
Aunque la distancia a nuestro destino no es muy larga, las constantes curvas, pendientes y el mal estado de la carretera en muchos de sus tramos hacen de este viaje un trayecto interminable. Tampoco la lluvia, empeñada en acompañarnos, ayuda a conseguir una marcha más ligera. Sin embargo, el aspecto del paisaje resulta agradable: el fabuloso bosque de hayas, robles, serbales y majuelos que visten de rojo y ocre las laderas del puerto consiguen despistar al hastío reinante.
La verdad me intriga este caso. Desde esta madrugada, cuando, alarmado, respondí a la insistente llamada del teléfono, no he dejado de pensar en el mismo asunto. Las palabras de esa mujer, surgidas a través del auricular del aparato, sonaron realmente angustiadas; sin duda, cualquiera se hubiese preocupado:
—¡Caballero, por favor, dese prisa! Una joven que aparece en un cuadro que tengo colgado en el salón está llamando a la puerta de casa. ¡Venga cuanto antes, se lo ruego! ¡El cuadro está fechado en 1926, pero el aspecto de esta muchacha es el mismo mostrado en la lámina!
Un par de horas más tarde, un coche de alta gama irrumpía en la calle a gran velocidad, deteniéndose a pocos centímetros de mis pies. Un hombre, cuya edad sería bastante similar a la mía, si bien con un tipo bastante más estilizado, bajó del vehículo ofreciéndome su mano. Se presentó como Carlos, el hijo de la mujer cuyas palabras, minutos antes, habían conseguido acabar con mi descanso. Una vez depositada en el maletero la bolsa con el pequeño equipaje, que ya de antemano suelo tener preparado para este tipo de ocasiones, me apremió a subir al Mercedes: debíamos llegar a la aldea cuanto antes; su madre estaba muy nerviosa.
Durante el comienzo del viaje, no conseguí obtener mucha de la información deseada. De nada sirvió la típica pregunta acerca de quién les había facilitado mi número, ni tampoco se hizo mención alguna al suceso acaecido. Me tuve que conformar con poco: conocería los detalles en el mismo lugar de los hechos: la antigua casa familiar, situada a los pies de un conocido puerto de montaña de la provincia de Segovia, y residencia actual de su madre. Con respecto a mis honorarios, junto a un plus que garantizase su anonimato, serían abonados al finalizar el trabajo.
Tras varios kilómetros sin intercambiar palabra, Carlos rompió el silencio con el fin de anunciarme la inminente llegada: una vez sorteada la curva en la cual estábamos inmersos, ya podríamos divisar la aldea donde, justamente al otro lado, se encuentra la referida residencia familiar. Así era; rebasadas las apenas cinco o seis casas que componen la aldea, un bonito caserón aparece enfrente de nosotros. Sin embargo, al ir acercándonos, descubro la figura de una mujer vestida de blanco, medio oculta tras un abeto situado en el margen izquierdo de la carretera. Inmóvil, observa con atención nuestra llegada. Justo en el instante de avisar a Carlos de su presencia, esta echa a correr ocultándose en el pinar. Su forma de huir la delata: a cada paso, a cada gesto efectuado, la chica arrastraba con ella una estela de otras siluetas calcadas a la suya. Un hecho extraño, que ya he podido contemplar en otros casos cuyo protagonista se trataba de un Alma decidida a no marcharse. No me cabe duda:
¡Esa chica era un Espíritu! ¡El Alma de una persona ya fallecida!
Soy consciente de que mi compañero de viaje no llegó a percatarse de la misteriosa aparición y quizás fuese mejor así; comentar esta cuestión, antes incluso de llegar a la casa, no resultaba muy apropiado.
Basta poner un pie en el suelo para deleitarse con la belleza del lugar. Rodeado de montañas, con la vegetación surgiendo salvaje hasta donde la vista alcanza y el aire tan puro y limpio que en un principio se hace difícil de respirar, el coqueto caserón de piedra reluce iluminado por los rayos del sol. Ocho amplios ventanales, alineados a lo largo de la fachada, hacen imaginar las dimensiones del interior. Al momento, una alegre bienvenida rompe la encantadora paz. Acompañada por otra mujer de mediana edad y rasgos latinos, una anciana surge a nuestro encuentro mostrando una amplia sonrisa. Apoyada sobre un bastón, los rasgos de su cara revelan el doloroso esfuerzo que le supone caminar a nuestro encuentro. Tras las presentaciones en donde Dulce, esta simpática anciana madre de Carlos, ya nos deja muestra de su alegre carácter, accedemos al interior del caserón.
