LA POSESIÓN DE RAMIRO.

La tarde cae despacio. La noche tiñe de oscuro el cañón montañoso donde ahora me encuentro. El sol se apaga y los sonidos de la naturaleza, propios del inhóspito paraje, se disipan al mismo tiempo. Incluso el rumor del río que atraviesa el cañón de lado a lado, antes ruidoso y constante, enmudece como si quisiera esconderse de las sombras. Rodeado por una gruesa muralla y de grandes montañas que a modo de fortificación natural rodean las ruinas de este castillo, reconozco que mirar el paisaje a través de sus ventanas impresiona. Aquí la luz lo es todo. Sin ella, este bastión de piedra, construido sobre la cima de un cerro allá por el siglo XV, parece ser el último reducto habitable y a salvo de las intimidantes tinieblas. Al cabo de un rato, todo por detrás de esta arcaica ventana es pura oscuridad.

Hace aproximadamente una hora, tras recorrer una estrecha carretera de pronunciadas curvas y precipicios a ambos lados, llegué al castillo acompañado de Fernando, la persona que me contrató para ayudarle a resolver este caso. Un caso de supuestas apariciones de Espíritus, caracterizadas por las violentas agresiones físicas acontecidas en ellas. A día de hoy, son varios los heridos a consecuencia de estos inexplicables hechos. Sin duda, este asunto nos obligará a trabajar el lado más peligroso de esta profesión: enfrentarse a un Alma atormentada, la cual ya asusta, sin tan siquiera haberla visto.

Durante el viaje, Fernando me ha explicado la gravedad de la situación: al parecer, tan solo días después de iniciar las obras de reconstrucción de las ruinas de este castillo en un tranquilo hotel de lujo, comenzaron a producirse una serie de extraños accidentes.

Al principio eran casos aislados atribuidos a la falta de concentración del trabajador o a fallos de la maquinaria: escaleras de trabajo que se desploman, radiales que tocan piel en vez de metal, tropezones, torceduras, golpes tontos, etc., etc. Posteriormente, cuando las lesiones ocasionadas en esos presuntos despistes o averías pasaron a ser del todo graves, la situación tomó un cariz distinto. Ya no se bromeaba acerca de estos incidentes. El temor a que el motivo principal de tanto percance no fuesen simples casualidades se abría paso en las ya preocupadas mentes de los empleados.

Todavía nadie se atrevía a relacionarlos con lo paranormal, pero en el castillo ocurrían pequeños accidentes cada vez con mayor frecuencia. Tanto se repitieron que la brutalidad terminó por aparecer y una mañana, a poco de empezar la jornada, un obrero se precipitó contra el suelo, perdiendo con ello la vida. Acto seguido, se comprobaría que su arnés de seguridad se rompió de forma incomprensible; algo o alguien le arrojó desde la torre del homenaje. Lejos de terminar ahí, los accidentes pasaron a ocurrir a diario o, en ocasiones, hasta varias veces en una misma jornada.

Así se continuó hasta un día en donde ya resultó imposible negar lo evidente: una tarde, ante el estupor de todos los trabajadores, pudo verse cómo una siniestra mano empujaba contra una pared a un pintor cuando este trabajaba subido en un andamio. Una mano grisácea empuñando una fusta, surgida de pronto de la nada, golpeó y golpeó al pintor sin piedad ninguna, mientras con una horrible voz a gritos les instaba a que todos ellos se marcharan enseguida de su castillo.

Cuando pudieron socorrerle ya totalmente inconsciente, alarmados verificaron la gravedad de sus heridas; su espalda era una gran mancha de sangre cada vez de mayores dimensiones. Hubo quien aseguró haber visto saltar trozos de piel despedidos del cuerpo en cada golpe. Ninguno pudo explicar a quién pertenecía la voz, de dónde salió la mano y cómo fue posible que apareciera y desapareciera de la nada. Pocos minutos más tarde, todo el personal abandonaba horrorizado su puesto de trabajo y el lugar quedó vacío.

Luego de recorrer las dos plantas que aún se mantienen en pie de este castillo, Fernando y yo elegimos acomodarnos en uno de los antiguos salones de la planta baja. Sus tres entradas, situadas en lados diferentes, y la poca distancia desde los ventanales al patio exterior, proporcionan distintas opciones de huida si la cosa se pone fea. Estamos a unos cincuenta kilómetros del primer pueblo habitado, y los suministros básicos que hemos traído nos garantizan subsistir unos cuantos días sin desplazamientos. Diversas lámparas de gas, cámaras, grabadoras, linternas y los imprescindibles abrigos y bufandas volverán a ser nuestros compañeros de fatigas durante esta nueva aventura. Por suerte, ciertos utensilios y herramientas dejados por la constructora nos vienen muy bien para parapetarnos mejor. Aparte de los sucesos acaecidos aquí, no podemos olvidar el resto de peligros existentes de por sí en estas montañas. De hecho, durante la cena hemos oído el aullido de un lobo cerca de estos muros.

Llegadas las once horas de la noche, nos ponemos en marcha. La velada transcurrió de sobresalto en sobresalto, pero nada relacionado con lo que venimos a buscar. El viento insiste en dejarse oír y el frío aprieta. Linternas en mano, salimos del salón para adentrarnos en una oscura galería de techo abovedado y suelo y paredes empedradas. A nuestra derecha se muestra una sucesión de ventanales arqueados de doble abertura, separados por unos deteriorados parteluz (ajimez). La luz de nuestras linternas se cuela por esos ventanales, iluminando parte del patio de armas situado por detrás. Un patio de armas cuyas penumbras en ocasiones muestran fugazmente pequeños detalles que no deberían estar ahí; seguramente, simples alucinaciones causadas por lo inquietante del emplazamiento.

Despacio y caminando uno al lado del otro, Fernando y yo avanzamos por la galería cuando ¡una sombra cruza por delante! Ha sido un segundo. Salió por la última puerta del corredor para encaminarse rauda por la siguiente galería. Enseguida corremos detrás de ella, buscándola con la linterna. Se palpa que está aquí. Pese a no verla, este frío tan peculiar asentado en la galería y esa neblina, aparecida de pronto e incapaz de ocultarse entre las sombras, delatan su presencia.

Temo por nosotros, pues tal vez le tengamos justo al lado, delante o detrás… Sabedor de cómo se las gasta, seguro que nos observa con atención, en tanto estudia y espera ansiosa el mejor punto para atacarnos. Con cuidado, avanzamos por la galería. Presiento un pronto encuentro; de hecho, la luz de nuestras linternas se debilita por momentos, un repentino silencio absoluto se adueña del ambiente, el frío corta la piel, el aire se enrarece, la oscuridad gana terreno y, ¡algo se abalanza sobre mí…!

¡Es una forma gris que, agarrándome del pelo, me somete a un violento zarandeo! ¡No puedo reaccionar! Parece que quisiera meterme dentro de la pared. Golpea mi cabeza contra las piedras y luego, con un brusco tirón, la lleva hacia atrás a ras del suelo. Tira tan fuerte que veo cabellos míos caer arrancados, mientras chilla y chilla emitiendo un sonido insoportable. Soy un muñeco en sus manos, al cual lleva y trae de la pared a los ventanales y viceversa, un pelele a quien le resulta imposible librarse de él, aunque lo intento con todas mis fuerzas. ¡Es demasiado fuerte! Indiferente a esos esfuerzos, y ante la atónita mirada de un Fernando incapaz de reaccionar, con una voz aterradora, nos exige marcharnos de inmediato, al tiempo que me arroja contra los ventanales con tal desprecio, aversión y fuerza, que cerca estoy de acabar en el patio de armas.

