manera, tranquila, sin presentarse de manera repentina justo delante, esperando paciente a ser vista y carente de cualquier indicio de agresividad, entonces urge relajarse, contener el miedo y prestar atención. A mi humilde parecer, el Alma de Evelyn regresó esa tarde con el fin de avisar de una noticia importante. Palabras mágicas estas para Marta, pues tras escucharme con atención, ya rehecha, quiere seguir hablando.

  La señorita Evelyn era una clienta habitual. No faltaba ninguno de los seis días de la semana que abrimos y siempre lo hacía acompañada de su cuidadora, una joven muy atenta, también muy simpática y con un marcado acento andaluz. De hecho, sabemos lo de señorita Evelyn porque ella misma se presentó así. Recuerdo que lo hizo una tarde antes de marcharse a casa, cuando ya sería el tercer o cuarto día que había venido al bar. Nunca se me olvidará:

  “Adiós, señoritas. ― Nos dijo a Alicia y a mí al pasar por delante de la barra ―. Mi nombre es Evelyn y ella es Marina. Permítanme felicitarlas por su establecimiento. Ahora mismo es mi sitio favorito de todo Madrid. Y la idea de dedicarlo al blues, es algo maravilloso. ¿Saben? Yo llegué a estar en aquellos tugurios de antaño de Nueva Orleans de niña; presencié en persona los comienzos de muchos “bluesman” que hoy hemos escuchado aquí. A mi padre le apasionaba el blues y me llevaba con él cuando estuvo destinado en Luisiana. Luego, como si fuese un constipado, me lo pegó. Mañana y, si Dios quiere, nos tendrán aquí de nuevo. Tengan buena tarde”.

   ― Lo de llamarla señorita lo hacíamos porque se lo escuchamos a su cuidadora y, ¡claro!, nos pareció conveniente darle ese trato. Tenía una sonrisa encantadora, ¡bueno!, toda ella era encantadora. En verdad, no llegamos a tener una amistad de estas, de ser grandes amigas. Era bastante reservada para su vida y la cuidadora no soltaba prenda. Pero sí, desde luego que pasamos ratos muy agradables con ella, sobre todo hablando de blues. De hecho, la mayoría de esas conversaciones acababan siendo puros debates. Al escucharnos hablar y comentar, enseguida otros clientes se unían a la fiesta; se rebatía o aplaudía cualquier opinión acerca del blues. No te imaginas cuanto disfrutaba ella con esas tertulias. Le encantaba el blues. ¡Pobrecilla…! ― Fruto de la emoción y de los recuerdos, a Marta se le acaban de volver a humedecer los ojos. ― ¡Además, tenía un memorión la buena señora que ya lo quisiera yo para mí! Con tan solo escuchar un instante, era capaz de decirte el título y quién interpretaba cualquier canción. Estaba muy puesta, sobre todo en lo que al blues antiguo se refiere.

  Pese a no dudar de sus palabras, me cuesta imaginarme esas tertulias tan amenas, viendo el ambiente tan individual que ahora reina en el salón. Aunque, como ella misma reconoce, no mantuviesen una amistad al uso, no cabe duda de que la ya fallecida se llegó a ganar el cariño de esta mujer. Cuando habla, la voz de Marta se entrecorta por la emoción, baja la mirada al pronunciar su nombre y alza el tono cuando comenta la afición de la difunta por el blues; como si con ello quisiera rendirle a la señorita Evelyn un tributo a todas luces merecido.

  De repente, soy yo ahora quien se siente observado. Creo que alguien está pendiente de nosotros. Sin embargo, Marta no deja de hablar y no encuentro el momento para desviar la mirada de ella y salir de dudas. Quizás, tanto mentar a la señorita Evelyn esté propiciando un efecto llamada, y tras ser escuchado, su Espíritu se presente aquí de un momento a otro. Desde luego, juraría que quien nos vigila no es alguien de carne y hueso. Conozco muy bien esta fría y misteriosa sensación, ya la percibí en anteriores casos de fantasmas. Lo malo es que, luego de sentirla, nunca vino nada bueno.

  Por suerte, surge una ocasión para dejar de mirar a Marta: Tiene que limpiar sus lágrimas o en breve comenzarán a resbalar por sus mejillas. Tan solo le he mirado un segundo, pero han parecido años. Al girar la cabeza mis ojos se estrellaron contra la mirada del hombre sentado al final del banco corrido. El mismo extraño individuo que antes me empezaba a inquietar. Todavía con el sombrero puesto, en la misma postura, el cigarro apagado en sus labios y ahora con un gesto que denota rabia y enfado, nos mira fijamente. A pesar de la distancia y la música, da la sensación de estar escuchando todo lo que Marta y yo comentamos, y por su cara, no le gusta nada lo que oye.

