LA TORRE DEL MARQUÉS III

La extraña criatura se acerca rápidamente. Surgida tras la mancha de la pared, es la que menos tarda en reponerse después del esfuerzo por liberarse del fluido. Al contrario que ella, Mario y yo, no reaccionamos; el miedo nos tiene atenazados. Por suerte, cuando ya solo nos separan tres o cuatro pasos de ella, y en un gesto espontáneo por defendernos, huimos arrastrándonos por el suelo. Retrocedemos hasta que nuestra espalda choca contra la pared de la torre de aviso. Pero…, ¡estamos rodeados! Al tratar de alejarnos hemos quedado acorralados entre restos de muros de piedras a los lados y la pared por detrás. Al vernos sin opciones de escapar, la criatura aminora el paso; diría que disfrutando de la nueva situación. Mario, también se ha dado cuenta y, tras buscar en vano una salida, me mira nervioso. Es consciente del nuevo escenario; un escenario en el cual se desconocen las intenciones del personaje principal. Asimismo, el aire continúa soplando con fuerza y, como antes, arroja contra nosotros todo tipo de cosas. Además, lejos de calmarse, sopla más fuerte todavía. En este momento arrastra consigo tal remolino de hojas, ramas y demás, que nos obliga a protegernos la cabeza metiéndola entre los brazos. ¡No vemos nada! La sensación es angustiosa, estamos frente a lo que seguramente será todo un Espíritu, y el viento y la lluvia nos impiden prestarle la atención que requiere.

¡De repente!, la naturaleza parece apiadarse de nosotros, y el aire y la lluvia se apaciguan. En un instante parece como si este reducido espacio a los pies de la torre que Mario, el Espíritu y yo ocupamos, hubiese quedado exento de todo lo que ocurre en el resto del monte. Se nos concede un tiempo en el que la criatura se muestra claramente. El manojo de cabellos finos y deteriorados, las manos descarnadas y la piel mostrando evidencias de putrefacción y signos inequívocos de gangrena observados cuando la sacamos del fluido, no es lo más horrible de esa criatura. Es el alma de una mujer cuya famélica complexión se resguarda bajo un harapo rasgado, roído y tan sucio que precisa de mucha atención para descubrir su color. Tan solo en un trocito de tela, cercana a la cintura, subsiste el blanco original. En sus piernas y rodillas, las cicatrices, moratones y arañazos intentan hacerse hueco, rivalizando por el espacio. Las acusadas arrugas y los trozos de piel desgarrada de su rostro llaman la atención a gritos. Ocultan el contorno de unos ojos grandes y negros a punto de escapar de las órbitas. Párpados hundidos, pestañas despobladas, cejas destrozadas y nada del contorno de puntos de luz brillantes que, normalmente, al principio suelen dibujar la figura de los espíritus. Los labios, morados hasta decir basta, aparentan estar cosidos a la boca. ¡No hay un trocito de piel a salvo! ¡Nunca he visto nada igual! Es la primera vez en todo el tiempo que llevo trabajando este mundo de los espíritus que veo a alguno de ellos con un aspecto tan desagradable.

¡Ya le tenemos muy cerca! Tan cerca que la punta de mi zapatilla roza sus desfigurados pies. Atenta, nos mira en silencio, mientras Mario y yo, atónitos, tratamos de disimular la impresión de su presencia y el molesto hedor que desprende. De repente, sus manos gesticulan con ímpetu. Como enfadada, nos da la espalda, alejándose nerviosa cuatro o cinco pasos, para enseguida regresar presurosa, murmurando, enojada. Un enojo que, junto a nuestro temor, crece por momentos. Los anteriores susurros ya suenan acompañados de pequeños gritos agudos de una o dos palabras ininteligibles. A los gestos de las manos también se le une el resto de lo que un día fue su cuerpo. Dobla la cintura, asiente con la cabeza y patea el suelo bruscamente. Delante de nosotros y sin dejar de mirarnos, parece regañarnos con ira. No descarto que se encare con nosotros, pues nos recrimina algo con vehemencia. Pero seguimos sin entenderla. Ya no hay susurros; ya es un constante e interminable griterío. Sus palabras, ahogadas a poco de comenzar, suenan con un tono agudo e irritante imposible de soportar. A cada regañina se aproxima más. En tanto, Mario y yo, continuamos sentados en el suelo, sin ninguna posibilidad de huir. En un fuerte arrebato, la criatura acerca su cara a la mía con ira. Me observa fijamente con los dientes apretados y los puños cerrados. Ahora sí distingo en ella los cientos de puntos de colores que forman su rostro. Son puntos de colores apagados, en los cuales el negro ocupa la mayor parte. Frente a frente, balbucea a gritos sin parar. A veces, abre la mano y estira los dedos en un evidente gesto de querer descargar su ira conmigo. Es tal la rabia que la obliga a ponerse de puntillas temblando con fuerza en el afán por contenerla. Tiene el ceño tan fruncido que parece la fuese a explotar, a la vez que sus largas uñas, sin control alguno y de manera airada, pasan a milímetros de mi cara. Son como cuchillas; la piel de mi brazo da fe de ello. Cuando grita siento algún fluido extraño salpicarme la cara, dándome tanto asco que provoca que sea yo ahora quien me incorpore del suelo y colocando mi frente en la suya, la pregunte a gritos quién demonios se cree para intentar amedrentarnos de semejante manera. Después, la frase “solo eres un Espíritu atormentado por una vida pasada a la que nunca regresarás”, no falla nunca. (Aun sufriendo tragos tan complicados de soportar, como la ira del Alma de esta mujer, nunca podemos caer en el pánico, aunque se sienta a raudales. La cólera desatada de un Espíritu al presentarse siempre implica un motivo y nuestro deber, si de veras uno ama todo este mundo de las Ánimas, es saber cuál es y tratar de ponerle solución. Hemos de confiar en que se va a quedar ahí, en bruscas amenazas que difícilmente un Alma puede llegar a consumar, pese a que otros quieran tacharles de seres traicioneros, dañinos e, incluso, violentos. Lo realmente importante es que esa Alma pueda perdurar en paz, y si para ello la situación lo requiere, debemos ponernos a su misma altura, sea cual sea. Si un Espíritu quiere hacernos daño, ¡tranquilo! No hay prolegómenos; antes de que lo veas, sentirás en tus carnes ese daño. Por tanto, ahora nos toca a Mario y a mí responder y recuperar las riendas de la situación…)

El Alma de la mujer no se mueve; ha captado el mensaje. Sabe bien que cara a cara no puede hacernos daño por mucho que grite, rabie o lo desee. Asimismo, permanece en silencio y tampoco hace por separarse. Se mantiene muy cerca; apenas a tres o cuatro palmos de distancia. Sin embargo, noto como esos cientos de puntitos de colores han ganado en intensidad y el negro se diluye por momentos. No tengo dudas, este Espíritu ahora ya sí percibe nuestras intenciones. Con ello, su aspecto cambia. Los ojos vuelven a su estado normal, exhibiendo un precioso tono verde hiedra. Las cejas y pestañas vuelven a poblarse de cabellos y los párpados se levantan. Las arrugas se entonan en algo natural y el resto de la piel recompone las partes desgarradas cubriendo moratones, arañazos y muchas de las cicatrices. Todos sus rasgos se están relajando hasta el punto de recobrar un semblante más o menos normal. ¡Es impresionante! Poco a poco, el aspecto característico que toda Ánima presenta cuando se deja ver, se abre camino entre tanta cosa desagradable. Incluso el cabello, antes similar a un puñado de finos y desperdigados alambres, ahora afloran a borbollones hasta convertirla en una importante mata de pelo cuya melena gris, suelta al viento, acaba reposando sobre sus hombros. Nada queda ya de la horrible y morada calvicie. Nada queda de ese primer y espantoso rostro con el cual nos recibió. Es tan diferente que su expresión colérica y amenazante es, en este momento, la de una mujer de unos veintipocos años, deshecha y suplicante de ayuda. Pero el cambio de aspecto, lejos de terminar, prosigue. El harapo rasgado, roído y sucio con el que cubre su extremada delgadez, reluce en lo oscuro del ambiente. Es un antiguo camisón de señora de un blanco impoluto, con bordados en cuello y mangas. ¡Por cierto!, aunque desde hace rato vuelve a llover, dato ignorado a causa de la impresión, el camisón del Alma de esta buena señora no se moja. Nosotros chorreamos agua por los cuatro costados y ella, tanto la ropa como cara, cabello y pies, persiste totalmente limpia y seca. ¡Es lo mismo que ocurrió en el amilladoiro cuando al ir a inspeccionarlo, al cielo se le antojó descargar todo un tremendo chaparrón! Aquella tela, similar a la de este camisón, tampoco se mojó durante el fuerte aguacero. ¡Aquella tela, aquella manga que vimos, coincide totalmente con la que estamos viendo! No cabe duda, ¡es el mismo camisón!

Después de todo el susto, el horroroso encuentro y el pánico soportado, Mario y yo hemos tenido la fortuna de presenciar la transformación de un Espíritu tocado por la ira, a un Ánima con esperanzas de ser redimida. Su aspecto así lo sugiere. Sin embargo, lejos de intentar entenderse con nosotros de alguna manera, el Espíritu se da la vuelta y en completo silencio se aleja despacio. No podemos afirmar que se trate del Alma de la marquesa, pero desde luego, sea quien sea, parece haberse decepcionado. Quizás, su marcha venga porque no se trate de ella, que no sea la marquesa y al darse cuenta de que no es a quien venimos a buscar la haya provocado este desencanto. Tampoco sería tan extraño que, tras desplazarnos a un lugar buscando confirmar una leyenda, una vez allí nos encontremos con un caso distinto. También puede ser que sí sea ella, y la causa de su decepción sea que nuestras pretensiones de ayudarla lleguen demasiado tarde.

