Ocho de octubre de 2018. Tras prácticamente tres intensos días de trabajo en esta ciudad extremeña, damos por acabado el caso que nos ha traído hasta aquí. Quién iba a pensar todo lo que se ocultaba en esta céntrica plaza. Han sido muchas horas, no cabe duda. Algunas de esas horas fueron de veras complicadas, pues las ganas de huir y abandonarlo todo no tardaron en convertirse en la opción más razonable. Otras resultaron la mar de emocionantes, dado el gran carácter emotivo que envolvía al caso. Todas esas horas construyeron una historia que es y será inolvidable para mí. Inolvidable tanto por lo acontecido en ellas como por su resultado final.
Pese a todo lo anterior, en este momento, mientras recorro la plaza paseando por ella para asegurar que todo y todos se quedan en el lugar que les corresponde, no me quedo convencido. Las sensaciones que ahora se sienten por aquí no tienen relación ninguna con las ocasionadas por el caso que queremos dar por terminado; estoy de acuerdo, pero hay sensaciones, se palpan, las noto. A veces se dejan sentir por delante, otras las noto detrás de mí y otras veces caminando a mi lado y, justamente, son ese tipo de sensaciones que nosotros trabajamos. La verdad, no me apetece nada marcharme y dejar esto así, aunque las posibilidades de permanecer otro día más en esta ciudad son nulas. Unos pasos más adelante, se encuentra el banco de madera desde el cual, sentados en él, hemos asistido al final del caso. Un banco de madera que no sé qué tiene, pero atrae como si él mismo me invitara a sentarme un ratito, a modo de despedida antes de irnos. Y, ¿por qué no?
Lo malo que tiene sentarte en un banco de una plaza ahora mismo, desierta, después de tres días de poco dormir y muchas emociones seguidas, es que el sueño ataca enseguida. Ataca tanto que consigue convencerte de que hay tiempo de sobra para una cabezadita de quince minutos. No se va a enterar nadie y, además, puedo probar a ver si las sensaciones que siento, de veras, tienen por responsable a alguna otra Ánima todavía deambulando por aquí. Para ello, probaré con el sistema de escribir una pregunta en el cuaderno de campo y dejarlo a mi lado con un lapicero encima, mientras yo me entrego ese poquito de tiempo a los brazos de Morfeo.
Los quince minutos, como suele pasar, se han convertido en casi cuarenta. Pero el resultado de la prueba, de la pregunta escrita en el cuaderno de campo al posible Espíritu que todavía pudiera ser que ronde por esta plaza, es fantástico: con letra difícilmente legible y lejos de obedecer a gramática y ortografía elemental, me impresiona.
El publicar hoy el texto encontrado en la libreta exigió, antes de todo, un trabajo de reescribirlo adivinando, por una parte, y buscando, por otra, palabras capaces de convertirlo en un relato entendible para todos. Ese escrito aparecido en la página del cuaderno viene a decir más o menos lo siguiente:
Como todos los años por esas fechas, me venía a esta feria de Badajoz. Merecía la pena sufrir los tres días de viaje que me costaba llegar hasta aquí. Recuerdo que aquel año las últimas lluvias caídas hacían muy difícil la llegada al recinto ferial; en el mismito centro de un enorme barrizal se había quedado, ¡ni hecho aposta, vamos! A cada poco, las ruedas del carro se atascaban y tenía que echar una mano a la mula para continuar.
Se notaba que la guerra ya hacía dos años que había terminado; la explanada, en donde los ganaderos durante estos días de feria hacen sus chanchullos, ya desde lejos se veía abarrotada. Hasta se escuchaban los quejidos de los caballos, vacas, cerdos, ovejas, cabras, patos y demás animales. ¡Qué poco les agrada a las bestias eso de cambiar de casa! Ahí fue, ahí. En esa misma explanada a mí, el año pasado, un buey revuelto por tanto jaleo, me arreó una señora cornada; perdí el conocimiento. ¡Menudos días pasé a costa del dichoso animal!
Pero volvamos a lo nuestro. Cuando dejé atrás el viejo arco que llevaba al recinto, ya casi había llegado. Cuatro pasos por la calle principal, y ya, ¡a poner el puesto! En esa misma calle, todos los años, montaba el puesto. Ataba la mula y ¡hala, a la faena! Tuve suerte de que la comisión de feria me adjudicara un lugar junto al carromato de la señora Ángeles. Además de los generosos chatos de vino que ofrecía, sus pucheros de gazpacho, ruleras, atascaburras y pistos atraían a todos: a los señoritos de refinado paladar, a los que al menos no echaban en falta un puchero diario y, por supuesto, a los muertos de hambre que, en vez de pedir limosna, esos días suplicaban a los feriantes y a los paisanos que les comprasen un cuenco de doña Ángeles para llevarse a la boca. Yo a todos ellos les ofrecía el postre. Les vendía mis pastelillos de hojaldre rellenos de crema, y bien salpicados de azúcar. Gracias a estos dulces, conseguía mantener la miseria a raya. ¡Eso sí! Tragando polvo en cantidad para trabajar tantas ferias como “la” maldita reuma nos dejaba a la mula y a mí.
