
El siguiente texto que a continuación les presento está basado en la experiencia vivida por dos hombres hace pocas semanas, cuya única pretensión es narrar una simple historia de fantasmas. En ningún caso pretende hacer apología ni criticar idea política alguna; mucho menos, intenta juzgar nada. Tan solo es otro inquietante caso de extrañas apariciones en el interior de una antigua casona, situada en un solitario pinar.
Doce de enero de dos mil dieciséis. A consecuencia de la nevada del día anterior, la carretera se hace difícil de transitar. Aunque la noche cerrada la complica más todavía, esto no me preocupa, pues la conozco bien; conduce al pueblo en el que he disfrutado de muchos veranos a lo largo de mi vida. Tres kilómetros antes de llegar a él, se encuentra nuestro destino: una antigua colonia de chalets diseñada para millonarios, casi oculta en el interior de un pinar.
Desde el control de acceso, donde un vigilante se encarga de controlar a todo el que entra o sale, todavía hemos de recorrer un par de kilómetros más por dentro de la urbanización. Distancia suficiente para comprobar lo mucho que ha cambiado; el tiempo ha hecho verdaderos estragos en ella. Parte de aquellas fantásticas casas son ahora amasijos de tejas, ladrillos y cemento desparramados por el suelo, en tanto que la vegetación se ha dedicado a invadir las antiguas calles y jardines campando a sus anchas. ¡Qué recuerdos! Cuando era chaval, la pandilla de amigos nos colábamos en este recinto, prohibido a toda persona ajena, con la única intención de conseguir ver de cerca a uno de esos nazis de los que tanto leíamos. Según se rumoreaba, un nutrido grupo de oficiales de la antigua “SS” vinieron a esconderse aquí al terminar la Segunda Guerra Mundial. Nunca pudimos dar fe de ello, no obstante, en el caso de ser descubiertos por los guardas de seguridad, corríamos temerosos al pinar a través del cual habíamos entrado con el fin de no dejarnos atrapar. La fascinante imaginación de la niñez nos hacía creer que, si caíamos en manos de los vigilantes, para nosotros, asalariados al servicio de los nazis, acabaríamos presos en algún campo de concentración. Así, quitándonos de en medio, su oscuro pasado seguiría a salvo.
Todo comenzó hace apenas una semana. El horrible sonido del teléfono terminó de lleno con esa inspiración que, desde bien temprano, me ayudaba a redactar mis escritos de forma ligera. Malhumorado, decidí contestar: no escuché nada; nadie hablaba y solo se oía el típico silencio que incita a colgar de forma grosera. De sopetón, un lejano susurro rompió el mutismo: un nombre con sus dos apellidos surgió de repente y, con ello, mi enfado dejó paso a la sorpresa. Enrique… Sabía quién era. A este señor se le consideraba como un economista de prestigio. En alguna ocasión, he leído sus predicciones y consejos a la hora de invertir e incluso, también le he visto en programas de televisión, pero, aun así, era incapaz de ponerle cara. Tras varios minutos de razones y pretextos, consiguió que nos viéramos esa misma tarde. Acabada la conversación, mis dedos teclearon su nombre en el ordenador y enseguida varias fotografías suyas ocuparon la pantalla. Por debajo, una amplia biografía resolvió la duda: Enrique…, reconocido financiero español ya retirado, cuya dedicación y prestigio lo condujo a gestionar buena parte de las grandes cuentas mundiales.
Pocas horas más tarde, caminaba en dirección al lugar acordado: una conocida cafetería situada en el centro de Madrid y con fama de estar solo al alcance de gente adinerada. Si bien odio eso de tener que cambiar la agenda en el último instante, no tuve otro remedio: su voz y la tenaz insistencia por vernos cuanto antes me inquietaron. Sin conocerlo, lo noté angustiado.
Llegué el último. Allí estaba, sentado en la mesa referida durante nuestra conversación telefónica. Antes de acercarme, preferí observarlo. La verdad, su aspecto sorprendía: pasado de kilos, llamaba la atención el ostensible cansancio marcado en el rostro y la descuidada barba blanca. Pocos imaginarían que este hombre, tiempo atrás, fuese uno de los mayores inversores de nuestro país en el extranjero y, desde luego, poca similitud tenía con la imagen vista en internet. Más bien, asemejaba ser un pobre indigente vestido con un ropaje sobrado de años de uso. A pesar del calor existente en la cafetería, atestada de clientes y con los camareros desbordados por el trabajo, él no se había despojado del viejo abrigo negro de cachemir que portaba. Al verme, hizo ademán de ponerse en pie, mientras sus labios trataban de esbozar algo parecido a una sonrisa. La taza de café a poco de terminar, un plato de postre con restos de algún apetitoso dulce y varios sobrecitos de azúcar esparcidos dentro del cenicero, delataban la prontitud con la que debió acudir a nuestra cita.
Apenas dos palabras de saludo bastaron de preámbulo antes de acometer la cuestión de nuestro apresurado encuentro. Desde hacía años trabajaba en la idea de reformar la antigua residencia de sus abuelos: una vieja casona situada en el interior de un pinar, justo en la zona menos poblada de una urbanización cuya antigüedad se remonta a principios de los años cuarenta. Le apetecía convertirla en el refugio donde escabullirse del mundo durante largas temporadas. Una vez jubilado, quiso hacer realidad su ilusión; sin embargo, al parecer, le resulta imposible pasar otra noche más en ella. Al llegar a este punto de la conversación, noté su mirada hundirse en la segunda taza de café. Un leve gesto de contradicción que delató la existencia de una contrariedad incapaz de resolver por sí solo. Tanto le embargó la tristeza que una lágrima le recorrió la mejilla. De repente, sentí su mano sobre la mía, la mirada clavada en mis ojos y su voz, susurrante y firme a la vez, sonó tajante:
—¡Tiene usted que ayudarme! En la familia hubo quien cometió errores muy graves, y aun los estamos pagando.
