LA TORRE DEL MARQUÉS II

Sin apenas haber pegado ojo y a poco de amanecer, Mario y yo partimos dirección a la torre de aviso del castillo. La mañana es soleada y fría. El aire sopla tan fuerte que, en ocasiones, llega a balancear el coche de Mario. Sabemos que los lamentos de Jerónima, la marquesa emparedada en esta torre según la leyenda que corre por el pueblo, se escuchan a última hora de la tarde, pero lo primero siempre es conocer bien el terreno. La torre está situada en medio del campo, en todo lo alto de un risco y lejos de cualquier tipo de ayuda en caso de necesitarla. Aprovisionados para pasar el día a los pies de ese torreón, la luz del sol nos permitirá estudiar la zona con tranquilidad antes de que el cielo se cubra de nubes, como así se espera que ocurra.

Tras recorrer varios kilómetros de una estrecha y bacheada carretera secundaria, nos salimos de ella para adentrarnos en un sendero de tierra de tramos apenas visibles a causa de la maleza. Ya a los pies del risco, el terreno nos imposibilita continuar el trayecto subidos en el coche; la distancia que nos separa de la torre de aviso tendremos que cubrirla a pie. Sin duda, el lugar no ofrece nada bueno para investigar este tipo de misterios. En caso de alguna sorpresa desagradable que surja en el Torreón, la huida sería difícil y lenta: tendríamos que correr cuesta abajo por este suelo tan inclinado y resbaladizo, lleno de piedras, ramas y raíces de los pinos. De momento, la subida ya resulta bastante complicada: las lluvias y nevadas caídas en los últimos días dejaron tras de sí en esta ladera de la montaña tal barrizal que dificulta su recorrido. Pero lejos de desistir, ascendemos hacia el torreón con los ojos puestos en el estrecho sendero y la mente preocupada por lo que allá, en lo alto del risco, nos pueda estar esperando.

Pasados apenas diez minutos desde el comienzo de la marcha, creo que la primera señal relacionada con la horrible muerte de la Marquesa surge tras una curva. Unos pocos pasos más adelante, un montón de piedras en forma cónica se alza en el costado derecho del camino. De entre unos cincuenta o sesenta centímetros de alto, el montón se eleva formado con piedras de distintas formas y tamaños colocadas unas encima de otras. No tengo ninguna duda de que se trata de un amilladoiro, (palabra de origen gallego que da nombre a un montículo de piedras situado en pleno campo, y cuyo significado pasa por distintas interpretaciones. Hay quien opina que los amilladoiros los hace alguien con el fin de señalizar un lugar donde en su día ocurrió una tragedia. Así se lee en los versículos del 43 al 54 del Génesis, primer libro de la Biblia, este montón de piedras pretende señalar una ubicación donde se realizó un importante acuerdo o pacto. Según otra opinión, los amilladoiros simbolizan el final de una promesa que acaba de cumplirse. Pero, yo soy de los que creen otra versión. Una interpretación que relaciona a estos montones de piedras con las Ánimas errantes. Basándonos en viejas creencias y leyendas, algunos pensamos que cuando se coloca una piedra más en cualquiera de estos solitarios amilladoiros, se realiza un acto individual y desinteresado a favor de las Almas de aquellos fallecidos que deambulan por el lugar. Además, se dice que si cuando colocamos nuestra piedra en el montón esta se acompaña de unas palabras de misericordia o de una oración religiosa dedicada a esas Ánimas, nuestro gesto podría, incluso, llegar a liberarlas de ese errar constante. Si acaso uno no es partidario de rezos y credos, bastará con que pronuncie a su manera un simple ruego de perdón por “ellas”. Esta teoría que yo sigo afirma que son las propias Ánimas errantes quienes colocan las primeras piedras de estos amilladoiros. A su vez, considera que, gracias a actos altruistas como este, colaboramos a que las puertas de su siguiente destino se abran para estos Espíritus atrapados en la frontera entre los vivos y los muertos. Y, ¿por qué hacerlo? ¿Por qué perder el tiempo en colocar una piedra y en pronunciar tal o cual rezo o ruego? Pues porque nadie puede asegurarnos que no llegue un día en el cual seamos nosotros esa Ánima. Que sea nuestra Alma la castigada a errar por el mundo en la más completa soledad, a la espera de alguien que se digne a colocar una piedra en nuestro amilladoiro con el simple deseo de liberarnos de semejante sufrimiento).

