EL ORFANATO ESPERA

Albacete, 18 de agosto de 2010. Los obreros martillean sin cesar el suelo de una céntrica plaza de la ciudad. El ruido y el polvo se vuelven insoportables para los vecinos del barrio de la Feria quienes, sorprendidos, contemplan cómo el pavimento de la plaza salta en pedazos. Los primeros curiosos no tardan en llegar y la noticia comienza a correr de boca en boca al compás del presuroso cierre de puertas y ventanas. La razón de tan endiablado escándalo no es más que la instalación de un novedoso sistema de recogida de residuos, recién adquirido por el ayuntamiento: tres contenedores con un volumen de capacidad de 3 a 5 metros cúbicos quedarán soterrados bajo el suelo de la plaza. 

¡De repente!, el brazo del capataz se levanta y el operario encargado frena de inmediato el martillo hidráulico: desde el interior de la zanja se ha visto salir despedido algo que dista mucho de ser una simple piedra. Segundos después, tras examinar el objeto, la atropellada voz del capataz llama la atención del resto de los obreros:

—¡Tapad, muchachos! ¡Tapad esa zanja! ¡Vamos, echa tierra ahí! ¡José, llama a los guardias!”

Minutos después, un coche de la policía irrumpe en el lugar y al poco se pueden contar por docenas el personal policial, militar y sanitario desplegado en la zona.  Con la plaza ya acordonada, cientos de paisanos se arremolinan alrededor. Asombrados, observan el continuo trasiego de vehículos oficiales, excavadoras y camiones que entran y salen del recinto trabajando a toda prisa.

Llegada la madrugada, ¡por fin!, se conoce la noticia:

¡Se han encontrado varios esqueletos y todo apunta a que aparecerán algunos más!

Diferentes restos óseos enfundados en deteriorados hábitos marrones y otros esqueletos más pequeños, presumiblemente de niños, fueron exhumados en este lugar durante la noche. La versión oficial no se hace esperar: todo apunta a que se trata de los cadáveres de aquellos que habitaron el convento franciscano y el hospicio situados en esta plaza siglos atrás.

A partir de hacerse pública la noticia, los rumores de apariciones Fantasmales vuelan por las calles a la misma velocidad que se conocen nuevos datos acerca de la investigación. Según afirman varios testigos con respecto a estas supuestas apariciones, hay noches en las cuales por la plaza se puede ver caminar despacio a una comitiva de frailes encapuchados, al tiempo que entonan desgarradores cantos que hielan la sangre. Otros aseguran haberse encontrado con un grupo de niños de aspecto demacrado, sucios y vestidos con harapos, jugando en torno a ella en plena noche. Una treintena de niños y niñas que, en cuanto te ven, corren hacia ti para suplicarte que seas su papá o su mamá, mientras tú, aterrorizado por la situación, observas cómo sus pies no llegan a tocar el suelo y su figura se aparece y se desvanece a cada poco. De esta manera me describió Piedad, una joven trabajadora del conocido hotel de Albacete donde estoy hospedado, a estos niños Fantasmas en la primera conversación telefónica mantenida hace ahora unos cuantos días. Vecina de uno de los bloques que rodean la plaza, desde que Piedad trabaja en el turno de tarde y regresa a casa pasada la medianoche, han sido varias las ocasiones en que llegó “acompañada” de tan insólita chiquillería hasta la puerta del portal.

Antes de llegar a esta ciudad de Albacete, la cual, en mi opinión, sorprende para bien, conseguí reunir mucha información acerca de la plaza y, efectivamente, desde el siglo XV hasta finales del XIX en ella existió el denominado monasterio de San Francisco y, al parecer, los maltrechos hábitos encontrados en la excavación datan de este período. También pude averiguar que a mediados de 1801 quedaba clausurado el hospicio infantil, tras ciento veintiséis años de acoger bajo su techo a decenas y decenas de criaturas desamparadas. De acuerdo con lo descrito en los libros de registro de los últimos 53 años de este orfanato, 34 de los 384 niños fallecidos a lo largo de este espacio de tiempo quedaron enterrados bajo las ruinas del hospicio, mientras que del resto de los cadáveres no figura mención alguna sobre su paradero. Con respecto a los frailes, su funesto destino hizo que todos ellos murieran abrasados en un fatal incendio acaecido en la cocina durante la preparación de la cena de Navidad…

