Las doce de la noche acaban de dar en el reloj cuando, por fin, suena el teléfono. La puntualidad se agradece; el deseo de empezar esta nueva aventura cuanto antes convierte la espera en algo interminable. Carlos acaba de llegar a la puerta del hotel donde estoy hospedado, y tal y como quedamos, me avisa con una llamada perdida. Tras coger la mochila con la cámara de fotos, la grabadora y demás utensilios de trabajo, bajo a reunirme con él.
Carlos es un hombre de sesenta años recién cumplidos, ex maquinista de rotativa de un periódico desaparecido hace meses y ahora vigilante de seguridad por razones obvias. Habituado a trabajar en horario nocturno, le resultó sencillo acostumbrarse a la vida de vigilante. Lo lleva bien, salvo en esas ocasiones cuando el deber obliga a enfrentarse a algún “toca narices” de rigor, de esos que surgen en todos lados. Él siempre fue un hombre tranquilo, ajeno a discusiones y peleas y, la verdad, estos jaleos raras veces le acontecen.
Afortunadamente, la oficina en la cual desempeña sus funciones como vigilante no está situada en un lugar atractivo para ladrones o gamberros: ubicada a pie de calle en pleno centro de Toledo, su proximidad con el conocido Alcázar y con varios hoteles de renombre, el constante trasiego de turistas y la notable vigilancia policial hacen del barrio uno de los más seguros de la ciudad durante el día. Luego, al caer la noche, la cosa cambia y no por causas, llamémoslas naturales, pues hay quien jura y perjura haber visto desde la ventana de su casa la fugaz aparición de hombres y mujeres de extraño aspecto deambulando por las estrechas callejuelas aledañas a la oficina.
Hay jornadas en las cuales el trabajo se le hace tan sosegado y aburrido, que resulta complicado vencer al sueño. De ahí viene el que a veces, con el fin de despejarse, salga fuera de la oficina a fumar junto a la puerta de la calle; cosa totalmente prohibida para los vigilantes, pero dormirse durante el servicio también podría acarrearle un disgusto que no se puede permitir.
Sin embargo, desde hace un par de meses, hay noches donde la quietud se altera: todas las semanas, casi siempre de miércoles a jueves, un insólito hecho le acontece durante el tiempo que tarda en fumarse el cigarro. A su parecer, es una cuestión difícil de explicar y se inclina a no relatarme nada acerca de ella, pues prefiere que sea yo quien la descubra del mismo modo que a él le sorprende. Precisamente, hoy es esa noche de miércoles a jueves, Carlos la tiene libre y todo indica que nos espera una larga velada de guardia urbana por las calles de Toledo.
La noche engaña: el cielo es un manto de estrellas, la luna brilla enorme y, por el contrario, el calor continúa apretando sin dar tregua. Según recorremos los empedrados y estrechos callejones desiertos de gente en dirección a la oficina de Carlos, si se presta la debida atención, se pueden escuchar apresurados susurros. Quizás sean las voces de todas esas Almas que se dice que aún persisten atormentadas y atrapadas en estas calles, quienes ahora tratan de desvelarnos alguno de los muchos enigmas ocultos en esta ciudad.
Por supuesto, la aparición de Espíritus en esta historia es algo esperado, pero me sorprenden estos susurros tan intrigantes; tal vez sea su forma de intentar comunicarse con nosotros. De todos es sabido que Toledo aún esconde bastante más de lo encontrado durante años y años de investigaciones de todo tipo. Hoy en día, todavía se cuentan cientos de leyendas distintas acerca de sensacionales maravillas ocultas en los túneles excavados en antaño bajo nuestros pies. Grandes tesoros de guerreros caídos, arcaicas fórmulas de alquimia capaces de conseguir lo más increíble, mágicos objetos ligados a los orígenes de las tres culturas, perduran aún en el tiempo custodiados, ¡claro está!, por las Almas de aquellos hombres y mujeres que decidieron no marcharse de este mundo después de haber perdido la vida.
La calle se muestra vacía y, excepto nosotros, nada se mueve. A cada poco, Carlos alumbra con su linterna la fachada de las casas que ahora nos rodean; las cruces Paté fijadas sobre ellas anuncian nuestra llegada al barrio templario de San Miguel. Un antiquísimo conglomerado de estrechas callejuelas, callejones y esquinazos, a cual más inquietante a estas horas. En su opinión, por lo visto estudioso del tema de los caballeros templarios, este es el barrio de Toledo que más secretos esconde y es también en donde se ubica la oficina a la cual nos dirigimos.
Según nos adentramos en este barrio de San Miguel, reconozco que la imaginación se dispara cuando escuchas de boca de Carlos tanto hecho histórico sucedido siglos atrás en estas mismas callejuelas. Es difícil no alterarse al pasear por ellas: casi privadas de luz, apenas se distinguen los viejos edificios salpicados de símbolos templarios, cuyos muros esconden tenebrosos callejones dedicados a bautismos de sangre, a duendes y hasta al mismísimo diablo. Ahora entiendo el porqué de que subsistan tantas leyendas: ¡aquí puede pasar cualquier cosa! Todo a nuestro alrededor invita a ello; el barrio no necesita más, ni tormentas, ni nieblas, ni fuertes ventiscas; pues sin duda el lugar posee ya por sí mismo las características idóneas para el regreso, por poner un ejemplo, de cualquier Alma de aquel Toledo medieval tan fabuloso. Ahora, lo primero pasa por saber si lo que Carlos me va a referir, que vio o que le sucedió, realmente ocurrió o es fruto de este escenario tan ideal para la imaginación.
Tras un interesante paseo, llegamos hasta un reducido recodo de acera bajo un cartel luminoso cuya luz es la única que alumbra la calle. Frente a nosotros, una pequeña puerta acristalada da paso a la oficina de Carlos. En este recodo de acera es donde él sale a fumar ya casi de madrugada, huyendo de la rutina y la modorra típicas de esas horas, y es también el lugar desde el cual presencia un extraño suceso difícil de entender.