A partir de ahí, la conversación surgió de un modo distinto. Libre del peso que le suponía tratar de disimular tal amargura, pasó, de forma menos protocolaria, a describir el problema. Un problema que, en boca de Enrique, de veras sonaba a tragedia. Después de muchos meses de solicitud de licencias, permisos, reformas, esperas, discusiones y continuos desembolsos, llegó el día. ¡Por fin!, la casa disponía de las condiciones necesarias para instalarse en ella. Por otro lado, su organización interior, dada la cantidad de muebles y demás objetos acumulados allí durante años, requería de una dedicación completa; lo idóneo, sin duda, era alojarse allí para poder hacer frente a tan laboriosa faena.
En la primera semana, aun cuando la tarea únicamente consistía en tirar y tirar cosas inservibles, los muchos viajes de la casona al basurero terminaron por agotarlo; el domingo fue incapaz de retomar la labor. Resignado al cansancio, dedicó la jornada a algo que ya desde niño ansiaba poder realizar: husmear a placer por el despacho de su abuelo. Le atraía desvelar los misterios de una estancia, a la cual siempre se le estuvo prohibida la entrada. Durante la niñez se ganó buenos tirones de orejas solo por el hecho de agarrar el pomo de la puerta. En cuanto a su abuelo, persona nada cariñosa, nunca supo la profesión que ejercía. Nadie le pudo confirmar de qué manera obtenía los ingresos capaces de sostener aquella casona, los prestigiosos colegios internos de sus hijos y esa vida tan acomodada, en una época donde la hambruna y la falta de trabajo hacían estragos. Algo sí podía asegurar acerca de esta desconocida ocupación: generaba gran cantidad de documentos. Infinidad de ellos, entre los cuales encontró bastantes redactados en lengua alemana, abarrotaban las repisas. En definitiva, pasó un domingo agradable: revolvió el despacho de arriba abajo, quitó mucho papel del medio y encontró cosas como viejas estilográficas, libros y otros útiles de escritorio que, para alguien aficionado a coleccionar objetos antiguos, estos hallazgos resultaban apasionantes.
Todo marchaba bien. Pero todo cambiaría con la llegada de la noche: un cajón, escondido en el lateral izquierdo de la mesa, apareció de improviso. Un resorte que horas más tarde acertó a encontrar, abría el escondite de una antigua caja de caudales de complicada apertura si, como era el caso, no viene acompañada de la llave correspondiente. Intentar forzar ese recio bloque de hierro eran ganas de perder el tiempo. Buscar entre las pertenencias personales encontradas por la policía en los cadáveres de sus abuelos, podría ser más productivo. Ambos fueron hallados muertos luego de quitarse la vida en un suicidio de común acuerdo. ¿La razón?, nunca se supo. Tampoco entendió por qué esa casa, tras este atroz suicidio, quedó cerrada sin que ni sus padres ni nadie volvieran a querer entrar en ella. Ahora, creía haber encontrado la explicación. Nunca se hubiera imaginado el problema, al cual su curiosidad lo estaba empujando al incitarle a saber que se escondía dentro de la caja. Efectivamente, la llave capaz de desvelar el misterio colgaba de la cadenilla de un reloj de bolsillo que dio por supuesto sería del abuelo. Sentado en la silla principal del despacho, procedió a abrir la caja. Media docena de fotografías del rostro de cuatro hombres y dos mujeres, además de varios documentos de identidad españoles recién impresos, eran todo el contenido. Pero fue al mirar estos documentos por segunda vez, cuando el asombrado financiero reaccionó. Los rostros, las caras impresas en esa documentación, coincidían con la imagen de las personas aparecidas en las seis fotografías también halladas en la caja, con una particularidad: esas personas habían variado su aspecto a la hora de plasmar su imagen en la documentación. Barbas, bigotes, tintes y los cabellos cortados y peinados con estilos distintos, transformaban su apariencia real. Además, horrorizado, comprobó como en las seis fotografías todos ellos, con aspecto sonriente y orgulloso, lucían el uniforme de las “SS” alemanas.
¡Eran nazis!
¡De pronto la puerta del despacho se cerró de golpe, las luces se apagaron y una gélida sensación invadió la habitación!
Alguien le acompañaba. Notó su presencia…
Fuese quién fuese, debía estar muy cerca de él. Desde poco después de encontrar la caja, Enrique ya tenía la sensación de no estar solo. Sensación que fue transformándose poco a poco en un inquietante amasijo de sombras y puntos brillantes al final del despacho que vigilante e inmóvil, le observaba con atención. Al momento, esa mezcla de luces y sombras comenzó a acercarse: cientos de diminutos destellos sobre un marcado tono oscuro fueron componiéndose hasta formar la imagen de seis figuras humanas que fugazmente aparecieron al otro lado de la mesa. ¡No lo podía creer! Bajo esas sombras y luces se ocultaban varias entidades distintas. Eran breves destellos luminosos, capaces de revolotear por delante de él con total naturalidad. Algunos permanecieron inmóviles, el resto oscilaban nerviosos por todo el despacho. Enrique no podía moverse ni articular palabra; tampoco conseguía entender nada. Quieto, esperó a que tales destellos decidieran marcharse. Unos minutos después, desaparecieron de golpe.