Ocurrido esto, nada queda de la espectacular figura de ceniza. Se ha ido y tampoco hay rastro de la neblina ni del frío, pero ni mucho menos estamos solos.

Tras este episodio estamos exhaustos. Toca reponerse; aun cuando lo razonable sería abandonar el caso y salir de las ruinas de este castillo cuanto antes, yo no puedo hacer eso: este es mi trabajo y, aparte de otras cosas, está también aquello del orgullo personal. Así se lo digo a Fernando, y le hago hincapié en que, por supuesto, entenderé si prefiere no continuar y marcharse. Él llegó a este caso obligado por su cargo dentro de la empresa constructora del hotel. Nunca antes se enfrentó a una tensión semejante y tampoco tiene por qué sufrirla ahora. Pese a ello y afortunadamente, a este hombre le basta con salir fuera, echarse un par de cigarros, tomar aire y compartir conmigo su visión de lo acontecido.

Una vez más tranquilos, ambos volvemos a entrar en el castillo. Se agradece estar a refugio del viento. No sabemos contra qué o contra quién nos enfrentamos, puesto que Fernando y yo solo pudimos observar una extraña figura de ceniza. Si esa figura se trata de un Espíritu, no tenemos ningún dato, ninguna pista que sugiera a quién perteneció esta Alma durante su vida. A veces, si se dispone de algo de información y rebuscas en la historia de esa persona, se puede encontrar algún motivo indicativo del porqué el Alma de aquel hombre, de aquella mujer, tras morir, decidió o se le impuso continuar en un lugar y no proseguir rumbo a su siguiente destino.

Ya de nuevo en el pasillo donde fui atacado por la figura, las rodillas tiritan y el vello se pone en guardia. Antes no la vimos venir, ni tan siquiera sabemos de dónde salió. Quizá ya nos haya visto y salga a nuestro encuentro en cualquier momento. Si es así, que Dios nos ampare si no conseguimos dialogar con ella enseguida. Necesitamos entablar una conversación, una conversación que, ¡encima!, ha de surgir de inmediato, pues…, ¡la figura está detrás de mí!…

Al darnos la vuelta, ¡ahí está! El extraño ser envuelto en ceniza se muestra frente a nosotros. ¡Es un Espíritu, no hay duda! Un Espíritu retador, seguro de sí mismo, que, sin inmutarse, permanece quieto, erguido, dejando a la corriente de aire desvirtuar suavemente su ya extinta figura de hombre. Posee una altura considerable, ancha complexión y rostro ovalado. Luce un sombrero de ala ancha y copa baja redondeada, ligeramente caído hacia un lado, y en su enguantada mano izquierda una aterradora fusta. De inmediato, le hablo. Trato de evitar que reaccione con la misma agresividad de antes, explicándole el porqué de nuestra presencia. Quiero convencerle de que no hemos venido, por lo menos por mi parte, con la intención de echarle de aquí de cualquier manera; el hotel y él pueden llegar a convivir juntos sin molestarse, sin tan siquiera verse. Existen maneras para ello, y no sería la primera vez que eligiese esta opción como medida para resolver un caso. Todo va a depender de él, de su historia y del asunto que le mantiene anclado en este castillo.

Sin embargo, ¡ya tengo la frente del Espíritu apoyada en la mía! La distancia que nos separaba se esfumó. ¿Cómo lo ha hecho?

A todo esto, el Espíritu con el ceño fruncido, los dientes apretados y estremecido por la rabia, me mira a los ojos; los suyos queman e irónico sonríe, listo para fustigarme, y lo va a hacer pronto y sin piedad, ¡ya lo hizo con uno de los obreros!

Yo no dejo de hablar: la palabra es mi única defensa contra él; no debo parar ni suplicar ni desfallecer, solo hablar, hablar y proponer soluciones. Me la voy a jugar porque esto funcionará si consigo llamar su atención y, por lo pronto, exhalando pura ira, él me agarra del abrigo y me amenaza con la fusta; ¡el tiempo se acaba! ¡Dios!… Hay que seguir, ¡me la estoy jugando!

Apuesto por ceñirme al plan y le insisto en lo mismo: la construcción del hotel nunca será una amenaza para él y…, ¡la fusta viene hacia mí! Espantado y de manera atropellada, le suplico un minuto de atención. Creo saber una manera de frenar su problema. Una solución para que a sus ojos el castillo no cambie nunca, por mucha reforma que se le haga. Incluso, y si así lo desea, hasta podrá permanecer en él sin ver a nadie y sin ser visto por nadie; nunca más ninguna otra persona volverá a molestarle y…, ¡la fusta se detiene! El Espíritu recoge su brazo y relaja el gesto; ¡le he hecho pensar! Dubitativo, gira la cabeza y niega con ella. Murmura, obligándome a soportar el insufrible hedor de su aliento. ¡Hemos dado con la tecla precisa!

Ahora soy yo quien busca la mirada del Espíritu. Aterra, pero tampoco nos podemos dejar intimidar. Esta pequeña pausa surgida mientras el Espíritu analiza mis últimas palabras me viene muy bien: necesitaba coger aire antes de proseguir. Mi voz ha de sonar segura y tranquila y eso ya no pasaba, ni resultará fácil hacerlo dadas las circunstancias. Además, en lo sucesivo elegiré cada palabra con sumo cuidado, pues un error y no dudará en volver a atacarme.

Sin apartar mis ojos de los suyos, y con un desencajado Fernando, que continúa estático en una esquina del corredor, explico mi opinión acerca de este problema del castillo: para entenderlo, es necesario recordar que cuando nos llega la hora de morir, si nuestra Alma, por cualquier motivo, decide no marcharse de donde la muerte nos sorprendió, o por alguna cuestión se le niega partir a su siguiente destino, esta siempre verá esa habitación, esa casa, ese castillo tal y como lo vio la última vez.

Todos los cambios realizados con posterioridad a su muerte no serán visibles para aquellos Espíritus que no se marcharon. Tampoco podemos olvidar que, aunque estas Almas y nosotros convivimos en un mismo mundo, ocupamos partes distintas. Espacios diferentes, denominados dimensiones, y cuyos confines ni unos ni otros debemos traspasar por mucha curiosidad que nos suscite ese “otro lado”.

Él, este Espíritu del castillo, no se terminó de marchar nunca y tal vez sin tan siquiera saberlo ni darse cuenta de ello, sobrepasa los límites de su dimensión a cada poco. Por eso ve a los obreros demoler su castillo, por eso los obreros le ven a él. Aunque pueda parecer disparatado, tampoco es una circunstancia tan extraordinaria: la manifestación de Almas es un hecho común que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en todo tipo de sitios, ciudades y demás. Ciertos Espíritus no dudan en cruzar los límites cuando consideran necesario su regreso. Otra cosa es que los veamos o tan solo nos produzcan una rara y ligera sensación.