No sabemos quién es, ¡de acuerdo!, pero estamos ante un Espíritu que como he dicho antes parece necesitado de ayuda. Un Alma apenada que se aleja, quizá, con la intención de esfumarse para siempre. ¡De repente!, se detiene. Tranquila y con el mismo porte triste y resignado se gira hacia nosotros dedicándonos una mirada repleta de pena y amargura. Ya presenta la figura y el aspecto de un Espíritu cuya aparición se ha consumado totalmente. Los típicos puntos de luz centellean marcando su contorno. Sin pensarlo y sin que haga falta preguntarnos nada, Mario y yo, caminamos hacia ella. Parece esperarnos. Continúa detenida en el mismo punto, erguida, serena y con las manos entrelazadas por debajo del pecho, mientras el viento revuelve sus cabellos. No deja de mirarnos. Apenas a seis o siete pasos de ella, el Alma de esa mujer vuelve a girarse y retoma el camino dirección a un montón de rocas. Llegada a él, se sienta sobre una piedra de espaldas a nosotros. Mario y yo, decididos a continuar, nos sentamos sobre otras dos piedras de cara a ella. ¡Es espectacular el cambio que ha dado! La lividez en su cara es incapaz de ocultar las facciones de un rostro que alguna vez debió de ser muy bello. Una belleza castigada por el paso de los años y mortificada por la propia muerte, que aún conserva pinceladas hermosas.

Sentados frente al Alma de la mujer, notamos que no nos mira. Su mirada pasa entre medias de nosotros, fija en un punto en el horizonte. Los segundos pasan y ella no parece decidida a comenzar ninguna conversación, por lo que, tratando de ganarme su interés, arranco a hablar pidiendo disculpas si el tono con el cual me dirigí antes a ella fue demasiado brusco. No hay respuesta. Sigue con la mirada perdida, los labios juntos y el semblante resignado. Me fijo en Mario. Al igual que el Espíritu, su mirada se ha quedado clavada, pero no en un punto del horizonte, sino en el propio Espectro. Le observa sin pestañear, sin atender a las muchas gotas de lluvia que resbalan por la cara de este camarero entusiasta del mundo del misterio.

¡De pronto, el Espíritu habla! Con voz dulce y tranquila nos pregunta si acaso es a ella a quien con tanta obstinación buscamos. Enseguida, respondo pidiéndola que nos diga su nombre para salir de dudas, advirtiendo que sea cual sea su contestación, no restará nada a nuestro interés por conocerla. Al decirnos cómo se llama nos alegramos; pues es Jerónima, la marquesa de quién la leyenda cuenta que fue emparedada en esta torre de aviso. Su gesto denota sorpresa; no se esperaba ser conocida. Dice sentirse feliz de figurar en la historia, a pesar de que su nombre sea la única información conocida acerca de su vida. En los correos, Teresa, la persona que me contrató para dar alguna solución a este caso, ya me advirtió de la nula información que existe con respecto a esta mujer. Yo mismo fui incapaz de averiguar más datos. Pese a investigar bastante antes de venir al pueblo, ni siquiera encontré una fecha de nacimiento o muerte. Con cierto tono irónico, Jerónima, afirma medio sonriendo que al menos su nombre perduró a salvo. En realidad, reconoce que es de buen juicio entender por qué no se recuerda hecho, logro, ventura o desventura relacionada con ella. ¡Pretendieron borrar su pasado y su presente en una noche! En aquella maldita noche… Jerónima, ya intuía que su lastimera existencia habría quedado igual de apresada y olvidada como el resto de su ser. Les fue fácil acabar con ella, pues a pocos importaba. Tan solo ocupaba una posición similar a cualquier absurdo objeto. Estaba segura de que nadie la echó de menos. Pese a nacer y crecer en casa de alta alcurnia, su Alma penó en vida tanto como lo hace en estos días. Reflexión que la lleva a preguntarnos la fecha de hoy. Saber en qué día estamos le provoca una leve sonrisa, mientras proseguimos esta interesante conversación. Jerónima, opina que vivir, vivió poco. Ella era eso, un objeto que adornaba las estancias o daba color a las fiestas, algo que unos y otros colocaban aquí o allá hasta que se cansaban de verla. A la pregunta de si le gustó su vida, responde que, se hubiera conformado con disfrutarla un ratito. ¿Gozó de gustos, deseos o antojos? No, los suyos, sus deseos, sus gustos, sus ilusiones, incluso, nunca se vieron como lo correcto en una niña hija de nobles, en una señorita de su posición y ni mucho menos en la esposa de un marqués. Todo le era impuesto. Desde cría se la instruyó que la facultad de opinar no entraba dentro de sus quehaceres. Por supuesto, acataba, pues lo de elegir para ella resultaba totalmente imposible. La suya fue una existencia doblegada al parecer de otros. Nunca escogió un vestido, un peinado o encaminarse a dar un paseo; su día, cualquier día de cualquier mes y año, estuvo preconcebido desde tiempo antes.

Jerónima no rehúsa ninguna de nuestras preguntas; incluso, añade temas y comentarios acerca de su vida de una manera fascinante. Responde cualquier pregunta de buen grado y sin ningún recelo por contestar. Pero, pasado un rato de charla, sí noto su intención por llevar la conversación a una cuestión sobre la que dejamos que ahonde sin interrumpirla.

El Alma de la marquesa continúa tranquila, sentada sobre una roca y con la mirada igual de perdida en el horizonte. En ningún momento nos ha mirado ni a Mario ni a mí. Juraría que se siente a gusto con nosotros. No le cuesta hablar y ahora lo hace más seguido, sin detenerse entre palabras. Construye frases más largas, incluyendo términos totalmente desconocidos para nosotros. Sin embargo, su voz también ha tomado un tono más triste, muy triste. Jerónima, convierte la conversación en un monólogo, y se ciñe a comentar sin perjuicios el tema del cual parecía deseosa de abordar: sus días de mujer casada con un marqués. Asegura que cuando contrajo matrimonio lo hizo ilusionada. No porque su prometido fuese un noble, sino por aquello de la libertad. Casarse con un marqués por aquel entonces era toda una suerte, sí, ¿por qué negarlo? Ella, desde hacía muchos años atrás pensaba, imaginaba, soñaba con una vida libre del riguroso yugo con el que sus padres la trataban. Pero no fue así; ni mucho menos el matrimonio resultó ser la suerte esperada… La felicidad duró un año… De los primeros doce o trece meses no ha de quejarse, ¡vivió como una reina! Una reina, ¡eso sí!, sin caprichos ni deseos, pues querer y desear era práctica exclusiva del marqués. De la noche a la mañana ella, pasó de ser una joven tonta y soñadora, a verse en las garras de un señor capaz de moler a latigazos a un criado por el simple hecho de derramar una pizca de vino al servirle la copa. Pasado ese primer año, sinceramente, hubo perros y caballos en el castillo más considerados que ella. En fin…, como nos dijo antes, el señor marqués se cansó de verla por allí. Y mucho le tuvo que cansar cuando no se le ocurrió otra idea que…, ¡cambiar de esposa! ¡Así de fácil! Por momentos, Jerónima, parece querer derramar unas lágrimas que ya no posee. Después de cinco largos y terroríficos años, llenos de humillaciones y desprecios, aquella fatídica noche llegó…

  Jerónima terminó de cenar. Como ya era habitual, lo hizo sola en un salón del castillo, comiendo los restos de la cena que su marido seguro compartió con amigos, amantes, fulanas… ¡Vete tú a saber! ¡Daba igual! Ya apenas tenía trato con el marqués. Días atrás dejó de hablarla sin dar ninguna explicación. Al mismo tiempo, mandó a su guardia recluirla en el ala opuesta del castillo, con la orden de no dejarla salir bajo ningún motivo. Encerrada en aquellas dos estancias, las más alejadas de los salones y aposentos principales, no se la permitía tampoco ver a nadie, salvo a un par de doncellas encargadas de su cuidado. Esa noche, recién terminada de cenar, mientras se cepillaba el pelo ya con el camisón puesto, cuatro soldados de la guardia personal del marqués la sacaron arrastras de su nuevo y forzado aposento. Sin dejarla un segundo para ponerse en pie y tirando de sus brazos por los respectivos pasillos del castillo, los soldados la sacaron al patio de armas. En plena noche de invierno, descalza y con un camisón como único abrigo la subieron a una mula. En ese patio de armas estaba toda la gente del castillo, asistiendo a la escena sin hacer el menor gesto por ayudarla y sumidas en un mutismo total. Nadie se dirigió a ella, nadie pidió clemencia, nadie fue capaz de cubrir sus hombros desnudos, aunque fuese con un mísero trapo. Aquellas sirvientas con quienes en los primeros años mantenía una complicidad grande, en la cual muchas veces no se sabía quién de todas era la marquesa, la miraron con lágrimas en los ojos, pero, sumisas e inmóviles, aceptaron el destino que el marqués había dictado para ella. No las culpa, no podían hacer nada. Si la intentaban ayudar hubieran muerto de alguna manera horrible. Pasado un tiempo, y ya cuando sentía su cuerpo entumecido por el frío, el marqués salió al patio. Vestido con sus ropas de caza, se subió a una montura y alzando el brazo derecho ordenó que le siguieran. Cuatro soldados a pie, antorcha en mano y dejando a Jerónima en el centro, emprendieron la marcha.

