MANUEL Y EL ASESINO DE D. JUAN

Tres y media de la madrugada del primer día del mes de abril. El cumpleaños de Juan, un amigo de toda la vida, se ha alargado más de la cuenta. Lo que en un principio iban a ser solo un par de copas después de la cena, acabó en cuatro horas de alegre tertulia, bromas y recuerdos, amenizados con varias botellas de cava, sidra y un ron de no sé de cuántos años… qué…, ¡jolines con el ron! Ahora, recorriendo la calle Mayor, puro centro de Madrid, se palpa la soledad de una noche de lunes a martes. Un Lunes de Pascua que pone fin por este año al alboroto ocasionado por las celebraciones de la Semana Santa. Apenas hay nadie, ni tan siquiera turistas y, para no perder la costumbre, tampoco encuentro un taxi. Pese a sentir frío, este ya resulta más llevadero; es primavera y el mercurio tiende a subir en los termómetros. Verdaderamente, no tengo ninguna prisa, pues nadie me espera y, por suerte, tampoco he de madrugar. Aun así, a mí esto de no haber llegado a casa todavía, la verdad, no me agrada mucho, aunque también es cierto que, a semejantes horas, estas calles desprenden un cautivador halo de misterio para quienes gustamos de estos temas.

Al final, me está gustando esto de pasear en la soledad de la noche. Por lo menos, despeja la cabeza del alcohol y ofrece la posibilidad de descubrir detalles ignorados en ocasiones anteriores, bien por las prisas, o bien porque permanecen ocultos entre la multitud que a diario transita por aquí. Gracias a esta ausencia de gente, encuentro y puedo detenerme a observar con total tranquilidad cosas a las que antes nunca dediqué ni un momento. Cosas como las placas informativas colgadas en las paredes de ciertos edificios. Algunas de ellas conmemoran sucesos ocurridos en antaño por estas calles; hechos históricos acaecidos aquí, en esta ciudad, y que ya apenas recordaba o desconocía por completo.

Un poco antes de acabar esta calle Mayor, algo llama mi atención. Sentado sobre un taburete de madera de no más de 40 centímetros de alto, con la espalda apoyada en la pared y la mirada puesta en mí, acaba de hacerse visible la figura de un hombre que, un par de pasos antes, juraría que no estaba. Mi primera reacción fue contar mentalmente las copas de cava, sidra y ron ingeridas en el cumpleaños: en otras ocasiones creo haber bebido más y, bueno, sí, perdí la voz un par de días y la cabeza no me reventó de milagro, pero nunca sufrí alucinaciones. Hace un instante nada se apreciaba en ese espacio de la acera situado entre dos farolas, cuyas luces no llegaban a alumbrar. Sin embargo, ahora, una extraña claridad ilumina la figura del hombre. Es un brillo formado por incontables gotitas de luz, cayendo sobre la acera proveniente de una fuente que no consigo localizar.

El hombre y yo no dejamos de mirarnos. Él continúa sentado en el taburete, con un reloj de bolsillo en la mano y con aspecto de estar esperando algo o a alguien. De repente, un rápido movimiento de su mano le delata… ¡Es un Espíritu! Lo confirman las repetidas y rápidas imágenes que aparecen de esa mano al desplazarse hacia el bolsillo de su americana. Es el primer Espíritu que me encuentro sin yo buscarlo y, para mayor sorpresa, en plena calle.

De inmediato, me sacudo las secuelas de la fiesta. A partir de este momento, toda precaución es poca y, pendiente de su reacción, recupero el paso. Mi instinto sugiere actuar como en esas otras ocasiones, cuando también me vi frente a un Alma ya descarnada: tragar saliva, sujetar el miedo y dejar al Espíritu que sea él quien cuente el motivo de su presencia. Por otro lado, la conciencia propone un cambio de intenciones y una ligera carrerita hasta casa, propuesta que descarto al seguir acercándome. Ya frente a frente, el Espíritu se pone en pie. Sin duda, en sus días de vivo debió de ser un hombre grande. Es alto, de vestimenta elegante, constitución fuerte y abundante cabello canoso y gris. Resalta su bigote, ancho y unido a una barba poblada y larga que termina justo debajo de las comisuras de los labios; por su apariencia, un adinerado caballero. Sus ojos, por el contrario, son pequeños, marrones, de mirar triste y apagado. Los ojos de una vida extinta que, si pudiesen hablar, sin duda gritarían cuanto añoran el pasado. Toda esa gran fachada, toda esa seguridad que en un primer momento transmite, todo cuanto esta Alma impone, poco a poco se derrumba según consigo aguantarle la mirada. En ese momento, cuando decae, muestra una fragilidad que denota resignación. Es consciente de su nuevo estado, de su nueva condición de Ánima y, ahora, sin atreverse a pedirlo, espera que yo me quede un ratito con él. No necesita decir nada, se lo notas solo con mirarle. No imagino cuál será la causa, el motivo que todavía retiene a esta Alma anclada en este mundo, pero por su aspecto, dudo mucho que su intención sea la de causar daño.