Las lámparas volvieron a iluminar la casa con la misma intriga que se fue; pero la tranquilidad de los últimos días nunca volvió a ser la misma. A partir de ese domingo el ambiente de la casona cambió: parecía como si, a ratos, albergara el incesante trajín de gente deambulando por ella; sin embargo, él era el único habitante de la casa. Puertas cerrándose de golpe, cajones que se abrían hasta caer al suelo, asientos de sillones hundidos durante horas, objetos que regresaban a casa procedentes del basurero, junto a libros, papeles y otro tipo de documentos aparecidos de manera inexplicable encima de las mesas, vinieron a convertirse en una rutina que imposibilitaba vivir allí con tranquilidad. Ya no hacía falta estar a oscuras para distinguir otros destellos similares a los aparecidos en el despacho, a cualquier hora, con luz o a oscuras, podían apreciarse en cualquier punto de la casa. Asimismo, un constante murmullo acompañaba a estas luminiscencias en el instante de aparecerse. En el ambiente, un continuo susurro entonado por agónicas voces, se escuchaba por la casa suplicando algo que fue incapaz de entender.
Aquel día, sentado en esa abarrotada cafetería, aseguró encontrarse muy dolido por haber presentado tan poca batalla. Pensaba que tal vez, si le hubiera puesto más valor, hoy el problema estaría resuelto y nada le impediría cumplir su deseo de vivir en la casona. Por eso, al escuchar hablar de mí y de la profesión a la cual me dedico, no dudó en ponerse en contacto conmigo.
Ahora, recién llegados a la casa, me detuve un momento a observar la fachada; creo que nadie pensaría que un suceso semejante a lo ocurrido a Enrique podía acontecer allí dentro. Al entrar, lo noté nervioso. Le costó encajar la llave en la cerradura y cuando fue a empujar la puerta lo hizo despacio, seguramente temeroso de ser sorprendido por algún nuevo “sobresalto.” Un modesto recibidor daba paso a un amplio salón: cuatro espectaculares vitrinas, situadas en cada una de las esquinas y repletas de figuras de porcelana, sobresalían del resto del mobiliario. Antes de que pudiera preguntar, quiso responderme: la decoración de la casona se componía tanto de muebles originarios como de otros traídos por él desde diferentes países. En concreto, las vitrinas fueron diseñadas y trabajadas por un ebanista chino, cuyos diseños vestían varias de las mansiones situadas en el continente asiático. En cambio, el centro del salón continuaba decorado con un mobiliario antiguo que evidenciaba los muchos años que llevaban decorando la estancia; aun así, la encontré confortable. Tras este rápido vistazo, pensamos en ir a conocer mi cuarto.
Toda la vivienda consistía en un gran círculo, cuyas dependencias, quince en total, partían del mismo salón. Durante el breve recorrido a la habitación nos dimos cuenta; lo percibimos: no estábamos solos, alguien más nos acompañaba. Cada habitación tenía su propia cerradura y el interior, lejos de ser una simple habitación, resultaba un pequeño apartamento compuesto por el salón, la alcoba y un completo cuarto de baño. Al tiempo que deshacía la maleta pude darme cuenta de que Enrique no tenía mucha intención de quedarse solo. Por eso, la habitación escogida para mi alojamiento, según me reconoció, era la única que comunicaba con el cuarto de al lado, justo, la elegida para su dormitorio.
¡De repente, algo extraño sujetó mis hombros! ¡No podía soltarme! ¡Lo que fuese aquello forcejeaba fuerte conmigo con el fin de conseguir que fijara la vista en la figura de un soldado reflejado en el espejo!
La imagen fue tan fugaz como evidente. Poco pude apreciar, pero estaba muy seguro de lo que había visto: el uniforme negro, la gorra apoyada en el sobaco, las botas altas del mismo color y la mirada vacía. Reaccioné sin decir nada; supuse que Enrique también se habría percatado de la efímera figura. Nos limitamos a terminar de instalarnos sin hablar del hecho y más o menos tranquilos; aunque la repentina palidez de su cara delatase otra cosa. Al acabar, procedimos a visitar el resto de la casa. Le seguí, en tanto repasaba la escena acontecida. Había algo que llamaba mi atención: antes de aceptar este caso, yo ya contaba con una experiencia importante en sucesos de apariciones consideradas como sobrenaturales. A pesar de ello, en ninguno de estos episodios anteriores, nunca llegué a percibir perfume alguno en las diversas Almas, espíritus o como quieran llamarlos, con las que topé durante esos trabajos. Ese ser que me agarró dentro del cuarto exhalaba una fragancia: Chanel n.º 5. No soy un erudito en la materia, ¡en absoluto!, la identifiqué por coincidir con la utilizada por una mujer muy querida y, por tanto, inolvidable para mí. Como investigador de estos temas, este detalle significaba algo importante.
Pese a que la seguridad de la urbanización estaba avisada de nuestra llegada y la tarde anterior pusieron en marcha la calefacción, el frío en el interior incomodaba. Una sensación que, alentada por la humedad del lugar, hacían tiritar todos mis huesos; un cafetito caliente no vendría nada mal. De camino a la cocina, un fuerte estruendo nos sorprendió:
¡Todas las puertas se acababan de cerrar de golpe! Todas, excepto una…, la que daba acceso al despacho.