Al atravesar el puente levadizo que da paso al castillo, Jerónima ya era consciente de que nunca regresaría. Al lento paso de los soldados, se encaminaron por el sendero que recorre un pinar cercano al castillo. Ese mismo pinar que ella, en innumerables ocasiones, disfrutó, a veces deleitándose con todas las cosas bonitas que ofrece, otras como refugio donde llorar sus penas y sobreponerse a los disgustos y, a veces, solo para no ver a nadie y alejarse del mundo. Aquella noche, el fuego de las antorchas lo presentaba como un lugar tétrico muy diferente de su auténtica apariencia. Le daba pena verlo así, aun cuando los primeros copos de nieve comenzaban a caer mecidos por el típico viento frío que siempre sopla en invierno. Observar la nieve caer será una de las cosas que echará de menos cuando muera; quizá, esos copos sean los últimos que vea. Jerónima, era consciente de que había llegado la hora de ponerse a bien con Dios y, tan alto como pudo, comenzó a recitar sus oraciones habituales. Quería hacer ver a todos los que a la muerte la llevaban, lo poco que temía marcharse de este mundo. Incluso, proclamaba palabras de agradecimiento al cielo por liberarla del tormento de vivir tan despreciable vida, aunque fuera dejando que la mataran a saber cómo. Incansable, la marquesa continuó difundiendo arengas que encendían más y más la ira del marqués. Una ira que sobrepasó la paciencia de su marido, y con ello, el primero de los horrores se la acercó galopando veloz. Poco tardó Jerónima, en sentir sobre sus carnes los golpes de la fusta del marqués. La resultó imposible contarlos, pero fueron bastantes los fustazos recibidos. Cuando se cansó de golpearla, el marqués la ordenó silencio, amenazándola con perder la lengua antes que la vida si no se callaba. Jerónima, en cambio, lastimada por los golpes, volvió a la carga. Prosiguió recitando rezos y gracias al cielo, sin miedo a otra posible represalia. Durante el camino, otras cuatro veces más fue aporreada y cinco veces más heroicamente se repuso. ¡Hasta los propios soldados la rogaban que por favor dejase de hablar, horrorizados de contemplar semejantes palizas! Pero como los golpes, gritos, amenazas e insultos no consiguieron amedrentarla, según llegó la comitiva a los pies del risco, fue desmontada de la mula y, atada a ella, recorrió toda la subida hasta la torre de aviso arrastrada por el suelo. Al llegar a lo alto del pico, su cara, sus brazos, sus piernas parecían las de un Cristo. Un gran moratón mantenía cerrado su ojo derecho, y en el resto de la cara se mostraban infinidad de cardenales y arañazos de longitudes varias. Tosía sin parar escupiendo tierra, mientras su camisón manchado totalmente de barro se teñía también de la sangre de sus heridas. A pesar de todo eso, Jerónima, orgullosa, se puso en pie, observando la torre de aviso que se alzaba en la cima del risco.

En aquel momento, la nieve caía ya con intensidad. A Jerónima, no la costó averiguar cuál sería la forma con la que su marido, el marqués, pensaba acabar con su vida. En la pared sur de la torre de aviso, tres campesinos picaban las piedras abriendo un hueco lo suficientemente grande para introducir dentro a una persona de pie. Un hueco, eso sí, tan estrecho y tan poco profundo que a quién metieran dentro le resultaría casi imposible moverse; ni tan siquiera podría levantar un brazo, ni mover una pierna. Ahí, cayó en la cuenta. Ella…, si Dios no lo remediaba, ¡moriría emparedada!

Pasado un rato más o menos corto, montado en el caballo, del cual no se llegó a bajar, el marqués ordenó a voces introducir a Jerónima, dentro del hueco habilitado en la pared de la torre. Ella, no se resistió. En tres o cuatro ocasiones nos lo jura, tan alterada que su voz vuelve a resultar insufrible. ¡No se resistió! Insiste tanto en ello que nos vemos obligados a prometerla, dar a conocer este dato cuando contemos su historia. Por nada del mundo, ella, estaba dispuesta a suplicar clemencia a un hombre tan malvado. Erguida, ya con las manos desatadas y sin dejar que los soldados la agarraran de los brazos, Jerónima, caminó hacia la torre consciente de que su vida terminaba justo ahí. Con la cabeza alta y mirando al frente entró en el hueco sin detenerse. Incluso, sintió un profundo alivio. No tuvo miedo. La muerte para ella era una liberación y, aun cuando sería algo más lenta de lo esperado, lo haría a solas y sin testigos. Nadie la vería agonizar, mientras le retorcían el cuello, ni tampoco nadie aplaudiría cuando su cabeza fuese violentamente separada del resto del cuerpo.

Una vez en el interior del hueco, Jerónima, mantuvo la calma.  Por lo menos, intentó que la rabia y el desconsuelo de verse morir de semejante manera pasaran desapercibidas a ojos de los demás. Recuerda a los hombres encargados de volver a tapiar el hueco de la pared de la torre con ella dentro; en sus caras y en sus ojos se adivinaba la pena. El estupor y la humillación que significaba para ellos emparedar a una persona por el simple antojo de un bárbaro. Sin embargo, ellos, todos los que vivían bajo el amparo del marqués, sabían muy bien que lo mejor era callar y obedecer. A la larga es preferible continuar existiendo bajo su yugo y sus caprichos que acabar muertos. Pasado un tiempo, los hombres colocaron la última piedra que tapiaba por completo el hueco de la pared. ¡Ahí se quedaba ella! Y, ¡ahí, terminaba todo! Ahora solo tocaba aguardar a la muerte. Por lo escuchado, no suele hacerse esperar mucho tiempo. Si bien consideraba que ¡gracias a Dios!, el capítulo de las malas experiencias de su vida se cerraba ya para siempre, algo nuevo e igual de macabro y desagradable ocurrió de pronto: el marqués, montado en su caballo y portando una piqueta en la mano, se acercó despacio al muro que tapaba el hueco donde acababa de emparedar a su esposa. Lejos de arrepentirse y liberarla, como alguno pensó que haría, hizo gala de su falta de escrúpulos y picó con fuerza en cuatro partes distintas del muro. Picó tan profundo que hizo cuatro agujeros a través de los cuales se podía ver a Jerónima. Pero la intención del marqués no era que la gente pudiera verla sufrir, de hecho, amenazó con ahorcar a todo aquel o aquella que se arrimase a menos de veinte pasos de la torre. Lo hizo para que el aire, y con ello el oxígeno, entrase dentro del habitáculo donde estaba Jerónima. Así, la aseguraba una muerte mucho más lenta y sufrida. El dolor, la fatiga, la sed, el hambre, los bichos y demás, formarían parte de la agonía. ¡Podría tardar días en morir!

Al ver los agujeros que su marido acababa de hacer, Jerónima, sabiéndose observada por él, intentó no inmutarse. En cambio, al darse cuenta de lo que esos agujeros la ocasionarían, sintió tiritar sus piernas. Por primera vez, tenía miedo. Se encontraba a merced de todo, sin poder defenderse de nada. La muerte ya no vendría rauda a buscarla. Además, tampoco moriría tranquila y sola; seguro que algún descerebrado, desobedeciendo la orden del marqués, se acercaría al muro para reírse de ella, insultarla o algo peor. En cuanto se corriera la voz, y la gente supiera que el marqués había emparedado a la marquesa en esa torre, aquello se convertiría en un continuo trasiego de gente. La mayoría no se acercaría por miedo al castigo, pero el mero hecho de oírlos ahí fuera valdría para perturbar su paz; esa paz tan anhelada por Jerónima. Nada más lejos de la realidad, su temor de convertirse en el entretenimiento general se disipó de un plumazo. El marqués, también tenía esto previsto: los soldados rajaron a cuchillo el cuello de los hombres que abrieron y cerraron el hueco en el muro. Tan solo ellos, el marqués y los soldados a su servicio conocerían lo ocurrido. La muerte de Jerónima quedaba silenciada al máximo y con ello, se podría contar cualquier burrada para explicar su desaparición. No lo niega, le hubiese gustado conocer cuál fue esa explicación qué se dijo de ella.

Después de que los cuatro soldados enterrasen allí mismo a los campesinos, el marqués ordenó volver al castillo. Antes de partir quiso recordar a estos soldados cuanto les ayudaría mantener el silencio acerca de lo ocurrido. En esa misma mañana ya les otorgaría reconocimientos que les garantizaba una buena posición de por vida. Si no hablaban, ni ellos ni sus mujeres e hijos, jamás tendrían que preocuparse de nada. Dicho esto, el lugar quedó en completo silencio. Jerónima, a través de uno de los agujeros, contempló como las antorchas se alejaban. De inmediato, trato de zafarse de alguna manera, misión que le resultó imposible. El hueco era muy estrecho, y aunque pensó que dando patadas al muro este cedería por lo reciente de su reconstrucción, no resultó. Apenas tenía sitio para articular la pierna y patear con fuerza; las puntas de sus pies, sin moverlas, ya rozaban el muro. Aun así, no dejó de golpear con la ilusión de derribarlo. Rezó mucho para que alguna de esas piedras cediera, y rezó más porque, en caso de conseguirlo, las piedras no le cayeran encima. Mirándonos por primera vez desde que empezó a hablar, nos reconoce a Mario y a mí, que ahí ya comenzó a sentir angustia.

Dando pataditas a la pared de la torre de aviso, Jerónima, pasó el resto de la noche. Asegura que durante el amanecer un rayo de sol llegó a iluminar su cara, introduciéndose a través de uno de los agujeros. Amanecía, el muro seguía igual de fijo en el suelo y el terrible castigo pasaba factura. Tenía frío, había nevado durante toda la noche, y el viento tampoco dio un minuto de tregua. Se sentía cansada, las plantas de sus pies no parecía que fuesen a soportar mucho más el peso del cuerpo y, para colmo, notaba un cosquilleo en las piernas. Los insectos, seguramente hormigas, ya eran conocedoras de su indefensa presencia y en breve, recorrerían el resto de su cuerpo. La sed, una tremenda sed, fue lo último que recordó antes de desmayarse. Sabe que estuvo fuera de sí durante mucho tiempo, pero al recuperar la consciencia le resultó imposible mantenerse despierta y, enseguida, se quedó profundamente dormida.