Ante tales circunstancias, esta vez me voy a inclinar por ser yo el primero en decir algo, aunque, la verdad, resulta difícil articular palabra. Al miedo, quieras que no, le cuesta desaparecer ante una situación así. La actitud del Espíritu, de pie y en completo silencio, aclara poco o nada cuál puede ser su reacción. A duras penas, un hilo de voz sale de mi boca, preguntándole a quién espera a estas horas de la noche. Aprecio un gesto de alegría en su rostro y con ello, unas ganas imparables de hablar surgen al compás de una voz grave, aguerrida y firme.

Las palabras del Espíritu son tan pronto alegres testimonios como, al instante, pasan a ser airados improperios en contra de personas a las cuales nombra por su apellido. Al mismo tiempo, visiblemente nervioso, va y viene por la acera, mientras hace mención de un hecho que, por fin, ocurrirá sin falta en pocos minutos. Asegura que esta noche es una noche grande, pues ningún otro periodista, ni policía, ni detective, llegó a descubrir nunca lo que aquí se revelará: dentro de pocos minutos, el mundo conocerá de quién partió la orden de llevar a cabo uno de los más famosos asesinatos cometidos en Madrid. Tanto entusiasmo y emoción desemboca en una risa a carcajadas, imposible de soportar; retumba tan fuerte dentro de mi cabeza que me obliga a pedirle, por favor, un momento de atención. Por suerte, me concede la oportunidad de hablar, y con ella le ofrezco mi desinteresada ayuda, pero necesito saber más sobre todo eso que asegura ocurrirá aquí, esta misma noche. Tras mirarme sin decir nada durante unos interminables segundos, un simple —“de acuerdo” —, a modo de contestación, frena su ánimo exaltado.

Sentado de nuevo en el taburete y ahora ya más relajado, el Espíritu asegura llamarse Manuel. Es, o mejor sería decir, fue… marqués, senador y dramaturgo, además de fundador y director de un periódico de tirada nacional, cuya redacción se encuentra subiendo una calle cercana. Un periódico venido a menos a causa de la aparición en escena de otros diarios de temática similar. Por eso está ahora tan contento, porque toda esa pérdida de lectores, probablemente, acabará hoy y, según Manuel, en pocos días su periódico volverá a ser el primer diario nacional. Pronto sacarán a la calle una edición que causará furor, pues nada más y nada menos que en ella darán a conocer el nombre de la persona que mandó matar a don Juan. ¡Esta misma noche, Manuel conocerá de quién surgió la despiadada orden de acabar con él!

Hasta hoy, yo nunca había visto a un Espíritu tan feliz e ilusionado como veía al Alma de Manuel. Me desconcertaba mucho. Pero tratando de conocer todos los detalles de la historia, preferí continuar como hasta ahora y escucharle en silencio, aunque ya, en esos momentos, una cuestión me preocupaba.

Y así, de la siguiente manera, Manuel empieza a narrarme su historia…

En su opinión, han sido muchos años de espera para conseguir una noticia así. Un largo y tedioso camino comenzado, antes que él, por el propietario del edificio en donde estableció la redacción de su periódico. Este antiguo propietario, fallecido en extrañas circunstancias, debió obsesionarse con el asesinato de don Juan. Lo estudió, lo investigó y consiguió muchos datos desconocidos por todos o, por lo menos, así parecían querer demostrar tantas anotaciones guardadas acerca del caso. Aunque don Juan murió asesinado a cuatro pasos de su despacho, hacía la friolera de trescientos años antes, Manuel ni tan siquiera se acordaba de haberlo estudiado de joven. Incluso, se carcajeó cuando, al instalarse en ese edificio, en uno de los cajones de la mesa de su nuevo despacho, encontró un manuscrito en donde se detallaba tanto la forma de invocar y traer del inframundo a don Juan, junto a unas supuestas conversaciones mantenidas con el Espíritu de este hombre.

Unos cuantos meses después, Manuel admitió la necesidad urgente de una noticia de esas denominadas “bomba”. La competencia ejercida por los otros diarios ya era mucho más que una simple amenaza. Debía encontrar una primicia con la cual neutralizar el efecto de la competencia, recuperar el terreno perdido y volver a la cúspide del mundo periodístico cuanto antes. Por entonces, toda la prensa publicaba las mismas noticias, con la salvedad de la ideología y los intereses económicos de cada uno. Manuel probó y probó cosas. Creó secciones nuevas en el periódico, aumentó el espacio de la página de sucesos, modernizó el diseño del diario, incluyó información acerca de la Bolsa y permitió la publicación de esquelas y anuncios, cosa inimaginable años antes, pero nada funcionaba. Diarios como el ABC, El Liberal o El Heraldo de Madrid aumentaban sus tiradas en detrimento de su periódico. 

Una noche, ya camino de la madrugada, Manuel todavía continuaba en su despacho de la redacción. Desesperado, trataba de encontrar una solución capaz de sofocar la inevitable ruina económica. De improviso, su mirada fue a detenerse en una vieja caja de cartón. No le hizo falta mucho esfuerzo para recordar qué guardaba en su interior: en ella estaba el manuscrito con el modo de invocar y, supuestamente, hablar con don Juan. —Había que estar loco para pensar en ese manuscrito como la solución al problema económico del periódico —me reconoció Manuel—, pero de igual modo admitió que la desesperación te lleva a eso. Sin embargo, aquella misma noche, cuando Manuel volvió a encontrarse con la caja, algo le empujó a llevarla a su mesa, sacar el manuscrito y releerlo de nuevo. Tras dar vueltas y vueltas al caso, cambió de parecer convencido por las notas escritas en ese manuscrito: realmente podría ser una gran noticia. Además, daba juego para publicarla a modo de folletín en diferentes números del diario. Sería un serial de artículos que tendría, como gran colofón, el nombre del verdadero asesino de don Juan de Escobedo García. Sin duda, podía funcionar.