Los muebles, la decoración, los suelos, todo delata el amplio pasado soportado ya por estas paredes. Aquí el paso del tiempo debió detenerse en un día de un pasado lejano. Llama mi atención cómo se ha conseguido hacer de este enorme salón, donde ahora nos encontramos, una estancia tan acogedora y confortable. En un principio, los cómodos sillones dispuestos alrededor de una mesa y sobre los cuales nos hemos sentado invitan más a una cabezadita con la que despejar la modorra causada por el improvisado madrugón que a seguir adelante con el caso. Pero la imagen de la chica de blanco, corriendo con el fin de ocultarse en el interior del pinar, aleja cualquier intención de relajarse.
La madre de Carlos, lejos de parecer preocupada, se muestra sonriente y tranquila; su voz suena alegre. Sentada en uno de los sillones, preparado con varios cojines, no duda en preguntarme acerca del mundo de los Espíritus; tema del cual me considera un experto, pues le han comentado varios casos en los que sí, efectivamente, en su día fui contratado con el fin de darles una salida. Después de varios minutos de animada charla, durante la cual nos llega a confesar ser una devota y acérrima defensora de lo sobrenatural, Claudia, la chica de rasgos latinos encargada del cuidado de la señora, irrumpe en el salón. Trae consigo una bandeja surtida de café y dulces que no duda en servirnos. Mientras tanto, la insistencia de Carlos incita a Dulce a describirnos lo sucedido durante esta madrugada. Con la taza sujeta entre ambas manos, como si con eso quisiera disfrutar del calor desprendido por el todavía humeante café, y sin debilitar ni un ápice la expresión alegre que aflora en su rostro, comienza a relatarnos:
—Eran las cinco y diez exactamente de la noche. Estoy segura, es lo primero que hago al despertarme; siempre se me van los ojos al reloj. Paso la mitad de las noches en vela como una mona, ¡y mira tú si se hacen largas y aburridas…! Pero esta noche pasada ha sido distinta; de hecho, algo diferente ocurría en el cuarto.
Sentía llover. Debía caer con ganas; la tormenta no dejaba de arreciar y ¡anda que no se quejaban las tejas! ¡Vaya… la que aguantaron! El tímido rayo de luz de la farola, que casi todas las noches a duras penas llega desde la esquina y me alegra el cuarto cuando apago la luz, anoche no apareció; ni rastro de él. Además, la negrura se me hacía más oscura a la habitual y una ligera fragancia a lilas se respiraba en el ambiente. A ratos daba la sensación de que hasta el mismo cuarto no fuese el mismo. Cuando alguno de esos estrepitosos relámpagos, que anoche parecían empecinados en ver cuál de ellos sobrecogía más, iluminaba la casa, lo que yo veía aparecer a mi alrededor desconcertaba y mucho. No veía la cómoda ni siquiera el armario ropero y, ¡mira tú si es grande! ¡Qué va! ¡En su lugar había un baúl! El mismo antiguo baúl, ¡que me lleven al hospital psiquiátrico si me equivoco!, que ya estaba olvidado en un rincón del desván cuando llegamos nosotros a esta casa. ¡Subid, subid al desván y veréis cómo está ahí arriba! Cosas muy raras pasaron anoche. Bueno, sí, la farola se puede averiar, puede ocurrir, pero, ¿olor a lilas? Aquí tenemos flores por todos los rincones de la casa, ¡nacen hasta debajo de las piedras! ¡Con tanta humedad…! Ahora, yo, habitual veraneante durante treinta años y otros ocho como residente oficial de esta aldea, nunca he visto ni un ramillete de ellas por aquí. De hecho, fue justo cuando más se apreciaba este perfume, cuando escuché tocar en la puerta. Alguien llamaba golpeando con unos toquecitos débiles. Tocaba, esperaba un poquito y, de nuevo, repetía. No sé las veces. Insistiría seis, siete, ¡qué sé yo! Las últimas fueron más seguidas, como si algo la apremiase a entrar cuanto antes. Tanta impaciencia me alarmó y… bueno, pues tenía que bajar. Salí del cuarto tan apresurado… ¡Que me puse la bata del revés! No caí en la cuenta de avisar a Claudia. Cogí la linterna, bajé las escaleras, enfilé el pasillo y, al girar de cara a la entrada de la casa…
¡Había una muchacha ataviada con un camisón rasgado mirando a través de aquella ventana!
El pelo alborotado, el rostro desencajado, diecisiete…, dieciocho años, no tendría más. Esto fue lo único que pude distinguir de ella. Eso sí, impresionaba mucho verla ahí fuera, chorreando agua y ataviada solo con ese camisón hecho jirones. Pobrecilla, no podía dejarla en la calle. ¡Córcholis, me daba mucha pena! También comprendo tu opinión, Carlos: a simple vista resultaba una extraña y, como tal, hubiera sido cosa de locos abrir la puerta. Pero, en realidad, no era tan desconocida para mí.
