
Siete y cuarto de la tarde, el tren disminuye la velocidad a la vez que las farolas, surgiendo todavía fugaces a ambos lados, anuncian el final de mi viaje. A punto de detenernos, el tren se adentra despacio en la estación del pequeño municipio abulense. Vengo hasta aquí, atraído por el sorprendente testimonio de dos vecinos de este pueblo, quienes una tarde, tras recoger el ganado y cuando ya recorrían el monte de regreso a casa, aseguran que escucharon las angustiosas súplicas de una mujer en lo alto de un peñasco. Alarmados por estas desconcertantes súplicas, ambos hombres no dudaron en subir a lo alto del risco para una vez allí comprobar que la voz procedía del interior de la única pared de un antiguo torreón medieval que todavía hoy se mantiene en pie. Alrededor de la pared no se veía a nadie y, además, notaron como el típico silbido del viento y los habituales ruidos de las alimañas e insectos propios de la zona habían dejado de escucharse de repente. Impresionados por ese absoluto silencio, tan solo roto por la desesperación de la mujer que aún se escuchaba desde el interior de la pared, los dos vecinos, decididos y haciendo de tripas corazón, trataron de rescatarla apartando las piedras situadas a los pies de la torre. A pesar suyo, el vasto peso de algunas de esas rocas acabó por hacer inútil sus intentos de socorro obligándoles a desistir en su empeño. Necesitaban más ayuda. Poco tiempo después, más de veinte hombres llegaban hasta el torreón en el cual, para su sorpresa, ninguna voz se escuchaba suplicando ayuda desde el interior de la pared, y solo el silbido del viento y los ruidos producidos por las alimañas e insectos propios de la zona rompían la tranquilidad del momento.
Todavía, hoy en día, se suceden las burlas, las risas y las bromas pesadas por parte de casi todo el pueblo hacia los dos vecinos que, en un principio, trataron de ayudar a la mujer del torreón. Sin embargo, desde entonces, desde aquella extraña noche, poca es la gente que se aventura a pasar cerca del risco; la mayoría, por si acaso fuese verdad la historia de la voz suplicante del torreón, prefiere dar un rodeo con el fin de evitar alguna situación de esas que ponen el vello de punta. Por otra parte, pese a lo sucedido en ese lugar, también hubo valientes que haciendo caso omiso a los diferentes peligros que esto pudiera acarrear, se atrevieron a merodear por los alrededores del antiguo torreón medieval a ultimísima hora de la tarde. Al igual que los dos primeros vecinos, cuatro de estas intrépidas personas, tres hombres y una mujer, al regresar al pueblo, igualmente juraron y perjuraron haber escuchado sollozar a una muchacha que, desesperada, imploraba ayuda para escapar de esa pared en donde decía llevar emparedada desde allá por el año 1569. Pero por desgracia, me será imposible escuchar ese testimonio de boca de estos últimos vecinos, pues, estos cuatro fallecieron no hace mucho tiempo debido a enfermedades y accidentes, la verdad, un poco raros.
A través de la ventanilla del tren observo lo poco que ha cambiado el pueblo en todos estos años que llevo sin regresar a él: la oficina del jefe de estación, la puerta de la sala de espera, la incombustible taberna, incluso los bancos de madera situados frente a las vías siguen siendo los mismos y, a cada poco, aquellos recuerdos ya olvidados de los muchos momentos vividos en este pueblo vuelven a mi cabeza. No es extraño, aquí aprendí a jugar, a montar en bici, tuve mi primera pandilla de amigos, mi primera moto y la añorada oportunidad de disfrutar la calle hasta bien entrada la noche libre de preocupaciones.
Nada más bajarme del vagón, el típico frío del mes de febrero me da la bienvenida sacudiendo de golpe la modorra del viaje. Además, cómo no podía ser de otra manera, el aire merodea por esta sierra, intenso, húmedo y con la misma capacidad de antaño de calarte los huesos en apenas segundos. Mochila al hombro y tirando de la maleta, camino por el andén dirección a la sala de espera donde supongo encontraré a Teresa, la mujer que contactó conmigo y quien, según quedamos, a mi llegada me recogería en esta misma estación. Desde luego el panorama no es muy alentador: yo he sido el único que se ha bajado del tren y el entorno se muestra desolado, no hay nadie, la taberna está cerrada, la oficina del jefe de estación es todo oscuridad, el frío aumenta por momentos y, en definitiva, todo a mi alrededor invita a volver a subirme al tren y olvidarme de este caso.