Presentarían a Escobedo desde un punto de vista desconocido por muchos, pues el manuscrito también detallaba en varias páginas su presencia pulcra, su fenomenal vestimenta, cuánto le gustaba llamar la atención y su aire desafiante; quizás este mal carácter fue la causa de su muerte.

Esos artículos desvelarían fielmente lo acontecido antes, después y en el momento del crimen cometido, exactamente a las nueve y cinco de la noche de aquel 31 de marzo de 1578, Lunes de Pascua. Por fin, gracias a su periódico, el mundo entero conocería con todo lujo de detalles lo acontecido a esa hora en la calle de la Almudena, el lugar de los hechos y por aquel entonces conocida con el nombre de calle del Camarín de Santa María. Podían publicar y publicar sin temor a equivocarse, puesto que las dudas referentes al asesinato ya aparecían resueltas en el manuscrito; bueno…, todas salvo una…, ¿quién mandó matar a don Juan de Escobedo? ¿Fue asesinado por orden del propio rey? ¿De su secretario Antonio Pérez? ¿O de Ana Hurtado de Mendoza, princesa de Éboli?

En resumidas cuentas, Manuel, por entonces aún con vida, encontró en ese asesinato una tabla de salvación para su periódico. Pero, efectivamente, faltaba una respuesta. El dato principal de toda esa trama y solo había una forma de conseguirlo: de la misma manera que hizo antes su predecesor, el escritor del manuscrito y anterior dueño del edificio, Manuel tendría que recitar la invocación, sin saber a qué o a quién se enfrentará al acabarla.

Con mucho respeto, Manuel, aquella misma noche, abrió el manuscrito por la página en la cual se detallaba la invocación. Nervioso, despejó la mesa y, tras colocar y encender la vela demandada en el escrito, una por una recitó las siete frases del ritual en voz alta. Después, esperó unos minutos en silencio. No ocurrió nada. Todo seguía igual en su despacho. Probando cosas, situó el manuscrito y la vela en el suelo y se arrodilló. Al terminar la tercera frase del ritual, la llama de la vela enfureció. Crecía y disminuía de forma airada, agitándose a ambos lados, mientras un fuerte olor invadía el despacho.

Aunque consciente de estos hechos, Manuel no desistió y terminó de recitar el ritual sin apartar la mirada del manuscrito. Sin embargo, al levantar la cabeza, apreció una sombra; una figura con forma humana y tan oscura como nunca antes vio nada similar. Sentada en uno de los sillones, la sombra le observaba. Los cristales de las ventanas y la puerta mostraban el mismo negruzco color que la sombra. Manuel, aterrorizado, intentó huir; era mucho para él, pero era incapaz de moverse. El miedo le dejó paralizado y el pánico creció hasta resultar insuperable y, sin darse cuenta…, se desmayó.

Empezaba a amanecer cuando Manuel recuperaba la conciencia. En cuanto recordó lo sucedido con el manuscrito, el pánico volvió al ataque, si bien esta vez concediéndole tiempo para reaccionar y huir del despacho. Necesitaba respirar, tomar aire y no sentirse acorralado. Confundido, deambuló por la calle durante largo rato en un intento de asimilar el insólito encuentro. Tiempo después, con el sol terminando de salir, llegó a la puerta de una cafetería recién abierta. Al entrar, el camarero le miró preocupado: todavía se averiguaba en su cara todo el miedo soportado. Prácticamente, pasó el día en esa cafetería. Se debatía entre olvidar la espeluznante experiencia con la sombra o salvar su periódico de la ruina, aunque ello acarrease llevar al límite corazón y cordura. De vuelta a la redacción, cegado por el alcohol —Manuel comenta—, como de muy malos modos, hizo salir del edificio a todos los trabajadores que aún continuaban en él.

Decidido y sin pensárselo dos veces, volvió a arrodillarse tras el libro, encendió la vela y con todo el fervor que pudo recitó la invocación. Recuerda apretar tanto los dientes y los puños que la sangre se derramó por su boca y brotó de sus manos. Estaba dispuesto a aguantar cuanto hiciese falta, pues el pánico no condenaría a su diario. Una vez acabada la invocación, se mantuvo de rodillas. Esta vez, lo notó enseguida. Lo que fuese estaba ahí, en el despacho con él. Los cristales de las ventanas volvían a mostrarse teñidos de negro, el fuerte olor poco a poco regresó y…, sintió a la sombra. ¡Estaba detrás de él!

Segundos después, alguien le habló. Era una voz extraña, ni de hombre ni de mujer, o una mezcla de las dos, de tono desagradable, ronca y carente de expresión. Manuel ya esperaba algo tan intimidante; lo había leído en el manuscrito. De hecho, en esas páginas se le definía como un ser dogmático, narcisista e incapaz de compartir o argumentar a la conversación nada más que las palabras justas. Un ser que a menudo dedica un desagradable improperio a cada persona a la cual se refiera, pero que nunca menospreció a quien escribió el manuscrito. Una oscura criatura, a la que ahora, situada detrás del arrodillado Manuel, requería saber de inmediato quién y por qué la molestaba.