Aquel día, cuando empezó a acudir la gente a la feria, los guisos de doña Ángeles no se hicieron de rogar. Un espléndido aroma a condumio del bueno surgía de esos fogones. Se podía oler en todo el recinto. Las personas enseguida rodearon su carro, deseosos de probar los guisos. Pero pasaba algo que yo no comprendía. Me preguntaba por qué la mayoría de esa gente que se arrimaba a su carro charlaban entre ellos, lamentándose por no sé qué leches, mientras se volvían hacia mí y me ignoraban como si no estuviera. Ya me preocupaba demasiado, pues, con todo eso, no vendía un pastelillo a nadie.
En ese momento, consideré que lo mejor sería arrimar la oreja y enterarme de aquello que de mí tanto chismoso comentaba. Al principio, no supe qué pensar cuando una mujer, muy peripuesta ella, le preguntó a doña Ángeles por mí. Le preguntaba por ese anciano que vendía aquellos pasteles de crema tan ricos. ¿Qué dice?, dije yo. ¡Estoy aquí! ¿Es usted ciega, o qué? La señora repetía que se acordaba mucho de mis pastelillos; hubieran sido el postre perfecto de una cena para personas muy importantes a celebrar aquella noche en su casa. La conversación me hizo comprender…
—¿Se lo puede usted creer, doña Amparo? ¡No dejo de oler a dulces! ¡Ay, Jesús! ¡Cuánto me acuerdo de ellos! ¡Ah, y del señor que los vendía, claro está! Le respondió doña Ángeles a la peripuesta.
—¡Cómo para olvidarse, doña Ángeles! Mis hijos dicen que llegaban desde casa hasta el carro del anciano solo siguiendo el olor a dulce. ¡Los primeros pastelitos que cocinaba el señor siempre eran para ellos!
—No me extraña, señora. Desde luego… ¡Qué lástima! La mala sangre que tuvo la puñetera cornada del buey: Ni quejido ni lamento, allí mismito muerto lo dejó. ¡Pobre hombre!
Desde aquella feria en la que estuve, pero no estuve, o solo estuve en Alma, continúo aquí. Dando vueltas por este recinto, paso el tiempo viendo a los feriantes montar sus puestos para luego, pasado “na” un “ratejo”, verlos recoger deprisa para llegar a tiempo a la siguiente feria.
Le pongo estas palabras para preguntarle, ¿qué va a ser de mí? ¿Lo sabe usted? ¿Qué puedo hacer yo para que el Santísimo me perdone? Quisiera irme ya de aquí y reunirme con mi esposa y nuestro hijo; los dos fallecieron, ¿sabe? Quiero ir allí donde el Santísimo los llevará. ¡Quiero estar con ellos!
Si antes de tener este texto en mis manos resultaba difícil marcharse de aquella ciudad, imagínense después de leer estas frases. Tuve que olvidarme de billetes de vuelta, perder días de vacaciones, retrasar otros casos pendientes y urgentes, con el único objetivo de conseguir disponer de las horas suficientes para no dejar en la estacada a don Remigio Santos Ríos, nombre al cual respondía el Espíritu redactor del anterior texto y confitero de los pastelillos. Su caso era fácil, no tardamos en resolverlo nada más que eso, unas horas. Sin embargo, en ese poco espacio de tiempo, la personalidad de Remigio fue capaz de conquistarnos.
El perpetuo cariño a su mujer y a su hijo, su manera de ver las cosas, la fuerza para hacer frente a la separación más dolorosa y, durante doce largos años, con una mula como única compañía, seguir viviendo con esperanza férrea en que alguna vez llegaría el momento de tan deseoso reencuentro, hay que verlo y hay que oírlo. Después de que aquel buey le propiciara una cornada mortal, él se negó a partir a ese lugar que a todos se nos tiene establecido una vez la muerte ha venido a buscarnos. Remigio esperó allí, en ese recinto ferial, negándose a marchar. No quiso abandonarlo hasta conseguir convencer a quien se tuvo que convencer para que su siguiente destino no fuese otro que donde moran las Almas de su mujer y de su hijo. Y esperó, justamente, donde a él más le gustaba estar… en la feria ofreciendo como postre sus ricos pastelillos de hojaldre rellenos de crema, y bien salpicados de azúcar.
SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO: M-005100/2023.