MANUEL Y EL ASESINO DE D. JUAN

Tres y media de la madrugada del primer día del mes de abril. El cumpleaños de Juan, un amigo de toda la vida, se ha alargado más de la cuenta. Lo que en un principio iban a ser solo un par de copas después de la cena, acabó en cuatro horas de alegre tertulia, bromas y recuerdos, amenizados con varias botellas de cava, sidra y un ron de no sé de cuántos años… qué…, ¡jolines con el ron! Ahora, recorriendo la calle Mayor, puro centro de Madrid, se palpa la soledad de una noche de lunes a martes. Un Lunes de Pascua que pone fin por este año al revuelo ocasionado por las celebraciones de la Semana Santa. Apenas hay nadie, ni tan siquiera turistas y, para no perder la costumbre, tampoco encuentro un taxi. Pese a sentir frío, este ya resulta más llevadero; es primavera y el mercurio tiende a subir en los termómetros.

No tengo ninguna prisa, pues nadie me espera y, por suerte, tampoco he de madrugar. Aun así, a mí esto de no haber llegado a casa todavía no me agrada mucho, aunque también es cierto que la noche dota a estas calles de un cautivador halo de misterio para quienes gustamos de estos temas.

Al menos este paseo despeja la cabeza y ofrece la posibilidad de descubrir detalles ignorados y ocultos entre las prisas y la multitud que a diario transita por aquí. Cosas como las placas conmemorativas colgadas en las paredes de ciertos edificios. Algunas de ellas evocan sucesos ocurridos en antaño, que ya apenas recordaba o desconocía por completo.

Un poco antes de acabar esta calle Mayor, algo llama mi atención. Sentado sobre un taburete de madera, con la espalda apoyada en la pared y la mirada puesta en mí, acaba de hacerse visible la figura de un hombre. Hace un instante no se apreciaba nada en ese espacio de la acera situado entre dos farolas. Sin embargo, ahora, una extraña claridad ilumina la figura del hombre.

El intercambio de miradas se interrumpe. Él continúa sentado en el taburete, pero ahora contempla con atención un reloj de bolsillo. Se le ve inquieto, denota el nerviosismo de estar esperando a alguien que se debe de estar retrasando. ¡Es un Espíritu! Un rápido movimiento de su mano le delata. Lo confirman las repetidas y rápidas imágenes que aparecen de esa mano al desplazarse hacia el bolsillo de su americana.

Ante esta circunstancia, toda precaución es poca y, pendiente de su reacción, recupero el paso. Mi instinto sugiere actuar como en esas otras ocasiones, cuando también me vi frente a un Alma: tragar saliva, sujetar el miedo y dejar que sea él quien cuente el motivo de su presencia. Por otro lado, la conciencia propone un cambio de intenciones y una ligera carrerita hasta casa, propuesta que descarto al seguir acercándome.

El Espíritu se pone en pie al acercarme. Sin duda, en sus días de vivo debió de ser un hombre grande. Es alto, de vestimenta elegante, constitución fuerte y abundante cabello canoso y gris. Resalta su bigote, ancho y unido a una barba poblada y larga que termina justo debajo de las comisuras de los labios; por su apariencia, un adinerado caballero. Sus ojos, por el contrario, son pequeños, marrones, de mirar triste y apagado; la mirada de una vida extinta que a todas luces exhibe cuánto añora el pasado.

Toda esa gran fachada, toda esa seguridad que en un primer momento transmite, poco a poco se derrumba según consigo aguantarle la mirada. Muestra una fragilidad que denota resignación. Es consciente de su nuevo estado, de su nueva condición de Ánima y, ahora, sin atreverse a pedirlo, espera que yo me quede un ratito con él. No necesita decir nada, se lo notas solo con mirarle. No imagino cuál será la causa, el motivo que todavía retiene a esta Alma anclada en este mundo, pero por su aspecto, dudo mucho que su intención sea la de causar daño.

Esta vez me voy a inclinar por ser yo el primero en decir algo, aunque resulta difícil articular palabra. Cuesta hacer desaparecer el miedo en una situación así. La actitud del Espíritu, sentado y en completo silencio, aclara poco o nada cuál puede ser su reacción. A duras penas, un hilo de voz sale de mi boca, preguntándole a quién espera a estas horas de la noche.

Aprecio un leve esbozo de alegría en su rostro y con ello, unas ganas imparables de hablar surgen al compás de una voz grave, aguerrida y firme.