El Alma de Manuel me confiesa cuánto le costó empezar a hablar; estaba muy asustado. Por entonces, ya sabía en qué punto se quedó el escritor del manuscrito, en relación con el asesinato de Escobedo, pero no entendía por qué su predecesor nunca realizó la pregunta de quién fue el asesino. ¿Por qué tantas vueltas obviando la pregunta principal, cuya respuesta resolvería el caso? Titubeante, Manuel se presentó en voz alta, expuso el porqué de recurrir a la invocación, la situación económica del diario y, en caso de conseguir los datos que le faltaban, su intención de publicar el asesinato de Juan de Escobedo de principio a fin.

Luego de un angustioso tiempo de espera en silencio, Manuel advirtió una débil y gélida brisa de aire a su espalda. ¡La sombra se acercaba! La sentía ahí, muy cerca. Notaba su olor, la frialdad de su aura y lo enrarecido del ambiente en el despacho. Enseguida, Manuel se puso de pie de un brinco y se giró deprisa hacia ella. Todavía se sobrecoge al recordar aquella primera impresión.

Ya no veía una sombra, sino la figura de un hombre capaz de estremecer solo con mirarlo. Un anciano, ciego a tenor de sus ojos totalmente blancos, cuyo rostro mostraba todo tipo de arrugas, acentuadas ojeras, finísimos labios morados y largos cabellos grises y lacios tan descuidados y horribles como los que poblaban su barba. Encorvado de hombros, el anciano arrastraba al moverse una larga y deteriorada capa marrón que le cubría por entero.

Sin embargo, a pesar de su espantoso aspecto, otro detalle acabó por aterrorizar a Manuel: sujeta a su mano izquierda, el extraño hombre portaba una larga vara de espino, deteriorada y putrefacta, en cuya punta aparecía un símbolo que reconoció de inmediato. Un símbolo formado por un pentáculo invertido, una “X” en la parte central y una “V” en la inferior, signo conocido como el sigilo de LucifXX. 

Indiferente a la cercana presencia de Manuel, la desagradable, brusca y ronca voz del anciano, por fin se dignó a hablar: —Ah, ¿el payaso de Escobedo? Sí, ¿cómo olvidarlo? Don Juan de Escobedo García, una verdadera lástima de persona”—.  

Manuel quedó sobrecogido; su vida podía correr peligro. Ciertamente, el Alma del anciano, aparecido tras la invocación, se comporta tal cual describe el manuscrito.

El siguiente paso consistía en confirmar que, de ese desagradable Espíritu, fue de quien se obtuvo toda la información que encontró escrita sobre el caso de don Juan de Escobedo. Con ese fin, Manuel no dudó en preguntarle si, alguna vez, había hablado con alguien más acerca del asesinato de este hombre. Molesto, y sin estimar necesario mirar a Manuel mientras le respondía, contestó con una seca afirmación. Luego, mascullando quejas ante la insistente mirada de su interlocutor, añadió a regañadientes algo más de contenido a su respuesta.

Efectivamente, un hombre metido en años y bastante senil, ya que era incapaz de memorizar nada y todo tenía que apuntarlo, le preguntó en diversas ocasiones acerca de don Juan. Para el Alma del anciano, este hombre tan preguntón le resultaba penoso. Otro descerebrado más, capaz de acceder al acuerdo de pagar una prenda por cada pregunta contestada: una respuesta a cambio de consumar una acción ordenada por el recién aparecido Espectro. Un Espectro al cual le divertía la ingenuidad del hombre. Se reventaba a reír cuando le veía delante de la gente, ¡venga a explicar sin ningún pudor la verdad de todos los chismes acaecidos en Madrid! Verdades conocidas gracias a esas respuestas que él, el Espíritu del anciano, le revelaba en sus conversaciones.

Era puro ego; se consideraba un dios sabedor de todo. Contando la realidad de esos chismes, es cierto que el hombre ganaba dinero a espuertas y, con ello, alcanzó una vida de lujos, caprichos y, claro está, los vicios tampoco tardaron en llegar. Con el tiempo, el Alma del anciano disfrutó mucho con él; sucumbía una y otra vez a sus ansias por saber. Hasta llegó a claudicar ante la orden de vender su último edificio, muy por debajo de su valor real, solo por el hecho de obtener una simple respuesta más. Ahí, ya quería saber absolutamente todo acerca de Escobedo.

Ese desgraciado —comenta el Espectro—, conocía muy bien las reglas del juego: según la importancia de la respuesta, así de trascendental sería la acción a cometer a cambio. El problema vino cuando se envició por saber, porque saber genera vicio, y un día el montante de la respuesta fue muy superior a lo que su lamentable vida podía ofrecer como pago. Sintiéndolo mucho, se le ofreció un pacto; una solución con la que hacer frente a la deuda: a cuenta de la última respuesta, ofrecería una cosa suya, íntima, personal y que solo él podía vender. Derrochando cinismo, el anciano admitió no haber vuelto a ver al hombre a raíz de ese episodio. Le apenó mucho no verle más: el pobrecillo, con lo interesado e ilusionado que se le veía por saber la última respuesta, al final no pudo ni apuntarla en la libreta que siempre llevaba con él.

