EL PERDÓN DE LOS PECADOS

Tres y media de una madrugada cualquiera del mes de enero. No recuerdo una noche tan cerrada como esta, y eso que ya son muchas las pasadas a la intemperie. Tampoco, seamos francos, estoy de humor ni para recordar en qué día vivo. Quizás, el no distinguir ni un atisbo de luz en todo este paraje alimente más aún mis pocas ganas de involucrarme en este caso. Además, el camino hasta el deshabitado pueblo al cual nos dirigimos se me está haciendo eterno. Ya hace un buen rato desde que Javier y yo dejamos la carretera general, y ahora nuestro coche avanza a duras penas por un bacheado sendero de tierra que lleva hasta el pueblo. Tras sortear una curva interminable, los faros descubren de pronto en la oscuridad la fachada de una siniestra construcción. Es una regia portada situada a orillas del camino; los restos de un magnífico caserón encargado de recibir a todos los visitantes con una tétrica bienvenida. ¡Por fin!, hemos llegado.

 Lentamente, nos adentramos en el pueblo. A ambos lados de lo que en tiempos debió de ser una de sus calles, se muestran las ruinas de aquellas viviendas que en un pasado acogieron a los habitantes de esta ya extinta localidad. Parte de los tejados, paredes, marcos y cristales de las ventanas aparecen esparcidos por el suelo. Recorremos este pueblo abandonado sobre el cual el paso del tiempo se ensañó a base de bien. Un pueblo de esos llamados fantasma, marcado por un hecho, leyenda o misterio de veracidad aún por demostrar. Un pueblo que al conocer esta misma noche el misterio que guarda, nos ha arrastrado literalmente a mi amigo Javier y a mí hasta él. Queremos comprobar si de veras ese misterio es verídico o, simplemente, se trata de una invención más de alguna mente con demasiada imaginación. Sin embargo, por lo menos a mí, me impone bastante pensar en lo que aquí ocurrió. La verdad me parece un disparate adentrarnos en el pueblo sin haberlo conocido con la luz del sol, en busca de las almas de los hombres, mujeres y niños que fueron masacrados por el simple hecho de negarse a participar en una guerra entre españoles.  

Se cuenta que hace ya muchos años, tal día como hoy y sobre estas horas de la noche, varios camiones conducidos por hombres armados irrumpieron en este pueblo. A gritos, instaron a todos los vecinos a escucharlos. Querían obligar a todo aquel capaz de empuñar un arma, a subirse a los camiones con el fin de combatir del lado de uno de los bandos que omito por no venir a cuento. Ninguno de los vecinos accedió. Todos los vecinos se negaron a dejar sus casas, sus tierras, su vida… Incluso cuando ya las amenazas de muerte de los hombres armados pasaron a ser mucho más que simples intimidaciones, ellos se mantuvieron firmes en su decisión. Murieron todos; los hombres de los camiones mataron a los vecinos del pueblo. Nadie se salvó de la matanza y el lugar quedó como lo vemos en este instante, completamente desolado. En aquella noche, a cerca de medio centenar de humildes personas, que seguramente poco o nada entendían de bandos, política o guerras, se les arrebató la vida. Cincuenta difuntos que todos los años, tal noche como hoy, se dice que regresan a este pueblo convertidos en ánimas, en fantasmas buscando un algo o por un porqué desconocido.

Tratando de evitar pensar en aquel episodio tan dramático, continuamos calle adelante. Todo nos llama la atención, pero, desde luego, algo más de luz ahora sí que vendría realmente genial. De repente y sin pensarlo, le indico a Javier que detenga el coche y el frenazo no se hace esperar. A nuestra derecha, unos escasos metros más atrás, se encuentra una construcción bastante más grande que el resto. Una estructura de adobe igual de ruinosa, de una sola planta, algo elevada del suelo y en cuyas escaleras…, ¡juraría haber visto a un hombre sentado! Enseguida, maniobramos el mini para dejarlo con los faros alumbrando a la estructura. No hay ni rastro de ningún hombre. Las escaleras están completamente vacías, por mucho que yo siga convencido de haber visto un hombre sentado sobre esos peldaños. Lo único que se ve y llama la atención es la palabra “Escuela” pintada en la pared. Aun así, esperamos unos segundos en silencio antes de acercarnos.