Lo siguiente a saber es el porqué de su retorno a nuestra dimensión y, para ello, ha de ser él quien cuente su historia. Dentro de ella, entre sus días de vivo, se oculta la razón por la cual continúa en el castillo como Alma descarnada, y el porqué de su airada aparición en estas ruinas cuando alguien se adentra en ellas.

Al cederle la palabra, el Espíritu me aguanta la mirada. Después, algo en él empieza a cambiar: la nube de ceniza que forma su figura se torna de pequeños puntos resplandecientes; son un incontable número de diminutas luces cuyos destellos consiguen esconder el anterior semblante grisáceo. Consciente de ello, raudo me da la espalda con un movimiento brusco, tratando de disimular lo que ocurre. Durante unos segundos deambula por el corredor con paso lento, pensativo, cabizbajo y en completo silencio. Poco más adelante se detiene. Los puntos de luz, apoyados por un tímido claro de luna que cae de lleno sobre la figura del Espíritu, desvelan poco a poco su apariencia natural, dejando al descubierto su apariencia y su vestimenta. ¡Ha cambiado! Su cuerpo poco se parece al monstruo que antes me agarró dispuesto a fustigarme y, otra cosa…, no lleva consigo la fusta y tampoco la veo por el suelo. Se mantiene quieto, con las muñecas agarradas en la espalda, hasta que, girando un poco la cabeza con intención de mirarnos y con un gesto de su mano, nos indica que le sigamos.

Su aspecto sigue aclarándose según caminamos detrás de él; prácticamente, su espalda ya se podría confundir con la de una persona viva, salvo por el leve vaivén de su figura. A cada movimiento, su forma oscila lo suficiente para delatar su condición de Alma extinta.

Recorridos un par de largos pasillos, el Espíritu se adentra en una de las estancias. El arqueado y ancho marco de la inexistente puerta que la precede le otorga cierta importancia con respecto a las otras. Su interior muestra una sala grande, cuadrada, vacía de enseres y en el mismo estado ruinoso que el resto del castillo. Detalles como el techo abovedado mediante vigas de madera, ornamentado con difuminados dibujos, paredes desiguales y acabadas con bastos paneles de una madera similar, trozos de losas de piedra extendidos por todo el suelo, tres amplios ventanales de medio arco, una amplia chimenea y mucha, mucha imaginación, secundan la hipótesis de encontrarnos en uno de los cuartos principales del castillo.

Pero aun con todo esto, Fernando y yo nos volvemos a quedar boquiabiertos cuando, tras invitarnos a tomar asiento, el Espíritu se sienta en un sillón. ¡Un sillón que no estaba! Apareció cuando él se ha sentado. ¡Es impresionante! Donde pisan sus pies, las losas se reconstruyen. ¡Aquel suelo de hace mil años aparece de nuevo! ¡No me lo puedo creer! Lo que toca el Espíritu vuelve a la vida. ¡No! No es así, me equivoco. No hace falta ni eso, ¡porque en la chimenea arden tres leños sin haberlos colocado ni encendido nadie! Los objetos aparecen con la mayor quietud, como si hubieran estado escondidos y ahora supieran que pueden volver a mostrarse con total tranquilidad. Lejos de acabar ahí, las apariciones de objetos no dan tregua y las sorpresas se repiten: dos sillas de respaldo alto y plano acaban de presentarse con el fin de ofrecernos asiento; no entiendo nada.

Incluso cuando el interés que me suscita ver cosas tan antiguas revivir en el presente resulta enorme, hemos de dejar esto a un lado y centrarnos en lo realmente importante. El auténtico aspecto del Espíritu ya es del todo visible. Muestra la imagen de alguien lejos de parecerse al horrible y violento Espectro que nos recibió al llegar al castillo. Su nueva apariencia delata el pasado de un hombre de constitución débil, de elegante vestimenta y bastante educado por cómo se comporta.

El Espíritu se esfuerza en hablar. Con voz frágil y joven pronuncia dos o tres palabras, las cuales no llego a entender a causa del bajo tono empleado. Tratando de reponerse del intento fallido, descansa antes de continuar; toda una oportunidad para que Fernando y yo podamos observarle con atención.

A tenor de su nueva complexión, debió de ser un hombre carente de salud; por lo menos, su extremada delgadez así lo sugiere. Al despojarse del sombrero, muestra unos cabellos largos y grises, recogidos en una pequeña coleta sobre la que cuelga un lazo de tela azul. Las relucientes botas de cuero hasta las rodillas ajustadas con correas, camisa blanca de cuello acordonado, un fino jubón azul y blanco hasta la cintura y un impecable pantalón negro por dentro de las botas componen una vestimenta de alguien bien acomodado. Mientras tanto, él apenas nos mira. Sus ojos hundidos se fijan en otros puntos del salón, pese a no transmitir ninguna señal de incomodidad. Pasados unos minutos, transcurridos en completo silencio, el Espíritu por fin nos mira. Nos observa detenidamente. Conforme a la expresión de su cara, es indudable que le llamamos la atención y, sin demora, pregunta acerca de nuestra intrusión en el castillo.

Su voz continúa igual; con la misma dificultad reproduce un alicaído y breve eco, en comparación con la fuerte e interminable reverberación que originan los Espíritus cuando hablan. Este esfuerzo por poder comunicarse me llama la atención: según creía haber aprendido, basándome en casos anteriores, las Ánimas se aparecen siempre con la mejor imagen que llegaran a tener durante su vida. Nunca antes me crucé con un Alma, cuya apariencia fuese tan débil y enferma. Poco puedo pensar en esto, ya que ahora sí, el Espíritu habla con mayor fluidez.

Su nombre es Ramiro, un joven que por desgracia nació siendo hijo del conde, regente de este castillo. Un progenitor que, aparte de heredar también el título, tuvo como misión principal reconstruir y modernizar el castillo. Levantó nuevas almenas, rehizo la torre del homenaje, reorganizó dependencias y extendió su dominio. Sin embargo, la verdadera pasión de su padre, el conde, siempre fue la de rodearse de objetos y hombres destinados a salvaguardar intacta su posición y mando, frente al resto de nobles y plebeyos. De él partió la idea, por ejemplo, de convertir la despensa principal en una imponente sala de torturas, dotada con los últimos modelos inventados para este macabro fin; todavía, afirma el Espíritu, puedes encontrar manchas de sangre por el suelo.

En las palabras del Alma de Ramiro, se percibe un manifiesto odio hacia su padre. A todas luces reniega de él, y cuando ya habíamos descartado al conde como alguien de quien preocuparse, la cosa cambió: el Espíritu asegura que desde su niñez no solo fue golpeado, humillado y desacreditado delante de todos, sino que, además, su padre llegó a tener el coraje de dejar caer sobre él toda una maldición. Para mayor desarraigo y al ver cercana su muerte, el conde contrató los servicios de una bruja con el fin de que, gracias a algún conjuro, hechizo o embrujo, una vez muerto, su Alma pudiese poseer el cuerpo de Ramiro. Se las ingenió para regresar del mismísimo infierno cuando estimara necesario y, dominando el cuerpo de su hijo, hacerse dueño y señor de sus palabras y actos.