Manuel acababa de entenderlo todo. Ahora ya sabía que aquel hombre, escritor del manuscrito, no obvió la pregunta de quién mandó matar a don Juan de Escobedo. Lo hizo, preguntó al Espíritu del anciano quién fue, pero no tuvo tiempo de apuntar en el manuscrito la respuesta y, por lo visto, le costó la vida.

Manuel también tenía claro quién respondió a su llamada al terminar la invocación. Aun así, mantuvo la calma. Era consciente de la situación: si seguía obstinado en conocer la deseada respuesta, más tarde o más temprano y por mucho que intentara evitarlo, se vería obligado a ofrecer su propia Alma al Espectro que le acompañaba, tal y como le ocurrió a su predecesor.

¡Jamás le ganaría! ¡Ningún ser humano puede ganarle! Y lo peor es que acabar derrotado significaba perder la vida. Por otro lado, estaba su amado periódico. En él puso toda su ilusión y pasó los mejores momentos de su vida. Le dedicó mucho tiempo, dinero e incluso salud. Además, eran muchas las familias viviendo a costa del diario; ¡no podía dejarlos en la estacada!

Decidido, Manuel se arriesgó y, sin previo aviso y a modo de prueba, lanzó una pregunta acerca de cuántas personas tomaron parte en la decisión de matar a Escobedo. La voz del Espíritu del Anciano no tardó en dejarse oír… —¿Quieres jugar? Bien, juguemos. Las reglas serán las mismas; ¡ya las conoces!”— El Espectro, bien porque a bote pronto no lo supiera o bien por generar más tensión de la ya existente, se tomó su tiempo para contestar.

La respuesta convenció a Manuel, pues no se limitó a decir un número y ya está, sino que se dignó a explicar su contestación con detalle. Al parecer, Escobedo era un experto en obtener información acerca de cualquiera. Fuese quien fuese, llegaba a conocer todos sus trapos sucios y, lo mejor, sabía cómo utilizar esa información en beneficio de los intereses de su “jefe”, don Juan de Austria. Fue un hombre sin escrúpulos, y llegó a ser temido por ello.

Así que, gente con ganas de ver a Escobedo bajo tierra, docenas. Personas dándole vueltas a cómo llevarlo a cabo, cinco o seis. Cabeza pensante capaz de preparar el asesinato y ejecutarlo con éxito; a tenor de los hechos, solamente una. Realmente, solo una persona ideó el plan de matar a don Juan aquella noche, y ni los mismos asesinos supieron jamás quién les ordenó y corrió con los gastos del “trabajito”.

Al terminar de contestar, el Alma del anciano gesticuló; acababa de recordar algo: la tarde anterior olvidó ir a ver a Jacinta, una joven modistilla de tres al cuarto, tonta de narices y, ahora, encima embarazada. Precisamente, quería verla por algo relacionado con ese embarazo. Al anciano le gustaba mucho ser él quien realizase este tipo de acciones, pero estaba dispuesto a dejarle a Manuel el honor de recomendar a la muchacha que no se entusiasmase mucho, pues ese niño nacería muerto. Además, si le comunicaba este irrelevante dato, saldaría su deuda por la respuesta obtenida.

Manuel me juró que nunca vio nada tan doloroso como la cara de la pobre modista cuando le comunicó la funesta noticia. Noticia confirmada siete meses después.

Después de dejar a la pobre muchacha conmocionada y destrozada por la noticia, Manuel regresó a su despacho. Ese pequeño habitáculo dentro de la redacción se convirtió en su guarida, en un refugio a salvo de todo y de todos.

Sabía que, con no jugar más, con no recitar la invocación y no preguntar, habría terminado para siempre el verse en situaciones como la vivida con la modista. Pero, de pronto, alguien llamó a la puerta del despacho: un trabajador le traía un sobre recién llegado. Al abrirlo, sintió como si el destino le asestara una puñalada. Se trataba de una próxima orden de embargo sobre las instalaciones del periódico. En caso de no hacer frente a un impago en las próximas tres semanas, perdería el diario.

Sus dudas se acababan de disipar: ya no consistían en si encontrar la noticia que aplacase la deuda a través del manuscrito, o buscarla por otros medios. Unos medios a los cuales ya recurrió con anterioridad sin resultado alguno. No quedaba otra solución; tendría que volver a recurrir al Espíritu del anciano antes de tres semanas. Veintiún días, en los que Manuel era consciente de que debía estar listo para algo ya a todas luces inevitable: su muerte.

Volver a jugar con el Espíritu del anciano, interrogarle a fin de obtener la respuesta de quién ordenó matar a don Juan de Escobedo, ya había costado una muerte y, sin duda, al seguir adelante con el caso, la de Manuel sería la siguiente. Pero acepta su destino; aunque él muera, en el diario hay personas muy capaces de dirigirlo y conducirlo de nuevo a la cúspide. Además, instaría al Alma del anciano para que no solo le dijera el deseado nombre, sino también, gracias a sus habilidades malignas, le concediera el deseo de transportarle al pasado, a aquel 31 de marzo de 1578, fecha del asesinato de don Juan. Deseaba presenciar la escena, ver in situ cómo se consumó el macabro plan ideado por la mente asesina. ¡Qué menos que concederle ese deseo a cambio de su Alma! ¡A cambio de su vida!