Según nos acercamos al montón de piedras, las sensaciones cambian al tiempo que la distancia disminuye. El frío aumenta y el aire, antes de cara y empeñado en no dejarnos avanzar, ahora sopla a nuestra espalda empujándonos como a dos peleles. Ya a pocos pasos del amilladoiro, el cielo se cubre de nubes negras privando de claridad el lugar. Aunque se las esperaba para primeras horas de la tarde, las nubes se han adelantado y, al poco, un verdadero aguacero cae sobre nuestras cabezas. Sin pensarlo, Mario y yo corremos en busca de cobijo hacia un chozo cercano situado a un lado del sendero.

Pese a los muchos años que este antiguo refugio de pastores debe de llevar construido, el techo soporta bien el aguacero y la lluvia no cala el interior. Dejando de lado la suciedad y las paredes plagadas de grafitis, el sitio es una bendición; es el cobijo ideal ante una urgencia como esta que vivimos. Sin embargo, ¡de repente!, volvemos la atención hacia el amilladoiro, pues justo a su lado se divisa algo revoloteando sin parar. Da la impresión de ser una tela, un harapo, un pañuelo o parte de un trapo de un blanco impoluto. ¡Qué extraño! Hace apenas unos pocos minutos, cuando estuvimos al lado de esas piedras, sencillamente, no había nada revoloteando por allí. Aproximadamente a metro y medio del suelo, la tela ondea de un lado al otro sin separarse del amilladoiro. Lo peor es que la lluvia y el viento no consideran remitir de momento y esto complica las cosas. Aun así, Mario y yo decidimos dar una explicación ya mismo a este hecho y nos encaminamos de nuevo hacia la pila de piedras.  

Dejando de lado el temporal y con la mirada puesta en la tela, nos aproximamos al amilladoiro. La lluvia dificulta la visión y el embarrado suelo entorpece la marcha. Ya in situ, observamos como el recién aparecido trozo de tela todavía se deja mecer más fuerte. Es como si le alegrase vernos junto a él. Quizá sea por casualidad, o porque la dirección de ese mismo viento haya cambiado, el caso es que en ese continuo vaivén suyo la tela se arrima cada vez más a nosotros. Sin descanso, se agita mientras ya roza nuestras caras, rendida a unas ráfagas que ganan y ganan en intensidad. ¿Cómo puede ser? ¡No lo entiendo! Llueve a cántaros, estamos empapados y este andrajo no tiene ni rastro de humedad. ¡Está seca! Además, al tocarla, tampoco soy capaz de identificar el tejido; ¡no lo conozco! Pero…, no puede ser…, ahora…, ¡está ganando forma! ¡Ese andrajo de alguna manera ya no es un simple trozo de tela, sino parte de la manga de un vestido con volantes en el puño! Poco a poco, sigue aumentando y ahora se extiende desde el hombro a la muñeca con un blanco lustroso. Inesperadamente, cuando la manga seguía prolongándose veloz por debajo de la axila, el fragor de un gran trueno suena de repente. Sorprendidos, Mario y yo nos giramos hacia ese estruendo apartando la atención de ella. En ese momento, cuando de forma espontánea y tan solo por cuestión de un par de segundos nos volvimos atraídos por el estrépito del trueno, nos equivocamos. Lo más probable es que no teníamos que haber perdido de vista esa tela convirtiéndose en vestido, pues al querer observarla de nuevo, ¡no está! ¡La tela ha desaparecido tal y como apareció!

Durante unos segundos, Mario y yo permanecemos delante del amilladoiro. Sin que haga falta mencionarlo, los dos esperamos que la extraña tela reaparezca de nuevo. Sin embargo, lejos de esto, lo único que regresa es el Alma: la lluvia y el viento se han detenido y unos tímidos rayos de sol vuelven a surtir de algo de luz el lugar. Tratando de asimilar lo ocurrido, Mario me sorprende al ser él quien propone continuar nuestro camino a la torre.