  ― ¿Qué más decirte de la señorita Evelyn? Pues que era mayor, rondaría sin exagerarte los noventa y pico años. Dijo haber nacido en los Estados Unidos, pero sus padres eran españoles. Se la veía débil y delgadita. Andaba despacio, apoyada en su bastón y agarrada del brazo de su cuidadora. Ahora, eso sí, siempre la veías arreglada y un poquito pintadita. Debía de ser más bien coquetilla y aparte de tener un gusto exquisito para vestir, te digo yo que esa ropa no la compraba en una tienda de los chinos precisamente. Llegaba siempre a eso de ocho y diez, ocho y cuarto y siempre se sentaban en el mismo sitio. De hecho, a esa mesa, que es esta precisamente, ya la llamamos así: la mesa de la señorita Evelyn. Lo habrás notado, aquí solo existe un estilo de música: el Blues. A ella le encantaba. A veces, seguramente por aquello de guardar las formas, la pillabas moviendo un poquito la cabeza al compás del ritmo con mucho disimulo. Un poquito y eso…, con mucho disimulo. Y, ¡bueno…!, si ella notaba que la mirabas, rápido dejaba de hacerlo. Era muy dulce. —

  Escuchar a Marta no ayuda a rebajar la tensión generada al mirar al hombre sentado en el banco. Tengo su imagen, su aspecto enfadado grabado en mi mente y no me lo quito de la cabeza. Estoy convencido de que, además, cuando nuestras miradas coincidieron, pronunció algunas palabras. ¡Sus labios se movieron! Habló o refunfuñó, no lo sé, pero profirió un comentario. Un comentario acompañado de una escalofriante expresión dirigido por entero a mí, y no es que canturreara como otros del salón. La verdad, temo fuese un insulto o algo peor. Por otro lado, Marta tampoco termina de contarme todo acerca del suceso. Se enrolla en detalles ahora mismo irrelevantes y esto de no poder ponerme en situación, por desconocer todavía lo ocurrido, me altera aún más.

— Las dos mujeres solían estar aquí en el bar un par de horas. Ella se tomaba sus dos chupitos de ron, ron Santa Teresa. ¡Eso sí!, solo podía ser esa marca, ¡por Dios…, no le pusieras otra! Si algún día no teníamos, ponía morros y se pedía una Fanta. ¡Y mira que es un ron caro de narices! Nunca pidió la cuenta antes de marcharse. ¡Ya sabía ella cuanto debía! Y nada, directamente, abría un pequeño monedero, que para mí solo contenía el dinero justo para pagar y el euro de propina, y lo dejaba encima de la mesa como en las series americanas de televisión. Luego, al pasar por delante de la barra, siempre esperaba a que la miraras para decirte adiós, y nunca, ningún día, se marchó sin despedirse y sin dejar propina. Hace como un mes o así, fue la cuidadora quien vino en persona a darnos la fatal noticia. ¡Pobrecilla!

  Sinceramente, me cuesta prestar atención a las palabras de Marta. Todavía siento la mirada del misterioso individuo. Sigue atento a nosotros, y ese interés se manifiesta en mi cabeza como un dolor punzante que quisiera llegar hasta el fondo de mi cerebro. Vuelve a inquietarme y más cuando, tras otro rápido vistazo, compruebo que el hombre nos observa descaradamente sin ningún temor a ser descubierto. No sé qué ocurre, me estoy notando unos pequeños lapsos de atención. Unas fugaces lagunas en las cuales mi mente de pronto trastoca por entero la realidad. La imaginación se desboca y, sin motivo aparente, me proyecta una repentina serie de insólitas secuencias desenfocadas. Unas inexplicables imágenes que borran de un plumazo este salón y muestran otro bar diferente del original, con la única coincidencia de que la música, aun sin sonar igual, es la misma. Estoy confundido, mareado y nervioso. Algo o alguien no quiere dejarme escuchar con tranquilidad el caso de Marta. 

  ― Pero el problema con la señorita Evelyn no terminó ahí. Lo sucedido aquella tarde, cuando vi su Espíritu días después de haberla enterrado, ahí, quieto en la puerta, fue solo el primer aviso. Hubo más apariciones, y en todas, siempre señalaba con la mano hacia el salón. La cosa se me hace muy difícil: no me atrevo a quedarme sola y es un problemón, ¡este es mi negocio y no puedo atenderlo como antes! Por la mañana espero que llegue Alicia y entramos juntas. Me da mucho miedo, ¡lo siento! Empiezo a trabajar más tarde y eso cuesta preparar todo a la carrera y a veces, cómo hoy, nos coge el toro, pero es que de verdad que no puedo, es superior a mí. Era buena mujer, no quiere hacerme daño, quiere decirme algo, ¡ya lo sé! Pero mira, no…, no soy capaz. Me llegué a proponer hablarla cuando la volviese a ver, pero ¡qué va…!