Las palabras del Espíritu son tan pronto alegres testimonios como, al instante, pasan a ser airados improperios en contra de personas a las cuales nombra por su apellido. Nervioso, se pone en pie y va y viene por la acera, mientras hace mención de un hecho que de seguro ocurrirá en pocos minutos. Asegura que esta noche es una noche grande, pues ningún otro periodista, ni policía, ni detective, llegó a descubrir nunca lo que aquí se va a revelar: dentro de pocos minutos, el mundo conocerá de quién partió la orden de llevar a cabo uno de los más famosos asesinatos cometidos en Madrid.

Tal entusiasmo y emoción desembocan en una risa a carcajadas, difícil de soportar; retumba tan fuerte dentro de mi cabeza que me obliga a pedirle un momento de atención. Por suerte, me concede la oportunidad de hablar, que aprovecho para, si es posible, saber más sobre eso que asegura sucederá esta misma noche.

Tras mirarme sin decir nada durante unos interminables segundos, un simple —“de acuerdo” — frena su exaltado ánimo.

Sentado de nuevo en el taburete, el Espíritu asegura llamarse Manuel. Es, o mejor sería decir, fue… marqués, senador y dramaturgo, además de fundador y director de un periódico de tirada nacional, cuya redacción se encuentra subiendo una calle cercana. Un periódico venido a menos a causa de la aparición en escena de otros diarios de temática similar. Por eso está tan contento, porque toda esa pérdida de lectores acabará hoy y, según Manuel, en pocos días su periódico volverá a ser el primer diario nacional. Pronto sacarán a la calle una edición que causará furor, pues nada más y nada menos que en ella darán a conocer el nombre de la persona que mandó matar a don Juan. Esta misma noche, Manuel conocerá de quién surgió la despiadada orden de acabar con ese tal don Juan.

Sus palabras me desconciertan mucho. Pero tratando de conocer todos los detalles de la historia, preferí continuar como hasta ahora y escucharle en silencio, aunque una cuestión me empezaba a preocupar.

Y así, de la siguiente manera, Manuel empieza a narrarme su historia…

En su opinión, fueron muchos años de espera para conseguir una noticia así. Un largo y tedioso camino comenzado, antes que él, por el propietario del edificio en donde estableció la redacción de su periódico. Este antiguo propietario, fallecido en extrañas circunstancias, debió obsesionarse con el asesinato de don Juan. Lo estudió, lo investigó y consiguió muchos datos desconocidos por todos o, por lo menos, así parecían querer demostrar tantas anotaciones guardadas acerca del caso.

Aunque don Juan murió asesinado a cuatro pasos de su despacho, hacía la friolera de trescientos años antes, Manuel ni tan siquiera se acordaba de haberlo estudiado de joven. Incluso, se carcajeó cuando, al instalarse en ese edificio, en uno de los cajones de la mesa de su nuevo despacho, encontró un manuscrito en donde se detallaba tanto la forma de invocar y traer del inframundo a don Juan, junto a unas supuestas conversaciones mantenidas con el Espíritu de este hombre.

Unos cuantos meses después, Manuel admitió la necesidad urgente de una noticia de esas denominadas “bomba”. La competencia ejercida por los otros diarios ya era mucho más que una simple amenaza. Debía encontrar una primicia con la que recuperar el terreno perdido y volver a la cúspide del mundo periodístico cuanto antes. Por entonces, toda la prensa publicaba las mismas noticias, con la salvedad de la ideología y los intereses económicos de cada uno. Manuel probó y probó cosas. Creó secciones nuevas en el periódico, aumentó el espacio de la página de sucesos, modernizó el diseño del diario, incluyó información acerca de la Bolsa y permitió la publicación de esquelas y anuncios, cosa inimaginable años antes, pero nada funcionaba. Diarios como el ABC, El Liberal o El Heraldo de Madrid aumentaban sus tiradas en detrimento del suyo. 

Una noche, ya camino de la madrugada, Manuel todavía continuaba en su despacho de la redacción. Desesperado, trataba de encontrar una solución capaz de sofocar la inevitable ruina económica. De improviso, su mirada fue a detenerse en una vieja caja de cartón. Enseguida recordó qué guardaba en su interior: en ella estaba el manuscrito con el modo de invocar y, supuestamente, hablar con don Juan. —Había que estar loco para pensar en ese manuscrito como la solución al problema económico del periódico —reconoció Manuel—, pero de igual modo admitió que la desesperación te lleva a eso.

Aquella misma noche, algo le empujó a coger la caja, sacar el manuscrito y releerlo de nuevo. Tras dar vueltas y vueltas al caso, cambió de parecer convencido por las notas escritas en él: realmente podría ser una gran noticia. Además, daba juego para publicarla a modo de folletín en diferentes números del diario. Sería un serial de artículos que tendría el nombre del verdadero asesino de don Juan de Escobedo García, como gran colofón. Sin duda, podía funcionar. Daba juego para presentar a Escobedo desde un punto de vista desconocido por muchos, pues el manuscrito también detallaba su presencia pulcra, su fenomenal vestimenta, cuánto le gustaba llamar la atención y su aire desafiante; un mal carácter que, quizás, fuese la causa de su muerte.

