La tarde cae despacio. La noche tiñe de oscuro todo este cañón montañoso. El sol se apaga y los sonidos de la naturaleza, propios del inhóspito paraje, se disipan al mismo tiempo. Incluso el rumor del río que atraviesa el cañón de lado a lado, antes ruidoso y constante, enmudece como si quisiera esconderse de las sombras. Rodeado por una muralla y de grandes montañas que a modo de fortificación natural rodean las ruinas de este castillo, reconozco que el paisaje impresiona. Aquí la luz lo es todo. Sin ella, este bastión de piedra, construido sobre la cima de un cerro allá por el siglo XV, parece ser el último reducto habitable y a salvo de las intimidantes tinieblas.
Hace aproximadamente una hora, tras recorrer una estrecha carretera de pronunciadas curvas y precipicios a ambos lados, llegué al castillo acompañado de Fernando, la persona que me contrató para ayudarle a resolver este caso. Un caso de supuestas apariciones de Espíritus, caracterizadas por violentas agresiones físicas. A día de hoy, son varios los heridos a consecuencia de estos inexplicables hechos. Unos hechos que nos obligarán a trabajar el lado más peligroso de esta profesión: enfrentarse a un Alma atormentada, la cual ya asusta, sin tan siquiera haberla visto.
Durante el viaje, Fernando me ha explicado la gravedad de la situación: al parecer, tan solo días después de iniciar las obras de reconstrucción de este castillo en un hotel de lujo, comenzaron a producirse una serie de extraños accidentes.
Al principio eran casos aislados atribuidos a la falta de concentración o a fallos de la maquinaria. Posteriormente, cuando las lesiones ocasionadas en esos presuntos despistes o averías pasaron a ser accidentes graves, la situación tomó un cariz distinto. Ya no se bromeaba. El temor a que el motivo principal de tanto percance no fuesen simples casualidades se abría paso en las ya preocupadas mentes de los empleados.
Todavía nadie se atrevía a relacionarlos con lo paranormal, pero en el castillo se repetían los accidentes cada vez con mayor frecuencia. Tanto se repitieron que la brutalidad terminó por aparecer: una mañana, a poco de empezar el turno, un obrero se precipitó contra el suelo desde una gran altura. Perdió la vida al instante. Acto seguido, se comprobaría que su arnés de seguridad se rompió de forma incomprensible; algo o alguien le arrojó desde la torre del homenaje.
Lejos de terminar ahí, las tragedias se sucedieron a diario y hasta varias veces en una misma jornada.
Así se continuó hasta un día en donde ya resultó imposible negar lo evidente: una tarde, ante el estupor de todos los trabajadores, pudo verse cómo una siniestra mano empujaba contra una pared a un pintor cuando este trabajaba subido en un andamio. Grisácea, empuñando una fusta y surgida de pronto de la nada, le golpeó sin piedad. Al mismo tiempo, una espantosa voz a gritos les amenazaba con arrancarles la vida si no abandonaban enseguida su castillo.
Cuando pudieron socorrer al pintor ya totalmente inconsciente, alarmados verificaron la gravedad de sus heridas; su espalda era una gran mancha de sangre cada vez de mayores dimensiones. Hubo quien aseguró haber visto saltar trozos de piel despedidos del cuerpo en cada golpe. Ninguno pudo explicar a quién pertenecía la voz, de dónde salió la mano y cómo fue posible que apareciera de la nada. Pocos minutos más tarde, todo el personal abandonaba horrorizado su puesto de trabajo y el lugar quedó vacío.
Luego de recorrer las dos plantas que aún se mantienen en pie de este castillo, Fernando y yo elegimos acomodarnos en uno de los antiguos salones. Sus tres entradas, situadas en lados diferentes, y la poca distancia desde los ventanales al patio exterior, proporcionan distintas opciones de huida si la cosa se pone fea.
Diversas lámparas de gas, cámaras, grabadoras, linternas y los imprescindibles abrigos y bufandas volverán a ser nuestros compañeros de fatigas durante esta nueva aventura. Tampoco podemos olvidar el resto de peligros existentes en estas montañas: durante la cena hemos oído el aullido de un lobo cerca de estos muros.
Llegadas las once horas de la noche, nos ponemos en marcha. La velada transcurrió de sobresalto en sobresalto, pero nada relacionado con lo que venimos a buscar. El viento insiste en dejarse oír y el frío aprieta. Linternas en mano, salimos del salón para adentrarnos en una oscura galería de techo abovedado y paredes empedradas. A nuestra derecha se muestra una sucesión de ventanales arqueados de doble abertura, separados por unos deteriorados parteluz (ajimez). La luz de nuestras linternas se cuela por esos ventanales, iluminando parte del patio de armas situado por detrás. Un patio de armas cuyas penumbras en ocasiones muestran fugazmente pequeños detalles que no deberían estar ahí; seguramente, simples alucinaciones causadas por lo inquietante del emplazamiento.
Despacio y caminando uno al lado del otro, Fernando y yo avanzamos por la galería cuando… ¡Una sombra cruza por delante! Ha sido un segundo. Salió por la última puerta del corredor para encaminarse rauda por la siguiente galería. Enseguida corremos detrás de ella, buscándola con la linterna. Se palpa que está aquí. Pese a no verla, este frío tan peculiar asentado en la galería y esa neblina, aparecida de pronto e incapaz de ocultarse entre las sombras, delatan su presencia.
Temo por nosotros, pues tal vez le tengamos justo al lado, delante o detrás. Sabedor de cómo se las gasta, seguro que nos observa con atención. Estudia y espera ansiosa el mejor punto para atacarnos y yo, presiento un pronto encuentro. La luz de nuestras linternas se debilita, mientras un repentino silencio absoluto se adueña del ambiente. El frío corta la piel, el aire se enrarece, la oscuridad gana terreno y, ¡algo se abalanza sobre mí…!