Albacete, 11 de febrero de 2020. Apenas terminan de dar las doce de la noche en el reloj y la oscuridad, cerrada a más no poder, ya se cierne sobre la ciudad. Piedad y yo acabamos de llegar a la plaza en donde los extraños niños parecen acompañarla hasta el portal. Me resulta más grande de lo esperado y, como es lógico, a estas horas ya se encuentra completamente desierta; ni tan siquiera se ven los típicos gatos en busca de sustento. Tampoco es extraño; el frío es intenso y todo apunta a que la lluvia no tardará en hacer acto de presencia. Después de varios segundos de pie, tranquilos, observando el desolado lugar en completo silencio, comenzamos a caminar a la par que la grabadora también empieza a recoger los ruidos del lugar.

Aunque desde luego no es la noche ideal para andar por la calle a estas horas, en principio el paseo resulta más agradable de lo esperado. La plaza está bien iluminada y nada presagia que vayamos a presenciar algún episodio de Fantasmas. Hasta ahora todo es de lo más normal; todo se presenta de la misma forma que cualquier otra plaza de barrio al acabar el día: las papeleras a rebosar, colillas por doquier, montones de cáscaras de pipas y envoltorios vacíos en torno a unos bancos de pisoteados asientos, y numerosas latas de refrescos o cervezas olvidadas debajo de los mismos, dan fe de su animada concurrencia durante las últimas horas.  A veces, eso sí, algún repentino e inocente sonido rompe fugazmente el silencio y el inevitable sobresalto nos pone en alerta. Sin embargo, enseguida la calma vuelve a dejarse notar de tal modo que ni siquiera Piedad y yo comentamos el hecho. A poco de concluir la primera vuelta a la plaza, noto cómo el aire mece con suavidad los árboles casi desnudos de hojas. Es buen momento para detenernos y escuchar lo recogido hasta ahora en la grabadora, sentándonos en un banco cercano relativamente limpio. La temblorosa voz de Piedad, la mía y los anteriores sonidos ya mencionados son los únicos registrados; a simple vista, nada de lo grabado es extraño, todos son ruidos mundanos del todo explicables.

La segunda vuelta a la plaza la realizamos aún con más calma. Caminamos despacio y Piedad, quien parece haber superado la primera impresión tras nuestro “aterrizaje” en este lugar de las apariciones, habla ahora de forma distendida. La conversación se vuelve tan animada e interesante que damos varias vueltas antes de volver a reproducir la nueva grabación. De entrada, se repite el resultado anterior: nuestras voces, el sonido del aire agitando las ramas de los árboles, alguna persiana al cerrarse bruscamente y poco más. Pero de pronto, un —¿me puedo ir con vosotros?— que pone los pelos de punta surge de repente. ¡Es la voz de un niño! El clamor de angustia de un chiquillo que más parece suplicar que preguntar. Sin duda, hemos ido a cortar la grabación en el peor momento: la voz surge casi a la vez que la grabadora se detiene. Animados por el hecho, retomamos el paseo prestando más atención si cabe a cuanto ocurre a nuestro alrededor.  

Ahora, algo está distinto en la plaza. Aunque pudiese parecer que lo que percibimos en este nuevo paseo fuese fruto de nuestra propia sugestión, no es así; ha cambiado. El aire se advierte más cargado y las luces de las farolas, visiblemente debilitadas, dejan en manos de la oscuridad partes de la plaza bien iluminadas momentos antes. El evidente cambio de panorama inquieta de nuevo a Piedad: noto su mano agarrar la manga de mi abrigo, mientras un olor tan fuerte y tan desagradable que roza lo nauseabundo llega hasta nosotros. Para mayor despropósito, la lluvia se une a la fiesta y, en cuestión de segundos, las primeras gotas, tras un aparatoso trueno que retumba a placer entre los edificios, dejan paso a un fuerte aguacero difícil de soportar y que nos obliga a resguardarnos bajo la pequeña marquesina de un comercio. Sorprendidos por esta inexplicable tormenta en pleno mes de febrero, tratamos de sacudirnos la gran cantidad de agua que en cuestión de un momento nos ha empapado. En apenas segundos el suelo es ya un gran reguero cuyo caudal no para de crecer, y si la lluvia no se detiene pronto, en breve toda la plaza será un lodazal prácticamente intransitable. Es extraño, la tierra de alrededor de los árboles no es ni mucho menos suficiente para convertir el pavimentado suelo de la plaza en el barrizal que se está formando. Resignados, habremos de esperar a que la tormenta amaine.