Esos artículos desvelarían fielmente lo acontecido antes, después y en el momento del crimen cometido, exactamente a las nueve y cinco de la noche de aquel 31 de marzo de 1578, Lunes de Pascua. Gracias a su periódico, el mundo entero conocería con todo lujo de detalles lo acontecido en la antigua calle del Camarín de Santa María. Podrían publicar sin temor a equivocarse, puesto que el manuscrito resolvía muchas dudas referentes al asesinato; bueno, todas salvo una…, ¿quién mandó matar a don Juan de Escobedo? ¿Fue asesinado por orden del propio rey? ¿De su secretario Antonio Pérez? ¿O de Ana Hurtado de Mendoza, princesa de Éboli?

En resumidas cuentas, Manuel, por entonces aún con vida, encontró en ese asesinato una tabla de salvación para su periódico. Pero, efectivamente, faltaba el dato principal de toda esa trama y solo había una forma de conseguirlo: tal y como hizo antes su predecesor, Manuel tendría que arriesgarse a recitar la invocación que aparecía escrita en el manuscrito, sin saber a qué o a quién se enfrentaría al acabarla.

Con mucho respeto, Manuel buscó la página en la cual se detallaba la invocación. Tembloroso, despejó la mesa y, tras colocar y encender la vela demandada en el escrito, una por una recitó las siete frases del ritual en voz alta. Después, esperó unos minutos en silencio. No ocurrió nada; todo seguía igual en su despacho. Sin querer tirar la toalla tan pronto, discurrió y probó cosas diferentes: situó el manuscrito y la vela en el suelo y se arrodilló. Al terminar la tercera frase del ritual, la llama de la vela enfureció. Crecía y disminuía de forma airada, agitándose a ambos lados, mientras un fuerte olor invadía el despacho.

Aunque consciente de estos hechos, Manuel no desistió y terminó de recitar el ritual sin apartar la mirada del manuscrito. Sin embargo, al levantar la cabeza, apreció una sombra; una figura con forma humana y tan oscura como nunca antes vio nada similar. Sentada en uno de los sillones, le observaba en completo silencio. Los cristales de las ventanas y la puerta mostraban el mismo color negruzco de la forma recién aparecida. Manuel, aterrorizado, intentó huir; era mucho para él, pero no podía moverse. El miedo le paralizaba, la ansiedad crecía y… se desmayó.

Empezaba a amanecer cuando recuperó la conciencia. En cuanto recordó lo sucedido con el manuscrito, el pánico volvió al ataque, si bien esta vez concediéndole tiempo para reaccionar y huir del despacho. Necesitaba respirar, tomar aire y no sentirse acorralado. Confundido, deambuló por la calle durante largo rato en un intento de asimilar el insólito encuentro. Tiempo después, con el sol terminando de salir, llegó a la puerta de una cafetería recién abierta. Al entrar, el camarero le miró preocupado: el miedo todavía se averiguaba en su cara.

Prácticamente, pasó el día en esa cafetería. Se debatía entre olvidar la espeluznante experiencia con la sombra o salvar su periódico de la ruina, aunque ello acarrease llevar al límite corazón y cordura. De vuelta a la redacción, cegado por el alcohol y de muy malos modos, hizo salir del edificio a todos los trabajadores que aún continuaban en él.

Decidido y sin pensárselo dos veces, volvió a arrodillarse tras el libro, encendió la vela y con todo el fervor que pudo recitó la invocación. Recuerda apretar tanto los dientes y los puños que la sangre se derramó por su boca y brotó de sus manos. Estaba dispuesto a aguantar cuanto hiciese falta, pues no sería el pánico lo que condenaría a su diario.

Se mantuvo de rodillas. Había alguien más en el despacho. Notaba su presencia, incluso antes de terminar la invocación. Los cristales de las ventanas volvían a mostrarse teñidos de negro, el fuerte olor poco a poco regresó y…, ¡estaba detrás de él!

Sin darle tiempo a reaccionar, le habló. Era una voz extraña, ni de hombre ni de mujer o una mezcla de las dos, de tono desagradable, ronca y carente de expresión. Manuel ya esperaba algo tan intimidante; lo había leído en el manuscrito. De hecho, en esas páginas se le definía como un ser dogmático, narcisista e incapaz de compartir o argumentar a la conversación nada más que las palabras justas. Un ser que a menudo dedica un desagradable improperio a cada persona a la cual se refiera, pero que nunca menospreció a quien escribió el manuscrito. Una oscura criatura, a la que ahora, situada detrás del arrodillado Manuel, requería saber de inmediato quién y por qué la molestaba.