Es una forma gris que me somete a un violento zarandeo. ¡No puedo reaccionar! Parece que quisiera meterme dentro de la pared. Golpea mi cabeza contra las piedras y luego, con un brusco tirón, la lleva hacia atrás a ras del suelo. Tira tan fuerte que veo cabellos míos caer arrancados, mientras chilla emitiendo un sonido insoportable. Soy un muñeco en sus manos, al cual lleva y trae de lado a lado del salón a su antojo. Un pelele incapaz de librarse de él. Indiferente a esos esfuerzos, y ante la atónita mirada de un Fernando incapaz de reaccionar, con una voz aterradora nos exige marcharnos de inmediato, al tiempo que me arroja contra los ventanales con tal desprecio y fuerza, que cerca estoy de acabar en el patio de armas. Es la primera vez que un Ente me agrede físicamente, algo que viene a decir que mis teorías sobre Espíritus pueden ser simples suposiciones.
Tras este episodio estamos exhaustos. Nada queda de la espectacular figura de ceniza. Toca reponerse y curar las muchas heridas. Lo razonable sería abandonar el caso y salir de aquí cuanto antes, pero yo no puedo hacer eso: este es mi trabajo y así se lo digo a Fernando. Además, le hago hincapié en que, por supuesto, entenderé si prefiere no continuar y marcharse. Nunca antes se enfrentó a una tensión semejante y está claro que vamos a pasarlo mucho peor. Pese a ello, a este hombre le basta con salir fuera, echarse un par de cigarros y compartir conmigo su visión de lo acontecido.
Una vez más tranquilos, ambos volvemos a entrar en el castillo. Se agradece estar a refugio del viento. No sabemos contra qué o contra quién nos enfrentamos, puesto que Fernando y yo solo pudimos observar una extraña figura de ceniza. Es un Espíritu del cual no tenemos ningún dato ni ninguna pista que sugiera quién pudo ser en vida.
Ya de nuevo en el pasillo donde nos atacó la figura, las rodillas tiritan y el vello se pone en guardia. Antes no la vimos venir y quizá ahora ya esté a punto de volver a nuestro encuentro. Si es así, que Dios nos ampare si no conseguimos dialogar con ella enseguida. Nos urge entablar una conversación que, ¡encima!, ha de surgir de inmediato, pues…, la figura está detrás de mí.
Al darnos la vuelta, ¡ahí está! El extraño ser envuelto en ceniza se muestra frente a nosotros. Es un Espíritu retador, seguro de sí mismo, que, sin inmutarse, permanece quieto, erguido, dejando a la corriente de aire desvirtuar suavemente su ya extinta figura de hombre. Posee una altura considerable, ancha complexión y rostro ovalado. Luce un sombrero de ala ancha y copa baja redondeada, ligeramente caído hacia un lado, y en su enguantada mano izquierda una aterradora fusta. De inmediato, le hablo. Trato de evitar que reaccione con la misma agresividad de antes, explicándole el porqué de nuestra presencia. Le quiero convencer de que no hemos venido con la intención de echarle; el hotel y él pueden llegar a convivir juntos sin molestarse, sin tan siquiera verse. Existen maneras para ello, y no sería la primera vez que eligiese esta opción como medida para resolver un caso. Todo va a depender de él, de su historia y del asunto que le mantiene anclado en este castillo.
¡Tengo la frente del Espíritu apoyada en la mía! La distancia que nos separaba se esfumó. ¿Cómo lo ha hecho?
A todo esto, el Espíritu, con el ceño fruncido, los dientes apretados y estremecido por la rabia, me mira a los ojos; los suyos queman. Sabedor de su superioridad, sonríe irónico. Está listo para fustigarme y lo va a hacer pronto y sin piedad. ¡Ya lo hizo con uno de los obreros!
Yo no dejo de hablar: la palabra es mi única defensa contra él; no debo parar ni suplicar ni desfallecer, solo hablar, hablar y proponer soluciones. Me la estoy jugando porque esto funcionará si consigo llamar su atención y, por lo pronto, exhalando pura ira, él me agarra del abrigo y me amenaza con la fusta; ¡el tiempo se acaba!
Apuesto por ceñirme al plan y le insisto en lo mismo: la construcción del hotel nunca será una amenaza para él. ¡La fusta viene hacia mí! Espantado y de manera atropellada, le suplico un minuto de atención. Grito que conozco una manera de permanecer en el castillo sin ver a nadie y sin ser visto por nadie y, si me deja que le explique, ninguna otra persona volverá a molestarle jamás. ¡La fusta se detiene! El Espíritu recoge su brazo y relaja el gesto; ¡le he hecho pensar! Dubitativo, gira la cabeza y niega con ella. Murmura, obligándome a soportar el insufrible hedor de su aliento.
Ahora soy yo quien busca la mirada del Espíritu. Aterra, pero tampoco nos podemos dejar intimidar. Esta pequeña pausa me viene muy bien: necesitaba coger aire antes de proseguir. Mi voz ha de sonar segura y tranquila y eso ya no pasaba. Tampoco resultará fácil mantener el tono dadas las circunstancias. Además, tengo que elegir muy bien cada palabra, pues un error y no dudará en volver a atacarme.
Sin apartar mis ojos de los suyos, y con un desencajado Fernando, que continúa estático en una esquina del corredor, explico mi opinión acerca de cómo solucionar el problema del castillo: para entenderlo, es necesario recordar que cuando nos llega la hora de morir, si nuestra Alma, decide no marcharse de donde la muerte nos sorprendió o, por alguna cuestión, se le niega partir a su siguiente destino, esta siempre verá esa habitación, esa casa, ese castillo tal y como lo vio la última vez. Todos los cambios realizados con posterioridad a su muerte no serán visibles para aquellos Espíritus que no se marcharon. Asimismo, no podemos olvidar que, aunque estas Entidades y nosotros convivimos en un mismo mundo, ocupamos partes distintas. Espacios diferentes, denominados dimensiones, y cuyos confines ni unos ni otros debemos traspasar por mucha curiosidad que nos suscite ese “otro lado”.