La voz de Ramiro suena emocionada. En su rostro se adivina la vergüenza que le supone hablar de tal modo de quien fuera su progenitor. Pero así fue, y lo peor…, así sigue.

El calvario con su padre comenzó siendo apenas un niño, cuando a Ramiro le llegó la hora de aprender a dar sus primeros pasos. Enseguida, los médicos se dieron cuenta de que sus piernas nunca le permitirían caminar. Posteriormente, no solo fueron las piernas; su debilidad era tal que, aun manteniéndole en pie entre dos vasallos del conde, era incapaz de levantar una espada. Durante años pasó inútilmente por manos de todo tipo de médicos y curanderos sin obtener resultados; ninguno consiguió sanar su dolencia. La enfermedad le obligaba a permanecer siempre sentado o tumbado, cosa que no tardó en degenerar en fuertes acusaciones por parte del conde hacia su madre. La hizo responsable de la lamentable salud de su hijo. Llegó a acusarla de cosas horribles. Despropósitos como el haberse entregado en brazos del mismísimo Satanás, y en una noche de lujuria concibiera un niño bastardo y enfermo con el único fin de humillarle a él.

Poco después, su madre sería la encargada de inaugurar y probar hasta fallecer los nuevos instrumentos de la sala de torturas. El conde nunca vio a su hijo capacitado para asumir las obligaciones que requiere su condición de heredero del condado. De hecho, Ramiro pasó toda la juventud escuchando reproches, acusaciones de haber traído con su nacimiento la fatalidad sobre el gran apellido familiar y la desdicha de su padre.

Aun cuando el Espíritu trata de mantenerse sereno, Fernando y yo podemos apreciar cómo su gesto se deteriora según avanza en su relato. La tristeza le hace mella. Quizás esta sea la causa de su aspecto débil y enfermo.

Tal cual esperaba, y mientras levanta y acerca a sus labios un vaso que juraría hace un minuto no tenía en su mano, el Espíritu propone descansar unos instantes antes de proseguir narrando su historia. Educado, nos invita a que bebamos nosotros de otros vasos situados sobre unas pequeñas mesitas de madera, que no hemos visto colocar a nuestro lado.

Ambos vasos llaman la atención por su rareza. Son altos, de cristal grueso, lados rectos y una base redonda con una pestaña bordeándola por completo. Dos vasos de color metálico, tallados con motivos ornamentales como leones, criaturas mitológicas, un águila y el conocido árbol de la vida. Dos vasos que, si no lo son, poco les falta, pertenecen a la incompleta cristalería de la Santa Eduviges. Dos piezas perdidas de esa colección procedente de la Sicilia normanda, de la cual hoy en día solo se han recuperado unas catorce piezas en diferentes excavaciones, y a las cuales, junto a la leyenda de la Santa, los acompaña el misterio de cómo demonios pudo ser trabajado el cristal de este modo en aquella época.

Al cabo de un rato, el Espíritu, repuesto y con ganas de continuar, prosigue con la exposición de los hechos ocurridos en el castillo.

Para mayor desgracia, si es que su precaria salud no era ya bastante, otro desventurado hecho acabaría por disparar hasta la crueldad la ira del conde. En su búsqueda de un sucesor sano, el padre de Ramiro ordenó que fuese llevada al castillo una joven muchacha de una familia noble aposentada en la región. Su propósito: contraer matrimonio enseguida con ella, gustase o no, y forzarla a ser madre de un hijo varón cuanto antes. Una idea que obviamente no gustó nada dentro de la familia de la muchacha y, al poco, levantados en armas, junto a los muchos que odiaban al conde, sitiaron el castillo. La lucha fue encarnizada. Se combatía día y noche sin tregua ninguna. El conde y sus pocos hombres resistían, pero, a pesar de toda esa acérrima defensa, sería la falta de suministros lo que debilitaría la moral de estos guerreros.

Poco a poco, la mayoría de los defensores del castillo se fueron agotando y depusieron las armas. Pasadas unas semanas desde el comienzo del asedio, tras los muros de piedra únicamente quedaban el conde, Ramiro, la muchacha, media docena de hombres y un sacerdote. Los guerreros y el sacerdote se entregaron en cuanto las fuerzas enemigas atravesaron el puente levadizo, llevándose con ellos a la joven.

En el castillo ya solo quedaban Ramiro y su padre, que, en honor a la verdad, nunca llegó a rendirlo. Espada en ristre, se enfrentaba contra todo aquel que osara poner un pie en alguno de sus pasillos. Hirió y mató a más hombres de los esperados ya en esos últimos encontronazos en donde, además de no hincar la rodilla, le valió para acrecentar su propia leyenda.

Una macabra leyenda que ponía en duda si de veras era la mano del conde quien manejaba la despiadada hoja de acero o, como apuntaban los rumores, era la garra del mismísimo maligno quien la empuñaba. Exhausto, loco de ira y blandiendo la espada hacia todos lados, el conde cayó al suelo entre sonoras carcajadas y una daga clavada en el mismo corazón. Aun así, agonizando y confiado, sabedor del trabajo realizado por la bruja, tuvo aliento para jurar a todos los allí presentes que jamás nadie, tan solo él, podría volver a habitar el castillo. Si alguien osaba usurparlo, tal afrenta le costaría la vida.

Esa noche, con el cuerpo de su padre tirado en el suelo recién muerto, nadie se preocupó de Ramiro. Muchos lo vieron en este mismo sillón donde, sencillamente, fue ignorado. Nadie quiso hablar con él, le preguntó o le ofreció ayuda. Aquella gente, conocedores de su enfermedad y del repudio del conde, le perdonaron la vida. A pesar de ello, a pesar de salir ileso de la contienda, Ramiro se quedó solo. Cuando se marcharon celebrando la victoria, él se vio en un castillo sin comida y con el inconveniente de que pequeños trabajos, como sacar agua del pozo o llevar un par de leños hasta la chimenea, le costaba arrastrarse por el suelo y realizar unos esfuerzos que en tan solo dos días provocarían su muerte.

Gesticulando y con una sonrisa en sus labios, el Espíritu de Ramiro nos asegura a Fernando y a mí que no hemos de sentir pena por él y su triste forma de morir. No le supuso nada dejar este mundo, sino todo lo contrario. ¡Por fin, se ponía punto final a su triste vida!

Sin embargo, la muerte no acabó con su sufrimiento. Momentos después de terminar su larga agonía, Ramiro recobró la conciencia. Se sentía bien, no tenía dolores, ni su característica fatiga al respirar; de hecho, no notaba nada de su cuerpo. Le bastó incorporarse y echar un rápido vistazo para comprender: él estaba de pie y su cuerpo yacía en el suelo. Sobraban las explicaciones… estaba muerto. Se había convertido en un difunto cuya Alma seguía dentro del castillo. En principio, lo aceptó; no creía dejar nada en el mundo que le hiciese añorar sus días de vivo. Como fiel devoto de la fe cristiana, consideró que Dios, en su infinita sabiduría, tendría sus razones para hacerle esperar antes de abrirle las puertas de la gloria.