Ocurrió el sábado, este sábado pasado. Hubo mucho lío, vino mucha gente y se nos fue la hora; cerramos casi hora y media después. Serían alrededor de las tres de la madrugada. Alicia había pasado al baño y yo empezaba a levantar las sillas para fregar el salón. Estaba de espaldas, y cuando me giré precisamente de cara a esta mesa, apareció ella en esa silla dónde estás tu ahora sentado. Primero era nada más que una imagen borrosa, con una capa de muchos colores por delante. Esos colores destellaban sin parar e impedían ver lo que se ocultaba tras ellos. Yo, imagínate, ¡me quedé petrificada! Después, los colores dejaron de destellar, se apagaron y ¡ahí estaba ella! Sentada en esa silla, como antes cuando venía y esperaba su chupito de ron. ¡Por Dios…! ¿Cómo puede ser? ¡Se murió…! ¡Está muerta!

El Espíritu de la Señorita Evelyn no me quitaba ojo. Sonreía y se encogía de hombros, con su misma preciosa sonrisa de siempre. Ahora mismo, y con esto te pareceré una loca, puedo asegurarte que mirándola daba de todo menos miedo. ¡Desprendía ternura! Incluso, daba la sensación de que la divertía verme, ¡ahí!, pasmada delante de ella, con la fregona en la mano. Después, se puso seria, señaló un asiento del salón y soltó algo aterrador:

“Si esta mesa tiene por nombre el mío, aquel sitio está marcado con el de un hijo de Belcebú”.

Mira, yo no puedo con esto, de verdad. Desde aquello, no soy capaz ni de volver a pasar el trapo a esa mesa. Lo hace Alicia, y mira que la chiquilla sí que necesitó ayuda de una ambulancia porque precisamente, cuando ella salía del baño, fue cuando la señorita Evelyn soltó la frasecita. Las dos vimos su espíritu, ¡menos mal que al menos puedo decir que no fui yo sola! No quiero ni mirar a la mesa, ya le estamos cogiendo hasta un poco de tirria al hombre que siempre se sienta ahí. Nos da por pensar, si él no será el hijo, ese a quien se refería el Espíritu. Ya ves tú, ¡pobrecillo! Por cierto, lo puedes ver, mira, es ese que está ahí sentado, el del sombrero…

  Marta ha notado mi reacción al decirme que mirase a ese hombre; de casualidad no tiro el café y vuelco la mesa. Ella me observa extrañada y su cara palidece tras esa misma reacción y ver cómo, haciendo caso omiso a sus indicaciones, no miro al hombre del sombrero. Asustada, quiere preguntarme algo de lo cual, a tenor de cuanto la cuesta articular palabra, duda si de veras quiere saber la respuesta. Sabiéndome observado por él, le aconsejo a Marta actuar con cautela. Sin embargo, no hay tiempo para más…

― A ver si nos enteramos, capullo. La de todos estos que ves aquí, su Alma está condenada. ¿No los ves? Un chasquido, un silbido y se entregarán de lleno. Le da igual a quién o a qué. Son corderos sedientos de lujuria y monedas, un gran pasto inmundo. ¡Anda!, acábate el café y vete a casa, no te compliques la existencia. Porque si el mismo Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, arrojándolos al infierno, los entregó a prisiones de oscuridad, ¿quiénes son los aquí presentes para no llevar semejante destino? ¿O tú para impedirlo? Más pronto que tarde, perecerán en su propia perdición, créeme, está escrito. ¿O no te suena Pedro, 2:4? ―

  Sin haberle visto venir, ni saber cómo demonios podía tener sus gélidos labios susurrándome en el oído, el hombre del sombrero acababa de hacer toda una declaración de intenciones. Estaba aquí, en este pub, con el único fin de llevarse el Alma de los aquí presentes. El lugar a donde se los quiere llevar no hace falta decirlo. A mí, por suerte, me ofrecía la oportunidad de salvarme de la quema. Sin embargo, ahora soy yo quien miro a Marta horrorizado. El caso deja claro contra qué nos enfrentamos y si no estoy equivocado, Marta y Alicia, su camarera, también estarán apuntadas en la misma lista negra que el resto de los clientes distribuidos por el salón.

