FALLECER O MORIR

Ocho y media de la tarde algo pasadas. Después de que una llamada de teléfono me sacara de la cama en plena madrugada, ¡por fin!, de nuevo en casa. Ha sido un día interesante el de hoy. Las emociones, nervios y miedos, ligados de manera incuestionable a este mundo de los Espíritus, hicieron acto de presencia a poco de empezar la jornada. Lo que en principio supuse que sería una urgencia de esas tontas en un antiguo palacete del viejo Madrid, seguramente propiciada por las bromitas de algún guasón con ganas de pasarlo bien, pronto se decantó por convertirse en otro nuevo “caso de fantasmas”. No bromeaban quienes anoche dieron la voz de alarma en el palacete. Al parecer, pasada la medianoche, cuatro vigilantes se encontraron con un Fantasma: ¡el Alma de una mujer deambulaba por la galería que une los aposentos principales con la capilla! Un Espíritu a quien los vigilantes sólo pudieron ver de espaldas, y que en ningún momento se inmutó, ni varió, ni detuvo su camino hasta la capilla. A poco de llegar nosotros, ese Espíritu se dejó ver, comenzando toda una rocambolesca aventura por las estancias del palacete. Sin duda, fue un caso de Fantasmas de esos que hacen afición.   

  Ya en casa, me relajo tomando una taza de café, mientras escucho las grabaciones realizadas en el palacete. Todo lo ocurrido allí durante la noche pasada, ahora, según relajo nervios, se va viendo de otra manera. A pesar de las carreras, la tensión y los sustos, hubo momentos que resultan hasta divertidos al escucharlos de nuevo en la grabadora. Sin embargo, enseguida noto algo raro: en la grabación se escucha a alguien que no se corresponde con la voz de ninguno de los que estábamos en el palacete. Se oye una voz aguda, femenina, incluso, triste, muy triste. Débilmente, se deja notar por debajo de los comentarios tanto de los vigilantes cómo de los míos. Ajena a todo, evita participar en nuestras conversaciones y, actuando de la misma forma que el Espíritu de la mujer, tampoco da respuesta a ninguna de las cuestiones que anoche preguntamos a esa Ánima en voz alta. A base de esfuerzo, consigo ir entendiendo palabras sueltas; palabras pertenecientes a un monólogo que se prolonga durante largo rato. Esa voz es lo único que se escucha en la grabación aparte de a nosotros; no hay otros ruidos, golpes, crujidos u otros sonidos característicos de los edificios antiguos. Parece como si estos sonidos, tan naturales que su falta sorprende, hayan sido silenciados con el propósito de que la voz destaque y sea imposible de pasar por alto al escuchar la grabación. Aun así, es raro: la voz se detecta de inmediato, pero por lo que voy escuchando, más bien da la impresión de que la grabadora hubiese captado y guardado los pensamientos de alguien pronunciados en voz alta. Sus palabras no piden nada, no avisan de nada, no ofrecen nada. 

  De repente, un suave aroma llama mi atención. Es un perfume de mujer que rápidamente se extiende por el salón. Una fragancia totalmente distinta a la elegida por la única fémina que habita en esta casa y que, por cierto, lleva fuera de vacaciones desde hace más de veinte días. A pesar de esto, el aroma me resulta familiar. Lo reconozco, este perfume fue protagonista importante en otro caso de Espíritus solventado ya meses atrás. Según una considerada historiadora del perfume, este aroma se usó mucho durante la Primera Guerra Mundial. Las mujeres de por entonces impregnaban sus pañuelos con él antes de regalárselos a los soldados con el fin de infundir ánimo a las tropas. Cien años después de su creación, desconozco si todavía en uso, este aroma llega hasta mí anunciando que su portadora se encuentra ahora mismo conmigo en el salón. No contenta solo con el hecho de dejarse notar, la siento acercarse y, de pronto, ¡una silla acaba de apartarse sola de la mesa! La silla situada junto al sillón donde estoy sentado se desplaza unos centímetros hacia atrás, y su asiento se hunde como si alguien se hubiera sentado sobre él.  