Él —continúa explicando— no se terminó de marchar nunca y tal vez sin tan siquiera saberlo ni darse cuenta de ello, sobrepasa los límites de su dimensión a cada poco. Por eso ve a los obreros demoler su castillo, por eso los obreros le ven a él. Aunque pueda parecer disparatado, tampoco es una circunstancia tan extraordinaria: la manifestación de Almas es un hecho común que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en todo tipo de lugares. Ciertos Espíritus no dudan en cruzar los límites cuando consideran necesario su regreso. Otra cosa es que los veamos o tan solo nos produzcan una rara y ligera sensación.
Debemos saber el porqué de su retorno a nuestra dimensión y, para ello, ha de ser él quien cuente su historia. Entre sus días de vivo, se oculta la razón por la cual continúa en el castillo como Alma desencarnada, y el porqué de su airada aparición en estas ruinas cuando alguien se adentra en ellas.
Al cederle la palabra, el Espíritu me aguanta la mirada. Los segundos de espera disparan mi corazón, pero también es cierto que algo en él empieza a cambiar: raudo, me da la espalda con un movimiento brusco. Trata de disimular que la expresión de su rostro se ha suavizado. Durante unos segundos, deambula por el corredor con paso lento, pensativo, cabizbajo y en completo silencio. Poco más adelante se detiene. El resplandor de un tímido claro de luna cae de lleno sobre la figura del Espíritu, desvelando levemente su apariencia natural. Su aspecto y su vestimenta quedan al descubierto. Ya muestra menos de ese monstruo que antes me agarró dispuesto a fustigarme y, otra cosa… ¡Ha tirado la fusta al suelo!
Con las muñecas agarradas en la espalda, gira un poco la cabeza con intención de mirarnos. Tras tomarse un momento y gesticulando, nos indica que le sigamos. Su figura se sigue aclarando según caminamos detrás de él. Prácticamente, su espalda ya se podría confundir con la de una persona viva, salvo por el leve vaivén característico de toda Alma extinta.
Recorridos un par de largos pasillos, el Espíritu se adentra en una de las estancias. El arqueado y ancho marco de la puerta le otorga cierta importancia con respecto a las otras habitaciones. Su interior muestra una sala grande, cuadrada, y en el mismo estado ruinoso que el resto del castillo. Detalles como el techo abovedado y ornamentado con difuminados dibujos, paredes desiguales y acabadas con bastos paneles de una madera similar, trozos de losas de piedra extendidos por todo el suelo, ventanales de medio arco, una amplia chimenea y mucha imaginación, secundan la hipótesis de encontrarnos en uno de los cuartos principales del castillo.
Pero aun con todo esto, Fernando y yo nos volvemos a quedar boquiabiertos cuando, tras invitarnos a tomar asiento, el Espíritu se sienta en un sillón. ¡Un sillón que no estaba! Apareció cuando él se ha sentado. Las losas se reconstruyen bajo sus pies. ¡Aquel suelo de hace mil años aparece de nuevo! Lo que toca el Espíritu vuelve a la vida. En la chimenea arden tres leños sin haberlos colocado ni encendido nadie. Los objetos aparecen con la mayor quietud, como si hubieran estado escondidos y ahora supieran que pueden volver a mostrarse con total tranquilidad. Lejos de acabar ahí, las apariciones de objetos no dan tregua y las sorpresas se repiten: dos sillas de respaldo alto y plano acaban de presentarse con el fin de ofrecernos asiento.
El auténtico aspecto del Espíritu ya es del todo visible. Es la imagen de alguien lejos de parecerse al horrible y violento Espectro que nos recibió al llegar. Su nueva apariencia delata el pasado de un hombre de constitución débil y elegante vestimenta. Se esfuerza por hablar. Con voz frágil y joven pronuncia dos o tres palabras, las cuales no llego a entender a causa del bajo tono empleado. Tratando de reponerse del intento fallido, descansa antes de continuar; toda una oportunidad para que Fernando y yo podamos observarle con atención.
A tenor de su nueva complexión, debió de ser un hombre carente de mucha salud; por lo menos, su extremada delgadez así lo sugiere. Al despojarse del sombrero, muestra unos cabellos largos y grises, recogidos en una pequeña coleta sobre la que cuelga un lazo de tela azul. Las relucientes botas de cuero hasta las rodillas ajustadas con correas, camisa blanca de cuello acordonado, un fino jubón azul y blanco hasta la cintura y un impecable pantalón negro por dentro de las botas componen una vestimenta de alguien bien acomodado. Él apenas nos mira. Sus ojos hundidos se fijan en otros puntos del salón, pese a no transmitir ninguna señal de incomodidad. Pasados unos minutos, transcurridos en completo silencio, el Espíritu por fin nos mira. Nos observa detenidamente. Conforme a la expresión de su cara, es indudable que le llamamos la atención y, sin más demora, pregunta acerca de nuestra intrusión en el castillo.
Su voz continúa con la misma dificultad. Reproduce un alicaído y breve eco, muy lejos de sonar a la fuerte e interminable reverberación que originan otros Espíritus cuando hablan. Este esfuerzo por poder comunicarse me llama la atención: según creía haber aprendido, basándome en casos anteriores, las Ánimas se aparecen siempre con la mejor imagen que llegaran a tener durante su vida. Nunca antes me crucé con ninguna cuya apariencia fuese tan débil y enferma. Poco puedo pensar en esto, ya que ahora sí, el Espíritu habla con mayor fluidez.
Su nombre es Ramiro. El desafortunado hijo del conde que regentaba este castillo. Un progenitor que tuvo como misión principal reconstruirlo. Levantó nuevas almenas, rehizo la torre del homenaje, reorganizó dependencias y extendió su perímetro. A su vez, alcanzaba su verdadera y secreta pasión: rodearse de objetos y hombres destinados a salvaguardar intacta su posición y mando frente al resto de nobles y plebeyos. De él partió la idea, por ejemplo, de convertir la despensa principal en una imponente sala de torturas, dotada con los últimos modelos inventados para este macabro fin. Todavía, afirma el Espíritu, puedes encontrar manchas de sangre por el suelo.