Entretanto, trataría de disfrutar de su nueva condición. Se podía mover libre, sin depender de nadie. Se desplazaba de un lado a otro sin problema, y se animó a probar a explorar nuevos horizontes. Nunca había salido más allá de las murallas y en esta ocasión, de esta manera…, tampoco pudo; le resultaba imposible. Al ir a salir fuera de los límites del castillo, comenzó a sentir un fuerte dolor. Una molestia punzante similar a como si a cada paso un afilado cuchillo se clavara en su pecho. Apoyado sobre una pared, se observó la mano, el brazo, los tobillos; de forma inconcebible, su aura de Alma se teñía de un feo y marcado color negro. No sabía qué ocurría, no podía caminar hacia delante, se veía incapaz de dar el último paso que le sacaba fuera del castillo. De pronto, algo tiró fuertemente de él, arrastrándole por todo el pasillo hasta devolverle de nuevo a este salón en donde, literalmente, le arrojó contra el sillón y a gritos le advertía:

—Si de vivo no fuiste capaz de caminar, tampoco lo harás de muerto. —Yo moveré tu cuerpo, yo seré quien te haga caminar—.

Enseguida reconoció la voz que le habló; sabía muy bien de quién se trataba. Entendió el porqué de tantas visitas al castillo de aquella bruja tan temida por todos. De los cuchicheos entre su padre y ella mientras le miraban disimulando. La razón de que esa bruja le arrancase un mechón de pelo sin previo aviso, se llevara una de sus prendas o le pinchara supuestamente sin querer y a continuación guardase las gotas de su sangre. Se resumía en una palabra: conjuro. Un conjuro un tanto especial, no un encantamiento de esos que te obligan a realizar actos que no quieres hacer. El conjuro diseñado para él no trabajaba la mente, sino el Alma. El Alma de Ramiro quedaría encerrada en el castillo, condenado por un conjuro de magia negra encargado por su propio padre y el motivo… no tardaría en desvelarse.

El castillo se había quedado solo, sin ninguna protección, pero con todos los enseres, objetos personales del conde y, claro está, todos sus tesoros escondidos en él. Resultaba una oportunidad demasiado golosa para la gente humilde de las aldeas y comarcas cercanas.

Aquella misma noche de su muerte, continúa relatando Ramiro, llegaron varios saqueadores. Eran tres hombres dispuestos a llevarse tanto como pudiesen meter en las sacas que traían con ellos. No tardaron nada en empezar la faena, si bien, a opinión de Ramiro, les perdió la falta de cuidado para no generar tanto ruido. Rápidamente, el escándalo llamó su atención y con ello…, ¡llegó la tragedia! Según escuchaba los ruidos, sintió dentro de sí algo raro, comenzó a temblar y un leve mareo nubló su vista hasta hacerle perder el sentido.

Cuando despertó, Ramiro tenía sus manos bañadas en sangre y a sus pies, los cuerpos degollados de los tres saqueadores llegados al castillo. No recordaba nada, tampoco hacía mucha falta, ya que las manchas de sangre en sus manos lo decían todo: ¡los había matado él! El conjuro funcionaba. El aterrador Alma de su padre podía hacerse con la voluntad del Espíritu de Ramiro y manejarlo a su antojo. Asimismo, con estas primeras muertes, el conde hacía valer su juramento. Aquellas palabras dichas poco antes de morir, donde aseguraba que nadie nunca usurparía su castillo, se cumplían.

Por suerte, entre las gentes de la región comenzó a comentarse lo sucedido con los intrusos. El rumor de que el castillo estaba maldito y habitado por la presencia del Espíritu del Conde al servicio del maligno se disparó. Corrió de boca en boca y se extendió tan rápido que ahuyentó a la gente; ya a casi nadie le quedaron ganas de volver a pisarlo. Tan solo, y muy de vez en cuando, el Alma de Ramiro veía por allí a algún grupo de chavales más interesados en contactar con el Fantasma que en arramplar con los objetos de valor. El castillo se mantuvo así desolado y casi en el olvido durante años. Él continuó allí, encerrado, sin poder marcharse. Pasaba los días resignado; al menos, su presencia por esos muros evitaba muertes, gracias en gran medida a sus bromas que pegaban el susto de su vida a los curiosos con ganas de una experiencia sobrenatural.

Sin embargo, todo esto empeoraría cuando el castillo pasó a manos de una importante cadena de hoteles. En cuanto el conde se percató de tanta gente merodeando por su castillo, sin demora quiso arremeter contra ellos. Nunca sabrán cuánto se jugaron la vida estas personas cuando se quedaban solas dibujando planos en una almena, en la muralla o en todo lo alto de la torre del homenaje. Luego vinieron los obreros, las máquinas, los ruidos y golpes y, con ello, Ramiro se vio incapaz de salvaguardar a tantos. Derrotado, el conde volvía a mandar en su cuerpo y en sus actos y pronto dejó claras sus intenciones de acabar con todo eso. A Fernando y a mí nos podría haber hecho mucho daño antes en el pasillo, ¡nadie se libra de él si te agarra! Ya estamos tardando. Debemos poner en marcha una solución para que los operarios de la obra, Fernando y yo, desaparezcamos de su vista lo antes posible.

Cuando el Alma de Ramiro terminó de ponernos al día con los sucesos del castillo, el panorama cambia a peor: las dos puertas del salón, que antes, por supuesto, faltaban, se cierran, golpeando bruscamente contra el marco.

El fuego se aviva con intensidad sin razón aparente. Sus llamas se agitan con violencia como si quisieran saltar de la chimenea y venirse a por nosotros. Las ramas de los árboles golpean contra los restos de las ventanas. Entran y salen de la estancia una y otra vez, acercándose amenazantes, sacudidas por un viento que, enfurecido, empuja hacia donde estamos todo cuanto encuentra esparcido por el suelo. De improviso, siento la mano de Fernando en mi rodilla; quiere que mire al Espíritu de Ramiro: ¡es verdad! ¡No es él! ¡Hay una silueta! Aparece y desaparece de nuestra vista a voluntad de las llamas, la única luz que alumbra el salón. Sentada, se muestra tranquila; no obstante, su presencia aturde a la vez que no puedes dejar de mirarla.

De repente, del interior de la sombra escuchamos una voz ahogada que nerviosa repite: ¡Encerradme! Insistiendo en ello, se levanta de un salto y echa a correr fuera del salón. Nosotros salimos detrás de ella ayudándonos con la linterna. Se mueve con rapidez y cuando más lejos está, se encamina por una escalera de piedra cuyos deteriorados escalones invitan a tener la mejor de las caídas. El último peldaño nos adentra en los sórdidos sótanos del castillo. ¡El olor es insufrible! Estamos en las mazmorras y el agua nos llega a las rodillas. Corremos, tropezamos y resbalamos mientras recorremos un pasillo con celdas a los lados. Un pasillo cerca de acabarse, sin salida y en cuya última celda la silueta no duda en meterse, cerrando ella misma la reja al tiempo que Fernando echa el pestillo.

Ramiro y el conde, el conde y Ramiro están encerrados dentro de una minúscula y lóbrega celda y nosotros apenas podemos respirar. Sencillamente, no sé si a un Espíritu se le puede encerrar o es algo irónico; no tengo ni idea.