No había duda: el misterioso habitante de la casa acababa de elegir este cuarto para encontrarnos con él; pero antes, yo precisaba ver la caja con las fotos y la documentación encontradas. Debía conocer el rostro de esos hombres y mujeres para tener la certeza de que, en verdad, lo que aguardaba allí dentro tenía relación con el contenido de esa caja. Dentro de su habitación, de nuevo pude observar a mi compañero atenazado por los nervios. Traté de hablar sin parar con el fin de quitar importancia al susto anterior. Del interior del armario, escondida entre varios montones de ropa, con las manos temblorosas sacó la caja de caudales, lugar donde él, tras encontrarla en la mesa del escritorio, la había vuelto a reubicar. Temí por él, el riesgo de estar padeciendo tanta tensión podía derivar en problemas. Sentados sobre la cama examinamos las fotografías y la documentación oculta en ella. Coincidí con la opinión de Enrique: las personas aparecidas en los documentos de identidad eran las mismas que las de las fotos y, en efecto, se apreciaba el famoso símbolo de la Totenkopf, (“cabeza de muerte”), cosido en la solapa derecha de la chaqueta; así como, además, existía un evidente cambio de aspecto entre las fotografías y las imágenes mostradas en la respectiva documentación. La legendaria leyenda acerca de nazis refugiados en este lugar cobraba sentido.
Antes de proseguir, preferí hablar con él. Ambos éramos conscientes del siguiente paso: volver al salón, y desde allí acceder al despacho donde alguien, o, mejor dicho, el Alma de alguien nos esperaba. Quería que supiera cuánto arriesgas cuando el destino te empuja a vivir este tipo de situaciones. Nadie tiene la certeza de lo que puede o no puede ocurrir, somos del todo vulnerables. La contestación sonó rotunda: entendía que los hechos tan singulares que allí se estaban viviendo fuesen consecuencia del proceder de un único culpable: su abuelo. Por tanto, correspondía solo a algún sucesor suyo enmendar estos errores cometidos en el pasado. Su apellido se vio involucrado en una causa horrible. Estaba manchado con la sangre derramada por el Nazismo, no podía quedarse ahora escondido, mientras otro individuo, ajeno a la familia, daba la cara por ellos; entraría conmigo y asumiría los riesgos. Antes de acabar la frase se levantó y me apuró a ponernos en marcha. Lo siguiente sería un trago difícil de digerir, pues todo hacía pensar que, en breve, nos veríamos las caras con uno de esos denominados fantasmas. Lo peor de saberlo era pensar en el tipo de trato que algo así podía dispensarnos.
De camino, la sensación de frío aumentó; cortaba la piel. Reconozco que resultó eterno y el miedo se convirtió en nuestro nuevo compañero de aventura. Antes de acceder al despacho, Enrique se detuvo. Miró al frente, cogió aire y decidido entró situándose detrás de la mesa principal donde, apartando la silla, permaneció de pie. En verdad, lo vi preparado para afrontar un problema del que, lejos de ser el culpable, entendió debía ser él quien le diera fin. Nunca, desde el primer día, le advertí más erguido ni más tranquilo: el gesto serio que ahora mostraba anunciaba estar dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa. Sin duda, el aspecto de abandono y fragilidad tan manifiesto en el hombre que me encontré en la cafetería había resurgido; ahora, allí de pie, intimidaba.
No tendríamos que esperar mucho. Al poco, la puerta lentamente comenzó a cerrarse a la vez que la luz perdía intensidad hasta dejarnos en penumbras. Sentimos cómo llegaban. Cómo entraban en el despacho. Cómo se acercaban. Sus figuras, semejantes a cientos de diminutos destellos encendiéndose y apagándose a voluntad, dibujaban unas personas sobre las cuales se podía distinguir el uniforme negro. Las oscilantes siluetas de cuatro hombres y dos mujeres se dispusieron en hilera frente a la mesa. Pude reconocer sus rasgos:
¡Eran ellos! ¡Las mismas personas que aparecían en las fotografías!
Durante unos segundos reinó el silencio. Luego, les pregunté el porqué de su presencia todavía en esa casa. Similar a un bronco eco, que repite numerosas veces la misma palabra, sonó la voz que quiso contestarme. Nos costó identificar cuál de ellos hablaba. La reverberación producida por el propio comentario retumbaba por el despacho, incluso, llegó a ser molesta. Si la voz en sí imponía, la contestación terminó de descolocarnos:
— Necesitamos ayuda. No queremos irnos así. — Contestó.
Esas palabras pronunciadas en un castellano con marcado acento alemán sonaron contundentes. A mí, aun existiendo en el contexto la expresión “necesitamos ayuda”, más que una petición de amparo me pareció haber recibido una orden de inmediato cumplimiento. En ese instante, un detalle llamó mi atención: salvo la Totenkopf, cosida en la solapa, no distinguí ningún otro distintivo ni brazalete ni tan siquiera los galones que determinaran su rango dentro del ejército alemán. Debieron de arrancarlos: se distinguían restos de hilos sobrevivientes al fuerte tirón empleado para borrarlos del uniforme. Barajé la posibilidad de que, quizá, estos militares antes de morir se hubieran degradado, con la intención de manifestar así el propósito común de renegar de ese periodo al servicio del Führer.