Me quedo quieto, en silencio. Permanezco a la espera de algún nuevo detalle que aclare en algo las intenciones de quien ahora me acompaña. Lejos de que las sorpresas terminen, es ahora la grabación la que se detiene de golpe, cuando, ni mucho menos, había llegado a su fin. La casa se ha quedado en silencio. Apuesto que este extraño parón de la grabadora está relacionado con la no menos insólita y recién llegada visita. La silla vuelve a moverse, y con ello el cojín del asiento recupera su posición normal. Ya no sé si son imaginaciones mías, pero juraría haber visto pasar por delante de la ventana al mismo espíritu que anoche vimos deambular por el palacete. Si hay un momento para huir y salir de casa, no cabe duda de que es ahora, pues si de veras estoy acompañado por la aparición de un Alma y este vuelve a sentarse en la silla de antes, quedaré acorralado entre él, la mesa y las paredes. Demasiado tarde, ¡el salón se ha quedado a oscuras! Gracias a la poca luz que entra de la calle a través de la ventana, veo levantarse el candelabro con tres velas rojas situado en un aparador cercano. Ninguna mano lo sostiene o yo no la veo, pero, tras permanecer suspendido en el aire un par de segundos, el candelabro comienza a avanzar dirección a mí…, ¡con sus tres velas encendidas! ¿Cómo se han podido encender? Nervioso, fijo la mirada otra vez en la ventana; quiero cerciorarme de que la imagen vista antes es real y de veras estoy con un Espíritu. Si esto es así, también habré de confirmar si es la misma Alma de la mujer de anoche. ¡Es de locos! ¡Es ella! Es el Ánima que deambulaba por el palacete. Creía haber dejado resuelta la cuestión que la impedía marcharse de una vez y para siempre; ¡la vimos marcharse! Estaba equivocado: acaba de pasar fugazmente por delante de la ventana y no tengo dudas, ¡era ella! Pero…, ¿qué hace aquí, en mi casa? ¿Qué motivo la empujó a venirse conmigo?   

Poco después, cuando ya tengo el candelabro encendido muy cerca, este se acomoda sobre la mesa despacio, sin tirar, ni tan siquiera rozar la libreta de notas, la taza o la grabadora colocadas en la misma mesa. El aroma del perfume vuelve a percibirse cerca, muy cerca, mientras el asiento de la silla vuelve a hundirse. Quienquiera que sea…, ¡está a mi lado! 

Las llamas de las velas se agitan deprisa y por la ventana la luz deja de entrar de repente; al sol parece que le hubieran entrado de pronto unas ganas locas de marcharse. Sólo la luz de las velas evita la oscuridad completa. La angustia por no saber qué va a pasar ahora alimenta el miedo. Por el contrario, la tiniebla tranquiliza las velas, las cuales, más sosegadas, han crecido de tamaño lo bastante para iluminar la parte superior de la mesa. En el salón reina una calma tensa. De momento, no ocurre nada, ni se escucha ningún ruido. La presencia del Espíritu ahoga cualquier sonido llegado de la calle o desde el descansillo de la escalera. Además, otro indicador de que estoy viviendo una aparición surge en escena: ¡el frío es horrible! Desde que ha venido, la temperatura de la casa cayó empicado.  

Segundos más tarde, atónito, observo a la libreta de notas moverse. Sin que la toque nadie y despacio, se arrastra por la mesa dirección al borde más cercano al Espíritu. Lentamente, la libreta se coloca con mimo hasta quedar situada como si se fuese a abrir para leer lo que hay en sus páginas. No obstante, pasan los segundos y vuelve a no ocurrir nada. Asentada justo en el centro del círculo de luz, la libreta ya no se mueve. Sin embargo, se intuye que esto no ha terminado y, en breve, algo nuevo acontecerá. Este Alma no se vino desde el palacete para nada; sería tonto pensar que se va a marchar sin decir o llevar a cabo su propósito y, cumpliendo los presagios, algo ocurre de inmediato…, ¡la libreta se abre por una página en blanco! No la he visto abrirse, pero lo que sí sé es que un par de segundos antes la libreta estaba cerrada mostrando su portada azul. Con el fin de no perderme también lo que ya parece inevitable, fijo mi vista en ella e ipso facto…, ¡una mano surge de entre la oscuridad! Es una mano cubierta por un guante negro que se posiciona sobre la libreta dispuesta a escribir en ella. Una mano que pese a imitar el mismo gesto que haríamos todos al anotar algo, le resultará imposible hacerlo. Aunque se desplace de un lado a otro del papel, sus dedos no sujetan ningún bolígrafo, ni lapicero, ni nada con que escribir. Sin embargo, al terminar y volver a ocultarse lentamente en la oscuridad, la mano descubre una frase escrita en el papel.  

Desde el sillón no acierto a leer la frase que el Espíritu ha dejado escrita en la hoja de la libreta, y acercarme ahora a leerla, cuando continúa sentado en la silla de al lado, supone correr un riesgo innecesario. Prefiero aguantar en una espera que se prolonga al no ver en él ninguna intención de marcharse. Ambos seguimos sentados en nuestros asientos. Noto su mirada, aunque me esfuerzo por no despegar mi vista de la libreta, no deja de mirarme. Me crea confusión el que siga aquí, mostrando esa actitud tranquila. Normalmente, todo Alma, tras dejar el mensaje por el cual se deja ver, tienden a regresar allá de donde han venido, desapareciendo tal y como vinieron. Esto confirma que mis conocimientos acerca de este mundo de las Ánimas continúan basándose en meras suposiciones. 