Sin embargo, en un primer momento pareció acabarse todo: un repentino y definitivo achaque de su ya malogrado corazón provocaba que, alertados al oír un fuerte golpe, el personal de la redacción lo encontrara muerto en su despacho. Manuel había fallecido o, mejor dicho, su cuerpo acababa de morir. Su Alma, por el contrario, y en un arrebato de coraje, tuvo unos minutos para suplicar a la muerte algo más de tiempo antes de marcharse; ruego que fue escuchado y se le fue concedido.

Desde entonces, todos los 31 de marzo de cada año, el Espíritu de Manuel regresa a esta calle Mayor de Madrid, y regresará tantas veces como precise hasta ver cumplido su deseo: publicar en la portada del periódico el nombre de quién mandó matar a don Juan de Escobedo. Después, partirá para siempre. Esta era la razón por la cual Manuel esperaba en la calle desde tiempo antes de que nos encontrásemos. De hecho, sacando una vieja libreta del bolsillo de su abrigo, que supuse sería el manuscrito, se arrodilló en la acera, la abrió por una página en concreto y empezó a recitar en voz alta la invocación cuyas primeras palabras dicen… “Obsecro te, anima mortis…

Justamente, apenas unas horas antes, cuando yo aún continuaba celebrando el cumpleaños de mi amigo, acabábamos de dejar atrás un 31 de marzo, Lunes de Pascua, aniversario de la muerte de Escobedo. Eran las primeras horas del martes, primer día de abril, y reconozco que me encontraba totalmente superado. La aparición de un Espíritu en plena calle, con todo lo que ello supone, y después de todo lo escuchado, había quedado para mí en un mero acontecimiento casi insignificante. El Alma aparecida de Manuel, inquieta, enardecida por lo que estaba seguro ocurriría en pocos minutos, recita sin parar y a pleno pulmón la invocación escrita en latín, olvidándose por completo de mí.

Antes de que el Espíritu de Manuel terminase de leer la invocación, la calle se cubre de una densa niebla. Apenas puedo verlo. Salvo por su propia voz, el silencio se hace dueño y señor del ambiente. Mientras tanto, una tórrida y seca corriente de aire parecía atravesarnos y nada ni nadie, siendo una calle tan principal como es, se deja ver por ella. En cambio, él continúa de rodillas junto a la libreta, ajeno a todo. Pronuncia palabras en latín acompañadas de gestos airados. De improviso, gracias a un impulso brusco e inesperado, se pone en pie. Por su reacción, acaba de ver algo o a alguien y, por la expresión de su cara, no le gusta nada lo que ve. Quien sea le intimida y lo mantiene en guardia; se le ve tenso y erguido como si quisiera demostrar que está dispuesto a todo.

Un momento después, Manuel pasa a la acción con un: —Aquí estoy. Terminemos con esto de una vez, me esperan—. Yo no veo a nadie más que a nosotros dos, pero mirándole a él, se da por hecho que quien surja a través de esa invocación ya está aquí. Durante un breve tiempo, el Alma de Manuel solo se dedica a asentir con un ligero movimiento de su cabeza y un resignado —Sí, soy consciente y acepto—. En vano, intento saber con quién habla, qué ve, qué oye. Lo ignora todo, salvo a lo que sea que tiene ahora delante. Le teme y no se fía de él; lo vigila sin apartar la mirada, con los puños apretados y el semblante firme. Pero es ahí, tras pronunciar el último de los tres “sí, soy consciente y acepto”, cuando la mirada firme y la intención de mostrarse dispuesto a todo se vienen abajo. De golpe, sus ojos miran al suelo y su aspecto se muestra tremendamente derrotado.

Ahora sí tengo claro qué ocurre: después de recitar la invocación, el Espíritu del anciano regresó con ella. Ese espectro maligno que cambiaba saber por maldad estaba aquí y el Alma de Manuel…, ¡se acababa de ofrecer a él! El pacto y la consabida venta de su Alma quedaban consumados y, con ello, el Espíritu de Manuel daba la espalda a la gloria, al siguiente destino que se le tuviera reservado, a cambio de fidelidad y servidumbre eterna al señor del infierno. Juntos partirían en dirección al averno de donde procedía el Espíritu del anciano.

Desconsolado, el Alma de Manuel trata de sobreponerse. Queda conocer la respuesta por la cual acababa de renegar de su fe. Falta descubrir quién dio la orden de matar a don Juan de Escobedo. Manuel quiere hablar y la voz le falla; la emoción frustra el intento. Vuelve a probar y esta vez un pequeño hilo de voz, titubeante y apenas audible, consigue abrirse paso… —Dime el nombre…

Enseguida, el Alma de Manuel vuelve a caer de rodillas. Deprisa, coge el manuscrito y saca un lapicero de su abrigo. Quiere apuntar lo que supuse sería el deseado nombre. Sin embargo, de pronto, su brazo izquierdo se estira hacia atrás violentamente. Algo tira de él tan fuerte que, ya con el Alma de Manuel caído en el suelo, le arrastra por la acera con una fuerza increíble. Desconcertado, intento sujetarle y agarro tan fuerte como puedo sus tobillos. No puedo quedarme quieto y solo mirar cómo el Espíritu del anciano se lo lleva al averno y, al momento, siento un fuerte golpe; ¡me han pegado! La sangre resbala por mi cara, acompañada del intenso dolor que tocar a un espíritu supone. Pero, aunque trato de agarrarme a esos tobillos, también me arrastra a mí con ellos. Un segundo golpe impacta contra mi cabeza; estoy aturdido, tirado en el suelo y sin fuerzas. No siento ese dolor frío de tocar un Espíritu, he debido soltar el Alma de Manuel al recibir el golpe.