Cierto es que desconozco su nombre y ni idea de a qué familia puede pertenecer, ¡y mira tú las veces que habré coincidido yo con todos los vecinos de esta aldea, con los del pueblo de antes y con los cascarrabias del que nos sigue! ¡Total, son pocas…! Pero sí, sí, su imagen me era familiar, muy familiar. Aun así, en ese primer momento, cuando la tuve ahí, tras esa ventana, con su cara pegada al cristal, algo me retuvo de repente. Una sensación extraña, dentro de esta chiflada cabeza mía, se encabezonó en que antes de abrir la puerta debía recordar quién era ella. Y así estuve durante…, ¡no sé!, ¿unos segundos?, puede que fuesen minutos, ya os digo…, ¡me atontó! Me quedé en el pasillo pasmada, quieta como una mona, incapaz de acudir en su auxilio: reconocerla se convirtió en un trámite a resolver cuya respuesta se haría imprescindible para dejarla pasar. Entonces, ¡se hizo la luz!, recordé ese lugar en donde todos los días la veo…, aunque, claro, ahora sería más exacto decir el lugar donde ambas coincidimos. ¡Por supuesto que me era familiar…!
¡Es la misma mujer que aparece pintada en uno de los cuadros de la biblioteca! Justo el que está colgado encima de la chimenea.
Carlos interrumpió el relato de su madre. El hombre no podía creer, y así lo expresó con cierto tono brusco, que una mujer cuya imagen quedó plasmada en un cuadro firmado allá por 1926 apareciera hoy, mayo de 2018, en la puerta de su casa con el mismo aspecto que se refleja en el lienzo. Renegando de lo escuchado, se dirigió al mueble bar donde preparó dos generosas copas de brandy, una de las cuales depositó frente a mí.
Dulce, por el contrario, no pareció dispuesta a ceder:
—Hijo, ve a la biblioteca y mira bien el cuadro. Fíjate en la pared empedrada que aparece; es idéntica a la pared de ahí fuera. La escalerita dibujada a los pies de la muchacha es esta misma que parte de detrás de este ventanal y conduce al jardín. Se pintó hasta la tinaja que continúa al pie de los tres escalones. ¿Es que no lo ves? Ella estuvo en esta casa antes que nosotros. Debe tener algún vínculo con este lugar y por semejante motivo, que, ¡mira tú cuál será!, regresa aquí desde el mundo de los muertos. ¡Sí! Táchame de loca si quieres y enciérrame en el loquero esta misma tarde si así lo consideras. No solucionarás nada, pues te pongas como te pongas, lo que llamó a la puerta anoche no es otra cosa que el Alma de la difunta muchacha de ese cuadro colgado en la biblioteca. Y te digo aún más…
¡Volverá…! Estoy segura, ade…
De pronto, la mujer enmudeció. El gesto alegre con el cual nos había recibido acababa de desaparecer y ese nuevo semblante, triste y visiblemente preocupado, me inquieta. Pero eso tendría que esperar: ahora, una aparatosa palidez había maquillado de nuevo el aspecto de Dulce. Con la mirada fija y el cuerpo rígido, el brazo de la mujer se alzó despacio hasta quedar señalando al ventanal del salón.
Fuera, con las manos apoyadas en el cristal y mirando atenta al interior, distinguimos a una muchacha. Aunque los cuatro permanecemos con la mirada fija en ella, esta no reacciona; parece como si el sentirse descubierta no la preocupase. Despacio, trato de acercarme, pero ya con el primer paso se inquieta: sin separar las manos del cristal, hace ademán de alejarse. Tras un par de segundos inmóvil, doy otro paso mientras encojo los brazos y descubro las manos: pretendo transmitir una tranquilidad que yo mismo no siento. Sin apartar la vista de mí, con un brusco giro de cintura parece avisarme: un movimiento más y se alejaría de inmediato. Su figura oscila; incluso, se desvirtúa en incontables y diminutos puntos de luz que, brillando a su antojo, muestran un amplio abanico de colores diferentes; algunos de ellos nunca los había visto antes. Todo en ella encaja con la descripción de la mujer que anoche llamó a la puerta de esta casa: la melena alborotada, el camisón desgarrado y ese aspecto consternado, más suplicante que amenazador y que tanto ayuda a calmar el susto provocado por su insólita presencia. Coincido con Dulce: se trata de un Espíritu.