Al principio, Jerónima, pensó que se trataba de un sueño. Luego, al no desaparecer cuando abrió los ojos, lo consideró como la primera paranoia después de tantas horas de reclusión. Oía una voz llamándola desde el otro lado del muro. Una voz rara, de tono grave e imposible de distinguir si era masculina o femenina, la llamaba de una forma extraña: utilizaba el mismo diminutivo con el que su madre se dirigía a ella cuando era una cría. ¿Cómo podía ser? Desde que su madre falleció, ya hacía muchos años, nadie había vuelto a referirse a ella así. Incluso, todos los que podían saber de ese diminutivo también pasaron a mejor vida. En el castillo jamás lo comentó con nadie. ¿Entonces…? No lo entendía. La voz reaccionó como si supiera que Jerónima, estaba despierta. Sin darla tiempo para espabilarse, la voz pasó de simplemente llamarla, a comentar la necesidad urgente que tenía de hablar con ella. Había venido hasta ese perdido y asqueroso sitio, así definió la voz el lugar donde se emplazó la torre, para proponerla una oferta imposible de rechazar. Una propuesta cuyo único inconveniente consistía en el poco tiempo que tenía para aceptarla. Sentía decírselo, pero a palabras de esa voz, lo evidente es lo evidente y a Jerónima, no la quedaba mucho tiempo de vida. Según siguió argumentando, la sed que ella padecía no era ya un simple estímulo para dejarlo todo y descansar un ratito degustando una buena copa de vino.  —Bueno, quién dice una dice dos, tres, quince, dieciséis… ¡Las que hagan falta! — Esa sed anunciaba una preocupante deshidratación. En ese instante, la cantidad de agua en la sangre de Jerónima se reducía a un puñado de gotas, la tensión arterial andaba por los suelos y la función cardiovascular se resumía en desastrosa. La tasa cardiaca estaba tan disparada que batía récords. La voz solo recuerda a otra mujer en Portugal, igualmente emparedada, en su caso por ramera, la cual llegó a tener esos mismos niveles de tensión arterial y demás. Recuerda su muerte; fue una cosa repugnante, terriblemente lenta y amenizada con convulsiones, babas y demás fluidos saliendo por su boca, aparte de los temblores, brotes de locura, autolesiones, etc., etc., etc. Aquella portuguesa se quedó tan escuálida que se apreciaban a la perfección los músculos de su cara; para ser exactos 43 músculos. La voz, aseguraba haberlos contado uno tras otro hasta llegar a esa suma. Aquí, Jerónima, no podía más. Mirándonos, detuvo la narración de sus últimos momentos en este mundo. Mirando al suelo, permaneció en silencio durante varios minutos, tomándose un merecido respiro el cual nosotros, por supuesto, también agradecimos.  

  A Jerónima, la desconcertaba escuchar a la voz. No entendía cómo podía hablarle así o hacer ese tipo de comentarios acerca de esa otra mujer de Portugal, con ese tono tan irónico y jocoso, acompañado con desagradables carcajadas. Ella se preguntaba a quién pertenecería esa voz. Más tarde, lo entendería. Dejando de lado todo reparo, la voz le dijo el tiempo exacto que transcurriría hasta la llegada de la muerte. Jerónima, asustada, vio que era demasiado. ¡Eran días incluso! Además, sin piedad ninguna, la voz tampoco hizo el menor esfuerzo por omitir los detalles más angustiosos de lo que le aseguraba sería una larga y dolorosa agonía. Se regocijaba en cada doloroso y horrible detalle, tanto y de manera tan extremadamente insensible que Jerónima, no soportando escuchar más, la mandó callar de golpe. La voz pareció complacida por la interrupción. Sin duda, buscaba rendir la poca moral de Jerónima y, sin demora, pasó a explicar la fenomenal oferta pensada únicamente para ella.

La voz se explicó rápida. Daba la impresión de que aparte del poco tiempo de vida que le restaba a Jerónima, tuviese prisa por algo más. De hecho, llegó a comentar la larga lista de personas a punto de fallecer, aun por visitar para ofertarlas algo similar a lo pensado para ella. La oferta era sencilla: la voz dijo tener la manera de acabar en un santiamén con la vida de Jerónima. La prometió, además, una muerte rápida, sin dolor, semejante a cuando caes agotado en un profundo sueño sin darte cuenta. A cambio, la voz no quería otra cosa que su Alma. Jerónima quedó espantada. ¡Solo existe un ser en el mundo cuya única misión sea la de comprar el Alma de los vivos! Aterrada, trató de reponerse y pronunciar una negativa por respuesta, cosa que consiguió balbuceando y tras varios intentos, pues a causa del miedo no conseguía hacer salir las palabras de su boca. La voz al oír la contestación no dudó en alejarse despidiéndose con un simple —bien, hasta nunca—. Sin embargo, Jerónima, en ese justo instante, sintió un dolor de cabeza muy intenso. El dolor, lejos de remitir, aumentaba sin parar. Asimismo, empezó a percibir como su cuerpo experimentaba los mismos síntomas que la voz, la aseguró que padecería durante la agonía. Los síntomas eran los mismos, pero con la diferencia que aparecían rápidamente y no en el transcurso de las horas, sino de un segundo a otro. Además, su mente la comenzó a mostrar dentro de su cabeza imágenes de cómo se dañaban sus órganos, por donde se quebraban sus huesos y a las hormigas, moscas, gusanos y demás insectos corriendo por su piel, dándose un verdadero festín. ¡Jerónima, estaba horrorizada! ¡Aparte de sentir el terrible y continuo dolor de órganos, huesos y piel dañándose segundo a segundo, su mente se lo mostraba como si ella misma estuviese presenciándolo desde fuera de su cuerpo! Aguantó cuanto pudo, ni más ni menos, y como cualquiera de nosotros haríamos, si nos viésemos en una situación así, ella, se rindió y gritando, suplicó a la voz que regresara, pues aceptaba la oferta…

Jerónima aceptó el pacto y murió un par de minutos después, quedándose profundamente dormida. No sabe cuánto tiempo transcurrió hasta que despertó. Confusa, vio que podía moverse. Se sentía bien, liviana como una pluma, pero a la vez con fuerzas. Su cabeza ya no hervía de penas por tanto disgusto, y el dolor previo a aquellas horribles visiones había dejado de molestarla. ¿Podía ser que todo eso de la voz, la oferta y la muerte en paz, hubiera sido tan solo una paranoia fruto del cansancio y la sed? No se lo explicaba y despacio, trató de acercarse al muro. Para ello habría de salir del hueco donde casi la dejaron incrustada, un objetivo que antes le resultó totalmente imposible. Lejos de eso, ¡lo consiguió! Su cuerpo respondió y tras un leve esfuerzo sus manos se apoyaron en el muro, ¡había logrado salir del hueco! Sujetándose en la pared, comprobó que todas sus articulaciones respondían adecuadamente. Pensó que entonces podría caminar si tuviese el espacio necesario, pero era consciente de que tal cosa era imposible a causa del encierro al cual fue condenada. Aun así, probó a imitar el movimiento de pies cuando se camina, dando ese pequeñísimo paso hacia atrás que las dos paredes la permitían. El intento resultó un éxito que, de nuevo, la colocó dentro del hueco. Contenta por el resultado, nunca hubiera imaginado que la mayor sorpresa todavía la estaba esperando: al volver a avanzar dirección al muro, sin saber cómo, ni gracias a que tipo de extraña magia, lo atravesó. ¡Acababa de atravesar el muro! ¡Estaba fuera de la torre! Rebosaba felicidad, volvía a ser libre cuando horas antes ya se resignó a morir en esas condiciones. Sin embargo, no percibía la sensación del frío, ni el típico olor del campo. ¡No sentía nada! Además, en el ambiente reinaba un color gris, que teñía todo a su alrededor de un aspecto sepulcral. El cielo era una enorme capa plomiza grisácea, los árboles mostraban formas espantosas a causa de una sequedad que se llevó por delante frutos y hojas, y el suelo se veía como una larga alfombra de cenizas sin rastro tampoco de vida; ¡no podía ser! ¿Dónde estaba aquel pinar que ella dejó hacía apenas unas horas? Desconcertada, se la ocurrió volver a entrar y salir de la torre. Quizás, si repetía la acción, desaparecería la extraña magia, el conjuro o hechizo que ahora le hacía ver el mundo con esa tonalidad tan extremadamente triste.

Pero cuando por segunda vez, Jerónima, atravesó el muro y entró en la torre, la impresión fue tan grande que sobraba cualquier explicación. ¡Era su cuerpo! Dentro del hueco, Jerónima, se dio de bruces contra el que fue su cuerpo. Enseguida, retiró la vista. ¡No podía mirar! Frente a ella se encontraba su propio cadáver, rozando sus pies. ¡Claro! Era evidente. Su cadáver rozaba ahora sus pies, sus pies de Alma, pues ese era su nuevo estado. El estado que todos adoptamos después de morir. Totalmente fuera de sí, Jerónima salió de la torre y se alejó unos metros de ella. Todo a su alrededor mantenía el tono gris, esa intensa frialdad que supone la falta de vida. Trató de animarse pensando en la llegada de ese alguien que dicen, viene a buscarte tras morir, para acompañarte allá, donde esté tu próximo destino. Más el tiempo transcurría y nadie venía a buscarla; nadie vino, ni nadie llegó nunca a por ella.

Al cabo de un largo rato de deambular por los alrededores, Jerónima, decidió sentarse sobre unas rocas cercanas a la torre. La soledad y el silencio resultaban angustiosos. Quería llorar, pero no tenía lágrimas. De repente, algo llamó su atención. Oía un rumor procedente de la torre de aviso. Sin pensarlo, se encaminó hasta ella y a cada paso, fue escuchando mejor ese sonido. Se trataba de una voz, y por suerte o por desgracia, era la misma que la habló desde el otro lado del muro y la propuso la extraña oferta de morir en paz. A pocos pasos de la torre, la escuchaba con claridad. La llamaba constantemente. Efectivamente, era la misma voz, aunque, en ese momento, su tono era distinto; parecía enfadada.  Sonaba mucho más severa, sin ninguna ironía ni risas acompañándola y, además, tampoco se refería a ella con el diminutivo que utilizó para despertarla del sueño cuando la escuchó estando en el interior del hueco. Extrañada, Jerónima, observó cómo la voz la exigía acercarse de inmediato, incluso, añadiendo algún insulto o palabra mal sonante. Ella, en cambio, no se amedrentó y enseguida se dirigió a la voz. Quería saber qué había pasado, por qué todo a su alrededor tenía ese aspecto tan siniestro y cómo era posible que siendo ya un Alma permaneciera en el mismo lugar donde falleció. La respuesta fue contundente, ── ¡tú me perteneces, zorra! Me vendiste tu Alma y yo haré contigo lo que me plazca. ¡Cambiaste tú fe por una supuesta mala muerte y ahora yo soy tu amo y señor!──

  Tras contarnos la contestación recibida por parte de la voz, Jerónima volvió a pedirnos un tiempo de descanso, que atentamente seguíamos su narración de los hechos. Nosotros, permanecimos en silencio. Es cierto que Mario me preocupaba, pues, en mi opinión, estaba pasando demasiado tiempo en su primera experiencia con un espíritu. Durante la narración de Jerónima, gesticulando y en voz baja, le había preguntado varias veces cómo se encontraba y le ofrecí también interrumpir el “encuentro”, descansar y seguir, o volver otro día. No quiso aceptar nada de eso. Cómo nos llega a pasar a todos, había sido capaz de arrinconar el miedo, sujetar la impresión y estar disfrutando de la experiencia, aunque la historia de Jerónima tuviese poco de biografía feliz.