Después de una breve charla con otro vigilante, compañero suyo y encargado de suplirle en sus días libres, reanudamos el paseo. Manteniendo una entretenida conversación acerca de cómo ve él el mundo de los Espíritus, caminamos hasta detenernos frente a una edificación denominada “la Casa del Temple”: Una antigua casa-hospedería de los caballeros de esta orden. Pasados unos minutos dedicados a una interesante explicación acerca de la peculiar vivienda y su historia, Carlos, raudo, conduce su dedo índice a los labios en una clara señal para que guardemos silencio. Al momento, la impresionante figura de una mujer surge de entre las penumbras. Presurosa se acerca a la puerta de la Casa del Temple, dejando tras de sí una estela de otras innumerables siluetas difuminadas de ella misma a cada nuevo paso…
¡Es un Fantasma! El Alma de una difunta que oculta el rostro bajo la capucha de una capa negra.
Llegada a la casa, la mujer, tras dejar en el suelo una cesta de mimbre, golpea la aldaba dispuesta en el portón en repetidas ocasiones. Se muestra abatida, preocupada y vigilante de lo que sucede detrás de ella. Dudo que nos haya visto: al mirar hacia atrás ya debía de haberse percatado de nuestra presencia y, sin embargo, actúa como si no estuviésemos; actúa como si la apremiase entrar en la casa y ponerse a salvo de alguien que la persigue y en breve aparecerá corriendo tras ella. Transcurridos unos segundos, la puerta de la casa se abre y, sin darnos tiempo a observar ni tan siquiera quién la ha abierto, la mujer accede al interior a toda prisa, portando con ella la cesta de mimbre.
Recuperado el aliento, con voz temblorosa, Carlos me comenta que esta es la razón de haber contactado conmigo. Lleva tiempo viendo a esta misma mujer pasar por delante de la oficina a altas horas de la noche, siempre con el rostro oculto bajo la capa, abrazando la cesta como si temiese perderla y dando la sensación de que vive en una huida constante. En alguna ocasión, estuvo a punto de dirigirse a ella al escucharla sollozar al compás de ese triste caminar suyo, de ese paso frágil, exhausto, pero está casi convencido de que ella ya no es una persona de carne y hueso, sino el Alma en pena de una mujer fallecida y atrapada en este mundo por un motivo que solo Dios y ella conocen, y esto, sinceramente, le impone. Al mismo tiempo, por muy difunta que sea, este vigilante está seguro de la nula intención de la mujer por hacer daño. Ambos coincidimos en esto, pues ella más bien parece huir de algún supuesto peligro, seguramente relacionado con ese nerviosismo mostrado cuando esperaba entrar en la Casa del Temple.
¡De repente, surge otra silueta!
De la misma penumbra de la cual salió la mujer, acaba de aparecer la figura de un hombre mayor, grande y fuerte. Camina encorvado, ayudándose de un bastón que maneja con torpeza y cubierto por un abrigo poco visible entre las innumerables siluetas difuminadas de él mismo que, como la mujer, también arrastra consigo en dirección a la Casa del Temple.
¡Es otro Fantasma! Otro Espíritu que ahora… se detiene de golpe. ¡Nos ha sentido y bruscamente gira la cabeza buscándonos con la mirada! ¡Ya nos ha visto! ¡No hay duda! Nos ha descubierto y se acerca deprisa a nosotros, sujetando ahora el bastón como una herramienta muy válida para emprenderla a golpes contra cualquiera. Con mucho esfuerzo consigo impedir que Carlos eche a correr; esto nunca es la mejor opción en una situación así, pues poco le costaría acorralarnos en cualquier otro lugar y seguramente, bastante más alterado. Ya delante de nosotros, el Alma de este hombre tan imponente acerca su cara a la mía sin dejar ni un pequeño espacio entre las dos.
Frente con frente, su gélida presencia me abrasa la piel y sus ojos, enormes y carentes de toda señal de vida, recorren hasta lo más profundo de mi ser a su antojo. Mi cuerpo tiembla de espanto y, en absoluto silencio, con el bastón todavía en posición amenazante, noto regresar a mi memoria partes lejanas de mi pasado ya del todo olvidadas como si de una rápida película de mi vida se tratase. Una vez enterado de quién soy, quién fui y de dónde vengo, sus puños me empujan y caigo al suelo. Antes de poder reaccionar, el Espíritu ya tiene su rostro pegado al de Carlos y, tras unos breves segundos, repite el mismo empujón sobre los hombros del vigilante, provocando que caiga a mi lado, a la vez que nos dedica un gesto de desprecio y vuelve a encaminarse hacia la Casa del Temple, mascullando unas palabras imposibles de entender.
Sentados en el suelo, sin atrevernos a ponernos en pie, observamos al Espíritu del hombre llegar hasta la puerta de la casa. Enseguida, arremete contra ella golpeándola una y otra vez con el mango del bastón, en tanto ordena enfurecido a una tal Jerónima que salga inmediatamente de la casa. En el interior nadie responde. A través de los dos ventanales dispuestos en la fachada solo se aprecia oscuridad. Pese a ello, por una de las pequeñas ventanas situada en la parte izquierda de la casa, el Espíritu de la muchacha trata de escapar con sigilo, llevando con ella la misma cesta de mimbre. Una vez fuera de la casa, oculta en la negrura de la noche, espera unos segundos antes de emprender la carrera calle arriba.
Es nuestro momento. Al ver huir a la mujer, Carlos no duda un instante en levantarse y gesticular para que le siga. Haciendo gala de una forma física que ya la quisiera yo para mí, y tras quitarnos de la vista del Espíritu que aún aporrea la puerta, el vigilante echa a correr, volviendo a retomar la calle por la cual minutos antes ambos llegamos a la Casa del Temple. Está seguro de poder alcanzar a la muchacha si nos damos prisa y callejeamos un poco, puesto que todas estas calles confluyen en el mismo punto y él conoce una ruta más corta. Corremos tan deprisa como podemos y, ya con el corazón a punto de saltar de mi pecho, entramos en una plaza donde, efectivamente, desembocan varias calles.
Segundos después, mientras Carlos y yo tratamos de recuperar el resuello, el Espíritu de la mujer irrumpe en la plaza. Casi no puede caminar y sufre por mantenerse en pie. Es el Alma de una muchacha visiblemente asustada, cuya aura tiembla a un ritmo que causa vértigo al mirarlo. Continúa inquieta por lo que pueda venir tras ella y despistada; se acerca a nosotros sin apartar la vista de su espalda, hasta que, de sopetón, cae exhausta al suelo. La proximidad nos permite observarla sin que el colorido halo de esa aura tan agitada oculte la mayoría de los detalles, a la vez que ella, sin quitarnos la mirada, nos contempla desconcertada.