Segundos después, las malas sensaciones se hacen realidad al comprobar a través de la cristalera que la sala de espera, aparte de tener la puerta cerrada con llave, está vacía. Confiado en la posibilidad de un inoportuno retraso, decido esperar a Teresa sentado en uno de los bancos colocados en el andén, justo al lado de la sala de espera. Pasados unos minutos, cerca de una hora para ser más exacto, la realidad habla por sí sola: ¡nadie ha venido a recogerme! ¡Todas las conversaciones telefónicas y los correos electrónicos intercambiados con la supuesta Teresa, pueden haber sido una desagradable broma en la cual caí como un tonto! Una vez asumida la situación y tratando de apaciguar el enfado, recuerdo que en aquellos años pasados el bar situado en la misma plaza Mayor del pueblo también ejercía de hostal y alquilaba habitaciones. Según se lee en el horario de Renfe emplazado en la vitrina de la estación, hoy ya no pararán más trenes en este pueblo, y la cuestión del alojamiento es el primer problema a resolver ahora mismo. Las habitaciones del bar-hostal de la plaza siempre gozaron de buena fama en lo que a limpieza y comodidad se refiere y sin darle más vueltas, pongo rumbo hacia la plaza Mayor, no sin antes subir la cremallera del abrigo y apretar bien la bufanda al cuello.
Aunque el frío y el molesto aire la hagan interminable, la distancia de la estación al hostal no es mucha. ¡Por suerte!, cuando llego el bar todavía permanece abierto, seguramente gracias a la retransmisión televisiva de un partido de fútbol que ha reunido en su interior a un buen número de vecinos. Como sucede en las películas, en el momento de abrir la puerta y entrar en el local este enmudece; todos los clientes dejan de vociferar y en absoluto silencio me miran como sorprendidos por la repentina y se ve qué inusual llegada de un extraño a semejantes horas. Durante unos interminables segundos en el interior del bar solo se oye la voz del locutor de televisión narrando el encuentro, en tanto, un camarero se me acerca por detrás de la barra. Tras pedirle un café americano, las miradas vuelven de nuevo al televisor gracias a una jugada conflictiva en el transcurso del partido que provoca el característico alboroto y aleja la atención de mí. Al fijarme en esos vecinos agrupados alrededor de la televisión reconozco a varios de ellos. El paso de los años se nota en sus envejecidos rostros, aquellos hombres que hace tiempo atendían la panadería, la carnicería o incluso te recogían la basura en la puerta de casa, son ya auténticos ancianos. Los susurros al oído y las disimuladas miradas sugieren que entre ellos hay quienes también me han reconocido.
He tenido suerte al entrar en el bar, pues, sin buscarlo, me he ido a sentar justo al lado de un radiador. Necesitaba quitarme el frío de encima y este viejo aparato despide tanto calor que me permite dejar el abrigo colgado en el perchero de la entrada. Por su aspecto, yo diría que son los mismos radiadores de cuando, años atrás, los amigos nos juntábamos aquí para tomarnos el cafecito después de la comida. En este bar se servía el mejor café de todo el pueblo, y por el sabor de este que ahora tomo indudablemente sigue siendo el mismo. La verdad, nada parece haber cambiado: la decoración se mantiene, las baldosas del suelo aguantan todavía, la misma mesa de billar ocupa el mismo sitio frente a las mismas puertas de los aseos, la televisión se encuentra en el rincón de siempre, la larga barra en forma de «L» está tal y como estaba la última vez y juraría que las mesas y las sillas también siguen siendo las de entonces. Pero, aunque me siento a gusto, he conseguido entrar en calor y estoy más calmado, en el momento de resignarme a permanecer en este pueblo, la alarmante realidad de no tener aún un lugar donde pasar la noche me asalta. Enseguida, busco con la mirada al camarero quien, antes incluso de tenerle yo a la vista, se anticipa con una pregunta…
─ Mucho tiempo sin venir, ¿no?