  Cuando ella lo consideró, Jerónima, reanudó la narración. Lógicamente…, tras escuchar semejante respuesta, no tardó en darse cuenta del gran error cometido; ¡se había equivocado al aceptar la oferta de la voz! Además, dentro de ella sabía que era así. Al aceptar la oferta perdió la capacidad de decidir, sonaba extraño, pero, por desgracia, era así de contundente; ella solo estaba ahí para obedecer y cumplir las órdenes de esa voz. Una voz que no tardó ni la costó explicarla su macabro plan para con ella: el Alma de Jerónima, permanecería vagando por los alrededores de la torre de aviso tanto tiempo como el muro que oculta su cuerpo continuara en pie. Por tanto, ella tendría que salir al encuentro de todas las personas que pasasen a menos de cien pasos de la torre, y pedirlas socorro, dejándose ver con su aspecto de Ánima. A estas personas, Jerónima, les pediría que retirasen alguna o algunas piedras del muro de la torre, estando ella presente. Todo aquel que la negase esta ayuda, salieran corriendo al verla o no aguantaran su presencia de Espíritu, las tendría que seguir y vigilar, a la espera de que la voz acudiera para ofertarlas, una propuesta similar a la que condenó a Jerónima. El muro que tapaba el hueco donde se la emparedó constaba de cien piedras. Daba igual los días, años o siglos que pasaran, Jerónima solo quedaría libre de la deuda cuando a base de quitar piedras ese muro desapareciera y sus restos, su cadáver o su esqueleto recibiesen la luz del sol. Asimismo, cada vez que alguien la negase ayuda tendría aún más consecuencias negativas para ella, aunque Jerónima, cumpliese y se mantuviera al lado de esa persona para que la voz la encontrase, le diera muerte y se quedara con su Alma. Todos los días, a partir de las ocho de la tarde, el aspecto cuidado y agradable que porta el Alma de Jerónima, se deteriorará en un aspecto aterrador durante cien segundos. Por cada negativa de ayuda, ese aspecto terrorífico y desagradable aumentaría en cien segundos antes de recuperar su aspecto normal. No perder su apariencia original, la apariencia que lució en vida, también dependería de las ayudas que recibiese.

A partir de escuchar la imposición de la voz, su tiempo se ha consumido en cumplir fielmente lo ordenado. Jerónima, desconoce el número total de Almas que esa maldita voz tiene recluidas en la torre. Personas a las cuales arrebató la vida, después de asustarlas con tal o cual pretexto y de las que ella se siente cómplice de su muerte. Deben ser muchas, entre todas ellas se podría haber destruido al menos dos muros como el que ha de derruirse. Ella, lo entiende. Para gente que transcurren por aquí, la mayoría de ellos ganaderos o que simplemente les apetece pasear por el monte, no les debe de ser fácil encontrarse con ella. Mucho más complicado es cuando cambia de aspecto. Jerónima desconoce si, efectivamente, ese horrible cambio de apariencia se produce a las ocho en punto de la tarde, o si es antes o después. Ella no nota el paso de las horas, nunca es de día ni nunca es de noche. Todo está igual que cuando escapó de la torre el primer día. La única diferencia es, precisamente, cuando una de esas personas se va acercando y reduce la distancia de los cien pasos hasta la torre. Es lo único que hace cambiar ese decorado muerto y eterno que tiene por entorno. Cuando Jerónima ve a esa gente acercarse sufre. Mientras no reducen la distancia por debajo de los cien pasos, ella, les gritaría, advirtiéndoles del peligro con la intención de que se alejen de allí cuanto antes. Sin embargo, cuando reducían la distancia, cuando ya entran en el área donde ella está obligada a actuar, nota como deja de ser la misma Jerónima. Algo en su interior se transforma, se llena de ansiedad y, tan rápido como puede, sale al encuentro de esa persona o personas que se acercan a la torre. La disgusta mucho sentir que, en ese momento de pedir socorro, en realidad, no desea recibir esa ayuda. Prefiere obtener una negativa o ver a la persona salir corriendo. Ahí, cuando ya confirma que no la van a ayudar, nota una satisfacción tan extraña como repugnante al saber que tiene una nueva presa para la voz, mientras por dentro llora de pena y de rabia cuando esta se acerca a quitarle la vida a otro nuevo inocente. Desecha por la tristeza, Jerónima se siente incapaz de vencer esa repentina y posesiva ansiedad por capturar una nueva presa. Lo intentó, de hecho, trató de resistirse de todas las maneras posibles, peleó mucho contra ese impulso de ir al encuentro de todo aquel que surca los alrededores de la torre. Pero, pese a todos estos esfuerzos, es consciente de que lo peor está por pasar, en verdad, ya está a punto de ocurrir. En las últimas ocasiones en las cuales ella se presentó ante alguna persona y no recibió la ayuda deseada, esa primera ansiedad se convirtió en pura ira. Una ira con la cual se enzarza en una pelea terrible para no ser ella quien acabe matando a esas personas, pues la sobran ganas de hacerlo. ¡La cuesta contenerse! ¡Cada vez se la hace más difícil cuidar de lo poco que queda de la Jerónima con vida! No sabe lo que le ocurre cuando alguien cruza la línea y se convierte en una posible presa. ¡Se odia a ella misma! No entiende por qué, no hace más por convencer y ganarse el socorro de la gente, en vez de esperar a verlos correr.

Hasta ahora, continúa comentando Jerónima, solo se han quitado dos piedras del muro porque solo dos personas creyeron en ella. Y bueno…, son dos piedras menos gracias a dos antiguas damas de compañía suyas quienes, alertadas por su ausencia en el castillo, salieron a buscarla. Por suerte, sabían muy bien dónde encontrarla, pues uno de los soldados encargados aquella noche de custodiarla desde el castillo a la torre, y que presenció cómo Jerónima fue emparedada, pretendía los favores de una de estas damas de compañía. El error de las dos muchachas vino cuando al no poder mover más piedras por sí solas, buscaron ayuda. Un día tardó en llegar a oídos del marqués las pretensiones de estas dos doncellas, y un día necesitó para arrojarlas desde la torre más alta del castillo. Después de ellas, nadie más ayudó a Jerónima; ni tan siquiera hubo quien la concediera un momento de atención.

En vista de lo narrado por Jerónima, en un principio resolver este caso no se nos hacía ni a Mario ni a mí, complicado. Sobre el papel, la solución pasa por liarse manos a la obra y apartar las noventa y ocho piedras del muro que todavía ocultaban su cadáver. Teníamos suficientes horas por delante antes de que dieran las ocho de la tarde, hora en la cual, Jerónima se vuelve a convertir en el imponente ser que nos recibió al llegar a esta torre de aviso. Pero tampoco hemos de olvidar añadir a la ecuación una figura más. Una figura preocupante. Dudo que la voz fuese a permitir dejar escapar a una proveedora de futuras Almas subyugadas tan eficaz como Jerónima. A pesar de ello, nos tocaba pasar a la acción y, sin rodeos, propuse a Mario empezar a quitar piedras, sabedor del martillo y el cincel que guardó en la mochila al dejar el coche a los pies del risco. Acertamos al apostar por llevar alguna herramienta por si nos veíamos en la tesitura de tener que quitar algunas piedras de la torre.

Animados, Mario y yo, nos acercamos a la parte del muro donde por primera vez vimos la mancha negra. El montículo de piedras derruidas de otras partes de la torre facilita mucho llegar a la parte más alta del muro. Detrás de esas piedras, encontraríamos los restos de Jerónima. Mientras tanto, Jerónima, situada de pie a un lado de nosotros, observa vigilante a cuanto ocurre por los alrededores. Creo que también sospecha que mover todas las piedras del muro no nos resultaría tan fácil, y no precisamente por su peso. Por el momento, trabajamos tranquilos. Una cada uno, o una entre los dos debido a su tamaño, ligeros, bajamos las piedras desde lo alto del muro. Ya hemos quitado las dos primeras filas, y con ello vemos la pared en donde se picó el hueco y se colocó a Jerónima. A Mario le sigo encontrando bien. Le veo con la característica ilusión que sentimos todos cuando hemos aguantado tanto tiempo la presencia de un Espíritu tan cerca y, ahora, sabemos cómo ayudarle.