El aspecto, el rostro, los ojos, todo en el Alma de esta mujer es una súplica de ayuda. Resulta paradójico encontrarse con un fantasma y que sea él, ella en este caso, quien más asustada se muestre. Sus rasgos, roídos por la pena, delatan lo pronto que la muerte vino a recogerla; a mi parecer, no tendría mucho más de treinta años. Por debajo de la capa, descolocada a consecuencia del golpe, se distingue su alborotado cabello: rizado, largo y de un color similar al azabache, que resplandece entre las oscuras sombras de la noche. Todavía se averigua el suave rojo de sus labios, las frágiles manos de largos y finos dedos y su delgada figura.
¡De repente, nos habla!
Titubeante, nos pregunta si venimos a por ella enviados por su padre. En silencio, espero por si acaso Carlos quiere ser el primero en contestar, y ser él quien lleve el peso de este maravilloso encuentro. Pero al mirarle, aprecio el temblor de sus rodillas y, aunque se esfuerza por decir algo, la voz no le acaba de salir. Está nervioso, inmerso en ese proceso tan normal y necesario de hacer entender a su propia conciencia que sí, efectivamente, esa mujer de ahí delante es el Alma de una fallecida y que, lejos de las infundadas creencias cotidianas, no se la ve con ganas de arremeter contra nosotros para hacernos daño, sino más bien todo lo contrario.
Con el fin de calmar tensiones, despacio me siento en el suelo, guardando la distancia con el fin de que no se sienta amenazada.
—No conocemos quién es tu padre, ni el motivo por el cual tendríamos que llevarte con él; solo queremos conocerla y conocer su historia —respondo tratando de transmitir una tranquilidad que de momento yo tampoco tengo.
Al momento, Carlos también se sienta a mi lado. En principio, no parece desagradarle nuestra compañía y, sin quitarnos ojo, se incorpora despacio hasta quedarse también sentada delante de nosotros. El suave balanceo mostrado ahora por el aura de la mujer y el tono algo más alegre con el que fluyen sus colores indican que la calma se abre camino.
Después de las debidas presentaciones, comentamos la razón de venir tras ella. No le oculto que sabemos de su condición, que sabemos que es el Alma de una mujer de una época pasada, aun vagando por nuestros días. Por eso mismo, nos preocupa la razón, deuda o propósito que todavía la retiene anclada en aquel presente suyo, enganchada en un tiempo en donde los días no pasan, y le niega afrontar ese camino que a todos nos espera después de la muerte. Ella me escucha con gesto contrariado y, cuando le toca contestar, no reacciona. Después de unos segundos de mirarnos fijamente, acongojada niega con la cabeza, en tanto sus grandes y apagados ojos negros buscan el suelo con la mirada. Trata de responder, pero no puede; hasta en tres ocasiones levanta la cabeza deprisa para mirarnos y al instante, angustiada, se detiene, incapaz de articular palabra.
Susurrando a Carlos que me acompañe, nos levantamos con el fin de acercarnos más a ella. Ahora estamos sentados justo al lado de un Espíritu que, indiferente, continúa con la mirada fija en el suelo y la cabeza agachada. Es buena señal que, al acercarnos, no se haya revuelto y la cosa mejora aún más cuando, por fin, habla…
Su voz suena lejana, baja y fatigada; apenas se la oye y tampoco se escucha el característico eco que suele acompañar a la voz de los Espíritus. Dice estar agotada, cansada de tantos intentos en vano, harta de luchar contra alguien que parece ir siempre un paso por delante de sus planes. Le duele mucho dedicar tanto empeño en pretender hacer lo que a todas luces es lo más lógico, noble y justo, y ver cómo quien tira por tierra todo ese propósito es su propio padre. Padre cuya descripción coincide con el Espíritu del hombre mayor, grande y fuerte con quien hace un rato tropezamos, nos abordó y nos empujó de mala manera.
En cambio, lejos de rendirse, en un golpe de furia, el Alma de la mujer arrastra la cesta hasta ella y trata de levantarse. Incapaz, la rabia desencaja su gesto durante el inútil esfuerzo, al tiempo que, con las rodillas clavadas en el suelo sin ánimo de responder y los brazos temblando por el afán de ponerse en pie, a gritos jura que nadie le podrá impedir ver su anhelo cumplido, ahora sí que acompañado de ese característico molesto eco de fondo común de las Ánimas…
—Mi hijo se quedará con su padre antes de que yo marche de este mundo, pase lo que pase.”
A pesar del empeño y el coraje de sus palabras, las fuerzas no la acompañan y el Espíritu de la muchacha cae de nuevo al suelo. Llora sin hacer ruido, con la frente apoyada en el empedrado y la cabeza resguardada entre los brazos. Es un Alma hundida, angustiada al verse incapaz de conseguir el fin que tanto desea. Con más miedo que otra cosa, Carlos y yo nos ofrecemos a ayudarla; estamos aquí junto a ella y, si nos da la oportunidad y nos cuenta el problema, quizá entre los tres logremos realizar ese objetivo.
Ella se mueve. Sin levantar la mirada del suelo, se incorpora despacio hasta volver a quedar sentada frente a nosotros. Su aura ha vuelto a apagarse; sus colores ahogados por la oscuridad que nos rodea dejan de resplandecer. Al fin, mirándonos fijamente, asiente con la cabeza y con la misma voz lejana y cansada de antes, vuelve a dejarse oír…
Sus palabras viajan hasta una tarde del mes de agosto de mil quinientos setenta y tantos; aunque intenta recordar y decirnos el año exacto, se queja de cómo las fechas bailan en su memoria. Aquel día, sentada en un banco próximo a la plaza de Zocodover, pasaba la tarde en compañía de una de sus doncellas, la cual, poseída por el influjo del amor que a toda muchacha sobreviene al llegar la juventud, entre risas y desvaríos, comenta sin vergüenza los rumores acerca de los romances, lícitos e ilícitos, surgidos en las altas esferas de la sociedad toledana del momento.
No le vio llegar, pero en un instante un caballero de cumplida estatura, pobre de hechuras y toscos modales, se sentó junto a ellas sin el educado saludo ni pedir el respetuoso permiso. Sin rodeos y sin presentación alguna, comenzó a alardear de sus obras, pues presumía de ser un pintor, un gran artista ocupado en un encargo nada más y nada menos que del propio rey Felipe II. Vanidoso, se mostraba seguro de que su majestad quedaría maravillado al observar la grandeza de la obra con la que atenderá a su encargo y, sin duda, no tardará en concederle su favor real, haciéndole partir de inmediato a la corte situada en Madrid.