Sin darnos cuenta aceleramos el paso. Atrás quedó el complicado y lento recorrido al amilladoiro, condicionado por lo abrupto del terreno. Ahora, olvidándonos de esas complicaciones, aun cuando todavía ponen toda clase de trabas, caminamos ligeros, intercambiando ideas que den algún sentido a lo ocurrido. El haber contemplado ese trozo de tela convertirse en parte de un vestido, no ha hecho más que animarnos a llegar a la torre. Tanto Mario como yo coincidimos en la relación de este suceso con el misterio de la marquesa emparedada. Según mi humilde criterio, asistimos al principio de la aparición de un Espíritu que por muy poco no llegó a consumarse. Quizás, la aparición del Alma de la misma marquesa y de la cual siento que pronto volveremos a tener noticias, pues ya divisamos el torreón donde fue emparedada.

La imagen impresiona: en mitad de un oscuro entorno y rodeada de grandes nubes negras, se alza la única pared que aún continúa en pie de lo que en su día debió de ser una gran torre. Tan solo unos solitarios y débiles rayos de sol vienen a estrellarse contra la pared de piedra. Unos rallos de sol que otorgan más misterio, si cabe, a estas ruinas que todavía se yerguen sobre el pronunciado risco. La sola presencia de esta torre, dejando de lado lo que en ella se cuenta, intimida. Pero no es nada comparado con lo que se siente cuando te encuentras a sus pies, justo el lugar en donde, ¡por fin!, ya nos encontramos.

Atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, Mario y yo recorremos el perímetro de la torre. El paseo se hace complicado entre lo alta que está la maleza y el sinfín de rocas esparcidas por el suelo. Reconozco que a mí me pone la piel de gallina ya el mero hecho de estar en un lugar como este. ¿A quién no le puede resultar fascinante pensar en toda la historia que esta torre de piedra ha visto pasar? Al margen de esta maraña de emociones que estimulan mi mente, se percibe otra sensación más a considerar. No descarto que esta sea un efecto simplemente producido por el sonido del viento, pues parece empeñado en recuperar la misma intensidad con la que soplaba cuando estábamos junto al amilladoiro. Pero, en ocasiones, ese mismo viento da la impresión de traer consigo algo más. Algo que suena similar al tranquilo susurro de una voz femenina. Similar a las palabras de una mujer que, de manera más clara y cercana, terminan por surgir de repente en forma de pregunta:

     —“¿y tú?…

     ¿Cuánto dispuesto llegas?”

Mario y yo nos detenemos. Al parecer, ¡no estamos solos! Ambos hemos oído esa voz al mismo tiempo y con la misma claridad, y ambos sabemos que esa mujer está cerca de nosotros; muy cerca diría yo. Además, a tenor de su pregunta, está claro que conoce bien hacia qué o hacia donde nos acercamos. A todo esto, los rayos de sol que antes iluminaban la pared de piedra se han apagado. El lugar aparece ahora salpicado de una amplia gama de tonos grises. A pesar de todos estos nuevos sucesos, creo que, por el momento, no debemos precipitarnos y dar por seguro nada. Es cierto que la torre impone. Es un escenario ideal para que surja una aparición y con ello toda una historia de fantasmas, pero esto no puede sugestionarnos. Los rayos de sol pueden haber desaparecido por una simple cuestión climatológica, y la voz puede ser la “gracia” de alguna vecina del pueblo; Mario ya me advirtió anoche acerca del “buen humor” que se gastan parte de la gente de este pueblo.