Apoyados sobre el cierre de la tienda bajo cuya marquesina permanecemos resguardados, me vienen a la mente situaciones de este tipo vividas con anterioridad. Sin embargo, esta aventura de Fantasmas que compartimos ahora Piedad y yo, dista mucho de parecerse a aquellas otras acontecidas no hace mucho tiempo y en donde, por ejemplo, en una plaza parecida a esta, el tiempo retrocedió de forma incomprensible a una época pasada solo para que pudiéramos escuchar y atender las peticiones del Alma de un antiguo escritor. Aquí, de momento, solo hemos retrocedido varios pasos atrás para que la lluvia no nos salpique; seguimos en el mismo día que estábamos y los mismos edificios, los mismos árboles y las mismas papeleras de nuestro tiempo continúan estando ahí, impasibles frente a nosotros.

Aburrido por la espera, me siento en el suelo y Piedad, al verme, imita el gesto. El refugio es pequeño y las gotas de lluvia, obstinadas en salpicarnos, nos acorralan hombro con hombro en un reducido espacio. Varios segundos después, la muchacha apoya su mano sobre la mía, a la vez que despacio gira la cabeza para mirarme. Está pálida, su cuerpo tirita y con la mirada trata de decirme lo que su boca no es capaz de pronunciar. ¡Hay otras dos piernas justo al lado de las suyas! Son unas piernas cortas, desnudas de rodilla para abajo, que estiradas al lado de las de la muchacha exhiben marcados arañazos, costras e inquietantes heridas que, si no están ya infestadas, poco les queda. El mismo cuerpo de Piedad esconde el torso, la cabeza y los brazos de un niño bastante extraño. Un niño a quien delata la cada vez más apreciable oscilación de sus piernas; esa típica oscilación que de manera tajante avisa que…

¡Hay un Fantasma al lado de Piedad!

¡Puede ser el Alma de uno de esos niños con quienes la muchacha asegura encontrarse algunas noches de camino a casa! Quizás sea el mismo niño cuya voz hemos escuchado durante la grabación, quien, decidido a venirse con nosotros, quiera mostrarse ahora sin reparo. Trato de calmar a Piedad agarrando su mano, pero la respuesta no es nada halagüeña: aparenta estar cerca de derrumbarse; la presión puede con ella y ante tal circunstancia decido dar por terminada esta noche de investigación sobre el terreno. Es comprensible y, al mismo tiempo, la retirada a tiempo es siempre la mejor opción: tener un Fantasma sentado a tu lado no es para nada algo sencillo de soportar y más aún si es la primera vez que vives algo así. En cambio, al hacer el ademán de levantarme del suelo, ella misma me retiene y, cerrando los ojos, con un gesto de su cabeza me indica que prefiere continuar.

Ajena al estado de la joven, la misma voz captada por la grabadora vuelve a dejarse oír. La escuchamos muy próxima a nosotros, tan próxima que…, ¡es el Espíritu del niño sentado al lado de Piedad quien habla! Es una voz infantil, aguda y tan penetrante en ocasiones, que parece surgir de nuestras propias cabezas. El niño, inquieto, quiere saber si vamos a tardar mucho en marcharnos; desea irse de aquí cuanto antes y persiste una y otra vez en ello, repitiendo de continuo la palabra “vámonos”. Insiste tantas veces y con tal énfasis, que el prolongado e intenso eco que genera su voz llega a resultar complicado de aguantar. Además, no da tiempo a contestar e, incluso, trata de convencernos advirtiéndonos del enojo que vamos a causar a las cuidadoras si nos descubren. No les gusta nada que los futuros papás que vienen al orfanato en busca de un niño hagan caso omiso a la advertencia de no pasar a las zonas privadas del centro. Se enfadan mucho y lo pagan con ellos, con los niños, al considerarles responsables de conducir a los adultos hasta alguna de ellas. Esta parte de la plaza donde permanecemos sentados, al parecer, debía de entrar dentro de esas zonas prohibidas del orfanato.