De repente, mis temores se hacen realidad. Temores que alertan de la siniestra presencia con la que vamos a tratar, aunque, de momento, solo escuchemos su voz. Podemos jugarnos la propia vida por escucharle. Ya sabemos cómo se las gasta. Sin duda, a nosotros también tratará de convencernos. Nos presentará pruebas, sacadas totalmente de contexto, para convencernos de que nuestras vidas no valen nada. Nos atacará con errores cometidos en el pasado, y los presentará de tal forma que nos sintamos, cuanto menos, unos desalmados carentes de escrúpulos, no dignos de convivir entre personas. Intentará hacernos creer que, más pronto que tarde, volveremos a cometer el mismo error, hiriendo con ello a alguien que jamás superará el daño. Enumerará uno por uno nuestros defectos como errores que imposibilitan una existencia feliz sin desgracias. En fin, tratará de convencernos de que no deberíamos continuar viviendo. Si caemos, si perdemos la razón y le hacemos caso, nos ofertará una propuesta similar a la ofertada a Jerónima: morir lo más en paz posible a cambio de nuestras Almas. Todo esto tendremos que aguantarlo quitando piedras lo más rápido posible, pues estoy convencido de que con cada una que quitemos le debilitaremos un poco más hasta poder mandarle rumbo al infierno. Mario y yo soportaremos sus desaires, sus insultos, sus provocaciones y todo lo demás, estando en un risco, a unos cinco kilómetros de la ayuda más cercana, lloviendo tanto que dificulta la visión y la experiencia justa para lidiar en estas situaciones.

Tal como describió Jerónima a la voz cuando la escuchó por primera vez, así nos habla a nosotros. Efectivamente, su tono suena como si estuviese de broma y tampoco yo me atrevería a decir si es de hombre o de mujer. Nos habla tomándose todas las confianzas del mundo y como si nos conociera de toda la vida; de hecho, sabe nuestros nombres y apellidos. La escuchamos acercándose a nosotros. No vemos quien habla y, ¡por supuesto!, ni falta que hace. Sería injusto decir que me preocupa Mario, ya que, ahora mismo, ambos debemos de sentir el mismo miedo y estaremos soportando la misma tensión. Hablando en voz alta, le animo a seguir quitando piedras sin prestar atención a la voz. Supuestamente, su única arma contra nosotros son las palabras y, aunque con ellas puede hacernos mucho daño, tan solo cuenta con eso. Al final, en nuestras manos están todas las decisiones, si no le damos opciones ni conversación no tendremos que tomar ninguna, y mucho menos elegir algo tan descabellado como el quitarnos la vida o seguir viviendo. Hemos de apoyarnos en cosas como el antiguo dicho de que si “ellos”, el mal y los demonios, en verdad existen, los vivos tampoco debemos de estar tan desamparados.

La voz ya sonaba detrás de nosotros; cerca, muy cerca. Comenzó por reírse al vernos quitar las piedras del muro. Para ella picábamos de ilusos, puesto que había algunas imposibles de mover entre dos personas. Todo un fastidio, opinó, y más cuando el tiempo encima corre en nuestra contra. Ella no apostaría un real a favor de que los restos de Jerónima se descubran antes de las ocho de la tarde. Ni a las ocho, ni, por supuesto, a ninguna otra hora. Al vernos concentrados en retirar y retirar piedras, sin contestarla ni responder a ninguno de sus mal intencionados comentarios, la voz cambia de táctica. Ahora se vuelca en exponer con todo lujo de detalles nuestros defectos. ¡Es increíble lo que sabe de ambos! Ya no nos sugiere que dejemos de quitar piedras, labor en la que seguimos trabajando sin saltar a sus provocaciones por mucho que exagere nuestros defectos. En cambio, ella habla más deprisa y en su tono se averigua como el enfado sube enteros. Un poco después, y dando por inútil el tema de los defectos, lo intenta con algo bastante más personal; trata de sacarnos de nuestras casillas abordando las veces en las cuales hicimos daño a terceros. Incluso, comenta la opinión que teníamos uno respecto del otro cuando éramos chavales y pertenecíamos a la misma pandilla, quizás, en un intento de llegar a enfrentarnos. Al escuchar sus comentarios que son del todo acertados, reaccionamos mirándonos con cara de sorprendidos y, sin querer ni poder impedirlo, soltamos una carcajada que desata el enfado de la voz. ¡Ahora si se complica la cosa!

  El viento y la lluvia se enfurecen de repente. Vuelven a la carga con las mismas intenciones de antes: el viento estrellarnos contra el muro y la lluvia que no veamos cómo nos estrella. Al tiempo, la voz se mueve de un lado a otro. Cambia de posición deprisa, refunfuñando en distintas lenguas. Identifico palabras sueltas en hebreo, latín y arameo. Se la oye cerca, lejos y viceversa en el mismo segundo. La escuchamos acercarse. Viene despotricando enrabietada. No le ha gustado nada nuestra carcajada. Se acerca y se acerca veloz, hasta situarse entre medias de Mario y de mí. Chilla sin parar. Nos insulta de nuevo en castellano y sus gritos aturden. Nosotros continuamos quitando piedras; disimulando una indiferencia que no se creería nadie. No sé cuánto aguantaremos, pero las ganas de huir crecen por momentos. Es incansable; no deja de gritar. Se acerca más, siento algo pegarse a mi cara y noto su aliento. Un hedor inaguantable surge al compás de cada insulto o amenaza. ¡Es asqueroso! Además, entra en cólera en cada fila acabada y quitada del muro. Vocifera exigiendo que dejemos de hacerlo, vernos quitar piedras la pone histérica. Nos amenaza con hacernos burradas horribles si no nos detenemos. Está totalmente fuera de sí. ¡Ya sí que únicamente se centra en que paremos de derruir el muro! Sus insultos son lo más desagradable y asqueroso que he escuchado nunca. No tiene un gramo de humanidad. De repente, algo golpea mi frente. La ha golpeado y sigue apoyada en ella, en un extraño cara a cara. La voz es ahora similar a un empujón; un empujón que me obliga a retroceder con algo pegado en la frente. Las amenazas no dejan de surgir. Es una máquina tratando de acrecentar el pánico. Nos ordena furiosa volver a dejar la piedra en el muro y en mi oído suenan toda clase de improperios al no hacerlo. Entre otros disparates menos suaves resaltan: ¡eres lo peor del mundo!, ¡no vales ni jamás valdrás para nada! ¡Nos escupe! Quizás solo sea la saliva producto de la ira. Por lo menos, se separa de mi cara. A decir verdad, su tono despliega un poder de convicción enorme; cuesta no darla la razón. Ahora, trata de impedirnos alejar la piedra del muro colocándose delante de nosotros cuando caminamos. Vuelvo a sentir cómo apoya algo en mi cara y no veo al andar. Llevo una piedra y puedo caerme, pues por el suelo hay demasiadas cosas con las que tropezar. ¡Sería fatal hacernos daño ahora! Miro a Mario y…, ¡no lo entiendo! También trata de quitarse algo de delante. ¿Hay más de una voz? Me decanto por bajar la cabeza y caminar con cuidado. No vamos mal, resta suficiente tiempo hasta las ocho y ya quedan pocas filas en el muro. Pero el viento se alía de repente con la voz y nos impide caminar. Aprieta para no dejarnos salir más allá del muro y nos arroja todo lo que encuentra.

La situación se complica. Coger una piedra del muro, girarte y dar los tres o cuatro pasos para alejarla, supone un esfuerzo desmesurado. El viento sopla desatado, llega a silenciar a la voz y el suelo ya es un intransitable barrizal a causa de la lluvia. De pronto, ¡oigo la voz dentro de mi cabeza! Pelea contra el viento por hacerse oír. Asegura tener un amplio repertorio de zancadillas para hacer de nuestra misión algo imposible; toda clase de trabas, a cuál peor. La voz intenta volver a cambiar la táctica. Ahora suena con un tono amable. Dice entender nuestro afán por ayudar a Jerónima, pero no comprende el cómo podemos exponernos a un riesgo tan grande. Según sus palabras, socorrer a un Espíritu lleva consigo pisar de continuo la línea entre la vida y la muerte, más y cuando, el Espíritu a ayudar vendió su Alma; una explicación en mi opinión absurda. La voz insiste en pararnos todos y negociar. Mario aprovecha para mirarme y en sus ojos se lee el cansancio. El miedo cala, agota debido a la presión. Aun así, le animo a seguir. Estamos en un tiempo de tregua, sabedores de que todavía nos espera otro mal rato. Confío en que la voz haya gastado sus peores argumentos en este ya pasado primer intento por detenernos.

Con tregua o sin ella, Mario y yo continuamos quitando piedras. El ritmo es mucho más lento, pero las inclemencias del tiempo tampoco nos detienen. Cuento siete filas. ¡Solo nos quedan siete filas! Deben de ser ya muy pocas las piedras colocadas delante del cadáver de Jerónima. No sé si es fruto de mi imaginación, del miedo, de las ganas por llegar hasta ella, pero cuando me acerco a coger una nueva piedra juraría escuchar un murmullo constante al otro lado del muro. Mientras, la voz se desespera por completo. La ira ya es brutal. Trata de interponerse entre el muro y nosotros. Es muy difícil explicar como algo del todo invisible sea tan evidente a la vez. Sin embargo, este mismo pensamiento mío parece haber generado ideas; ideas en contra nuestra: ahora una imagen se muestra delante de nosotros cuando vamos a coger otra piedra del muro. Una imagen que aparece y desaparece muy fugaz, enmascarada entre las gotas de la lluvia. Es la figura de alguien ataviado con una túnica que cubre su cabeza y oculta su rostro. No cabe duda, desesperada por impedirnos descubrir los restos de Jerónima, la voz intenta hacerse visible.

Dado su tamaño, todas las siguientes piedras que restan del muro nos requieren a Mario y a mí para poder moverlas. Al levantar la primera, veo partes de la extraña túnica. Ahora no es la figura, sino sus dos mangas moviéndose deprisa delante de mí. ¡Pretende agredirme! Lanza manotazos sin cesar, pero ninguno llega a impactar contra mi cara. Por suerte, se quedan cortos, aunque con esto la voz se irrite más. El viento empujando en contra, la lluvia golpeándonos la cabeza sin piedad, los inaguantables e incansables chillidos de la voz machacando nuestros tímpanos, la preocupación de ver cómo su ira crece hasta el punto de usar la violencia, sumado a las dificultades del barrizal por el cual nos movemos, no auguran el mejor de los finales. Tenemos ya también las manos doloridas, arañadas y con heridas producto del movimiento apresurado y sin cuidado de tanta piedra. Por si fuese poco, el murmullo al otro lado del muro se hace más patente. ¿Será que la voz tiene ayuda? Si es así, estaríamos perdidos.