Por detrás, justo delante de la puerta de acceso a la cocina, el camarero barre el suelo esperando mi respuesta, sin mirarme y con una disimulada sonrisa en sus labios. Admito que antes apenas le dediqué una rápida mirada y, sin embargo, ahora, al fijarme con más atención, es cierto que su cara me resulta familiar. Pero pese a estar ya seguro de que le conozco, no soy capaz de ponerle nombre. Al darse cuenta de mis vanos esfuerzos, el camarero, tras esbozar una breve carcajada, decide revelarme su identidad: se trata de Mario, un chico que veraneaba en una urbanización al otro lado de las vías del tren. ¡Ya le recuerdo! Durante un verano él, junto a otros dos chicos de la misma urbanización, se unieron a nuestra pandilla. La verdad, entre él y yo no hubo mucho trato, puesto que, sinceramente, todos los chavales tanto de la pandilla como también los del mismo pueblo le teníamos algo de tirria: su aspecto, alto, atlético, rubio y con ojos azules nos suponía un rival difícil de roer a la hora de intentar ligar con las chicas. De todos modos, mirándole, se apreciaba la nula compasión que el paso del tiempo había tenido con él: nada quedaba en Mario de aquel cuerpo de atleta, ni tampoco de aquel pelo largo, rubio, siempre tan repeinado. La calvicie casi total, la excesiva delgadez a todas luces preocupante y las marcadas ojeras que apagaban por completo el azul de sus ojos, disculparían a cualquiera la dificultad para reconocerle.
Tras un apretón de manos con abrazo incluido, vuelve a entrar por detrás de la barra situándose enfrente mío con el fin de mantener una conversación. Después de las típicas preguntas y respuestas de rigor, me refiere que no hace mucho estuvo hablando de mí con otro de los muchachos de aquella antigua pandilla. Ambos conversaron acerca de mi dedicación al mundo del misterio, dato que este camarero en un principio desconocía, aunque todo lo relacionado con ese mundo reconoce apasionarle por completo. Afirmando que, en efecto, hice del misterio mi profesión, le comento que precisamente el encontrarme hoy en este pueblo es debido a un trabajo de esta índole que en principio iba a realizar durante los siguientes días; afirmación que además me recuerda el apremiante motivo por el cual estoy en este bar. Después de escuchar mi problema de no tener dónde pasar la noche, Mario, sin dudarlo, se aleja sin decir nada para, al poco, volver portando un llavero con dos llaves. La cuestión del hospedaje se acaba de solucionar y, salvo otra habitación situada al final del pasillo que solo se ocupa algunas noches, pernoctaré solo en el hostal situado encima de este bar. Pero la alegría duraría poco: al comentarle la razón por la cual una tal Teresa junto a otros vecinos me habían contratado, Mario frunció el ceño: Teresa, la mujer que me comentó el caso de la extraña voz del torreón, y la persona con la que yo hablé e intercambié correos en varias ocasiones, ¡había fallecido de manera súbita aquella misma mañana!
Pasado un tiempo considerable en donde Mario compaginaba el trabajo del bar con nuestra conversación, llega la hora de cenar. Yo todavía estoy tratando de asimilar la repentina e inesperada muerte de Teresa, pues no termino de creerme una casualidad tan grande. Sentados en una de aquellas antiguas mesas y ya con el bar completamente vacío, Mario admite conocer la historia de la mujer emparedada en el torreón. Teresa no me engañaba, la historia es cierta y es conocida por todos. Hasta Mario mismo se ha visto en la tesitura de tener que atender a gente llegada al bar a última hora de la tarde, pálidos y exhaustos, asegurando que cuando paseaban por el monte escucharon unos espeluznantes gritos de una mujer desesperada cuyos quejidos y súplicas de ayuda, como si ella corriera tras de ti, te persiguen hasta la entrada del pueblo.