El espíritu sigue aquí, sin dejar de mirarme. La situación resulta insufrible y tímidamente, me animo a levantar la mirada de la mesa buscando la suya. La oscuridad impide el encuentro, pero no la sensación de saber que estamos frente a frente. Su comportamiento sereno, sin pretensiones de volver al palacete, sugiere que, quizá, lo escrito en la libreta esté esperando respuesta. Evitando movimientos bruscos, separo la espalda del respaldo del sillón y apoyo los brazos en la mesa acercándome a la libreta. Ahora el perfume tan agradable se nota tanto que inhibe hasta el miedo. Sin quererlo, mi mano roza la suya causándome la típica sensación similar a una pequeña descarga eléctrica, común cuando rozas o tocas a una Ánima. Aun así, y en vista de que al Espíritu tampoco parece importarle, no retiro la mano. Aguanto la leve descarga hasta qué despacio se debilita casi por completo. Su silla se mueve y al momento, la mano enfundada en el guante negro vuelve a aparecer en el círculo de luz formado por las velas. Con un dedo, señala lo escrito en la página. Dándome por enterado, con precaución me acerco más a la libreta: 

—A medianoche, tu sombra en la capilla muestra el principio del camino que une a quien tú eres, con quien dejaste de ser. 

     Amalia.— 

Después de leer lo escrito en la libreta, mi desconcierto aumenta. Es lógico que con la presencia del Espíritu todavía aquí sea casi imposible concentrarse, pero, además de eso, el mensaje, ya de por sí, resulta complicado de entender. ¿A qué se refiere? ¿Hablamos de encontrarme con una vida mía, anterior a esta que vivo? Si es así, ¿por qué en el palacete? ¿Qué relación tiene ese lugar conmigo? Y lo más inquietante, ¿qué motivo mueve a este Alma a venir hasta mi salón a desvelarme tal misterio? El mensaje genera toda clase de incógnitas y recelos. Por supuesto, lo primero es averiguar por qué continúa aquí. Si ya ha entregado su mensaje, ¿Por qué no se va? ¿Qué motivo le retiene aquí?  

Haciendo un esfuerzo por tratar de memorizar el mensaje escrito en la libreta, vuelvo a recostarme sobre el respaldo del sillón. Continúo acompañado y, en vista de que el Espíritu sigue sin hacer intención de irse, me decido a ser yo quien intente entablar conversación. Reconozco que la voz no me responde nada rápida ni con el tono deseado. Más bien, la pregunta, ¿quieres comentarme algo más?, ha sonado titubeante y similar a un ligero susurro. El Alma se revuelve en la silla, para enseguida volver a poner su mano encima de la libreta. De nuevo, la mano va y viene por encima del papel, repitiendo el gesto que se hace al escribir… 

Apresúrate. Recorre presto el camino oculto en la capilla y ruégale al cielo que quien tú no eres no te encuentre antes”. 

Una nueva pregunta se me ocurrió nada más de terminar de leer su respuesta. ¿Cuánto debo apresurarme? ¿Hasta cuándo podía retrasar la vuelta al palacete y con ello a la capilla? 

Hoy” 

Nada más terminar de escribir estas dos palabras en la libreta, el Espíritu deja de sentirse en el salón. Nada quedaba en el ambiente de él, de su perfume, ni de la oscuridad ocasionada durante su presencia. La luz regresa en el mismo momento que yo leo su respuesta. Sin embargo…, ¡el candelabro se mantiene encima de la mesa con las velas encendidas! Quizás prefirió dejarlo así, como prueba de que realmente estuvo conmigo en el salón y no se trataba de un sueño o una paranoia mía. 

No necesité pensármelo mucho. Ver el candelabro ahí, en la mesa, era suficiente pretexto para abandonar la tranquilidad del hogar e involucrarme en otro nuevo caso; un caso en donde yo, ahora, pasaba a ser el afectado y protagonista del mismo.  

Varias llamadas sin respuesta antes de llegar a mi destino provocaron algo que nunca debe hacerse cuando se aborda un caso de esta índole; enfrentarse a estas cosas uno solo sin la compañía de alguien es, cuanto menos, una locura. Los vigilantes estarían un poco atentos a mí, supongo y confío en ello. Por otra parte, estos mismos vigilantes también resultaban ser el primer problema: conseguir convencerles de que, aunque anoche dejamos el caso terminado, necesitaba urgentemente volver a entrar al palacete y trabajar nada más y nada menos que en la capilla, una de sus estancias donde más objetos valiosos se conservan, no sería fácil; no son tontos y parte de su trabajo es precisamente eso, desconfiar.  

¡Gracias a Dios!, el misterio que despierta en algunas personas este mundo de las apariciones de Almas, a veces consigue abrir puertas a primera vista totalmente inaccesibles. Bastó encubrir la necesidad de acceder al palacete con la típica disculpa de llevar a cabo una última revisión, para poder acceder a él sin ningún problema. Ahora solo quedaba por solucionar la cuestión de quedarme solo en la capilla. 