No dejamos de mirarnos e, inmerso bajo esa presión, reduzco la distancia que nos separa. Puedo distinguir su rostro cuando la oscilación se detiene por un segundo. Varias lágrimas la empapan las mejillas; en tanto, alterada por un motivo que no alcanzo a comprender, sus puños comienzan a golpear con ira el cristal, mientras un azote de rabia la obliga a contraer su cuerpo hasta hacerla caer de rodillas. Sin verla, la escuchamos llorar. Los gemidos acongojarían cualquier conciencia: ocultan algo muy evidente. Tanto, que llegas a sentir esa pena en tus carnes. De repente, unos dedos escuálidos y descarnados surgen sobre el alfeizar de la ventana. Quiere volver a incorporarse. Las uñas, largas, rotas y podridas, resbalan por el yeso en el inútil intento de sujetarse; el surco de cada arañazo queda marcado sobre el alfeizar. Me asomo con precaución: sollozante, permanece arrodillada. Al levantar la cabeza para mirarme, un fuerte azote, similar a como si hubiese recibido un latigazo, interrumpe su gemido para convertirlo en un auténtico alarido de dolor. Después, arrastrando tras de sí un rastro de siluetas similares a ella, encorvada y tambaleante, se aleja a la carrera. El silencio vuelve a reinar; nadie, ni persona ni animal, se escucha por ahí fuera.
Necesitaba comprobar que, efectivamente, esta muchacha coincidía con la imagen de la mujer pintada en el cuadro. Fue el pretexto perfecto para sacar a mis acompañantes de la impresión recibida: perplejos, sin hacer ninguna alusión al hecho, nos dirigimos a la biblioteca. Debe ser difícil entrar en esta dependencia de la casa y no pararte, cuando menos un segundo, para admirar el cuadro que luce encima de la chimenea: un gran marco antiguo, de madera tallada y dorada al oro fino, recoge una pintura tan bella que cuesta dejar de admirar. Desde luego, no hay duda…
¡La mujer retratada en el cuadro es ella!
Ella fue quien llamó a la puerta de Dulce y fue también la misma chica que, tras un tiempo observando nuestra llegada a la casa, echó a correr cuando se notó descubierta. Me llama mucho la atención cuánta pena refleja el rostro de esta muchacha en el cuadro. Dibujada en el rellano de una puerta, delante de los tres escalones que conducen al jardín, vuelve la cabeza para mirar al exterior. La pintura consigue transmitir el efecto de un giro espontáneo de su cabeza, como si de repente ella fuese consciente de nuestra presencia al otro lado del cuadro y, por instinto, nos mirase suplicante de una ayuda que no alcanzo a entender.
—¿Lo veis? ¡Es la misma muchacha! —añadió Dulce—. Cuando compramos esta casa, tu padre se empeñó en dejar ese cuadro ahí colgado. ¡Le encantaba! Mi Carlos, papi… ¡Tan bueno él! ¿Os he dicho que el mes que viene cumpliría cien años? Pobrecillo…, ¡maldito infarto! Sentado en este sillón me lo dejó dormidito para siempre. Frente a la chimenea, al menos…, marchó sin pasar frío. Se pasaba aquí las horas muertas, venga a leer y leer. Llegábamos, escogía un libro, se acomodaba en su sillón y ya no había hombre hasta la hora de cenar. Ahora pienso, si en esas ocasiones cuando le escuchaba leer en voz alta, no lo hiciera con el fin de compartir la lectura con la muchacha del cuadro. Por él se mantiene ahí colgado encima de la chimenea; si no, llevaría mucho tiempo guardado en el desván y, ¡vete tú a saber!, porque mucho del mobiliario de los antiguos propietarios, de los cuales nunca llegamos a saber ni esto, se regaló o se tiró directamente.
Dulce comenta la facilidad con la que su marido y ella consiguieron hacerse dueños de esta casa. Si la aventura de comprar y acondicionar una nueva vivienda suele conllevar un sinfín de complicaciones, en su caso sería todo lo contrario: para cualquier problema, rápido surgía una solución. Solo este hecho de no haber sido capaces de encontrar a quién devolver los numerosos muebles y objetos, algunos de considerable valor, repartidos por toda la vivienda en el momento de entrar ellos, la pesó mucho entonces y todavía es algo que hoy la hace sentir mal. No obstante, ellos hicieron todo cuanto estuvo a su alcance y, aun así, la respuesta obtenida fue siempre la misma: los enseres referidos ya estaban en manos de su legítimo heredero. Sin embargo, nadie vino nunca a reclamarlos.
