Cuenta la leyenda que, allá por el año mil cuatrocientos y poco, el sultán de Granada, Muhammad séptimo, mantenía casi en cautividad a sus tres hijas. Trillizas de nacimiento, apenas tendrían unas horas de vida cuando, obedeciendo órdenes del sultán, estas fueron conducidas rápidamente tras los muros de una fortaleza. En esa misma noche de su nacimiento, asustado por el funesto destino augurado por los astrólogos de la corte para las recién nacidas, su padre estableció mantenerlas a salvo de tan inquietante ventura. Las niñas serían recluidas de inmediato en una tranquila fortaleza situada a orillas del mar. Un encierro del cual apenas un reducido número de personas de confianza tendrían conocimiento. Apartadas del mundo, las tres vivirían en esa cárcel de oro, lejos de todo riesgo y ajenas al mal presagio vaticinado para ellas.
Pero el tiempo pasó y como siempre, inflexibles en su camino, los años vinieron a transcurrir mucho más deprisa de lo deseado por el sultán y aquellas chiquillas, que felices correteaban por los patios y jardines de la alcazaba, se convirtieron en tres hermosas princesas. Además, al mismo tiempo, la curiosidad por descubrir lo que existía detrás de aquellos muros creció como un gran deseo en sus mentes; quedaban en vano todos los esfuerzos que se hicieron por anular en ellas cualquier ápice de interés por el mundo. Deseosas por descubrir y sentir nuevas sensaciones, sería antojo de ese idéntico destino suyo que las tres princesas, en el mismo día y en el mismo instante, fuesen sorprendidas por ese indómito sentimiento llamado amor. En este momento, la triste leyenda de Zorahayda, la menor de las trillizas del sultán de Granada, comenzaba.
Durante los años de la reconquista, el sultán se vio obligado a convertir parte de esa fortaleza en una cárcel donde retener a los prisioneros cristianos. Se cuenta que sus muros formaron el presidio más inexpugnable y cruel de todo el reino Nazarí. Un lugar infernal al cual una madrugada, tras una sangrienta batalla en la que cayeron derrotados, llegaron a la fortaleza medio centenar de soldados presos del ejército musulmán. Cincuenta cruzados, entre los que se encontraban tres aguerridos guerreros; tres caballeros cristianos de edad similar a las hijas del sultán. La fortuna, o quizás el infortunio en el caso de Zorahayda, campearía a sus anchas por los patios de la alcazaba, provocando que cruzados y princesas coincidieran una tarde. Bastó un segundo, un cruce de miradas para que Cupido desempeñara con éxito su papel, a placer y sin ningún tipo de miramiento. Luego de ese momento, los tres caballeros ya no solo eran prisioneros de la guardia del sultán. A partir de entonces, y como si de un mágico hechizo de amor se tratara, también quedaron presos de esos ojos negros que, igual que dos luceros de azabache, brillaban en el casi oculto rostro de las tres princesas. Sin embargo, no solamente fueron ellos quienes habían quedado prendidos del embrujo de aquellas miradas. Cuentan las voces que aún recuerdan esta leyenda, que las tres muchachas aquella noche compartieron el mismo sueño, variando únicamente el enamorado que en él las acompañaba.
Escudados tras un complejo código diseñado a base de flores y miradas, las tres parejas, a escondidas y siempre en alerta, comenzaron a disfrutar durante unos minutos de su amor. Unos escasos minutos cada dos o tres días que enseguida supo a poco. Pasado apenas un mes, la rabia por no poder estar más tiempo juntos acabó por desembocar en una auténtica locura; una noche, cruzados y princesas se fugarían de la fortaleza. Entre los seis habían ideado un arriesgado plan de fuga, apoyado en las ayudas que desde su posición podían ejercer las hijas del sultán. Un elaborado plan, necesitado de casualidades y fortuna, cuyo fin consistía en huir hasta tierras cristianas donde ellas, abrazando la fe católica, tomarían a los caballeros como maridos. Pero el plan estaba falto de tratar un punto importante: ninguno de ellos se planteó ni por asomo las consecuencias que sufrirían si dicha confabulación fracasaba.