Disimulando el verdadero propósito de mi visita al palacete, comienzo por efectuar una ronda por todas las estancias recorridas la noche pasada. Mientras caminamos por los interminables pasillos linterna en mano, escucho de boca del vigilante que me acompaña su experiencia con otro Espíritu aparecido en una antigua residencia familiar. Siempre presto mucha atención a este tipo de “vivencias”, porque nunca se sabe quién te puede llevar a un nuevo caso. Asimismo, he de ganarme su confianza, pues necesito disponer de tiempo suficiente para investigar la capilla con tranquilidad. Para ello es vital quedarme solo, pero sin que se olvide de mí y de mi presencia dentro del palacete. Por suerte, una llamada a su walkie-talkie le obliga a regresar al punto de control: el camión de la basura acaba de llegar y está esperando en la calle a que los vigilantes le abran la puerta. ¡Es mi oportunidad! Desconozco de cuánto tiempo dispongo, ¡me da igual! ¡Este es el momento! No tardaré nada en llegar a la capilla, de hecho, tras una corta carrera ya la veo. Dentro se divisa una pequeña luz. Ahí, ese es el punto en el cual he de colocarme para saber hacia dónde apunta mi sombra, tal y como se leía en la frase escrita por el Espíritu en casa. Por desgracia, la capilla no tiene puertas, cualquiera de los vigilantes que suba a esta planta y ande por el pasillo me verá dentro y con ello la comprobación habrá acabado. 

Dentro de la capilla un intenso olor a incienso llama la atención. Según anoche comentó el director del palacete, el último ritual religioso celebrado aquí fue un funeral allá a principios del siglo XIX. Las honras fúnebres de la última heredera de toda una dinastía familiar de siglos y siglos de existencia, no tan sólo puso fin a todo acto religioso en este lugar, sino que, además, condenó al palacete a un abandono que duraría años. ¿Si desde entonces esta capilla quedó olvidada, despojada del culto para el cual fue consagrada, de donde viene este olor a incienso? El director también reconoció que el interior de la capilla es una de las estancias menos transitadas. Las visitas pueden verla únicamente desde detrás del cordón de seguridad, y los vigilantes hacen todo lo posible para no pasar por delante ni de día ni de noche. En mi caso, no me queda otra que entrar y recorrerla hasta colocarme en el centro de la luz.

La capilla se ve pequeña y modesta. De forma rectangular, tan sólo se observan cinco bancos de madera situados en el centro, el altar con tres velones encendidos y un sencillo retablo sobre el cual se muestra el sagrario. Tras avanzar dos o tres pasos, la luz de la linterna descubre una imagen de la virgen del Carmen presidiendo el retablo. Situado a los pies de la imagen, el sagrario reluce en la oscuridad con un halo de claridad que llega a rozarse con el emitido por los velones. Anclada en la pared, hay una ventana enrejada a una altura aproximadamente de un metro por encima del suelo; en el pasado hubo alguien a quien le gustaba escuchar la misa o rezar sin ser visto. Ahora, dos cortinas rojas evitan ver lo que hay tras sus cristales. De repente, un ruido en el otro lado de la capilla me detiene. Enseguida, apago la linterna. De todos es sabido la cantidad de ruidos extraños que se escuchan en los edificios viejos, pero, con lo acontecido en casa, la causa seguramente será otra. Tampoco podía descartar que fuese algún vigilante curioso e ilusionado por la posibilidad de ver por primera vez a un fantasma de verdad. Pasado un tiempo prudencial y aceptando el ruido escuchado en el otro lado de la capilla como algo natural, enciendo la linterna y continúo avanzando.