En las palabras de Ramiro, se percibe un manifiesto odio hacia su padre. A todas luces reniega de él. Asegura que desde su niñez no solo fue golpeado, humillado y desacreditado delante de todos, sino que, además, su padre también llegó a tener el coraje de dejar caer sobre él toda una maldición. Al ver cercana su muerte, el conde contrató los servicios de una bruja. Quería, gracias a algún conjuro, hechizo o embrujo, que una vez muerto, su Alma pudiese poseer el cuerpo de Ramiro. Se las ingenió para regresar del mismísimo infierno cuando estimara necesario y, dominando la mente de su hijo, continuar ejerciendo el mando del castillo.
Ramiro se emociona. En su rostro se adivina la vergüenza que le supone hablar de tal modo de quien fuera su progenitor. Pero así fue, y lo peor…, así sigue.
El calvario de Ramiro comenzó siendo apenas un niño. Enseguida, los médicos se dieron cuenta de que sus piernas nunca le permitirían caminar. Posteriormente, no solo fueron las piernas; su debilidad era tal que tampoco era capaz de levantar una espada. Durante años pasó inútilmente por manos de todo tipo de curanderos sin que ninguno consiguiera sanar su dolencia. La enfermedad le obligaba a permanecer siempre sentado o tumbado, cosa que no tardó en degenerar en fuertes acusaciones por parte del conde hacia su madre. La hizo responsable de la lamentable salud de su hijo. Llegó a acusarla de cosas horribles. Despropósitos como el haberse entregado en brazos del mismísimo Satanás, y en una noche de lujuria concibiera un niño bastardo y enfermo con el único fin de humillarle.
Poco después, su madre sería la encargada de inaugurar y probar hasta fallecer los nuevos instrumentos de la sala de torturas. El conde nunca vio a su hijo capacitado para asumir las obligaciones que requiere su condición de heredero del condado. De hecho, Ramiro pasó toda la juventud escuchando reproches, acusaciones de haber traído con su nacimiento la fatalidad sobre el apellido familiar y la desdicha de su padre. Aun cuando el Espíritu trata de mantenerse sereno, Fernando y yo podemos apreciar cómo su gesto se deteriora según avanza en su relato. La tristeza le hace mella.
Tal cual esperaba, y mientras levanta y acerca un vaso a sus labios que hace un minuto no tenía en su mano, el Espíritu propone descansar unos instantes antes de proseguir narrando su historia. Educado, nos invita a que bebamos nosotros de otros vasos situados sobre unas pequeñas mesitas de madera aparecidas de repente.
Ambos vasos llaman la atención por su rareza. Son altos, de cristal grueso, lados rectos y base redonda con una pestaña en el borde. Dos vasos de color metálico, tallados con motivos ornamentales como el conocido árbol de la vida. Dos vasos que juraría pertenecen a la incompleta cristalería de la Santa Eduviges. Son piezas perdidas de esa colección procedente de la Sicilia normanda, a la cual se le atribuye la leyenda de la Santa junto al misterio de cómo demonios pudo ser trabajado el cristal de semejante modo en aquella época.
Al cabo de un rato, el Espíritu, repuesto y con ganas de continuar, prosigue con la exposición de los hechos ocurridos en el castillo.
Para mayor desgracia, si es que su precaria salud no era ya bastante, otro desventurado hecho acabaría por disparar hasta la crueldad la ira del conde. En su búsqueda de un sucesor sano, el padre de Ramiro ordenó que fuese llevada al castillo una joven muchacha de una familia noble aposentada en la región. Su propósito: contraer matrimonio enseguida con ella y forzarla a ser madre de un hijo varón cuanto antes. Una idea que obviamente no gustó nada dentro de la familia de la muchacha y, al poco, levantados en armas, junto a los muchos que odiaban al conde, sitiaron el castillo. La lucha fue encarnizada. Se combatía día y noche sin tregua ninguna. El conde y sus pocos hombres resistían, pero, a pesar de toda esa acérrima defensa, el hambre terminaría por debilitar la moral de estos guerreros.
Semanas después de comenzar el asedio, tras los muros de piedra únicamente quedaban el conde, Ramiro, la muchacha, media docena de hombres y un sacerdote. Los guerreros y el sacerdote se entregaron en cuanto las fuerzas enemigas atravesaron el puente levadizo, llevándose con ellos a la joven. Dentro del castillo solo quedaron Ramiro y el conde que, en honor a la verdad, nunca llegó a rendirlo. Espada en ristre, se enfrentaba contra todo aquel que osara poner un pie dentro. Hirió y mató a más hombres de los esperados y esto acrecentó su leyenda.
Una macabra leyenda que ponía en duda si de veras era la mano del conde quien manejaba la despiadada hoja de acero o, como apuntaban los rumores, era la garra del mismísimo maligno quien la empuñaba. Exhausto, loco de ira y blandiendo la espada hacia todos lados, el conde cayó al suelo entre sonoras carcajadas y una daga clavada en el mismo corazón. Aun así, agonizando, sabedor del trabajo realizado por la bruja, tuvo aliento para jurar a todos los allí presentes que jamás nadie, tan solo él, podría volver a habitar el castillo. Si alguien osaba usurparlo, tal afrenta le costaría la vida.
Esa noche, con el cuerpo de su padre tirado en el suelo recién muerto, nadie se preocupó de Ramiro. Muchos lo vieron en este mismo sillón donde, sencillamente, fue ignorado. Nadie quiso hablar con él, le preguntó o le ofreció ayuda. Aquella gente, conocedores de su enfermedad y del repudio del conde, por lo menos le perdonaron la vida. A pesar de salir ileso de la contienda, Ramiro se quedó solo. Se vio en un castillo sin comida y con el inconveniente de que pequeños trabajos, como sacar agua del pozo o llevar un par de leños hasta la chimenea, le suponían arrastrarse por el suelo y realizar unos esfuerzos que en pocos días provocarían su muerte.