Linterna en mano salimos del coche. La primera impresión pie a tierra impone: no se escucha nada; el silencio es total. Aunque por el camino el termómetro del mini marcaba bajo cero, fuera no se siente ese frío en absoluto. Sin embargo, al alumbrar a nuestro alrededor solo percibo desolación y pena. La pena de ver un pueblo que no hace tanto tiempo debió de estar lleno de vida, y hoy resulte tan difícil el simple hecho de encontrar una casa totalmente entera. La tristeza no solo reina en el lugar, sino que, además, se contagia. Duele observar semejante panorama. También, el no escuchar ni tan siquiera el viento o algún animal o insecto merodeando por los alrededores, hace que ese sentimiento de pena aumente.

Después de varios minutos alumbrando la antigua escuela por dentro y por fuera en vano, continuamos el recorrido por el pueblo. Ahora lo hacemos a pie. Si vuelve a pasar algo similar a lo ocurrido con el hombre sentado en las escaleras, no quiero volverme a quedar con la duda si de veras era una presencia o solo fue cosa de mi imaginación. Caminamos observando de cerca las casas del margen derecho de la calle. Cuando volvamos a por el coche, echaremos un vistazo por el otro lado. Entre tanto, haremos tiempo a ver si de veras sucede ese hecho tan extraordinario, ese regreso a casa de las Almas de todos aquellos que un día moraron en este pueblo.

Al ir recorriendo la calle un detalle llama mi atención. En ninguna de las casas se puede ver un grafiti. Pueden estar más o menos derruidas, la pintura de fachada y paredes en mejor o peor estado, pero extraña que un lugar así de abandonado no muestre ningún ápice de vandalismo. Tampoco ves basura tirada por el suelo; ni siquiera una simple lata de cerveza. De repente, Javier se detiene. Sin moverse, apunta con su linterna hacia el final de la calle, y el gesto de su cara es el de alguien a quien no le gusta lo que ve. Al dirigir la luz al mismo punto, enseguida descubro una figura en la oscuridad. Camina por delante de nosotros con paso ágil y sosteniendo algo fino y alargado. Gracias a un breve claro de luna, conseguimos ver la figura con claridad. ¡Es un hombre! Un hombre imposible de describir dada la distancia.

Un momento después, ya cuando el hombre llega al final de la calle, se detiene y se vuelve hacia nosotros. ¡Nos ha visto! Sin movernos ni casi respirar, observamos como nos hace señas gesticulando con el brazo. Es increíble, pero…, ¡quiere que nos acerquemos! Tras un rápido intercambio de miradas entre Javier y yo, y haciendo de tripas corazón, volvemos a caminar hacia él. Al vernos, el hombre también reemprende el paso girando a la izquierda, quedando oculto tras una casa, y no sin antes repetir de nuevo el mismo gesto. Llegados al final de la calle, distinguimos la figura del hombre esperándonos a una distancia más o menos similar a la que antes nos separaba. Siguiendo sus pasos, también nosotros giramos a la izquierda donde comienza otra callejuela del pueblo, bastante más estrecha e igual de rodeada de ruinosas viviendas.

El paso ágil del hombre no decae. A veces, incluso se detiene a esperarnos. Camina rápido, encorvado y sin ayudarse de ninguna luz. Pronto observamos que esta callejuela desemboca en una plaza. Una plaza que suponemos sería el núcleo más importante del pueblo, donde en antaño estaría situado el ayuntamiento y ahora…, ¡ahora está totalmente iluminada! ¿Cómo es posible que esta plaza tenga luz? De pronto, un considerable bullicio propiciado por un inapreciable gentío llega desde ella; ¡suena como si el pueblo estuviera en fiestas! Aun así, continuamos acercándonos. Ya justo delante y sin dejar de mirarla, nos quedamos atónitos. La plaza ha sido absorbida por una nube de un precioso cariz blanquecino muy intenso, que impide ver el gentío que hay en ella. La nube oscila lentamente, mientras continúa extendiéndose y semejante a una neblina fina, poco a poco nos envuelve. Todo es muy extraño, pero ya no toca otra que reaccionar cuando el hombre se adentra en el interior de la plaza.