Emocionado al contarme la historia, me comenta que él también tiene pensado subir a lo alto del risco una tarde de estas, pues le atrae mucho poder escuchar la voz de un espíritu. En cambio, el hecho de tener que hacerlo solo, sin la compañía de nadie, le impone tanto que siempre termina por aplazar la idea. Si bien asegura que gran parte del recorrido lo puede hacer en su 4×4, gracias a un sendero más o menos transitable que conduce a la cima del risco, el final de la pendiente hasta llegar al torreón solo se puede recorrer andando, y, precisamente, es este tramo el que le quita las ganas. Verse en ese paraje tan solitario y abrupto, cuando además la oscuridad de la noche va cayendo implacable sobre el lugar, es demasiado para él. Sin dudarlo dos veces, le propongo subir juntos; he venido a eso y, pese a que Teresa ya no está y mis honorarios se han ido con ella, esto no quita que el problema de la supuesta mujer fantasma pidiendo ayuda siga ahí. Terminada la cena, Mario propone continuar la conversación fuera del bar; sus ganas de fumar se le hacen demasiado grandes después de cada comida y su jefe les tiene totalmente prohibido el mero hecho de encender el cigarro dentro del local.
En la calle el frío es casi inaguantable. Sin embargo, la gélida sensación no tarda en pasar a un segundo plano motivado por el trasiego de personas entrando y saliendo de una de las casas que rodean esta plaza mayor del pueblo. Al preguntar a Mario, su respuesta despierta mi curiosidad: esa casa, abierta de par en par y con las luces encendidas, era la vivienda de Teresa y el lugar en donde ahora se celebra su velatorio de cuerpo presente. ¡Quiero verla! Ahora soy yo el que se siente atraído por ir a esa casa y, si puedo, ver el difunto cuerpo de la mujer cuyo caso me ha traído hasta aquí.
Acompañado por Mario y sin perder de vista la pequeña casa, llegamos al umbral de la puerta. Por suerte, aunque el ajetreo de personas es considerable, la mayoría de ellos ya se están despidiendo de un hombre de mediana edad y un muchacho de no más de veinte años. Sin tener que pedírselo, Mario me pone al tanto: el hombre y el chaval son el marido y el único hijo de la fallecida. En silencio, esperamos en la calle a la espera de que la última de esas personas abandone la casa y padre e hijo se queden solos.
Al entrar, un pequeño y coqueto salón con vigas de madera y paredes de piedra hace de primera estancia de la casa. Tras dar el educado pésame de respeto, padre e hijo nos invitan a sentarnos. Acomodados en el sofá del salón, los cuatro comenzamos una conversación cuyo tema principal es la repentina muerte de Teresa. Por sus comentarios queda claro que Mario y el marido son buenos amigos desde hace años; ambos forman parte del equipo de fútbol del pueblo, son socios del mismo coto de caza y suelen formar pareja en los diferentes campeonatos de mus celebrados por la región. Transcurrida algo más de media hora, es el propio Mario quien pide permiso para pasar a la habitación en donde se encuentra el féretro con el cadáver. De inmediato, padre e hijo se ponen en pie y nos conducen a un cuarto situado al principio de un estrecho pasillo. La habitación es pequeña, prácticamente cabe el ataúd y las sillas sobre las cuales cuatro mujeres enlutadas de los pies a la cabeza, mueven las cuentas de sus rosarios de madera inmersas en el susurro del rezo. Lejos de inmutarse, responden a nuestro saludo con un simple y suave movimiento de cabeza sin dejar de rezar ni levantar la mirada. Dentro del féretro, una mujer amortajada en un manto de la virgen del Carmen, con el pelo suelto sobre los hombros y algo maquillada para tratar de disimular los rasgos de la muerte, yace con la misma apariencia de quién está, tan solo, sumido en un profundo sueño. De repente, un sonoro llanto irrumpe en la casa ahogando con él el susurro de las mujeres: el marido de Teresa acaba de romper a llorar angustiado por el dolor, y tanto su hijo como Mario y yo nos apresuramos a abandonar la habitación y acomodarle cuanto antes en el sofá del salón. Está deshecho, roto por el dolor; llora sin parar y, la verdad, durante unos pocos minutos su estado nos preocupa. Pasado este tiempo y ya más tranquilo, pide a su hijo que cierre la puerta y apague luces, pues solo quedamos nosotros cuatro en la casa y ya no cree que a estas horas venga nadie más.