Aprovechando un segundo de calma, consigo ser yo ahora quien pregunte en dónde estamos exactamente. Al instante, las misteriosas piernas se mueven deprisa y la figura de un niño terriblemente delgado aparece frente a nosotros. Su aspecto es tan penoso que corta de cuajo el aliento. Sus ropas se asemejan a un saco abierto por ambos lados y su figura, rodeada de un halo de varios colores, oscila al compás de sus movimientos de un lado a otro, tratando de describirnos el lugar, indiferente por completo a la fuerte impresión que origina su presencia. Seguro de sí, sostiene que nos encontramos dentro de un recinto separado del patio de juegos por una alambrada. Estamos, al parecer, en la zona del orfanato más respetada y temida por todos los niños.

Lejos de disimular cuánto disfruta con la explicación, ahora nos señala con el dedo un punto a poca distancia de nosotros en donde afirma que se ubica la enfermería u hospital: un pequeño y ruinoso caserón de dos plantas anexo al orfanato que, por supuesto, ni Piedad ni yo vemos por ningún lado. Visiblemente intimidado por la supuesta enfermería, nos confiesa que es un lugar al que siempre le tuvo miedo: es un sitio extraño y misterioso, al cual infinidad de veces se les advirtió que los niños no podían entrar sin la compañía de un cuidador o docente autorizado, ni siquiera cuando se sintiesen enfermos. Su acceso queda reservado solo a un reducido grupo del personal del orfanato, y rara es la vez que algún niño es atendido en ella.

Cuando alguno de sus compañeros cae malo o sufre un accidente fuerte, siempre es el médico quien enseguida acude al centro. A los niños nunca se les conduce directamente a la enfermería y mucho menos cuando se trata de curar pequeñas heridas, cortes y demás, pues de eso ya se encargan las cuidadoras de atenderlas en el botiquín del propio orfanato. En caso de afecciones graves, es únicamente el médico quien tiene potestad para autorizar el traslado, tras, según lo describe el Alma de este chaval, un irrisorio reconocimiento del paciente que nunca considera necesaria la hospitalización del paciente. Por alguna desconocida razón, el doctor siempre trata de evitar el traslado de cualquiera de ellos a la enfermería; solo lo autoriza cuando ve que el niño ya está más muerto que vivo y entonces, en la mayoría de las ocasiones, ya tampoco se lleva a cabo por ser demasiado tarde.

Al Alma de este niño que nos habla sin descanso le gusta que el doctor actúe de este modo: él no iría a la enfermería por nada del mundo, le aterra la idea solo de pensarlo y, por eso, nunca se queja de ningún dolor ni comenta con nadie sentirse mal, aunque los retortijones de tripa muchas noches no le dejen dormir.

Sin embargo, algunas veces son los propios enfermeros quienes irrumpen de repente en el patio de juegos. Decididos y de muy malos modos, buscan entre todos los niños a uno en concreto con el fin de llevarlo al caserón de la enfermería. Ese instante, ese momento cuando ven llegar a los enfermeros tratando de localizar al niño “elegido”, reconoce que es algo terrible para todos ellos. ¡Ninguno de sus amiguitos puede cenar o dormir esa noche! Tanto temor le suscita esa situación, que ahora mismo Piedad y yo notamos cómo la oscilación de esta Alma tiembla de miedo según revive aquellos momentos. Se emociona, se enfurece y los alegres colores del aura que le rodea parecen apagarse al relatar cómo todos los chiquillos corrían aterrorizados huyendo de los enfermeros. Desconcertados, intentaban escapar de ellos en un patio de juegos convertido en una jaula sin salida, en tanto sus maestros y cuidadoras permanecían impasibles, en silencio y mirando al suelo sin prestarles ningún tipo de socorro; incluso, algunos de estos se daban la vuelta para no ver lo que ocurría, como si así pretendiesen preservar sus cobardes conciencias. Los niños trataban de escapar hasta hacerse conscientes de que en el patio no había lugar por donde huir y que, al final, su única oportunidad pasaba por tratar de protegerse agrupándose unos junto a otros y defendiéndose a golpes.