Dejando de lado la sensatez, y tras coger aire y tragar saliva, nos aventuramos a seguir al hombre. Una vez dentro de la neblina, la sensación se vuelve tan gélida que tiritamos. Pero pasa algo más, siento algo raro moviéndose alrededor. De repente, descubrimos el movimiento de unas siluetas frente a nosotros. Fugaces, aparecen y desaparecen ocultándose tras el vaivén de la oscilante neblina. ¡Esas figuras están muy cerca! Escuchamos sus voces; continuados diálogos entre ellas que, por su tono, parecen tan alarmadas como nosotros. Al momento, ese bullicio cesa de pronto y la neblina, dueña y señora del ambiente, cambia de opinión y decide disiparse revelando una sensacional estampa…, ¡un grupo de figuras de formidable aspecto aparecen frente a nosotros! A ambos lados de un antiguo quiosco de música vacío, contemplamos absortos a un nutrido grupo de figuras con apariencia humana. Unas figuras cuyo contorno lo forman incontables puntitos de colores brillando y apagándose a discreción.

Tanto esas figuras como nosotros permanecemos inmóviles, sumidos en un silencio que alienta toda clase de temores. En el transcurso de ese tiempo, los puntitos de colores que forman su contorno se van apagando, descubriendo la fisonomía de esos seres. ¡Es tremendo cuánto llegan a impactar! Se te revuelve hasta el Alma al mirarlos. Los rostros de esos seres compiten en lividez, sus marchitados aspectos procuran el mayor de los respetos y sus miradas, la más sentida de las penas. Algunos de ellos, son hombres ataviados con camisas de lino blanco descolorido y cuellos vueltos. Sus humildes ropajes se reducen a envejecidos pantalones de paño, pana o lonilla, chalecos, blusas holgadas de manga larga, fajas negras en la cintura y boinas por doquier. En el grupo también hay mujeres, quizás, algunas menos. Mujeres acicaladas con mimo, que lucen toquillas de lana, pañuelos sobre sus repeinados cabellos, mantones de lonilla o Manila con colores bordados, faldas largas y anchas, mantillas y sin entender nada de nada yo me pregunto…, ¿qué demonios es todo esto? Desaliñadas botas, abarcas, alpargatas y zapatos intentan proteger unos pies todavía medio ocultos entre los restos de la neblina. Mientras tanto, toda esta aparición, o lo que sea, prosigue en el mayor de los silencios.

No me cabe duda. Ese grupo de seres solo pueden ser ellos. ¡Son las Almas de las personas que habitaron este pueblo! Las Almas de aquellos vecinos a los cuales asesinaron brutalmente por negarse a participar en una guerra atroz. Mirándolos, siento cómo sus ojos fríos y vacíos se clavan en los míos, demandando al unísono un momento de atención. Resulta insólito: ¡compartimos espacio y tiempo con un grupo de espíritus cuya presencia, más que suscitar miedo, emociona!