Durante un buen rato, la mujer aprovecha para enseñarnos otros cuadros dispuestos por toda la biblioteca, además de la excelente colección de libros que también fueron abandonados en la espectacular librería que viste esta dependencia. Cuando ya nos disponíamos a salir, desde el umbral de la puerta y señalando con el bastón a una esquina del otro extremo de la sala, la madre de Carlos se detiene y accede de nuevo a la biblioteca: no quiere dejar pasar la ocasión de mostrarnos una pequeña escultura, la cual afirma data del siglo XVI. Como buen admirador de este tipo de arte, no podía marcharme sin admirar esta pieza de cerca; de inmediato, me aproximo hasta ella. Se trata del busto de un obispo, tallado en madera policromada y con un lujo de detalles que realmente lo hacen fascinante. Cuando más embelesado estaba, siento por detrás de mí la temblorosa y fría mano de Dulce agarrarse a mi brazo. Seguramente, trata así de traerme de la fabulosa fantasía a la que esta preciosa figura, con tantos y tantos años de historia, ha conseguido transportar a mi imaginación: nada más y nada menos que a un lúgubre taller donde el artista, en total soledad, desnuda la madera en silencio, mientras la débil luz de un cochambroso candil contempla curiosa la bella obra que despacio surge de sus trabajadas manos. De improviso, el tiempo se detiene: las voces de Dulce, Carlos y Claudia me apremian a reunirme con ellos en el salón.
Ninguno permanecía ya en la biblioteca y, si estoy solo…
¿Quién agarra mi brazo?
No puedo girarme y comprobar de quién se trata. Está justo detrás de mí y esa cercanía me obliga a permanecer inmóvil; roza mi espalda, siento su aliento, su labio me acaricia el oído, mientras un extraño susurro parece intentar articular alguna palabra que no acaba de llegar. De repente, envuelto en un vaho azulado, un “ayúdame” se abre camino a través del oído con tal reverberación y volumen que el dolor me rinde de rodillas en el suelo. Por suerte, el malestar cede deprisa, y ya solo persiste un leve pitido como si algo todavía vibrase por ahí dentro. Ese “ayúdame”, que en un principio había sonado casi imperceptible, aumentó y aumentó hasta volverse insoportable.
Miro a mi alrededor; no veo a nadie. Reacciono, y algo confundido consigo ponerme de pie. La corriente de aire que entra por la ventana detiene su ímpetu y con ello los visillos que la cubren, antes zarandeados por esa misma corriente, regresan despacio a su sitio…
¡Ahí está!
La Figura, el Alma de la muchacha, aparecida antes detrás de la cristalera del salón, se muestra frente a mí; me observa atentamente. No se mueve; tan solo mira. Ahí, delante, resuelve por sí sola una cuestión importante: si su intención fuese hacer daño, yo ya lo habría sufrido.
A esta distancia percibo con claridad sus rasgos; estremecen: enrojecidas marcas, disimuladas entre la larga melena negra, evidencian aparatosos golpes sobre la misma cabeza, moratones de distintos tamaños se muestran sobre los delgados y grisáceos brazos, y una considerable cicatriz se extiende por debajo de la tibia hasta llegar al tobillo en donde, ¡por el amor de Dios!, un oxidado grillete espanta la mirada. Impone más observar ese hierro, ceñido a su lívido tobillo izquierdo, que el hecho de verte frente a uno de esos denominados “Fantasmas”; pues ella, ahora, da de todo menos miedo. Más bien, revela cuánto sufrió antes de dejar esta vida.
Ha debido darse cuenta de lo que pienso acerca de sus intenciones: sus labios tratan de mostrar una sonrisa al instante ahogada tras un gesto de angustia. Sin darme tiempo a nada más, abandona la biblioteca saltando por la ventana. Si bien unos minutos de reposo se hubieran agradecido, no podía dejar que ninguno de mis acompañantes regresara a la biblioteca; verían a la muchacha alejarse por el jardín, cosa que sin duda no les agradaría en absoluto, y el hecho de darles a conocer este último episodio tan solo conseguiría aumentar la inquietud. Cierro la puerta de la biblioteca y camino ligero hasta el salón.
Al llegar, el gesto de los tres habla por sí solo. Pálidos, rodean la mesa. Todavía se hallan dispuestas en ella las tazas del café servido por Claudia, pero también se observa algo más: grabados sobre la mesa, varios arañazos forman un inquietante aviso…
¡Marchaos! ¡Ella viene!