El Alma de Manuel me confiesa cuánto le costó empezar a hablar; estaba muy asustado. Ya sabía en qué punto se quedó el escritor del manuscrito, en relación con el asesinato de Escobedo, pero no entendía por qué su predecesor nunca realizó la pregunta de quién fue el asesino. ¿Por qué tantas vueltas obviando la pregunta principal, cuya respuesta resolvería el caso?

Titubeante, Manuel se presentó en voz alta, expuso el porqué de recurrir a la invocación, la situación económica del diario y, en caso de conseguir los datos que le faltaban, su intención de publicar el asesinato de Juan de Escobedo de principio a fin.

Luego de un angustioso tiempo de espera en silencio, advirtió una débil y gélida brisa de aire a su espalda. ¡La sombra se acercaba! La sentía ahí, muy cerca. Notaba su aroma, la frialdad de su aura y lo enrarecido del ambiente. Se puso de pie de un brinco y se giró deprisa hacia ella. Todavía se sobrecoge al recordar aquella primera impresión.

Ya no veía una sombra, sino la figura de un hombre capaz de estremecer solo con mirarlo. Un anciano, ciego a tenor de sus ojos totalmente blancos, cuyo rostro mostraba todo tipo de arrugas, acentuadas ojeras, finísimos labios morados, largos cabellos grises y lacios tan descuidados como los que poblaban su barba. Encorvado de hombros, el anciano arrastraba una larga y deteriorada capa marrón que le cubría por entero.

A pesar de su espantoso aspecto, otro detalle acabó por aterrorizar a Manuel: sujeta a su mano izquierda, el extraño hombre portaba una larga vara de espino, deteriorada y putrefacta, en cuya punta aparecía un símbolo que reconoció de inmediato. Un símbolo formado por un pentáculo invertido, una “X” en la parte central y una “V” en la inferior, signo conocido como el sigilo de LucifXX. 

Indiferente a la cercana presencia de Manuel, por fin la desagradable voz del anciano se dignó a hablar: —Ah, ¿el payaso de Escobedo? Sí, ¿cómo olvidarlo? Don Juan de Escobedo García, una verdadera lástima de persona”—.  

Manuel quedó sobrecogido; su vida podía correr peligro. Ciertamente, el Alma del anciano se comporta tal cual describe el manuscrito.

El siguiente paso consistía en confirmar si, de ese desagradable Espíritu, fue de quien se obtuvo toda la información que encontró escrita sobre el caso de don Juan de Escobedo. Con ese fin, no dudó en preguntarle si alguna vez alguien le invocó con la intención de saber acerca de ese asesinato. Molesto, y sin estimar necesario dirigirle la mirada, el anciano contestó con una seca afirmación.

Luego, mascullando quejas ante la insistente mirada de su interlocutor, añadió a regañadientes algo más de contenido a su respuesta: un hombre metido en años y bastante senil que apuntaba todo con una ansiedad suprema le preguntó en diversas ocasiones acerca de don Juan. Un hombre penoso a su entender. Otro descerebrado más, capaz de pagar una prenda por cada pregunta contestada. Accedió a participar en un macabro juego, en el cual, por cada respuesta, se tenía que consumar una acción ordenada por el recién aparecido Espectro. Un Espectro al cual le divertía la ingenuidad de ese hombre, cada día más enfermo de la cabeza. Admitió que disfrutó mucho jugando con él; sucumbía una y otra vez a sus ansias por saber. Hasta llegó a claudicar ante la orden de vender su último edificio, muy por debajo de su valor real, solo por el hecho de obtener una simple respuesta más. Pretendía saber absolutamente todo acerca de Escobedo.

Ese desgraciado —sigue comentando el Espectro— conocía muy bien las reglas del juego: según la importancia de la respuesta, así de trascendental sería la acción a cometer a cambio. El problema vino cuando se envició por saber, porque saber genera vicio, y un día el montante de la respuesta fue muy superior a lo que su lamentable vida podía ofrecer como pago. Sintiéndolo mucho, se le brindó la oportunidad de un pacto; una solución con la que hacer frente a la deuda: a cuenta de la última respuesta, entregaría una cosa suya, íntima, personal y que solo él podía vender.