¡De repente! Desde mi posición, tirado en el suelo, veo algo inaudito. ¡Es una mano! ¡Una mano de un blanco radiante acaba de surgir de entre la oscuridad! Indiferente a lo impresionante y violenta que resulta la escena, se acomoda despacio sobre el brazo del Alma de Manuel para, sin esfuerzo alguno, colocarlo suavemente en la acera. La palma de esa insólita mano resplandeciente mira hacia quién demonios arrastraba a Manuel en un gesto de ordenarle que se detenga. A esa mano le dan igual pactos, ventas, preguntas y acciones malvadas; simplemente, ¡se acabó eso de llevarse el Alma de Manuel!

Mientras tanto, la niebla, como amedrentada por lo que ocurre, se disipa y todo en la calle recupera su estado natural. Tan cotidiana que, por detrás de donde nos encontramos, y por la misma acera, se aproxima un grupo de turistas. Seis personas a quienes seguro que no les gustará seguir la juerga con un fantasma y una mano con vida propia. Pero, al girarme para avisar, observo al Alma de Manuel desplazarse lentamente tras la mano. Se eleva del suelo atraído por ella, rodeado por un aura brillante y plateada. Su imagen ahora es otra: es un hombre joven y su aspecto denota felicidad… ¡Se ha salvado! ¡El Alma de ese hombre ha sido redimida y ahora va camino de la gloria! ¡Lo has conseguido! ¡Lo has conseguido! ¡Le ganaste! ¡Bravo, Manuel, bravo! Segundos después, ambos desaparecen entre la oscuridad a pocos metros por encima de mi cabeza. De nuevo, estoy solo.

Mi inesperado encuentro con un Fantasma termina. Manuel partió rumbo a donde debía y todo vuelve a estar en calma cuando, de improviso, algo en la acera llama mi atención. Tras observarlo, compruebo que se trata del manuscrito encontrado en la redacción. El lapicero señala la página por donde se abrió la última vez. Efectivamente, en esa página puede leerse la invocación y, también…, ¡hay escrito un nombre! Un nombre que concuerda con uno de los tres sospechosos de Manuel. Los desordenados trazos con los cuales fue escrito en la página certifican que Manuel, aun siendo arrastrado camino del infierno, consiguió anotar el nombre de la persona que ordenó matar a don Juan de Escobedo.

Todavía examino el nombre escrito en el manuscrito cuando, inesperadamente, algo me sobresalta… ¡Acabo de oír una voz! Una voz que no llego a entender. Han sido varias palabras seguidas, pronunciadas de manera precipitada y surgidas de la nada. Ya no puede ser de ninguno de los turistas, se encuentran bastante alejados, y la voz sonó aquí mismo, muy cerca de mí. Sin embargo…, ¡no hay nadie! Quizás proviniera de algún coche o de las viviendas situadas alrededor; con todo lo acontecido esta noche, mi cabeza, ya no sé… El caso es que tampoco veo alejarse ningún vehículo, ni luces en alguna ventana.

Resignado, emprendo la marcha; aquí ya no se puede hacer más. He esperado durante un rato, por si volvía a oír esa voz, y en vista de que no ocurre nada, decido volver a casa. Andaré; no me apetece nada subirme a un taxi, así que, durante el camino, intentaré poner los nervios en su sitio. Sin otro motivo que la casualidad, subo por la calle donde Manuel comentó que se encontraba la redacción de su periódico. Es una callejuela estrecha, bastante oscura y solitaria. Llegado al número cinco de la calle, cruza por delante de mí la figura de un chiquillo de no más de diez o doce años. La verdad, no lo he visto venir. Surgió de entre la penumbra, sin apenas hacer ruido, para adentrarse raudo en este portal número cinco. Un portal que, por cierto, está abierto.

La sorpresa de cruzarme a estas horas de la madrugada con un niño completamente solo me empuja a esperar un momento delante del portal. Seguramente, no ocurrirá nada, pero…, no sé…, me ha dejado preocupado. Oigo ruidos. Es un sonido constante que se hace más intenso por momentos. Temo por los vecinos; muchos todavía dormirán y las primeras quejas no tardarán en escucharse. Decidido, busco de dónde proviene el ruido y me adentro en el portal. La verdad, no sé a cuento de qué hago esto; ¡yo y mis ganas de complicarme la vida!

El portal es muy antiguo; hasta todavía mantiene los antiguos interruptores de porcelana. A poco de entrar, una puerta de doble hoja, con cristalera de vidrio soplado en la parte superior, separa al edificio de la puerta de acceso desde la calle. Al cruzarla, el ruido deja de escucharse. Junto a la escalera principal, destaca otra puerta que me llama por completo la atención. Es de madera oscura, tipo cuarterón, ancha y no muy alta, en cuyo centro luce una placa. Al acercarme y leerla, entiendo el porqué de mis ganas por entrar en este portal. ¡Es la redacción de un periódico! Mejor dicho…, ¡es la redacción del periódico de Manuel! Recuerdo que me dijo cómo se llamaba y ese nombre coincide con el de la placa, pero me extraña verla ahí, todavía en la puerta, después de tantos años.