Reconozco que mi preocupación por Dulce, ante estos acontecimientos causados por la muchacha, es errónea. Una vez descubierto este mensaje, ella es la más entera de todos. Por el contrario, Claudia está a punto de perder la calma. Nerviosa, ha roto a llorar y hace ademán de huir. No quiere permanecer más tiempo dentro de la casa y nos resulta difícil retenerla e impedir que cometa el error de marcharse sola. Tratar de escapar uno solo, aunque parezca descabellado, es la peor opción a seguir cuando acontece una situación como esta, pues un simple segundo de soledad puede propiciar el encuentro con este tipo de Almas. A duras penas, conseguimos acomodarla en el sofá sobre el cual una preocupada Dulce también se sienta a su lado. Cariñosa, trata de calmarla; es momento de mantener la cabeza fría y actuar con tranquilidad. Al igual que yo, tampoco considera la intención de causar daño el motivo de este inusual regreso. Varios sorbos de agua apaciguan la tensión y los cuatro disfrutamos de la relativa calma.
Los hechos se han sucedido a una velocidad increíble; las apariciones son constantes. Rememoro todo lo sucedido una y otra vez. Revivo la primera ocasión que descubrí al Espíritu de la muchacha: escondido tras un abeto pegado a la carretera, se mantuvo observando nuestra llegada hasta ocultarse en el pinar. Un espectro, este, con una gran agilidad para moverse por los exteriores; cosa no muy común. Reconstruyo la llegada, la presentación de Dulce y Claudia, la primera toma de contacto con la casa, y es al repetir el testimonio de Dulce cuando un detalle, obviado anteriormente, toma importancia: mencionó un baúl. Fue el único objeto que pudo apreciar aquella noche desde su cama cuando algún relámpago iluminaba la habitación; el resto del mobiliario parecía no existir. Un viejo baúl encontrado entre otros enseres dispuestos por la casa y que todavía permanece guardado en un rincón del desván. Algo importante, quizá la clave para comenzar a entender el porqué de esta aparición, se debía ocultar en torno a él. Decidido, propongo subir a examinarlo. Los tres, a un tiempo, se ponen en pie con intención de acompañarme; ninguno quiere quedarse solo.
La escasa altura del desván me obliga a caminar encorvado. Según comenta Carlos, nadie ha subido aquí desde hace mucho tiempo, pero a pesar de ello, la limpieza y el orden existentes llaman la atención. Hemos de caminar uno tras otro, pues la estrechez no permite más. Claudia menciona el fuerte aroma a perfume de mujer que se respira en el ambiente, mientras una expresión de miedo ha vuelto a invadirle el rostro. Es extraño, yo he sido el primero en acceder al desván y hasta ahora solo he percibido el natural olor a cerrado, pero sí, es cierto: es como si el aire se estuviese impregnando de una fragancia a lilas que avanzase despacio desde la puerta.
Enseguida localizamos el baúl; se halla junto a la pared del final. Tenemos suerte, podremos abrirlo en breve: la llave está dentro de la cerradura, y es el único objeto de todos los colocados a ras de suelo que no carga con otro encima. Es pesado; nos ha costado arrastrarlo hasta un lugar donde este abuhardillado techo nos permita examinar su interior con algo más de comodidad. Carlos acerca una antigua silla de madera e invita a su madre a sentarse al lado del baúl, mientras el resto nos colocamos frente a él. Cuesta levantar la tapa hasta el final y, a poco de conseguirlo, la soltamos de golpe…
—¡Cerrad eso!
Un chillido acaba de resonar por el desván. Tras un brusco giro, permanezco inmóvil; trato de encontrar con la mirada al autor del grito. Ha sido una orden seca, dictada por una voz femenina con marcado tono agudo. Ninguno reaccionamos, solo siento el brazo de Claudia rozar el mío a consecuencia del miedo. Alguien nos acompaña: una sombra larga y negra se distingue en la puerta. Camina al interior del desván y la puerta se cierra de golpe. Despacio, avanza hacia nosotros, en tanto su figura, sus rasgos, el vestido negro que la viste desde el cuello hasta los tobillos surgen de la nada a cada paso. La silueta de una mujer de una altura considerable, entrada en años, de intimidantes y oscilantes facciones, peinada con esmero y mirada de desprecio, se acaba de materializar. Incluso, se distinguen a la perfección todos los detalles: un collar de pequeñas perlas trata de dar algo de alegría a tan tétrico ropaje, una cadenita dorada cuelga de su cuello sujetando unas lentes tipo quevedos, sobre el dedo anular de la mano izquierda luce un sello de considerable tamaño, mientras en la derecha una amenazante vara no parece augurar nada bueno. Lo sospechado no se hace de rogar y de forma enérgica golpea la vara contra el suelo. Hemos de reponernos inmediatamente de la impresión o el miedo terminará por anularnos la conciencia. Aunque el diálogo no parece la opción más acertada, pruebo a utilizarlo con el fin de apaciguar los ánimos. De nada sirve, a poco de intentar entablar conversación, la respuesta resulta contundente: enfurecida, se abalanza hacia nosotros dispuesta a azotarnos con la vara…
—¿Juana…? ¿Señora…, Juana?