Gracias a Dios, poco a poco consigo sacudirme el susto ocasionado al encontrarnos con este grupo de Almas. Tal vez, la mano o el empuje de ese Ángel que dicen que a todos nos acompaña, decide tomar las riendas de mis actos y, sin pensarlo, con el ímpetu falsamente envalentonado y las rodillas tiritando, me lanzo a preguntar a esas Ánimas, ¡por el amor de Dios…! ¿Qué hacéis aquí todavía? Nadie contesta. Basta un breve vistazo a lo apesadumbrado de su aspecto, para descubrir una necesidad de amparo oculta tras su silencio. Era como si mi pregunta hubiera causado más desolación. Sin embargo, de pronto, un cierto murmullo surge dentro del grupo. De entre ese puñado de hombres y mujeres, uno, el hombre que hemos venido siguiendo, se aproxima a nosotros. Camina despacio, tratando de mantener la mirada erguida. No quiere dejar de mirarnos, pero se ve incapaz y busca el suelo a cada paso. Se nota que lucha por aparentar una imagen de solidez que está lejos de transmitir.

Según se acerca, la cara del hombre parece difuminarse por momentos. Pero cuando esa deformación se calma, surge un hombre de mediana estatura, de unos sesenta y pocos años, cabello negro y rasgos castigados. La presión resulta agobiante. Su apariencia asemeja en mucho al aspecto de los que aún estamos vivos. Sin embargo, la falta de vida evidencia ese aspecto tan impactante y más cuando ya…, ¡le tenemos delante!  Frente a frente, titubeando con voz de tono grave y lejano, dice llamarse Patricio García. En este primer comentario, referido en tiempo presente como si estuviese vivo, dice dedicarse al noble y humilde oficio de alfarero.  Por tanto, Javier y yo debemos entender que su saber y modales alcanzan tan solo a los cultivados durante su transcurrir diario por las callejas de este pueblo, pues poco pisó la escuela. Con esto ya de antemano nos pedía disculpas si acaso, algún proceder erróneo o cualquiera de sus toscas expresiones llegara a incomodarnos. Nosotros también nos damos a conocer, pero, sin dejarnos continuar, enseguida es él quien retoma la iniciativa de la conversación.

En sus palabras, salpicadas de cierta amargura, asoma la resignación. El Alma del alfarero comenta la desventura de aquellos, quiénes tocados por la desdicha, acatan su mal fario. A la larga sólo es el capricho, el antojo, la buena o mala leche de eso llamado destino. El suyo, el destino de los vecinos de ese pueblo, por ejemplo, sin atender a razones y negado a compasión alguna hizo, deshizo y ejecutó sin piedad su sentencia, aunque con ello se llevase por delante esperanza, juventud o alguna niñez encantada. La buena o mala ventura de cada uno guiará de forma innegociable sus pasos. Patricio lo asegura. Insiste en que así es, y así sucede hasta que el preconcebido mural de todos nuestros actos queda completado. A ellos el azar les deparaba un destino feo; un futuro macabro. En su momento lo aceptaron y no es que ahora clamen contra el cielo pidiendo explicaciones, pero, la verdad, vendría bien si alguien les orientara acerca del “hasta cuándo”. ¿Cuándo llegará ese día donde, ¡por fin!, liquiden semejante carga tan tediosa? Solo el Altísimo, sabe la respuesta.

 A opinión de Patricio, todas las Almas reunidas en esta plaza saben por qué siguen aquí: purgan aquel error que con tan mala fe perpetraron. Sentándose sobre un escalón del quiosco de música, sus ojos y los míos se encuentran. Le noto tranquilo, cansado, feliz. Enseguida, con su fantástica visión de las cosas, intenta explicarnos lo ocurrido…