Gesticulando y con una sonrisa, el Espíritu de Ramiro nos asegura que no hemos de sentir pena por él y su triste forma de morir. No le supuso nada dejar este mundo, sino todo lo contrario. ¡Por fin, escapaba de su triste vida!
Sin embargo, la muerte no acabó con su sufrimiento. Momentos después de terminar su larga agonía, Ramiro recobró la conciencia. Se sentía bien, no tenía dolores, ni su característica fatiga al respirar; a decir verdad, no notaba nada de su cuerpo. Le bastó incorporarse y echar un rápido vistazo para comprender: él estaba de pie y su cuerpo yacía en el suelo. Sobraban las explicaciones… estaba muerto. Se había convertido en un difunto cuya Alma seguía dentro del castillo. En principio, lo aceptó; no creía dejar nada en el mundo que le hiciese añorar sus días de vivo. Como fiel devoto de la fe cristiana, consideró que Dios, en su infinita sabiduría, tendría sus razones para hacerle esperar antes de abrirle las puertas de la gloria.
Entretanto, disfrutaría de su nueva condición. Se podía mover libre, sin depender de nadie. Entusiasmado, se animó a explorar nuevos horizontes; nunca había salido más allá de las murallas. Pero al intentarlo, al ir a recorrer el puente levadizo, un fuerte dolor le sobrevino. Una molestia punzante similar a como si a cada paso un afilado cuchillo se clavara en su pecho. Observó cómo su aura de Alma se teñía de un feo y marcado color negro. No sabía qué ocurría, no podía caminar hacia delante, se veía incapaz de dar el último paso que le sacaba fuera del castillo. De pronto, algo tiró fuertemente de él, arrastrándole hasta devolverle de nuevo a este salón, en donde le arrojó al suelo, a la vez que le advertía:
—Si de vivo no fuiste capaz de caminar, tampoco lo harás tú solo de muerto. Yo seré quien mueva tu cuerpo, yo seré quien te haga caminar.
Enseguida reconoció esa voz. Entendió el porqué de tantas visitas al castillo de aquella bruja tan temida por todos. Los cuchicheos entre su padre y ella mientras le miraban disimulando. La razón de que esa bruja le arrancase un mechón de pelo sin previo aviso, se llevara una de sus prendas o le pinchara y guardase las gotas de su sangre igual que oro en paño. Se resumía en una palabra: conjuro. Un conjuro diseñado para él, que no trabajaba la mente, sino el Alma. Su Espíritu quedaría sepultado entre estos muros, condenado por un conjuro de magia negra encargado por su propio padre.
El castillo se había quedado solo, sin ninguna protección, pero con todos los enseres, objetos personales del conde y, claro está, todos sus tesoros escondidos en él. Resultaba una oportunidad demasiado golosa para la gente humilde de las aldeas y comarcas cercanas.
Aquella misma noche de su muerte, continúa relatando Ramiro, llegaron varios saqueadores. Eran tres hombres dispuestos a llevarse tanto como pudiesen meter en las sacas que traían con ellos. No tardaron nada en empezar la faena, si bien, a opinión suya, les perdió la falta de cuidado para no generar tanto ruido. Rápidamente, el escándalo llamó su atención y con ello… ¡Surgió la tragedia! Según escuchaba los ruidos, sintió dentro de sí algo raro, comenzó a temblar y un leve mareo nubló su vista hasta hacerle perder el sentido.
Cuando despertó, Ramiro tenía sus manos bañadas en sangre y a sus pies, los cuerpos degollados de los tres saqueadores llegados al castillo. No recordaba nada, tampoco hacía mucha falta, ya que las manchas de sangre en sus manos lo decían todo: ¡los había matado él! El conjuro funcionaba. El siniestro Alma de su padre podía manejarle a su antojo. Asimismo, con estas primeras muertes, el conde hacía valer su juramento. Aquellas palabras dichas poco antes de morir, donde aseguraba que nadie nunca usurparía su castillo, se cumplían.
Por suerte, entre las gentes de la región comenzó a comentarse lo sucedido con los intrusos. El rumor de que el castillo estaba maldito y habitado por la presencia del Espíritu del Conde al servicio del maligno se disparó. Corrió de boca en boca y se extendió tan rápido que ahuyentó a la gente; ya a casi nadie le quedaron ganas de volver a pisarlo. Tan solo, y muy de vez en cuando, el Alma de Ramiro veía por allí a algún grupo de chavales más interesados en contactar con el Fantasma que en arramplar con los objetos de valor. El castillo se mantuvo así desolado y casi en el olvido durante años. Él continuó allí, encerrado, sin poder marcharse. Pasaba los días resignado; al menos, su presencia por esos muros evitaba muertes, gracias en gran medida a sus bromas que pegaban el susto de su vida a los curiosos con ganas de una experiencia sobrenatural.
En cambio, todo esto empeoraría cuando el castillo pasó a manos de una importante cadena de hoteles. En cuanto el conde se percató de tanta gente merodeando por su castillo, sin demora quiso arremeter contra ellos. Nunca sabrán cuánto se jugaron la vida estas personas cuando se quedaban solas dibujando planos en una almena, en la muralla o en todo lo alto de la torre del homenaje. Luego vinieron los obreros, las máquinas y golpes y, con ello, Ramiro se vio incapaz de salvaguardar a todos; el conde volvía a campar a sus anchas.
Cuando el Alma de Ramiro terminó de exponer los sucesos del castillo, el panorama cambia a peor: las dos puertas del salón se cierran, golpeando bruscamente contra el marco.