De nuevo, el despacho volvió a retumbar cuando la misma voz retomó la palabra: ahora, describió el tipo de ayuda que reclamaban: ellos, lejos de pretender disculparse, y mucho menos de utilizar la conocida excusa en la que se achacaba las barbaries cometidas por el Tercer Reich a un obligado cumplimiento de las órdenes, querían declararse a ojos del mundo, culpables. Estos seis difuntos deseaban ver, leer y escuchar delante de sus nombres cualquiera de esos insultos referidos, ya a otros quienes tampoco se atrevieron a plantar cara a sus superiores. Reconocían haber asesinado, torturado y demás crueldades. De la división a la que estaban asignados dependía la seguridad de los campos de concentración, o, lo que es lo mismo, ejercían a modo de verdugos sin escrúpulos, dedicados al exterminio de indefensos. Días antes de acabar la guerra, gracias a un contacto que actuaba de espía alemán en suelo español, consiguieron escapar de Polonia y llegar a nuestro país. Escondidos en esta urbanización y ajenos a lo que acontecía por la devastada Europa, pasaron los primeros días felices. Se sabían libres del peligro que les hubiera supuesto permanecer en Polonia; morirían en la horca. Disfrutaban de una nueva identidad con la que gozar de una segunda vida exenta de castigo alguno. Pese a ello, los remordimientos despertaron a medida que esa nueva etapa también los devolvía su lado más humano. La misma humanidad que durante sus años en el ejército dejaron olvidada en algún rincón, inspiraba ahora el arrepentimiento por cada ser torturado, por cada asesinato. No pudo negar que parte de él se alegró cuando ese comando, seguramente compuesto por hombres de la inteligencia israelí, los rodeara a escasos metros de la vivienda y sin previo aviso vaciaran en ellos el cargador de sus armas. Los cuerpos tiroteados quedaron esparcidos por el lugar. Minutos más tarde, el matrimonio regente de la casa los enterraría en un rincón del pinar. La tierra recibió sus cuerpos, sus almas, sin embargo, se negaron a continuar el camino hacia la siguiente morada.
Los seis avanzaron hacia nosotros, entretanto, la presión de aquel insólito encuentro no dejaba de aumentar. Llegaron al borde de la mesa y la cercanía pesaba. El perfume advertido en la habitación volvió a dejarse notar. Emanaba de una de las mujeres, la cual en ningún momento había levantado la mirada del suelo. Consciente del acercamiento, mi compañero tomó el relevo: si aquellos seres necesitaban ayuda, a él, de igual forma, le urgía obtener respuestas acerca de lo ocurrido durante los días que residieron en la casona y, en concreto, agradecería cualquier información referente al hombre que la regentaba. Se miraron entre ellos y el extraño fluctuar de esas seis figuras aumentó durante varios segundos. Me dio la impresión de que les estábamos obligando a contestar respecto de alguien de quien no les agradaba mucho hablar. Sería la mujer portadora del perfume, la que, con idéntico tono y ocasionando la misma reverberación, contestara con la mirada fija en Enrique. Sus palabras fueron muy tajantes: su abuelo era un espía; de hecho, fue el responsable, junto a una red de compinches tejida por él mismo y cuyo fin consistía en afianzar el espionaje alemán en nuestro país, de que varios exdirigentes del partido nazi y bastantes militares encontraran refugio en suelo español. Llevaba años dedicado a esta función y para cerciorarnos, bastaría con revolver por el despacho. Entre las repisas, armario y escondrijos, esta ánima aseguraba que existía la suficiente documentación con la que constatar dichas afirmaciones. Dos días antes de que los Aliados desembarcaran en la playa de Normandía, ellos llegaban a la estación de tren situada apenas a un par de kilómetros de la casa. Se consumaba así una fuga de la que nadie nunca sospechó. La estrategia de aquella y muchas otras huidas había sido diseñada por el mismo individuo: su abuelo. Al principio, ella reconoció que lo veía como un auténtico héroe, y en esta consideración lo tuvo hasta que los crímenes cometidos en el pasado comenzaron a atormentarla. A partir de ahí, su forma de pensar cambió, de hecho, los seis cambiaron. Ahora, cualquiera que aún mostrase alguna inclinación hacia el Reich, lo consideraba un sujeto diabólico, capaz de envenenar conciencias y de empujarlas a cometer actos que, en condiciones normales, sin el feroz adoctrinamiento de la propaganda nazi, jamás hubieran realizado. Ambos notamos el aumento de la crispación en la extraña figura. El rostro de Enrique delataba asombro y preocupación por el tono tan rudo empleado ahora por la mujer: sus manos volvieron a tiritar de manera sutil. Enseguida, otro de esos militares tomó la palabra y con ello, el ensordecedor retumbe anterior propiciado por el exceso de énfasis se calmó.