Ningún otro suceso me distrae antes de llegar hasta el borde donde termina la luz que desprenden los velones. Si tuviera más tiempo, haría algunas comprobaciones antes de atravesar ese borde. Ahora tengo los minutos contados y estos solo permiten una cosa: seguir adelante sin pensar en más. Cerrando los ojos, entro en el foco de luz hasta situarme en el centro. Permanezco inmóvil durante algunos segundos. No ocurre nada; bueno, quizás…, ahora perciba una corriente de aire frío inexistente momentos antes, aunque no descarto que sea una sensación a consecuencia de los nervios. Busco y me fijo en mi sombra. Alargada, se extiende por el suelo para terminar elevándose por la pared como si quisiera trepar hasta un cuadro situado justo encima. Un cuadro enorme y sin duda antiquísimo, que presenta la imagen de un Ángel de grandes alas y de una joven bastante demacrada, descalza y ataviada únicamente con un camisón blanco. Juntos, y cogidos de la mano, ambos suben por unas escaleras que partiendo de un cementerio suben y suben hasta adentrarse en el mismísimo cielo. Yo no tengo ni idea de pintura, pero, a mi juicio, el pintor debió de ser todo un artista; ¡al Ángel y a la muchacha solo les falta hablar! Reconozco al Ángel y entiendo la escena: se trata de Azrael, el Ángel que pidió a Dios permanecer en la tierra y no subir al cielo. Se prestó voluntario para realizar la misión de separar el Espíritu del cuerpo una vez que morimos. Acompaña a toda Alma a su siguiente destino, defendiéndolas de los demonios empeñados en arrastrarlas al calvario, aunque no hayan cometido las maldades condenatorias a las llamas del infierno. (Denominado psicopompo en la mitología.) Se dice que según haya sido tu actitud y tus obras en vida, así le verás cuando venga a buscarte: si viviste acorde a alguien de buen corazón, en tu último suspiro de vida te encontrarás con un Ángel bello capaz de acabar al instante con los muchos temores que acompañan a todo moribundo.  Si, en cambio, tu corazón se vendió a los bienes materiales, pasando por encima de lo humano, Azrael se presentará ante ti como un monstruo horrible. Un ser aterrador a quién por mucho que supliques, él mismo te arrojará sin piedad a las puertas del infierno. 

Resuelto el problema de hacia dónde apunta mi sombra, el próximo paso es volver a colocarme en este mismo lugar cuando llegue la medianoche. No entiendo el porqué de esperar a esa hora y, menos aún, qué ocurrirá entonces. La verdad, todavía no relaciono la historia de Azrael con las frases escritas por el Espíritu. Probablemente, la presencia del cuadro, del Ángel y de la muchacha, a todas luces, el Alma de una joven recién fallecida, se trata de una simple casualidad. Lo único seguro es que faltan dos horas para el paso al nuevo día y va a resultar imposible aguantar sin que ningún vigilante venga a buscarme. Si no fuese por la premura de tiempo, podría estar contento: he recopilado suficientes datos para estudiar y conseguir comprender el escrito del Espíritu. Sin embargo, restan 120 minutos para el momento clave, dos horas para pensar y poner en marcha alguna disculpa capaz de convencer a los vigilantes por segunda vez. A medianoche he de estar en esta capilla, solo y con tiempo por delante, sea como sea

Lo primero es salir de aquí sin ser visto o levantaría sospechas, pues ya me enteré anoche del lugar tan delicado que es esta capilla. De repente, cuando estoy a punto de salir, vuelvo a escuchar el mismo ruido de antes. Ha sonado más fuerte. Instintivamente, busco la causa y…, ¡veo a alguien! Con los dedos entrelazados, vestida de negro y portando un velo de encaje del mismo color que la cubre la cabeza, hombros y muñecas, una mujer permanece arrodillada sobre un reclinatorio a los pies de un cuadro de Ánimas. Tranquila, sin apenas moverse, mantiene la mirada fija en el lienzo que muestra el purgatorio y a las Almas en él condenadas ardiendo en llamas. Tras santiguarse agachando la cabeza, la mujer se pone en pie. ¡Es un Espíritu! El sucesivo rastro de las fugaces imágenes de ella misma que deja tras de sí en cada movimiento la delata. Ya de pie, su figura oscila lentamente y con esa misma tranquilidad es ella quien ahora me busca con la mirada. Al encontrarme, se mantiene enfrente de mí. Sólo nos separa el largo de uno de los bancos, pero la oscuridad, el velo y ¡cómo no!, la tensión generada por la impresionante escena, impiden observar nada de su rostro. Yo, confieso que algo paralizado del susto, sigo alumbrándola con la linterna; no quiero perderme un detalle, aunque mi parte más racional no deje de insistir en marcharnos cuanto antes.