Acabamos de quitar la última piedra de lo que era la séptima fila del muro. Con ella, distinguimos el hueco donde, supuestamente, colocaron a Jerónima para ser emparedada. Llevamos unos pocos segundos sin oír a la voz, pero todavía no nos atrevemos ni a darla por derrotada ni a asomarnos por detrás de lo que queda de muro. El murmullo de voces en ese otro lado continúa, además, aumenta de tono cuando nos acercamos a coger otra piedra. Pero la tranquilidad dura poco: ¡la voz se ha hecho visible! La figura ataviada con la túnica resulta ser la voz que nos habla, amenaza e insulta con el fin de hacernos desistir. Situada entre el muro y el montón en donde arrojamos las piedras, la voz ahora trata de impedirnos el paso. Aunque el susto es fuerte y nos encontramos en una situación difícil de soportar, propongo a Mario tirar la piedra allí mismo, a los pies del muro. Sin dudarlo, Mario responde soltándola a la vez que yo. Mientras tanto, la figura permanece inmóvil. No se mueve ni tampoco habla. Esa figura es un Espíritu, de eso no tengo duda. Un espíritu que sabe que la sola presencia de un ser como él acaba con la valentía de cualquier persona. Un Alma visible no necesita ni hablar ni moverse para asustar y más aún cuando se conocen sus malas intenciones. Por cómo actúa, esta figura sabe muy bien que Mario y yo conocemos su propósito final. Pese a estar en lo cierto y haber reducido en mucho nuestra capacidad de aguantar tanta impresión, hay otro dato que este Espíritu parece no tener presente. Mario y yo no estamos aquí solos, indefensos, empapados de agua, manchados de barro hasta las orejas y soportando un miedo que hace rato dejó de ser llevadero, por el mero hecho de conseguir una foto que nos haga famosos en el mundo del misterio. No estamos aquí para salir por la tele y mucho menos por curiosidad. Una de las dos personas que esa figura, que ese Espíritu tiene delante, desea introducirse en ese mundo del misterio y dejar de ser camarero por encima de todo. Quiere vivir experiencias, hacerse un profesional y participar en este tipo de trabajos. La otra persona está aquí porque el misterio, y más todo lo relativo al mundo de las Almas, es su profesión. Una profesión que le llena y le apasiona. Es una persona que tiene muy asumido que darte de bruces con estos ratos tan amargos y chocar con estas presencias que tanto impresionan, es algo que viene implícito con la profesión. Por tanto, este Espíritu enfundado en su túnica gris, refugiado bajo la capucha y con los brazos cruzados en postura intimidatoria, va a tener que sacarse algún truco más de su malvada chistera, porque llegados a este punto, ni Mario ni yo vamos a dejar de intentar derribar el condenado muro de una vez.

Encabezonados y obviando por completo al Espíritu, continuamos nuestra labor. Ajenos al enorme riesgo que corremos, por fin, levantamos la piedra que deja al descubierto la calavera de un esqueleto. ¡Ahí está! ¡Puede ser la prueba que confirma la leyenda de la marquesa emparedada! Este muro que piedra a piedra Mario y yo desmontamos, hace siglos acabó y borró para siempre la existencia de una persona. Al menos, esto ya es innegable. Si es la marquesa o no, todavía está por ver…  

¡De pronto!, la voz del Espíritu resurge de nuevo. Llama nuestra atención aplaudiendo mientras vocifera felicitaciones fuera de tono. Su aplauso me sorprende, es sordo y no se escucha. Quizás, el fuerte viento aísle su sonido, pero tampoco estoy convencido de que esta sea la causa. Al tiempo, el Alma de Jerónima se presenta junto a nosotros en el borde del muro. Había desaparecido todo este tiempo que llevamos quitando piedras. En completo silencio, apoya las manos en las piedras y fija la mirada en el esqueleto. —¡Heme ahí!─ El susurro de voz de Jerónima nos acaba de confirmar todo. ¡Es ella! ¡Ese esqueleto son los restos de lo que un día fue su cuerpo! A la vez, al asomarse Jerónima al muro, el anterior murmullo que procede del interior se dispara. Se escuchan voces distintas. Voces de hombres, mujeres y niños luchando por hacerse oír. Voces suplicando ayuda. ¡Es terrible! Sin embargo, por el momento tenemos que dejar todo esto de lado y continuar destruyendo el muro, pues el tiempo restante hasta las ocho de la tarde ya sí es un problema que amenaza con pasar deprisa. 

Mario y yo tiramos las piedras tan rápido como podemos al lado del muro. En ocasiones, nos estorban para alcanzar las siguientes, pero la presencia del Espíritu detrás de nosotros exige actuar así. Pronto volverá a la carga e intentará detenernos, ¡vete tú a saber con qué barbaridad! Nuestra única oportunidad es terminar de derruir el muro, rezar porque el tiempo escampe y algún rayo de sol, como así nos indicó Jerónima, llegue a tocar su esqueleto.

Ya apenas quedan tres filas de piedras. Prácticamente, los restos de la marquesa ya se pueden contemplar por entero. Al ir a coger la siguiente piedra, siento algo parecido a una descarga eléctrica que recorre violentamente todo mi cuerpo. ¡No la había visto! Mario trató de avisarme antes de que mi mano tocase la mano de otro Espíritu. ¡Es tremendo! Al verlo, nos quedamos atónitos: por debajo del suelo donde reposan los restos de Jerónima, se alzan un montón de manos. Las manos se esfuerzan por agarrarse a las piedras que restan del muro. Parece que quisieran salir de las profundidades de la torre de aviso trepando por ellas. Hay muchas y, lo peor, si las ayudamos sufriremos otra descarga. A mi entender, son Espíritus, Almas de personas necesitadas de socorro para liberarse de la condena que padecen. Ensimismado en la escena, reacciono gracias a los gritos de Mario. Al igual que yo, él está convencido de que esas manos pertenecen a todas las personas sentenciadas por Jerónima cuando cumple las órdenes de la voz. Sin hablar y aparentando tranquilidad, la voz se acerca al muro. La túnica arrastra por el suelo sin dejar ningún rastro, como tampoco sus pasos dejan huella sobre el barro. Al darse cuenta, Jerónima vuelve a desaparecer. Situado entre los dos, el Espíritu de la voz es claro y contundente… ─Todos esos desgraciados son míos, me pertenecen y yo que tú no movería un dedo para liberarlos; son basura. ─ Palabras mágicas para nuestros oídos que nos devuelven a la tarea de terminar con el muro de una vez por todas. Sin embargo, ante la atenta mirada de la voz que permanece impasible a nuestro trabajo, las piedras tiemblan ahora en nuestras manos. Tiritan hasta precipitarse buscando el suelo, golpeándonos a su paso piernas y pies al caer. Una de ellas hace daño a Mario. Le ha caído justo en el empeine y se retuerce de dolor, mientras la voz ríe a carcajadas. ─ ¡Tenemos una baja! ─ ¡Gracias a Dios!, solo queda la última fila de piedras y todo el cadáver de Jerónima quedará expuesto. 

De nuevo, vuelvo a sentir la túnica del Espíritu de la voz, rozarme la cara. Me pregunta qué pretendo conseguir. Sin darme tiempo a contestar, comenta que, tal vez, sea cierto y podamos liberar a Jerónima. A lo mejor, hasta a todas las Almas allí presas como ella. Pero duda que nuestro esfuerzo y su liberación sirva para mucho. La voz asegura que hagamos lo que hagamos, nuestro afán por liberar Almas entregadas por voluntad propia al mal es una guerra perdida de antemano. La existencia del maligno y la de todas las Almas parejas a él, perdurarán por siempre en el tiempo. Convivirán con el ser humano, puesto que nosotros, las personas, somos realmente quienes reclamamos su presencia. Somos quienes les mantenemos en este mundo… ─Es imposible la vida sin la presencia de eso a lo que vosotros mismos denomináis el mal. Y es imposible porque vosotros los vivos, ¡los amos y señores del mundo!, ¡la criatura perfecta, reina y dominante sobre todo lo demás!, resulta que cogéis y os dejáis romper. Confiasteis en la codicia, la abristeis la puerta y ella, ante vuestros ojos de lerdos, se metió hasta la cocina y os corrompió generando ¡na!, un pequeño defecto de na: no sabéis vivir sin desear, ambicionar o soñar cosas que no tenéis. ¡Hala venga! ¡Todo ese grandioso y maravilloso proyecto pensado para vosotros a tomar viento! Os encabezonáis en adquirir chorradas, al fin y al cabo, solo son eso, chorradas. Anheláis idioteces que ni siquiera tenéis claro si serán buenas para vosotros o, por el contrario, os quitarán paz y tranquilidad. Deseáis estupideces que vosotros mismos inventáis, fabricáis y restan sosiego a la vida. No os dais cuenta de que son venenos que os alejan de lo importante y necesario. Y lo bueno es…, lo mejor de todo es…, que todos vosotros estáis dispuestos a vender hasta el Alma con tal de satisfaceros con semejantes idioteces. ¡Todos, venderíais el Alma! Un Alma que cinco minutos antes no solo estabais seguros de no tener, sino que os pitorreabais de aquellos que sí se consideran algo más que un cacho de carne con ojos. Ninguno de vosotros jamás lo reconoceréis. ¡Qué dices! Yo vender mi Alma, ¡por Dios!, yo nunca haría una cosa así. ¡Los seres humanos sois unos falsos! Os falta tiempo para vender. Y todos vosotros sois iguales, ¿eh?, todos. No os libráis ni uno. Cuando oís hablar de este tema, de nosotros, de esas Almas tan malísimamente malas que tanto os perturbamos, oh, Señor, ¡protégenos!, llegáis a tener la desfachatez de negarnos. ¡Si sois vosotros los que nos llamáis! Después, cuando toca asumirlo, cuando hay que cumplir, enterráis la cabeza en el suelo como avestruces porque nosotros… ¡Por Dios, qué malos somos! Cada vez que os maldecís, cuando renegáis de vuestra vida, cuando no estáis conformes ni con vosotros mismos, entonces, nos estáis llamando. ¡Enteraos de una vez! ¿De veras todavía pensáis que hace falta un círculo mágico rodeado de velas negras, una invocación y cortarle el cuello a un pobre pollo para que nos presentemos delante de vosotros? ¿De veras suponéis que nos vamos a aparecer con la pluma y el tintero en la mano, con un contrato comprado en el estanco que ponga venta de Alma y vamos a deciros que firméis? Bueno. El caso que, por vuestro grado de imbecilidad, puede ser que aún lo creáis; puede ser, sí, perdón por haber considerado vuestro raciocinio superior al de una cucaracha. No, señores, no es así. En todos esos enfados que ponéis el grito en el cielo por vuestra mala suerte, que hay que ser cafres hasta decir basta, en el fondo queréis que alguien os arregle el panorama. Huy, huy, ¡qué venga alguien a ayudarme, por favor! ¡Estoy triste y solito y no sé qué hacer! ¿Me habrán echado mal de ojo? Pero ¡claro!, a vosotros os pasan las cosas porque, ¡qué mala suerte!, os ha tocado ser el más desgraciado de todos. Ochocientos mil millones de personas pateando el mundo y, ¡fíjate tú!, te ha tocado a ti ser el más desgraciado. ¡Imbécil, imbécil, imbécil! Esa mala suerte, esa mala racha, esa ruina, esa enfermedad, ¿no puede ser que haya surgido porque todos vosotros estéis destinados a ser uno más dentro de un plan superior? ¿Un plan en el cual tengáis, ¡a lo mejor!, que afrontar un rol específico para conseguir mantener el equilibrio y el bien común? ¿No será eso? Os digo yo que en esos momentos donde la fe os pone a prueba, en esos duros momentos donde uno ha de confiar, pasando lo que esté pasando, viviendo lo que le haya tocado vivir, o sufriendo la mayor de las desgracias, basta una pequeña propuesta nuestra y os hacen los ojos chiribitas. ¡Pero subnormal!, ¿no será que precisamente estés viviendo eso, esa desgracia, esa ruina, esa pobreza, esa enfermedad, porque lo mejor para ti sea vivirla? Lo que te digo, ibais para mucho y, hoy por hoy, no sois nadie. Te sorprendería saber cuántos de esos que tú mismo conoces, recurren a nosotros sin nosotros llamarles. Te asombrarías. En eso habéis convertido la fe. Esa es la confianza en vosotros mismos que os tenéis. ¡Hipócritas!, podíais vivir como reyes y hacéis del mundo una corrala de esclavos.