Sin darse la opción de valorar con tranquilidad semejante aventura cargada de riesgos, llegó la noche elegida para la huida. De momento, todo sucedía según lo planeado, y unos minutos después, fugados de los calabozos y sobre unas monturas robadas al mismo sultán, los cristianos ansiosos esperaban a sus princesas. Pero el inoportuno ruido de un ánfora golpeada por Zorahayda, en el instante de cruzar la última sala que las separaba de su nueva vida, alertó a la guardia de la torre vieja. El desconcierto y el miedo a saberse descubiertas engendró dudas, una fuerte incertidumbre cuando apenas disponían de un instante para decidir si abandonar su plan o seguir adelante. Las esperaba el repudio y la ejecución en caso de ser capturadas, lo sabían muy bien, pero, aun así, las hermanas mayores no dudaron y huyeron a brazos de sus amados. Nerviosos y tras un breve tiempo de espera, los cinco jóvenes raudos abandonaron la fortaleza, dirección a nunca nadie supo dónde. Alguien dijo haber visto a uno de los jinetes emprender la huida, llorando desolado, sin apenas fuerzas para fustigar a su caballo.
La más pequeña de las princesas, Zorahayda, nunca salió a aquel patio donde hermanas y cruzados inquietos la esperaban. Lo intentó, ¡claro que lo intentó! Quiso correr como ellas, pero no pudo, pues sus pies no obedecían a sus órdenes y la condujeron a su cuarto incapaz de huir. Desde niñas, ella fue siempre la más asustadiza de las tres y en esta ocasión, otra vez, su miedo se alzó vencedor echando de nuevo por tierra otro anhelo suyo. ¡Otra ilusión que moría antes de empezar por culpa de sus malditos temores! Sin embargo, en esta ocasión las consecuencias del fracaso eran mucho peores, nada más y nada menos que dejaba su vida al filo de la espada. Hundida, lloraba rota de dolor. Sabía que desistió y volvió al amparo de su aposento cuando debía haber corrido y se maldecía por ello. Arrodillada en el suelo, suplicó a su Dios que nadie la hubiese visto durante el intento de fuga. Si no era así, la ejecutarían, aunque ya, la verdad, ¿de qué la servía vivir? Sus esperanzas de verse libre del yugo del sultán y todas sus ilusiones de futuro se marcharon sin ella esa noche, mientras Zorahayda, entre sollozos, veía cómo se alejaban a lomos de un caballo cuyo jinete no era otro que el amor de su vida. Estaba sola, sin hermanas, sin su amor, sin nada. Sería la única de los seis que pagaría por la huida de sus hermanas y los tres cruzados.
Castigada, humillada y repudiada por su padre, Zorahayda pasó los siguientes años de su vida recluida dentro de un minúsculo calabozo situado en la atalaya. La tristeza, la soledad y el desconsuelo serían por entonces su única compañía. Sin duda, lo peor era la penosa condena impuesta para ella: jamás volvería a ver la luz del sol. Solo se la permitía salir de su pequeño presidio de noche, cuando la oscuridad desplazaba por completo a la claridad del día. Pero Zorahayda, ajena a todo este tormento, de veras se sentía morir cuando momentos antes de volver a ser encerrada, veía despuntar el primer rayo de sol. Para nada le dolía el hecho de que la dejasen confinada en esa oscura cárcel privada de luz, la atormentaba el hecho de volver a ella, una madrugada más, sin haber visto señal alguna de su amado. Todos esos ratos de alivio fuera de su calabozo, los pasaba esperanzada con que el repentino alumbrar de una antorcha le anunciara su regreso. Ella aún le esperaba. Todas esas noches, deambulando por la muralla como un alma en pena, las pasó esperanzada por verle venir a su rescate. Zorahayda vivió sola desde aquella funesta noche de la huida. Ni tan siquiera su padre, el sultán, ni ninguno de aquellos con los que convivió en la fortaleza subió alguna vez a la torre a verla. Tampoco de los labios de ella nunca más se oyó una palabra, ni una súplica, ni un lamento. Pero eso sí, Zorahayda jamás perdió la ilusión de que ese tan deseado reencuentro sucediera alguna vez. Así fueron los días de esta princesa repudiada hasta ese último amanecer, donde la muerte, quizás conmovida por tanta tristeza, decidió liberarla de todo ese dolor. Sin embargo, todavía hay quien piensa que Zorahayda, no conforme con su muerte, debió de rebatir tal decisión y enfrentándose con rabia a ella, consiguió que apenas fuese su afligido cuerpo lo que la muerte se llevara. Su angustiada alma se quedó en la fortaleza.