El fuego se aviva con intensidad sin razón aparente. Sus llamas se agitan con violencia como si quisieran saltar de la chimenea y abrasarnos. Las ramas de los árboles golpean contra los restos de las ventanas. Entran y salen de la estancia, acercándose amenazantes y sacudidas por un viento que, enfurecido, arroja contra nosotros todo cuanto encuentra a su paso. Siento la mano de Fernando en mi rodilla; quiere que mire al Espíritu de Ramiro. ¡No es él! Hay una silueta. Aparece y desaparece de nuestra vista a voluntad de las llamas. Sentada, se muestra tranquila; no obstante, su presencia aturde a la vez que no puedes dejar de mirarla.
De repente, del interior de la sombra escuchamos una voz ahogada que nerviosa repite: ¡Encerradme! Insistiendo en ello, se levanta de un salto y echa a correr fuera del salón. Nosotros salimos detrás de ella ayudándonos con la linterna. Se mueve con rapidez y se encamina por una escalera de piedra cuyos deteriorados escalones invitan a tener la mejor de las caídas. El último peldaño nos adentra en los sórdidos sótanos del castillo.
El olor es muy desagradable. Estamos en las mazmorras y el agua nos llega a las rodillas. Corremos, tropezamos y resbalamos mientras recorremos un pasillo sin salida y con celdas a los lados. La silueta no duda en entrar en el último de estos calabozos, cerrando ella misma la reja al tiempo que Fernando echa el pestillo.
Ramiro y el conde, el conde y Ramiro están encerrados dentro de una minúscula y lóbrega celda. Nosotros apenas podemos respirar. Sencillamente, no sé si a un Espíritu se le puede encerrar o esto es una ironía, que más bien es lo que parece, pero si el mismo Ramiro se ha metido dentro y ha cerrado la puerta…
El gesto de Ramiro es de agradecer: antes de verse completamente poseído por el Alma de su padre, decidió correr hasta donde sabía que podía encerrarse y mantenernos a Fernando y a mí a salvo de él. Ahora toca reconducir a estos Espíritus a la dimensión o al lugar que les corresponda. Para ello, primero tendremos que saber la ubicación de la puerta dimensional que el conde traspasó cuando, haciendo uso del conjuro de la bruja, regresó de entre los muertos. Necesitamos que el Alma de Ramiro nos diga el punto exacto del castillo en donde sufrió ese mareo, previo a encontrarse manchado de sangre y rodeado de los cadáveres de los saqueadores.
Levantándonos del suelo donde caímos exhaustos tras la precipitada carrera, nos acercamos a la reja de la celda. El conde se ha marchado y el aspecto de Ramiro da pena. Se le ve desolado: sentado en un rincón, con la cabeza agachada y su figura brillando de manera tenue.
Al llamarle, no responde, pero de todas formas le comentamos la necesidad de que nos conteste a la pregunta de dónde se produjo la primera posesión. Visiblemente abatido, se acerca a la reja. Le preocupa la dificultad de persuadir al conde. Devolverlo al infierno del cual vino le parece demasiado complicado, por no decir imposible. Él cree que los sucesos del castillo solo son excusas para tener un motivo, un fundamento lícito allá en el averno para regresar y seguir atormentándolo.
Desanimado ya antes de comenzar nuestra pequeña cruzada, el Alma de Ramiro nos desvela el lugar donde vivió la terrible experiencia de verse poseído: para mayor inri, ocurrió en el interior de la capilla del castillo. En aquel instante, cuando despertó y volvió a ser él, sintió de nuevo la rabia del perdedor, la humillación y su desesperante ineptitud para salir victorioso de algún enfrentamiento.
Fracasó frente al conde en vida y, aquel día, sucumbió a sus maléficos planes, siendo ya un Espíritu. En su implacable desventura, ni la propia muerte fue capaz de liberarlo de un castigo que ya parecía eterno. Su Alma, antes pura, quedaba manchada, cómplice de unos asesinatos llevados a cabo frente al mismísimo Todopoderoso y cuyas víctimas, esparcidas por el suelo, teñían de rojo sangre el único suelo sagrado de todo el castillo.
Sobrecogidos por sus palabras, nos dirigimos a la capilla. Al llegar a ella, no queda piedra sobre piedra. Está arrasada, destruida por completo y no solamente por culpa del abandono, lo antiguo de los materiales o las inclemencias climáticas. Alguien se empeñó a conciencia en destrozar todo cuanto encontró en ella, como si quisiera no solo borrarla del castillo, sino que nadie fuese capaz de adivinar que, tiempo atrás, entre esos muros existió un rincón dedicado al culto religioso.
Superada la primera impresión, nos adentramos por el que fue el pasillo central. Entre la entrada de esta capilla y el altar fue donde Ramiro volvió en sí una vez liberado de la posesión. Según avanzamos, a cada poco las ratas parecen plantarnos cara. Aparecen de pronto de entre la oscuridad y, tras encararse, vuelven a ocultarse raudas en la negrura.
Llegados a la mitad del pasillo, varias manchas rojizas en las baldosas sugieren haber sido testigos de algo muy angustioso. Son rastros de sangre, señales de alerta a un peligro fatal al cual ya estamos expuestos… ¡Las linternas tiemblan! Parecen querer escabullirse de nuestras manos, en tanto el entorno, con el aire tan pesado y el suelo tan irregular, húmedo y escurridizo, pasa factura. Sobresaltados, alumbramos hacia todos lados buscando la causa de unos ruidos que llegan hasta nosotros ahora, como si quisieran llamar nuestra atención. Proceden de detrás de un muro que todavía se mantiene en pie. Detrás, descubrimos un confesionario. Un confesionario que se libró de la barbarie, permaneciendo totalmente entero.
Desde su interior, alguien golpea la madera. Suena una vez, se detiene, espera unos segundos y vuelve a golpear. No alcanzamos a ver qué o quién hay dentro de ese confesionario. Sin mediar palabra, decidimos acercarnos. El ruido no cesa. Se deja oír afín a un metrónomo con ritmo pausado. Los bancos despedazados y el estado del suelo dificultan llegar a él. Sin embargo, ya no hace falta acercarse más…: ¡dentro del confesionario está el conde! Ramiro ha vuelto a ser poseído y la silueta negra no es otra que la de su padre ocupando el Alma de su hijo. De nada valió dejarlo encerrado.