Se decía en el orfanato que una de las maestras ensordeció y murió de pena asegurando que, entre los gritos, puñetazos, patadas, arañazos, mordiscos y demás barbaridades con los que los críos trataban de ayudarse, había podido oír por encima de tanta furia y lamentos desatados el agónico y mental ruego de los niños implorando el amparo de la Virgen María. La maestra falleció sorda de ambos oídos y convencida de haber sido castigada por la Virgen al no correr al auxilio de los niños. Tres meses después de aquel suceso, de aquella brutal irrupción de los enfermeros en el patio, ella aseguró en su lecho de muerte que en sus oídos solo se repetían una y otra vez aquellos angustiosos lamentos de los niños suplicando ayuda. Desde aquel día no había vuelto a oír otro sonido que no fuese el espantoso ruego de auxilio de los niños.

Pero lo más triste para este Espíritu era que, tras un rato de encolerizada lucha contra los enfermeros, siempre, en todas las ocasiones, los malos ganaban y se hacían con el niño “elegido”; los malvados hombres de bata blanca se salían con la suya. Ninguno de esos niños arrastrados hasta la enfermería jamás regresó de ella. Nunca más los volvieron a ver. Nunca, hasta que una tarde fue a él, a este chaval cuya Alma nos acompaña, a quien los enfermeros vinieron a buscar al patio. Fue ahí cuando, entonces, después de pasar días atado a una cama, después de muchas inyecciones, de sentirse cansado, mareado e incapaz de abrir los ojos y tras escuchar vagamente comentarios sobre un nuevo tratamiento para dotar a los niños de unas facultades físicas inagotables, de repente, vio como una preciosa luz blanca le envolvía despacio. Salvo esa luz, todo a su alrededor se había quedado a oscuras, el silencio era absoluto y el frío, el más intenso de todos. Nunca antes había sentido tanto frío y, además, se asustó al notar cómo desde lo más profundo de sus entrañas algo poco a poco se elevaba dejando atrás su propio cuerpo.

No sabía qué ocurría… ¡Era él! ¡Era él saliendo de sí mismo! No importaba el que aún siguiera atado, ¡daba igual!, escapaba flotando por el aire. Se liberaba hasta el punto de mirar hacia abajo y ver su propio cuerpo, ¡ahí!, tumbado sobre esa camilla, inmóvil, con los ojos cerrados. ¡La luz blanca le hacía volar! No tenía dolores, ni cansancio ni sueño; ¡se encontraba mejor que nunca! Con suma delicadeza y sin apenas darse cuenta, la luz le condujo de nuevo hasta el patio de juegos. A ese mismo patio de juegos del orfanato, pero en donde ahora todos aquellos amiguitos que habían desaparecido tras la puerta de la enfermería le estaban esperando. ¡Estaban ahí! ¡Ellos también habían regresado!

Tras una pequeña pausa en la cual pudimos notar cómo se hundía en la tristeza, el Alma del niño continuó con su singular relato de forma mucho más tranquila y hasta entrecortada por la congoja en ocasiones. Para él fue una lástima: ¡si la luz blanca hubiese tardado un ratito más en aparecer…, seguramente la señorita Catalina ahora estaría también con ellos! Solo segundos después de que esa luz le reuniera de nuevo con sus amiguitos desaparecidos en el patio de juego, comenzó a escuchar una voz. Una voz lejana, pero inconfundible: ¡era la señorita Catalina llamándole sin parar! No entendía nada: ella no dejaba de insistir en que se despertara cuando él ya estaba despierto. No le oía y, aunque él tampoco la veía a ella, la escuchaba prometerle que si no se marchaba, le llevaría corriendo junto a los frailes del convento ubicado justo al lado del orfanato.