Culpa a la condenada guerra. Para Patricio, ella fue la que urdió semejante plan; toda una sucia estratagema en la cual cayeron como conejos. Astuta la muy zorra, la guerra les mantuvo lejos de sus fauces el tiempo que quiso. Permanecía escondida, agazapada tras las sombras del transcurrir de los días. A lo sumo, escucharon algún cañonazo a lo lejos, o vieron soldados correr presurosos por el monte. Sin embargo, durante este tiempo ella, la guerra, fue cultivando despacio y en silencio, el trascendental final que les aguardaba. La muy condenada supo esperar el momento y con el sol apenas puesto, destapó su propósito aquella fatídica madrugada. Les llegaba la hora de subir el telón, y haciendo honor a lo que la maldita y retorcida mente de la guerra había engendrado para ellos, convertirse en los protagonistas de esa obra que, ciñéndose en cuerpo y alma al guion, tan bien representaron. Toda la puesta en escena transcurrió según lo previsto. Los dos soldados, anzuelos de su desgracia, malheridos, sucios, hambrientos y con la consciencia totalmente ida, entraron en el pueblo buscando ayuda. En cambio, ellos, todos los paisanos del pueblo, mordiendo el anzuelo, les negaron hasta el saludo. Por entonces, se tenía pánico a las represalias. Podían llegar a saldarse quemando cosechas, matando ganado, destrozando casas, ¡en fin!, dejándoles sin nada. Ignorantes, en todo el pueblo nadie les ayudó. ¡Seguro que ninguno de los paisanos sería capaz ni de afirmar a qué bando pertenecían esos dos pobres muchachos, pues en el fondo eran dos críos todavía! ¡Ni ellos mismos lo sabrían! Y, ¡claro!, llegó el acto final: negados de un triste trago de agua, de algo que echarse a la boca y de cuidados a sus heridas, a la media tarde de ese mismo día esos soldados yacían sin vida en esta misma plaza. En parte, asumió Patricio, ellos los mataron. ¡Lo sentían dentro! Algo en su interior les avisaba del error. Al Altísimo, que todo lo ve y todo lo sabe, nada le había gustado la falta de humanidad demostrada y eso, tendría consecuencias. ¡Vaya si las tuvo!

Horas más tarde, mientras celebraban las fiestas en honor a San Roque, llegaron al pueblo dos furgones atiborrados de soldados, armados con escopetas de esas que matan personas. Rodeados en la plaza mayor, escucharon temerosos la propuesta de esos vándalos. Los vecinos del pueblo, con el alcalde a la cabeza, no tardaron en tomar una decisión y…, uno tras otro, con saña, rabia y el corazón endemoniado, fueron ejecutados por negarse a marchar con ellos. ¿Cómo iban ellos a pelear por tales o cuales ideas, si ninguno sabía leer ni su nombre? ¿Cómo iban a defender nada con esas escopetas tan modernas, si se jugaban la vida colocando los nuevos cepos de los conejos? ¡A más de uno ya le faltaban dedos por los puñeteros cepos esos! Pero nada, ¡les dio igual! Las mujeres, los ancianos y los niños fueron los últimos en caer. Con esa última y horrible escena, el azar cumplió su plan; la ira del Altísimo contra ellos quedó consumada.

 Esparcidos por la plaza, la muerte les fue reuniendo ya como Almas. Patricio contemplaba a los espíritus de los que poco antes fueron sus vecinos acercarse a ella. Se reunían para marchar de este mundo y recorrer el camino que comienza cuando la muerte viene a buscarte. Sin embargo, todos a una reaccionaron. Querían continuar en el pueblo, a modo de ánimas en pena, el tiempo necesario para purgar su falta. ¿Se equivocaron con el trato a aquellos dos soldados?, sí, pero consideraban que no por una falta se ha de ser pasto eterno del maligno. En aquella madrugada, ellos rogaron y rogaron a la muerte que no los llevara de momento. Necesitaban limpiar su pecado para presentarse libres de faltas ante el Altísimo y la muerte, condescendiente, accedió. Se conformó con hacer su trabajo a medias: les arrebató la vida, mas a sus Almas las otorgó ese tiempo de demora. Según afirma el alfarero, la mayoría de ellos la han visto deambular por las afueras del pueblo. Negra como el tizón, ella sabe que llegará la hora de arramblar con sus almas. Por eso les tranquiliza mucho sentirla rondándoles todavía, pues temen que, renegando de tal demora, considere abandonarlos antes de que ellos terminen de purgar su ofensa al Altísimo. Si la muerte llega a marchar sin ellos, quedarán condenados a vagar eternamente por el pueblo. Las palabras de este Patricio García volvían a titubear hasta que, bruscamente, apartó su mirada de nosotros. Quizás, temía lo mismo que yo. Tal vez, ambos pretendíamos disimular si alguna insurgente lágrima, desobedeciendo órdenes y haciéndose visible, optara por recorrer nuestra mejilla. 