La presencia del conde hace muy difícil iniciar la búsqueda del portal entre dimensiones. Quizá esa puerta sea el mismo confesionario y de ahí su buen estado. Si lo fuera, estaríamos de suerte; ya tendríamos al conde colocado en el punto exacto para devolverlo al averno. Por ahora, únicamente vemos al conde; su presencia esconde todo cuanto haya detrás de él. Pero si esto es lo que buscamos, quien sea que abra o cierre este portal seguro que ya nos mira. Tantea nuestras intenciones, y en breve decidirá si somos dignos de ver cómo delante de nosotros se abre una puerta, una vía mágica a saber dónde.
El Espíritu del conde sale del confesionario y se acerca. Se aproxima erguido, tranquilo, sabedor de cuánto intimida su presencia. Se distingue la misma silueta envuelta en ceniza con la que se nos apareció la primera vez.
Me pone nervioso, me genera dudas y no permite que piense. No sé cómo lo hace, pero provoca que note, que casi llegue a palpar, cuánto disfruta y saborea el momento. Amenazante, juega con la fusta mientras se prepara para abalanzarse y asestarnos una de sus brutales palizas. Al mismo tiempo, la fusta comienza a brillar en la oscuridad. Lentamente, se ilumina y, desde luego, no a causa de nuestras linternas.
Una luz actúa sobre ella cubriéndola de una claridad singular, blanca y difusa, distinta a cualquier otra. Es un excepcional efecto luminoso capaz de relajar la tensión y aplacar el miedo con solo mirarlo. Tenía razón. Al avanzar, el Espíritu del conde liberó el fondo del confesionario, y desde allí emerge y discurre despacio una suave corriente luminosa, enigmática, diferente y hermosa que llega a cubrir su mano. Una estela de luz reveladora: el habitáculo del confesionario no termina en una simple madera a modo de pared: esconde algo y, todo apunta a que sea el deseado portal entre dimensiones. ¡Llegó la hora! Vamos a arriesgarnos a emprender nuestra labor. Si no hacemos todo a la perfección, si no bordamos hasta el último pequeño detalle, no habrá una segunda oportunidad.
Ya no queda tiempo; el ritual de invocación debe comenzar, y su primer paso, recitar la oración de exorcismo, urge ser pronunciado. Después, se ha de alzar la invocación a quien tiene la capacidad de arrastrar a todo Espíritu maligno al infierno. Fernando y yo solicitaremos su presencia con la esperanza de que no tarde en venir. Por su gesto, el perverso Alma del conde ya sabe que conocemos la ubicación del portal y viene decidido a por mí. ¡No lo va a poner fácil! La situación no da más y, a la vez que insto a Fernando a repetir mis palabras, recito la oración:
“Exorcizamus te, omnis immundus spiritus.
Omnis satanica potestas, omnis incursio.
Infernalis adversarii, omnis legio.
Omnis congregatio et secta diabolica…”
Hombro con hombro, los ojos cerrados, el sudor resbalando por la cara y la fe totalmente puesta en estas palabras, nos ponemos de rodillas. Vamos a recitar por tres veces la oración del exorcismo, como así se estipula en el ritual. Por el contrario, las carcajadas del conde resuenan por toda la capilla. Si bien en efecto se ríe de nosotros, no podemos hacer caso a esas risotadas y a sus constantes burlas. Es cierto que, al escucharlas, la ilusión sufre y debilita la convicción de que con este ritual se pueda ayudar a Ramiro. Fernando y yo seguimos adelante sin rendirnos, pero cuando pasamos a recitar la invocación, el Espíritu del conde, serio y molesto ya, nos genera la sensación de que tardamos una eternidad en pronunciar cada frase.
Con una inquietante habilidad maneja nuestra mente, y la induce a que todas las palabras nos suenen interminables, ridículas y carentes de sentido. Consigue hacernos dudar acerca de esta clase de rituales; no suena ni similar a la seria ceremonia exigida para obtener el éxito esperado. Nos está desmoralizando. Se lo noto a Fernando. Su tono de voz suena cansado, tembloroso y falto de ganas. Carece por completo del entusiasmo del primer momento.
A pesar de este torpe intento, el Espíritu del conde se muestra cada vez más afectado y esto nos anima. Nos devuelve la ilusión, aun cuando su ira y, seguramente, sus ganas de descargarla sobre nosotros se estarán disparando en él.
Con todas sus risas, burlas e hirientes comentarios, nuestras oraciones y la invocación le han hecho retroceder hasta cerca del confesionario. No se decide a terminar de acercarse. Pero, qué más quisiera yo que fuera así… ¡Viene a por nosotros! Frente a frente, levanta la fusta. La silueta de ceniza ha desaparecido, dejando al descubierto el aspecto de un Alma seriamente castigada, supongo que a causa de los horrores del averno.
Por puro instinto, aumentamos el ritmo de la invocación. Cumplimentamos una tras otra las repeticiones que exige su protocolo. ¡Funciona! Por mucho que intente golpearnos con la fusta, no puede. Cuando la fusta llega cerca de nuestras cabezas, algo le impide golpearnos.
El no poder fustigarnos como quisiera desata la ira del Espíritu del conde. Está fuera de sí. Nos maldice e insulta con una batería de improperios. Furioso, su aspecto cambia: se le pueden distinguir sus antiguos huesos en la cara y manos. ¡Es una visión atroz! La carne podrida avanza por ellos, cubriendo sus dedos empeñados en agarrar mi cuello. Este engendro de Satanás está recuperando la misma estampa de un cadáver putrefacto; intenta forzarnos a parar la invocación. Agarrando el brazo de Fernando, le animo a seguir con el ritual sin levantar la mirada del suelo.