Tal y como se veía venir, el viento ha vuelto a ganar fuerza. De nuevo sopla con ganas y agita de manera violenta todo cuanto encuentra en su camino. Por momentos da la impresión de que seamos nosotros la causa de este nuevo y tan evidente arrebato de fuerza, pues, soplando a espalda nuestra, parece querer empujarnos más cerca de la pared de piedra de lo que ya estamos. En un momento, piñas, palos, latas y demás objetos dispersos por el suelo nos pasan a gran velocidad. Ya son una cantidad demasiado grande de cosas las arrastradas a merced del viento volando en la misma dirección que llevamos nosotros. Algunas llegan incluso a impactar contra nuestra espalda, o lo que es peor, contra nuestras cabezas. Sin perder más tiempo, Mario y yo corremos hacia lo que queda todavía en pie de un recodo de la pared de piedras. Es un pequeño muro de rocas unido a la torre de no más de metro y medio de alto por unos 5 METROS de largo, que una vez sentados en el suelo, con la espalda apoyada sobre él y ante el empuje del viento, amenaza con dejar caer alguna de las piedras de su parte más alta. De caer del lado donde estamos sentados, es obvio que podría hacernos daño, pero, ahora mismo, volver a ponerse en pie supone correr más riesgo todavía.

Aguantamos cómo podemos. Con la frente tocando las piernas y la cabeza metida entre los brazos, Mario y yo soportamos la ventisca a duras penas. El viento choca contra el muro con tanta furia que llegamos a oír el inquietante movimiento de algunas piedras. ¡Parece que nuestro refugio se desmoronará en breve! Momentos después, y como si el viento al verse incapaz de hacernos salir de detrás del muro hubiese pedido refuerzos, comienza a llover a cántaros. Es una lluvia que cae con tanto ímpetu que hace daño y, en un instante, en el suelo ya aparecen los primeros charcos. Aunque tanto la intensidad de esta lluvia como la fuerza con la que sopla el viento por supuesto tienen una explicación racional, a mí todo esto cada vez me suena más extraño. Tengo la impresión de que algo intenta empujarnos hacia la torre; acorralarnos contra la pared. El ya continuo movimiento de las piedras de este maltrecho recodo confirma algo más mi sospecha. Este muro nos está avisando… De un momento a otro, si no nos apartamos de inmediato, se desplomará sobre nosotros. ¡No sé cuántos siglos lleva en pie y, precisamente, se va a tener que derrumbar hoy! 

 Rendido a la evidencia, recorro con la mirada la pared de la torre en busca de un lugar donde podamos resguardarnos mejor. De pronto, mis ojos se frenan en un punto. ¡Hay una mancha que antes no estaba! En el otro extremo de la pared, como si se hubiese pretendido hacerla pasar desapercibida ocultándola cerca del esquinazo, se descubre ahora una mancha. En tamaño y forma se asemeja a la figura de una persona. En mi opinión, es similar al borrón que deja el barro sobre cualquier superficie castigada por el paso de los años. Un parche que resalta formidablemente entre el color de las piedras y que antes, cuando dimos las primeras vueltas alrededor de la torre, sencillamente, no estaba. ¡Estoy seguro de ello! Es imposible pasar por delante y no verlo. Echando imaginación a la cosa, y si la leyenda de la marquesa es cierta, esta puede ser la marca que señala el punto donde se emparedó hace siglos a una mujer. Resulta escalofriante pensar que todavía ahí, sepultado dentro de la única pared de esta torre que todavía continúa en pie, permanezca el cadáver de una persona. También es cierto que no es la hora del día, ni el modo en que los vecinos cuentan cómo transcurre su increíble experiencia al pasar por aquí, pero estoy convencido de que esta mancha está muy ligada a esa leyenda. Todo este borrón de barro, antiguo y en partes desmenuzado, emana misterio. Guarda un secreto. Un enigma con el que la difunta Teresa pudo tropezar en su día y la llevó a ponerse en contacto conmigo. Estoy convencido: esta mancha que antes no estaba y ahora de repente ha aparecido, es el principio de algo que ella llegó a descubrir y luego, tristemente, le costó la vida.

La reacción de Mario al señalarle la mancha en la pared se refleja en su cara; le impresiona, pues también sabe que minutos antes esa negrura no estaba ahí. Soportar el lugar tan inhóspito donde estamos y enfrentarse a esta mancha tan extraña, para alguien que está viviendo su primera experiencia en este mundo de los Espíritus, sin duda, no es fácil. A pesar de ello, al comentarle mi intención de acercarnos cuanto menos a la otra esquina de la pared, no solo no pone ninguna pega, sino que, incluso, enseguida se prepara para ello. Todo esto en silencio; no habla. Sin dejar de mirar a la mancha, se limita a asentir con la cabeza. Puestos de acuerdo en el lugar hacia donde vamos a correr, abandonamos el recodo. El viento vuelve a empujarnos hacia la pared con ganas y la lluvia obstaculiza la visión todo cuanto quiere.