Pasados unos minutos escuchándole hablar sin dejarla participar en la conversación, serio y convencido de sus palabras, y como si esto fuese lo más natural del mundo, no dudó en aquel mismo momento en proponerle matrimonio. Le ofrecía la posibilidad de pasar la vida al lado de un insigne artista, o continuar soltera, exponiéndose a caer en manos de algún burdo e ignorante marido que dos días después de la boda ya de seguro se habría olvidado de ella. Todo esto le dijo y le propuso ese caballero de cumplida estatura, pobre de hechuras y toscos modales, a poco de sentarse a su lado de manera nada cortés y sin que apenas ella pudiera participar en la conversación…
—¡Ni siquiera conocía mi nombre y ya me había pedido matrimonio!
Además, sin ella haber accedido a ello, la describía el retrato en donde él, como regalo de boda, la inmortalizaría para que eternamente se supiese quién fue la mujer más bonita del mundo…
—¡Pretendía pintarme en un cuadro, y lo deseaba de tal forma que parecía estar pintándolo ya, allí mismo, sentado a mi lado, en el banco de la plaza! Decía ver el lienzo con el fondo sin otro color que el negro absoluto, puesto que ya el brillo de mis ojos y el rojo de mis labios darían luz más que de sobra a la pintura, mientras el pincel, errando una vez tras otra, a duras penas trataría de dibujar todo lo bello que hay en mi rostro. Era un loco encantador. —relataba el Alma de la joven.
Aquel día comenzó todo. La forma de hablar de ese hombre, alegre y vanidosa, alocada y libre de todo perjuicio, la encandiló. Él era pura pasión. Veía el mundo y la vida de otra manera y así lo comprobó al ver por primera vez sus cuadros. En ellos descubrió dibujada una realidad distinta: hombres y mujeres carecen de importancia, son simples figuras con un colorido fuera de lo habitual, como si lo realmente importante de la pintura no fueran ellos, sino todo lo demás que hay a su alrededor. Él era capaz de ver o imaginar los colores con una textura y nitidez distintas.
Pero lo imprevisto, lo impensable en un primer momento, sucedió y, con el paso de los días, ella poco a poco se fue enamorando. Reconoce que Doménikos, como así se llamaba el pintor, la cautivó seguramente contagiada de esa pasión por ella, de ese alocado e imprevisible amor con el cual siempre la trató, de ese fervor con el que la amaba; ¡nunca antes nadie la había hecho sentir nada igual!
Sin embargo, ella se lo avisó: su padre era un judío fiel a su religión que, cuando ella era tan solo una cría, la prometió en matrimonio con un hombre a quien apenas había visto en un par de ocasiones. Como buen devoto, nunca rompería ese compromiso y jamás permitiría que el matrimonio entre Doménikos y ella se llevase a cabo. Lejos de querer entenderlo y renunciar a romper la relación, el pintor se presentó en casa del judío con la intención de hacerle entender el mutuo y noble amor que su hija Jerónima y él se profesaban. Resultó un fracaso. Incluso, hubo un momento en el transcurso de la conversación en el cual se podía presagiar el peor de los finales.
Por fortuna, el asunto se zanjó con unos cuantos insultos y unas cuantas amenazas subidas de tono. Pero en cuanto el artista dejó la casa, el judío se fue directo a por ella y la amenazó con ingresarla en un convento si no zanjaba esa relación con el pintor de inmediato. Conocedora de hasta dónde podía llegar la maldad de su padre, esta muchacha, Jerónima, se convenció de que la ruptura sería lo mejor para los dos e intentó olvidar a Doménikos negándose a verle.
Pero la añoranza hacía muy difícil no pensar en él, hasta que un día, pasadas ya unas cuantas semanas, el destino enredó y la casualidad hizo que se reencontrasen de nuevo. Y ahí, durante esos meses de fugaces encuentros, de besos escondidos en lugares apartados, de planes imposibles, de salidas repentinas e improvisadas excusas, fue cuando vino a suceder lo que en otras circunstancias hubiese sido la mayor alegría del mundo: ¡Jerónima se quedó embarazada!
Al revés de lo que el feliz acontecimiento suponía, la noticia no trajo otra cosa consigo que la pura desgracia. Pese a haber sido capaz de disimular el embarazo durante bastantes semanas, una noche, en el transcurso de una cena social celebrada en casa de su padre, los dolores traicionaron a Jerónima y un desmayo reveló su estado de buena esperanza a ojos de todos los asistentes.
¡El infierno se abrió a sus pies! Repudiada delante de los invitados, esa misma noche Jerónima fue arrastrada de los pelos hasta las puertas de un convento de clausura cristiano para mayor desprecio. Allí, su propio padre, empujándola bruscamente a los pies de la madre superiora, y después de arrojar con desprecio al torno una pequeña fortuna, a gritos juró a las sorprendidas religiosas hacer de ese convento el más rico de Toledo si nunca más se sabía ni de su hija, ni del niño que venía en camino. Le daba igual si el bebé nacía o no; solo quería que ninguno de los dos conociese nunca a otras personas que no fuesen las monjas de ese convento, ni jamás pudiesen ver más allá de sus muros.
Los días pasaron y, a pesar de vivir enclaustrada y obligada al cumplimiento de unas normas que tiempo atrás bajo ningún concepto hubiera aceptado, el cristianismo y la vida monástica cuajaron en el interior de Jerónima. Meses después, sería ella misma quien pediría a la madre abadesa tomar los votos de castidad, pobreza y obediencia tan pronto como terminara su preparación.
La convivencia con el resto de las monjas y novicias del convento le aportaba tranquilidad; aquel constante miedo a los crueles castigos sometidos por su padre a consecuencia del rudo carácter del judío había desaparecido. Sí, es cierto que echaba mucho de menos a Doménikos: las primeras noches lejos de sus brazos fueron horribles, sobre todo cuando su propia conciencia la castigaba con el persistente recuerdo del que fuera su amado. La martirizaba la pregunta de cómo estaría él y su justificada creencia de que ella le abandonó sin tan siquiera despedirse. Seguramente, el pintor nunca se lo perdonaría, pues, sin duda, alguien mandado por su padre ya le habría hecho creer que al final ella optó por aceptar el matrimonio pactado cuando era una niña, partiendo a tierras lejanas con su nuevo marido y olvidándose de él para siempre.