El gesto de Ramiro es de agradecer: antes de verse completamente poseído por el Alma de su padre, decidió correr hasta donde sabía que podía encerrarse y mantenernos a Fernando y a mí a salvo de él. Ahora lo siguiente es reconducir a este Espíritu a su dimensión, un objetivo nada fácil. Para ello, primero tendremos que saber la ubicación exacta de la puerta que el conde traspasó cuando, haciendo uso del conjuro de la bruja, regresó de entre los muertos para poseer el Espíritu de su hijo. Necesitamos que el Alma de Ramiro nos diga el punto exacto del castillo en donde sufrió ese mareo, previo a encontrarse manchado de sangre y rodeado de los cadáveres de los saqueadores. Normalmente, cerca de donde ocurre la primera aparición de un Espíritu o la primera posesión, como sucede en este caso, suele haber una de estas puertas.

Levantándonos del suelo donde caímos exhaustos tras la precipitada carrera, Fernando y yo nos acercamos a la reja de la celda. El conde se ha marchado y el aspecto de Ramiro da pena. Sentado en un rincón, con la cabeza agachada, casi sumergido en el agua y su figura brillando de manera tenue, describe su desolado estado de ánimo.

Al llamarle, no responde, pero de todas formas le comentamos la necesidad de que nos conteste a la pregunta de dónde se produjo la primera posesión. Visiblemente débil y abatido, se acerca a la reja. Le preocupa la dificultad de persuadir al conde. Hacerle volver a cruzar la puerta dirección al infierno del cual vino le parece demasiado complicado, por no decir imposible. Él cree que en realidad el Espíritu del conde disfruta generando violencia. Incluso piensa que el estado del castillo o cuánto pueda llegar a pasar con él solo son excusas para tener un motivo, un fundamento lícito allá en el averno para regresar y seguir atormentándole. En su opinión, no lo conseguiremos. Su padre nunca le dejará tranquilo, pues le culpa de todos sus males.

Desanimado ya antes de comenzar nuestra pequeña cruzada, el Alma de Ramiro nos desvela el lugar donde vivió la terrible experiencia de verse poseído: para mayor inri, ocurrió en el interior de la capilla del castillo. En aquel instante, cuando despertó y volvió a ser él, sintió de nuevo la rabia del perdedor, la humillación y su desesperante ineptitud para salir victorioso de algún enfrentamiento. Fracasó frente al conde en vida y, aquel día, sucumbió a sus maléficos planes, siendo ya un Espíritu. En su implacable desventura, ni la propia muerte fue capaz de liberarle de un castigo que ya parecía eterno. Su Alma, antes pura, quedaba manchada, cómplice de unos asesinatos llevados a cabo frente al mismísimo Todopoderoso y cuyas víctimas, esparcidas por el suelo, teñían de rojo sangre el único suelo sagrado de todo el castillo.

Sobrecogidos por las palabras del Alma de Ramiro, Fernando y yo, siguiendo sus indicaciones, nos dirigimos a la capilla. Al llegar a ella, no queda piedra sobre piedra. Está arrasada, destruida por completo y no solamente por culpa del abandono, lo antiguo de los materiales o las inclemencias climáticas. Alguien se empeñó a conciencia en destrozar todo cuanto encontró en ella, como si quisiera no solo borrarla del castillo, sino que nadie fuese capaz de adivinar que, tiempo atrás, entre esos muros existió un rincón dedicado al culto religioso. Impone encontrarte con imágenes con miembros amputados o degollados, reclinatorios partidos por la mitad, un sagrario en el suelo profanado con las miserias personales más íntimas, un cáliz con rastros de saliva, la biblia deshojada o un crucifijo vuelto del revés. Hasta el suelo y el techo parecen arrancados a pedazos.

Superada la primera impresión, nos adentramos por el pasillo central. Entre la entrada de esta capilla y el altar fue donde Ramiro volvió en sí una vez liberado de la posesión. Según avanzamos, a cada poco las ratas parecen plantarnos cara. Aparecen de pronto de entre la oscuridad y, tras encararse, vuelven a ocultarse raudas en la negrura. Allá donde enfoques con la linterna, se ilumina un objeto destrozado.

Llegados a la mitad del pasillo, varias manchas rojizas en las baldosas sugieren haber sido testigos de algo muy desagradable. Son rastros de sangre, señales de alerta a un peligro fatal al cual ya estamos expuestos. De golpe, ¡las linternas tiemblan! Parecen querer escabullirse de nuestras manos, en tanto la percepción del entorno cambia de forma preocupante: el aire se ha vuelto pesado, el fuerte hedor sufrido antes de camino a las mazmorras se abre paso, y el suelo es una base irregular, húmeda y escurridiza. Aunque a duras penas sujetamos las linternas, estas amenazan con apagarse justo cuando unos golpes secos llaman nuestra atención. Sobresaltados, alumbramos hacia todos lados buscando la causa de esos ruidos. Proceden de un confesionario que sobresale de entre todo este caos gracias a su estado: totalmente entero, no muestra ningún signo de destrozo, se libró de la barbarie empleada para destrozar el resto de la capilla.

Desde su interior, desde el habitáculo destinado al sacerdote durante el acto de confesión, surge un sonido familiar: ¡alguien está golpeando la madera con los nudillos! Suena una vez, se detiene, espera unos segundos y vuelve a golpear. La falta de luz nos impide ver qué o quién hay dentro de ese confesionario, pero sin mediar palabra decidimos acercarnos. El ruido no cesa. Se deja oír afín a un metrónomo con ritmo pausado. Los bancos despedazados, la escasa luz y el estado del suelo dificultan llegar a él. Sin embargo, ya no hace falta acercarse más…: ¡dentro del confesionario está el conde! Ramiro ha vuelto a ser poseído y la silueta negra no es otra que la de su padre ocupando el Alma de su hijo. De nada valió dejarlo encerrado.

La presencia del conde hace muy difícil iniciar la búsqueda del portal entre dimensiones. Quizá esa puerta sea el mismo confesionario y de ahí su buen estado. Si lo fuera, estaríamos de suerte; ya tendríamos al conde colocado en el punto exacto para devolverlo al averno. Las puertas a otro espacio-tiempo no existen a raíz de un hecho natural, ni mucho menos humano, ni tampoco se situaron a la vista de todos. Asimismo, conocemos las dificultades de averiguar su ubicación: el encontrar o no estos accesos está condicionado según quién seas, tu tipo de sensibilidad y al uso que vayas a hacer de ellos; al menos, así lo explican en sus libros algunos “versados” en la materia. Por ahora, únicamente vemos al conde; su presencia esconde todo cuanto haya detrás de él. Pero quien sea que abra o mantenga cerrada esa puerta, seguro que a Fernando y a mí ya nos mira. Tantea nuestras intenciones, y en breve decidirá si somos dignos de ver nada más y nada menos cómo, delante de nosotros…, se abre una puerta al infierno.

El Espíritu del conde nos ha leído el pensamiento y, saliendo del confesionario, se acerca. Se aproxima erguido, tranquilo, sabedor de cuánto intimida su presencia. Aun con la falta de luz, se le ve con la misma silueta envuelta en ceniza con la cual se nos apareció la primera vez.