Una vez conseguido el objetivo y ya con la espalda pegada a las piedras, observamos la mancha. No ha cambiado. Sigue tan visible como antes, aunque ahora…, ¡no puede ser…! ¡Se mueve! ¡La mancha se acerca! ¡No sé qué es esto! Avanza hacia nosotros, deslizándose sigilosa por la pared. Lo hace despacio. Adelanta un pequeño tramo, se detiene y espera varios segundos antes de moverse de nuevo. Todavía nos separa bastante distancia, pero, en breve, estaremos frente a frente.

Aun cuando parecía imposible, la lluvia y el viento ganan fuerza. Dificultan apreciar algo en el entorno. Pese a estas adversidades, conseguimos distinguir ya algo más de la mancha que sigue reduciendo distancias. La verdad me empieza a preocupar lo que veo o, mejor dicho, lo que no veo. En sus bordes no aparecen los puntitos de luz; ese halo luminoso formado por pequeños destellos intermitentes. En las apariciones de Espíritus que he podido ver hasta ahora, siempre, cuando esas Almas empezaban a volverse visibles al ojo humano, todas ellas mostraban este contorno de puntitos de incontables colores brillando a voluntad propia. Aquí no están. No hay halo de luz ni pequeño ni grande. Todo en la mancha es oscuro, negro como el tizón y, ¿entonces…? ¿Ante qué estamos Mario y yo? Por otro lado, también contrario a lo ocurrido en otros de estos encuentros con fantasmas, la temperatura aquí se mantiene. No descendió de golpe como en esas otras ocasiones. En las ruinas de esta torre no hemos sentido ese frío gélido y húmedo, prólogo de una aparición ancestral, que te cala los huesos, te atenaza los pies y pone a tiritar todo tu cuerpo. ¿Puede ser qué esta mancha albergue otro tipo de fantasma? Hasta hoy, siempre tuve la suerte de que nunca me ocurriera nada malo en esos anteriores cara a cara con Espíritus. Pero, ahora recuerdo que en uno de estos “encuentros”, trabajando en una antigua casona cuyo dueño luego se convertiría en un buen amigo, el espectro al que juntos nos enfrentamos era similar a esta mancha. Aquella y esta coinciden más o menos en tamaño y su negrura es igual de intensa. Lo malo es que en aquella ocasión la “aventura” fue dura y, sencillamente, pasamos mucho miedo antes de dejarla medio resuelta.

De repente, algo acaba de impactar en mi bota. A continuación, breves segundos después, ocurre de nuevo lo mismo. Mario me mira desconcertado, también él nota unos impactos similares. ¡Son piedras! ¡Alguien nos tira piedras a los pies! Por suerte, son de pequeño tamaño, pero llegan una detrás de otra continuamente. No parece que su intención sea hacernos daño: aunque todas llegan a golpearnos, algunas, incluso en las espinillas, lo hacen sin apenas fuerza. Enseguida vemos que proceden del punto donde se encuentra la mancha. Es como si surgieran de su interior. Como si esa negrura estuviese hecha de estas piedras y quisiera llamar nuestra atención arrancándose y arrojándonos partes de ella misma. Confiando en que su intención sea hacerse notar, me animo a preguntar quién es. Al escuchar mi voz las piedras se detienen. No ocurre nada. La negrura continúa ahí. Inmóvil. No avanza, ni tampoco retrocede. De repente, las mismas palabras que escuchamos antes vuelven a dejarse oír:

—“¿y tú?…

     ¿Cuánto dispuesto llegas?”

A diferencia de la primera ocasión, esta vez sus palabras no son susurros escondidos entre el silbido del viento. Ahora, esa voz femenina surge de alguien o de algo que está cerca de nosotros; muy cerca. Sorprende que quién habla lo hace en un tono débil y claro al mismo tiempo. Intentando evitar alguna petición imposible de afrontar, contesto invitando a esa voz a que sea ella quien nos diga a qué tenemos que estar dispuestos. La contestación no llega. De nuevo, repito la pregunta y nuevamente la espera parece no conducir a nada hasta que…

—“La vida…

     ¿Darías la vida?”