Derrochando cinismo, el Espectro dijo no haber vuelto a ver al hombre a raíz de ese episodio. Le apenó mucho no verle más: el pobrecillo, con lo interesado e ilusionado que se le veía por saber la última respuesta, al final no tuvo tiempo ni para apuntarla en la libreta que siempre llevaba con él. Manuel acababa de entenderlo todo. Ahora ya sabía que aquel hombre, escritor del manuscrito, no obvió la pregunta de quién mandó matar a don Juan de Escobedo. Lo hizo, pero no se le permitió apuntarlo en el manuscrito y, por lo visto, esa respuesta le costó la vida.

Quedaba claro quién respondió a su invocación. Aun así, mantuvo la calma. Era consciente de la situación: si seguía obstinado en conocer la deseada respuesta, más tarde o más temprano y por mucho que intentara evitarlo, se vería obligado a ofrecer su propia Alma al Espectro que le acompañaba, tal y como le ocurrió a su predecesor. A la larga, contar con él resultaba jugar un juego peligroso.

Era consciente de que jamás le ganaría. ¡Ningún ser humano puede ganarle! Por otro lado, estaba su amado periódico. En él puso toda su ilusión y pasó los mejores momentos de su vida. Le dedicó mucho tiempo, dinero e incluso salud. Eran muchas las familias viviendo a costa del diario; no podía dejarlos en la estacada.

Decidió arriesgarse y, sin previo aviso y a modo de prueba, lanzó una pregunta acerca de cuántas personas tomaron parte en la decisión de matar a Escobedo. La voz del Espíritu del Anciano no tardó en dejarse oír… —¿Quieres jugar? Bien, juguemos. Las reglas serán las mismas; ya las conoces.

Aceptadas las condiciones por parte de Manuel, el Espectro se tomó su tiempo para contestar. La respuesta le convenció, pues no se limitó a decir un número y ya está, sino que se dignó a explicar su contestación con detalle: Escobedo fue un experto en obtener información acerca de cualquiera. Fuese quien fuese, llegaba a conocer todos sus trapos sucios y, lo mejor, sabía cómo utilizar esa información en beneficio de los intereses de su “jefe”, don Juan de Austria. Se convirtió en un hombre sin escrúpulos y llegó a ser temido por ello.

Así que, gente con ganas de ver a Escobedo bajo tierra, docenas. Personas dándole vueltas a cómo llevarlo a cabo, pocas, muy pocas. Cabeza pensante capaz de preparar el asesinato y ejecutarlo con éxito; a tenor de los hechos, solamente una. Realmente, solo una persona ideó el plan de matar a don Juan aquella noche, y ni los mismos asesinos supieron jamás quién les ordenó y corrió con los gastos del “trabajito”.

El Espectro gesticuló; acababa de recordar algo: la tarde anterior olvidó ir a ver a Jacinta, una joven modistilla de tres al cuarto, tonta de narices y, ahora, encima embarazada. Precisamente, quería verla por algo relacionado con ese embarazo. Pero el anciano tuvo una idea de repente. Hablar con ella sería una estupenda ocasión para demostrar que Manuel cumpliría con las normas del juego: sería él quien informaría a la muchacha que su bebé nacería muerto.

Manuel me juró que nunca vio nada tan doloroso como la cara de la pobre modista cuando le comunicó la funesta noticia. Lo pasó tan mal que decidió no jugar más. Con no recitar la invocación jamás volvería a verse en una situación como la vivida con la modista. Pero, de pronto, alguien llamó a la puerta del despacho: un trabajador le traía un sobre recién llegado. Al abrirlo, sintió como si el destino le asestara una puñalada. Se trataba de una próxima orden de embargo sobre las instalaciones del periódico. En caso de no hacer frente a un impago en las próximas tres semanas, perdería el diario.

No quedaba otra solución; tendría que volver a recurrir al Espíritu del anciano antes de tres semanas. Veintiún días, en los que Manuel era consciente de que debía estar listo para algo ya a todas luces inevitable: su propia muerte.

Aceptó su destino; aunque él muera, en el diario había personas muy capaces de dirigirlo y conducirlo de nuevo a la cúspide. Además, instaría al Espectro para que no solo le dijera el deseado nombre, sino también, gracias a sus habilidades malignas, le concediera el deseo de transportarle al pasado, a aquel 31 de marzo de 1578, fecha del asesinato de don Juan. Deseaba presenciar la escena, ver in situ cómo se consumó el macabro plan ideado por la mente asesina. ¡Qué menos que concederle ese deseo a cambio de su Alma!

En un primer momento pareció acabarse todo: un repentino y definitivo achaque de su ya malogrado corazón provocaba que, alertados al oír un fuerte golpe, el personal de la redacción lo encontrara muerto en su despacho. Manuel había fallecido o, mejor dicho, su cuerpo acababa de morir. Su Alma, por el contrario, y en un arrebato de coraje, tuvo unos minutos para suplicar a la muerte algo más de tiempo antes de marcharse; ruego que fue escuchado y concedido.