La tensión aumenta, de veras te pone nervioso, genera dudas y no te deja pensar, mientras provoca que tú notes, casi llegues a palpar, cuánto disfruta y saborea el momento. La puerta de la capilla se cierra de golpe. Nos acaba de encerrar y, para mayor angustia, somos nosotros quienes tendríamos que pasar por delante de él en el supuesto de querer huir. Una huida seguramente imposible, más cuando ya prepara la fusta. Amenazante, juega con ella, se prepara para abalanzarse y asestarnos una de sus brutales palizas. Al mismo tiempo, la fusta comienza a brillar en la oscuridad. Lentamente, se ilumina y, desde luego, no a causa de nuestras linternas.

Una luz actúa sobre ella, cubriéndola de una claridad singular, blanca y difusa, distinta a cualquier otra. Es un excepcional efecto luminoso capaz de relajar la tensión y aplacar el miedo con solo mirarlo. ¡Tenía razón! Al avanzar, el Espíritu del conde liberó el fondo del confesionario, y desde allí emerge y discurre despacio una suave corriente luminosa, enigmática, diferente y hermosa que llega a cubrir su mano. Una estela de luz reveladora: el habitáculo del confesionario no termina en una simple madera a modo de pared: esconde algo y, ¡todo apunta a que sea el deseado portal entre dimensiones! ¡Llegó la hora! ¡Vamos a arriesgarnos a emprender nuestra labor! Si no hacemos todo a la perfección, si no bordamos hasta el último pequeño detalle, no habrá una segunda oportunidad.

Ya no queda tiempo; el ritual de invocación debe comenzar, y su primer paso, recitar la oración de exorcismo, urge ser pronunciado. Después, se ha de alzar la invocación a quien tiene la capacidad de arrastrar a todo Espíritu maligno al infierno. Fernando y yo solicitaremos su presencia con la esperanza de que no tarde en venir. Por su gesto, el perverso Alma del conde ya sabe que conocemos la ubicación del portal y viene decidido a por mí. ¡No lo va a poner fácil! La situación no da más y, a la vez que insto a Fernando a imitar mis gestos y repetir mis palabras, recito la oración:

“Exorcizamus te, omnis immundus spiritus.

Omnis satanica potestas, omnis incursio.

Infernalis adversarii, omnis legio.

Omnis congregatio et secta diabolica…”

Hombro con hombro, los ojos cerrados, el sudor resbalando por la cara y la fe totalmente puesta en estas palabras, recitamos por tres veces la oración del exorcismo, como así se estipula en el ritual. Por el contrario, las carcajadas del conde resuenan por toda la capilla. Si bien en efecto se ríe de nosotros, no podemos hacer caso a esas risotadas y a sus constantes burlas. Es cierto que, al escucharlas, la ilusión sufre y debilita la convicción de que con este ritual se pueda ayudar a Ramiro. Fernando y yo seguimos adelante sin rendirnos, pero cuando pasamos a recitar la invocación, el Espíritu del conde, serio y molesto ya, nos genera la sensación de que tardamos una eternidad en pronunciar cada frase.

Con una inquietante habilidad maneja nuestra mente, y la induce a que todas las palabras nos suenen extrañas, ridículas y carentes de sentido. Además, consigue hacernos dudar acerca de esta clase de rituales. La invocación no suena ni similar a la seria ceremonia exigida para obtener el éxito en un rito de esta índole. Sin utilizar el daño físico, el padre de Ramiro nos está hundiendo. Se lo noto a Fernando. Su tono de voz suena cansado, tembloroso y falto de ganas. Carece por completo de ese nivel de esperanza tan necesario cuando te ves en una situación como esta, y decides invocar la ayuda de quienes ya partieron de este mundo.

A pesar de nuestro torpe intento de poner en marcha el ritual que le devolvería al infierno, el Espíritu del conde se muestra cada vez más afectado y esto nos anima. Nos devuelve la ilusión, aun cuando su ira y las ganas de descargarla sobre nosotros se disparan en él.

Con todas sus risas, burlas y estúpidos comentarios, nuestras oraciones y la invocación le habían hecho retroceder hasta cerca del confesionario. Gracias a ello, este engendro del infierno no se decidía a terminar de acercarse. Ahora, fuera de sí, se viene a por nosotros. Frente a frente, levanta la fusta. La silueta de ceniza ha desaparecido, dejando al descubierto el aspecto de un Alma seriamente castigada, supongo que a causa de los horrores del averno. ¡Esta vez nos va a pegar! Por puro instinto, aumentamos el ritmo de la invocación, cumplimentando una tras otra todas las repeticiones que exige su protocolo. ¡Funciona!, por mucho que intenta golpearnos con la fusta, ¡no puede! Cuando llega cerca de nuestras cabezas, algo la impide golpearnos.

El no poder fustigarnos, como quisiera, desata la ira del Espíritu del conde. Está fuera de sí. Nos maldice e insulta con una batería de maldiciones e improperios, a cual más hiriente que el anterior. Furioso, su aspecto cambia: ¡se le pueden distinguir sus antiguos huesos en la cara y manos! ¡Es una visión atroz! La carne podrida avanza por ellos, cubriendo sus dedos empeñados en agarrar mi cuello. Este engendro de Satanás está recuperando la misma estampa de un cadáver putrefacto; intenta forzarnos por todos los medios a parar la invocación. Agarrando el brazo de Fernando, le animo a seguir con el ritual sin levantar la mirada del suelo.

Pronunciar sus estrofas nos mantiene a salvo. Recitando el exorcismo y sus oraciones de invocación, hemos llevado al Alma del padre de Ramiro a un estado de cólera aterrador, y toda esa rabia, en cuanto pueda, la descargará fustigándonos sin piedad. Sin embargo, el ritual se acaba. Apenas nos quedan un par de repeticiones y habremos concluido. Por lo pronto, no hay otra solución que continuar con ello, de acuerdo, ¿y luego? ¿Cuándo lo terminamos? ¡Este tipo de rituales no se pueden repetir en el mismo día!, ¿y entonces? ¿Quién o qué detendrá al conde?

Preocupado, comenzamos la última repetición del ritual. Una repetición que a lo sumo durará diez minutos; un breve espacio de tiempo que, una vez consumido, nos dejará a merced de este monstruo. Tampoco podemos ir más despacio: ralentizar la invocación supone conceder al Espíritu del conde la opción de acortar distancias. ¡Es increíble! ¡También él se ha dado cuenta de que el final del ritual está cerca! ¡Le basta con un poco de paciencia y nos tendrá en sus manos! Mostrándose a la espera, cruza los brazos mientras deja ver una espantosa sonrisa. Gira la cabeza y mira hacia otro lado, tratando de disimular su ansiedad porque concluyamos las oraciones. Nervioso, zapatea el suelo como si nuestras palabras tuviesen un ritmo que siguiera con el pie. Con un matiz irónico, al final de cada frase que terminamos, menciona un número, en una siniestra cuenta atrás narrada con un sonoro y sarcástico grito.

Por cierto, ¡tan solo resta recitar cuatro de las estrofas y la invocación estará completada!