La respuesta es una macabra pregunta. Una pregunta que me exige ser yo ahora quién necesite un tiempo antes de seguir adelante con esta extraña conversación. Gracias a Dios, la agilidad para encontrar la contestación apropiada, y que no me suele fallar en este tipo de situaciones, me inspira enseguida. Con el fin de salirme un poco por la tangente, como vulgarmente se dice, contesto apoyándome en el argumento de que la vida no es algo que realmente nos pertenezca y, por tanto, no nos corresponde a nosotros decidir cuando es el momento de ponerla fin. Además, la devuelvo la pregunta demandando explicaciones del porqué hemos de estar dispuestos a nada más y nada menos que a morir.

—“Así misma mi vida tan solo mía era, y ponerla fin dispuso un hombre por sí solo.”

En esta ocasión apenas hemos esperado. La voz surge con más volumen, sugiriendo que la suya tampoco fue una muerte que llegara cuando realmente debía haber llegado. Pese a evitar responder sobre el porqué de morir por esta causa, sus palabras denotan ira. Un sentimiento de rabia que, por supuesto, más nos vale calmar pronto. Mientras tanto, la leyenda acerca de la marquesa emparedada revolotea de nuevo por mi mente. Es cierto que nada asegura que quién nos está contestando sea ella, pues también debemos recordar a las personas que fallecieron al no prestarla ayuda; supuestamente, sus Almas regresaron aquí a padecer la misma condena. Sea quién sea, y sin más demora, cuestiono la situación de que ella o él nos vea y nosotros no tengamos seguro ni donde está.

—“¿A qué mostrarme si presto huiríais?”

Podría ser cierto. Desconocemos por completo como será su aspecto y cuánto puede llegar a impresionar. Pero estamos aquí precisamente para esto. Para, asumiendo todos los sustos que esta empresa exija, acabar con la angustia de un Alma, con el miedo a una falsa leyenda o con el espanto que suscita caminar a ciertas horas por este lugar. Si es lo primero, el Alma de una mujer, en sus tiempos consorte de un marqués, y que en sus días de vida fue condenada a una muerte aterradora, quedará libre para avanzar a ese siguiente destino que a todos nos espera tras morir. Por lo tanto, ahora, lejos de cuanto más o cuanto menos impresionará su aspecto, está el hecho de que todavía hoy en día muere gente debido a ese tormento suyo. Gente a quienes se les atribuye una causa de muerte probablemente acertada, seguramente natural y similar a cómo fallecen muchas otras personas. En cambio, los que conocemos la leyenda de la marquesa emparedada suponemos algo distinto. Más bien, sospechamos que esas muertes son consecuencia de un hecho anterior: esa terrible y desafortunada decisión de no pararse un minuto a retirar una simple piedra. Pese a estar convencido de ello, no estoy solo. A Mario le veo valiente, pero ahora toca digerir el plato más fuerte: aguantar la aparición de quien haya detrás de esa negrura que nos habla.

De pronto, el interior de la mancha comienza a brillar. Es un destello que aflora lentamente. Una Luminosidad que pasa de ser una pequeña, débil y estrecha luz plateada a ganar tamaño e intensidad poco a poco. Lo que sea que se esconde en el fondo de esa negrura está fluyendo hasta la superficie convirtiendo la mancha en algo muy extraño. Pocos minutos después, esa mancha ya no es un gran borrón en la pared; se ha convertido en una silueta de marcados bordes dorados, rellena de un insólito fluido de cuyo fondo surge una preciosa luz de tono argentado. Sin ánimo de detenerse, la luz consigue sobrepasar los bordes del fluido, elevándose hacia el cielo y extendiéndose por los lados de la silueta. Es precioso ver ese tono plateado relucir alegre entre el tupido manto de gotas de lluvia cayendo sin parar. Además de una parte del entorno, también llega a iluminarnos a nosotros y esto inquieta. Me preocupa el sorprendente calor que despide. La luz irradia un bochorno nada normal que intriga y asusta a la vez, pues no sé cómo demonios lo hace, pero sentimos como si tratase de arrastrarnos hacia la silueta. Cediendo a su propósito, Mario y yo nos aproximamos con precaución a ella.