Las repentinas preguntas de Dulce, mezcla de duda y sorpresa, han debido calmar su intención de apalearnos. Durante unos segundos permanecemos quietos en el suelo. Un silencio prolongado indica que es momento de levantar la mirada. La imagen ahora resulta impactante. Dulce, lejos de sentirse intimidada por el espectro de esa mujer, decide ponerse de pie y acercarse a ella…
—¿Cómo puede ser posible? Yo misma fui la única, de todos los que acudieron al entierro, que esperó a ver cubierta de tierra tu tumba. No me retiré de allí hasta que comprobé que descansarías en un lecho terminado como Dios manda. Yo ayudé a colocar la cruz, la misma cruz que hoy todavía se mantiene en la cabecera de la sepultura; la más bonita que encontré, te lo aseguro. Abandoné el cementerio acompañada de los enterradores y ellos, delante de mí, cerraron la puerta. ¡Allí no quedó nadie! No consentí que te marcharas sola; estuve contigo desde que acudimos a la llamada de tu sirvienta hasta esa última palada de tierra que te despedía de este mundo. Te cerré los ojos en el lecho de muerte, te maquillé, te peiné y te vestí con tu mejor vestido…
Dulce continúa acercándose a ella. Aun con las manos temblorosas, continúa erguida; poco hay de esa ancianita que a duras penas consiguió salir a recibirnos. Seria, aguanta el rudo gesto del Fantasma con una mirada a veces de ternura y otras de evidente desprecio. Cara a cara, la distancia se reduce a milímetros, sus cabellos se rozan de continuo y las lágrimas de Dulce comienzan a recorrer sus mejillas…
—Siempre supe que entre mi marido Carlos y tú sucedió algo que nunca te llegó a perdonar. No lo hizo ni tan siquiera por el hecho de que tú fueses su madre. ¡Qué no ocurriría para que un hijo no perdone a su madre! Un gran secreto os envolvía a los dos. Un secreto cruel que proclamaba a voces que yo no era la mujer a quien él amaba. Siempre tan callado, tan triste, tan inmerso en ese mundo suyo, que le fue ahogando hasta llevárselo con él. ¡Eran remordimientos! Tenía el corazón roto, ¡lo murmuraba en sueños! Porque, ¿sabes?, la soñó treinta años. Durante treinta largos años, noche tras noche, sin dejarse alguna, se las pasó susurrando el nombre de una mujer y un “perdona” de continuo. Se culpaba, y esa pena le torturó durante todos esos años. Había otra, ¡estoy segura!, otra mujer que, por alguna extraña razón desconocida, resultaba totalmente inalcanzable para él. Quiera Nuestro Padre Jesucristo que sean equivocadas estas sospechas y lo que ahora imagino nunca llegase a ocurrir.
Conozco tu carácter, tus manías, esa severidad tan inaguantable que, ¿sabes?, consiguió que dejase mi ciudad, mis amigos, mi gente y me viniese hasta esta casa huyendo de esa condenada personalidad tuya. Me fui. Desprecié vivir bajo ese techo tan solamente tuyo, y por el cual debía darte gracias a diario. Recuperé mi vida y te aseguro que me costó levantar la cabeza y no verme siempre ahí, a tu lado como un perro, aguantando tus caprichos, tus insultos, tus humillaciones. Dejé de comer tu comida, de vestir a tu antojo, de respirar solo el aire que despreciabas y, por esto y por cien razones más, te prohíbo que hagas ni esto de daño a ninguno de los que en mi casa se encuentren. Porque esta casa es mía y mando yo. ¡Mi casa!, ¿recuerdas?; tú no parabas de repetírmelo una y otra vez. ¡Se te llenaba la boca!
¡Sal de aquí! No eres bienvenida. Y vete de esta casa de la misma forma que yo me fui de la tuya: jurando no regresar jamás.
—¡No le merecía!
El desván pareció que se fuese a reventar. La mujer de negro, el Alma de esa mujer, quiso responder a los reproches de Dulce y con tono alterado comenzó a hablar. A cada palabra, su voz retumbaba de pared a pared, convirtiéndose en un desagradable sonido.
—No valía para nada, un desastre de niña. Siempre vestidita de esos ridículos trajecitos blancos. Era pésima y no había forma de que la olvidara. Hice todo lo que pude para protegerle de ella y él la metió en su vida, ¡en nuestras vidas! No supe qué más hacer. Se me ocurrió comprar esta casa, sí, sí, esta casa de la que tanto presumes ahora. Con ella pondría tierra por medio, pero volvió a buscarla; como un vulgar payaso, regresó a por ella. ¡Se merecía otro tipo de mujer y no a una cualquiera!