Desde entonces, todos los 31 de marzo de cada año, el Espíritu de Manuel regresa a esta calle Mayor de Madrid, y lo hará tantas veces como precise hasta ver cumplido su deseo: publicar en la portada del periódico su deseada primicia. Una vez hecho, partirá para siempre.

Esta era la razón por la que Manuel esperaba en la calle desde tiempo antes de que nos encontrásemos. De hecho, sacando una vieja libreta del bolsillo de su abrigo, que supuse sería el manuscrito, se arrodilló en la acera, la abrió por una página y empezó a recitar en voz alta la invocación cuyas primeras palabras dicen… “Obsecro te, anima mortis…

¡Claro! Acabábamos de dejar atrás el 31 de marzo, aniversario de la muerte de Escobedo. Reconozco que me encontraba totalmente superado. El Alma aparecida de Manuel recita sin parar la invocación escrita en latín. Inquieta, enardecida por lo que estaba seguro ocurriría en pocos minutos, se olvida por completo de mí.

La calle se cubre de una densa niebla, que me impide ver a Manuel. Salvo por su voz, el silencio se hace dueño y señor del ambiente, mientras una tórrida y seca corriente de aire parece atravesarnos. No se ve a nadie por la calle. De improviso y gracias a un impulso brusco e inesperado, Manuel se pone en pie. Por su reacción, acaba de ver algo o a alguien y, por su expresión, no le gusta nada lo que ve. Quien sea lo intimida y lo mantiene en guardia.

Manuel pasa a la acción con un: —Aquí estoy. Terminemos con esto de una vez, alguien llamado Muerte me espera—. Por otra parte, y aunque me esfuerzo, yo no veo a nadie más que a nosotros dos, pero mirándole, está claro que hay alguien más.

Durante un breve tiempo, el Alma de Manuel solo se dedica a asentir con un ligero movimiento de su cabeza y un resignado —Sí, soy consciente y acepto—. Intento saber con quién habla, qué ve, qué oye, pero todo es en vano; me ignora. Le teme y no se fía de él; lo vigila sin apartar la mirada, con los puños apretados y el semblante firme. Pero es ahí, tras pronunciar el último de los tres “sí, soy consciente y acepto”, cuando la mirada firme y la intención de mostrarse dispuesto a todo se vienen abajo. De golpe, sus ojos miran al suelo y su aspecto se muestra tremendamente derrotado.

Ahora sí tengo claro qué ocurre: después de recitar la invocación, el Espíritu del anciano regresó con ella. Ese espectro maligno que cambiaba respuestas por maldad estaba aquí y Manuel…, ¡se acababa de ofrecer a él! El pacto y la consabida venta de su Alma quedaban consumados. Con ello, su Espíritu daba la espalda a la gloria, al siguiente destino que se le tuviera reservado, a cambio de fidelidad y servidumbre eterna al señor del infierno. Juntos partirían en dirección al averno.

Pero aún queda conocer la respuesta por la cual acababa de renegar de su fe. Falta descubrir quién dio la orden de matar a don Juan de Escobedo. Quiere hablar y la voz le falla; la emoción frustra el intento. Vuelve a probar y esta vez un pequeño susurro titubeante consigue abrirse paso… —Dime el nombre.

Enseguida, el Alma de Manuel cae de rodillas, coge el manuscrito y saca un lapicero de su abrigo. Exaltado a más no poder, quiere apuntar lo que supongo sería el deseado nombre. Sin embargo, su brazo izquierdo se vuelve hacia atrás violentamente. Algo tira de él tan fuerte que lo arrastra por la acera con una fuerza increíble.

Trato de sujetarle y agarro tan fuerte como puedo sus tobillos. No puedo quedarme quieto y solo mirar cómo el Espectro se lo lleva.

¡Me han pegado! La sangre resbala por mi cara, acompañada del intenso dolor que supone tocar a un Espíritu. Un segundo golpe impacta contra mi cabeza; estoy aturdido, tirado en el suelo y sin fuerzas. No siento ese dolor frío de tocar un Espíritu; debí soltar el Alma de Manuel al recibir el golpe, pero no está muy lejos, solo a unos cuantos pasos.

Desde mi posición, tirado en el suelo y dolorido, veo algo inaudito. ¡Es una mano! Una mano de un blanco radiante acaba de surgir de entre la oscuridad. Indiferente a lo impresionante y violenta que resulta la escena, se acomoda despacio sobre el brazo del Alma de Manuel para, sin esfuerzo alguno, detener el arrastre al que estaba siendo sometido y colocarlo suavemente en la acera. La palma de esa insólita mano resplandeciente mira hacia quién demonios arrastra a Manuel en un gesto de ordenarle que se detenga. Está claro que le dan igual pactos, ventas, preguntas y acciones malvadas; simplemente, ¡se acabó eso de llevarse el Alma de nadie!