No son pocos, aunque sí cueste encontrarlos, quienes hoy en día afirman haber coincidido en el mismo sendero con una extraña mujer. Supongo que basta conocer algo de esta historia para imaginar el porqué todos ellos sean hombres. Al preguntarles por separado acerca de este extraordinario encuentro, sus relatos se asemejaban en los detalles más importantes; unos y otros coincidían en esos pormenores que tanto ayudan a esclarecer la veracidad de estos supuestos misterios. Cada uno describió su particular encuentro partiendo del momento cuando, por una u otra razón, alguna rara jugada del destino les puso en el sendero que conduce a las antiguas ruinas de la fortaleza. Salir en busca de un coche recién averiado con el fin de arreglarlo, hacer ejercicio antes de ir a trabajar, un amanecer idóneo para realizar la fotografía perfecta, un día de descanso ideal para navegar, o un simple paseo para olvidar el insomnio, el caso es que todos tenían una razón creíble que daba sentido a su presencia en el sendero a esas horas de la madrugada. Después, cuando sus pasos avanzaban por ese camino de arena, estos hombres aseguran que sientes cómo alguien te observa… No molesta, no asusta, casi se diría que hasta esa sensación resulta agradable. Luego, según dejas a un lado las murallas de la fortaleza, esa sensación crece, se hace más fuerte a la vez que todos los sonidos enmudecen a tu alrededor. De repente, no se escucha nada. No se oye el mar, ni los pájaros, nada, ningún ruido. Todo quedó en silencio en cuanto notas como alguien viene hacia ti. Tú te giras rápido para verlo…, y no hay nadie. Resignado, vuelves a caminar, y vuelves a sentirlo. ¡Ya está casi a tu lado! Camina contigo, aunque tú te sigues viendo solo cuando, ¡de pronto! Vuelves a escuchar. No es un sonido normal, es algo parecido a un eco extraño. Al principio suena leve, casi inapreciable, pero poco a poco sube de volumen. Es muy distinto a cualquier otro ruido peculiar de la zona. Es un gemido, un lamento suave que parece surgir de todos lados y que te obliga a detenerte de nuevo por simple humanidad. Dirías que es una mujer. No tienes miedo, ¡por qué no da miedo! Pero sí, temes que cerca de ti, a escasos metros y en el desamparo del lugar, una mujer necesite ayuda y tú…, ni tan siquiera la ves. Es en ese justo momento, cuando te giras por segunda vez, cuando de nuevo compruebas que estás solo y vas a retomar el paso, cuando Zorahayda se presenta frente a ti.
La extraña sensación y el inquietante eco, ¡acaban de tomar forma de mujer! Enseguida te das cuenta de que a pesar de ese aspecto no es persona, pese a mostrarse con figura humana no lo es. Sin embargo, por alguna curiosa razón sabes que no quiere hacerte daño, todo lo contrario, tú hasta crees adivinar en ella cierto gesto de alegría. Es una aparición. La aparición de un espíritu que impasible enfrente tuya, no deja de mirarte quieta, inmóvil. Únicamente son los pliegues de su saya blanca y su larga melena negra, las que vienen y van mecidas por una corriente de aire frío capaz de poner el vello de punta. No habla, no se mueve, se toma su tiempo y cuando parece que nada más va a pasar, la mujer o lo que quiera Dios que sea, se acerca despacio. Según se aproxima, distingues como un finísimo velo oculta la mayoría de su rostro. Solamente puedes ver, sentir y casi palpar la mirada fría y penetrante de esos ojos negros que, clavados en los tuyos, brillan y se humedecen rebosantes de felicidad. De repente, cuando ya tienes a ese Espíritu a un palmo, la mirada cambia. La alegría de esos ojos se viene abajo. Ahora es un mirar de decepción, de tremenda tristeza, de resignación absoluta y algunos dicen que bien parece una mirada suplicante de compasión. Un leve susurro de su boca rompe el silencio del momento, añadiendo aún más dolor a la escena; porque es dolor, puro dolor, lo que se siente cuando ves a esa mirada tan feliz derrumbarse. Todos los que se encontraron con Zorahayda, tienen una cosa en común: nunca sintieron tanta pena como cuando te das cuenta de que no es a ti a quien ese Espíritu espera. Luego ella, cabizbaja, sollozante