Habría sido un gran pintor. El mejor de todos. Sí, hija, sí, sigues tan tonta como antes; tu marido nunca compró esta casa porque siempre fue suya. Se la regalé yo a condición de no tenerla que soportar más. ¡Mira cómo pintaba! ¡Mira! Mira ese maldito cuadro de ella en aquella puerta; lo pintó tu maridito al poco de conocerla. ¡Qué guapa estaba con su librito en las manos, ¿verdad? ¡Qué obra de arte! Pues, ¿sabe usted, doña bobita?, fue su último cuadro; no volvió a pintar más. Solo vivía para estar con ella. Esa bruja le destrozó; dejó de pintar. ¡Ay, madre, olvidó su don por amor! ¿Lo puedes entender?, por amor. Con la carrera que se le abría por delante, lo tiró todo por la borda. ¡No había tiempo para bobadas! Tenía que pintar. Expondría en Nueva York, en París, en Viena… estaba todo apalabrado ya. ¡Maldita sea! ¿Quieren abrir el baúl? Abran, ábranlo… encontrarán las fotos de los dos tortolitos juntos, ¡qué bonitas! Las estúpidas cartas de amor que enviaba a mi hijo y hasta el cuchillo con el que di por terminado el asunto. ¡Sí, cariño mío, la maté yo! Aquella noche la maté y la enterré ahí fuera, y ahora la enviaré directa al infierno. Le juré que nunca le tendría, y la ramera…, pretende encontrar su Alma y vivir de muertos, lo que no era lógico que disfrutaran de vivos. ¡Nunca! ¿Me oyes? Nunca.
—No, Juana. No—Dulce acababa de retomar la palabra, quizás más templada incluso que antes—. Nadie irá al infierno. Ni ella ni él. Sí, aquí se reencuentran y es su deseo vivir aquel amor; bajo este techo se amarán. Yo le tuve en vida; es justo que ahora estén juntos. ¡Mira tú lo que a mí me importa tenerlos aquí! ¡Me alegra!
—Seguidamente, se dirigió a mí. —Señor, usted que ha venido a librarme de un posible Espíritu con intención de perturbar el poco tiempo que pueda quedarme, que mi hijo le pague sus servicios y mil gracias por acudir a mi llamada, por acompañarme y darme la seguridad para que, al fin, entienda.
En cuanto a ti, Juana. ¡Fuera ahora mismo de mi casa!
En ese momento, al pronunciar Dulce la última palabra, el suelo se abrió bajo los pies de la mujer de negro. Desapareció al compás de unas carcajadas surgidas de repente en el jardín. Al asomarnos, las oscilantes imágenes de dos jóvenes nos estremecen a los cuatro. Eran ellos, Carlos padre y Maite, la chica que anoche llamó a la puerta de Dulce. Bajo la ventana, mirando hacia arriba con sus distorsionados rostros, los dos jóvenes nos mandaron un beso para después entrar, como diría Dulce, vete tú a saber a qué rincón de la casa, donde desaparecieron.
Nadie, hasta ahora, ha sabido nada acerca de la conversación que Dulce y yo mantuvimos aquella noche cuando, a esa hora tan intempestiva, decidió recurrir a mí. Tampoco nunca comentamos a nadie la finalidad principal de esta: preparar el cómo actuaríamos para conseguir que Juana se hiciera visible. Hablamos durante casi una hora, quizás algo más. Comentamos hechos, sorpresas, aciertos y fracasos, todo eso ya de su conocimiento desde bastante antes de contraer matrimonio con Carlos. ¡Claro que Dulce sabía de la existencia de Maite, del cuadro, de la carrera como pintor, del crimen perpetrado por Juana! Llevaba tiempo esperándola; sentía su odio merodear por la casa.
Cuento esta historia hoy, tres días después de que una fatal insuficiencia respiratoria se llevara la vida de Dulce, tal y como ella misma me indicó una vez resuelta esta historia de Fantasmas. Esta es una vivencia compartida con una mujer valiente, donde las haya. Con una mujer que supo escuchar y dejarse aconsejar. Una mujer capaz de plegar sus expectativas de un matrimonio feliz, e incapaz de provocar más daño, hurgando en una herida sin duda incurable. Su marido nunca podría olvidar el pasado; lo sabía y, aun así, pasó treinta largos años a su lado.
… Va por ti, Dulce…
SOLICITUD DE INSCRIPCIÓN EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
NÚMERO: M-000374/2021.
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