Adaptándose a la vida en clausura, Jerónima fue pasando los meses hasta que un día, prematuro y a poco de esconderse el sol de invierno, llegó el momento del parto. El bebé llamaba a las puertas del mundo en un anochecer en donde el frío y el violento silbido del viento presagiaban el mal fario con el que acabaría la noche: Jerónima fallecía escasos minutos después de dar a luz, no sin antes contemplar tan solo un instante al varón que acababa de nacer, y escuchar de boca de las monjas el funesto destino previsto para él.
Fue tal su enojo al enterarse de los planes que se tenían para con su hijo que, en el transcurso del efímero paso de la vida a la muerte, Jerónima se hizo fuerte y, quemando las pocas fuerzas aún existentes en lo más recóndito de sus entrañas, a gritos clamó al Santísimo una desgarradora súplica de misericordia. No podía marcharse todavía. Necesitaba algo más de tiempo, pues debía impedir la horrenda suerte dispuesta para un niño cuyo único pecado había sido nacer fruto de un amor prohibido. Agonizante, con la mirada puesta en el techo, las manos exánimes entrelazadas y el Alma tratando de agarrarse a la vida, Jerónima suplicaba un tiempo de alivio para huir del convento; tenía que dejar a su bebé a buen recaudo antes de partir a la gloria o al mismísimo infierno…, si así lo había dispuesto Dios para ella.
De improviso, la inerte mujer comenzó a titubear y detuvo el relato de su historia; dudaba en cómo proseguir, quizás, consciente de lo increíble de sus palabras. Carlos y yo preferimos permanecer en silencio, conscientes de que necesitaba tiempo para recuperar el aliento y relajar la emoción que la impedía continuar. Pasados un par de minutos, apartando la mirada de nosotros, prosiguió relatándonos el extraordinario hecho de cómo en un segundo, y sin darse cuenta de cómo había podido suceder, se vio fuera de su cuerpo. Estaba ahí, de pie frente a su propio cadáver, contemplándolo tristemente mientras la propia madre superiora empezaba con el doloroso ritual de amortajarlo. Enseguida, llamó su atención el movimiento de una pequeña mantita que cubría una cesta de mimbre situada junto al camastro donde yacía su cuerpo. ¡No lo podía creer! ¡Era el bebé! ¡Las monjas habían acomodado al recién nacido en el interior de la cesta de mimbre!
Jerónima se dio cuenta de lo que ocurría: su súplica había sido escuchada; su cuerpo estaba muerto y, a la vez, ella como Ánima disponía aún de un tiempo de regalo para salvar al bebé. No podía perder un segundo, ni tan siquiera para tomar contacto con su nuevo estado y, enseguida, agarrando la cesta de mimbre bajo el brazo, salió presurosa de la celda rumbo a la calle. Al salir al pasillo, advirtió la presencia de las monjas que hasta tan solo unos minutos antes fueron sus compañeras de convento, rezando en círculo el rosario por la salvación de su Alma. Temerosa de asustarlas, se esforzó en que no advirtieran su presencia de Espíritu al pasar entre ellas. Por suerte, ninguna de aquellas monjas que con tanto cariño la trataron desde su llegada al convento, imaginó que el repentino escalofrío que recorrió sus cuerpos de la cabeza a los pies fue causado por el Alma de su recién fallecida compañera cuando esta atravesaba por medio del corrillo. Poco después, Jerónima, apenas rozando el suelo con los pies, dejaba atrás los muros del convento.
Durante su apresurada carrera por las calles de Toledo, a cada poco miraba al bebé. Estaba convencida de que, a diferencia de sus compañeras, su niño sí la podía ver; en los breves momentos donde la criatura conseguía abrir los ojos, estos se clavaban en ella y podía sentir su ternura animándola a seguir corriendo. También estaba segura de que entendía perfectamente por qué ella quería dejarle a buen recaudo antes de su definitiva separación. Aun así, le hablaba explicándole las razones por las cuales ya nunca podrían estar juntos, aunque ella, desde donde estuviese, siempre lucharía por estar lo más cerca posible de él. Le hablaba y le hablaba sin darse cuenta de que apenas era un bebé que no entendía nada.
Pero lo que Jerónima desconocía es que existía un hecho que complicaría mucho el plan de salvar la vida a su hijo: su padre, la persona que le negó el amor encerrándola a perpetuidad en el convento, también había fallecido meses atrás. Unos meses en los cuales el judío tuvo tiempo suficiente para que allá en el averno al cual fue condenado, reuniera y se pusiera al mando de una camarilla de Entidades negras. Nada más tener conocimiento de las intenciones de Jerónima con el recién nacido, el endemoniado Espíritu no dudó en darle caza con el fin de matarlo y llevarse su Alma consigo al infierno. Acompañado de sus secuaces, y tras ajusticiar a la madre abadesa del convento por no cumplir fielmente el pacto realizado cuando la entregó a su repudiada primogénita, el judío se lanzó a perseguir el rastro de su hija por las oscuras calles de Toledo.
Aquella primera noche de camino a la vivienda del pintor, padre del bebé, Jerónima supo de la amenaza que se cernía tras de ella: una vez llegada a la Plaza del Seco, el errante Alma de un antiguo regidor toledano, de nombre Álvaro y ahorcado en esta misma plaza años antes, salió a su encuentro para avisarle del peligro. El regidor le alentó a pedir auxilio cuanto antes en la Casa del Temple, un antiguo caserón situado justo enfrente de ellos, donde de seguro le darían cobijo y conseguiría despistar a unos perseguidores que ya tenía a muy poca distancia. Pero, aunque la puerta de la casa de los templarios efectivamente se abrió y pudo entrar en ella, ya era demasiado tarde: ¡la camarilla de Entidades negras llegaba a la plaza justo a tiempo para verla acceder al interior!
Desde el primer golpetazo del judío contra la puerta de la Casa del Temple para que se le abriese sin demora, Jerónima entendió que la ilusión de dejar a buen recaudo a su hijo podía llegar a su fin. Estaba rodeada y no hacía falta ni decir que su padre no tendría ningún tipo de piedad con el bebé. En la alcoba donde permanecía escondida, sentada en el suelo, completamente a oscuras y tratando de que el niño no hiciese ningún ruido, observó una ventana. Sin dudarlo, se acercó y, tras comprobar que conducía a un oscuro callejón, por suerte todavía libre de la presencia de sus perseguidores, cogió la cesta y salió de la casa saltando por ella.