Los diez o doce pasos que nos separaban de la extraña silueta se han reducido a un par de ellos. Ahora la contemplamos con todo detalle. ¡Es magnífica! Es como si en la pared, única que queda en pie de esta antigua torre de aviso, se hubiese picado una brecha semejante a una persona de perfil con el propósito de verter sobre ella ese curioso fluido. Un fluido que observamos como, y sin saber por qué, se va moviendo más rápido. Un fluido que cada vez se agita más y más fuerte, hasta revolverse ferozmente, generando un remolino que se adentra dirección al fondo. Pero…, ¿qué es eso? ¿Cómo es posible? Plasmada en el fluido, por debajo…, ¡acaba de aparecer la forma de una cara! Aparece y desaparece bruscamente. ¡Diría que quiere salir del interior de la silueta! Empuja hacia fuera tratando de romper el fluido sosteniendo una batalla atroz, mientras este pretende evitar que la cara escape volviéndose más viscoso. De esta manera, el fluido consigue frustrar cada arreón de la cara, aunque esto le suponga estirarse hasta bien fuera de su contorno. Sin embargo, la lucha no cesa. Mario me avisa…, ¡a ambos lados de la cara se distinguen ahora también dos manos! De repente, un alarido espeluznante surge del interior de la silueta. No ha sido un grito humano. No tengo ninguna duda: ¡por debajo del fluido viscoso hay un ser sufriendo por escapar! El aterrador alarido vuelve a escucharse silenciando el viento, la lluvia y cualquier otro sonido que pudiera oírse en ese momento. Mario y yo nos miramos: lo que haya dentro de la silueta quiere llamar nuestra atención y desconocemos con qué intenciones. Incansable, continúa peleando, provocando que el fluido se estire hasta el punto de conseguir rozarnos. No sabemos qué hacer. Nunca vi nada igual. ¡Esto no parece una simple historia de fantasmas, encierra algo más!

¡Me ha cogido! ¡Ese ser acaba de agarrarse a mi brazo revolviéndose y chillando muy nervioso! Grita entrecortado, pero con un alarido tan fuerte, agudo e inquieto que resulta insufrible. En uno de esos intentos por escapar del fluido viscoso, de alguna manera una de sus manos ha conseguido romperlo y alcanzarme. Enzarzado en la pelea, yo apenas veo la mano que me sujeta. El extraño ser, por su parte, encolerizado y sin dejar de chillar, trata de sujetarse a mí por todos los medios. En su afán por no soltarse me araña el brazo una y otra vez y la sangre resbalando por mi muñeca me asusta aún más. Doy por supuesto que esa sangre es mía, aunque, la verdad, más que dolor lo que siento es frío. De hecho, observo mi piel morada y teñida con el rojo de la sangre. Todos los intentos por zafarme de ese ser resultan inútiles. Si acaso consigo que me suelte, enseguida vuelve a agarrarse, apretando y arañando sin piedad. Tiene que ser Mario quién logre liberarme, a base de tirar de mí hacia atrás hasta caernos al suelo.

Sentados sobre el barro, clavo la mirada en la mano que todavía se mantiene fuera del fluido. ¡Es horrible! Gran parte está descarnada y en lo que queda con piel se aprecian señales de putrefacción, además de un color negro recubriendo hinchazones y ampollas; signos inequívocos de la gangrena. En sus finos y huesudos dedos resaltan sus largas y deterioradas uñas. ¡Son larguísimas! Me inquieta y me repugna el hecho de que con ellas me haya provocado las heridas que ya me veo y por las cuales sigo sangrando. A todo esto, esa mano aguanta fuera del fluido y desesperada busca algo donde volver a agarrarse, a la vez que no deja de gesticular. Viendo esos gestos, ahora sí tengo claro que trata de pedirnos ayuda.