En fin, los dueños del piso serán gente que, como a mí, les gusta conservar las cosas antiguas.

Ya en la calle, quieto delante del portal, vuelvo a escuchar el mismo ruido de antes. Buscando de dónde puede provenir, me fijo en unos ventanucos situados a ras del suelo. Son cuatro estrechos ventanucos rectangulares pertenecientes a los bajos del edificio. ¡El ruido proviene de ahí, estoy seguro! Agachado delante del más cercano, no puedo creer lo que veo. Los cuatro pertenecen a una gran sala con un puñado de máquinas y un grupo de hombres trabajando en ellas. No entiendo mucho de máquinas, pero juraría que todas ellas son muy antiguas. Distingo dos prensas grandes, una de vapor y otra de las denominadas de cilindro, con su enorme rodillo girando sin parar. Ahí abajo, la temperatura debe de ser insufrible; los hombres están empapados en sudor. Hay otra máquina; esta luce más nueva y es, sin duda, una rotativa. ¡Ahora lo entiendo! En este sótano se imprimía el periódico de Manuel, y hoy en día la imprenta de algún otro diario, seguramente, de bajo presupuesto a tenor de las máquinas tan antiguas que utiliza.

De improviso, alguien sale del edificio. Es el niño de antes acercándose a mí. Pero…, ¡no puede ser…! ¡No es un muchacho normal…! ¡Es un Espíritu! Los muchos puntitos de colores distintos que forman su figura oscilan sin parar. Frente a frente, noto cómo de esa misma aura fluye una intensa corriente de calor que reseca mis sentidos. Puedo verlo bien: muestra podredumbre, aspecto famélico, suciedad y, a todas luces, un carácter muy inquieto. Descubro marcas, heridas, cortes y cardenales recientes y pasados allá donde le mire.  Una gorra de tela en la cabeza, pantalones cortos, calcetines a poco de llegar a las rodillas y botas que nunca vieron un cepillo ni de lejos, conforman un ropaje que compite en rotos y deterioros. El montón de periódicos que lleva consigo bajo el brazo le hace sentir importante. Antes de poder dirigirme a él, me habla…

“Caballero, su diario, de parte de don Manuel. Quiso que se lo entregara. Lo dejó dicho poco antes de morir. Porque se ha muerto, ¿lo sabía ya usted? Murió no hará una hora. Dijo que lo guardase, así como se guarda el oro, pues ya sabe usted que su coste fue igual, real arriba, real abajo, que el mismo oro. No tenga cuidado, ni le apriete la impaciencia; ya le dirá el bueno de don Manuel en su momento qué uso ha de darle, allá en su tiempo.”

Dicho esto, sin esperar respuesta y con un alegre correteo, el muchacho se aleja de mí y desaparece en la oscuridad. Al mirar el periódico que me ha entregado, ¡ahí está! ¡No me lo puedo creer! Tal y como prometió el Alma de Manuel, el nombre de la persona que urdió el asesinato de don Juan de Escobedo García aparece a lo grande en mitad de la portada. ¿De veras Manuel consiguió publicarlo, o este ejemplar no es más que el deseo frustrado de un Alma ya descarnada? No lo sé; no sabría decir. Se hiciese público este número o no, lo que sí sé es que yo, ahora mismo, tengo entre mis manos la edición especial de un diario fechada el cinco de julio de 1925. ¡Se dice pronto…!

Sin salir de mi asombro, y volviendo la mirada al interior del edificio, observo a los trabajadores de la imprenta colocarse en círculo, junto a otros hombres y mujeres. Cogidos de la mano y tras mencionar el nombre de Manuel, comienzan a rezar un atronador Padre Nuestro, mientras toda la imagen, lentamente, desaparece de mi vista como si alguien la estuviera borrando…

A día de hoy, no podría decirles cuántas veces he abierto este periódico dedicado íntegramente al homicidio de don Juan de Escobedo. Lo leo o simplemente lo ojeo cada poco tiempo. Sus artículos con respecto al asesinato son sorprendentes. No me cabe duda, este diario es una de las cosas que con más cariño guardo, de entre todos esos regalos obtenidos de esta manera tan especial. Regalos conseguidos gracias a esas maravillosas Almas con las que tuve la fortuna de encontrarme. Para mí, este periódico es uno de los más impresionantes de todos. La aventura para conseguirlo, ahora sé que fue como un preludio de todos los “seres” buenos y malos, pero todos ellos fascinantes, con los que tendría que encontrarme durante estos años de trabajo en esta profesión tan apasionante como difícil de explicar. Nunca más tuve un caso en el que varios Espíritus se aparecieran con un papel tan distinto.

También, ya son muchos los años pasados desde aquel “encuentro” en la calle Mayor, pero como bien me dijo el muchacho, yo aquí sigo paciente. Confío en que llegará el día en el cual sepa qué hacer con el diario. Mientras tanto, lo disfrutaré, lo leeré y, al terminarlo, recordaré aquella increíble historia de Fantasmas que tuve la gran suerte de vivir.

** SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO: M-006104/2023.

NÚMERO: M-006104/2023.