Sin pensarlo dos veces, emprendió la carrera por el callejón sin mirar atrás. La distancia con la casa del pintor ya no era mucha, seis o siete minutos nada más, y enseguida todo habría acabado. Pero al irse acercando, sus ojos no daban crédito a lo que sucedía a pocos pasos por delante: siniestros Espectros de negro atuendo, sable en mano y terrorífico aspecto, rodeaban la casa en donde tantos ratos bonitos llegó a pasar junto a su enamorado. Desolada, se apoyó en cuclillas sobre una pared resguardada por la oscuridad, abrazada a la cesta, esperando encontrar una fisura en la vigilancia que le permitiera entregar al niño a su padre. Tenía que conseguirlo como fuera, pues una vez que el bebé hubiera entrado en la casa de Doménikos quedaría a salvo de todo peligro; escaparía de la realidad sobrenatural que le supuso el salir a la calle por primera vez en manos del Alma de su madre recién fallecida.
Jerónima era consciente de que justo en el instante en que su hijo tomase contacto con una persona viva, quedaría fuera del alcance de las garras del judío. El niño viviría la realidad que le corresponde, escapando del mundo de los muertos y ella, si Dios le permitía unos segundos más de aliento, podría explicarle a su querido Doménikos la verdad de lo ocurrido: jamás le abandonó, ni nunca quiso hacerlo.
Sabedora de que el judío no tardaría en acorralarla, Jerónima se adentró por una de las calles aledañas buscando un lugar seguro donde cobijarse. La noche acababa y ella desconocía si al día siguiente, cuando volviera a anochecer, dispondría de una segunda oportunidad para cumplir su propósito o, simplemente, con la salida del sol, su tiempo en esta tierra acabaría para siempre. Si esto era así, tendría que separarse del bebé dejándolo solo, desatendido y en puertas de la muerte. Ahora, en este momento, ya abatida de contar su historia, nos comenta que, rogando porque así no fuera, se quedó dormida.
¡Gracias a Dios, al desaparecer la última claridad del día, los ojos de Jerónima volvieron a abrirse! El niño estaba bien, sonriente y todo indicaba que en perfecto estado. Ilusionada, no tardó en probar a repetir un intento de acceder a la casa que, tristemente, pocas horas después, huyendo, la conduciría a resguardarse en el mismo lugar del cual partió, enarbolando de nuevo la bandera del fracaso: los secuaces del judío continuaban rodeando la casa, mientras su padre, enfurecido, recorría a caballo las calles en su busca.
Desde aquella noche, el despertar, el encontrarse al niño bien y sus diarios e inútiles intentos por dejar a su hijo con Doménikos se han venido repitiendo sin suerte.
—¡No soy capaz! Son muchos, muy malos y yo estoy sola.
En este momento, a estas horas de la noche que todavía nos ofrecen algo de tiempo antes del amanecer, Carlos y yo tratamos de animarla y, aunque no ha resultado fácil, al final la hemos medio convencido. Ahora, si de verdad podemos ver la misma realidad que ella ve, seremos los tres quienes intentaremos burlar la vigilancia desplegada alrededor de la casa del pintor y quizás, nuestra presencia ayude a despejar el camino.
En silencio, nos ponemos en marcha dispuestos a recorrer las cuatro calles que nos separan del domicilio de Doménikos. Todo está completamente a oscuras; por algún extraño motivo, ninguna farola ilumina la calle como antes de encontrar a Jerónima y, además, no sé por qué leches, las linternas tampoco nos funcionan.
Aparte de los riesgos ya esperados, me preocupa mucho cómo puede llegar a reaccionar Jerónima ante ciertas circunstancias. Es muy poco lo que sabemos acerca de los mal llamados Fantasmas, de sus miedos, de su modo de reaccionar ante circunstancias peligrosas. Su forma de responder a este tipo de impresiones es algo desconocido, imprevisible y, por tanto, imposible de asegurar que no esté exenta de peligro para nosotros.
Pero, aunque esto asuste, no nos queda más remedio que no perder el contacto con el brazo de Jerónima, pues, por la decisión y el ritmo de sus pasos, es la única que se orienta dentro de toda esta negrura. Una negrura fría y húmeda que a veces se esconde gracias a la tibia luz de alguna ventana, y como queriéndome sacar de dudas, nos deja ver que no debemos preocuparnos por algún claxon, por el estruendo de las sirenas o por cualquier otro ruido, puesto que…
¡No estamos en el año 2017, sino que caminamos por el Toledo del año en que Jerónima falleció!
Según avanzamos, el ambiente parece enrarecerse y un cierto hedor se hace notar. ¡De pronto, unas voces a lo lejos nos hacen temer lo peor! Son un griterío de reclamo asegurando habernos descubierto. En efecto, el Alma de la mujer nos confirma que tales voces pertenecen a los secuaces del judío y, aunque de momento todavía suenan lejos, ya es cuestión de tiempo, de poco tiempo, que nos den alcance.
Sin pensarlo dos veces, apuramos el paso y, según Jerónima, en la siguiente esquina llegaremos al punto en el cual ella siempre no solo se ve obligada a detener sus intenciones, sino que, incluso, tras unas horas de inútil espera, debe retroceder a la carrera para volver a esconderse sin ser descubierta. Así es, unos cuantos pasos más adelante llegamos a un pequeño recodo de la calle en donde las sombras y el ángulo de la pared ofrecen un disimulado escondite difícil de descubrir si no se conoce. Desde aquí, noche tras noche, ella ha estado viendo pasar las horas, rogando por un error, por un despiste de alguno de esos endemoniados Espectros que rodean la casa que le permitiese cumplir su propósito.
Apretujados en el escondite, en silencio observamos una calle bastante más ancha en comparación con las del resto del barrio. Iluminada por las antorchas que portan unos seres de inquietante apariencia, negro semblante y montados a lomos de caballos del mismo color, distinguimos una edificación de piedra con dos alturas, portón de doble hoja y amplios ventanales que, hoy por hoy, estoy seguro de que ya no existe en el Toledo de nuestros días. Conozco desde hace muchos años estas callejuelas, me las he pateado en infinidad de ocasiones y esta casa, de haberla visto, dudo mucho que no la recordase. Sin embargo, esa misma casa es nuestro destino, pues ahí vive el pintor.