  (Según tengo entendido, cuando el mal entra en una casa, en un local, en cualquier sitio cerrado, todos sus moradores corren el peligro de ser seducidos por ese Espíritu maligno. Un problema que complica más el caso, pues explicárselo a estas dos mujeres no va a ser nada fácil. Ya somos pocos los que creemos en la figura del diablo y sus secuaces, algo que a él le viene fenomenal. Es cierto que imaginarle con dos cuernos, un tridente y envuelto en llamas es algo absurdo. Ahora bien, quienes sufren su acecho o quiénes nos dedicamos a resolver este tipo de casos, sabemos de su gran deseo por recaudar Almas, y el uso posterior que hace de ellas. Su modo de actuar ha cambiado con los tiempos, hoy es mucho más sutil. Te genera la falsa creencia de que las últimas desdichas ocurridas en nuestra vida, son fruto de cualquier cosa menos de una persuasión demoniaca. Pero al final, el resultado no cambia y esto es lo preocupante: casi siempre, se sale con la suya.)

― ¿Qué te ha dicho? ¿Tiene razón Evelyn y hay que tener cuidado con este señor? Pues este pintamonas se va de mi bar ahora mismo, ¡verás tú…!

  Agarrando el brazo de Marta, le hago desistir de tal intención. Para nada nos interesa un enfrentamiento con este hombre del sombrero, un tipo del cual ya podemos asegurar que no es un simple individuo normal y corriente. Tampoco ha debido pasar inadvertido este último gesto de retener a Marta y convencerla de que se vuelva a sentar. Noto su mirada. Un sentimiento tan rebosante de ira, que pone los pelos de punta solo con percibirlo. Es la forma típica de hacerse notar de estas Almas condenadas. Acomodado en el mismo asiento de antes, al final del banco corrido, ahora el tipo nos dedica una sonrisa burlona. Sabe que nos hemos dado cuenta de lo que es, de su perverso propósito y esto le divierte. Disfruta ver cómo nos comportamos. Irónico, niega con la cabeza en un gesto claro de considerarnos como poco, un par de ilusos. Se ríe de nosotros, de la inocencia de Marta al pensar que podría echarle del pub con las manos vacías así, simplemente, pegando un par de gritos. Me resulta muy extraño que la innegable inteligencia de estos Espíritus, a la hora de manipular y gestionar sus estrategias, le permita cantar y saborear la victoria tan pronto. No lo niego, él quizá sí, lleve ya tiempo dedicado a la compra de Almas en este pub, pero, ¿nosotros…? ¡Ni Marta, ni Alicia, ni yo hemos empezado a jugar todavía!

  De golpe, vuelvo a encontrarme mal. Una repentina sensación de vértigo me obliga a cerrar los ojos. El suelo del salón parece haberse abierto y todo lo que contiene, incluido yo, caemos a gran velocidad. Por fin, tocamos fondo, el vértigo desaparece y puedo mirar. No puede ser. ¡Es imposible…!

   El pub aparece convertido en una cabaña de reducidas dimensiones, techo de hojalata, sucias paredes, suelo de madera y repleto de gente. Hay un hedor inaguantable y el aire, enrarecido al máximo, resulta asfixiante. El tacto de la mesa tampoco es el mismo. Responde con una sensación de rugosidad y aspereza muy diferentes; está sin pulir, llegas a clavarte pequeñas astillas al pasar la mano sobre ella. Una nube de humo cubre cada rincón, puesto que en cada rincón alguien fuma. El aroma del alcohol recién destilado se mezcla con el sudor de las muchas personas que me rodean. ¿Quiénes son estos? ¡No sé quiénes son ni que hago aquí! Todos ellos son hombres y mujeres de piel negra, que en absoluto se extrañan de mi presencia. Hombres ataviados con andrajos por camisas y sucios pantalones, y mujeres con destartalados vestidos de alegres colores, cubiertos con sufridos delantales blancos. Todos gritan, cantan y bailan dejándose el Alma en ello, al ritmo del mismo blues que sonaba cuando me vino el vértigo. Pero aquí la melodía surge distinta: los instrumentos suenan en vivo, no es un cd, ni un disco de vinilo. Una voz femenina, una guitarra, una armónica, un bajo y unos tambores que no dejan de ser simples bidones de plástico y chapa, desatan tal locura que algunos parecen hechizados. Los cuerpos de muchas de estas personas se agitan sin ningún control abducidos por el blues.

  De improviso, oigo una pregunta de boca de un hombre sentado a mi lado, con el pelo canoso teñido de polvo, camiseta blanca de hombreras, la espalda apoyada en la pared y mascullando tabaco:

― ¿Tienes bastante y te largas, o te dejo aquí para siempre? ―

** SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL, NÚMERO: M-000685/2024.