De pronto, el fluido se rompe salpicando un líquido asqueroso, sucio y tan maloliente que nos obliga a apartar la mirada y taparnos boca y nariz. ¡Una cabeza! ¡Cielo santo! ¡Del interior del fluido asoma una cabeza! De la misma manera que la mano consiguió liberarse, ahora lo hace una cabeza. Mario y yo retrocedemos enseguida arrastrándonos por el suelo sin perderla de vista. Liberada gracias a un roto ocasionado en el viscoso fluido, y sujetándose con la mano en el borde del contorno que le rodea, la cabeza mira hacia abajo. Solo podemos ver una larga y estrecha melena muy deteriorada extenderse hasta el suelo. Un manojo de cabellos que brotan de las partes a salvo de una calvicie que ha hecho verdaderos estragos. Es imposible adivinar de qué color son o fueron esos cabellos, si es que algún día lucieron alguno. Cada pelo es similar a un fino alambre oxidado, asentado sobre una enorme costra amarillenta que ocupa gran parte del cuero cabelludo y se extiende hasta la nuca. Si esta criatura, este ser que ahora tenemos delante alguna vez fue una persona, temo ver su rostro. El desgaste sufrido en cabeza y mano apunta a que será igual de desagradable en el resto del cuerpo.

La extraña criatura continúa mirando al suelo durante unos segundos en silencio. Sus cabellos ya chorrean el agua de una lluvia que, incansable, cae con fuerza. Pasado este tiempo, exhala un nuevo y angustioso grito en el esfuerzo por liberar su otra mano del fluido. Mario y yo, alarmados, nos separamos aún más de la pared rebozándonos a base de bien en el barro que ya cubre todo el suelo. Esta vez sí hemos podido apreciar con todo detalle como esa masa viscosa cedía, salpicando el mismo asqueroso líquido, mientras la mano escapaba del asedio. Desde luego, ambas manos compiten tanto en deterioro como en el espanto que supone dedicarlas un breve vistazo.

La lluvia cae y el viento tampoco considera apaciguar su ímpetu. Estas inclemencias dificultan más si cabe el desarrollo de este increíble caso. Entretanto, la cabeza y las dos manos permanecen inmóviles. Es como si ese misterioso ser estuviese dándose un descanso antes de terminar de salir de la silueta aparecida en la torre. Pero esta momentánea y tensa tranquilidad acaba de golpe: ¡La cabeza se mueve! Lentamente, los cabellos se alejan del suelo. A medida que esa melena se va levantando, los primeros rasgos de lo que en su día debió de ser el cuello y la barbilla de una persona se adivinan tras ella. Me aterra pensar lo que nos vamos a encontrar y más cuando, ahora, esa criatura…, ¡habla! ¡La cabeza está murmurando algo o, por lo menos, lo intenta! Por cómo suena, interpreto que trata de pronunciar una frase corta acabada en Dios. Se muestra incapaz de hablar y tampoco termina de levantar la cabeza del todo, pues tras un costoso primer intento, sofocada renuncia deteniéndose por completo. Después de ese respiro, vuelve a la carga: en una segunda intentona la cabeza se levanta otro poco y la frase vuelve a dejarse oír más o menos en las mismas condiciones.

¡Debemos actuar! ¡Necesita que la ayudemos! Siento que debemos acercarnos y socorrer a esa criatura cuanto antes. Si no lo hacemos, si continuamos impasibles y no la ayudamos, este caso acabará pronto; ese ser volverá a ser engullido por el fluido y creo que es algo que lamentaré durante bastante tiempo. Ya le tiemblan las manos, señal inequívoca de que las fuerzas para aguantar agarrada al borde del fluido se agotan. Apurado, corro hacia la pared y agarro con fuerza una de las manos de la criatura. Al ir a coger la otra, veo que es Mario quién con un aspecto para mí, imposible de describir, agarra la segunda mano gritando para que tire de ella hacia fuera del fluido. Un momento después la criatura y nosotros dos estamos tirados en el suelo, exhaustos por el esfuerzo. Mario y yo hemos caído justo al lado. Estamos bien; no hemos sufrido ningún daño. Sin embargo, al levantar la cabeza del suelo, aterrados, vemos a la criatura caminar hacia nosotros… ¿Habremos acertado al rescatarla?

SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

NÚMERO: M-003872/2023.