¿Queréis el Alma de Jerónima? ¿Queréis llevárosla? ¿Queréis llevaros también todas las Almas que hay ahí dentro? Bien, ¡no se hable más!, llevadlas. ¡Estupendo! ¿Sabéis cuánto voy a tardar en tener el mismo número de ellas ahí metidas? Os lo digo yo, lo que tardéis en ir al pueblo y regresar. Triste, ¿no? No sé con qué cara van a presentarse todas estas Almas delante de ese que las espera. Después de haberle traicionado de mala manera pactando conmigo, todavía llegarán suplicando misericordia. Pero ¡tomad, tomad! ¡Lleváoslas a todas! Os lo habéis ganado. Antepusisteis la fe al miedo. Confiasteis en vosotros, en vuestra puñetera causa. No cabe duda lo mucho que habéis expuesto. Sois capaces de apostar todo a fondo perdido, simplemente, por un bien mayor. Un bien por un tercero al que ni tan siquiera conocéis. ¡Formidable! ¡Eso es! ¿Qué más da, a quien se ayuda? ¿Qué más da, si es a un vivo, a un muerto o al mismísimo Santa Claus? El caso es arrimar el hombro donde a uno se le demande arrimarlo. Total, si la línea que os separa a los vivos de los muertos es casi inexistente. ¡Ya veis que es verdad! Los vivos poseéis la capacidad de ayudar a cualquier Espíritu descarriado. El problema viene a la hora de intercambiar esa ayuda, y es que a vosotros eso de ayudar, el bien común, la delgada línea y la madre que os parió os la rempampinfla por completo.

Una sola cosa pido a cambio: que difundáis este mensaje. ¡No, tranquilos! No os pido que escribáis un evangelio. ¡En absoluto! Difundirlo, simplemente, hablar de ello. Difundirlo en esas conversaciones en donde el “mal” salga a relucir. Decirles a todos que ese “mal” existe porque lo alimentáis vosotros mismos. Nos dais vida al renegar, al maldecir, al no confiar en él después, porque hay un después, siempre hay un después. Decirles a todos que se olviden de nosotros, que aprendan a conformarse, que aguarden su momento y ese momento llegará. ¡Claro que llegará! Y ahora…, ¡vamos!, tomad y marcharos o de lo contrario pensaré en proponeros un pequeño acuerdo sobre vuestra Alma. ¡Venga! Marchad con ellas. Desde hoy siempre os acompañará mi admiración y mi respeto por vosotros.—  

Mario y yo permanecemos inmóviles. Asombrados, y sintiendo una sensación difícil de explicar, vemos cómo el Espíritu de la voz se aleja de nosotros hasta desaparecer por completo. Mientras tanto, el cielo, como si también estuviese esperando su marcha, se abre dejando pasar un triste y solitario rayo de sol. Un rayo de sol que de inmediato impacta contra los restos de Jerónima, provocando un suceso increíble: a través del hueco de la torre de aviso, comienzan a salir las Ánimas atrapadas en ella. Formando dos hileras abandonan la torre caminando por encima del barro a paso lento. Su aspecto es tan difuminado, que impide ver con claridad, caras, ropajes y demás detalles. Son una comitiva de Almas en pena, hechas de infinidad de puntitos de mil colores distintos, que se encaminan hacia el borde del risco siguiendo la estela del rayo de luz. Caminan de una en una o en pequeños grupos de cinco Almas como máximo, dejando un hueco de separación entre uno y otro. Ninguna rehúsa acercarse. Emociona ver cómo nos miran, y pone el vello de punta escuchar los leves y lejanos, gracias, que nos dedican cuando pasan por delante de nosotros. ¡Impresiona! No dejan de salir Almas de la torre. En un momento dado, Mario golpea mi brazo. Llama mi atención porque la próxima en acercarse es Teresa. Ella es a la que mejor se la distingue. Su rostro y el resto de su cuerpo se muestran claros, apenas difuminados. Su sonrisa lo dice todo y su mirada nos confirma que, hoy, Mario y yo, hemos hecho algo bueno. Junto a ella caminan las mujeres vestidas de luto que velaban su cadáver cuando estuvimos en su casa. Al verlas marchar junto a Teresa, me fijo en el resto de las Ánimas. Es cierto que algunas van solas, pero la mayoría caminan formando esos pequeños grupos de dos, tres o cuatro Almas más. Por mi cabeza surge la idea de la reencarnación como posible respuesta. Pero ¿quién sabe? Sería una explicación pobre y sin fundamento al porqué de esos maravillosos grupos.

Pasados unos minutos, toda la comitiva de Ánimas desaparece al acercarse al borde del risco. Lejos de despeñarse precipicio abajo, todas ellas continuaron andando por encima del abismo hasta fundirse con el horizonte. Ha sido realmente bonito. Ya no quedan Almas a la vista, la voz también se fue, dejó de llover y el viento, por fin, también se calma. Todo parece haber acabado, cuando, ¡de repente!, vemos salir de la torre un Espíritu más. Su aura es preciosa gracias a la mezcla de colores de los puntitos de luz que delimitan su contorno. El Espíritu avanza saliendo de la torre de aviso. Con cuidado, se abre camino entre las piedras esparcidas por el suelo. Resplandece. Viene hacia nosotros y justo cuando ya la tenemos muy cerca suena la alarma del reloj de Mario; nos avisa de que, ahora mismo, acaban de dar las ocho de la tarde. Aun así, salimos de dudas. ¡Es Jerónima! Su aspecto es distinto al anterior. Se ve que, liberada del pacto con el Espíritu de la voz, la teoría que yo también defiendo y que, por supuesto, todavía no puedo demostrar, surte efecto: los Espíritus libres de cargas se aparecen con la mejor imagen que disfrutaron durante su vida. La imagen de Jerónima es ahora la de una joven alegre, de tez blanca y cabello negro recogido en un moño muy bien peinado. Viste un traje blanco largo con mangas hasta la muñeca. Saya y casaca entallada y ceñida a la cintura. Se acerca sonriendo. Está feliz. Al acercarse a Mario y a mí, casi no la oímos. Nos agradece el haberla liberado de una pena larga y penosa. Su error la atormentó desde aquel primer fatídico día en el cual vendió su Alma al Espíritu de la voz. Un desafortunado error que se le repetía en su mente sin dejarla un momento de respiro. Se arrepentía y se despreciaba así misma tanto por eso, como por la cantidad de personas a las que llegó a condenar por su equivocación. Entonces, llegamos nosotros. Llegamos y enmendamos su error. Nos jura que no conoce más palabras de agradecimiento, ni puede esbozar más sonrisas que dedicarnos. Sin embargo, antes de marcharse nos pide no olvidar nunca hacer un pequeño gesto: depositar una piedra más en cada amilladoiro que veamos. Nadie puede dar por seguro que cerca de cada amilladoiro, el Espíritu de la voz, o algún otro parecido, no tenga Almas en pena, castigadas, atormentadas y encerradas eternamente rogando porque alguien se apiade de ellas…

Después, Jerónima tan solo se marchó.

*Hemos intentado escribir las palabras dichas por el Espíritu de la voz lo más fielmente posible, dentro de lo que nuestra memoria nos ha permitido en el momento de escribir este relato. Reconocemos que parte de aquellas palabras se perdieron de nuestro recuerdo. Las hemos intentado transcribir de la mejor manera, siempre respetando la idea y el mensaje De igual modo, creemos que también es bastante obvio el porqué de ese olvido.

SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO M-003872/2023.