Allí le cuidarían, como ya lo hacen con otros niños que ella consiguió entregarles antes de ser elegidos para pasar por la enfermería. La notaba nerviosa para lo tranquila que siempre se mostraba con todos ellos. Pero lo más preocupante para el Alma de este chaval fue el hecho de que segundos antes de dejar de oírla, la señorita Catalina rompiese a llorar y a gritar desconsolada. No comprendía por qué, de pronto, ella se echaba la culpa de su muerte cuando él continuaba allí. ¡Él estaba vivo! ¡No se había ido a ningún lado! Incluso, había encontrado a sus amiguitos, a aquellos niños desaparecidos, y, ¡por supuesto!, ¡cómo no iba a recordar todas aquellas ocasiones en que ella les prometió que estaría a su lado siempre que la necesitasen!

Para él, la señorita Catalina es una profesora muy especial; es la preferida de todos los niños del orfanato. Les enseña a leer, a escribir, un montón de juegos divertidos y, prácticamente, pasa el día con ellos. Además, sabe hacer magia de la buena y cuando ocurre algo malo, enseguida llama a su amiga la Virgencita María para que les ayude, porque…, ¡ellas dos hablan todos los días! A él también le gustaría poder hablar con la Virgencita. Todas las mañanas y todas las noches lo intenta. La reza, le cuenta cosas, le pide unos papás y, a pesar de que no le contesta, él nunca pierde la esperanza de que cualquier noche vendrá, le arropará en la cama y pasarán horas hablando y riéndose. Sin embargo, la señorita Catalina sabe muchos trucos para avisarla y que la Virgencita conozca el motivo de la llamada sin decírselo. Por ejemplo, cuando un niño se pone muy malito enseguida la avisa para que ella se lo lleve a ese lugar secreto donde cura a todos los niños. Para ello, solo hay que jugar al “Corro de la Virgen” y, al poco, los querubines encargados de recoger a los niños enfermos vienen en su busca.

El “Corro de la Virgen” es un juego muy sencillo: para jugarlo, tienen que salir todos al patio de juegos y formar un corro alrededor del compañero enfermo. Luego, cuando la señorita Catalina grita: —¡A girar! —todos, ¡cómo locos y cogidos de la mano!, comienzan a dar vueltas y vueltas recorriendo el patio de un lado para otro, hasta que, una vez llegados junto a la pared que comparten el orfanato y el convento, la señorita Catalina, recitando una clave secreta, manda que el círculo se cierre hasta que todas las cabezas de los niños se toquen unas con otras mirando al suelo. La señorita y el niño enfermo se quedan en el centro del corro, de rodillas, resguardados entre el resto de los chavales. Entonces, ¡por arte de magia!, los niños ven como en la tapia del convento aparece de repente un agujero y enseguida, una mano, la mano del querubín de la Virgencita recubierta de una tela marrón, sale de ese agujero, recoge al niño enfermo y se lo lleva. Ninguno de ellos se mueve hasta que el agujero de la tapia se vuelve a cerrar. ¡Los querubines se lo han llevado y la Virgencita María le va a curar! Todos se ponen muy contentos porque, también, cuando el niño ya esté recuperado, los querubines le llevarán hasta una casa muy bonita donde unos papás muy buenos le cuidarán y le querrán mucho.

¡Nadie más que los niños y la señorita Catalina conocía ni podía saber nada acerca de ese juego! Aunque siempre jugaban a muchas cosas con ella, al “Corro de la Virgen” solo se jugaba de vez en cuando. La última vez, recuerda que él estaba tan tranquilo cogiendo hormigas, cuando, ¡de pronto!, vio como ella salía al patio corriendo con una niña en brazos y recitando a voces las palabras que anunciaban el comienzo del juego:

— El corro de la Virgen se cierra dando vueltas,

Y aquel que no dé vueltas…—

¡De repente!, el Alma del niño deja de hablar para prestar atención a cómo otra voz, a mi espalda, termina de recitar esas palabras, ese canto con el cual todos los niños enseguida se daban las manos para formar el “corro de la virgen”…

— y aquel que no dé vueltas,

se quedará fuera…

Sorprendido y sin moverme, veo a Piedad aproximarse despacio hacia el Alma del niño, canturreando las estrofas que dan comienzo al juego. A la vez, como si de una pura invocación se tratara, otras almas, también de niños, se aparecen al compás de su voz desde todos los rincones de la plaza…

 ¡Las almas de los niños del orfanato se nos están apareciendo!