La niebla se disipa como amedrentada por lo que ocurre, y todo en la calle recupera su estado natural. Tan cotidiana que, por detrás de donde nos encontramos, y por la misma acera, se aproxima un grupo de turistas. Seis personas a quienes seguro que no les gustará seguir la juerga con un Fantasma y una mano con vida propia. Pero, al girarme para avisar, observo al Alma de Manuel desplazarse lentamente tras la mano. Se eleva del suelo atraído por ella, rodeado por un aura brillante y plateada. Su imagen ahora es otra: es un hombre joven y su aspecto denota felicidad… ¡Se ha salvado! El Alma de ese hombre ha sido redimida y ahora va camino de la gloria. Lo ha conseguido. Segundos después, ambos desaparecen entre la oscuridad a pocos metros por encima de mi cabeza. De nuevo, estoy solo.

Mi inesperado encuentro con un Fantasma termina. Manuel partió rumbo a donde debía y todo vuelve a estar en calma cuando algo en la acera llama mi atención. Tras observarlo, compruebo que se trata del manuscrito encontrado en la redacción. El lapicero señala la página por donde se abrió la última vez. Efectivamente, en esa hoja puede leerse la invocación y, también…, ¡hay escrito un nombre! Un nombre que concuerda con uno de los tres sospechosos. Los desordenados trazos con los cuales fue escrito certifican que, aun siendo arrastrado camino del infierno, Manuel consiguió anotar el nombre de la persona que ordenó matar a don Juan de Escobedo.

¡Acabo de oír una voz! Una voz que no llego a entender. Han sido varias palabras seguidas, pronunciadas de manera precipitada y surgidas de la nada. Ya no puede ser de ninguno de los turistas; se encuentran bastante alejados, y la voz sonó aquí mismo, muy cerca de mí. Sin embargo…, ¡no hay nadie! Quizás proviniera de algún coche o de las viviendas situadas alrededor; con todo lo acontecido esta noche, mi cabeza, ya no sé… El caso es que tampoco veo alejarse ningún vehículo, ni luces en ninguna ventana.

Resignado, emprendo la marcha; aquí ya no se puede hacer más. He esperado durante un rato, mientras me hago un apaño en la herida y dejo de sangrar, pero en vista de que no ocurre nada, decido volver a casa. Regresaré andando; prefiero caminar y poner en orden todo cuanto hemos vivido esta noche.

Sin otro motivo que la casualidad, subo por la calle donde Manuel comentó que se encontraba la redacción de su periódico. Es una callejuela estrecha, bastante oscura y solitaria. Llegado al número cinco de la calle, cruza por delante de mí la figura de un chiquillo de no más de diez o doce años. La verdad, no lo he visto venir. Surgió de entre la penumbra, sin apenas hacer ruido, para adentrarse raudo en este portal número cinco. Un portal que, por cierto, está abierto.

La sorpresa de cruzarme a estas horas de la madrugada con un niño completamente solo me empuja a esperar un momento delante del portal. Seguramente, no ocurrirá nada, pero, no sé…, no es normal tampoco; me ha dejado preocupado.

Dentro del portal se escuchan ruidos. Sonidos constantes que se hacen más intensos por momentos. Temo por los vecinos; muchos todavía dormirán y las quejas, si no han llegado ya, no tardarán en dejarse oír. Algo me empuja a buscar de dónde proviene el ruido, pura curiosidad, ni más ni menos; yo y mis ganas de complicarme la vida.

El portal es muy antiguo; todavía mantiene los antiguos interruptores de porcelana. A poco de entrar, una puerta de doble hoja, con cristalera de vidrio soplado en la parte superior, separa el interior de la calle. Al cruzarla, el ruido deja de escucharse. Destaca otra puerta situada junto a la escalera principal, que llama mi atención. Es de madera oscura, tipo cuarterón, ancha y no muy alta, en cuyo centro luce una placa. Al acercarme y leerla, entiendo el porqué de mi curiosidad por adentrarme en esta finca. Tenía que entrar. ¡Esa puerta conduce a la redacción de un periódico! Mejor dicho… ¡Al periódico de Manuel!

Recuerdo que me dijo cómo se llamaba y ese nombre coincide con el de la placa, pero me extraña verla ahí, todavía en la puerta, después de tantos años. En fin, los dueños del piso serán gente que, como a mí, les gusta conservar las cosas antiguas.