El Alma de la mujer se mueve. Apartando su vista de mí, camina por el pasillo dirección al altar con paso lento y sus manos introducidas dentro de la manga contraria. Al llegar delante del altar, realiza una genuflexión en señal de reverencia sin apenas detenerse. Ya en el pasillo donde estoy yo, sigue caminando. En breve, pasará por delante de la pintura del Ángel Azrael y una vez ahí, apenas nos separarán cuatro o cinco pasos. Lejos de lo esperado, se detiene delante del cuadro. Por unos momentos, parece quedarse abstraído mirándolo. Le contempla atentamente, moviendo la cabeza despacio de izquierda a derecha como si no quisiera saltarse ningún fragmento del lienzo. Cualquiera diría que estuviera leyendo algo en él, que en vez de pintura y dibujos observara palabras. Llamado por la curiosidad, miro al cuadro tratando de confirmar la existencia de alguna frase oculta ignorada cuando le vi por primera vez. No encuentro nada fuera de lo común; ninguna palabra, ni tan siquiera una simple letra. Sin darme cuenta, según examino el lienzo, también me he ido aproximando a él. Estoy tan cerca que…, ¡mi brazo y el del Alma de la mujer se rozan! ¡No entiendo este despiste y cómo he podido acercarme tanto a ella, pero, ahora, no aparta su mirada de mí! La proximidad tampoco permite descubrir detalles de su rostro, y levantar la linterna y alumbrarla sería más una falta de respeto que un error de método. Además, no sé si me atrevería y obrando de la forma con la que suelo actuar, elijo decantarme porque sea este Alma, con el proceder que prefiera, quien me lleve a resolver el significado de esas frases escritas en casa. Por supuesto, la espera aumenta la tensión: el sudor resbala por mi frente, las piernas tiritan y los nervios sugieren abandonar este caso y echar a correr. Sin embargo, en una espontánea decisión, seguramente equivocada, dejo de observar el cuadro y miro al Espíritu. Desconozco durante cuánto tiempo nos aguantamos la mirada; desde luego, a mí me parecen horas. Con dificultad distingo en él una tez morena bajo el velo de seda; tez llamativa tratándose de un Alma. Incluso, llego a apreciar también un leve intento de sonrisa, mientras con uno de sus dedos sobre mi mejilla vuelve a girarme la cabeza hacia el cuadro. Una voz retumba dentro de mí…, “no pierdas detalle”—

Sin quitar ojo al cuadro, espero algún nuevo acontecimiento, mientras escucho una voz. Es la voz del Espíritu susurrando palabras en un idioma que no reconozco. Enseguida noto como la pintura, todo lo representado en el lienzo, comienza a balancearse. Los colores se entremezclan, las imágenes del Ángel y la joven van y vienen de un extremo a otro difuminándose por momentos y, poco a poco, toda la escena pintada en el cuadro se deforma convirtiéndose en una mancha de colores que ocupa toda la tela. Sin embargo, el cuadro en sí no se mueve. El marco persiste en su mismo lugar sin variar ni un centímetro su posición. No sé qué pasa, pero impresiona. Todo esto ocurre a raíz de que el Alma de la mujer pronunciara esas palabras tan extrañas. Quizás sabedor de la inquietud que me está generando este insólito hecho, el Espíritu se coge con suavidad de mi brazo. Es raro, pero ni me inmuto al sentir su mano sobre mí. El lienzo ocupa toda mi atención; algo tiene que inhibe a todo lo demás, y en ese “a todo lo demás” incluye también la percepción del miedo. De repente…, ¡la pintura se vuelve líquida! Cómo si se estuviera derritiendo, desde la parte alta de la tela resbala por todo el lienzo. ¡Es increíble! Lo impensable está ocurriendo: al caer, los chorros de pintura recomponen la escena pintada en el cuadro tal y como estaba antes salvo por una diferencia…, ¡el Ángel y la muchacha cogidos de la mano aparecen pintados sobre un cristal! El marco se mantiene firme y las figuras, los colores, todo es igual menos la tela. ¡El lienzo ha desaparecido! La impresión impide dejar de mirar con atención el cuadro. Entretanto, el Alma de la mujer da un paso hacia delante acercándome al cristal. ¡No lo entiendo! Se ve la pintura, se observa con los mismos detalles que antes, pero si detienes la mirada en un punto específico de ella, te das cuenta de que por detrás de esa luna de vidrio transparente hay algo más. Basta fijarse mejor para constatarlo: ¡hay otra capilla! A través del cristal sobre el cual ahora se muestra la pintura, se distinguen perfectamente unos bancos de madera, una imagen de la virgen del Carmen en un retablo y hasta el altar con tres velones luciendo encima. Pero…, ¡si es idéntica! Es del todo igual a esta capilla donde estoy ahora. Sólo falta la imagen del Espíritu y la mía ahí, en ese otro lado del cristal, y se podría decir que estamos frente a un espejo…