Pronunciar sus estrofas nos mantiene a salvo. Recitando el exorcismo y sus oraciones de invocación, hemos llevado al Alma del padre de Ramiro a un estado de cólera aterrador. Apenas nos quedan un par de repeticiones y habremos concluido. Por lo pronto, no hay otra solución que continuar con ello, de acuerdo, ¿y luego? ¿Cuándo lo terminamos? ¿Este tipo de rituales se puede repetir en el mismo día? Porque no lo sé. ¿Y si no se puede entonces, quién o qué detendrá al conde?
Preocupado, comenzamos la última repetición del ritual. Una repetición que a lo sumo durará unos pocos minutos; un breve espacio de tiempo que, una vez consumido, nos dejará a merced de este monstruo. Tampoco podemos ir más despacio: ralentizar la invocación supone una disonancia que arruinará el resultado.
El Espectro también debe saber que el final del ritual está cerca. Le basta un poco de paciencia y nos tendrá en sus manos. Mostrándose a la espera, cruza los brazos mientras esboza una espantosa sonrisa. Gira la cabeza y mira hacia otro lado, trata de disimular su ansiedad. Zapatea el suelo como si nuestras palabras tuviesen un ritmo que marca con el pie. Con un matiz irónico, al final de cada estrofa terminada, menciona un número, en una siniestra cuenta atrás narrada con sarcasmo.
El ritual se acaba y nadie aparece en nuestra ayuda. Fernando mira hacia todos lados. Al igual que yo, nota la preocupante falta de resultados. No llego a entenderlo; en otras ocasiones nunca me falló, calmó al Espíritu de tal modo que pudimos hablar y encontrar la mejor solución para todos y, hoy, a falta de recitar tres estrofas del ritual…
Nuestro enemigo no oculta su entusiasmo: irónico, comenta su duda sobre cuál será el mejor y cuándo… Ya son únicamente dos estrofas las que faltan para finalizar el ritual.
Quiere avanzar, reducir la distancia que las oraciones le hicieron retroceder. Dubitativo, arrastra los pies por el suelo. A cada nuevo paso, prueba a ver si nuestras palabras aún le retienen.
Una estrofa y el ritual concluye. Esto termina. Algo hemos hecho mal, y no creo que la luz surgida del confesionario sujete mucho más la mano del Espíritu del conde. ¡Qué va, para nada la sujeta! La fusta se mueve de arriba abajo y de abajo arriba, unas veces a toda prisa, otras despacio y en todas infundiendo todo el pánico posible. Ya llega a rozarnos y, ¡Dios…! Acaba de golpear a Fernando. El malvado Espíritu está fuera de sí. Está como loco y le vuelve a golpear.
Sus carcajadas denotan cuánto disfruta pegando a Fernando sin compasión, en tanto este intenta protegerse con el rostro desencajado, espantado de miedo y dolor. A la desesperada, trato de sujetar la fusta y solo tocar la mano del Alma del conde hace sangrar la mía.
Enfurecido, suelta un manotazo que impacta contra mi cara. ¡La fusta viene hacia mí! Deprisa pongo mis brazos por medio esperando el fustazo, pero no llega, no lo siento. El golpe no termina de llegar nunca y, ahora, escucho un grito de queja. La voz del Engendro se ahoga. Yo espero inmóvil, cubriéndome la cabeza. De repente, la fusta cae al suelo y, por instinto, levanto la mirada. Tiene una cadena enrollada al cuello. Una cadena de eslabones gruesos le tiene atrapado. En medio del esfuerzo por liberarse, surgen dos manos por detrás del conde. Dos manos huesudas, de dedos largos, arrugados, amoratados y hasta quemados. Aun así, son lo bastante fuertes para alejarlo con facilidad de nosotros. Son capaces de arrastrarlo dentro del confesionario, para luego adentrarse en ese estupendo y enigmático núcleo luminoso que enseguida les absorbe, al tiempo que lentamente se apaga hasta desaparecer. Ahora, nadie sospecharía lo que ese confesionario esconde.
Era el Alma de una mujer; y sé quién era. Es… ¡Increíble! Respondió a nuestra llamada. No hay duda, es tal cual se la describe y con su sola presencia, nos ha salvado. Se lo está llevando al conde con ella, lo más seguro, que al mismísimo infierno.
Ella es un Ente con aspecto dantesco. Cualquiera echaría a correr al verla. Es una presencia que atemoriza si la miras y enternece si entonces recuerdas su pasado; una vida remota de la cual podría escribirse el mejor de los relatos. Muchos hemos soñado con encontrarnos con ella alguna vez. Fantaseamos con escuchar de sus labios la verdad de lo que de ella se dijo, su explicación de Celestina, más conocida como “La Ánima Sola”.
Esta historia acaba aquí. Al final, mi supuesta estrategia para que todos pudieran convivir en el castillo sin molestarse, ni tan siquiera la pude empezar. El Ánima Sola se bastó para arrastrar en segundos al Espíritu del conde allá, a donde le corresponda estar. A Ramiro solo le vimos un momento más. Apareció envuelto en una luz rosada, brillante y muy hermosa, sobre el mismo sillón donde hablamos con él. Luego, esa misma aureola, tras elevarse y realizar un movimiento semejante a una simpática reverencia, salió por uno de los ventanales hasta perderse en el horizonte, dejando en el sillón la maldita fusta.
Celestina es una de las Ánimas a quien recurrir cuando el mal, con alguna de sus innumerables artimañas, nos ataca y nos tienta. Desde la finalización de este caso, Fernando y yo pasamos a ser de esas personas con la experiencia para afirmar que, en ella, en La Ánima Sola, se puede confiar; nunca falla y siempre llega a tiempo para librarnos, a cualquiera de nosotros, del asedio del maligno. Esta aventura termina ya y lo hace con el deseo de verme envuelto cuanto antes en una nueva historia de Fantasmas.
**SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO EN LA PROPIEDAD INTELECTUAL, NÚMERO: M-008959/2023.