Apurados por el poco tiempo del que disponemos antes de la llegada del judío y su camarilla, y tras aconsejar a Jerónima que espere escondida junto al bebé, Carlos y yo continuamos andando en dirección a la casa hasta encontrarnos frente a frente con las Entidades negras que la rodean. No las tengo todas conmigo, pero apuesto porque nuestra propia vida nos servirá de escudo contra ellos: la vida es lo que más anhela, echa de menos y respeta un Alma condenada, y más aún cuando no se ha marchado o regresó por cualquier causa o castigo a este mundo. ¡Ya nos ayudó en el primer encuentro con el judío! En cambio, la situación se complica: ¡los jinetes y el propio judío ya están aquí! Sus voces, sus monturas y sus horribles carcajadas resuenan a nuestra espalda y mucho me temo que estamos rodeados… ¡Hemos llegado tarde!
Segundos después, los cascos de un caballo golpean el suelo despacio, acercándose por detrás. La tensión nos imposibilita movernos siquiera para comprobar de quién se trata, aunque tampoco es difícil de adivinar. Enseguida, la testera que protege en el combate la cabeza de un caballo aparece entre Carlos y yo, agobiándonos con los continuos resoplidos del animal. Al mismo tiempo, por delante, los malvados guardianes de la casa se agrupan a poca distancia de nosotros y, por mi espalda, la gélida sensación del acero de una espada comienza a recorrer suavemente mi nuca, mis mejillas, mi cuello…
De reojo consigo ver cómo el judío, todavía a lomos de su montura, blande la espada sobre mí con la rabia de quien quiere hacer sangre y no puede. Pese al terror que produce sentir la hoja de su arma sobre la piel de uno, cada segundo que pasa le delata: por mucho maléfico poder conseguido allí en el averno del cual procede, no es suficiente para arrebatar la vida a una persona, pues no todos los demonios poseen esta macabra facultad y, de tenerla, ya la hubiese puesto en práctica.
Por desgracia, también es cierto que este tipo de Entidades malignas pueden destrozarte mentalmente, y mucho me temo que esta vaya a ser su intención. De propia voz o de pensamiento, queramos o no, en breve le diremos dónde se esconde Jerónima; por mucho que intentemos ocultar su paradero, no somos rivales para el judío. Dentro de poco, Carlos y yo pensaremos lo que él quiera que pensemos y recordaremos lo que él quiera que recordemos. Jugará con nuestras indefensas mentes hasta cansarse. Encontrará nuestro mayor temor, nuestra mayor pena, lo que más asco nos dé, lo que más nos horrorice y, entonces, solo pensaremos en eso; nos martirizará a su antojo. Pero lo peor es que cuanto más tarde en cansarse de jugar, cuanto más tiempo esté dentro de nuestras cabezas y tardemos en traicionar a Jerónima, mayores serán los daños; nuestra cordura depende de un hilo, está en juego y frente a él no tenemos con qué defenderla.
Desmontado ya del caballo, nos empuja con la espada hasta la fachada de la casa del pintor. De cara a la pared, la esperada agresión mental no tarda en dejarse notar. Oigo su voz rebotando brutalmente dentro de mi cabeza y, por el gesto de Carlos, estoy convencido de que él también. (Hoy en día, años después de esta historia de Fantasmas, todavía no he conseguido borrar de mi memoria aquel “¿Dónde está?”, que me susurró este demonio al oído con tanta rabia contenida que podía sentir la saliva de su boca impactar contra mí, mientras sus largas y putrefactas uñas exploraban los bordes inferiores de mis ojos.)
Mejilla contra mejilla, siento la fría sensación del aura del judío quemarme la piel. Su rencor mana a borbotones, abriéndose camino por mi mente hasta conseguir alterar la opinión que tengo de Jerónima; es imposible resistirse y, sin quererlo…, ¡la odio! Intento en vano luchar contra estas nuevas sensaciones, contra este odio hacia Jerónima totalmente distinto a lo que opino de ella. Solo son manipulaciones con el fin de doblegar la barrera que impide a esta maléfica Presencia obtener el paradero de su hija. En cambio, mis intentos por defenderme fracasan y noto cómo el desprecio por el Alma de la mujer e, incluso, también hacia el bebé, gana terreno. Tanta presión ejerce que todo mi cuerpo ahora es un repetitivo espasmo que no deja de tiritar hasta que, lejos de poder detenerlo, caigo al suelo. Tengo poca noción de la realidad; solo siento un dolor en todo mi cuerpo que no me deja respirar. Me ahogo como si esa pregunta de ¿dónde está?, fuese una llave que, cuando se repite, incrementa el dolor y la asfixia. Gracias a Dios, el espeluznante grito de una mujer consigue detener el castigo: ¡Jerónima se está entregando!
Acercándose despacio a la casa, Jerónima aparece de entre la oscuridad donde permanecía escondida. Avanza sin miedo con la cesta en el brazo, erguida, indiferente a la cruel represalia que sin duda la espera. En su gesto puede leerse el orgullo de haber conseguido ser madre pese a todos los impedimentos ocasionados. Noto su mirada buscando mis ojos; es toda una súplica de perdón, un abochornado sentimiento que denota la tristeza por el duro interrogatorio al que su padre nos somete. Una mirada descubierta por uno de los secuaces del judío que, enseguida, gira con sus manos nuestras cabezas, obligándonos a volver a mirar a la pared.
De inmediato, escuchamos la cesta caer bruscamente al suelo, seguido por los lloros del bebé que ha salido despedido de ella, mientras los quejidos de Jerónima denotan estar recibiendo una brutal paliza de manos de su padre. Podemos oír cómo el bastón del judío golpea sin piedad una y otra vez contra su hija sin cesar. Sin embargo, el reflejo del farol que alumbra la puerta de la casa del pintor nos devuelve la imagen del Alma de la mujer, reponiéndose valerosamente de cada golpe, arrastrándose, gateando; por muy fuertes que sean los bastonazos recibidos, ella no deja de luchar por llegar a socorrer a su hijo, obviando el dolor. Ahora, con el fin de detenerla, el pie de una de las Entidades negras cae implacable sobre la cabeza de Jerónima, impidiéndole moverse. Con las puntas de los dedos, que apenas alcanzan a acariciar el pecho del bebé, la mujer trata de calmar su llanto cuando, inesperadamente, el silencio se hace dueño de la calle, dejando escuchar a lo lejos el sonido de unos caballos que al galope se acercan raudos a nosotros.