El ritual se acaba y nadie aparece en nuestra ayuda. Fernando mira hacia todos lados. Al igual que yo, nervioso, nota la preocupante falta de resultados. No llego a entenderlo; en otras ocasiones nunca me falló, calmó al Espíritu de tal modo que pudimos hablar y encontrar la mejor solución para todos. Solo quedan recitar tres estrofas del ritual.

El Espíritu del conde no oculta su entusiasmo. Es consciente de que nuestra relativa tranquilidad se diluye y, con tono serio, comenta su duda sobre cuál será el mejor lado de la fusta para azotar a este tipo de basura; con eso del tipo de basura se refiere a nosotros. Furioso, los dientes apretados y visiblemente deseoso de azotarnos, agita la fusta de un lado a otro y su sonido… pone el vello de punta y más y cuando… ya son únicamente dos estrofas las que faltan para finalizar el ritual. Quiere avanzar, reducir la distancia que las oraciones le hicieron retroceder. Dubitativo, arrastra los pies por el suelo. A cada nuevo paso, prueba a ver si nuestras palabras siguen causándole daño. ¡Se acerca y en breve volverá a estar muy cerca!

Una estrofa y el ritual concluye. Esto termina. Algo hemos hecho mal, y no creo que la luz surgida del confesionario sujete mucho más la mano del Espíritu del conde. ¡Qué va, para nada la sujeta! La fusta se mueve de arriba abajo y de abajo arriba, unas veces a toda prisa, otras despacio y en todas infundiendo todo el pánico posible. Ya llega a rozarnos y, ¡Dios…! ¡Acaba de golpear a Fernando! ¡El malvado Espíritu está fuera de sí! ¡Está como loco y le vuelve a fustigar!

Sus carcajadas denotan cuánto disfruta pegando a Fernando sin compasión, en tanto este intenta protegerse con el rostro desencajado, espantado de miedo y dolor. A la desesperada, trato de sujetar la fusta y solo tocar la mano del Alma del conde hace sangrar la mía.

Enfurecido, suelta un severo manotazo contra mi cara. ¡La fusta viene hacia mí! Deprisa pongo mis brazos por medio esperando el impacto, pero no llega, no llega, no lo siento, el golpe no termina de llegar nunca y, ahora, escucho un grito de queja. Su voz se ahoga. Aun así, yo prefiero esperar inmóvil, sin dejarle un hueco por donde pueda golpear mi cabeza. De repente, veo la fusta caer al suelo y, por instinto, levanto la mirada. ¡No puedo creerlo! ¡Tiene una cadena enrollada al cuello! Una cadena de eslabones gruesos y desgastados que, a modo de grillete, le tiene totalmente atrapado. En medio del esfuerzo por liberarse, surgen dos manos de alguien distinto por detrás del conde. Dos manos huesudas, de dedos largos y arrugados, llenas de heridas, moratones y, juraría que hasta quemaduras. Sin embargo, son lo bastante fuertes para arrastrar y, con una increíble facilidad, alejar el Espíritu del conde de nosotros. De pronto, vemos a quién pertenecen esas manos… ¡Es el Alma de una mujer! ¡Ya sé! Es… ella. No hay duda, es tal cual se la describe y con su presencia aquí, Ramiro, Fernando y yo…, ¡estamos salvados!

Ciertamente, ella es un Ente bueno con aspecto dantesco. Cualquiera echaría a correr al verla, con toda la razón del mundo. Es una presencia que atemoriza y enternece solo con mirarla, de cuyo pasado podría escribirse el mejor de los relatos.

Es un Espíritu con quien todos los que nos dedicamos a esta clase de batallas de semejante manera soñamos con encontrarnos alguna vez. Fantaseamos con escuchar de sus labios la verdad de lo que de ella se dijo, su explicación y su porqué, pues ella no es otra que Celestina, más conocida como “La Ánima Sola”; el Alma de la mujer que le negó a Cristo ya en la cruz un sorbo de agua.

Aun perteneciendo por entonces a la institución de “Las mujeres piadosas de Jerusalén”, y cuyo oficio era el de asistir a todos los mortificados con un poquito de agua que en algo aplacara su agonía, Celestina se vio incapaz de darle de beber al mismísimo Jesucristo. Se la ofreció a Dimas, a Gestas y a todo el resto de condenados aquel Viernes Santo. Pero se la negó a Él, según se dice, por miedo a las represalias de quienes crucificaron al Rey de los Judíos. Desde aquella noche, su Alma fue condenada a sufrir en absoluta soledad un castigo eterno, y, desde entonces, Celestina purga el error, rodeada por el furor de las llamas. De ahí su aspecto, de ahí sus quemaduras y de las heridas y moratones que, al parecer, ella misma se inflige por lo cobarde de su acto.

Hoy, meses después de aquella historia con Ramiro y Fernando, yo me pregunto cuántos de nosotros, intimidados por la presencia de todos los enemigos que Jesús se forjó, y en el momento de decidir si ofrecerle agua o no, ahí, en ese lugar, en esa época, rodeado de tantos detractores, hubiésemos actuado tal y como lo hizo Celestina. En mi opinión, seríamos millones. El mismo miedo que ella sintió, también nos empujaría a negar ese sorbo de agua. Viendo la expresión de su cara, te hace entender cómo se siente. Su gesto, su mirada perdida y sus tristes pasos lo dicen todo; sobran las palabras. Quizás, al saberse reconocida, espera resignada escuchar de nuestras bocas cualquier barbaridad. Debe de ser horrible sufrir esa pena. Por mucho que una condena perpetua a vagar en total soledad pueda parecer un castigo severo, no puede ser tan dura como el hecho de soportar el tormento de tu propia conciencia eternamente.

Esta historia acaba aquí. Al final, mi supuesta estrategia para que todos pudieran convivir en el castillo sin molestarse, ni tan siquiera pude ponerla en práctica. (Fíjense cuánto de imprescindibles somos los vivos a la hora de resolver temas de esta índole…) El Ánima Sola se bastó para arrastrar en segundos al Espíritu del conde allá, a donde le corresponda estar. A Ramiro solo le vimos un momento más. Apareció envuelto en una luz rosada, brillante y muy hermosa, sobre el mismo sillón donde hablamos con él. Luego, esa misma luz, tras elevarse y realizar un movimiento semejante a una simpática reverencia, salió por uno de los ventanales hasta perderse en el horizonte, dejando en el sillón la maldita fusta.

Celestina es una de las Ánimas a quien recurrir cuando el mal, con alguna de sus innumerables artimañas, nos ataca y nos tienta. Desde la finalización de este caso, Fernando y yo pasamos a ser de esas personas con la experiencia para afirmar que, en ella, en La Ánima Sola se puede confiar; nunca falla y siempre llega. Puede ser que tarde o no, pero con toda seguridad aparecerá cuando se requiera su presencia, llegará a tiempo y sin acobardarse, te librará de cualquier asedio del maligno. Este relato termina aquí porque considero que todo hecho suyo merece ser contado y escrito aparte, sin mezclarlo con otra aventura. Por descontado, conocerán cómo fue el final del Espíritu del conde en el castillo; tendrá su relato con sus respectivos detalles y todo lo que aconteció, pero eso será en otra ocasión y al igual que siempre…, en una nueva historia de Fantasmas.

**SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO EN LA PROPIEDAD INTELECTUAL, NÚMERO: M-008959/2023.