y rendida a la evidencia, pasa por tu lado alejándose despacio. La gélida estela que arrastra tras de sí, bien parece fuese la propia muerte deseosa de recoger el Alma que antaño no pudo llevarse. Una vez ya tienes a Zorahayda a tu espalda, es cuando escuchas su voz. Una voz desgarradora capaz de estremecer desde la primera palabra. Un hablar colmado de angustia. Un lúgubre susurro que dirigido a quien corresponda se alza semejante a una súplica repitiendo, ¡vuelve pronto, por favor, vuelve pronto! Todos estos testigos que dan fe de la existencia del Espíritu de Zorahayda en la zona, aseguran que regresan al sendero muy a menudo. Les gusta pasear por allí, sin prisas, en total soledad, con la mirada puesta en la fortaleza y expectantes de cuanto ocurre a su alrededor. Además, reconocen que durante estos paseos la nombran, la llaman y le hablan mentalmente; pues nada les encantaría más que tener un nuevo encuentro con el Espíritu de la muchacha. Hay quien incluso ha convertido este paseo en una rutina diaria, quizás empujado por la necesidad personal de revivir el momento. Todos ellos coinciden en que a raíz de la inolvidable experiencia surge un sentimiento de afinidad con ella, un bonito deseo de volverla a ver imposible de olvidar. Cuando estos hombres recuerdan y relatan aquel primer encuentro, notas un cierto sentimiento de culpa aflorar en ellos. Se lamentan porque en esa oportunidad, llevados por lo impresionante de la aparición, no pudieron reaccionar de una forma mejor. Ahora, conmovidos por tanta ternura, y contrarios a los aterradores, equivocados y ficticios relatos que se cuentan acerca de las apariciones de Espíritus, quisieran, además de volver a coincidir de nuevo con ella, realizar ese algo más que consideran les faltó en esa primera vez. Ninguno sabe cuál será la mejor manera de ayudarla, ni tan siquiera si será posible hacerlo, pero en el ánimo de todos está todavía que aquel encuentro con Zorahayda no termine de aquella manera tan fría.
Sin embargo, parece ser que cuando ya te ha visto una vez, Zorahayda no vuelve a salir en tu búsqueda, pues ya sabe que no eres tú ese a quien ella espera. Su Alma continúa allí, deambulando por un sendero donde se aparece con toda la facilidad del mundo. Durante nuestra visita a esta pequeña pedanía andaluza, ni mi amigo ni yo encontramos a nadie que negase el misterio de Zorahayda. Los relatos de la gente sonaban tan reales y tan bien detallados que acabaron por despertarnos la curiosidad. Suscitaron tanto nuestro interés que las dos tardes siguientes, a última hora del día, ambos nos adentrábamos en el misterioso sendero. Cómo no podía ser de otra manera, también la vimos. La vimos los dos. Uno antes y otro después y cuando por alguna circunstancia no caminábamos juntos. Según afirman los aldeanos, Zorahayda únicamente se te aparece cuando caminas solo. Ya habrás supuesto que tampoco éramos ninguno de nosotros, la persona con quien ella tanto desea reencontrarse. Pese a ello, mi experiencia al final del encuentro la consideré algo increíble. Increíble por un motivo a todas luces excepcional: tras el impacto de verla, y cuando ya pasaba a mi lado con la intención de alejarse y supongo que desaparecer, el Espíritu cambió palabras de su habitual despedida. Sabemos por quienes alguna vez la vieron, que siempre susurra un par de frases antes de marcharse. Nunca hasta ahora había cambiado ninguna palabra de esa despedida. En los anteriores encuentros los testigos de esta aparición escucharon lo mismo, el usual “¡vuelve pronto, por favor, vuelve pronto!” Hasta mi amigo también escuchó esas mismas palabras, no cambió ni una letra. Sin embargo, cuando Zorahayda pasó a mi lado, cuando esa estela tan fría que arrastra con ella me atravesó, lo que yo escuché fue algo distinto, algo como: “¡tú que puedes verle, dile que vuelva pronto, por favor, que vuelva pronto!” Había añadido ese “tú que puedes verle, dile.” El Alma de Zorahayda me acababa de decir algo más que al resto. ¿Por qué? ¿Fue un simple cambio sin ninguna intención o el añadir estas nuevas palabras encerraba algún otro propósito?