Aunque la voz tenía similares características, el tono sonó relajado. Aseguraba no estar dispuesto a malgastar tiempo con comentarios acerca del tipo de hombre que fue el misterioso abuelo. Nos respondería con el relato de cómo pasaron los casi siete meses de estancia vividos en la casona. Ese gran salvador, el héroe que consiguió librarles de la ineludible pena de muerte, al conocer sus nuevas intenciones de entregarse a las autoridades españolas, pasó a ser un enemigo cruel. Las espléndidas atenciones y las largas tertulias del comienzo, se convirtieron en duros reproches y en un pésimo trato que los hizo pasar de la anterior vida confortable a sentirse presos en una cárcel de difícil escapatoria. Estaban en sus manos, dependían de él, toda la documentación referente a su nueva identidad continuaba en poder de este carcelero, a quien el simple hecho de plantearle el cambio de convicciones que sentían, el comentarle cómo ese dolor por los actos perpetrados en los campos de concentración los remordía la conciencia, le exasperaba. Arremetía contra ellos con gritos y amenazas de deportarlos a un reducto nazi aún sobreviviente en algún remoto lugar de Europa. Les calificó de cobardes. Les acusó de mostrar tal debilidad mental que de seguro propició el hundimiento del Tercer Reich y, lo peor, tomó medidas a punta de pistola: comenzó a servirles una simple comida al día que incluía el agua para toda la jornada, además de prohibirles salir de la habitación en la que, en realidad, quedaron recluidos sin poder hablar entre ellos. Les obligó a volver a enfundarse el uniforme, el cual sería ya la única vestimenta de la que disfrutarían. Se quedaban desnudos a orillas del lago cuando recibían la orden de lavar no su indumentaria militar, sino la de cualquier otro compañero. Quién considerase a aquel hombre y a su mujer solo como un matrimonio acaudalado, solitario y celoso de su intimidad, no tenía ni idea. Él era un fanático, un adorador del fascismo capaz de “quitar de en medio” a todo aquel opuesto a la idea y, por supuesto, entre sus relaciones sociales se incluían gente de muy alta posición. Al poco de saber la idea de sus últimos seis “invitados” de entregarse a los ingleses, fueron bastantes los hombres que pasaron día y noche por esta casona. Desde sujetos ataviados de manera elegante, llegados en formidables automóviles y custodiados por fornidos individuos, pasando por otros de presencia sencilla que solo les faltaba arrodillarse y besarle los pies. A partir del momento donde les juró que en poco tiempo volverían a amar el fascismo, siempre estuvo acompañado de cuatro o cinco sujetos pistola en ristre.
Sin embargo, obvió un detalle: con esa actitud provocó que alguno de esos destacados visitantes temiera que su colérico estado derivara en problemas. La cuestión diplomática no admitía tonterías. A España, en concreto, se la miraba con lupa precisamente por la sospecha de acoger a exdirigentes y militares de la recién derrotada Alemania y, por tanto, existían razones para que los involucrados en la idea de cobijar a perseguidos en esta casona, temieran ser descubiertos. A alguien con mucho que perder le debió preocupar la obsesión del regente de la casa por dar a conocer la intención de estos seis renegados. Lo de enviar cartas y telefonear a unos y a otros cuando medio país era investigado y el resto espiado, suponía correr demasiados riesgos. Poco tiempo después, la traición quedó consumada. Quien lo hiciera no se conformó solo con dar parte a los ingleses, también entregó la localización de la casa a la inteligencia israelí. En la madrugada del siguiente lunes, durante el obligado paseo por el pinar, fueron ametrallados a ojos del matrimonio que, horrorizados, observaron la escena desde la ventana del salón. Los seis perdieron la vida en una emboscada en la cual, “por casualidad”, los hombres que los vigilaban escaparon ilesos. Algo tuvo que alertar al comando judío para marcharse tan deprisa, sin acceder al interior de la casona, en un acto que, sin duda, salvaría la vida de la atónita pareja. Él enseguida recurrió al teléfono para informar del ataque; pero, aunque llamó y llamó, siempre obtuvo similar respuesta: o bien nadie quiso ponerse al aparato, o quienes lo hicieron, negaron conocerlo; le habían abandonado…
Entró en cólera. Gritó, insultó y estampó contra el suelo todo lo que se puso a su alcance. (Todavía, a nuestra llegada, pudimos observar restos de aquellos objetos). Durante aquel amanecer, el poco juicio que aún albergaba acabó por abandonarle. Su mujer llegó a temer por su vida a costa de los continuos amagos de arremeter contra ella. A pesar de ello, esta ni tan siquiera se planteó la idea de marcharse y desentenderse de él. En calidad de esposa, hizo valer su fe y cumplió con los cánones del matrimonio al pie de la letra: aun en estas circunstancias, permanecería al lado de su marido. Le escuchó, le habló, le trató con tal tacto, que consiguió convencerlo de la urgente conveniencia de enterrar los cuerpos. A unos cuantos metros de la casa, justo en el centro de un grupo de rocas que parece formar un conjunto megalítico compuesto de un dolmen y varios menhires rodeándolo, dispusieron las tumbas. Todavía hoy pueden verse las esvásticas, las runas Sigel juntas a la Odal, grabadas en las piedras por el matrimonio una vez acabado el sepelio.
Luego de regresar a la casa, ella, mucho más firme y dispuesta, aguantaba impasible las continuas barbaridades proferidas a gritos por el enajenado de su esposo. Tenía muy bien aprendido la forma de actuar si el riesgo de ser detenidos era evidente: decidida, abrió la despensa situada en la cocina con el fin de coger un bote de harina cuyo contenido derramó sobre la mesa. Durante segundos rebuscó en ella hasta rescatar dos cápsulas ovaladas de pequeño tamaño. Acto seguido, se acercó a la ventana donde permaneció ausente durante unos minutos; la agradaba respirar el humeante aroma que la cafetera aún desprendía. Aroma de un café que hubiese dado cualquier cosa por poder volver a disfrutar. Solo y sin azúcar, como a los dos les gustaba tomarlo. Como ayer, cuando ambos se disponían a desayunar en esa misma cocina que, madrugada tras madrugada, durante los últimos cincuenta años, los vio emprender juntos el día. Toda una delicia. Para ella el mejor modo de agradecer una visita, de mostrar atención y respeto hacia alguien llegado a la casona, consistía en obsequiarla con una buena taza del mejor café posible. Habría seguido algún tiempo más delante de la ventana de no ser por el ruido de varias sirenas acercándose raudas hacia ellos. Se desató el delantal, acomodó el cabello y despacio, con ese andar cotidiano suyo, caminó hacia él. Le cogió la mano y con la mirada puesta en sus ojos depositó en ella una de las cápsulas, mientras con el minúsculo hilo de voz ya capaz de articular le susurraba que masticara antes de tragar. El hombre enmudeció. Había reconocido la cápsula y la intención que le proponía su mujer: era la píldora del suicidio. Con un pequeño mordisco de los molares sobre la delgada ampolleta que la recubre, esta liberaba una solución concentrada de cianuro de potasio, suficiente para provocar la muerte en escasos minutos.