De pronto, acercándose por detrás del cristal, surgen dos figuras borrosas. Avanzan despacio y según se aproximan, ambas van ganando en nitidez. En un instante ya se averigua su figura: son dos personas que se acercan cogidas del brazo, hasta situarse en el borde del cristal que nos separa. ¡No lo puedo creer! ¿Cómo es posible? Una de ellas no es una persona…, ¡es el Ángel representado en el cuadro! Y la otra…, ¡no, no puede ser…! ¡La otra soy yo! Es como si Azrael, de repente, me estuviera enseñando a un hermano gemelo o a mi otro yo. Calculo que tendremos la misma edad y el resto, estatura, color de ojos, de pelo, etc., son completamente iguales. Incluso, ese hombre del otro lado del cristal gesticula con mis mismos gestos, sin embargo, algo nos distingue: sus rasgos son los rasgos de alguien castigado por los años. Las marcadas ojeras, la pronunciada delgadez manifiesta en todo su cuerpo, y el tono amarillento de su piel, presentan a un hombre sin duda muy enfermo. Su debilidad se hace más evidente cuando, visiblemente cansado, se apoya en el cristal llevando la mirada al suelo durante unos segundos. Después, me mira, y por su expresión sé que él también me ha reconocido. El verle así, tan mal, tan deteriorado, provoca que la emoción se haga conmigo hasta el punto de escapárseme alguna lágrima. Ahora soy yo quien agacha la cabeza, pero al quitar la vista de él enseguida escucho unos golpes. Es él, mi otro yo, o mi desconocido hermano gemelo, quien está aporreando el cristal, en un esfuerzo que a tenor de su aspecto le está costando un mundo. Al volverle a mirar se detiene, aunque no nos oigamos, le entiendo: no quiere verme cabizbajo. Intentando esbozar un gesto alegre, apoya las dos manos y la frente sobre la luna de vidrio, mientras a duras penas se esfuerza por respirar. Agitando una mano para llamar mi atención, exhala sobre el cristal formando una considerable nube de vaho para después, con un tembloroso dedo, escribir sobre ella…

Soy tú. Somos la misma persona. Tú todavía puedes evitar verte cómo me ves a mí ahora. Hazme caso, o pronto enfermarás. Todavía puedes evitar esta afección que nos lleva a la tumba. Nos lleva a los dos, pues yo soy tú y tú eres yo; soy una parte de tu vida, de ti, de los días que vives ahora, el resultado de un próximo infortunio.”

Sabemos que todos tenemos un día y una hora para morir. Una fecha insalvable. Pero, no solo en esa fecha se acaba todo, sino que en la vida de todos nosotros existen otras muchas ocasiones en las cuales uno puede fallecer y fallece. Esto te ocurrirá muy pronto a ti; ¡mírame! ¡Estamos en puertas de esa forma de morir!”

A cada poco, esa parte de mí situada al otro lado del cristal, deja de escribir. Con la manga de la chaqueta limpia el cristal y de inmediato vuelve a exhalar generando una nueva nube de vaho sobre la cual continúa escribiendo…

Has de saber algo: fallecer no es morir. Todo aquel que deja de vivir así, antes de que llegue su verdadera fecha de muerte, muere de forma ficticia. Fallece, pero su Alma no se va a lo que sea que le espera después. El que muere en fecha distinta a la suya deja su Alma esperando en un limbo donde las Almas sienten, ven y oyen como un vivo y viven como un muerto, mientras resignadas esperan la llegada de su fecha.”

No aceptes el caso de la aparecida en la finca de Aranjuez. No lo cojas, no vayas nunca a ese trabajo. Ahí, en el día que realizarás la primera toma de contacto del caso, inhalaremos el bicho que devorará nuestros pulmones de manera irreversible. Estos pulmones enfermos que tengo yo ahora, se dañarán allí, en Aranjuez, dentro de dieciocho días a partir de hoy. Azrael nos concede la oportunidad de continuar viviendo, ¡aprovéchala! Aprovecharla no es pecado, tampoco es malo, simplemente, es un regalo. Un premio al cual la mismísima muerte no se opone, sino que aplaude a quien lo usa, porque ella odia llevarnos antes de tiempo.”

Creo que le estoy comprendiendo. Ese hombre del otro lado del cristal, no es un hermano gemelo, tampoco es mi otro yo, ni tan siquiera es una persona. Es solo el reflejo de algo que me ocurrirá, que padeceré, si no le hago caso. Entiendo que antes de dieciocho días me propondrán un trabajo en Aranjuez. De aceptarlo, el día de la primera toma de contacto, cuando vaya a conocer el lugar, a realizar las primeras grabaciones y las primeras fotografías, inhalaré algo capaz de acabar con mi vida. Me pide que no acepte el caso, que no vaya a Aranjuez en esas fechas, que aproveche este regalo concedido por Azrael y lo use cuantas veces quiera porque a la muerte, lejos de enfadarla, aplaude a quien conozca y aproveche este supuesto premio. Pero, ¿por qué este regalo? ¿De quién y por qué recibo tal premio? Son muchas cosas a debatir y, mientras las pienso, él no deja de exhalar y escribir…

Recuerda la frase pronunciada por el Alma de la mujer que te acompaña. Es un conjuro en arameo. Con esas palabras siempre podrás saber cuándo corres peligro de muerte. Serás consciente de donde y cuando te acecha y de la manera de esquivar esa amenaza. Recitando ese conjuro, la muerte no te llevará con ella hasta que llegue la fecha insalvable. Pronuncia el conjuro frente a una imagen de Azrael, siempre que quieras. Si después de decirlas no te ves detrás de él, puedes vivir tranquilo. En cambio, si nuestra imagen aparece a su espalda, sí te ves cómo ahora me ves a mí, presta mucha atención a lo que tú mismo te digas o, en breve, fallecerás.”