Ya en la calle de nuevo, quieto delante del portal, vuelvo a escuchar el mismo ruido de antes. Buscando de dónde puede provenir, me fijo en unos ventanucos estrechos y rectangulares situados a ras del suelo. En total hay cuatro y pertenecen al sótano del edificio. El ruido proviene de ahí.

Agachado delante de uno de ellos, miro a través del cristal y lo que veo me sorprende. Los cuatro ventanucos pertenecen a una gran sala con un puñado de máquinas y un grupo de hombres trabajando en ellas. Algo entiendo de maquinaria y juraría que todas son antiguas. Distingo dos prensas grandes, una de vapor y otra de las denominadas de cilindro, con su enorme rodillo girando sin parar. Ahí abajo, la temperatura debe de ser insufrible; los hombres están empapados en sudor. Hay otra máquina; esta luce más nueva, es una rotativa. Ahora lo entiendo. En este sótano se imprimía el periódico de Manuel, y hoy en día es la imprenta de algún otro diario, de bajo presupuesto, a tenor de las máquinas tan antiguas que utiliza.

Alguien sale del edificio. Es el niño de antes acercándose a mí. Pero…, ¡no puede ser! No es un muchacho normal. ¡Es un Espíritu! Los muchos centelleos de colores distintos que forman su figura oscilan sin parar. De su interior fluye una intensa corriente de calor que afecta a mis sentidos. Puedo verlo bien: el Alma del muchacho muestra podredumbre, aspecto famélico, suciedad y, a todas luces, un carácter muy inquieto. Le descubres heridas, cortes o cardenales allá donde le mires.  Una gorra de tela en la cabeza, pantalones cortos, calcetines a poco de llegar a las rodillas y botas que nunca vieron un cepillo conforman un ropaje que compite en rotos y deterioros. El montón de periódicos que lleva consigo bajo el brazo le hace sentir importante. Antes de poder dirigirme a él, me habla…

“Caballero, su diario, de parte de don Manuel. Quiso que se lo entregara. Lo dejó dicho poco antes de morir. Porque se ha muerto, ¿lo sabía ya usted? Murió no hará una hora. Dijo que lo guardase, así como se guarda el oro, pues ya sabe usted que su coste fue igual, real arriba, real abajo, que el preciado metal. No tenga cuidado, ni le apriete la impaciencia; ya recibirá del bueno de don Manuel qué uso ha de darle, allá en su tiempo.”

Dicho esto, sin esperar respuesta y con un alegre correteo, el muchacho se aleja de mí y desaparece en la oscuridad. Al mirar el periódico que me ha entregado, ¡ahí está! Tal y como prometió el Alma de Manuel, el nombre de la persona que urdió el asesinato de don Juan de Escobedo García aparece a lo grande en mitad de la portada. ¿De veras Manuel consiguió publicarlo, o este ejemplar no es más que el deseo frustrado de un Alma ya desencarnada? No lo sé; no sabría decir. Sea como sea, tengo entre mis manos la edición especial de un diario fechada el cinco de julio de 1925. Algo que se dice pronto…

Sin salir de mi asombro, y volviendo la mirada al interior del edificio, observo a los trabajadores de la imprenta colocarse en círculo, junto a otros hombres y mujeres. Cogidos de la mano y tras mencionar el nombre de Manuel, comienzan a rezar un atronador Padre Nuestro, mientras toda la imagen, lentamente, desaparece de mi vista como si alguien la estuviera borrando… Esta vez, he sido yo quien ha entrado en uno de esos momentáneos bucles del pasado; lástima que haya durado tan poquito.

A día de hoy, no podría decirles cuántas veces he abierto este periódico dedicado íntegramente al homicidio de don Juan de Escobedo. Lo leo o simplemente lo ojeo cada poco tiempo. Sus artículos con respecto al asesinato son sorprendentes.

Guardo este diario con mucho cariño. Es otro de esos regalos conseguidos gracias a las Almas con las que estoy teniendo la fortuna de encontrarme. Para mí, este periódico es uno de los más impresionantes. La aventura para conseguirlo fue un preludio de todos los “seres” buenos y malos, pero todos ellos fascinantes, con los que tendría que encontrarme durante estos años de trabajo en esta profesión tan apasionante como difícil de explicar.

Ya son algunos los años pasados desde aquel “encuentro” en la calle Mayor. Siguiendo las instrucciones que me indicó el muchacho, yo sigo esperando paciente. Confío en que llegará el día en el cual sepa qué hacer con el diario. Mientras tanto, lo disfrutaré, lo releeré y, al terminarlo, volveré a recordar aquella increíble historia de Fantasmas que tuve la gran suerte de vivir.

** SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO: M-006104/2023.

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