Alrededor de una treintena de niñas y niños difuntos, con los rasgos tan marcados por la hambruna y el sufrimiento que hundirían la moral de cualquiera que los viese, se acercan a la carrera, obviando mi estática presencia, deseosos de unirse al corro encabezado por Piedad. Una muchacha de nombre Piedad que ahora, sin que yo pueda explicarles ni el porqué ni el cómo, ha dejado de ser la misma: ¡algo ha cambiado en su aspecto! Sí, es ella, no cabe duda, pero ni mucho menos es la joven que conocí en el hotel. Esa muchacha de nombre Piedad en este momento es, o mejor sería decir, vuelve a ser de nuevo, la señorita Catalina, como así la llaman al abrazarla las almas de los niños que felices se están reencontrando con ella. Entre gritos y carcajadas, giran y giran por un patio cuyas partes menciona Piedad, indicándoles la dirección a seguir y que, ¡por supuesto!, yo no veo. Llegados al otro extremo de la plaza, Piedad grita unas palabras que no consigo entender y todos los niños y niñas dejan de dar vueltas y cierran el corro sin soltarse de las manos. Apenas un segundo después, una mano, cubierta con un hábito marrón, surge de la nada. Con sumo cuidado, la misteriosa mano se acerca despacio hasta quedar entrelazada con la de uno de los niños, en cuyo rostro brota de repente una preciosa sonrisa que estremece. En la mayor paz y tranquilidad que he podido sentir nunca, contemplo a esos cerca de treinta niños, en fila, cogidos de la mano y felices por emprender su próximo destino, desaparecer uno a uno a través de esa nada.

En el supuesto patio ya solo quedamos Piedad y yo. Ella permanece arrodillada y cabizbaja, y entiendo que lo mejor será dejarla sola el tiempo que necesite. Si recuerda lo ocurrido, sin duda debe de estar muy desconcertada y, como es lógico, necesitará su tiempo. Pasados unos minutos, al verme, enseguida se acerca. Lejos de estar alterada, nerviosa o confundida, camina tranquila y decidida como si no le extrañase lo que acaba de vivir. La explicación a esta actitud la encuentro cuando ya solo nos separan unos cuantos pasos: ¡no es Piedad, sino la señorita Catalina quien camina hacia mí! Tienen la misma cara, la misma estatura, diría yo, el mismo color de cabello, aunque Catalina lo lleve recogido y Piedad luzca una cuidada melena. ¡Es impresionante! Ellas dos son la misma, sí, pero son la misma en vidas diferentes, en tiempos distintos. ¡Una es la reencarnación de la otra!…

Ya en casa, año y pico después de esta experiencia tan maravillosa, recuerdo cuando la señorita Catalina llegó hasta mí y con voz emocionada me dijo aquel —“Perdona, se lo debía a los niños” —tan imposible de olvidar. Ahí lo entendí todo. En vida ella les prometió que nunca los abandonaría y los niños, seguros de que cumpliría su promesa, la esperaron y la esperaron durante años después de muertos en ese supuesto desaparecido orfanato. La esperaron convencidos de que ella los encontraría y junto a la Virgencita María y sus querubines los llevaría a todos hasta una casa muy bonita con unos papás muy buenos.  

Al retomar Piedad el control y su aspecto natural, apenas intercambiamos palabras. ¡Tampoco hacía falta! Los dos sabíamos lo ocurrido. Entendimos que los niños, junto a los frailes que les esperaban, por fin siguieron ese camino que a todos nos espera después de morir, y ya, con eso, sobraba cualquier otro comentario. Hoy en día, ambos todavía mantenemos una agradable amistad y debatimos a menudo acerca del mundo de los Espíritus, un mundo al cual, después de esta aventura, se decidió a profundizar y a conocer a conciencia. Quiere ayudar a todas esas almas atrapadas o reacias a dejar este mundo a continuar con su destino, como así lo hizo aquella noche, cuando el destino la llevó a vivir su propia historia de Fantasmas.


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