Manuel, como así se llama el hijo de la difunta, no tarda en obedecer a su padre. Enseguida cierra la puerta de la calle y, salvo una lámpara de pie dispuesta cerca de los sillones, apaga el resto de luces de la casa. Antes de poder avisarle de que todavía quedan unas mujeres rezando el rosario en el cuarto de la fallecida, es Manuel quién ahora rompe a llorar. El aspecto cansado de ambos y sus ojos envueltos en lágrimas lo dicen todo: la angustia y las muchas horas de velatorio pasan factura y, ahora mismo, creo que dejarlos solos es la mejor forma de ayudarles. Antes de marcharnos, vuelvo al cuarto con el propósito de transmitir a las cuatro mujeres el deseo de los familiares de pasar en la intimidad esta última noche con la difunta, pero al entrar en la habitación…,
¡las mujeres no están…!
En el cuarto solo se encuentra el ataúd y las cuatro sillas vacías arrimadas a la pared. Cuatro sillas que no sé cómo o quién demonios ha podido separarlas del féretro.
Desconcertado, recorro el resto de habitaciones del pasillo en busca de una segunda puerta que lleve a la calle y no, ¡no hay ninguna! Es de locos, ¡nadie entró ni salió de la casa desde que llegamos! Resignado, me acerco a Mario y, sentándome sobre el brazo del sofá, le pregunto en voz baja si él ha visto salir de la casa a las mujeres del rosario. Sorprendido por la pregunta, me mira extrañado: salvo a la fallecida, niega haber visto a otra mujer junto al ataúd de Teresa. Asimismo, Manuel, que sin yo quererlo nos ha escuchado, tampoco recuerda a ningún grupo de cuatro mujeres rezando en la habitación. En cambio, esta tarde, estando en el cuarto a solas delante del cuerpo de su madre, el muchacho sí admite haber oído un murmullo casi ininteligible en el cual podía adivinar pequeñas partes del avemaría. Deseo volver al cuarto cuanto antes, pero la inquietud que esto podría generar me obliga a permanecer sentado.
El timbre de la puerta acaba de sonar; parece que no somos los últimos en venir a dar el pésame y, al momento, las voces que llegan desde fuera así lo confirman. Según Mario, se trata de un matrimonio, también vecinos del pueblo, que trabajan en Ávila capital y durante la semana suelen regresar al pueblo ya entrada la noche. Aunque se les invita a entrar en la casa, el matrimonio prefiere no hacerlo debido a lo tarde de la hora, y esto, mientras ellos conversan en la calle, nos dará a nosotros unos minutos para volver al cuarto donde se encuentra el cuerpo de la difunta.
La habitación continúa solo con el féretro de Teresa y las cuatro sillas arrimadas a la pared; no queda rastro de las mujeres y tampoco se nota nada fuera de lo normal. Mario se sienta en una de las sillas y yo, considerándolo buena idea, hago lo mismo. Quiero comprobar si todavía se percibe ese murmullo de voces rezando el avemaría, mencionado anteriormente por el hijo de la fallecida. Pasados unos segundos, la puerta del cuarto comienza a moverse sola. Sin que nadie la toque y despacio, como si no quisiese hacer ruido, se cierra lentamente. La primera impresión es atribuir el hecho a alguna pequeña corriente de aire capaz de moverla, pero, ahora, son las bombillas de la lámpara las cuales lentamente se van apagando de tal modo que su filamento termina por ser tan solo un débil e inestable hilito de luz. En penumbras, Mario se revuelve en la silla y a cada poco me pregunta si sucede algo más que él no acierte a percibir. Está inquieto, ansioso por saber. Mira a todos lados, deseoso de no perderse ningún detalle, hasta que de repente se agarra a mi brazo cuando un — ¡os estoy oyendo! — surge desde el interior del ataúd.
Apenas nos atrevemos a respirar. La voz procedente del féretro se esfuerza por seguir hablando con un susurro continuo de palabras ahogadas antes de acabar, mientras Mario y yo, clavados en el sitio, tratamos de digerir el susto a la espera de un siguiente sobresalto que todo apunta a que ocurrirá en breve. Tan en breve, que ya notamos como la temperatura dentro del cuarto baja por momentos, al tiempo que una especie de neblina densa cae sobre nosotros dificultando la visión. Segundos después, Mario me señala con el dedo una silueta acercándose despacio a nosotros. Es una forma brillante que se abre paso entre la neblina que ya cubre por entero el cuarto. Llegada a nosotros, la figura, sin detenerse, se sienta justo en la silla vacía situada entre Mario y yo…
¡Un fantasma se ha sentado a nuestro lado!