Inesperadamente, desde la parte alta del cristal, afloran pequeños chorros de pintura ocultando a su paso cuanto había tras ese vidrio. El lienzo recupera su estampa original a medida que los chorros de pintura descienden, descubriendo que quien lo pintara también conocía el conjuro. El autor de este cuadro dibujó y pintó al Ángel Azrael tal y como se había presentado detrás del cristal, exactamente igual. Además, ahora puedo asegurar que la imagen de los Ángeles, o por lo menos la de Azrael, está muy lejos de parecerse a las encontradas acerca de él en los libros y en internet.

  De improviso, la voz del vigilante que me acompañó cuando llegué a este palacete por segunda vez retumba en la capilla. Sin quererlo, acaba de romper el encantamiento y con ello no queda ni rastro del Alma de la mujer. Debo de espabilarme deprisa, ya habrá tiempo para análisis y demás, pues sin tener en cuenta el lugar donde estamos, se adentra por el otro pasillo encendiendo luces, vociferando y riendo sin parar. Al llegar hasta donde estoy, se agacha y recoge junto a mis pies algo del suelo, mientras me recrimina bromeando. Se trata de un tubo cilíndrico de madera con relieves y blasón en la tapa, que me entrega totalmente convencido de que se me ha caído. Sin dudarlo, lo cojo bromeando sobre mis despistes. No tengo ni idea que contendrá, pero hasta ahora nunca lo había visto y desde luego, antes, cuando llegué a la capilla, no estaba en el suelo.

Al encontrarme en la capilla mirando el cuadro, el vigilante se da cuenta de mi interés por él. Orgulloso, me comenta que algo realmente misterioso sabe acerca de esta obra. Reconoce no tener ni idea de arte, y de que sus conocimientos son gracias a cuando, durante sus horas de trabajo, acompaña y escucha las opiniones del personal encargado del cuidado de la pinacoteca del palacete. La pintura, al parecer, es un óleo sobre lienzo, de autor desconocido y cuya fecha de creación data del siglo XV. El misterio oculto en el cuadro, según el vigilante, consiste en que “por casualidad”, junto al cuadro de Ánimas situado en el otro pasillo, son las dos únicas pinturas de las más de doscientas obras expuestas en los corredores e instancias del palacete, a las cuales nunca ha hecho falta ni limpiarlas ni restaurarlas. A opinión de este personal, expertos en la materia, da la sensación de que ambos cuadros hayan sido pintados hace apenas unas horas.

Recuerdo que alrededor de unos veinte minutos más tarde salía por una de las puertas de servicio del palacete. Todavía faltaban unos minutos para llegar a la medianoche. En aquellos momentos, no era consciente de lo que llevaba dentro de la mochila, junto a mis herramientas de trabajo. Había pasado todo demasiado deprisa y, aunque tenía algo de idea, estaba lejos de entenderlo bien. De hecho, hoy, tiempo después, aún tengo muchas preguntas con respecto a este conjuro y sí, es cierto, como habrán adivinado a día de hoy, aún no lo he puesto en práctica. Cuando llegué a casa dispuse de unas horas de soledad para abrir el tubo de madera, y extraer de él un deteriorado y delicado pergamino que se rompe sólo con mirarlo. También es verdad, que impresas en ese pergamino hay unas palabras escritas en arameo. Un dato que ya se advirtió en el palacete y que luego corroboró un profesor en lenguas muertas, ajeno totalmente a estos temas y tristemente ya desaparecido. Fue además él, quien se dio cuenta de algo importante: la frase percutora del fabuloso conjuro, se escribió en algo que, sin llegar a ser tinta, se le parece mucho. Todo lo sucedido con la pintura, el Ángel tras el cristal y demás, empezó cuando el Alma de la mujer del velo negro terminó de decir estas extrañas palabras. Ahora es mi turno. Me toca conservar y utilizar este conjuro. Todo un regalo el cual descubrí que procedía de manos de Amalia, el Alma liberada en el palacete aquella tarde antes de los hechos en la capilla. Me estaba muy agradecida por, tras tantos años y siglos de cautiverio en el palacete, haber podido continuar el fascinante viaje que a todas las Almas espera. Por esta razón vino a casa y consiguió hacerme regresar esa misma noche al palacete. De momento, el tubo con el pergamino permanece guardado en el lugar donde escondo las reliquias relacionadas con este mundo de los Espíritus que he ido encontrando a lo largo de estos años. Quedará ahí guardado esperando el día en que su magnitud no me imponga tanto y me decida a presentarme con él en la mano frente a una de las tres imágenes de Azrael, ya localizadas en mi ciudad, dispuesto a saber si mi vida corre peligro, o si se está permitido, saber si la de alguno de mis seres queridos está en riesgo.

Entonces, les contaré…

SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO:M-005103/2023.