Patricio continúa hablando con el mismo tono de voz de antes. Resignado, afirma que el tiempo fue pasando y ellos siguen igual; nada cambió desde aquella noche cuando perdieron la vida. No precisan una misa. No demandan ningún otro rito de ningún otro culto religioso. Precisan algo más sencillo; necesitan una persona. Un alguien con ánimo de dedicarles, simplemente, un momento de atención. Un amigo o amiga que les regale un minuto y escuche su historia. Para limpiar su pecado, para hacerlo desaparecer del debe de sus Almas, una persona viva ha de llegar a este pueblo sin prisa por marchar. Requerirá de coraje, de echarle al asunto arrestos, para aguantar ahí firme cuando ellos se aparezcan. Si les soporta, si se mentaliza de que ellos no se comen a nadie, uno a uno, le confesarán de propia voz la afrenta cometida. Solo así, la muerte terminará su trabajo y recogiendo a todos los vecinos asesinados aquella noche, les conducirá allá donde se vaya después de morir. ¡Las puertas de la Gloria se abrirán para ellos, si acaso ese fuese su siguiente destino! Hasta hoy, ninguno de los que se pararon en el pueblo aguantaron cuando vieron el alma de Patricio y el de los vecinos frente a ellos. Corrieron, gritaron, huyeron despavoridos, pero Javier y yo, en todos estos años, hemos sido los únicos que les preguntamos, ¿qué hacéis aquí todavía?

Nos bastó una mirada silenciosa a Javier y a mí para, sentándonos cada uno en un poyete diferente, pedir a aquellas Almas si querían confesarnos esa ofensa a Dios tan dolorosa para ellos. Al escucharnos, las Almas de esos hombres, mujeres, ancianos, niños y niñas, inmediatamente formaron dos hileras; una delante de Javier, otra delante de mí. ¿Cómo describirlo? Creo que por muchas cosas que me queden por ver o por vivir, pocas llegarán a ser ni tan siquiera similares a esta. Efectivamente, uno a uno, sentándose a nuestro lado, nos confesaron como cometió él o ella aquella falta de humanidad. Verlos aproximarse, tímidos, cabizbajos, sin saber ni donde mirar. Notar el frío tan exagerado que desprenden, y un pequeño calambre cuando alguna de sus difuminadas articulaciones roza las tuyas. Escuchar sus palabras que, como murmullos lejanos y avergonzados, se abren camino entre sollozos faltos de lágrimas. Todo esto provoca una sensación imposible de describir. Todos, al acabar esa mal llamada confesión, se marchan de la misma manera: se ponen en pie, te miran y dibujando en sus labios una brillante y preciosa sonrisa, te dedican un gracias que me arrasa hasta el más recóndito de los sentimientos. Luego, se desvanecen en infinidad de puntos brillantes, rumbo a las afueras del pueblo en busca de esa señora llamada muerte.

No soy capaz de describirlo mejor; lo siento. Cuando llegamos al pueblo, esas Almas estaban en eso denominado “el otro lado”. En esa dimensión oculta a nuestros ojos, pero que está ahí. Una dimensión que actúa a modo de morada pasajera de Almas y, a veces, nos permite ver algo de ella. Cuando esas Almas se fueron, de vuelta al coche vimos otro pueblo distinto al que llegamos. Un pueblo con las mismas casas en ruinas, plagado de grafitis y basura por todos lados. Yo, que por poder vivir “aventuras” como esta doy gracias a Dios a diario, hoy por hoy aún me pregunto si Javi y yo fuimos quienes verdaderamente ayudamos, o fuimos los ayudados. ¿Por qué? Porque surcar esa dimensión o convivir un instante con sus moradores, hace que algo te cambie para siempre…

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NÚMERO: M-003871/2023.