De momento, el espíritu se muestra tranquilo; parece estar cómodo, sentado entre nosotros, quizás sabedor de la ventaja que le proporciona la tensión que origina su presencia y que seguramente delatará la palidez de nuestras caras. Su mirada abrasa y, por el contrario, cualquier mínimo roce con él provoca una sensación similar al corte de un cuchillo. Aunque la neblina me impide ver a Mario, oigo su respiración acelerada; en verdad, la duda acerca de las intenciones que pueda tener este espectro preocupa y mucho. Sin embargo, según pasan los segundos, la posibilidad de que corramos peligro se diluye: el espíritu, levantándose de la silla, se aleja de nosotros para acercarse al ataúd. Su aspecto es el de una mujer cuya figura la forman cientos de puntitos de incontables colores, resplandeciendo a voluntad y de manera desordenada.
Llegado delante del féretro, el espíritu se detiene y, apoyando una mano en el borde del ataúd, observa a la fallecida con atención y ternura. De pronto, no entiendo cómo, ni de donde han salido, pero…,
! Las cuatro mujeres vestidas de luto están ahí de nuevo!
Desde cada esquina del cuarto, esas mujeres que antes rezaban alrededor del féretro avanzan por la habitación ahora con las manos entrelazadas, el rosario colgando de los dedos y la cabeza agachada. Las cuatro caminan despacio hasta situarse en fila de a uno a pocos pasos por detrás del espíritu quien, impasible, sigue sin apartar la vista de la difunta. Tras unos segundos de espera, en un silencio espantoso, la primera de las mujeres se acerca al espíritu y sin detenerse…, ¡se introduce dentro de él a través de su espalda!! Ha desaparecido internándose dentro del aura del espíritu de la mujer, y, las demás…, ¡las demás hacen lo mismo y desaparecen del mismo modo! ¡Todas ellas se han esfumado en el interior del aura del espíritu!
¡No entiendo nada! ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes eran esas mujeres? La verdad, pensándolo bien, en las dos ocasiones que antes me encontré con ellas yo no hice mucho por fijarme en sus caras ni tampoco ninguna de ellas levantó la cabeza para mirarme. En cambio, esta vez las hemos podido ver con todo detalle y lo visto confunde aún más: tanto en sus peinados como en sus ropajes de duelo se podían distinguir distintas épocas y diferentes clases sociales. Cada una de ellas pasó por este mundo en años dispares, bastante lejanos unos de otros, y no solo sus vidas no coincidieron, sino que, además, está claro que cuando vivieron lo hicieron en condiciones económicas muy desiguales. Entonces, ¿cuál es ese vínculo de unión tan importante entre ellas que ha provocado que sus almas se adhieran al espíritu de Teresa? Nunca he presenciado un hecho similar al ocurrido en este cuarto, y en estos momentos no tengo ninguna explicación que dar a un asustado y atónito Mario que no deja de mirarme con el gesto desencajado.
Cuando todavía estamos tratando de entender la insólita desaparición de las cuatro mujeres, el espíritu se aproxima de nuevo a nosotros y se detiene apenas a dos o tres pasos de distancia. Parece sonreír, pero sus difuminados rasgos no permiten asegurar que esa sonrisa de veras exista hasta que, gracias a un segundo en el cual el rostro del espíritu deja de oscilar, podemos observar cómo…
¡Esa alma tiene el mismo rostro de la mujer que yace en el féretro! ¡Es Teresa! ¡No hay duda!
Enseguida, quizás intentando transmitir una calma a todas luces imposible, el espíritu de la mujer se arrodilla frente a nosotros con la espalda erguida y las manos apoyadas en los muslos. Se muestra tranquila: su aura oscila de derecha a izquierda y de arriba abajo con suaves y cortos movimientos, a la vez que la viveza de sus colores pierde intensidad en algunos momentos, volviendo a mostrar fugazmente los rasgos de una Teresa bastante rejuvenecida.