—¡Yo no puedo hacer esto! ¡Debo estar al lado del Führer! —
Fueron sus últimas palabras antes de que ella le llevara poco a poco la mano a los labios y en total silencio, con la mirada vidriada por el llanto contenido, le convenciera para que, imitándola, introdujera la cápsula en su boca. Frente a frente, cogidos de la mano, cayeron al suelo y…, fallecieron.
Por entonces, sus almas (los seis militares alemanes refugiados en la casona), ya deambulaban por la casa, compungidas y sorprendidas al verse fuera de sus cuerpos. Prácticamente, este suicidio fue lo primero que presenciaron como almas dispuestas a vagar por el paso de los años; contemplaron la escena de principio a fin.
—¡Sentimos pena—Aseguró la resonante voz que nos hablaba!
¡A pesar de no tener vida, pese al cruel castigo sufrido de manos de uno de estos suicidas, estas seis almas percibieron sentimientos! También la idea del tipo de tirano en que el enigmático abuelo llegó a convertirse, había desaparecido. ¡Los causó tristeza ver los instantes finales de la vida del matrimonio! Dato muy interesante para cualquier investigador de este tema.
Segundos después, vieron una neblina negra, similar al difunto, emerger desde el propio cadáver:
¡El Alma de ese hombre abandonaba su cuerpo!
Un alma que, como el de ellos, tampoco seguiría el camino que suele acontecer cuando se acaba la vida: él también quedaría vagando por la casa.
¡De improviso, un fuerte temblor sacudió el despacho!
El soldado dejó de hablar y el horror comenzó. Los cuadros se desprendieron, las persianas cayeron desplomadas contra el quicio, mientras varios objetos vinieron a estrellarse contra la puerta del despacho, entretanto, un tétrico jadeo avanzaba hacia el interior. La casona se nos venía encima, incluso, tuvimos que agarrarnos a la mesa, puesto que el suelo amenazaba con abrirse. Todo retumbaba, todo se estremeció hasta que una oscura sombra accedió al despacho y con ella…, volvió la calma. El tenso silencio acabaría roto por un Enrique quien, consternado, exclamó una simple palabra:
—¡Abuelo! —
La sombra se veía alta y delgada: rondaría los 1,80 cm. Irradiaba enojo y, además, si se trataba del abuelo, este regresó igual de enfadado que se marchó: enseguida, los gritos, insultos y maldiciones, dieron muestra de haber retornado con él. Intenté calmar la situación invitándolo a participar de nuestra charla, a indicarnos la razón de su eterna cólera, a explicarnos esa razón que tiene por propósito perseguir a todo aquel que pretenda habitar en esta casona. Los militares quisieron contestar enseguida; su demanda fue la misma: lo harían cuando sus nombres, apellidos y rango, quedasen impresos en las hojas de un periódico en el cual se leyeran sus atroces crímenes. A la espera de cumplir su deseo, preferían continuar encerrados en esta casona y nada les convencería de lo contrario. En el caso de la siniestra sombra no había otra razón que el propio odio contenido: juró y perjuró en repetidas ocasiones no dejar este mundo sin antes acabar con la vida de todo bastardo contrario al Reich que anduviera por los alrededores. A continuación, se arrimó a la pared, al mismo tiempo que la señal de un arañazo aparecía despacio en ella, seguido de otra y varias más hasta dejar marcada en la pintura la figura de una esvástica.
No aguantaríamos mucho tiempo, por lo menos, el aspecto de Enrique y mis nervios así lo avisaban. La tensión no dejaba de crecer y todavía se disparó más cuando observamos a la sombra, vuelta ahora hacia nosotros, mostrarnos enfurecida su aspecto humano. Ya no cabía duda: el decrépito rostro que lucía la aterradora sombra confirmaba que, en verdad, era el anterior regente de esta casona. Intenté hacerle razonar, probé a convencerlo de la realidad: este plano, este tiempo que ahora vivimos, dejó de corresponderles justo en el momento en que la muerte vino a buscarlos. Una vez fallecido, se pierde el derecho de poder interactuar en él. Por tanto, debían permanecer al margen de todo lo que aconteciera en este espacio, ya solo destinado a gente con vida; resultó inútil, nada parecía que lo fuera a calmar. Se acercaba. Podíamos palpar las ganas de venganza y los horrores dispuestos a cometer con tal de ejecutarla. Frente a frente, una sofocante sensación nos asaltó de pronto: nuestro estado de ánimo hacía intención de mutar a un carácter dominado por una creciente cólera que nos incitaba a cometer cualquier barbaridad. Intentamos retroceder; pero el reducido espacio apenas permitía alejarnos dos pasos atrás. Del interior de la sombra aparecieron dos huesudas manos que también se apoyaron en la mesa. Los largos y deformes dedos de una de ellas comenzaron a repiquetear en la madera, mientras la otra se arrastraba despacio hacia mí.
¡Teníamos que rehacernos!