Han pasado ya algunas semanas desde aquel encuentro con Zorahayda. A decir verdad, lo único que he conseguido hasta ahora es acrecentar las dudas. En un principio me resultaba difícil creer que aquellas palabras de “tú que puedes verle, dile”, se pudieran referir a que, hoy en día, yo conociese a la persona que ella tanto espera. Más tarde, me surgió la duda. ¿Realmente es posible que el Alma de aquel joven guerrero del cual ella se enamoró, consiguiera reencarnar en el cuerpo de alguien de nuestro tiempo y ahora mismo viva cercano a mí? Sería increíble. Si esto es así y de veras ocurre, no puedo más que animar a la gente a visitar la pedanía al menos una vez. Alentarlos a conocer el lugar, a caminar por sus calles, a deleitarse con sus hermosos paisajes y entonces, si aceptan el reto de vivir un encuentro con Zorahayda, invitarles a recorrer el sendero que parte de la última casa de la aldea y bordeando el mar, desemboca en las ruinas de la fortaleza. Les aconsejaría llevar de antemano unas palabras preparadas y si acaso se les ocurre…, algo para ayudarla. Solo gozarán de una oportunidad. Únicamente en esa ocasión podrán maravillarse con la presencia del Espíritu de una princesa de la Granada del siglo XIV, y solamente en ese momento podrán librarse del cargo de conciencia que supone no reaccionar y ofrecerla, por lo menos, un ratito de compañía que la haga olvidar tanta soledad.
Me gustaría hacer una cosa. Quisiera preguntarte a ti. Sí, a ti. A ti que ahora mismo me estás leyendo o me escuchas. ¿Tú también piensas que con las palabras dichas por Zorahayda en su despedida, quiso avisarme de que en la actualidad existe una persona cercana a mí que porta la misma Alma de su amado? Puede sonar a cosa de locos, pero, ¿no te resulta emocionante? Espera un segundo, date un respiro y por un momento imagínate en el sendero. Piensa qué sentirías tú si mientras caminas tranquilo por él, de repente oyes una voz a lo lejos. Te detienes, miras, y ves que es ella. ¡Es Zorahayda quien te llama y viene corriendo hacia ti! Se acerca deprisa y tú, sin ser dueño de tus palabras ni de tus actos, de pronto la contestas y también corres hacia ella. Has contestado no porque quieras, sino porque tu corazón te obligaba a ello, y te obliga por un simple hecho…, ¡tú la recuerdas! ¡Claro que la recuerdas! Tú sabes muy bien quién es, que era para ti y los planes que tuviste con ella. Lo sabes porque, sencillamente, tú que ahora me lees o me escuchas, la conociste. Tú eres quien, dentro de ti, escondidos en algún rincón de tu mente, guardas todos los registros de un tiempo anterior. Aquellos recuerdos de una vida pasada en la cual fuiste un cruzado derrotado, hecho preso y encerrado en una fortaleza a orillas del mar. En una fortaleza donde encontraste el amor de una mujer que todavía hoy, setecientos años después, todavía te espera. Si esto fuese así y tú fueses él, perdona mi atrevimiento, ¿qué harías? ¿Renunciarías a esta vida, marcharías de este mundo y te irías siete siglos atrás? ¿Volverías a aquella fatídica noche con el fin de huir con ella, tus compañeros y sus hermanas?
Permíteme un último comentario, si Zorahayda quiso que yo le dijera a su amado que regresara, es porque ella sabe que tú y yo nos conocemos. Ahora, lo sabemos los dos. Tú, aquel cruzado que la prometiste escapar juntos, estás aquí, cerca de mí, viviendo mi mismo tiempo y mis mismos días. Puede ser hasta que hayamos tomado un café o una cerveza esta misma mañana. Quizás comamos juntos hoy o hayamos quedado para comentar un tema de Fantasmas; ¡igual vamos juntos a resolverlo! Zorahayda sabía que me ibas a oír decirlo o lo leerías en uno de mis relatos, te lo repito por si acaso, ¡ella te sigue esperando! A mí no me queda ninguna duda. ¿Entonces? Si estás leyendo esto o lo estás escuchando, ¿no crees que ya es hora de dirigirte al sendero?
** SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO: M-008112/2023