Pasados unos minutos la situación continúa igual. El alma de Teresa sigue delante de nosotros, observándonos con atención y en completo silencio. Incapaz de aguantar más, hago gala de mi poca paciencia y rompo el insufrible mutismo preguntándola si recuerda la razón que la llevó a ponerse en contacto conmigo. La respuesta tarda unos segundos en llegar, pero lo hace de forma clara y contundente: una tajante afirmación deja paso a unos comentarios que no solo confirman que se acuerda, sino que también tiene muy presente todo lo hablado en las conversaciones que ambos mantuvimos. Sin embargo, como suele suceder, su tono de voz resulta difícil de aguantar: cada palabra de esas cortas y desordenadas frases con las cuales me responde retumban por la habitación junto a un interminable eco que aturde.
Obviando nuestros gestos de dolor al escucharla, el alma de Teresa no vacila en explicarnos la razón que la empujó a llamarme. Bastante más inquieta, nos habla de la situación de una mujer de nombre Jerónima. Al parecer, esta tal Jerónima en sus días de vida, allá por el mil quinientos y pico, regentaba junto a su esposo el castillo situado en un pueblo cercano a este donde nos encontramos. Esta mujer fue esposa, madre y figura destacada en la alta nobleza de la época hasta que, por desgracia y a consecuencia del escarceo de su marido con una joven sirvienta, toda esa felicidad acabó de golpe: sin previo aviso ni sospecha que presagiara el fatídico destino que la esperaba y por mandato de su esposo, una madrugada Jerónima sería emparedada en la torre de aviso al castillo situada en lo alto de un monte próximo al pueblo.
Según Teresa, en este monte, hoy en día, aún se puede escuchar la angustiada voz de Jerónima suplicando ayuda. Al pasar cerca de las ruinas de esa torre de aviso, cuando la luz del día agoniza y el oscuro manto de la noche cubre lentamente el camino, el desesperado lamento de Jerónima llega a tus oídos enredado con el viento. Teresa lo escuchó en las horas previas a su muerte y luego, nada más fallecer, su espíritu supo cuánto urge liberar el alma de la mujer emparedada en la torre. Al parecer, durante la horrible agonía, Jerónima, en su último suspiro, elevó a los cielos un ruego tan desgarrador que estremeciendo al mismísimo Dios se convirtió en toda una peligrosa maldición. Un funesto maleficio que todavía perdura y que terminará de cuajo con la vida de todo aquel que, habiendo escuchado tan desolado lamento de auxilio, huya del lugar sin quitar, al menos, una piedra del muro que retiene a Jerónima. Quién no la ayude morirá y su alma también permanecerá cautiva en la torre tanto tiempo como se tarde en liberar a Jerónima y, a palabras de Teresa, ya son varias las almas que penan allí y en breve serán una más, pues ella misma ya debe encaminarse hacia esa torre.
Esa maldición acabó con Teresa y continuará segando las vidas de aquellos que eludan ayudar a Jerónima, y no se molesten en apartar ni tan siquiera una piedra del muro que aún la mantiene emparedada. Dicho esto, y a la vez que pronuncia las últimas palabras, el alma de Teresa levantándose del suelo y obviando mi siguiente pregunta, se dirige hacia el féretro introduciéndose en él. Despacio, se va tumbando dentro del ataúd de la misma forma que yace la difunta, no sin antes volviendo la cabeza hacia nosotros y permitiéndonos observar, cómo a modo de despedida, el rostro de una Teresa completamente rejuvenecida quien, dedicándonos una dulce sonrisa, pronuncia un —“ánimo”— que borra de golpe todo el susto que me ha causado su aparición. Una vez oculta dentro del féretro, Mario y yo nos acercamos a él deprisa y mirando en su interior, observamos como nada queda de ese espíritu, de esa Alma de Teresa fundido ya en lo que hasta hace poco fue su propio cuerpo.
La habitación vuelve a ser el tranquilo cuarto de la casa de antes. No tenemos ninguna duda de a donde debemos dirigirnos si queremos cumplir el deseo de Teresa de liberar a Jerónima, ahora también a ella y, por supuesto, al resto de ánimas allí atrapadas.
SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO: M-003872/2023
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