Segundos después, una grave voz resuena por el lugar clamando a puro grito un —“¡Caballeros, devolvámosles a cachitos al infierno!”—, a la vez que un numeroso número de jinetes se adentran en la calle, decididos a entablar combate contra la camarilla del judío. El ruido de las espadas chocando entre ellas no tarda en escucharse, acompañado de los gritos de rabia, dolor, insultos y maldiciones de todo tipo. La lucha es tan atroz que en un momento la cabeza de la demoníaca Entidad que nos mantenía mirando a la pared rueda decapitada por encima de nuestros pies, en tanto la misma voz grave de antes, advirtiéndonos que no dejemos de mirar a la pared, chillando, nos pregunta qué demonios hacemos nosotros tan lejos de casa.
(No sé si aquel hombre llegó a escuchar mi respuesta. De lo único que tanto Carlos como yo estamos seguros es de que ambos pudimos ver una tela blanca, con una cruz paté roja bordada y mecida por el viento, aparecer por un momento delante de nuestros ojos de entre el polvo de la batalla, al tiempo que la cabeza del Espíritu maligno rodaba por el suelo. Esa tela blanca pertenecía al atuendo que vestía al hombre que, con voz grave y seguramente sorprendido al vernos, quiso saber el motivo de nuestra presencia en ese lugar tan alejado del que verdaderamente nos corresponde.)
Enseguida, en pleno fervor de la batalla, una vez más ese hombre, esa misma voz, vuelve a dejarse oír con el mismo vigor que al principio y un terrible estruendo convertido en un —¡Custodiarla! —retumba de nuevo. A través del reflejo del farol vemos ahora cómo Jerónima, manteniéndose en pie a duras penas, consigue recoger al bebé y, quemando las últimas fuerzas que le deben de quedar, camina tambaleándose hacia la puerta de la casa. Al mismo tiempo, Carlos, asustado, de espaldas a mí y con los brazos extendidos, me empuja para que nos alejemos: un gran agujero se acaba de abrir en el suelo a su lado y, mutilados de mil formas, el judío, toda la camarilla y sus monturas se precipitan por él y justo cuando el horror llega a su punto más álgido, cuando ya resulta imposible ver y aguantar más, todo el jaleo cesa de golpe…
El tiempo parece haberse detenido y la quietud se ha apoderado por completo del lugar. Tras mirarnos, Carlos y yo nos giramos despacio para observar qué sucede. Por la calle no queda ni rastro del combate, del hombre de la voz grave, de las espadas, de Jerónima, ni del agujero que se tragó las Entidades malignas que la atormentaban.
Todo está tranquilo, desierto y en silencio, todo menos la puerta de la casa del pintor. En ella, un hombre de cumplida estatura y pobre de hechuras recoge de la cesta al bebé de Jerónima, sujetándole entre sus brazos. Sorprendido, mira a todos lados como queriendo encontrar a alguien que no ve y, enseguida, baja los tres escalones que le separan de la calle. La busca a ella y la llama repitiendo el nombre de Jerónima a gritos varias veces. Nadie le contesta y a nosotros, aunque tampoco puede vernos, al menos sí se le permite escuchar la voz de Carlos diciéndole:
—Cuídale, es tu hijo, fruto de una gran mujer que, ya difunta, en Alma sacó el coraje suficiente para traértelo, jugándose con ello el eterno calvario.
Tanto Carlos, mi valiente acompañante de esta aventura, como yo, entendimos que la misión había llegado a su fin. Por otras ocasiones en donde me vi fuera del estado espacio-tiempo que me corresponde, intuyo que la manera de regresar a nuestro tiempo es simplemente volver a recorrer las mismas calles por las cuales llegamos a la casa del pintor. Al doblar una esquina o quizás al atravesar un callejón, un puente o cualquier otro punto, el Toledo de 2017 volverá a surgir como si nada hubiese pasado.
Así lo hacemos. Cansados, tratando de digerir todo lo acontecido antes de comentar nada, caminamos por estas callejuelas, sucias, desquebrajadas y hasta malolientes en ocasiones, rumbo a casa. Pero, cuando menos lo esperábamos, una voz llamándonos a gritos surge a nuestra espalda. Al volvernos, vemos que se trata de un hombre acercándose a la carrera, portando algo en la mano. Llegado a nosotros, educado, se presenta como Jorge Manuel, mientras extrañamente nos pregunta si somos Carlos y Antonio. La afirmativa contestación del vigilante le alegra visiblemente. Al parecer, lleva mucho tiempo esperándonos, pues su padre, un antiguo pintor de nombre Doménikos, antes de morir dejó el encargo de que, cuando viniéramos en ayuda de Jerónima y todo acabara, se nos entregase el lienzo que porta en la mano.
Este hombre sabía muy bien que Jerónima fue su madre; conocía su historia, sus muchos sufrimientos y su muerte dentro del convento. De su verdadero final, ya siendo un Alma, nos encargamos Carlos y yo de ponerle al día, dejándole claro lo grande que fue. Jorge Manuel es el bebé por el que tanto luchó Jerónima, y ahora, al caminar de regreso a casa, el tiempo avanza tan veloz que ya hemos llegado al momento en que aquel bebé recién nacido se ha convertido en este hombretón.
Recibido el lienzo, a palabras del hombre, la última obra que pintó su padre y, tras despedirnos, seguimos nuestro camino emocionados. Desconozco cuánto tiempo pasó hasta que un coche de policía del 091, policía de hoy en día, nos mandó parar para preguntarnos si acaso se nos había ido un poquillo la mano con los cubatas, pues por nuestro aspecto y las “s” que veníamos haciendo, la acera se nos estaba quedando peligrosamente estrecha.
¿El lienzo?, pues ahí está, guardado entre Carlos y yo, como un tesoro más recogido en otro de estos casos, en otra de estas particulares e increíbles historias de Fantasmas, que ojalá nunca dejen de encontrarme…
Pero, ahora que lo pienso, ese muchacho, Jorge Manuel, no puede ser el hijo de Jerónima y Doménikos. Los años —los siglos— no coinciden. ¡Es imposible! Y si no era su hijo… ¿Quién era entonces? O, si realmente era aquel niño que vimos recién nacido, ¿habrá sido él quien ha viajado ahora en el tiempo después de muerto? ¿Hemos sido testigos de la aparición de un Espíritu nada más regresar a nuestro tiempo…?
SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO: M-007848/2021.
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