Lejos de poder intentarlo, un grito, digna representación del furor en su punto más rabioso, brotó de las entrañas de la sombra. El típico saludo nazi consiguió estremecernos por completo. Sería intuición, o tal vez fue esa inspiración divina que dicen acude a nuestro socorro en situaciones difíciles, el caso fue que una idea me surgió de repente: en realidad, yo, en esa situación, no era el más adecuado para dirigirme a él. Solo podía ejercer la presión normal que un tercero puede infundir a un Alma que, por algún motivo, no quiere o no puede abandonar el plano actual. Debía ser mi compañero quién tratara con ese espectro, entre ambos existía el vínculo de sangre. Enrique lo entendió a la perfección; aunque sus ojos, clavados en los míos, sugiriesen albergar un sinfín de dudas. Sin embargo, cuando la sombra hizo intención de volver a hablar, este reaccionó, y tras recuperar el firme aspecto con el que recibió a los seis nazis, estrelló el puño contra la mesa, al tiempo que voz en grito lo instó a permanecer callado. Nadie replicó.
Las palabras de Enrique sonaron contundentes: marcaban el terreno de a quién le pertenecía la toma de decisiones en la casona; las nuevas directrices, los temas a reemprender o los que ya, definitivamente, quedarían enterrados en el olvido. Hacía valer su autoridad de nuevo regente y, dejándose aconsejar, ordenó a cuanto espíritu persistiese aún en la casa a permanecer en lo oculto, impasible a cuanto en ella ocurriera. No pretendía echar a nadie ni a nada, pues desconocemos si con ello se ayuda o se perjudica. Prometió llevar a cabo el deseo de dar a conocer públicamente los nombres, rangos y crímenes cometidos por seis de ellos, y quiso ofrecerse a escuchar, en el caso de haberlos, a otros difuntos necesitados de amparo. Al mismo tiempo, la sombra debió reconocer la pérdida de su estatus y, poco a poco, retrocedió. Parecía como si cada palabra del nuevo regente la supusiese toda una amenaza. Se debilitaba: la fuerza inicial con la que irrumpió en el despacho había disminuido y la intensidad de su negrura disminuyó hasta hacerse casi imperceptible. A pesar de esto, en el instante de salir de la estancia, un nuevo hecho vino a sorprendernos:
¡Un tremendo alarido retumbó en el despacho!
Una parrafada, dicha toda en alemán y que sonó como si quien la exclamara estuviera en plena caída a un pozo interminable, pusieron el punto final a la presencia del peligroso abuelo.
Tras varios minutos de prudencial espera en absoluta paz, los dos nos dejamos caer al suelo. Le vi llorar. En verdad, soportamos una presión enorme y esta era la mejor manera de relajarse. Charlamos acerca de toda esta aventura. Estaba feliz, orgulloso de sí mismo y agradecido por haberle acompañado en tan difícil e increíble experiencia. El ambiente que se respiraba ahora en la casona era muy distinto, nada quedaba de esa irascibilidad tan imponente.
Pero cuando pensamos que todo había terminado, nuestras miradas volvieron a buscarse sin mediar palabra: un exquisito aroma a café embriagaba el despacho. Ambos corrimos a la cocina. Tampoco hizo falta decir nada cuando al entrar, observamos dos tazas y un azucarero dispuestos en la mesa, en tanto una vieja cafetera tiritaba encima del fogón encendido…
Quién preparara aquel café, sería y es una incógnita; aunque podíamos hacernos una idea que, de seguro, no estaría muy lejos de ser la acertada. Pasamos varios días más alojados en la casa y durante ese tiempo, nada vino a perturbar la paz.
Según he podido averiguar con el tiempo, unos minutos más tarde de que el matrimonio, los abuelos de Enrique, se quitara la vida, cuatro miembros de la Benemérita irrumpieron en la casona con la escopeta cargada y los dedos temblorosos. Tras registrarla de arriba abajo en busca de otros perseguidos y hacerse cargo de los cadáveres, una orden, llegada casi al instante de la entrada en la casa, ordenaba precintarla de inmediato y prohibir el paso a toda persona ajena. Seis meses después, estos mismos Guardias Civiles eran difuntos. Al parecer, los cuatro antes de morir sufrían de un intenso dolor de cabeza que terminó por borrarlos la memoria y nublarles la razón. Fallecieron en manos de la locura.
¿Casualidad? ¿O aquel juramento del abuelo todavía sigue vivo? Quizás nunca renunció a su propósito y aún, hoy en día, esa atormentada Alma permanezca en la casa tratando de acabar con aquellos que no comulguen con su misma doctrina. ¿Pudiera ser qué a nosotros nos respetara por el simple parentesco de un abuelo con su nieto?
Al poco tiempo de esta historia, Enrique decidió poner en venta la casona. Ninguno de los posibles compradores que la han visitado accedió a quedarse con ella; la ilusión surgida a la llegada, en el primer momento de verla desde fuera, se apagaba enseguida de comenzar la visita por el interior. Varios jardineros, personal de limpieza, así como diversos vigilantes, asustados, decidieron marcharse antes incluso de terminar la jornada del primer día de trabajo. Ahora mismo, Enrique es la única persona que entra, duerme y puede hacer vida allí, sin sentir ninguna sensación extraña que le empuje a marcharse cuanto antes. No me cabe duda que la casa oculte bastante más de lo vivido por nosotros aquella madrugada. No me importa reconocerlo, nos dejamos bastantes cosas sin resolver, sin aclarar, sin saber… Estoy convencido también de que, por alguna razón, espiritual o mundana, esta encierre un delicado asunto cuya respuesta requieran de bastantes días de investigación.
De todos modos, pronto volveremos e intentaremos que estas dudas puedan quedar aclaradas… ¿Nos acompañas?
SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO: M-000374/2021.
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